Fuera caretas de buenrollismo

Policrispación, Política, Qué país

Sin título

El torpe se suele mover con dificultad, es desmañado, rudo, tardo en comprender. Si acelera en su torpeza puede llegar a ser deshonesto, impúdico, lascivo, ignominioso, indecoroso, tosco. Cuando pisa a fondo en su irresponsabilidad asciende a infame y pasado de vueltas. Una joya, vamos. En estos tiempos en los que la vieja y la nueva política se quitan sus caretas en su barriobajera lucha por el poder, estamos infestados de torpes que por un titular o un minuto de telediario tiran su dignidad y la vergüenza ajena a la basura. Lo peor no son los torpes simples que gestionan la cosa pública, que haberlos hailos desde siempre. Lo nefasto son los torpes agitadores instalados en la provocación permanente que están contaminando el mensaje y el voto de la calle y que compiten entre ellos para ver quién la arma más gorda y quién ofende más al prójimo. Ejemplos de falta de respeto a instituciones, creencias y dineros públicos los hay a patadas. Por desgracia.

Tribus belicosas

Lo único bueno de todo esto es que las tribus belicosas se exhiben ahora en los medios sin aquellas caretas de buenrollismo con las que camelaron el voto a millones de personas. Pasean sonrientes por platós y ruedas de prensa sin siquiera pensar que todo exceso suele arrastrar un efecto bumerán contundente. Si se repiten elecciones generales, posiblemente muchos de esos votantes camelados pasen factura por todo el sectarismo y odio desmedido que están viendo. Y tendrán toda la razón.


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