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¿Donde narices está el Estado?

Escrito por Juan Lado
3 de diciembre de 2008 a las 17:38h

Ayer por la noche vi la tele. Sí, lo reconozco el decodificador pirata del digital ha muerto para siempre y puse Antena 3. ¿Qué se le va a hacer?, todo el mundo comete estupideces. Bueno, el caso es que nada más darle al mando me encuentro a un maromo con una maza en la mano partiendo en pedazos el horno de una cocina. ¡Ya está!, ésta es una de esas historias de «destructoterapia» para quitarse el estrés rompiendo cosas. Ahondando en la agudeza de mi análisis me vinieron varios flashes: “A mi este tío me suena”. “Es el de la ruleta de la Fortuna”. Y así era. Luego me entero de que se llama Jorge Fernández y tirando de Google descubro de que fue Míster España en el 2000. Nada que objetar hasta ahí. Pero, para mi sorpresa,  resulta que el horno pertenece a la humilde casa de una familia valenciana formada por Mari Carmen y Jesús más sus doce hijos, cinco de ellos con fibrosis quística -una complicada enfermedad sin cura que afecta a los pulmones-. Osea que el maromo le está tumbando la casa a estos desgraciados. Pues menuda gracia, para mandarlo a Siberia en calconcillos. Al rato empiezo a comprender. Van a mandar al matrimonio y a su prole de vacaciones a Andorra y mientras tanto le arreglan la casa para que dejen de vivir amontonados y rodeados de humedad. ¡Muy loable, sí señor!

¡¿Pero estamos locos o qué?! ¿En qué clase de república bananera vivimos? ¿Dónde estaba el apoyo social para que esta familia pudiese llevar a cabo una planificación familiar eficiente, o es que aquí somos todos borbones? ¿Dónde estaban los servicios de empleo para darle cobertura a este paisano cuando su trabajo dejó de llegarle para comer? ¿Qué pasa con la sanidad universal y gratuita? ¿Qué ha sido del derecho constitucional a una vivienda digna? ¿Quién se ocupa de los millones de familias en el mundo que viven todavía pero que esta? Ya sé. Seguro que esos deben ser más de Gran Hermano.

Entre tanto, la familia se va a correr por el monte a los Pirineos y su casa la toman cuatro «vendepisos» -disfrazados de tarotistas y con cara de no haber pisado una obra en su vida- que encima se ponen a hacer churros (sí, de los de mojar en el chocolate) mientras una panda de flipados vestidos de butaneros se dedican a derribar muros. Al final, tiran un par de paredes, dan una mano de pintura y le “compran” toda clase de chuminadas a los chavales que, como es natural, sonríen a mandíbula batiente.

Por supuesto, no falta el correspondiente numerito de teléfono [al módico precio de 1,29 + IVA el minuto] para que «usted pueda ser como la familia de Mari Carmen y Jesús». Tampoco se olvidan de exhibir todo tipo de productos: que si la nevera, comprada en la cadena X, llena de leche de la marca Y; la promoción del disco de Amaral y el autobombo de la serie El Internado.

Encima, es una una copia. En fin, para mear y no echar gota.

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