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La Voz de Galicia
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El equipo

21 de febrero de 2012 a las 19:37

Sigo un impulso que va germinando desde hace tiempo, desde el comienzo del invierno tal vez, pero que paulatinamente va ganando en apremio hasta que desmorona mis resistencias. Como una llamada antigua y reiterada contemplo de vez en cuando el equipo de pesca. Está colocado con cierto orden en anaqueles y perchas, en bolsas y cajas, algunas transparentes; pero en una habitación que no frecuento. Me abandono al impulso. Examino los objetos con un sentimiento de gratitud, como un conductor de trineo observa los husky de tiro agotados sobre la nieve después de haber extraído de ellos un esfuerzo excesivo en una etapa dura de mushing. Los objetos y artilugios mecánicos reposan inermes y fríos pero mi mirada les infunde vida, y el pudor se interpone entre yo y ese hombre que les habla a las cosas.

Allí están los carretes y las cucharillas, los sedales sobrantes de la temporada, quizá de otras anteriores pero que habrán de servir en esta. Los vadeadores, el cayado y el chaleco plegado, al lado del impermeable en su bolsa. Y todos esos humildes útiles imprescindibles, el cortahilos, las tenacillas, la navaja, también el cesto de mimbre, las cañas en sus fundas dispuestas por tamaños, la sacadera… Todo está esperando.

Les toco. Están fríos, pero el tacto aviva los recuerdos y siembra proyectos, barrunta nuevas jornadas de pesca. No tengo prisa: he descubierto el hermoso placer de la espera. Ni siquiera compruebo el funcionamiento de los rodamientos de los Shimano o los Abu, la resistencia de los sedales, el mantenimiento de las cucharas. Ya lo haré. Es tan interminable la veda.  Queda tiempo para el 18 de marzo y prefiero la punzada de la tarea aplazada. La única certeza que tengo ahora es que el primer día iré a un tramo libre de un regato sin pretensiones. Esa mañana quiero estar solo.

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Plenitud en el Xuvia

30 de julio de 2011 a las 18:44

La lámina de azabache tendida sobre el agua represada se dilataba un centenar de metros río arriba, en la base del cañón que formaban las pendientes laderas. Nacía a los pies de un corriente blanda arrugada en crestas redondas y brillantes, para morir coronando un azud acolchado por el musgo. La quietud del aire tibio de la media tarde de julio depositaba sobre la superficie acuosa una vaporosa capa de seda negra, que se hacía espejo oscuro por la tupida sombra de la bóveda que armaban los fresnos y los alisos. En las orillas, el verdor de las falsas acacias desplegadas se repetía en una imagen untuosa que se interponía como una pantalla para escamotear el lecho y sus misterios.

Pero un pálpito presentía que allí estaban las truchas. Con pisadas cautelosas, tanteando el piso para minimizar las ondas que iban a anunciar la intrusión sobre el plano exacto del espejo líquido, se imponía la ortodoxia del método. Selección y jerarquización de objetivos y empezar con lances cortos, ejecutados con dulzura para acariciar la tersura del agua. Cacheando las impenetrables oscuridades abrigadas por los helechos, por las raíces que el estiaje aireó, con presteza pero sin improvisación, con temple. Uno tras otro, en ese espacio menguado, ocho peces respondieron con fiereza al meticuloso paso de la Meps dorada del doble cero.

Tres de las truchas fueron indultadas por la talla, pero alguna de las otras cinco compensó holgadamente el tamaño de las chicas. La secuencia completa tal vez no se haya prolongado más allá de media hora, después de varias de pesca con cuatro capturas en el cesto, pero fue de tal intensidad y precisión, que colmó el ánimo con semejante paz que puso fin a la jornada. Cualquier otro intento, haber cedido a la tentación de la codicia, dejarse seducir por nuevos escenarios aguas arriba, tiznaría el regalo de la plenitud serena.

pesca en el Xuvia, Río Xuvia, Xuvia
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El lenguaje del río

11 de julio de 2011 a las 10:22

La mañana se había aquietado. Solo el bailoteo espejeante del agua oponía movimiento en un decorado de foto fija. El aire sedimentado y el ramaje en reposo parecían eternizar la imagen del río. Apenas el leve coleteo de las algas, como cabellos verdes prendidos en el cráneo granítico de los cantos, avisa de que, bajo la quietud de la lámina de agua, el río sigue palpitando. Hasta que, asomando el mediodía, las nubes descorrieron las cortinas y una deflagración de luz inflamó el entorno y despertó súbitamente los destellos del agua, que estallaron en un brillo cegador que atravesó el ambiente transparente. El sol, suspendido en un cielo azul sin mácula, envió una llamarada que entibió definitivamente el aire. Las truchas comprendieron y con sumisa presteza suspendieron su algarabía. Pero para entonces la dicha ya había sido colmada.

De nuevo, el coto de Aranga, receloso a veces, había dejado constancia de su poderío con una exhibición que regateó hasta la usura en una visita anterior. Para hacerse respetar. Esta vez, con crecidos haces de vegetación diseminados por amplios tramos del lecho, el Mandeo se mostró tan exigente como generoso: imponía su código inapelable. Pero comprensible, por fin. Inútiles los lances de través y las caricias a los abrigados escondites de las protuberancias rocosas del cauce. Los peces reservaron sus fulgurantes respuestas para los tanteos bajo los sombrajos de las orillas. Fue una cuestión de confianza, de allanar la soberbia ante el imperio del río. Descodificado el mensaje del agua, las truchas se entregaron en las delgadas aguas oscurecidas bajo las falsas acacias, pero únicamente cuando la ritada respetaba el sentido de la corriente. Y el tiempo, como el paisaje, se detuvo para magnificar el prodigio, para hacer vivir unos instantes de eternidad. De nuevo, inolvidable.

Coto de Aranga, Entender el río, río Mandeo, Sin categoría
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El generoso Xallas

27 de junio de 2011 a las 10:17

Venerables robles sombrean el curso medio del Xallas en el valle de Santa Comba, y se alternan con otros árboles propios de la flora ribereña gallega. Este año, la primavera se rinde extenuada y sedienta, y los ríos discurren flacos y livianos, pródigos en aguas someras. Solo las cabeceras de montaña prestan refugio al brío fresco y transparente de unos torrentes que se niegan a someterse al estiaje inevitable y desafían con sus chorros al calor.  La ausencia de lluvias y la prolongada sequía de abril y mayo pasados adelanta el peaje que los ríos rinden al estío. El Xallas discurre bajo de caudal, y en amplios tramos se oculta a la vista bajo densas matas de antojil que llenan por completo el vaso del río. Solo la sombra de los robustos carballos impide que todo el lecho sea una sucesión de vegetación, al imponer claros en los matojos verdes.

Pero la vida bulle por entre los tallos frágiles del matorral, por el agua que se filtra agazapada bajo la nube enredada de la vegetación fluvial. Pareciera inimaginable la incongruencia que supone que un valle sañudamente explotado para el forraje vacuno y envuelto en un denso y compacto hedor a purines sea el entorno de un río, receptor de los detritos de los animales estabulados, y que sus aguas alberguen una población truchera extraordinaria en censo y talla. El ecosistema, como el sándalo, parece responder a la agresión con sus mejores dones.

Caminando pausadamente por el medio de los matojos, escrutando breves calvas entre su pelambre, y practicando lances cortos con cucharillas leves que al caer apenas alteran la lámina de agua más que un insecto, las fulminantes sorpresas son de infarto. Los ataques de las truchas se suceden vertiginosos en los espacios más recónditos y laberínticos siempre que el protocolo sea inflexible: desplazamientos pausados, movimientos sin brusquedades, disparos certeros, recogidas firmes pero sosegadas, y, sobre todo, generosidad y temple en las frecuentes pérdidas de peces, protegidos por la maraña en la que se atasca la cucharilla repetidamente. No importa. Las piezas logradas compensan los preparativos de cada intento, y el 11.06.2011 la recompensa fue un cupo magnífico.

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El parloteo del Cancelada

13 de junio de 2011 a las 11:17

La transparencia del agua del río Cancelada a su paso por Doiras es tan intesa que aun en los pozos, donde interrumpe un instante su alborotado descenso desde los altos valles de Os Ancares, se muestra cristalina: sin la gélida luz azulada de los ríos limpios ni la mácula tostada que tornasola los cursos medios. El agua baila sobre un lecho de cantos pulcros y sus destellos se mezclan con los tonos pardos y grises que se alternan con los blancos silíceos del suelo lavado desde hace milenios. Sus requiebros y cabriolas producen un parloteo incesante y balsámico que hipnotiza.

En los bordes del río, además de los salgueros y los avellanos, menudean los fresnos, y más esporádicamente los cerezos silvestres, de golosos frutillos cárdenos rebosantes de azúcar, y los robles. Las nudosas raíces desgastadas de los árboles de la orilla sujetan las piedras entre sus sarmentosas garras. Algunos antiguos prados de ribera han sido convertidos en modestas choperas con sus espigados troncos, alineados y elegantes.

Las mañanas son frescas en la montaña, y hay días que delatan la parsimonia perezosa de una primavera que, ya en junio, se descuida remolona en la retirada del cobertor de niebla que corona las cumbres y obliga a protegerse. Hasta que el paciente sol impone su autoridad y entibia el día, de modo que el pescador goce en plenitud.

El martes, 7, el coto de Doiras enseñó su cara amable para la Celta del 1 veteada de verde. Con dos capturas válidas por la mañana, la jornada se cerró con el cupo completo de truchas de buena talla, en una tarde espléndida. El miércoles, 8, no se repitió la fiesta: cinco truchas y de tamaño más discreto. Esta temporada se han reducido para el acotado los permisos diarios, de diez a cinco, y la decisión parece acertada aun a expensas de un balance definitivo para determinar si será suficiente después de años de castigo intenso. Queda por saber el resultado del inminente paso inmisericorde de una voraz falange de pescadores con cañas de más de ocho metros operando sobre un río agostado, y si será conveniente aumentar las restricciones.

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Esquiva recompensa

25 de mayo de 2011 a las 10:54

Regresé al Mandeo hace días. Camino del río, la alfombra verde del campo descubría aquí y allá retazos de labradíos que la humedad nocturna había pintado de ocre oscuro, en los que verdeaban ya las yemas más presurosas. El color terroso de los predios clareaba a medida que avanzaba la mañana, y ganaba tonos rojizos y beis al irse secando al sol. Ya dispuesto para la pesca, me irrita la persistencia de una brisa tendida, que exige reverencia a la hierba de los prados, a la que el frotar del viento saca brillos plateados a cada pasada de su masaje infatigable; pero que amilana las truchas y las retiene en sus lechos timoratas e inapetentes. Un cielo azul limpio hasta la inocencia deja hacer al Sol y todo se satura de una luz vehemente y agorera. Su fulgor no flaqueará en todo el día.

Ebria de claridad, el agua burbujea al pie de los rabiones, y las nerviosas esferas de aire blanquean su transparencia apenas ahumada. Puede examinarse la cama del río sin esfuerzo bajo ese foco omnipresente. En las corrientes, el espejeo es tan intenso que su resplandor lastima la retina y provoca parpadeo. En las orillas, el agua raspa el recipiente del río por debajo de las hierbas y las espadañas que les dan sombra, y se remansa en pequeñas superficies alargadas detrás de los tallos de los alisos y los sauces, en cuyas honduras hallan amparo los peces. Demasiada luz.

Con toda la jornada por delante, me apliqué con minuciosa avaricia: afilando las habilidades, templando el ansia, compitiendo contra uno mismo. Pero durante horas, solo las que no alcanzaban la medida desafiaron el porfiado desdén del Mandeo. Lances de cucharilla precisos como disparos de saeta, posadas de mosca leves y apacibles como plumas, a favor de la corriente, de través, cobradas rápidas o pausadas hasta rozar los límites de la ley de gravedad, hasta los modelos de fantasía… el maletín de trucos abierto de par en par. Tanto y tan persistente empeño fue recompensado con cinco ejemplares milimétricamente por encima de la talla, y una insobornable voluntad de revancha tiñó por momentos el espíritu panteísta.

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El Mera, la basílica vegetal

7 de mayo de 2011 a las 11:30

Es mayo, por fin. Los primeros rayos del sol, que blanquean y abrillantan la bruma, despiertan las lentejuelas que el rocío depositó por la noche sobre las hojas. El fondo del valle del río Mera en su curso bajo está habitado estas primeras semanas del mes por las pompas blancas de las flores de los manzanos. Crean nubes de nieve con sus grumos de algodón. Algunos frutales tienen las flores con los pétalos bordeados de rosa, que tiñen de un arrebol difuminado las copas de los árboles. La brisa de media mañana desprende los pétalos, y al depositarse en los bordes del camino lo pintan de blanco, como copos níveos tan grandes como alas de mariposas blancas.

El río desciende espléndido, su caudal atemperado ya y con el agua apenas ahumada bajo la cúpula vegetal que lo cobija a lo largo de todo el coto. Los cantos del lecho son visibles y azuzan la sospecha de que ocultan refugios diseminados aquí y allá, desde los que avizoran los peces.  Los alisos y los sauces de las riberas, con la fronda casi en plenitud, se entrelazan en lo alto como la arquitectura de la nave central de un templo. Gastado el furor invernal de cachones y torrenteras, llega el tiempo del sosiego y a él se suma el bosque, y también los pájaros de vuelos nerviosos y apremiados. La temperatura se templa y la serenidad esponja el ánimo para el día de pesca.

Los traviesos requiebros de los pájaros parecen haber contagiado a los peces, que acuden frenéticos a la provocación de la cucharilla. Entre las decenas de alevines devueltos a su medio, varios pintos de salmón, más inquietos y atrevidos que las truchillas. Y entre tanta agitación, van llegando ejemplares hermosos hasta frisar el cupo para colmar de gozo la primera cita del año con el coto de Noval, uno de los que pueblan el universo onírico de este pescador. Caprichosas, desafiaron la intuición del captor y se hicieron presentes en los puntos más impensables, a despecho de las convenciones más extendidas, lo que elevó un peldaño los instantes de felicidad.

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Muras, en el alto Eume

27 de abril de 2011 a las 9:46

Hace días que el tiempo intuye la llegada de mayo. El campo se esponja y la hierba brota impaciente para devorar la luz, que ya se adueña del espacio. El Eume se despereza en su curso alto y el coto de Muras, con el pretexto de las últimas lluvias, remolonea zalamero para dilatar su despedida al invierno. Aún persiste su brío, que niega al pescador algunos de los lances más seductores, todavía disimula con su caudal escondrijos que serán deslumbrantes en pocas semanas; mantiene su potencia, pero ya no acobarda. Eso sí, guarda sus honduras fuera del alcance del aficionado, y le ofrece a cambio sus riberas. En ellas, el musgo acolcha por completo los espigados tallos de los carballos, que techan la fraga con la filigrana empalillada de un ramaje quebrado y desnudo. Al ras, la hojarasca seca crepita bajo el paso de los pescadores por el sendero que acompaña al río. Es todo blando y mullido. Las hojas de los robles cubren el piso, secas ya y ligeras, y antes de fundirse con el humus de la tierra despliegan un catálogo de ocres, beis, tostados, pardos y marrones que invade hasta la confusión los lindes del verde y el amarillo.

 Desde O Batán, en el puente de Casateita, hasta el Burgo -la capitalidad chairega que pugna contra la tendencia despobladora del campo gallego-, hallará el pescador faena para toda una mañana, con un inventario de opciones que retarán su destreza. Las arrugas orográficas obligan a salvar alguna vuelta del río a través de caminos de cabra monte arriba, o, con el nivel de agua adecuado, vadeando sobre la deslizante superficie de los cantos rodados. Menos profundo y mucho menos resbaloso, pero igual de tentador es el tramo superior, desde la carretera general hacia las fuentes del río, casi todo él practicable desde su lecho. En todo su curso, el coto regala la sombra de una inolvidable fraga de la que enorgullecerse y compensación bastante para una excursión a pie.

La experiencia, y tal vez aun más la crédula convicción, mantienen intacta la esperanza en que habrá jornadas mejores en el coto de Muras, en las que la ratio de devoluciones y capturas de talla suficiente se invierta o, vaya, se equilibren, y arrojen al olvido ese pobre 24/3. La memoria, indulgente, siempre nos dejará a salvo, pues ¿quién retiene todos los capotes?

Coto de Muras, Eume, Muras
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Qué momentos

18 de abril de 2011 a las 9:51

Los campos amanecieron como espolvoreados de yeso. Tocados por la purpurina del rocío, chispeaban con destellos de vidrio despabilados por el sol que iba haciendo suyo el aire al blanquear el polvo suspendido y algunos hilos de telarañas. Todo transmitía una impresión de frío mañanero, que alcanzaba el estremecimiento al reparar en las sombras todavía apretadas en las rendijas de los bosquetes. Las pisadas, al profanar el fieltro de hierba, grabaron un oscuro surco titubeante sobre el manto verde en dirección al río. Al volver la vista, el vaho del aliento flotaba expansivo sobre el rastro de la hierba hollada por los pasos, antes de disolverse sin prisa. Pero ya por entonces el sol acreditaba tibieza si no calor en este abril de primavera generosa.

Las acometidas de las truchas, que a primera hora no dejaron de atacar, anunciaban una jornada espléndida. Como si el río desease mostrar su catálogo de existencias, su panoplia piscícola, y hacerlo sin dilaciones, las embestidas menudearon y no se privaron de intentarlo ejemplares de distintas tallas, más atrevidas y eléctricas, incluso hasta la insolencia, las pequeñas. Traían prisa. Cumplieron el mandato telúrico y se sosegaron hasta la holganza. Solo alguna que otra, distraídamente, sin énfasis, atendió como por obligación el reto de la cucharilla, fuera cual fuera esta. Así hasta el mediodía. En busca de ánimo que restañase mi autoestima, interrogué a algunos pescadores respecto de la actividad de las truchas esa tarde. Ansiaba una respuesta que me exculpase. No pude satisfacer mi curiosidad.

Mimaré el recuerdo de esos tres cuartos de hora felices, y lo embelleceré con el paso del tiempo que lima las imperfecciones. No ahora, que todavía puedo precisar casi cada lance y cada librea de los tres peces que dieron la medida, pero lo endulzaré  en la galería de mi memoria. Fue uno de esos lapsos capaces de eternizar un día. Cuando el ánimo templado concede el don de la puntería, cuando el señuelo parece un misil inteligente y alcanza el objetivo recóndito para posarse suavemente sobre el agua y regresar hacia la caña con un giro garboso. Cuando las truchas reconocen la pericia y lo hacen saber. Hay jornadas en las que los peces no están para juegos, otras en las que se muestran displicentes, algunas en las que atienden el compromiso durante un rato, y aun otras en las que se aplican y corresponden exhibiendo lo mejor de si mismos. Qué momentos, estos.

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Diálogo roto

11 de abril de 2011 a las 9:26

Cuando el río desciende ensoberbecido y arrogante, envanecido de su caudal impetuoso, su paso pierde señorío, abandona la etiqueta y se vuelve intratable. Ajeno a cuanto bulle en sus orillas, discurre cegado por la prisa y acaso por lejanos recuerdos de furias instigadas por lluvias intensas y persistentes. Ofuscado, desatiende el mandato estacional y olvida que la primavera tiene ya tres semanas: persevera tozudo en su comportamiento invernal. En esas circunstancias, insensible, ni la humillación del pescador alcanza a moderar su curso formidable. Vano es todo empeño de atemperar la situación recurriendo a cucharillas de más enjundia, acariciar la superficie acuosa con plumas pardas o indias, buscar las cosquillas en los pliegues, restaños y turbiones, incrementar el riesgo de los lances y desafiar hasta la intuición más juiciosa.  Sordo y ciego a los requerimientos, el diálogo está roto. El río, ese día, no está para nosotros. Tal vez sí para un ribereño depositario de los ecos de viejos lenguajes del agua ya olvidados, tal vez para un vecino conocedor de los arcanos y pecados de ese río. Pero no para nosotros. Así de displicente nos desdeñó el Miño el último sábado.

Y el día se presumía venturoso. Precedido de una semana con temperaturas infrecuentes por elevadas, la primavera imponía su rotunda presencia con autoridad inapelable. Había amanecido limpio, la atmósfera transparente solo calada por gasas muy lejanas, para empolvar de blanco los montes del horizonte, y todo el cielo entregado a los correteos de unas cuantas nubes inocentes que no llegaban a remover el aire a ras de tierra. La explosión de la vida podría ser perceptible en el imaginario sonido que produce la circulación de la savia en el bosque de la cuenca cuyos carballos y alisos sorben con apremio el agua de la tierra empapada para hinchar con vigor los brotes que ya empiezan a sombrear las orillas. Pronto la fronda cobijará zonas oscuras del río, creará escondrijos y laberintos cuando el nivel de las aguas descienda. El día llegaba como un preludio esperanzador. Solo para agrandar nuestro fracaso. Pocas cosas relajan más que una derrota.

Es probable que la cima de este interminable camino de perfección y búsqueda de la beatitud o ataraxia que es la pesca fluvial se halle más próxima no tanto cuando la ausencia de capturas siga a la convicción de que fue voluntaria cuanto ni siquiera llegue a plantearse la competencia del pescador para lograrlas: cuando las capturas mismas dejen de ser un objetivo, también incluso en aquellos casos que se plantee para no alcanzarlo; sustituido éste por el mero fluir del tiempo. Qué lejos, todavía.

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