El equipo
Sigo un impulso que va germinando desde hace tiempo, desde el comienzo del invierno tal vez, pero que paulatinamente va ganando en apremio hasta que desmorona mis resistencias. Como una llamada antigua y reiterada contemplo de vez en cuando el equipo de pesca. Está colocado con cierto orden en anaqueles y perchas, en bolsas y cajas, algunas transparentes; pero en una habitación que no frecuento. Me abandono al impulso. Examino los objetos con un sentimiento de gratitud, como un conductor de trineo observa los husky de tiro agotados sobre la nieve después de haber extraído de ellos un esfuerzo excesivo en una etapa dura de mushing. Los objetos y artilugios mecánicos reposan inermes y fríos pero mi mirada les infunde vida, y el pudor se interpone entre yo y ese hombre que les habla a las cosas.
Allí están los carretes y las cucharillas, los sedales sobrantes de la temporada, quizá de otras anteriores pero que habrán de servir en esta. Los vadeadores, el cayado y el chaleco plegado, al lado del impermeable en su bolsa. Y todos esos humildes útiles imprescindibles, el cortahilos, las tenacillas, la navaja, también el cesto de mimbre, las cañas en sus fundas dispuestas por tamaños, la sacadera… Todo está esperando.
Les toco. Están fríos, pero el tacto aviva los recuerdos y siembra proyectos, barrunta nuevas jornadas de pesca. No tengo prisa: he descubierto el hermoso placer de la espera. Ni siquiera compruebo el funcionamiento de los rodamientos de los Shimano o los Abu, la resistencia de los sedales, el mantenimiento de las cucharas. Ya lo haré. Es tan interminable la veda. Queda tiempo para el 18 de marzo y prefiero la punzada de la tarea aplazada. La única certeza que tengo ahora es que el primer día iré a un tramo libre de un regato sin pretensiones. Esa mañana quiero estar solo.
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