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Ali

Escrito por Jorge Casanova
13 de noviembre de 2011 a las 11:42h

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No soy un gran aficionado al boxeo. Ni siquiera un pequeño aficionado. Pero siento una extraña fascinación por Muhammad Ali y su mundo. Ya cuando era un niño, recuerdo a mi padre comentando las peleas con Frazier o Foreman, pese a que tampoco diría que mi padre se destacara por su interés en el boxeo. Aquellos recuerdos me dan hoy la dimensión de lo que significaba la figura de Ali entonces, en un mundo mucho menos globalizado, un millón de veces menos informado, pero donde sus combates, celebrados en Nueva York, en Kinshasha o en Manila, interesaban a media humanidad.

La muerte de Joe Frazier ha vuelto a rescatar al no tan joven Muhammad Ali (ya tenía más de 30 años cuando regresó para perder con Frazier aquella impresionante pelea del Madison Square Garden)  desde la óptica de su archienemigo. Por eso disfruté tanto escribiendo esta página que me encargó Jesús Flores. Me dio la oportunidad de sumergirme de nuevo en un libro fascinante e interminable (Greatest of all time. Homenaje a Muhammad Ali) donde con la mayor exhaustividad se narra su carrera deportiva y, a la vez, una parte crucial del siglo XX. Porque alrededor de Ali aparecen de Nixon a Woody Allen, de Norman Mailer a Frank Sinatra, de Malcom X a Mobutu… Ali era la estrella en una época que cambió el mundo para siempre. Y Frazier lo contrario. La muerte le sobrevino al más puro estilo del género: en un hospital de caridad. Lo habían trasladado desde el cuarto de un gimaniso en el que sobrevivía a cambio de entrenar a jóvenes boxeadores. Dilapidó millones de dólares. Durante años fue el objetivo predilecto de las invectivas de Ali, un bocazas provocador y arrogante, adorado por los periodistas a quienes siempre faltaba espacio para exponer las explosivas declaraciones del campeón. La muerte ha rescatado lo mejor de Frazier: su voluntad (estaba prácticamente ciego de un ojo desde muy joven), su valentía en el ring, su rapidez, su dureza y un gancho izquierda que lo convirtió en campeón mundial de los pesados. En los tiempos de Ali y de Foreman, lo que lo eleva a la categoría de leyenda verdadera en un deporte muy dado a producir ídolos de todo a cien.

Como ves, me he divertido de lo lindo con el tema sin apenas moverme de la silla. Del libro a Youtube y a las glosas de Frazier en la prensa de medio mundo o a los relatos de la mítica rivalidad entre los dos púgiles. Además, han sido algunas horas sin crisis, ni prima de riesgo, ni golpes de Estado en plena Europa, ni augurios de desesperanza. Aunque siento habérmelo pasado bien con la muerte de otro.

Si te interesa el tema:

En la cima del mundo, de Norman Mailer. Primer capítulo en PDF

Fuego

Escrito por Jorge Casanova
3 de octubre de 2011 a las 15:32h

Hace unos meses, antes de las vacaciones, elaboré un reportaje sobre incendios forestales en el que, básicamente, visitaba una zona que arde siempre y otra que no arde nunca. Se trataba de comprobar cómo veía el problema el paisano de esos lugares, de qué manera vivía con el fenómeno. Encontrar el sitio de mucho incendio no fue difícil. Hay censos históricos que señalan machaconamente algunas zonas del país que siempre arden. Y dar con el lugar donde no había fuego, pues tampoco fue complicado. Sin embargo, y así lo conté en el reportaje, ni la alcaldesa ni los propietarios del lugar se mostraron nada acogedores: “Es mejor que no venga”, me decían, “porque cada vez que sale el pueblo en los medios de comunicación por ser un lugar sin incendios, a los pocos días se nos declara alguno”. Alucinante ¿no? Tuve que insistir lo mío para conseguir que me recibieran y me explicaran cómo se organizaban para evitar el fuego, garantizarles que no lo contaría como si ellos se jactaran de hacerlo bien; evitar cualquier lectura de arrogancia o chulería. Y así lo intenté.

Hoy, ni cito el municipio ni enlazo con el reportaje. Prefiero no hacerlo. Porque el día que se publicó, un domingo, a la hora de la siesta, me llamó uno de los propietarios con los que hablé para decirme que en aquel mismo momento estaba ardiendo el monte: “Quería que fuera usted el primero en saberlo”, me dijo. Te puedes imaginar como me quedó el cuerpo aquel día.

Al enterarme hoy de la muerte de un piloto de avioneta que trabajaba en la extinción de incendios, me he vuelto a acordar de aquello. Hemos hablado del asunto en la tertulia matinal de Radio Voz y ha salido a colación el episodio que te acabo de contar. Con el sol, la gente ha vuelto a sacar el mechero de paseo. Siempre en los mismos sitios y, esta vez, de rebote, se ha llevado una vida por delante, como el año pasado se llevaron las de los bomberos de Fornelos.

A veces piensa uno que con este problema no hay nada que hacer. Que cada año hay que pagar un peaje. En cenizas y en vidas. Este país está enfermo, o tiene una parte de sí trastornada. No importa cuántos medios se pongan para extinguir el fuego. Parece que siempre habrá un tarado dispuesto a darle lumbre al monte y a lo que se ponga por delante.

Familias e hijos

Escrito por Jorge Casanova
25 de septiembre de 2011 a las 9:50h

Hace unas semanas estuve trabajando sobre parejas que no tienen hijos, un perfil cada vez más común y directamente relacionado con ese problemilla demográfico que tenemos en Galicia. Como puedes imaginar, no se trataba de algo muy difícil.  Todos conocemos alguna pareja en esas circunstancias y, sin embargo, las pasé canutas. Fue complicado encontrarlas, tuve que ser muy persistente para lograr citas y resultó imposible conseguir que posaran para una fotografía. Solo una pareja accedió a la foto y, para eso, con muchas reticencias y siempre y cuando protegiéramos la identidad de uno de ellos. Sorprendente ¿no? El planteamiento era exponer las razones y el modo de vida de una pareja que voluntariamente renuncia a tener hijos; quedaban por tanto fuera del ámbito de trabajo aquellas parejas que, por problemas físicos de cualquier índole, no podían tenerlos, algo que supone muchas veces un drama para la gente que está en esa situación. Y sin embargo resultó que esa decisión libre, voluntaria y hasta moderna se convirtió en algo no demasiado bien visto; algo con un puntito vergonzante que llevó a los entrevistados (una gente encantadora en todos los casos) a rechazar de plano cualquier imagen, incluso su nombre auténtico.

Esta semana hice un ejercicio similar con las familias monoparentales, otro modelo en auge con casuística diversa pero focalizado sobre todo en madres divorciadas con la custodia de sus hijos. Apenas hubo problemas. Ni con los nombres ni con las fotos. Mis entrevistados refirieron duras experiencias (excepto Isabel, madre soltera de una niña adoptada y por tanto monoparental por decisión propia), expusieron situaciones por los que a ninguno de nosotros nos gustaría pasar y ahí están, posando sonrientes, orgullosas de su lucha y de poder contarla.

Las ocho conversaciones con las que se construyeron estos dos reportajes se hicieron cara a cara. Unas fueron más largas que otras (algunas fueron muy largas) y de todas me llevé, obviamente, una impresión. Los monoparentales, los cuatro, me parecieron gente feliz, o próximos a la felicidad. Con sus rayaduras, sus agobios y sus carreras, pero tocados con ese aura que le da a uno tener un objetivo noble en la vida. Con los matrimonios sin hijos, el tema no fue tan unánime. Había mujeres alegres y mujeres tristes. Había más reflexión.  Claro que, como siempre, esto es solo lo que me parece a mí, que tengo una visión de las cosas y unas opiniones que inevitablemente van en el bolso. En ese sentido, tuvo su gracia la entrevista con Isabel. Quedamos en una cafetería de A Coruña, después de haber contactado a través de un amigo común. Ella me reconoció de lejos y, cuando me acerqué, me dijo:

-To y yo ya nos conocemos. Ya me hiciste una entrevista.

Mi mala memoria volvió a dejarme en evidencia, porque era incapaz de hallar cualquier rastro mental sobre su cara. Y así se lo dije.

-Debe ser porque ahora soy más feliz.

 Resulta que nos habíamos visto un par de años atrás en un reportaje sobre solteros. Ella organizaba actividades de ocio para una empresa especializada en singles. Se había replanteado su vida y deseó un hijo sin desear una pareja. Y allí estábamos de nuevo, hablando de lo mismo, pero hablando de otra cosa. Isabel me dijo que aquel reportaje no le había gustado porque acababa (interpretaba ella) ofreciendo una imagen de soledad de estos solteros vocacionales que no se correspondía con la realidad. Y de ahí lo del bolso. Uno va a los sitios, habla con la gente e intenta emocionarse para poder tener la posibilidad de emocionar. Pero lo hace con una cultura previa que distorsiona cómo se ve y cómo se cuentan las cosas. Por mucho que lo intentes, nunca te la puedes sacudir del todo. Así que aquel trabajo a Isabel le pareció el mundo del single contado por un casado. En cualquier caso, la crítica fue muy cariñosa y, por el mero hecho de estar en aquella cafetería, Isabel ya me demostró que le había parecido un periodista confiable, a quien contarle por qué había adoptado a una niña. No hay mal que por bien no venga.

Para B.R.S. (ella sabe por qué)

El experimento

Escrito por Jorge Casanova
3 de marzo de 2011 a las 11:06h

Casi todas las semanas hago unos cuantos kilómetros para completar mi trabajo. Unas veces más y otras menos. En ocasiones, el viaje no constituye un desplazamiento para llegar al lugar donde está el trabajo, sino que es en sí mismo el motivo del reportaje. No es la primera vez que me toca chequear un trayecto, una carretera, un vuelo. Para mí, que nací con una marcada tendencia al desorden, siempre es un poco lioso el proceso de anotación de datos, que acabo mezclando con otros apuntes y que luego tardo en reconstruir. Sobre todo si tengo que anotar a la vez que conduzco. Por eso, cuando el lunes me llamaron para que me fuera a Madrid a 110 kilómetros por hora, lo primero que visualicé fue la penosa tarea de cuadrar kilómetros, horas y consumos. Algo así como cuando te toca a ti recoger el escote de un montón de comensales para sumar una cuenta de la que, inevitablemente, siempre falta dinero al final. Pero bueno, recogí el encargo de María González, lideresa de Galicia (de la sección), apañé una muda, llené el depósito y me largué. En la gasolinera que hay al lado de mi casa puse el cuentakilómetros a cero, anoté la hora del reloj del coche y liberé el asiento del copiloto para dejar solo la libreta y un portaminas.

El reportaje ya explica las sensaciones del viaje y el resultado en tiempo y consumo. Lo que hice fue ir poniendo la alarma del móvil cada media hora. Cuando sonaba, anotaba la cifra del cuentakilómetros. Suprimí los tiempos de parada (me detuve dos veces por trayecto) y cuadré unas cuentas sorprendentes (al menos para mí). Seguramente también para muchos lectores, porque el trabajo está teniendo bastante vida. Ayer atendí a unos compañeros de Radio Nacional y de Vtelevisión (a quienes agradezco sinceramente que se acordaran de mí) y el tema se ha movido mucho por Twitter y Facebook.

Parte de esa potente respuesta discute el resultado del experimento. “Es imposible”, dicen algunos. Otros matizan aspectos que efectivamente no tuve en cuenta, como un lector que señala la altitud de los dos puntos, de modo que en la ida se sube más, con lo que el gasto es mayor. Y también los hay, claro, criticando que me saltara los 120 para regresar, actitud que ha motivado adjetivos que van de “irresponsable” hasta “partidopopularista”.

A todos ellos, solo un par de cosas. Lo que se cuenta es un viaje. El mío. Se hizo por la misma carretera, a horas diferentes, pero en condiciones meteorológicas muy similares. Y en unos parámetros de velocidad que no se ocultan en el reportaje. Me salté los límites ciertamente, pero en la medida en que lo hace un notable porcentaje de los conductores. Es posible que mi veterano C-5 no esté ya tan afinado como para ofrecer un consumo óptimo, pero lo que puedo asegurar es que no lo pasé por el taller en Madrid para que consumiera menos en la vuelta. Además, cuando llegué a Las Rozas, volví a ser víctima del navegador, que me dio una vueltecilla por la localidad. Así que el ahorro, en vez de 1,88 euros, pudo haber sido de 2,17. O, si me apuras, de tres euros, que yo creo que la mayoría de los lectores pagarían, si pudieran, para limarle una hora a un trayecto de 600 kilómetros, más allá de lo aburrido que resulta no superar los 110.

Así que, por favor, no se tomen la prueba como un experimento científico de primer orden que atiende todas las variables posibles, sino como lo que es, un reportaje periodístico que ofrece datos, pero también sensaciones (“sesgo y subjetividad”, opina al respecto un lector) al alcance de cualquiera que repita esta experiencia. 

Por cierto, un detalle que  no conté es que el combustible me salió más caro en Las Rozas que en O Temple: 0,01 céntimos en litro (en gasolineras de la misma marca, Repsol). Así que el ahorro aún fue menor.

Derecho de réplica

Escrito por Jorge Casanova
21 de febrero de 2011 a las 21:24h

Pocas veces tengo la oportunidad de leer las opiniones que suscita mi trabajo. Normalmente el reportaje se publica de forma simultánea en el periódico y en la edición digital. Me resulta imposible conocer las opiniones de los lectores del periódico que solo muy de tanto en vez envían una carta en relación con lo que han leído. Más factible es obtener alguna respuesta por medio de la edición digital, donde siempre hay lectores que valoran bien o mal lo que han leído. Con la publicación del reportaje sobre San Caetano, he tenido la oportunidad de leer algunas opiniones, toda vez que en la web de La Voz han habilitado esa opción.

Estoy, por tanto, satisfecho de conocer lo que otros opinan, asistir al legítimo derecho de réplica, que casi nunca se puede ejercer desde el lado de quien lee, condenado al silencio o a una repercusión ínfima en relación con quien escribe. Claro que abrir la puerta a las respuestas significa tener que encajar algunas galletas con las que, por otra parte, ya contaba. No es la primera vez que me acerco a las condiciones de trabajo de los funcionarios y sé que a la mayoría les resulta extraordinariamente irritante que se sigan manejando los tópicos de siempre. Pero bueno, ya se imaginarán que no me he inventado nada. Lo que se publicó es lo que ví. Podríamos decir que en una versión modulada para no resultar demasiado hiriente. Nada de funcionarios en el supermercado ni llevando a los niños. Nada de control de la puerta a la entrada y a la salida. Y sí la idea reiterada de que los desajustes laborales no responden a la actitud mayoritaria, al contrario. Pero tomo nota de todas las cosas que me puedan hacer mejorar mi trabajo la próxima vez. Y me alegro de poder leerlas. Sinceramente.

En cualquier caso, quiero también señalar que, aquellos con quienes hablé sobre el reportaje, a los que les pregunté por los horarios, por el control, por la presión de sus jefes, a todos ellos les dije cómo me llamaba, para quién trabajo y qué estaba haciendo allí. Sin subterfugios.

Por último, agradecer a todos los que entraron a leer la noticia desde su puesto de trabajo (funcionarios o no) el hecho de que, con su actitud, demostraron que no estaba tan lejos de la verdad y que en todas partes cuecen habas.

Carvalho

Escrito por Jorge Casanova
27 de enero de 2011 a las 11:01h

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Era una de las obsesiones del personaje: guardar sus ahorros en una caja, nunca en un banco. Pensaba Pepe Carvalho (seguramente también su creador) que nunca había que meter la pasta en un banco, que no eran de fiar. Y que las cajas proporcionaban una seguridad mayor. Pepe Carvalho, que quemaba libros para encender la chimenea, tenía como otra de sus señas de identidad confiar en las cajas, nunca en los bancos. Pocas de sus novelas están exentas de esa reflexión. Y yo, que no tenía nada que guardar ni en las cajas ni en los bancos cuando leía Los mares del Sur, me guardé aquel pensamiento para siempre, como un valioso y gratuito consejo que haría bien en conservar. Igual que no quemaba libros (todos me parecían de oro), ni era descreído, ni me interesaba la cocina más allá de comerme el resultado… Pero abracé a Carvalho como un héroe verdadero y a Manuel Vázquez Montalbán como un padre ideológico.

Nunca metí un patacón en un banco. Al contrario, a medida que los bancos se iban comiendo cajas, yo me iba refugiando en las que quedaban vivas.  Pero, al fin, el capital se queda con todo. Jaque mate. Te equivocaste, Pepe. Las cajas también tenían peligro. Así que ahora que tengo libros que merecen el fuego, no tengo chimenea donde quemarlos; pese a que lo intenté, nunca logré disfrutar mucho cocinando ni bebiendo vino y encima resulta que ni siquiera mis ahorros está seguros. 

Visto lo visto, la destrucción de las cajas solo me lleva a pensar en Carvalho, gallego emigrado y sabio, ex agente de la CIA, sacando sus ahorros de alguna sucursal y metiéndolos en la misma caja de seguridad donde guarda su pistola y sus recuerdos. Yo por mi parte (tampoco llegué a la caja de seguridad ni a la pistola), voy a ir al banco que me dé la consola más grande. A esto hemos llegado, don Manuel.

Por la montaña

Escrito por Jorge Casanova
1 de noviembre de 2010 a las 16:30h

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Aire que corta, laderas como paredes y todo lejos. Así es la montaña. O esa es al menos una forma de verlo. La de todos aquellos que la abandonaron para buscar un futuro mejor, básciamente mujeres. Sin embargo, para mí fueron un par de días sumamente agradables, de sol, charlas y un paisaje tantas veces sobrecogedor. Un par de días subiendo por Cervantes y bajando por Chandrexa, charlando con solteros, con hombres solos que se quedaron allí, viendo como se iban todos los demás. Como se fueron los jóvenes de antes y los de ahora; las chicas de ayer, las abuelas de ahora que nose casaron con ellos. Durante un par de días llené la libreta con pequeñas historias de caravanas de mujeres frustradas, de recetas de sartén, ropa sin planchar y explicaciones detalladas de las barras americanas de la zona. Matrimonios con sudamericanas y leyendas de ganaderos estafados por amor. Pero llegó Mejuto e hizo una foto extraordinaria que resumió todo el contenido de la libreta en una foto: los tres hermanos, con su hogaza y sus tres vasos; como en la casa de los ositos; tres caras que lo decían todo. Lo que faltaba, todo el componente de tristeza y de falta de futuro que envolvía el reportaje, estaba en la otro foto, la del paisano que había vivido solo los últimos 40 años de su vida.

Ya me hubiera gustado tener un poco más de espacio para hilar mejor la minigira por los dos concellos más masculinos de Galicia, pero esta vez no elevé ni una sola protesta.

Eso sí, me quedé con las ganas de explicar mejor una escena en el bar de Chandrexa. Cuando al paisano que entra en el bar le preguntan por la nueva empleada del banco, el comentario exacto y directo del hombre fue:

-¡Ten boas tetas!

En el contexto del ambiente que estaba intentando recrear, el comentario no tenía precio, era perfecto. Pero me lo pensé. Igual me equivoqué, pero concluí que transcribir el comentario me habría provocado problemas y, a lo peor, hasta también a quien lo pronunció. Así que (no lo resolví en poco tiempo) al final decidí mantener la escena y explicarlo de otra manera. Tal vez estaba condicionado por toda la historia de la caravana de mujeres que organizaron en Cervantes y que no se llegó a celebrar porque unos días antes se elevaron voces sobre el trato vejatorio que suponía para las mujeres y para la condición femenina una iniciativa de ese tono. En fin, cosas de lo políticamente correcto. Autocensura. Lo siento.

Tarjetas

Escrito por Jorge Casanova
9 de octubre de 2010 a las 18:00h

A mí me toca ir por aquí y por allá, hablar con éste y con el otro y, cuando me acuerdo, les doy una tarjeta. A veces lo hago al principio; otras, al despedirme. En la tarjeta va el soporte, La Voz, con esa gótica roja que tantas puertas abre, mi correo y mi teléfono. Es como una siembra. Uno confía en que el interlocutor quedará satisfecho y que, tal vez, en el futuro, si conserva la tarjeta, puede que ocurra algo y te llame. Pasa pocas veces, pero a veces pasa.

Hace unos meses, me topé con una pareja en el centro de A Coruña con los que compartí un café mientras me contaban su pequeña historia. El reportaje iba sobre el auge de la compraventa de oro y, consecuentemente, de los negocios que se dedican a ese mercadeo. A ellos los ví salir de un portal, les abordé y no tuvieron níngún problema en hablar de las razones que les habían llevado a intentar vender un par de alianzas. Tomamos aquel café al sol de primavera y hablamos también un poco sobre el Mundial que aún no habíamos ganado para distender una charla triste. Y me acordé de dejarles una tarjeta.

Hace unos días, atendí una llamada de un número desconocido. Era la chica que vendía la alianza para advertirme de que alguien me iba a llamar de su parte. Y así fue, unos días después recibía la llamada de Manuel Sanjurjo, el pensionista de A Coruña a quien la Xunta le denegó una ayuda alegando que estaba muerto, una historia de esas curiosas que no van a ninguna parte pero que siempre gustan de escribir, publicar y leer. Pasé una tarde agradable en casa de Manuel, con su hermano. Y hasta nos sonreímos un poco de la siniestra equivocación administrativa. La chica que me llamó trabaja ahora como asistenta de Manuel y, cuando se enteró del tema, actuó de enlace. ¡Bien por ella!

Aquella tarjeta nos dio un buen momento a ti y a mí y espero que sirva también para que la Xunta resucite a Manuel cuanto antes. El incidente me valdrá también para ser más constante en esta pequeña siembra de la que nunca sabes que resultado tendrás pero que de tanto en vez aporta felices consecuencias.

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Fronteras

Escrito por Jorge Casanova
30 de agosto de 2010 a las 19:16h

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Hace casi cuatro años tuve la oportunidad de viajar a Ciudad Juárez para hacer algunos reportajes. Una ciudad alucinante que ya entonces era conocida en todo el mundo por su actividad criminal y que, desde aquellas, no ha hecho más que incrementar esa siniestra fama. Me acordé estos días, mientras estaba en Melilla, trabajando también sobre un conflicto fronterizo. Afortunadamente, Melilla no es Juárez, pero el trajín y la miseria de muchos entre quienes entran y salen, es parecido. A un lado, la pobreza; al otro las oportunidades. En medio, un montón de policías. Los papeles son oro puro y la ley, un territorio resbaladizo.

El viernes, pocas horas antes de regresar, mientras conversaba con un policía en Beni-Henzar, el anormalmente tranquilo paso fronterizo se llenó de gritos en un instante. Dos policías perseguían a la carrera a un chavalito que corría en dirección a España como un jamaicano. Lo trincaron enseguida y lo devolvieron a la zona de nadie, el espacio entre España y Marruecos. Allí, un lugar donde la policía española no entra, pero la marroquí sí, han practicado un pequeño agujero en la valla por el que, de vez en cuando, se cuela alguno. Resulta casi imposible imaginar que nadie pueda superar a la carrera los controles policiales y colarse en la UE tras un esprint. Pero el chaval lo intentó. A plena luz, en pleno Ramadán y en viernes, día de rezo; es decir, con toda la dotación policial casi sin ocupación, porque el paso únicamente estaba siendo utilizado por unos pocos turistas. Así, más o menos a la desesperada, se manejan miles de ciudadanos marroquíes que pasan cada día la frontera y regresan cargados de contrabando. Nada de drogas ni cosas extrañas, que me imagino que se gestionarán con más discreción. Aquello era papel higiénico, gel de baño, naranjada por un tubo, zapatos, relojes de todo a cien… Cada carga, tres euros. En la parte española, el comercio se efectúa con toda normalidad. Hay kilómetro y pico de almacenes antes de llegar a la frontera, donde la gente carga, rellena sus dobles fondos, sus maletas y más o menos controla cuando puede pasar, cuando al otro lado no están confiscando el material. En el Barrio Chino, otro paso fronterizo, el trasiego ya cobra tintes dramáticos, con filas interminables de porteadores cargando fardos. Mujeres mayores, completamente dobladas por el peso, subiendo por aquella cuesta… De todos los pasos fronterizos que había en Melilla (había nueve y ahora solo quedan cuatro, uno de ellos de uso únicamente escolar), el del Barrio Chino es el más duro: empinado, sin ningún refugio posible contra el sol que mata, largo… Parece elegido exprofeso para desanimar a los viajeros con peso. Pues son miles los que se concentran a diario buscando un fardo que subir. Un guardia civil me confesaba, ya lo expliqué en el reportaje,  que le daba vergüenza que España permitiera eso en su territorio. Y, francamente, no le faltaba nada de razón. Veías cosas que te partían el alma.

No todos los agentes eran tan sensibles. Muchos están más que curtidos de ordenar ese tráfico siniestro. Algunos hasta hacían un poco de cachondeo. Otros te ponían al día de lo que no estaba a la vista: las aglomeraciones a primera hora, avalanchas, empujones, la ley de la jungla. No es el primer porteador que muere aplastado en el Barrio Chino. Asi que alguna vez las porras salen de la funda y zumban sobre el territorio de Melilla. Orden público. España vigila que no se altere más de la cuenta, que no haya sangre. De las condiciones de trabajo no se ocupa. Si pasa un ciego con un fardo, como si es un abuelo o un niño. A nuestros ojos es un ciudadano marroquí con equipaje en tránsito hacia su país. Si cruza dos veces al día, como si lo hace cuatro.

Tengo que decir, que pese al tradicional hermetismo de la policía y, singularmente, la Guardia Civil, fue muy fácil trabajar en Melilla. A quien pregunté, me respondió. Escuché quinientas veces eso de “¿Ha pedido usted permiso a la Delegación del Gobierno?” pero, pese a que respondí quinientas veces que no, no hubo problemas para charlotear un rato, que es como normalmente se toma mejor la temperatura. Las chicas fueron más reticentes. Una rapaza de Ferrol que se me presentaba como un testimonio estrella, me dio capote tres veces. Una lástima. A todos, muchas gracias por facilitarme el trabajo. Los activistas marroquíes fueron igual de amables. Me ayudaron a cruzar la frontera, me invitaron a tomar café y me contestaron a todo lo que les pregunté. Hasta la gente de prensa de la ciudad autónoma resultó ser tan amable como eficiente. De no haber chupado tanto calor, habría sido un viaje redondo.

Me dio un poco la impresión de que, pese al protagonismo que tomaron estas semanas, los policías allí andan algo faltos de cariño, agradecen que se les preste atención, que se sepa al menos que están en la primera línea de contención de una Unión Europea a la que no le gustan mucho los inmigrantes y que les pone todas las trabas que puede para que entren en su aseado territorio. Y quienes ponen esa barrera son ellos, los polis de la frontera. ¿Se pasan?, ¿se les va la mano? ¿son unos chulos? Los activistas marroquíes que montaron el follón es lo que alegan. Son asociaciones civiles, pro derechos humanos, reivindican el territorio de Ceuta y Melilla. No son locos. Exponen sus argumentos, muestran fotografías, sentencias… Yo, durante las horas que estuve por allí, no vi nada. Lo extraordinario, claro, hubiera sido que ocurriera delante de mí. Pero, no soy tan ingenuo, puedo imaginarme algún incidente, porque ocurren en Barcelona o en Sevilla. Y por allí pasan miles. También pude hacerme a la idea de lo que tiene que ser que te griten “puta” a una distancia de un metro, mientras estás de servicio y que ni siquiera puedas contestar. Pero bueno, como se suele decir, va en el sueldo. El asunto es evitar que ocurra, no llamar a filas a la reserva activa. Ya de paso, y para hacer las cosas bien, tanto las asociaciones marroquíes de derechos humanos, como el propio Gobierno español, podían fijar la vista en el esclavismo que supone para miles de marroquíes el tortuoso paso del Barrio Chino. Y así estábamos todos un poco más cargados de razón.

Doble hilo

Escrito por Jorge Casanova
21 de abril de 2010 a las 9:06h

Hace unas semanas coincidí en A Mariña con Xaime Ramallal, un solvente, veterano y dicharachero fotógrafo de La Voz. Lo pasé muy bien con él. Estábamos haciendo un trabajo de esos de toma de temperatura del pueblo, en este caso a cuenta de la amnistía que parece que va a librar de cargas judiciales a todos las obras iniciadas y palnificadas de mala manera en Barreiros. El caso es que, en un momento dado, ya casi al final de la mañana, parloteábamos en el coche sobre el asunto del gallego, la decisiva intervención en el tema del Gobierno de Feijó y de la actitud que muchos gallegos mantienen hacia su lengua materna, especialmente en el medio rural.

Ambos nos referíamos vivencias en las que los paisanos que eran entrevistados hacían esfuerzos extraordinarios para expresarse en castellano pese a que lo hubieran hecho mucho mejor en gallego. Y, aunque explícitamente se les pedía que no hablaran en castellano, que se les entendía igual, ellos perseveraban en autotraducirse. En estas nos cruzamos con un grupo de operarios que estaban recogiendo la basura. Paramos el coche y bajamos a pedirles opinión. Uno de ellos, el encargado, nos atendió amablemente pese a que estaba claro que tenían prisa. Xaime disparaba, pero también intervenía en la conversación, de manera que cuando el hombre le respondía a él lo hacía en gallego y, cuando hablaba conmigo, en castellano.

-Fale en galego se quere.

Nada, como si yo fuera ruso y no entendiera más que la lengua de Delibes.

Al final se produjo el patinazo, estaba cantado. En una de estás preguntas en batería que le íbamos soltando, le inquirí por si no le daba un poco de pena, a él que era de allí, ver como se estaba transformando la línea de costa con la cantidad de construcciones que habían florecido frente a las hermosas playas de Barreiros:

-Bueno, claro… eso siempre es un arma de doble hilo…

¡Impagable! El afán por castellanizar sus pensamientos le llevó a una creación insólita, más propia de una trama de Graham Greene que del desordenado urbanismo de Barreiros.

La entrevista no duró mucho más y, pese a que el hombre nos contó algunas cosas interesantes, fueron tantos los testimonios que acumulé, que no tuve sitio para él. Pero te aseguro que a Xaime y a mí, el hallazgo nos dio para echar unas buenas risas y reafirmarnos en toda la charla que habíamos tenido antes de cruzarnos con la brigada de limpieza.

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