
Hace casi cuatro años tuve la oportunidad de viajar a Ciudad Juárez para hacer algunos reportajes. Una ciudad alucinante que ya entonces era conocida en todo el mundo por su actividad criminal y que, desde aquellas, no ha hecho más que incrementar esa siniestra fama. Me acordé estos dÃas, mientras estaba en Melilla, trabajando también sobre un conflicto fronterizo. Afortunadamente, Melilla no es Juárez, pero el trajÃn y la miseria de muchos entre quienes entran y salen, es parecido. A un lado, la pobreza; al otro las oportunidades. En medio, un montón de policÃas. Los papeles son oro puro y la ley, un territorio resbaladizo.
El viernes, pocas horas antes de regresar, mientras conversaba con un policÃa en Beni-Henzar, el anormalmente tranquilo paso fronterizo se llenó de gritos en un instante. Dos policÃas perseguÃan a la carrera a un chavalito que corrÃa en dirección a España como un jamaicano. Lo trincaron enseguida y lo devolvieron a la zona de nadie, el espacio entre España y Marruecos. AllÃ, un lugar donde la policÃa española no entra, pero la marroquà sÃ, han practicado un pequeño agujero en la valla por el que, de vez en cuando, se cuela alguno. Resulta casi imposible imaginar que nadie pueda superar a la carrera los controles policiales y colarse en la UE tras un esprint. Pero el chaval lo intentó. A plena luz, en pleno Ramadán y en viernes, dÃa de rezo; es decir, con toda la dotación policial casi sin ocupación, porque el paso únicamente estaba siendo utilizado por unos pocos turistas. AsÃ, más o menos a la desesperada, se manejan miles de ciudadanos marroquÃes que pasan cada dÃa la frontera y regresan cargados de contrabando. Nada de drogas ni cosas extrañas, que me imagino que se gestionarán con más discreción. Aquello era papel higiénico, gel de baño, naranjada por un tubo, zapatos, relojes de todo a cien… Cada carga, tres euros. En la parte española, el comercio se efectúa con toda normalidad. Hay kilómetro y pico de almacenes antes de llegar a la frontera, donde la gente carga, rellena sus dobles fondos, sus maletas y más o menos controla cuando puede pasar, cuando al otro lado no están confiscando el material. En el Barrio Chino, otro paso fronterizo, el trasiego ya cobra tintes dramáticos, con filas interminables de porteadores cargando fardos. Mujeres mayores, completamente dobladas por el peso, subiendo por aquella cuesta… De todos los pasos fronterizos que habÃa en Melilla (habÃa nueve y ahora solo quedan cuatro, uno de ellos de uso únicamente escolar), el del Barrio Chino es el más duro: empinado, sin ningún refugio posible contra el sol que mata, largo… Parece elegido exprofeso para desanimar a los viajeros con peso. Pues son miles los que se concentran a diario buscando un fardo que subir. Un guardia civil me confesaba, ya lo expliqué en el reportaje,  que le daba vergüenza que España permitiera eso en su territorio. Y, francamente, no le faltaba nada de razón. VeÃas cosas que te partÃan el alma.
No todos los agentes eran tan sensibles. Muchos están más que curtidos de ordenar ese tráfico siniestro. Algunos hasta hacÃan un poco de cachondeo. Otros te ponÃan al dÃa de lo que no estaba a la vista: las aglomeraciones a primera hora, avalanchas, empujones, la ley de la jungla. No es el primer porteador que muere aplastado en el Barrio Chino. Asi que alguna vez las porras salen de la funda y zumban sobre el territorio de Melilla. Orden público. España vigila que no se altere más de la cuenta, que no haya sangre. De las condiciones de trabajo no se ocupa. Si pasa un ciego con un fardo, como si es un abuelo o un niño. A nuestros ojos es un ciudadano marroquà con equipaje en tránsito hacia su paÃs. Si cruza dos veces al dÃa, como si lo hace cuatro.
Tengo que decir, que pese al tradicional hermetismo de la policÃa y, singularmente, la Guardia Civil, fue muy fácil trabajar en Melilla. A quien pregunté, me respondió. Escuché quinientas veces eso de “¿Ha pedido usted permiso a la Delegación del Gobierno?” pero, pese a que respondà quinientas veces que no, no hubo problemas para charlotear un rato, que es como normalmente se toma mejor la temperatura. Las chicas fueron más reticentes. Una rapaza de Ferrol que se me presentaba como un testimonio estrella, me dio capote tres veces. Una lástima. A todos, muchas gracias por facilitarme el trabajo. Los activistas marroquÃes fueron igual de amables. Me ayudaron a cruzar la frontera, me invitaron a tomar café y me contestaron a todo lo que les pregunté. Hasta la gente de prensa de la ciudad autónoma resultó ser tan amable como eficiente. De no haber chupado tanto calor, habrÃa sido un viaje redondo.
Me dio un poco la impresión de que, pese al protagonismo que tomaron estas semanas, los policÃas allà andan algo faltos de cariño, agradecen que se les preste atención, que se sepa al menos que están en la primera lÃnea de contención de una Unión Europea a la que no le gustan mucho los inmigrantes y que les pone todas las trabas que puede para que entren en su aseado territorio. Y quienes ponen esa barrera son ellos, los polis de la frontera. ¿Se pasan?, ¿se les va la mano? ¿son unos chulos? Los activistas marroquÃes que montaron el follón es lo que alegan. Son asociaciones civiles, pro derechos humanos, reivindican el territorio de Ceuta y Melilla. No son locos. Exponen sus argumentos, muestran fotografÃas, sentencias… Yo, durante las horas que estuve por allÃ, no vi nada. Lo extraordinario, claro, hubiera sido que ocurriera delante de mÃ. Pero, no soy tan ingenuo, puedo imaginarme algún incidente, porque ocurren en Barcelona o en Sevilla. Y por allà pasan miles. También pude hacerme a la idea de lo que tiene que ser que te griten “puta” a una distancia de un metro, mientras estás de servicio y que ni siquiera puedas contestar. Pero bueno, como se suele decir, va en el sueldo. El asunto es evitar que ocurra, no llamar a filas a la reserva activa. Ya de paso, y para hacer las cosas bien, tanto las asociaciones marroquÃes de derechos humanos, como el propio Gobierno español, podÃan fijar la vista en el esclavismo que supone para miles de marroquÃes el tortuoso paso del Barrio Chino. Y asà estábamos todos un poco más cargados de razón.