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¡Dominad la tierra!

Martes, mayo 21st, 2013

Esta expresión resume la utilizada en el primer libro de la Biblia: “Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra” (Génesis, 1, 28). Una célebre frase sobre la que se ha basado –y se sigue basando en la actualidad- la acusación de algunos ecologistas al cristianismo (formulada inicialmente en 1967, en el número 155 de la revista Science, por el historiador norteamericano Lynn WHITE) por contener un mensaje –pretendidamente- antropocéntrico y depredatorio de los recursos naturales.

Con las mismas palabras los profesores Emilio CHUVIECO (Catedrático de Geografía de la Universidad de Alcalá) y María Ángeles MARTÍN RODRIGUEZ-OVELLEIRO (Profesora de Evaluación de Imapacto Ambiental en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid) han publicado –en formato digital- un interesante ensayo cuyo título completo es: “¡Dominad la tierra! Raíces filosóficas y teológicas del ecologismo” (editorial Digital Reasons, Madrid, 2013). Partiendo de la base de que el problema ecológico es –según sus autores- uno de los más graves que actualmente afectan a la humanidad (poniendo incluso en peligro la existencia de la especie humana sobre la Tierra) y de que, en buena parte, está causado por el ser humano, se analizan las diferentes corrientes filosóficas que han propiciado la aparación de los movimientos conservacionistas y de las diferentes versiones del ecologismo que se han dado hasta el momento presente. Se realiza un exhaustivo repaso de las diversas respuestas que se han dado a los crecientes problemas ambientales bajo la óptica de un compromiso ético o moral.

Como señalan los autores, el ambientalismo como movimiento social y como planteamiento filosófico y ético innovador nace en los Estados Unidos a mediados del siglo XIX (se citan como verdaderos precursores a R. W. EMERSON y a H. D. THOREAU, y J. MUIR es el fundador de la primera asociación ecologista, Sierra Club, en 1882 que todavía pervive). No obstante, no será hasta la década de los años setenta del siglo XX cuando se produce un cambio de paradigma en el que el ser humano es consciente de su interacción e independencia con la biosfera y a partir del cual la protección ambiental pasa a formar parte de las agendas políticas.

Resulta interesante el repaso y sistematización que se hace en el trabajo de las “éticas ambientales” que se han desarrollado desde entonces, desde la “Ética de la Tierra” de Aldo LEOPOLD al “ecofeminismo” de Vandana SHIVA y de Wangaria MAATHAI, pasando por la “ecología profunda” (Deep ecology), la “hipótesis Gaia” de James LOVELOCK, la “liberación animal” de Peter SINGER, la “justicia ambiental”, etc.  La mayor parte de estas visiones son “biocéntricas” o “ecocentricas” –que son dominantes en el mundo del ecologismo- que se distinguén de las posturas “antropocéntricas” en la que el ser humano se proclama dominador de la existencia. Como postura intermedia se recoge también el “ecologismo personalista” del Profesor Jesús BALLESTEROS (de cuyo planteamiento me considero deudor en muchos de sus aspectos).

También se analizan las propuestas de las grandes religiones (cristianismo, judaísmo, islam, hinduísmo, budismo e indigenismo) en relación con el problema ambiental y la conservación de la naturaleza.  Muy acertada me parece la crítica que los autores hacen de la desenfocada e injusta hipótesis de L. WHITE acerca del cristianismo (como responsable de los actuales desequilibrios ecológicos), siendo no sólo la cosmovisión ambiental cristiana de San Francisco de Asís sino también la moderna exégesis de los textos bíblicos sobre las relaciones entre el hombre y la Creación, sólidos argumentos, a mi juicio, para rebatir aquélla arraigada tesis.  Y, en esta dirección, la correcta interpretación de la Biblia se aproxima más –como recuerdan los autores- al moderno concepto de la “administración o mayordomía ambiental” (environmental stewardship) que a un trasnochado y perturbador “antoprocentrismo tecnocrático”. De otra parte, pese a la rica tradición ambiental cristiana, el desarrollo doctrinal de la Iglesia Católica en esta materia se ha plasmado vigorosamente en los documentos de su Doctrina Social y, en particular, a partir del pontificado de Juan Pablo II (en sus encíclicas sociales como la Solicitudo Rei Socialis o la Centésimus annus).

Tras estudiar los planteamientos de las grandes religiones los autores concluyen que todas ellas “incluyen argumentos sólidos para enfocar las relaciones hombre-medio de una manera equilibrada, que permitiría resolver los grandes problemas ambientales del planeta”, aunque reconocen que “en ningún país estos principios se llevan a la práctica de modo efectivo”. De aquí la necesidad de afirmar una moral “ecologica” sobre un fundamento más sólido que el dominante relativismo ético. Sobre unas bases que pueden encontrarse en la naturaleza de las cosas y en un mejor conocimiento de las relaciones del ser humano con su entorno natural.

Esta visión ética del respeto a la naturaleza y del propio ser humano (que el Papa Benedicto XVI ha resumido en el concepto de “ecología humana”) implica –como destacan CHUVIECO y MARTÍN RODRIGUEZ-OVELLEIRO- revisar nuestros estilos de vida (“reducir la huella ecológica”) y nuestros hábitos de consumo (en especial en los países desarrollados), para lo cual las virtudes franciscanas de la pobreza y de la sobriedad en el uso de los bienes materiales podrían colaborar, en parte, al moderno planteamiento del “decrecimiento sostenible”. De igual forma, los mismos autores señalan los “límites ambientales de la técnica”, subrayando “los peligros que una manipulación artificial de la naturaleza puede llevar sobre el mantenimiento de los ecosistemas y la propia salud humana”. En definitiva, nos encontramos ante un profundo y recomendable ensayo en el que, por encima de las diferencias de pensamiento y de creencias que uno pueda tener, puede hallar útiles ideas que nos permitan cuidar con actitud agradecida el valioso regalo que la naturaleza nos ofrece.

Hermano buey, hermana mula.

Martes, diciembre 25th, 2012

Parafraseando el precioso Cántico de las Criaturas, compuesto en 1225 por San Francisco de Asis, deseo iniciar este breve comentario en un día tan señalado del año –al menos para los creyentes- como es la Navidad. En su breve libro sobre La infancia de Jesús, el Papa Benedicto XVI tras afirmar que en el Evangelio –al tratar del nacimiento de Cristo en el pesebre- “no se habla en este caso de animales”, la meditación guiada por la fe “ha colmado muy pronto esta laguna” y, de hecho, añade, “ninguna representación del nacimiento renunciará al buey y al asno”. Por lo tanto, es legítimo no desahuciar del belén de nuestras casas a tan tradicionales y voluminosas figuras. No obstante, el Santo de Asís -Patrono celestial que es de los ecologistas- parace que fue quien primero popularizó esta costumbre belenística y nos cuesta mucho creer que, quien manifestó tanto amor por los animales, los rechazara de su portal.

Pero también el mundo vegetal está presente en la Navidad junto al belén con ese árbol que, como dice, el Pontífice “es un significativo símbolo del Nacimiento de Cristo, porque con sus hojas siempre verdes recuerda que la vida no muere”.

En estos días de Navidad son abundantes las páginas sobre medio ambiente que recogen diversos consejos y recomendaciones para vivir una “Navidad sostenible”: consumir en nuestras celebraciones alimentos ecológicos de bajas emisiones de CO2, evitar los productos elaborados y sobreenvasados, rechazar los pescados inmaduros, ningún producto transgénico en nuestras comidas… En la iluminación navideña usar las bombillas de bajo consumo y desconectar los aparatos eléctricos cuando no estén funcionando… En los regalos y jugetes reducir al máximo los envases y embalajes, rechazar las bolsas de plástico en nuestras compras, no comprar jugetes que utilicen pilas y mirar que sean de materiales naturales y biodegradables… Y, por solidaridad, elegir establecimientos de comercio justo o formar parte de cooperativas de trueque. Y la lista sería interminable.

Sin despreciar tan sostenibles consejos navideños, los creyentes extraemos del paupérrimo Nacimiento del Salvador un mensaje de austeridad que se opone al desaforado consumismo que caracteriza en estas fechas nuestras sociedades opulentas. No sé si tras la crisis que padecemos vendrá ese nuevo modelo económico y social, ese cambio de paradigma de una sociedad más justa basada en un uso más sostenible de nuestros cada vez más limitados recursos naturales. Por lo pronto nos conformamos con la contemplación del Niño-Dios. Small is beautifull. ¡Muy felices Navidades!

Salvaguardar el medio ambiente

Domingo, septiembre 16th, 2012

El otro día estaba yo echando un ojo sobre las novedades bibliográficas recibidas en la biblioteca de la unas de las Facultades (la de Comunicación) donde imparto docencia y me encuentro con esta de Ángel GUERRA SIERRA: Salvaguardar el medio ambiente, publicada esta año 2012 por la editorial Eiunsa y que lleva por subtítulo: Reflexiones sobre el Capítulo décimo del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. No es la primera vez que leo una obra de este autor, un biólogo marino, investigador del Instituto de Investigaciones Marinas de Vigo.  Una de sus obras anteriores publicada con Santiago PASCUAL DEL HIERRO: La descomposición de la ecología (Netbiblo, 2008) me pareció muy sugerente y un intento muy loable de preservar esta jóven y digna ciencia de la ecología de los muchos intentos de degradarla y manipularla con otros fines que no son los científicos y que, en todo caso, se distingue claramente del ecologismo.

En estas dos obras se manifiesta la preocupación de su gran maestro Ramón MARGALEF cuando afirmaba –en su Teoría de los Sistemas ecológicos (1991)-: “Creo que la Ecología tradicional se está descomponiendo en un mosaico de hipótesis, unas interesantes, otras menos, algunas contradictorias e incluso frívolas”.

En Salvaguardar el medio ambiente, sus reflexiones sobre una de las mejores síntesis del magisterio de la Iglesia Católica sobre las cuestiones ambientales –contenida en el capítulo 10º (“Salvaguardar el medio ambiente”) del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, publicado por el Consejo Pontificio “Justicia y Paz” en 2005- conjugan con interés sus experiencias profesionales como reconocido biólogo marino y su confesada fe católica. Tras aclarar que la “ecología no es sinónimo de salvaguadia del medio ambiente” y que la “ecología no proporciona principios morales”, nos ofrece un elenco de problemas mundiales que amenzan el medio ambiente. “La humanidad tiene un problema. Para buscar soluciones lo primero es reconocerlo” afirma, y, a partir de aquí, se pregunta: “¿Reconoce la Iglesia católica este problema?” Y, sobre la base de una respuesta afirmativa, va desgranando desde las Sagradas Escrituras hasta nuestros días el mensaje cristiano a los problemas que aquejan el medio ambiente para reconocer que la “crisis ecológica es un problema moral”.

Con gran solvencia, a mi juicio, GUERRA SIERRA va rebatiendo en su ensayo varios  de los mitos que han ido construyendo por algunos de los defensores del ecologismo radical contra el cristianismo, como promotor de una actitud explotadora de los recursos naturales o  como retardatario del progreso científico. Y, sobre todo, en mi opinión, acierta a señalar “la diferencia básica en la aproximación entre la Iglesia y numerosos intelectuales a la solución de la crisis ecológica que todos reconocemos … es que éstos proponen fundamentalmente metodologías basadas en la transformación de las estructuras y sistemas de producción-consumo y de organización social, mientras que la Iglesia va más al fondo: a que lo que deben cambiar son los individuos, y que con la “conversión” de estos será entonces posible gozar de una sociedad sana capaz de responsabilizarse de este y de otros problemas que afectan a la humanidad”.

Sin dejar de denunciar los graves problemas de injusticia y desigualdad en la distribución de los bienes y recursos naturales que aquejan nuestro Planeta, esta original obra rezuma, no obstante, optimismo y confianza en el ser humano. Al final, el mensaje moral que contiene es una llamada a la responsabilidad personal y a practicar unos nuevos estilos de vida, “presididos –como recoge el nº 486 del citado Compendio- por la sobriedad, la templanza, la autodisciplina, tanto a nivel personal como social”.

Juan Pablo II: ¿el Papa ecologista?

Lunes, mayo 9th, 2011

Hace una semana celebrábamos la beatificación de Juan Pablo II que tuvo lugar el pasado día 1 de mayo en Roma con la asistencia de más de un millón de personas. El Papa polaco gobernó la Iglesia Católica durante los años 1978 a 2005 y durante sus veintisiete años de pontificado hizo muchas cosas: recorrió todo el mundo visitando 129 países, emitió 14 encíclicas, se reunió con más de 1.500 jefes de Estado y de Gobierno,… y con seguridad es la persona que se haya reunido de forma directa con más seres humanos en toda la historia de la humanidad. En esta ocasión el comentario lo centramos, como es lógico, en la temática que nos viene ocupando desde el inicio de este blog; y, en particular, respondiendo a la cuestión inicial: ¿puede considerarse el nuevo Beato Juan Pablo II con un Papa ecologista?

Se puede afirmar sin temor a equivocarnos que en el Magisterio de la Iglesia Católica (conjunto de documentos oficiales en los que se explicita el contenido de la doctrina católica) la preocupación ecológica nunca había sido abordada con tanta profundidad y frecuencia como en el pontificado de Karol Wojtyla. Desde el comienzo de su Pontificado las cuestiones relativas a la ecología y al medio ambiente, incluso con un llamativo golpe de efecto como es el de la declaración de San Francisco de Asís en 1979 como “patrono celestial de los ecologistas”; a la que más tarde seguiría la beatificación de la Kateri Tekakwitha, una indígena de la tribu de los Mohawks que vivió en norteamérica en la segunda mitad del siglo XVII y a la que también le dio el título de “patrona del medio ambiente y de la ecología”.

En cuanto al contenido doctrinal, ya su primera encíclica (El Redentor del hombre, 1979) se hace una llamada a ejercer una vigilancia responsable sobre el mundo creado frente a toda irracional explotación de los recursos naturales. Pero será en la encíclica sobre La preocupación social de la Iglesia de 1978  (sobre la doctrina social de la Iglesia) donde se articula –en la Parte IV- un discurso muy extenso y elaborado sobre el auténtico desarrollo humano, sus posibilidades y sus riesgos, criticando la sociedad de consumo y su agresiva competitividad que es incompatible con una ecología de rostro humano.

Sin embargo, a mi juicio, el texto mas valioso sobre la cuestión ambiental se encuentra en el mensaje que el Pontífice emitió con motivo de la celebración de la Jornada Mundial de la Paz (el 1 de enero de 1990) titulado “Paz con Dios creador, paz con toda la creación”. En él se vincula estrecha y sólidamente la crisis ecológica y la falta de debido respeto a la naturaleza con un problema moral: urge fomentar una nueva solidaridad entre los países desarrollados y en vías de desarrollo, y debe revisarse seriamente el estilo de vida del hombre actual dominado por el consumismo.

Luego seguirían otros textos con explicitas referencias al medio ambiente: en el Capítulo 4º de la Encíclica Centesimus Annus de 1991; diversas llamadas en el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992 (por ejemplo, los números 337-354, 2401-2406, 2415-2418), en el Capítulo 10º del Compendio de la Doctrina Social del Iglesia de 2004 (titulado “Salvaguardar el medio ambiente”), en la Encíclica El Evangelio de la Vida de 1995, en la Carta “Al comienzo del nuevo milenio” de 2000, etc.

En mi opinión, el Papa Juan Pablo II –montañero, apasionado amante de la naturaleza- no pueda llamarse “ecologista” por el carácter reduccionista e ideológico de este término, pero sin duda sí que puede atribuirsele, con todo merecimiento, el título de “defensor de la vida”, ya que siempre aunaba la cuestión ecológica y la defensa de la naturaleza a la de la vida humana (la que denominada “ecología humana”).

La “Luz del mundo” y la catástrofe global

Sábado, diciembre 25th, 2010

En el cuarto capítulo de la entrevista del periodista alemán Peter Seewald al Papa Benedicto XVI –que se ha publicado recientemente bajo el título Luz del mundo. El papa, la Iglesia y los signos de los tiempos (Herder, Madrid, 2010)- se aborda el problema de la catástrofe global a la que parece estar abocado el planeta Tierra, pincipalmente por los efectos del cambio climático.imagesca1kaac5

Con anterioridad el Santo Padre había desarrollado algunas ideas sobre la cuestión ambiental en su Encíclica Social de la Caridad en la Verdad de 2009: sobre la necesidad de una honda revisión sobre el vigente modelo económico de desarrollo para “corregir sus disfunciones y desviaciones” (nº 32), sobre los deberes que nacen de la relación del hombre con el ambiente natural (y para con los pobres y las generaciones futuras) (nº 48), sobre la necesidad de que “el hombre gobierne responsablemente la naturaleza para custodiarla, hacerla productiva y cultivarla con métodos nuevos y tecnologías avanzadas, de modo que pueda acoger y alimentar dignamente a la población que la habita…” (nº 50), sobre la necesidad de “un cambio efectivo de mentalidad que nos lleve a adoptar nuevos estilos de vida” (nº 51)…

luzdelmundoA la pregunta del periodista sobre cuál es la causa de la degradación ambiental, el papa se refiere al concepto de progreso que se desarrolló a partir de la Edad Moderna y que junto al valor de la libertad se tradujo en la capacidad ilimitada del hombre –lo que se puede hacer, hay que poder hacerlo- para dominar el planeta que ha desvelado su poder destructivo; y esto porque “ha quedado ampliamente fuera de consideración el aspecto ético”.

Pero, ¿qué se puede hacer para promover un progreso que no sea degradante, que integre ese compromiso ético? Y aquí Benedicto XVI apela a una “responsabilidad global” que tenga en cuenta “la Tierra en su conjunto y a todos los hombres”; una responsabilidad moral que debe pasar por “una consciencia moral nueva y más profunda, una disposición a la renuncia que sea concreta y se convierta también para el individuo en una norma de valores para su vida”.

Aun reconociendo el Pontífice la importancia de la voluntad política para este cambio de paradigma sobre el progreso, estoy de acuerdo con él en que la clave de esta decisiva transformación solo llegará si te toca la conciencia individual del ser humano que “pueda moverlos a determinadas renuncias e imprimir actitudes fundamentales an las almas”. ¿Acaso la raíz profunda del problema de la destrucción del medio ambiente no radica en –como apunta Seewald- en “la polución del pensamiento, con la contaminación de nuestras almas”?

Ante el materialismo y consumismo que domina nuestras sociedades y nuestros hábitos y mentes, se hace preciso nuevos modelos de conducta sostenible o –como dice el papa- “estilos de vida de renuncia racional”. No es casual que Juan Pablo II al comienzo de su pontificado –en 1979- nombró patrono de los ecologistas a San Francisco de Asis, modelo de amor a la naturaleza y, al mismo tiempo, de desprendimiento de los bienes materiales.2604-san-francisco-de-asis

En un momento como el actual en el que cada vez somos más conscientes de los retos de la sociedad del riesgo global, soy de los que piensan de que –como en otros muchos momentos de la historia- los cambios decisivos no vendrán tanto de la técnica y del poder político sino de la vitalidad de la sociedad civil y de los estratos profundos del ser humano.

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