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China: el amargo precio de un desarrollo insostenible

Domingo, enero 20th, 2013

Es noticia de estos días, en todo el mundo, el grave episodio de contaminación atmosférica que afecta a doce provincias de la República Popular de China pero, en particular, a su capital, Pekín donde se registran unos índices de contaminación alarmantes (hasta 728, más del doble del límite de particulas contaminantes establecido por la Organización Mundial de la Salud como nocivo para la salud). Desde luego que no es la primera vez que sucede pues todos recordamos los problemas de “smog” en Pekin que plantearon serios problemas a los organizadores de los Juegos Olímpicos de 2008 y que obligaron a paralizar durante su celebración buena parte de la actividad industrial del entorno de la capital china.

Hablar de China y de contaminación es una constante en muchos de los análisis que, de un tiempo a esta parte, se han venido publicando con extraordinaria frecuencia en forma de ensayos, artículos científicos, secciones periodísticas, etc. Pero entre los trabajos disponibles pocos tan completos y documentados como el escrito por el periodista británico Jonathan WATTS (corresponsal para The Guardian durante más de diez años en Asia y, actualmente, en Latinoamérica) con el expresivo título When a Billion Chinese Jump, pero con un subtítulo no menos interesante que me permito traducir: “la forma en que China salvará (o destruirá) a la humanidad”. Desde la destrucción del medio ambiente en el Tibet, hasta la desertificación del Xinjiang, pasando por el consumismo de Shanghai, y sin olvidar el impacto ambiental originado por la macro-presa de las “Tres Gargantas” en el río Yangtzé -que obligó a desplazar a más de un millón cien mil personas de sus ciudades y pueblos- nada se escapa a este concienzudo conocedor (“in situ”) de la realidad china.

Como señala Ramón TAMAMES en su reciente libro China. Tercer Milenio (publicado con Felipe DEBASA), en 2011 China se ha situado como primer país emisor de gases de efecto invernadero, y esto le obliga como gran potencia “a contribuir de manera decisiva a encontrar solución a muchos de sus problemas ambientales” (en particular, al norte en el área de Pekín, en el entorno de Shanghái en el centro del país, y al sur del estuario del Río de la Perla: Hong Kong, Shenzén, Cantón, etc.). No en vano, Wen JIABAO, el Primer Ministro, declaró en la Conferencia de Rio+20, celebrada a mediados del pasado año 2012, que “El futuro que queremos ha de suponer un contrato de nueva armonía entre el hombre y la naturaleza”.

Acaso este gigante –algo más que emergente- país, donde vive el 20% de la población mundial, que ya es a segunda economía y potencia comercial más grande de la Tierra, ¿no tiene derecho a impulsar el crecimiento de su economía al ritmo del 10% anual del mismo modo como lo hicieron, en su momento, las potencias occidentales desde la primera revolución industrial? ¿quién les puede negar este derecho al desarrollo? ¿no sería injusto demonizar su imparable ascenso hacia el liderazgo económico mundial?

La respuesta a estas delicadas y soberanas cuestiones se intuye observando las impresionantes imágenes captadas, estos días, por los satélites de la NASA de la persistente nube de contaminación que cubre una gran extensión del país asiático y, especialmente, las de los pacientes ciudadanos chinos que padecen las consecuencias de un desorbitado e insostenible desarrollo económico. Incluso ha trascendido, pese al secretismo informativo impuesto férreamente por Gobierno, la celebración de manifestaciones y revueltas –en los centros urbanos y en zonas rurales- por parte de los ciudadanos en protesta por las pésimas condiciones ambientales y por la elevada contaminación de los recursos del entorno en que viven. De hecho se calcula que la contaminación en las grandes ciudades chinas causa más de 8.000 muertes al año.

Cada vez es más consciente el Gobierno de China de la urgente necesidad de abordar con seriedad una política de protección del medio ambiente y por este motivo creó en 2008 el Ministerio para la Protección del Medio Ambiente. No obstante, con anterioridad, en 1998 se creó una Agencia para la Protección del Medio Ambiente (conocida con las siglas SEPA) que comenzó a elaborar un completo grupo normativo ambiental que en la actualidad los integran 25 leyes ambientales y más de cien regulaciones administrativas. Son normativas equiparables a las de cualquier país avanzado pero el problema es su déficit de aplicación, la falta de capacidad gubernamental por hacer cumplir la ley y la todavía deficiente preparación de jueces y abogados.

No hay duda de China se enfrenta a uno de sus principales retos en este comienzo del siglo XXI: el de la protección ambiental y del aprovechamiento racional de los recursos naturales. Recursos que, además, no se limitan a los de su territorio sino que afecta a los de muchos países que le abastacen para su insaciable e imparable maquinaria de producción. Siguiendo la más reciente senda de los países occidentales, la República Popular de China tiene el camino de la producción sostenible, del control del la contaminación, del uso de las energías renovables, de la internalización de los costes ambientales, etc. Lo que resulta a todas luces inasumible es el coste humano que está provocando este “peculiar capitalismo de Estado”, primero para los sufridos ciudadanos chinos y, luego, para el resto de la población mundial.

El futuro nos espera en Río de Janeiro

Domingo, junio 3rd, 2012

Ya son menos de veinte días los que quedan para que se celebre en esa maravillosa urbe de Río de Janeiro –entre los días 20 al 22 de junio- la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible, también conocida como “Rio+20”. Nos hubiera gustado estar allí pero, al final, no ha sido posible. Lo seguiremos por internet y por las redes sociales.

Por lo pronto, como aperitivo o para calentar motores, hoy 5 de junio celebramos el 40º aniversario del Dia Mundial del Medioambiente, dedicado este año, ¿cómo no? a la “Economía verde”. Una economía verde –de la que ya hablamos algo en anteriores ocasiones- que tiene por objetivos fundamentales el bienestar humano y la equidad social, reduciendo, al mismo tiempo, los riesgos ambientales y los daños ecológicos; una economía baja en carbono, eficiente en recursos y socialmente inclusiva.  Aunque algunos no les gusta esto de hablar tanto de economía (¡menos economía y más ecología!, dicen), no debe de olvidarse que, casi desde sus comienzos, la sosteniblidad ha estado muy vinculada al desarrollo social y económico. Es más, estoy convencido de que no se puede hablar de veradero sostenibilidad si no se tienen en cuenta su triple aspecto: el social, el económico y el ambiental.

Estamos en un momento histórico, sumidos en lo más bajo de un ciclo económico, y dan ganas de gritar – con el Nobel KRUGMAN- a los políticos y gobernantes: ¡Acabad ya con esta crisis! Trabajemos juntos en lo que de verdad merece la pena, en reducir todo lo que podamos la extrema pobreza en la que viven una de cada cinco personas en el Planeta. Quizás aún estamos a tiempo de invertir la tendencia de una economía especulativa, injusta, insolidaria e hipercarbonizada. Rio+20 es una buena oportunidad de para replantear muchas cosas.

Para el diplomático chino Sha ZUKANG (Secretario General de la Conferencia Rio+20) “¡El desarrollo sostenible no es una opción! Es el único camino que permite a la humanidad compartir una vida digna en este nuestro único planeta. Río+20 brinda a nuestra generación la oportunidad de recorrer ese camino”. Pero sabemos lo dificil que es traducir estas bellas ideas en hechos y en compromisos políticos. Con relación al cambio climático ya vimos los pobres –y frustrantes- resultados de Copenhague (2009), Cancún (2010) y Durban (2011). Y no es que, en estos momentos domine el optimismo.

El futuro que queremos” es el lema de la Cumbre Rio+20. Demasiado voluntarista pues sabemos que, aunque los movimientos (y redes) sociales cada vez tienen más influjo en la opinión pública, son muy pocos los que manejan los hilos del poder político y económico mundiales.

En las próximas semanas Río de Janeiro y alrededores se irá poblando de una multitud de personas de todos los rincones del Planeta: gobernantes y políticos (algunos con el único objetivo de salir en la foto), representantes de las más variopintas organizaciones no gubernamentales, líderes sindicales, ecologistas, coleccionistas de sensaciones en los grandes eventos internacionales, activistas anti-sistema, jefes de comunidades indígenas, negociantes oportunistas, complusivos oradores… Una colorista muestra de nuestro pequeño mundo que durante varias semanas enriquecerán, más si cabe, la cosmopolita sociedad brasileña.

Para no perderse nada de lo más interesante de la Cumbre, recomiendo vivamente acceder a la sugerente información que proporciona Remi PARMENTIER –uno de los miembros fundadores de Greenpeace Internacional y Director de Varda Group (una importante consultoría en temas ambientales)- en su  magnífico blog “De vuelta a Río” (alojado en la blogosfera EFE: Verde). Tuve la suerte de conocerle en un Seminario en Lisboa y pude comprobar su enorme conocimiento de las complejas dinámicas y más ocultos misterios de las Cumbres internacionales relacionadas con los temas ambientales, en las que ha participado en multitud de ocasiones.

¡Señoras y Señores, Río de Janeiro nos espera!

¿Decrecimiento sostenible?

Sábado, junio 18th, 2011

De un tiempo a esta parte estoy detectando en el mercado editorial cómo un tema -que no es nada nuevo- está cobrando una especial fuerza en los tiempos de crisis en los que nos movemos. Se trata de la llamada “teoría del decrecimiento” simbolizada por un caracol: “una corriente de pensamiento político, económico y social favorable a la disminución regular controlada de la producción económica con el objetivo de establecer una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza” (Wikipedia). Este movimiento cuenta con un creciente número de intelectuales que defienden la necesidad de invertir la tendencia del vigente modelo productivo que nos puede llevar al colpaso de los recursos naturales. Y, por supuesto, que este planteamiento ha calado profundamente en la casi totalidad del movimiento ecologista.

Serge LATOUCHE, Profesor emerito de economía de la Universidad Paris-Sud VI (Orsay) –que se autodenomina “objetor del crecimiento”- es actualmente uno de los más reconocidos difusores de este sugerente planteamiento y, en España, son muy conocidas sus publicaciones en la editorial Icaria (La apuesta por el decrecimiento, 2008; Pequeño tratado del decrecimiento sereno, 2009; etc.). Según este autor, “hay que abandonar el objetivo del crecimiento por el crecimiento” y, como el “crecimiento infinito es incompatible con un mundo finito”, hay que frenar la “adicción al crecimiento” si no queremos estrellarnos contra los límites del Planeta. Y defiende su “revolución del decrecimiento” sobre la base de lo que denomina el “círculo vicioso del decrecimiento sereno, amable y sostenible”, que se compone de los siguientes objetivos: “revaluar, reconceptualizar, restructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar y reciclar” (las ocho R).

Por supuesto que esta teoría cuenta con muchos precedentes: las tesis del bioecónomo Nicholas GEORGESCU-ROEGEN, los Informes del Club de Roma de 1972 (sobre los Límites del crecimiento), etc. Podemos encontrar multitud de publicaciones, números extraordinarios de revistas, webs, congresos monográficos, clubs de debate e incluso un partido politico en Francia “por el Decrecimiento”.

En nuestro pais, Carlos TAIBO, profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid, acaba de publicar un librito titulado El drecrecimiento explicado con sencillez (Los Libros de la Catarata, Madrid, 2011). Contiene una síntesis de las claves más importantes de esta teoría: que el crecimiento no genera de manera necesaria cohesión social, que se ha traducido a menudo en agresiones medioambientales irreversibles, que el PIB no expresa el nivel de felicidad de las sociedades, que la huella ecológica del Norte opulento refleja que vivimos muy por encima de nuestras posibilidades, etc. Y, más recientemente, el biólogo Ramón FLOCH acaba de publicar un ensayo titulado La quimera del crecimiento. La sostenbilidad en la era postindustrial (RBA, Madrid, 2011) que se orienta en una dirección similar.

Y ¿qué decir de todo esto? Confieso que necesito una mayor reflexión para opinar mas autorizadamente sobre el alcance y contenido de esta tesis que emerge con gran fuerza. Lo cierto es que me atraen muchos de sus argumentos: frente a la megalomanía productivista, “lo pequeño es hermoso”; ante la comida rápida, el digerir tranquilo; frente a la opulencia, la sobriedad serena; frente a la cultura del tener, la libertad del ser; etc. Pero no tengo tan claro como lograr el necesario cambio del modelo productivo, cuál es la capacidad de carga del territorio, cómo repartir la riqueza, cómo renunciar voluntariamente al ritmo del actual consumo… Lo que tengo muy claro es que no es posible mantener el nivel de crecimiento entre tan pocos como somos los privilegiados del Primer mundo; que ahora no podemos negar el desarrollo a los países emergentes. Y lo que tengo clarísimo es que, por ejemplo, no es sostenible que en la ciudad donde vivo hayamos inaugurado, en lo más crudo de la crisis, ¡el tercer centro comercial más grande de Europa! O que, en aras al crecimiento, queramos ampliar nuestro aeropuerto aun a costa de la tranquilidad de los sufridos vecinos de su entorno… Sinceramente, ¡no lo entiendo! ¡que alguien me lo explique!

¿Es sostenible el “desarrollo sostenible”?

Jueves, abril 29th, 2010

Si le sigue interesado esto del “ambiente” hay un concepto del que quiero hablarle ya que se utiliza mucho, casi obsesivamente, pero que no siempre se conoce su significado. Me refiero al “desarrollo sostenible”. Haga la prueba. Añada a cualquier realidad o actividad humana lo de “sostenible” y de seguro que su discurso ganará un toque de postmodernidad. Pues, ¿sabes?, yo sólo consumo productos de “agricultura sostenible”, me traslado en “medios de transporte sostenibles”, trabajo en una “empresa de producción energética sostenible”, etc. Incluso el Gobierno estatal acaba de aprobar el “proyecto de ley de economía sostenible” que ahora se está tramitando en las Cortes Españolas.

 

Muy bien, ¡de acuerdo!, eso de “sostenible” -o de la “sostenibilidad”- viste mucho pero ¿qué significa en realidad?

 

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La Sra. Brundtland en España.

El verdadero concepto de “desarrollo sostenible” se lo debemos a la Señora Gro Harlem BRUNDTLAND (primera Ministra de Noruega en los años ochenta y noventa del siglo XX) que presidió la “Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo” –preparatoria de la Cumbre de la Tierra sobre Medio Ambiente y Desarrollo, celebrada Río de Janeiro en junio de 1992- y que concluyó con la publicación en 1987 del informe que lleva su nombre, también conocido como “Nuestro Futuro Común”. En este informe se afirmaba que:

 

“Está en manos de la humanidad hacer que el desarrollo sea sostenible, es decir, asegurar que satisfaga las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias”.

Desde entonces hasta ahora, el concepto de “desarrollo sostenible” se utilizado con una gran profusión en los medios de comunicación y en el mundo científico, se ha enriquecido mucho su contenido (hoy se habla de varias perspectivas de la sostenibilidad: la económica, la social, la ambiental, etc.), ha sido utilizado para dar nombre a instituciones, estrategias, informes, etc. También ha sido muy criticado, tanto por la derecha como por la izquierda; ha sido tachado de ambiguo, contradictorio, vacuo, inútil, etc. Y, sin embargo, hoy se considera por muchos como paradigma o modelo de cómo deber ser interpretadas las relaciones entre los hombres y la naturaleza.

 

La sostenibilidad tiene un componente economico indudable que hace referencia a unos recursos naturales limitados, a que su uso debe ser racional (es decir, que su utilización no debe ser abusiva) y que debemos pensar en las generaciones futuras no comprometiendo todos los recursos que puedan necesitar para su desarrollo.

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Por mucho éxito que tenga esta valiosa “cosmovisión” del desarrollo sostenible, la realidad es que nuestro vigente sistema económico -de imparable productivismo- y nuestras pautas de consumismo complusivo, universalizados además por la tan cacareada globalización, nos abocan a un modelo diametralmente opuesto de clamorosa insostenibilidad. No soy partidario de incurrir en el catastrofismo (me considero optimista por naturaleza), pero ¿acaso no son una clara muestra de insostenibilidad las escandalosas diferencias que existen en nuestro Planeta entre el privilegiado grupo de paises “desarrollados” al que pertenecemos y el resto del segundo, tercero y cuarto mundo? Y si el mundo en que vivimos no es muy sostenible ¿seremos capaces de asegurar esa sostenibildad a las “generaciones futuras”?

 

Estoy convencido de que se trata de un objetivo alcanzable y no dudo de la capacidad del ser humano para lograrlo (gracias a sus muy valiosos “recursos humanos”). Pero todavía hay muchos obstáculos que superar, en particular, la manipulación que se hace del desarrollo sostenible, por unos y por otros, para ocultar conductas insolidarias, interesadas, egoístas y despilfarradoras. Me alegra comprobar, no obstante, como en el mundo cultural se dan –desde posiciones ideológicas muy diferentes- ciertos acuerdos de fondo sobre cómo deben evolucionar –con sostenibilidad- las relaciones entre la economía y el medio ambiente. Véanse, por ejemplo, el reciente ensayo de Juan COSTA CLIMENT titulado “La Revolución Imparable. Un planeta, una economía, un gobierno (Editorial Espasa, 2010) y la obra colectiva –dirigida por Jorge RIECHMANN- que bajo el título “Vivir (bien) con menos” publica la editorial Icaria (colección “Más madera”).

 

En todo caso, lo que ahora más me preocupa es que este blog sea “sostenible”, que tenga ánimos para mantenerlo “vivo” (con contenidos que interesen a los lectores) y sirva para promover el verdadero “desarrollo sostenible”, por encima de planteamientos teóricos o académicos y lugares comunes, concretándolo en buenos o malos ejemplos de nuestra realidad cotidiana. Y muchos de ellos, por supuesto, en Galicia.


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