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Entradas para la categoría ‘Comentarios de libros’

¿Nuestro futuro común?

Domingo, mayo 5th, 2013

Recuerdo que una de mis primeras lecturas ambientales justamente llevaba por título este de “Nuestro futuro común” (Our Common Future), también conocido como Informe Brundtland, hecho público en abril de 1987. Esta denominación trae causa de la persona –Gro Harlem BRUNDTLAND, ex-primera ministro noruega- que presidió, desde octubre de 1984, a instancias de Naciones Unidas -y previo mandato de la Asamblea General- la “Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo” (World Commission on Environment and Development) con el fin de establecer una “agenda para el cambio”. Las conclusiones de dicho informe propiciaron la celebración de lo que sería la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, celebrada en junio de 1992 en Río de Janeiro. Además, buena parte de los contenidos del Informe sirvieron para elaborar el conocido Programa 21 (o Agenda XXI) aprobado en dicha magna reunión internacional.

¿A qué se debe traer ahora a colación este documento de más de veintiséis años? Pues resulta que acabo de leer el sugerente ensayo de Daniel INNERARITY, titulado “Un mundo de todos y de nadie. Piratas, riegos y redes en el nuevo desorden global” (publicado por Paidós Estado y Sociedad, Barcelona, 2013). Su autor, Catedrático de Filosofía Política y Social de la Universidad de Zaragoza, dirige el Instituto de Gobernanza Democrática, que viene promoviendo diferentes publicaciones y debates públicos sobre esta materia. Aprovecho para destacar otro de los trabajos del mismo autor, el estudio colectivo codirigido con el conocido político Javier SOLANA: La humanidad amenazada: gobernar los riesgos globales (publicado también por Paidós Estado y Sociedad, Barcelona 2011): una interesante aportación sobre los límites de la ciencia antes los riesgos globales, sobre el principio de precaución y sobre la gobernanza.

En el citado ensayo se plantean las muchas paradojas en que está envuelto nuestro mundo actual: “es un mundo de todos y de nadie”, proliferan asuntos que son de todos (a todos nos afectan) pero de los que nadie puede o quiere hacerse cargo. Y, como muestra de esta realidad se cita el ejemplo del clima que, como bien público de la humanidad, preocupa (su “calentamiento global”) y manifiesta “nuestra común vulnerabilidad” por los riesgos globales que puede implicar para todo el Planeta. Para abordarlo adecuadamente su autor propone sobre la base de la necesaria  “gestión de los riesgos globales” una “política de la humanidad” que “civilice la globalización” mediante la creación de un “espacio de ciudadanía”.

En el tercera parte de su ensayo –tras poner de manifiesto las amenazas que se ciernen sobre la humanidad (en la primera) y reflejar las dificultades para proteger al mundo de sus peligros (en la segunda)-, titulada “Gobernar o el arte de hacerse cargo”, dedica un Capítulo  específico a la “Justicia climática”. En él se analizan tres cuestiones relacionadas con el “cambio climático”: la complejidad de las causas que inciden sobre el mismo, la diversidad de impactos que generan y las diferentes responsabilidades de los agentes concernidos.

Dando por supuesto el carácter antropogénico y universal del cambio climático –tal como demuestra en sus Informes (en particular en su 4º y último) el Panel Intergubernamental del Cambio Climático- el clima ha pasado a formar parte del debate político y asunto de la ciudadanía democrática, “el mayor problema de acción colectiva –según INNERARITY- al que el mundo se la tenido que enfrentar”, y que está ya generando “conflictos” y “migraciones masivas” (los llamados “refugiados climáticos”). Habrá, por lo tanto, que promover “decisiones políticas” en esta materia, o lo que es lo mismo, desarrollar la “gobernanza del cambio climático”. Sin embargo, como destaca el mismo autor, dicha urgente tarea plantea –de cara a la implantación de una “justicia climática”- varias dificultades: identificar las causas, los impactos y las responsabilidades relativas al cambio climático.

La afectación universal del cambio climático y sus eventuales efectos catastróficos –que forman parte de lo que BECK denomina “sociedad del riesgo mundial”-, así como su “alto nivel de interdependencia” de los problemas que aquejan a la humanidad, deberían propiciar –según el repetido ensayista- “soluciones cooperativas”. Pero resulta que los efectos del cambio climático son desiguales, según países, e incluso según generaciones y esto dificulta tremendamente la aplicación de la pretendida “justicia climática”.

Lo cierto es, como se encarga de destacar INNERARITY, que el reconocimiento de las “responsabilidades históricas” de los países desarrollados por las emisiones de gases de efecto invernadero y la “justa distribución de las emisiones futuras de carbono”, no está resultando nada sencillo tras los considerables fracasos de las Cumbres sobre el Clima de Copenhague (2009), de Cancún (2010),  de Durban (2011) y de Catar (2012). Unos, casi desesperados, intentos por prolongar el ya periclitado Protocolo de Kioto que debería implantar con urgencia una necesaria “justicia climática”.

El Director del Instituto de Gobernanza Democrática no se muestra partidario de las soluciones de mercado que se han aplicado (el comercio de emisiones y los permisos de emisión negociables) y reclama una solución política multinacional. Hace tiempo que la propia Convención marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático –que es la base del Protocolo de Kioto- previó un principio clave para este complejo problema de distribución de las cargas climáticas que es el “principio de responsabilidad común pero diferenciada”. Un criterio jurídico ideal para afrontar el problema, pero mucho me temo que, hasta que no veamos con claridad los catastróficos efectos –directos e inducidos- del calentamiento global seguiremos sin consensuar internacionalmente una solución justa y equitativa. Lejos de la benéfica idea de “nuestro futuro común” del Informe Brundtland, más bien nos encontramos –al menos en lo que se refiere al problema del cambio climático- en la triste paradoja que orienta todo el ensayo de INNERARITY: “un mundo (una atmósfera) de todos y de nadie”, sin que la frágil Comunidad Internacional lo remedie.

La panacea de la ecoinnovación

Domingo, marzo 10th, 2013

Ya han pasado muchos años desde que al I+D se le añade un “i” que, como es sabido, se refiere a la innovación. Y, ¿qué es la innovación? Pues, lo que en el lenguaje coloquial se entiende por novedad, en sentido propio se refiere en el mundo económico a la renovación de los productos, de los procesos y de los factores de producción. Hoy está tan arraigado el término que se utiliza para denominar a organismos públicos y privados.

Desde hace menos tiempo, a partir de la celebración de la Cumbre Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible en Río de Janeiro en 1992, cuando empezó a cobrar protagonismo el “Consejo Mundial Empresarial para el Desarrollo Sostenible” (World Business Council for Sustainble Development), comenzaba a hablarse de la “eco-innovación”. Poco a poco, como nos describía a finales del siglo XX Claude FUSSLER en su pionera obra “Eco-innovación. Integrando el medio ambiente en la empresa del futuro” (Mundi-Prensa, Madrid, 1999) la preocupaciones ambientales fueron calando en el sector empresarial hasta el punto de convertirse la sostenibilidad en uno de sus leit motiv. Y muy ligado con la ecoinnovación está la idea de “ecoeficiencia”, es decir, “producir más con menos” (por ejemplo, reducir los vertidos y la contaminación, así como usar menos energía y materias primas).

En esta dirección de “ecoeficiencia” tuvo mucho impacto la obra de científico alemán Ernst Ulrich VON WEIZSÄCKER: Factor 4. Duplicar el bienestar con la mitad de los recursos (publicada en 1995; y en castellano por la editorial Galaxia Gutemberg-Círculo de Lectores en 1997). Se trataba de un informe encargado por el Club de Roma en el que se demotraba entonces que disponemos de la tecnología necesaria para un uso mucho más eficiente de la energía y de las materias primas, sin perder calidad de vida. Por su parte el químico Michael BRAUNGART y el arquitecto William McDONOUGTH son muy conocidos por su libro Cradle to Cradle (De la cuna a la cuna): Rediseñando la forma en la que hacemos las cosas (2003; publicado en castellano por la editorial McGraw-Hill, 2005) que fija las bases del “eco-diseño”: reducción del impacto ambiental de un producto, estrategia o política, a través del estudio del ciclo completo de los materiales utilizados (extracción, procesamiento, utilización, reutilización, reciclaje, etc.).

Volviendo a la “ecoinnovación”, la reciente monografía –titulada Eco-innovación. Claves para la competitividad sostenible y la sostenibilidad competitiva- de CARRILLO, DEL RÍO y KÖNNÖLÄ (publicada en Netbiblo, 2012) ponen de manifiesto que “las eco-innovaciones pueden mitigar el supuesto enfrentamiento tradicional entre competitividad y protección ambiental” y que el diseño de las eco-innovaciones (bien sea de productos o de precesos) tienden a mejorar la eficiencia, la gestión de costes y la apertura a nuevos mercados, así como reducir impactos sobre el medio ambiente y, además, es una “fuente de nuevas alternativas, algo fundamental para la renovación de los sistemas actuales y la gestión transición social hacia prácticas más sostenibles”.

Hoy algunas de las grandes organizaciones económicas internacionales tienen en la “eco-innovación” como una de las claves del desarrollo del futuro. Así, por ejemplo, la OCDE vincula el “crecimiento verde” con la “eco-innovation”, y, en definitiva con la economía verde (green economy). La Unión Europea por su parte,  viene desarrollando desde prinicipios de este siglo la llamada “política integrada de productos” destinada a reducir el uso de recursos y el impacto ambiental de los recursos (cfr. el documento de la Comisión Europea COM(2003) 302 final). Más recientemente –en el marco de la Estrategia Europa 2020, en respuesta a la crisis económica y financiera, para reforzar la capacidad de la UE y lograr un crecimiento “inteligente, sostenible e integrador”- ha lanzado la “iniciativa emblemática de Europa 2020 de la Unión po la innovación”. Y fruto de esta iniciativa es el “plan de Acción sobre Ecoinnovación” (EcoAP) que se presenta como elemento fundamental para la transición hacia una economía verde y una Europa eficiente en el uso de los recursos.

Esta semana se acaba de publicar el Informe –el tercero- del Observatorio Europeo de la Ecoinnovación: Europa en transición: allanando el camino hacia la economía verde a través de la ecoinnovación, en el que se recomienda a los responsables políticos, a las empresas, a los ciudadanos y a los investigadores que todos ellos tienen que trabajar en conjunto, aliados para poner en práctica la ecoinnovación.

También en el Congreso Nacional de Medio Ambiente 2012 no faltaron amplias referencias a la ecoinnovación y el ecodiseño (cfr. el monográfico sobre este tema publicado recientemente). Entre las comunicaciones presentadas al Congreso contó con diversos ejemplos de ecoinnovación y ecodiseño.

Es claro que ahora más que nunca, en tiempo de crisis, hay que agudizar el ingenio y, en particular,  hay que potenciar la “ecoinnovación” que ha de implicar una sustancia reducción en el uso de los -cada vez más escasos- recursos naturales, pero sin disminuir la calidad de vida de los ciudadanos. Justo lo contrario de lo que está sucediendo en nuestra sociedad con los crecientes recortes presupuestarios con su lacerante regresión a niveles de bienestar del pasado.

Químicos temores

Sábado, marzo 2nd, 2013

Antes de comenzar confieso que tengo muy buenos amigos que son químicos y que se ganan la vida muy dignamente con esta profesión. También reconozco que me impresionó bastante la información que contrasté en mi post precedente sobre la reducción de las abejas por culpa de ciertos pesticidas. Es además muy abundante la bibliografía sobre los potenciales -y reales- riesgos de los miles de productos químicos sobre la salud y el medio ambiente. Existe una disciplina científica –la “epidemiología”- que estudia la distribución, frecuencia, los determinantes, las relaciones, las predicciones y el control de los factores relacionados con la salud y con las distintas enfermedades existentes en poblaciones humanas específicas.

Cuando cayó en mis manos el libro -que ya cité en mi post anterior- titulado “La epidemia química. La crisis de salud provocada por la contaminación química cotidiana” del conocido periodista ambientólogo, Carlos de PRADA (entre muchas otras cosas, Premio Nacional de Medio Ambiente, Presidente del Fondo para la Defensa de la Salud Ambiental, autor del popular blog ambiental La verdad es, … verde), me quedé sorprendido por el número y variedad de peligros que, procedentes de la contaminación química, acecham nuestra existencia. No es la primera vez que este autor escribe sobre semejantes cuestiones pues ya publicó el libro titulado “Anti-tóxico. Vive una vida más sana” (Espasa, 2011).

Partiendo de un hecho incontestable –según el autor- de que “nuestros cuerpos están cargados de tóxicos peligrosos” y de que “somos aspiradoras de contaminantes”, se va haciendo una larga enumeración de los tóxicos que consumimos –en nuestro hogar, en el puesto de trabajo, en nuestra comida, etc.- y que recibimos por medio de las aguas o del aire.  Y, como consecuencia de ello, “nuestra salud está en peligro” y de hecho muchos tipos de cáncer (como el de mama, el de próstata, etc.) se vinculan a contaminantes químicos. Incluso a la química se achacan algunos de los supuestos de infertilidad masculina y femenina. Qué decir de los contaminantes hormonales presentes en algunos tipos de limpieza (cosméticos, champús, geles, etc.) y de la “disrupción endocrina” que motivó la Declaración del Praga, firmada por un numeroso grupo de científicos en 2005. Por cierto, recomiendo el reciente estudio elaborado conjuntamente por el PNUMA (oficina de medio ambiente de Naciones Unidas) y la OMS sobre el estado de la ciencia con relación a los dichosos ”disruptores endocrinos“.

En cuanto a las alergias –una de las “enfermedades del siglo”-, con el permiso de mi hermana que es una eminencia en esta materia, se suele vincular con los efectos de ciertos productos tóxicos sobre nuestras defensas inmunológicas. Y, como dice el refrán, “lo que no mata engorda”, hay venenos que producen obesidad (incluso en la población infantil). Pero también la naturaleza es dañada por los contaminantes químicos que llegan a producir en los animales curiosos “cambios de sexo” e incluso “hermafroditismo”.

El autor de esta inquietante monografía (más bien elenco de horrores químicos) nos hace una llamada de urgencia ante el problema –hay que quitarse “la venda de los ojos”- para que defendamos “tolerancia cero” con los daños de la contaminación química. También una explícita crítica contra las autoridades cuyos controles y niveles de tolerancia son insuficientes para reducir los daños del “cóctel tóxico” con el que habitualmente convivimos. También hay, en esta antología de perjuicios quimicos, un “llamamiento a la acción” con un elenco de oportunas medidas: primacía del principio de precaución (con aplicación de los procedimientos de gestión del riesgo de las sustancias químicas), mayor control sobre las industrias químicas ys sus contaminantes, adopción de las mejores tecnologías disponibles, aplicación del principio “quien contamina paga”, atajar los problemas en su origen,  potenciación de los estudios epidemiológicos sobre zonas especialmente conflictivas, campañas de información y prevención sobre la población ante los riesgos químicos, potenciación de la producción ecológica, acceso a la información, etc. También existe una “química verde” o sostenible a la que dedicaremos un posterior comentario. Y, otro gallo cantaría en esta materia si aplicásemos seriamente el nuevo marco reglamentario de la Unión Europea sobre la gestión de sustancias químicas (conocido con las siglas REACH).

Espero que quien lea el libro de Carlos de PRADA no acabe obsesionado, paseando por las calles con una mascarilla y receloso de cualquier contacto sospechoso, e incluso altere sus costumbres alimenticias. Quién no recuerda el exitoso libro de Jonathan SAFRAN, “Comer animales”, una original mezcla de literatura y ciencia, que pone en entredicho alguno de nuestros hábitos alimentarios y constituye uno de las más agudas y acérrimas críticas a las granjas industriales.

Es indudable que los avances científicos y el acceso universal a la información ha incrementado en nosotros la percepción de los riesgos y peligros. Pero también es verdad que hoy tenemos, los ciudadanos, más instrumentos –como los que describe de PRADA- para combatir los engañosos avances de la ciencia y de la técnica que ocultan bajo aparentes éxitos (y, desde luego, pingües beneficios económicos) peligrosos riesgos para la salud humana y para el medio ambiente.

Cumbre del clima de Doha. Crónica de un fracaso anunciado

Domingo, diciembre 9th, 2012

Peor sería que el Protocolo de Kioto, firmado en 1997 (que obligaba desde el año 2004 a reducir a las emisiones en 2012 un 5,2% respecto a 1990 a 35 países desarrollados, excluido -entre otros paises- los Estados Unidos), no se hubiera prorrogado en Doha, como finalmente ha ocurrido ayer “in extremis”, hasta el 2020. Y gracias a que el presidente de la Cumbre (el catarí, Abdulá BIN HAMAD) ha hecho concluir, con 24 horas de retraso, casi por derribo, la reunión de 194 países en la capital de este pequeño emirato de Oriente Medio, pese a las objeciones y protestas de Rusia. Realmente es el único instrumento jurídico internacional vinculante para combatir el calentamiento global.

Malos tiempos son estos en que incluso algunos países que ratificaron el Protocolo como Rusia, Japón, Canadá y Nueva Zelanda, se retiran del segundo periodo ahora incoado con la, pretenciosamente, llamada “Puerta Climática de Doha”. Solo queda el compromiso de la Unión Europea, Australia, Noruega, Islandia, Croacia, Kazajistán, Noruega, Liechtenstein y Mónaco, que, en total, suman el 15% de las emisiones mundiales. Como en otras Cumbres, la Unión Europea y los países miembros presentes –pese a las iniciales reticencias de Polonia con respecto a sus excedentes de derechos de emisión- han dado ejemplo comprometiéndose a reducir un 20% de sus emisiones respecto a 2020 (actualmente se ha logrado emitir un 18,5% menos), avanzado en su paquete “energía-clima”.

Conscientes todos del insuficiente resultado –que desoye las unánimes voces del mundo científico sobre la urgencia de la reducción en las emisiones de CO2- se ha acordado postergar hasta el 2015 la aprobación en Paris de un acuerdo que sustituya al Protocolo de Kioto “aplicable a todos los miembros”. Lo cual está refiriéndose a todos los países que ha quedado exentos de cualquier compromiso, bien sea los Estados Unidos o los emergentes –y crecientes emisores- China, India, Brasil o México. La Administración Obama -presente en la cumbre por medio del negociador Tood STERN- ha defraudado nuevamente –como en Copenhague o en Durban- las expectativas de un mayor compromiso con la política climática mundial.

Nadie ha querido comprometerse, por ahora, de esa financiación del “Fondo Verde para el Clima” (100.000 millones de euros) de los países ricos, antes del 2020, para los países en desarrollo que van a sufrir las consecuencias del calentamiento global. Que se lo digan a los pequeños Estados insulares, los más vulnerables ante los eventos climáticos más extremos. Y mientras Filipinas sufría los efectos del tifón “Bopha” causando más de 500 muertos y millones de afectados.

Entre los grupos ecologistas la opinión –difundida masivamente mediante las redes sociales- es unánime: fracaso, acuerdo débil e irreal para frenar el cambio climático, falta de ambición, etc.

Como ha afirmado la Secretaria de la Convención Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático, la costaricense Christiana FIGUERES, hace falta “más voluntad política”. Hasta llegar aquí han sido muchas las “Conferencias de las Partes de la Convención Marco sobre Cambio Climático” (COP): Durban (2011), Cancún (2010),  Copenhague (2009), etc. Y, a estas alturas, cabe preguntarse, ¿esta forma de lograr los acuerdos es realmente eficaz? ¿no sería conveniente buscar otra fórmula más eficaz?

Cada vez son más los que opinan que hay que intentar –sin burlar la legítima actividad de Naciones Unidas- otras fórmulas más efectivas como, por ejemplo, el G-20 que representa cerca del 90% del PIB mundial y en torno a dos tercios de la población mundial. Es claro que en los próximos decenios las emisiones de CO2 van a incrementarse mucho en los países en desarrollo (y economías emergentes) y que por mucho que las mitiguen los países desarrollados, las emisiones globales no descenderán. Pero como señala el Premio Nobel de Economía 2001, Michael SPENCE, en referencia al “desafío del cambio climático y el crecimiento de los paises en desarrollo”, en su ensayo titulado “La convergencia inevitable. El futuro del crecimiento económico en un mundo a varias velocidades” (publicado en la editorial Taurus, Madrid, 2012), “a pesar de la percepción general de descalabro, hay señales de un notable avance. Numerosos países, así como unidades subnacionales, empresas y, simplemente, gente corriente como nosotros, están empezando a cambiar sus comportamientos en la dirección correcta” (y cita los ambiciosos planes de mejora de la eficiencia energética promovidos por China, India y Brasil). Otros, como Pedro LINARES, opinan que hay que acabar con el “turismo negociador” y buscar los entornos donde sea más fácil buscar un acuerdo (como en el ámbito tecnológico).

Desde luego que las Cumbres sobre el Clima son más mediáticas, pero lo que interesa es lograr compromisos efectivos, aunque sea a pequeña escala o en ámbitos más homogéneos, ya que la lucha contra el calentamiento global lo exige, ¡con urgencia!

Salvaguardar el medio ambiente

Domingo, septiembre 16th, 2012

El otro día estaba yo echando un ojo sobre las novedades bibliográficas recibidas en la biblioteca de la unas de las Facultades (la de Comunicación) donde imparto docencia y me encuentro con esta de Ángel GUERRA SIERRA: Salvaguardar el medio ambiente, publicada esta año 2012 por la editorial Eiunsa y que lleva por subtítulo: Reflexiones sobre el Capítulo décimo del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. No es la primera vez que leo una obra de este autor, un biólogo marino, investigador del Instituto de Investigaciones Marinas de Vigo.  Una de sus obras anteriores publicada con Santiago PASCUAL DEL HIERRO: La descomposición de la ecología (Netbiblo, 2008) me pareció muy sugerente y un intento muy loable de preservar esta jóven y digna ciencia de la ecología de los muchos intentos de degradarla y manipularla con otros fines que no son los científicos y que, en todo caso, se distingue claramente del ecologismo.

En estas dos obras se manifiesta la preocupación de su gran maestro Ramón MARGALEF cuando afirmaba –en su Teoría de los Sistemas ecológicos (1991)-: “Creo que la Ecología tradicional se está descomponiendo en un mosaico de hipótesis, unas interesantes, otras menos, algunas contradictorias e incluso frívolas”.

En Salvaguardar el medio ambiente, sus reflexiones sobre una de las mejores síntesis del magisterio de la Iglesia Católica sobre las cuestiones ambientales –contenida en el capítulo 10º (“Salvaguardar el medio ambiente”) del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, publicado por el Consejo Pontificio “Justicia y Paz” en 2005- conjugan con interés sus experiencias profesionales como reconocido biólogo marino y su confesada fe católica. Tras aclarar que la “ecología no es sinónimo de salvaguadia del medio ambiente” y que la “ecología no proporciona principios morales”, nos ofrece un elenco de problemas mundiales que amenzan el medio ambiente. “La humanidad tiene un problema. Para buscar soluciones lo primero es reconocerlo” afirma, y, a partir de aquí, se pregunta: “¿Reconoce la Iglesia católica este problema?” Y, sobre la base de una respuesta afirmativa, va desgranando desde las Sagradas Escrituras hasta nuestros días el mensaje cristiano a los problemas que aquejan el medio ambiente para reconocer que la “crisis ecológica es un problema moral”.

Con gran solvencia, a mi juicio, GUERRA SIERRA va rebatiendo en su ensayo varios  de los mitos que han ido construyendo por algunos de los defensores del ecologismo radical contra el cristianismo, como promotor de una actitud explotadora de los recursos naturales o  como retardatario del progreso científico. Y, sobre todo, en mi opinión, acierta a señalar “la diferencia básica en la aproximación entre la Iglesia y numerosos intelectuales a la solución de la crisis ecológica que todos reconocemos … es que éstos proponen fundamentalmente metodologías basadas en la transformación de las estructuras y sistemas de producción-consumo y de organización social, mientras que la Iglesia va más al fondo: a que lo que deben cambiar son los individuos, y que con la “conversión” de estos será entonces posible gozar de una sociedad sana capaz de responsabilizarse de este y de otros problemas que afectan a la humanidad”.

Sin dejar de denunciar los graves problemas de injusticia y desigualdad en la distribución de los bienes y recursos naturales que aquejan nuestro Planeta, esta original obra rezuma, no obstante, optimismo y confianza en el ser humano. Al final, el mensaje moral que contiene es una llamada a la responsabilidad personal y a practicar unos nuevos estilos de vida, “presididos –como recoge el nº 486 del citado Compendio- por la sobriedad, la templanza, la autodisciplina, tanto a nivel personal como social”.

De nuevo Fukushima. Un antes y un después.

Domingo, julio 22nd, 2012

A principios de este mes de julio se ha hecho público un voluminoso informe del grupo de expertos, dirigido por el congresista KUROKAVA (ex-presidente del Consejo Científico del Japón), encargado por la Dieta de Japón (su Parlamento) para investigar el accidente nuclear de Fukushima. Tal como señalan la mayor parte de los medios de comunicación, la peor catástrofe nuclear desde la de Chernobil en 1986, la de la planta Fukushima, a mediados del marzo del pasado año 2011, se debió a un error humano resultado de la “connivencia entre el Gobierno, los reguladores y TEPCO (la operadora de la Planta) y la falta de autoridad de las partes mencionadas”.

Esta Comisión de investigación, tras considerar “imperdonable la ignorancia y arrogancia de cualquier persona u organización que trate con energía nuclear”, advierte carencias y desconocimiento en algunos aspectos de la seguridad existentes en la planta de Fukushima. “Su regulación fue encomendada a la burocracia gubernamental responsable de su misma promición”. El operador de la Planta, los reguladores y el Gobierno “no desarrollaron correctamente los requisitos de seguridad más básicos, como la evaluación de la probabilidad de daño, la preparación para contener los daños colaterales de este tipo de desastres y el desarrollo de planes de evacuación“. Tras el terremoto y el tsunami, la falta de formación y los conocimientos de los trabajadores de TEPCO sobre la instalación redujeron la eficacia de la respuesta a la situación en un momento tan crítico. Y, a medida que la crisis se agravó los sujeto intervientes y las autoridades responsables (las agencias gubernamentales y y la Oficina del Primer Ministro) no consiguieron “prevenir o limitar el daño emergente”.

Lo más curioso del informe, a mi juicio, es cómo formula una de sus conclusiones: “Lo que hay que reconocer es muy doloroso, fue un desastre, ‘Made in Japan’”, afirma la Comisión de Investigación. “Sus causas fundamentales se encuentran arraigadas en las convenciones de la cultura japonesa: nuestra obediencia reflexiva, nuestra renuencia a cuestionar la autoridad, nuestra devoción a ‘apegarse al programa”. Y, por este motivo, se recomienda vivamente a los ciudadanos a “reflexionar sobre nuestra responsabilidad como individuos en una sociedad democrática”.

Aunque la industria nuclear esté empleando ahora todas sus energías en convencer a la opinión pública acerca de la seguridad de las centrales nucleares, pensamos que con el accidente de Fukushima hay un antes y un después. En efecto, el hecho de que la catástrofe -que obligó a más de 150.000 personas a abandonar sus hogares- tuviera lugar en uno de los paises más avanzados e industrializados del mundo, ha hecho que la percepción del riesgos por parte de la ciudadanía se haya disparado.

De esto mismo y de los efectos del accidente de Fukushima sobre el sector energético nos hablan la ex-Ministra de Medio Ambiente, Cristina NARBONA y el experto en cambio climático Jordi ORTEGA, en una obrita que lleva por título “La energía después de Fukushima” (editada por Ediciones Turpial, Madrid, 2012). Se trata de un documentado alegato en contra de la energía nuclear (“ni barata, ni limpia, ni segura”) y en defensa de la única alternativa sostenible de nuestro Planeta: la de las energías renovables. La histórica y valiente decisión del gobierno conservador de Alemania de abandonar la energía nuclear y apostar por las energías renovables y de ahorro y eficiencia energética, contrasta con las del actual gobierno español de prorrogar la vida de las centrales nucleares y reducir el apoyo público a las energías renovables.

Vivia yo en el Pais Vasco cuando tuvo lugar la paralización de la –ya muy avanzada- central de Lemoniz (trágicamente enrarecida por el injustificado asesinato de varios de sus operarios). Hoy son nuevos tiempos, pero dudo mucho que, visto lo que hemos visto recientemente en Fukushima, los españoles apoyemos mayoritariamente la continuidad de este tipo de energía. Posiblemente, ni desde el punto de vista económico, nos lo podamos ya permitir.

Aprender de las catástrofes.

Domingo, julio 8th, 2012

Todavía están muy vivas en nuestras retinas las pavorosas imágenes de los gigantes incendios forestales que han asolado una de las comarcas del interior de la provincia de Valencia y en los que, para mayor desgracia, ha fallecido el piloto de uno de los helicópteros implicados en su extinción. En pocos días, en la zona de Cortes de Pallás y Andilla, las llamas han arrasado más de 50.000 hectáreas, suponiendo por la magnitud de la superficie calcinada, uno de los más graves ocurridos en España desde 2004. Un triste y recurrente ejemplo de catástrofe ambiental que golpea con fuerza la opinión pública y que, a su vez, salpica a los gobiernos y a los políticos de turno, aunque no siempre es fácil depurar con justicia las responsabilidades, bien sea por acción o por omisión.

Es muy fácil utilizar estos tristes acontecimientos, por unos y por otros, para tirarse los trastos a la cabeza, para hurgar en la herida, para obtener réditos políticos. Es muy sencillo y efectista. Pero, en mi opinión, lo verdaderamente  legítimo es reclamar medidas preventivas más eficaces, proponer medios de intervención más inmediatos y justas reparaciones para los afectados. Más que nunca se precisa la solidaridad y consenso de las fuerzas políticas y sociales para abordar un problema que se repite, una y otra vez, y que no sabe de colores políticos.

Con la fuerte experiencia que tuvimos en Galicia con motivo de la catastrofe del Prestige (de la que este año se cumplen ya diez años) -y, ¿como no? de tantos incendios forestales que año a año se suceden-, tenemos aquí muy claro que lo más importante es aprender, sacar lecciones de estos traumáticos eventos. Que, una vez pasados los momentos más “calientes” de la crisis, analicemos  con serenidad y reflexión desapasionada los variados aspectos del hecho catastrófico y de sus consecuencias. Es el momento en que políticos, científicos, técnicos, ciudadanía y la sociedad en general, se alíen en la búsqueda de las más oportunas soluciones.

Desgraciadamente los seres humanos –a los que nos debiera caracterizar la racionalidad- solemos funcionar, por general, de forma reactiva, es decir, sólo cuando el daño o la catástrofre se ha producido.

Huyo de la literatura catástrofista que se regodea en las desgracias y que trata de impresionar con sus fantasmagóricas consecuencias. Es el caso del reciente libro de Alok JHA –redactor de la sección de ciencia y tecnología del Guardian-, titulado “50 maneras de destruir el mundo”. Un batiburrillo de amenazas -ciertas muchas de ellas (no lo pongo en duda)- para los seres humanos y para nuestro Planeta: desde la denominada “sexta extinción masiva” de las especies, la “superpoblación”, el “desastre biotecnologico”, las especies invasoras, la muerte de las abejas, las guerras del agua, la destrucción de la capa de ozono, el aumento del nivel del mar, el “cierre de la corriente del Golfo”, el “megatsunami”, las “supertormentas”, etc. –por citar algunas de las amenazas más vinculadas con el medio ambiente- hasta otros más peregrinos riesgos para nuestra civilización (“superinteligencia artificial”, “transhumanismo” (!), “extraterrestres hostiles”, “superhumanos genéticos” (!!)…). Menos mal que su autor nos consuela en la introducción: “pero no hay que desanimarse. Cualquiera que sea el punto de vista científico con el que se observe el Fin (supongo que quiere decir el “fin” del planeta), podemos tener la garantía de que sólo un puñado de ellos supondría el fin de la Tierra como tal”. En lo que si estoy de acuerdo es lo que apuntilla seguidamente: “Nuestro Planeta, sin embargo, seguirá como si tal cosa después de la desaparición de los humanos o de los muchos millones de especies vivas”. Esto se llama “resiliencia”.

Sin querer discutir lo más mínimo la maravillosa libertad de expresión que hay que reconocer a todo ser humano, otro gallo cantaría si, en lugar de dedicar tanto esfuerzos de la prodigiosa mente humana manipulando los hechos catastróficos para inconfesables intereses partidistas o para recrearse en la estética apocalíptica, centráramos todos los empeños en aprender de nuestros errores.

La “Economía del bien común” y el medio ambiente, según Christian FELBER

Domingo, junio 17th, 2012

Mientras la ciudad de Río de Janeiro se va poblando de políticos, expertos, lobistas, etc. de todo el mundo, esperando llegar a un consenso sobre “el futuro que queremos”, cae en mis manos un librito muy especial: “La economía del bien común” de Christian FELBER (publicado por ediciones Deusto). Su autor es un joven profesor austríaco, destacado crítico de la globalización y fundador del movimiento Attac, un polifacético intelectual del que ya tenía conocimiento por unas conferencias que había pronunciado en España y que están disponibles en youtube.

A nadie dejará indiferente este verdadero “manifiesto” sobre esta original visión de la economía basada en los planteamientos cásicos del “bien común”, desde Aristóteles hasta la doctrina social de la Iglesia Católica, subtitulado “un modelo económico que supera la dicotomía entre capitalismo y comunismo para maximizar el bienestar de nuestra sociedad”.

¿Es acaso sólo un nuevo intento de “tercera vía”? o ¿se trata de algo nuevo? Mis conocimientos de economía son limitados y no veo capaz de valorar aquí el modelo económico que FELBER desarrolla hasta los más mínimos detalles (acerca de la empresa, de la propiedad, de la función del Estado, de la banca, etc.). Lo que sí digo es que su lectura me ha cautivado profundamente. Después de lo que estamos viendo sumidos en lo más bajo del ciclo de esta espantosa crisis económica, cómo no valorar positivamente un modelo fundamentado en valores como la honestidad, la empatía, la confianza, la estima, la cooperación, la solidaridad, la voluntad de compartir, … la dignidad humana; un modelo económico en los que la búsqueda del beneficio y la competencia se transforman en esfuerzo hacia el bien común y la cooperación; donde se sustituye el PIB como indicador de éxito por el “producto del bien común” (“cuanto más social, ecológico, democrático y solidario es el comportamiento y la organización de las empresas, mejores son los resultados que alcanzan en el balance”); donde las desigualdades de ingresos y riqueza son limitadas en un debate y por decisión democrática; donde la empresas se liberan de la obligación general de cercimiento ilimitado y sólo buscan el tamaño óptimo; donde la banca es democrática (es controlada por el pueblo, no por el Estado); donde los mercados financieros tal como hoy se conocen dejarán de existir, etc.

¿Utopía? ¿Un modelo bienintencionado para acabar con el darwinismo social que impera en nuestra globalizada economía neoliberal? No lo sé. Pero en todo este planteamiento -dejando aparte atrevidas soluciones sobre la propiedad, la transmisión hereditaria, la educación, etc.- encuentro en esta obra una libertad de pensamiento que no es fácil encontrar en otros ensayos de naturaleza económica.

Desde el punto de vista del medio ambiente, FELBER nos propone en su modelo una atractiva y omnipresente consideración de la sostenibilidad. El valor ecológico es uno de los elementos fundamentales del “balance del bien común”; las empresas conseguirán más beneficios legales si son responsables con el medio ambiente y producen productos ecológicos; el beneficio de las empresas revertirá para inversiones con plusvalía social y ambiental; el mercado internacional se basará en el “comercio justo”; a la naturaleza se le reconocerá un valor propio; el crecimiento económico ya no será un objetivo y sí la reducción de la huella ecológica de individuos, empresas y países a una cota sostenible a nivel mundial; etc.

Christian FELBER sí que tiene claro el futuro que quiere para nuestro atormentado Planeta. Pero no sólo es un visionario. No se queda en los principios por atractivos que parezcan. Nos ofrece las “Estrategias para su ejecución”, las bases de un proceso de concienciación que se han iniciado con la constitución en julio de 2011 de la “Asociación para el Fomento de la Economía del Bien Común” e incluso la fundación de un “banco democrático”. También recoge en su ensayo –o, mejor, manifiesto- ejemplos de empresas que se acercan al modelo propugnado por el autor; y el primer caso que cita es la empresa vasca Mondragón, la mayor cooperativa a nivel mundial.

Es preciso, ahora más que nunca, soñar con lo que debe ser un futuro mejor para nuestra juventud y para las generaciones venideras. FELBER nos permite avizorar con esperanza algunos destellos de esa nueva sociedad que, sin duda. se construirá sobre las ruinas del vigente e insostenible modelo económico.

Precaución con los transgénicos

Domingo, mayo 20th, 2012

La semana pasada la Voz de Galicia ponía a disposición de sus lectores un libro del biólogo e investigador valenciano José María SEGUÍ SIMARRO que lleva por título El siglo de oro de la biotecnología vegetal. Cien años que han cambiado nuestra visión de las plantas. Un trabajo de divulgación científica galardonado con el premio Prisma Casa de las Ciencias a la Divulgación 2010. A lo largo de sus páginas se va desgranando con amenidad el apasionante mundo de la biotecnología vegetal o “biotecnología verde” (para distinguirlas de otros tipos de biotecnologías como la médica, la marina o la industrial). Nociones básicas sobre la biología y la biotecnología, los sistemas de mejora genética utilizados desde la antigüedad, la impresionante “Revolución verde” impulsada en los años 60 y 70 del siglo XX gracias a las investigaciones del científico estadounidense Norman BORLAUG, la alternativa energética de los biocombustibles vegetales (los de primera y segunda generación), las plantas que combaten contra los residuos tóxicos (la llamada “fitoremediación”), el inagotable potencial de las plantas medicinales como el “más grande y deconocido botiquín de la Tierra”, las muy rentables pero injustas y difundidas prácticas de la “biopiratería” (pese a la normativa inrternacional promovida desde la Cumbre de Río de Janeiro de 1992)…, para terminar con las controvertidas plantas transgénicas.

La exposición del Profesor SEGUÍ SIMARRO no constituye un alegato contra los productos transgénicos –como es la práctica habitual en los grupos ecologistas dominantes- pero tampoco supone una ferviente defensa. Sencillamente pone de la manifiesto las “luces y sombras tras 100 años de biotecnolgía vegetal” y, en lo referente a los transgénicos, llama la atención sobre la batalla existente en los medios de comunicación sobre los “organismos genéticamente modificados”, sobre la información y desinformación a la que estamos sometidos los ciudadanos-consumidores en esta viva polémica. Quizá como contrapunto a este trabajo puede manejarse el librito del filosofo Jorge RIECHMANN: Qué son los transgénicos. Bioingeniría y manipulación de los alimentos (editado por RBA libros en 2002 y nuevamente reeditado en 2011), que es claramente crítico y, en particular, con la “soja transgénica” que, a su juicio, está representando un gran daño para la ecología y para la economía, a la par de profundizar en las desigualdades sociales en el mundo.

Personalmente desconfio de las historias truculentas que se cuentan en infinidad de trabajos –pretendidos “best seller”- sensacionalistas que, como siempre, tienen como protagonista a la todopoderosa multinacional Monsanto, la más importante empresa del mundo proveedora de productos para la agricultura. Pero, al mismo tiempo, pienso que la bio-tecnología tiene también sus límites y sus riesgos. Y, por lo tanto me parecen muy razonables las cautelas que organismos internacionales y Gobiernos (unos más que otros) imponen a la aprobación de estos inventos de nuestro “siglo de la biotecnología” (Jeremy RIFKIN). No es otra cosa que aplicar a estos productos genéticamente modificados el procedimiento de evaluación de riesgos cuando como es el caso existe incertidumbre científica sobre su peligrosidad para la salud y el medio ambiente. Y, como se exige en la normativa de la Unión Europea la advertencia a los consumidores de que tales productos –una vez sometidos a un riguroso control de riesgos- contienen “organismos genéticamente modificados”. No se trata de prohibirlos sino de dejar a la decisión de los consumidores su utilización y consumo. Esta práctica no es otra cosa que la aplicación del principio de precaución o de cautela que orienta la política ambiental y de seguridad alimentaria de la Unión Europea.

Desconfianza en la ciencia, no. Pero tampoco fe ciega en los avances tecnológicos en los que, muchas veces, no lo olvidemos, están en juego magros intereses crematísticos y aspiraciones monopolísticas. Y es que por encima de todo ello, está  el respeto a los seres humanos y a las sabias leyes de la naturaleza cuya manipulación desaforada puede tener unos efectos incontrolables.

Economía ¿verde o azul?

Domingo, abril 29th, 2012

A menos de dos meses de la celebración de la Cumbre mundial Rio+20 –adornada con el expresivo subtitulo: “El futuro que queremos” (The future we want)- es evidente que, en plena crisis económica, uno de los temas extrella es el de la “economía verde” (green economy). Así se compueba en el documento “0” en que la economía verde aparece con gran protagonismo “en el contexto del desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza” (cfr. su apartado III).

Pero no todos opinan lo mismo acerca de cuáles deben ser las claves de dicha economía o, más bien, los criterios que deben orientar esa deseada “transición” en el escenario mundial. La Secretaría preparatoria de la Cumbre Mundial señala que “La economía verde ofrece una oportunidad para mejorar la gobernanza del comercio global y el entorno de comercio interior para asegurar que el comercio contribuya positivamente a una economía verde en el contexto de la erradicación de la pobreza y desarrollo sostenible”. Por su parte, la Comisión Europea en su documento preparatorio “Río+20: hacia la economía ecológica y la mejora de la gobernanza” (junio de 2011), afirma que “Río+20 puede marcar el inicio de una transición más rápida y profunda, a nivel mundial, hacia una economía ecológica: una economía que genere crecimiento, cree empleo y erradique la pobreza, conservando el capital natural del que depende la supervivencia a largo plazo de nuestro planeta e invirtiendo en él”. Otros opinan que la “economía verde” no es más que un lavado de cara de los intereses capitalistas que tratan de mantener su dinámica productivista (vid. por ejemplo la web: “no green economy“).

Con relación a estos temas, desde hace unos años venimos siguiendo con gran interés una serie de reflexiones que coinciden en la oportunidad de imitar a la naturaleza a la hora de reconstruir los sistemas productivos humanos, con el fin de hacerlos compatibles con la biosfera. Se trata de la llamada Biomímesis (de bio, vida y mimesis, imitar), también conocida como biomimética o biomimetismo, “es la ciencia que estudia a la naturaleza como fuente de inspiración, nuevas tecnologías innovadoras para resolver aquellos problemas humanos que la naturaleza ha resuelto, mediante los modelos de sistemas (mecánica), procesos (química) y elementos que imitan o se inspiran en ella”. Hace unos años fue el Profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Barcelona, Jorge RIECHMANN, quien publicó una obra con tal título (en la editorial Los Libros de la Catarata, Madrid, 2006).  Pero quien popularizó este término en inglés (biomimicry) ha sido la ambientalista norteamericana Janine M. BENYUS cuya obra pionera (Biomimicry: innovation inspired by nature, Ney York, 1997) acaba de ser publicada en España –bajo el título “Biomímesis. Innovaciones inspiradas por la naturaleza”- por la editorial Tusquets (Barcelona, 2012). La autora -que dirige un Instituto especializado en esta materia- resumen de esta manera el canon de leyes, estrategias y principios que sigue la naturaleza:

La naturaleza cabalga sobre la luz solar.

La naturaleza gasta sólo la energía que necesita.

La naturaleza ajusta la forma a la función.

La naturaleza lo recicla todo.

La naturaleza premia la cooperación.

La naturaleza cuenta con la diversidad.

La naturaleza demanda tecnología local.

La naturaleza frena los excesos desde dentro.

La naturaleza saca partido de las limitaciones.

En una dirección similar se orienta la obra de Gunter PAULI (polifacético empresario y fundador de la “Zero Emissions Research Initiative”) titulada La economía azul. 10 años , 100 innovaciones, 100 millones de empleos” (publicada por Tusquets, Barcelona, 2011). Crítico tanto con el modelo de economía financiera todavía vigente como con la “economía verde” (que, según él, trata de preservar el medio ambiente a costa de grandes inversiones que la vuelven inviable), promueve una “economía azul” que se sirve de conocimiento acumulado durante millones de años por la naturaleza para alcanzar cada vez mayores niveles de eficacia y traducir esa lógica de los ecosistemas al mundo empresarial. Desde la reutilización de los residuos agricolas para generar nuevos productos alimenticios  hasta la imitación de los termiteros para diseñar la nueva arquitectura bioclimática, y así, una larga lista de cien innovaciones inspiradas en la naturaleza que recoge en los apéndices de su obra.

Se cuenta que un inventor suizo, George de MESTRAL, apasionado excursionista, inventó la popular cinta “velcro”, observando como se adherían a sus pantalones algunas semillas en sus paseos. Hoy más que nunca se impone –en lo más profundo de la crisis- eso de la “imaginación al poder” (o mejor, “innovación al poder”). Y si queremos descubrir nuevo nichos de empleo, no dejemos de contemplar la naturaleza, para respetarla y para aprender de ella. Seguro que no nos defraudará.

ojd