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Litoral: una reforma inoportuna y regresiva

Domingo, mayo 12th, 2013

A punto de publicarse en el Boletín Oficial del Estado la nueva Ley de Protección y Uso Sostenible del Litoral y de modificación de la Ley de Costas de 1988, me parece oportuno ofrecer a la opinión pública este modesto comentario de urgencia que suscita la inminente norma legal, desde nuestra perspectiva académica de análisis del litoral.

Por mucho que se quiera presentar la Ley como una medida de protección y uso sostenible del litoral, no encuentro en su texto –salvo lo que deja vigente de la Ley de Costas de 1988- disposición nueva alguna que mejore la protección ambiental de nuestras costas. En todo caso, si puede afirmarse una mayor “sostenibilidad económica” –la puesta en valor económico- del litoral que se deprende de casi todo el texto. Las referencias jurídicas a la regresión costera motivada por los efectos del cambio climático se han introducido al final de su tramitación parlamentaria por la presión de algunos expertos y por los grupos ecologistas, pero esto tampoco puede considerarse propiamente como una norma de protección ambiental sino más bien como una respuesta a dichos riesgos costeros.

En un momento histórico como el presente de crisis económica (y de la construcción), en que la presión urbanística sobre las zonas costeras se había ralentizado, me parece una reforma inoportuna y una ocasión perdida para consolidar el modelo de protección ambiental de nuestro litoral y para la promoción de una urbanización costera sostenible (o, lo que es lo mismo, sensata), no sólo económica sino, ambiental y social.

Por encima de muchos otros aspectos que son susceptibles de crítica en la citada reforma, destaca, a mi juicio, su carácter discriminatorio al excluir del dominio público marítimo-terrestre determinados núcleos de población (Isla de Formentera incluida)  sin una convincente justificación. Mucho me temo que esta medida -que pretende beneficiar a unos cuantos- provoque la reacción de otros muchos que no han visto atendidas sus –también ligitimables- reivindicaciones sobre la costa. Y, al final, en lugar de proporcionar mayor seguridad jurídica al litoral, en la que se basan los promotores de la reforma, se inicie una nueva etapa de contenciosos.

La defensa del litoral es perfectamente conciliable, a mi entender,  con el reconocimiento de legítimos derechos de los propietarios en la costa –como es el caso de Galicia-. Varios intentos se han dado con anterioridad para reconocer la peculiaridad de sus núcleos tradicionales y esto hubiera sido posible sin alterar en su conjunto la filosofía proteccionista de la Ley de Costas de 1988.

Frente a los preocupantes indicios de recentralización competencial que se atisban en la inminente Ley (como el limitado valor de los informes autonómicos sobre la continuidad de actividades económicas en el litoral), confiamos en que nuestra Comunidad Autónoma sepa defender y aplicar sus legítimas competencias urbanísticas y ambientales. Si no es así, podría ponerse en peligro la aplicación del Plan de Ordenación del Litoral de Galicia de 2011 que tantas expectativas ha suscitado para el conjunto de la ciudadanía.

Cara y cruz del cambio climático

Lunes, abril 22nd, 2013

Hoy 43ª aniversario del día internacional de la Tierra, cumple tres añitos este blog.  Debo confesar que cuando lo inicié no esperaba que duraría tanto tiempo. Soy un entusiasta ambientalista (quien me conoce lo sabe bien) pero no podía imaginar que, semana tras semana, tendría temas o asuntos suficientes (libros, noticias, sucesos, etc.), relacionados con el medio ambiente, para comentar. Y, sin embargo, os aseguro que todavía tengo en cartera decenas de cuestiones que podría haber tratado pero que, o no me ha dado la vida, o los he sustituido en el último momento por otro que me parecía más actual o interesante. Otra cosa es que haya logrado comunicar lo que pretendo: sensibilizar a la gente sobre la necesidad de cuidar nuestro entorno, convencer de que todavía estamos a tiempo de invertir tendencias desastrosas para nuestra supervivencia, demostrar que el ser humano -que nos ha llevado a tan indeseables indicadores ambientales- es el único que nos puede sacar del atolladero.

El lema del “Día de la Tierra” de este año 2013 nos habla de las “muchas caras del cambio climático”: del hombre de las Islas Maldivas preocupado por trasladar a sus familia a otro lugar más seguro y protegido de las crecientes inundaciones; al granjero de Kansas que lucha por sobrevivir ante la pertinaz sequía que esquilma sus cultivos; al pescador del Niger cuyas redes vienen a menudo cada vez más vacías; etc. También el mundo animal sufre: el oso polar por el derretimiento del Ártico, el tigre por la reducción de los manglares en la India, el orangután por los frecuentes incendios que devastan los boques de Indonesia…

He querido titular, no obstante, este post con la clásica expresión “cara y cruz” del cambio climático porque estoy convencido que ver el rostro de sufrimiento, actual y futuro, de los seres vivos en nuestro Planeta puede constituir un revulsivo para que nuestras sociedades despierten del letargo, que promuevan la necesaria solidaridad intra- e inter-generacional. Me consta que ya ha mucha gente en el mundo que está actuando, que están poniendo su granito de arena para reducir sus conductas insolidarias, consumistas, egoístas.

He estado este fin de semana leyendo el librito titulado “50 cosas que hay que saber sobre la Tierra”, escrito por el geólogo y productor de la sección de Ciencia de la BBC, Martin REDFERN (publicado en España por la editorial Ariel, 2013). Me gusta cómo se inicia este trabajo: “vivimos en un planeta maravilloso. Somos afortunados su podemos tomarnos el tiempo para admirar su belleza, contemplar su majestuosidad y mostrarnos agradecidos. Pero la mayoría estamos ocupados, correteamos por la superficie y omitimos dos importantes dimensiones: la profundidad y el tiempo”. Sobre la profundidad señala: “la Tierra no yace simplemente como un bloque de cemento esperando que caminemos por encima, sino que es un planeta vivo”. Y acerca del tiempo, apostilla el mismo autor: “Nuestra existencia humana apenas supone un único tictac en el reloj del tiempo geológico, y aun así hemos cambiado el planeta haste dejarlo irreconocible. Tal vez, si logramos entenderlo mejor, trataremos a nuestro mundo con más respeto”.

REDFERN utiliza –siguiendo al Premio Nobel de Química, Paul CRUTZEN- la expresión “antropoceno” para describir la edad geológica en la que vivimos e incluse se atreve a describir cómo serán dentro de 100 millones de años nuestras ciudades, que serán fósiles y engullidas bajo las aguas. Sobre los recursos futuros, tras explotar los recursos terrestres habrá que pasar a la “explotación minera de los océanos”, y, de aquí, a la “minería espacial” (los recursos de la Luna y de otros planetas). El “clima futuro” está marcado por la “fusión de los polos”, por “fenómenos extremos” y “mareas ascendentes”. Mucho más incierto es cómo evolucionará nuestra especie humana que antes de su extinción o emigración a otros mundos habrá de adaptarse a las nuevas circunstancias climáticas. Y, por encima de las profecías apocalípticas es claro que nuestro mundo se acabará, impactado por un asteroide, abrasado por una tormenta solar, y, sin duda, cuando se agote el combustible nuclear del sol. Pero esto último, no ocurrirá hasta dentro de 4.000 o 5.000 millones del años.

Hasta que se confirmen -o no- todas estas elucubraciones pasará mucho tiempo. Lo que ahora nos importa es actuar responsablemente, cada uno en la medida de sus posibilidades, conmovidos por el rostro del sufrimiento de tantos seres vivos que ya reclaman nuestra respuesta.

Gobernar el agua es compartirla

Domingo, marzo 24th, 2013

El pasado viernes 22 celebrábamos el “Día Mundial del Agua en este “Año internacional de la cooperación en la esfera del agua”, cuando se cumplen veinte años de esta iniciativa que surgió tras la Cumbre de Río de Janeiro sobre Medio Ambiente y Desarrollo de junio de 1992.

La justificación sobre esta perspectiva de la cooperación recogida en la página institucional de este día se resume del siguiente modo: “La cooperación en la esfera del agua es crucial para la seguridad, la lucha contra la pobreza, la justicia social y la igualdad de género. La buena gestión y la cooperación entre los diferentes grupos de usuarios promueven el acceso al agua, la lucha contra su escasez y contribuyen a la reducción de la pobreza. La cooperación permite un uso más eficiente y sostenible de los recursos hídricos y se traduce en beneficios mutuos y mejores condiciones de vida. También es fundamental para la preservación de los recursos hídricos, la protección del medio ambiente y puede contribuir a superar tensiones culturales, políticas, sociales y establecer la confianza entre las personas, las comunidades, las regiones o los países”.

Que el gobierno compartido del agua es posible –y recomendable- es algo que ocupó buena parte de la investigación de la primera mujer Premio Nobel de Economía (2009), la norteamericana Elionor OSTROM, fallecida el verano pasado, el 12 junio de 2012. En su obra fundamental: “El gobierno de los bienes comunes. La evolución de las instituciones de acción colectiva” (1990), estudia diversos casos –a lo largo del mundo- en que se gestionan con éxito recursos o bienes comunes. Uno de los casos estudiados es el milenario Tribunal de Aguas de Valencia –designado en 2009 Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad- que se viene reuniendo desde antes de la edad media hasta nuestros días para dirimir los conflictos por el agua de riego de los agricultores que forman parte de la denominada “Vega de Valencia”.

Con casos como este se ponen en entredicho la clásica teoría de la “tragedia de los comunes” de Garret HARDIN (1968) en virtud de la cual los bienes comunes (commons) limitados –tales como bosques, pastizales, recursos hidrológicos, pesca, etc.- que son explotados conjuntamente acaban por destruirse a no ser que se apliquen sobre ellos sistemas de control público para su aprovechamiento o mediante el reparto de concretos derechos privados.

Pero para que funcione el “gobierno de los comunes” la economista OSTROM extrae de su magnífico estudio de campo en todo el mundo los siguientes principios:

1. Límites claramente definidos y exclusión efectiva de extraños

2. Las normas referidas a la apropiación y disposición del procomún deben ajustarse a las condiciones locales

3. Los beneficiarios pueden participar en la modificación de los acuerdos y reglas para poder adaptarse mejor a tales cambios

4. Vigilancia del cumplimiento de las normas

5. Posibilidad de sanciones adaptadas a las violaciones de las normas

6. Mecanismos de solución de conflictos

7. Las instancias superiores de gobierno reconocen la autonomía de la comunidad

Tengo para mí que el agua dulce para administrarla bien debe ser compartida (Gobernanza compartida). No sólo declarada como bien de “dominio público” –tal como se prevé en el art. 2 de la vigente Ley de Aguas (el Texto Refundido de 2001)-. La realidad ecológica del llamado “ciclo hidrológico”, la interrelación entre las aguas superficiales y subterráneas, la continuidad inescindible entre las aguas marítimas y continentales, etc., exige que, como cualquier otro recurso natural, sea solidariamente compartido, equitativamente distribuido y racionalmente aprovechado.

Pero, como ya dijimos aquí en otra ocasión, a mi juicio, compartir el recurso implica compartir los gastos que requieren su protección y aprovechamiento. Considero una falacia decir que como el agua es de todos tiene que ser gratis, salvo casos de necesidad. Y es que la diferencia entre la buena “gobernanza de los comunes” y su trágica destrucción estriba en ese solidario y equitativo compromiso.

La panacea de la ecoinnovación

Domingo, marzo 10th, 2013

Ya han pasado muchos años desde que al I+D se le añade un “i” que, como es sabido, se refiere a la innovación. Y, ¿qué es la innovación? Pues, lo que en el lenguaje coloquial se entiende por novedad, en sentido propio se refiere en el mundo económico a la renovación de los productos, de los procesos y de los factores de producción. Hoy está tan arraigado el término que se utiliza para denominar a organismos públicos y privados.

Desde hace menos tiempo, a partir de la celebración de la Cumbre Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible en Río de Janeiro en 1992, cuando empezó a cobrar protagonismo el “Consejo Mundial Empresarial para el Desarrollo Sostenible” (World Business Council for Sustainble Development), comenzaba a hablarse de la “eco-innovación”. Poco a poco, como nos describía a finales del siglo XX Claude FUSSLER en su pionera obra “Eco-innovación. Integrando el medio ambiente en la empresa del futuro” (Mundi-Prensa, Madrid, 1999) la preocupaciones ambientales fueron calando en el sector empresarial hasta el punto de convertirse la sostenibilidad en uno de sus leit motiv. Y muy ligado con la ecoinnovación está la idea de “ecoeficiencia”, es decir, “producir más con menos” (por ejemplo, reducir los vertidos y la contaminación, así como usar menos energía y materias primas).

En esta dirección de “ecoeficiencia” tuvo mucho impacto la obra de científico alemán Ernst Ulrich VON WEIZSÄCKER: Factor 4. Duplicar el bienestar con la mitad de los recursos (publicada en 1995; y en castellano por la editorial Galaxia Gutemberg-Círculo de Lectores en 1997). Se trataba de un informe encargado por el Club de Roma en el que se demotraba entonces que disponemos de la tecnología necesaria para un uso mucho más eficiente de la energía y de las materias primas, sin perder calidad de vida. Por su parte el químico Michael BRAUNGART y el arquitecto William McDONOUGTH son muy conocidos por su libro Cradle to Cradle (De la cuna a la cuna): Rediseñando la forma en la que hacemos las cosas (2003; publicado en castellano por la editorial McGraw-Hill, 2005) que fija las bases del “eco-diseño”: reducción del impacto ambiental de un producto, estrategia o política, a través del estudio del ciclo completo de los materiales utilizados (extracción, procesamiento, utilización, reutilización, reciclaje, etc.).

Volviendo a la “ecoinnovación”, la reciente monografía –titulada Eco-innovación. Claves para la competitividad sostenible y la sostenibilidad competitiva- de CARRILLO, DEL RÍO y KÖNNÖLÄ (publicada en Netbiblo, 2012) ponen de manifiesto que “las eco-innovaciones pueden mitigar el supuesto enfrentamiento tradicional entre competitividad y protección ambiental” y que el diseño de las eco-innovaciones (bien sea de productos o de precesos) tienden a mejorar la eficiencia, la gestión de costes y la apertura a nuevos mercados, así como reducir impactos sobre el medio ambiente y, además, es una “fuente de nuevas alternativas, algo fundamental para la renovación de los sistemas actuales y la gestión transición social hacia prácticas más sostenibles”.

Hoy algunas de las grandes organizaciones económicas internacionales tienen en la “eco-innovación” como una de las claves del desarrollo del futuro. Así, por ejemplo, la OCDE vincula el “crecimiento verde” con la “eco-innovation”, y, en definitiva con la economía verde (green economy). La Unión Europea por su parte,  viene desarrollando desde prinicipios de este siglo la llamada “política integrada de productos” destinada a reducir el uso de recursos y el impacto ambiental de los recursos (cfr. el documento de la Comisión Europea COM(2003) 302 final). Más recientemente –en el marco de la Estrategia Europa 2020, en respuesta a la crisis económica y financiera, para reforzar la capacidad de la UE y lograr un crecimiento “inteligente, sostenible e integrador”- ha lanzado la “iniciativa emblemática de Europa 2020 de la Unión po la innovación”. Y fruto de esta iniciativa es el “plan de Acción sobre Ecoinnovación” (EcoAP) que se presenta como elemento fundamental para la transición hacia una economía verde y una Europa eficiente en el uso de los recursos.

Esta semana se acaba de publicar el Informe –el tercero- del Observatorio Europeo de la Ecoinnovación: Europa en transición: allanando el camino hacia la economía verde a través de la ecoinnovación, en el que se recomienda a los responsables políticos, a las empresas, a los ciudadanos y a los investigadores que todos ellos tienen que trabajar en conjunto, aliados para poner en práctica la ecoinnovación.

También en el Congreso Nacional de Medio Ambiente 2012 no faltaron amplias referencias a la ecoinnovación y el ecodiseño (cfr. el monográfico sobre este tema publicado recientemente). Entre las comunicaciones presentadas al Congreso contó con diversos ejemplos de ecoinnovación y ecodiseño.

Es claro que ahora más que nunca, en tiempo de crisis, hay que agudizar el ingenio y, en particular,  hay que potenciar la “ecoinnovación” que ha de implicar una sustancia reducción en el uso de los -cada vez más escasos- recursos naturales, pero sin disminuir la calidad de vida de los ciudadanos. Justo lo contrario de lo que está sucediendo en nuestra sociedad con los crecientes recortes presupuestarios con su lacerante regresión a niveles de bienestar del pasado.

La vida de las abejas y la nuestra, amenazadas

Domingo, febrero 17th, 2013

La vida de las abejas es el título de un maravilloso ensayo –que recomiendo vivamente leer- publicado en 1901 por el dramaturgo belga Maurice MAETERLINCK, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1911. Con la paciencia de un entomólogo, tras veinte años de experiencia apicultora, nos cuenta con extraordinario ingenio la vida, dentro y fuera de la colmena, de estas “criaturas casi humanas poseídas por el sentimiento del deber”, con sus misterios y sus secretos.

Pocos insectos han sido tan estudiados como este tipo de himenóptero cuya naturaleza social, organización colectiva en castas, arquitectónicas construcciones  y comunicación recíproca resultan asombrosas. No es dificil entender por qué las abejas eran consideradas sagradas por los griegos, los egipcios y los babilonios. Pero ahora queremos destacar aquí el inmenso servicio que prestan a la humanidad ya que con su polinización contribuyen nada más y nada menos que a un tercio de la nutrición mundial.

Por cada euro que las abejas producen en forma de miel, polen, cera y propoleo, veinte euros reportan, según la FAO, en forma de polinización. Incluso se ha valorado, a nivel mundial, en más de 150.000 millones de euros el valor anual de la polinización por las abejas de la que dependen la mayor parte de los cultivos agrícolas. Imagínense entonces que ocurriría si desaparecieran o se diezmaran estos benéficos insectos.

Resulta que, desde hace mucho tiempo, vengo escuchando a mis amigos apicultores que, en muchos sitios de Europa, se está reduciendo la producción del miel y que está proliferando las enfermedades que atacan masivamente a las colmenas. Entre las causas tradicionales de desaparición de las abejas es la “varroa” un género de ácaro que produce una enfermedad denominada “varroasis” que afecta a algunas de las más extendidas especies de abejas (apis mellifera) en sus estadios iniciales de vida.

A finales del mes de enero pasado la Comisión Europea, tras conocer un reciente informe de la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria, recomienda suspender el uso durante más de dos años, para los cultivos que acostumbran a polinizar las abjeas, de algunos pesticidas (los del género de neurotóxicos) sobre los que hay indicios de que están contribuyendo al declive de poblaciones de abejas. La Unión Europea en los últimos, a través de sus organismos de la Comisión Europea relacionados con la salud y la alimentación, han venido desarrollando –con la ayuda de la citada Agencia- estudios, programas y planes de acción relativos a la protección de la salud de las abejas melíferas (como el contenido en el COM(2010) 714 final.

Carlos DE PRADA –conocido periodista y divulgador ambiental y Presidente del Fondo para la Defensa de la Salud Ambiental- en su reciente estudio titulado “La epidemia química” (Ediciones i, Valencia 2012) describe, entre otros muchos riesgos de contaminación química los pesticidas cuya producción creciente (actualmente, más de 165.000 toneladas) se utiliza para rociar millones de hectáreas en España.

Volviendo al preocupante tema de la reducción de las abejas, se impone la aplicación urgente de muchas cautelas en el uso de las sustancias químicas que pueden perjudicar su normal desarrollo; pero también, como señala la Comisión Europea, abordando la pérdida de biodiversidad –por el cambio de uso del suelo y el uso intensivo inadecuado, o por la pérdidad de prácticas agrícolas y forestales tradicionales- que también afecta a la salud de las abejas.

Es mucho lo que nos jugamos los humanos al proteger a estos maravillosos benefactores insectos que se organizan y trabajan con tan prodigiosa perfección. Ya lo advirtió Albert EINSTEIN: “Si las abejas desaparecieran de la Tierra, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida; sin abejas, no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni hombres…”.

Amores líquidos

Domingo, febrero 3rd, 2013

Con este título no quiero referirme al concepto creado por el sociólogo polaco Zygmun BAUMAN (una acertada crítica, a mi juicio, de la fragilidad de los vínculos humanos en la postmodernidad). Resulta que ayer, 2 de febrero, celebramos el “Día Mundial de los Humedales”, día en el que se conmemora la fecha en que se adoptó la Convención sobre los Humedales (un 2 de febrero de 1971, en la ciudad iraní de Ramsar). El también llamado Convenio Ramsar es el primero de los tratados modernos de carácter intergubernamental sobre conservación y uso sostenible de los recursos naturales y, además, es el único que se centra en un ecosistema específico. Promovido a prinicipios de los años 60 del siglo XX por países y organizaciones no gubernamentales, entró en vigor en 1975.

Es casi seguro que todos/as tenemos conservamos en nuestras retinas uno o varios de los 2.086 sitios designados como “humedales de importancia internacionales” en alguno de los 164 países contratantes de la Convención, a lo largo y ancho del Planeta, que ya suman una superficie de más de 200 millones de hectáreas. En mi privilegiado entorno geográfico ¿quién no disfruta de parajes tan maravillosos como el “complejo intermareal Umia-Grove”, o el “complejo húmedo de Corrubedo”, o “la laguna y el arenal de Valdoviño”, o las “Rías altas de Ortigueira y Ladrido”,…? Son, en efecto, algunos de mis “amores líquidos”, merecedores del reconocimiento internacional que la pionera Convención pretende proteger.

La misión de la Convención es la “conservación y el uso racional de los humedales mediante acciones locales y nacionales y gracias a la cooperación internacional, como contribución al logro del desarrollo sostenible en todo el mundo”. Un “uso racional” de los humedales –bien sea marinos, estuarinos, lacustres, ribereños y palustres- que consiste en “el mantenimiento de sus características ecológicas, logrado mediante la implementación de enfoques por ecosistemas, dentro del contexto del desarrollo sostenible”. Por este motivo no me extraña la preocupación de los grupos ecologistas durante estos días en relación con el primer y más extenso “humedal Ramsar” declarado en España en 1982: el “Parque Nacional de Doñana” con sus más de 50.000 hectáreas, en cuyo entorno se pretende autorizar el almacenamiento subterráneo de gas.

Este año 2013, el lema del “Día Mundial de los Humedales” –que se viene celebrando desde 1997- se titula “los humedales cuidan del agua”, lo cual pone de manifiesto la interdependencia entre el agua y los humedales y el papel fundamental que desempeñan los humedales. Un año que, además, coincide con el el Programa Hidrológico Internacional de la UNESCO, en el que se subraya la importancia de la cooperación en la gestión sostenible del agua. El objetivo fundamental de este “día mundial” es “fomentar la sensibilización de las personas acerca de la interdependencia del agua y los humedales, indicar medios adecuados para que los diferentes grupos de interesados compartan el agua de una manera equitativa y lograr que se comprenda que sin humedales no habrá agua”.

Todos somos responsables del manejo del agua. No sólo las Instituciones y Administraciones Públicas –comunitarias, estatales, autonómicas y locales- que deben de aprobar las normas de protección y gestión oportunas, los planes de ordenación de cada cuenca hidrográfica y velar por que aquellas y éstos se apliquen. Pero también nosotros los consumidores podemos apoyar muy eficazmente la protección y restauración de los humedales: reduciendo la cantidad de agua que utilizamos mediante acciones directas, por ejemplo, instalando inodoros y duchas diseñados para ahorrar agua, manteniendo cerrado el grifo mientras se cepillan los dientes, utilizando menos agua en el jardín, evitando el vertido de medicamentos, pinturas u otros contaminantes en el sumidero, etc. que tengan una huella hídrica considerable y reemplazarlos por productos alternativos cuya huella sea menor.

Los humedales cuidan del agua y… de nosotros y, por tal motivo, tenemos el inexcusable deber de protegerlos.

China: el amargo precio de un desarrollo insostenible

Domingo, enero 20th, 2013

Es noticia de estos días, en todo el mundo, el grave episodio de contaminación atmosférica que afecta a doce provincias de la República Popular de China pero, en particular, a su capital, Pekín donde se registran unos índices de contaminación alarmantes (hasta 728, más del doble del límite de particulas contaminantes establecido por la Organización Mundial de la Salud como nocivo para la salud). Desde luego que no es la primera vez que sucede pues todos recordamos los problemas de “smog” en Pekin que plantearon serios problemas a los organizadores de los Juegos Olímpicos de 2008 y que obligaron a paralizar durante su celebración buena parte de la actividad industrial del entorno de la capital china.

Hablar de China y de contaminación es una constante en muchos de los análisis que, de un tiempo a esta parte, se han venido publicando con extraordinaria frecuencia en forma de ensayos, artículos científicos, secciones periodísticas, etc. Pero entre los trabajos disponibles pocos tan completos y documentados como el escrito por el periodista británico Jonathan WATTS (corresponsal para The Guardian durante más de diez años en Asia y, actualmente, en Latinoamérica) con el expresivo título When a Billion Chinese Jump, pero con un subtítulo no menos interesante que me permito traducir: “la forma en que China salvará (o destruirá) a la humanidad”. Desde la destrucción del medio ambiente en el Tibet, hasta la desertificación del Xinjiang, pasando por el consumismo de Shanghai, y sin olvidar el impacto ambiental originado por la macro-presa de las “Tres Gargantas” en el río Yangtzé -que obligó a desplazar a más de un millón cien mil personas de sus ciudades y pueblos- nada se escapa a este concienzudo conocedor (“in situ”) de la realidad china.

Como señala Ramón TAMAMES en su reciente libro China. Tercer Milenio (publicado con Felipe DEBASA), en 2011 China se ha situado como primer país emisor de gases de efecto invernadero, y esto le obliga como gran potencia “a contribuir de manera decisiva a encontrar solución a muchos de sus problemas ambientales” (en particular, al norte en el área de Pekín, en el entorno de Shanghái en el centro del país, y al sur del estuario del Río de la Perla: Hong Kong, Shenzén, Cantón, etc.). No en vano, Wen JIABAO, el Primer Ministro, declaró en la Conferencia de Rio+20, celebrada a mediados del pasado año 2012, que “El futuro que queremos ha de suponer un contrato de nueva armonía entre el hombre y la naturaleza”.

Acaso este gigante –algo más que emergente- país, donde vive el 20% de la población mundial, que ya es a segunda economía y potencia comercial más grande de la Tierra, ¿no tiene derecho a impulsar el crecimiento de su economía al ritmo del 10% anual del mismo modo como lo hicieron, en su momento, las potencias occidentales desde la primera revolución industrial? ¿quién les puede negar este derecho al desarrollo? ¿no sería injusto demonizar su imparable ascenso hacia el liderazgo económico mundial?

La respuesta a estas delicadas y soberanas cuestiones se intuye observando las impresionantes imágenes captadas, estos días, por los satélites de la NASA de la persistente nube de contaminación que cubre una gran extensión del país asiático y, especialmente, las de los pacientes ciudadanos chinos que padecen las consecuencias de un desorbitado e insostenible desarrollo económico. Incluso ha trascendido, pese al secretismo informativo impuesto férreamente por Gobierno, la celebración de manifestaciones y revueltas –en los centros urbanos y en zonas rurales- por parte de los ciudadanos en protesta por las pésimas condiciones ambientales y por la elevada contaminación de los recursos del entorno en que viven. De hecho se calcula que la contaminación en las grandes ciudades chinas causa más de 8.000 muertes al año.

Cada vez es más consciente el Gobierno de China de la urgente necesidad de abordar con seriedad una política de protección del medio ambiente y por este motivo creó en 2008 el Ministerio para la Protección del Medio Ambiente. No obstante, con anterioridad, en 1998 se creó una Agencia para la Protección del Medio Ambiente (conocida con las siglas SEPA) que comenzó a elaborar un completo grupo normativo ambiental que en la actualidad los integran 25 leyes ambientales y más de cien regulaciones administrativas. Son normativas equiparables a las de cualquier país avanzado pero el problema es su déficit de aplicación, la falta de capacidad gubernamental por hacer cumplir la ley y la todavía deficiente preparación de jueces y abogados.

No hay duda de China se enfrenta a uno de sus principales retos en este comienzo del siglo XXI: el de la protección ambiental y del aprovechamiento racional de los recursos naturales. Recursos que, además, no se limitan a los de su territorio sino que afecta a los de muchos países que le abastacen para su insaciable e imparable maquinaria de producción. Siguiendo la más reciente senda de los países occidentales, la República Popular de China tiene el camino de la producción sostenible, del control del la contaminación, del uso de las energías renovables, de la internalización de los costes ambientales, etc. Lo que resulta a todas luces inasumible es el coste humano que está provocando este “peculiar capitalismo de Estado”, primero para los sufridos ciudadanos chinos y, luego, para el resto de la población mundial.

Hermano buey, hermana mula.

Martes, diciembre 25th, 2012

Parafraseando el precioso Cántico de las Criaturas, compuesto en 1225 por San Francisco de Asis, deseo iniciar este breve comentario en un día tan señalado del año –al menos para los creyentes- como es la Navidad. En su breve libro sobre La infancia de Jesús, el Papa Benedicto XVI tras afirmar que en el Evangelio –al tratar del nacimiento de Cristo en el pesebre- “no se habla en este caso de animales”, la meditación guiada por la fe “ha colmado muy pronto esta laguna” y, de hecho, añade, “ninguna representación del nacimiento renunciará al buey y al asno”. Por lo tanto, es legítimo no desahuciar del belén de nuestras casas a tan tradicionales y voluminosas figuras. No obstante, el Santo de Asís -Patrono celestial que es de los ecologistas- parace que fue quien primero popularizó esta costumbre belenística y nos cuesta mucho creer que, quien manifestó tanto amor por los animales, los rechazara de su portal.

Pero también el mundo vegetal está presente en la Navidad junto al belén con ese árbol que, como dice, el Pontífice “es un significativo símbolo del Nacimiento de Cristo, porque con sus hojas siempre verdes recuerda que la vida no muere”.

En estos días de Navidad son abundantes las páginas sobre medio ambiente que recogen diversos consejos y recomendaciones para vivir una “Navidad sostenible”: consumir en nuestras celebraciones alimentos ecológicos de bajas emisiones de CO2, evitar los productos elaborados y sobreenvasados, rechazar los pescados inmaduros, ningún producto transgénico en nuestras comidas… En la iluminación navideña usar las bombillas de bajo consumo y desconectar los aparatos eléctricos cuando no estén funcionando… En los regalos y jugetes reducir al máximo los envases y embalajes, rechazar las bolsas de plástico en nuestras compras, no comprar jugetes que utilicen pilas y mirar que sean de materiales naturales y biodegradables… Y, por solidaridad, elegir establecimientos de comercio justo o formar parte de cooperativas de trueque. Y la lista sería interminable.

Sin despreciar tan sostenibles consejos navideños, los creyentes extraemos del paupérrimo Nacimiento del Salvador un mensaje de austeridad que se opone al desaforado consumismo que caracteriza en estas fechas nuestras sociedades opulentas. No sé si tras la crisis que padecemos vendrá ese nuevo modelo económico y social, ese cambio de paradigma de una sociedad más justa basada en un uso más sostenible de nuestros cada vez más limitados recursos naturales. Por lo pronto nos conformamos con la contemplación del Niño-Dios. Small is beautifull. ¡Muy felices Navidades!

Treinta años de protección de los mares y océanos: la Convención de Montego Bay

Domingo, diciembre 16th, 2012

El pasado 10 de diciembre se han cumplido los treinta años desde la apertura a la firma de los Estados, en la Bahía de Montego (Jamaica), de la Convención de las Naciones Unidas sobre Derecho del Mar (también conocida por las siglas CONVEMAR, UNCLOS en inglés). Tras nueve años de trabajo en el seno de la III Conferencia de las Naciones Unidas sobre Derecho del Mar (convocada por la Asamblea General en diciembre de 1970) y 11 periodos de complicadas y agotadoras sesiones de trabajos, esta Convención fue aprobada, en abril de 1982 en New York,  por 130 votos a favor (y sólo 4 votos en contra y 17 abstenciones). Abierta a la firma de los Estados, su entrada en vigor no llegó hasta el 16 de noviembre de 1994 (un año después de la ratificación nº 60 de Guyana). Sin embargo, potencias tan relevantes como los Estados Unidos no la han firmado.

La CONVEMAR es la verdadera “Constitución internacional de los mares y océanos” –suscrita actualmente por 164 Estados (de los 193 Estados miembros de la ONU)- que, a lo largo de las 17 partes, 320 artículos y 9 anexos que lo componen,  regula desde las diferentes areas marinas (desde el mar territorial al alta mar, pasando por la zona contigua, la zona económica exclusiva, los estrechos de navegación, los Estados archipelágicos, la plataforma continental, etc.) y las actividades (como el “paso inocente”) y aprovechamientos de recursos permitidas (como la pesca) o limitadas en esas zonas marinas, hasta la protección y preservación del medio marino (su Parte XII), pasando por la investigación científico marina, el desarrollo y transmisión de la tecnología marina, la solución de controversias, etc.

La Convención abrió paso a la extensión casi universal del límite de las 12 millas naúticas del mar territorial y de la jurisdicción de los paises ribereños sobre los recursos naturales de la zona exclusiva hasta las 200 millas marinas. También estableció la “Autoridad Internacional de los Fondos Marinos”, el “Tribunal Internacional del Derecho del Mar” y una “Comisión de Límites de la Paltaforma continental”.

Con motivo del trigésimo aniversario de la apertura a la firma de CONVEMAR por los Estados, la web de la oficina de “Océanos y Derecho del Mar se abre con un vídeo conmemorativo de tal efemérides, en que el interviene el Secretario General de Naciones Unidas –Ban Ki MOON- poniendo de manifiesto la importancia de este instrumento internacional y de los retos que se abren hacia el futuro. Ya poco antes de la celebración de Rio+20 había lanzado la iniciativa “un pacto para los océanos”, promoviendo el compromiso de organizaciones no gubernamentales, empresas y academias para hacer frente a los desafíos en la protección y restauración de la salud y la productividad de los océanos.

En todo el mundo se han celebrado reuniones y seminarios internacionales, particulamente en mundo del Derecho (como los organizados por la Universidad de Valencia o la Universidad de Oporto) relativos a CONVENAR: sobre sus orígenes, su elaboración, su contenido, sus lagunas, su necesaria revisión a los nuevos tiempos… Yo mismo he tenido la suerte de asistir a uno de estos eventos que ha tenido lugar en la sede de Coruña de la Fundación Barrié de la Maza, los pasados días 13 y 14 de diciembre. En concreto, el magníficamente organizado por la Association International du Droit de la Mer, a iniciativa del Instituto Salvador de Madariaga de Estudios Europeos (dirigido por el Prof. SOBRINO HEREDIA) y el marco del dinámico y excelente Campus do Mar. Tuve la oportunidad de conocer a muy relevantes especialistas en Derecho Internacional del Mar (españoles y extranjeros) y, sobre todo, de identificar los virtualidades y defectos del repetido Convenio.

He de reconocer que, trabajando sobre el caso del Prestige (contrariado por las limitaciones que, a mi juicio, presenta CONVENAR para perseguir los casos de contaminación marina accidental), llegué a valorarla muy negativamente. Sin embargo, ya hace un tiempo en una reunión de trabajo en Lisboa con Remi PERMENTIER, Director de Varda Group -que cuenta con una extraordinaria experiencia en negociaciones internacionales- me hizo caer en la cuenta de que mi opinión no estaba bien aquilatada; y que de seguro que ahora estaríamos mucho peor en la protección del medio marino si no fuera por la vigencia de esta importante Convención sobre Derecho del Mar.

Lo anterior no invalida –como he podido comprobar de las exposiciones que he seguido en los Seminarios y reuniones científicas celebradas- que CONVEMAR sea un marco jurídico suficiente para abordar los nuevos problemas de gobernanza de los mares y océanos de nuestro lacerado “Planeta Océano”. No ha logrado limitar la sobre-explotación que predomina en buena parte de las pesquerías (más del 80%); la contaminación de los mares persiste y la seguridad del transporte marítimo (que soporta el 90% del comercio internacional) avanza muy lentamente (a fuerza de catástrofes); todavía son muy pocos los espacios marinos protegidos (no llega al 2% de las tres cuartas partes de la superficie de la Tierra ocupadas por mares y océanos, en el que viven más del 97% de los seres vivos del Planeta); se mantiene gran número de conflictos sobre la definición de límites entre las áreas de jurisdicción de varios países; no están resueltos los problemas que abre el deshielo –por efecto del cambio climático- de algunas zonas como el Ártico; y un largo etcétera.

Todo lo que se quiera –aunque Xavier PASTOR, Director ejecutivo de Océana en Europa, afirme que “es una triste noticia conmemorar el aniversario de la Ley del Mar cuando tras cientos de compromisos la mayoría de los países siguen ajenos a la aplicación de políticas efectivas de gestión y  protección de los mares y sus recursos”- pero ya me gustaría, vistos los pobres resultados de las últimas Cumbres Internacionales sobre temas ambientales (Rio+20, Doha, etc.), que se llegara -en el seno de Naciones Unidas- a la concreción y al consenso logrado en la aprobación de las reglas (sin duda insuficientes) contenidas en CONVENAR. Por supuesto que en el apartado del medio marino, esta Convención requeriría una especial puesta al día con las novedades generadas tras la Cumbre de Río de Janeiro de 1992, pero mucho me temo que aun tiene que pasar cierto tiempo para volver a aquel talante constructivo de los negociadores de Montego Bay. Y, en todo caso, como dice el dicho, antes de perder, “que me dejen como estoy”.

Cumbre del clima de Doha. Crónica de un fracaso anunciado

Domingo, diciembre 9th, 2012

Peor sería que el Protocolo de Kioto, firmado en 1997 (que obligaba desde el año 2004 a reducir a las emisiones en 2012 un 5,2% respecto a 1990 a 35 países desarrollados, excluido -entre otros paises- los Estados Unidos), no se hubiera prorrogado en Doha, como finalmente ha ocurrido ayer “in extremis”, hasta el 2020. Y gracias a que el presidente de la Cumbre (el catarí, Abdulá BIN HAMAD) ha hecho concluir, con 24 horas de retraso, casi por derribo, la reunión de 194 países en la capital de este pequeño emirato de Oriente Medio, pese a las objeciones y protestas de Rusia. Realmente es el único instrumento jurídico internacional vinculante para combatir el calentamiento global.

Malos tiempos son estos en que incluso algunos países que ratificaron el Protocolo como Rusia, Japón, Canadá y Nueva Zelanda, se retiran del segundo periodo ahora incoado con la, pretenciosamente, llamada “Puerta Climática de Doha”. Solo queda el compromiso de la Unión Europea, Australia, Noruega, Islandia, Croacia, Kazajistán, Noruega, Liechtenstein y Mónaco, que, en total, suman el 15% de las emisiones mundiales. Como en otras Cumbres, la Unión Europea y los países miembros presentes –pese a las iniciales reticencias de Polonia con respecto a sus excedentes de derechos de emisión- han dado ejemplo comprometiéndose a reducir un 20% de sus emisiones respecto a 2020 (actualmente se ha logrado emitir un 18,5% menos), avanzado en su paquete “energía-clima”.

Conscientes todos del insuficiente resultado –que desoye las unánimes voces del mundo científico sobre la urgencia de la reducción en las emisiones de CO2- se ha acordado postergar hasta el 2015 la aprobación en Paris de un acuerdo que sustituya al Protocolo de Kioto “aplicable a todos los miembros”. Lo cual está refiriéndose a todos los países que ha quedado exentos de cualquier compromiso, bien sea los Estados Unidos o los emergentes –y crecientes emisores- China, India, Brasil o México. La Administración Obama -presente en la cumbre por medio del negociador Tood STERN- ha defraudado nuevamente –como en Copenhague o en Durban- las expectativas de un mayor compromiso con la política climática mundial.

Nadie ha querido comprometerse, por ahora, de esa financiación del “Fondo Verde para el Clima” (100.000 millones de euros) de los países ricos, antes del 2020, para los países en desarrollo que van a sufrir las consecuencias del calentamiento global. Que se lo digan a los pequeños Estados insulares, los más vulnerables ante los eventos climáticos más extremos. Y mientras Filipinas sufría los efectos del tifón “Bopha” causando más de 500 muertos y millones de afectados.

Entre los grupos ecologistas la opinión –difundida masivamente mediante las redes sociales- es unánime: fracaso, acuerdo débil e irreal para frenar el cambio climático, falta de ambición, etc.

Como ha afirmado la Secretaria de la Convención Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático, la costaricense Christiana FIGUERES, hace falta “más voluntad política”. Hasta llegar aquí han sido muchas las “Conferencias de las Partes de la Convención Marco sobre Cambio Climático” (COP): Durban (2011), Cancún (2010),  Copenhague (2009), etc. Y, a estas alturas, cabe preguntarse, ¿esta forma de lograr los acuerdos es realmente eficaz? ¿no sería conveniente buscar otra fórmula más eficaz?

Cada vez son más los que opinan que hay que intentar –sin burlar la legítima actividad de Naciones Unidas- otras fórmulas más efectivas como, por ejemplo, el G-20 que representa cerca del 90% del PIB mundial y en torno a dos tercios de la población mundial. Es claro que en los próximos decenios las emisiones de CO2 van a incrementarse mucho en los países en desarrollo (y economías emergentes) y que por mucho que las mitiguen los países desarrollados, las emisiones globales no descenderán. Pero como señala el Premio Nobel de Economía 2001, Michael SPENCE, en referencia al “desafío del cambio climático y el crecimiento de los paises en desarrollo”, en su ensayo titulado “La convergencia inevitable. El futuro del crecimiento económico en un mundo a varias velocidades” (publicado en la editorial Taurus, Madrid, 2012), “a pesar de la percepción general de descalabro, hay señales de un notable avance. Numerosos países, así como unidades subnacionales, empresas y, simplemente, gente corriente como nosotros, están empezando a cambiar sus comportamientos en la dirección correcta” (y cita los ambiciosos planes de mejora de la eficiencia energética promovidos por China, India y Brasil). Otros, como Pedro LINARES, opinan que hay que acabar con el “turismo negociador” y buscar los entornos donde sea más fácil buscar un acuerdo (como en el ámbito tecnológico).

Desde luego que las Cumbres sobre el Clima son más mediáticas, pero lo que interesa es lograr compromisos efectivos, aunque sea a pequeña escala o en ámbitos más homogéneos, ya que la lucha contra el calentamiento global lo exige, ¡con urgencia!

ojd