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Ismael Serrano: “Si admirabas a Aute eras un anacrónico, pero si te gustaba Cohen te convertías en alguien cool”

miércoles, febrero 4th, 2015

La semana pasada estuvo Ismael Serrano en A Coruña para presentar su nuevo disco, La llamada. En la entrevista previa a la actuación, surgieron muchas de las cosas que andan flotando en el pop nacional en los últimos meses sobre la política, la anglofilia, el desprecio a la canción social desde la crítica y demás aspectos que ha agitado el libro de Víctor Lenore Indies, hipsters y gafapastas. La charla se estiró hasta los 40 minutos y, lógicamente, no se pudo reproducir íntegra en el suplemento Fugas. Aquí la recupero en su totalidad.

-¿Pretendía darle un giro a su carrera con un disco tan lleno de ritmos latinos y alegría?

-Bueno, me gusta la música tradicional latinoamericana. Son canciones que he compuesto de manera diferente, en tanto en cuanto he partido del ritmo para establecer los cimientos de la canción. Muy a menudo las canciones se construyen desde la armonía, para alguien que toca la guitarra. A mí me apetecía cambiar la mirada. Acudí a la tradición musical que yo siento más cercana y que me parece que tiene más potencia desde el punto de vista rítmico, que es Latinoamérica. Allí confluye la cultura que viene de España con la africana, que da un acerbo muy diferente. También está ese carácter de celebración, espontáneo y popular que tiene el folclore, que es un género vivo en Latinoamérica. En España el folclorista es un arqueólogo. Allí no. Allí está presente en el día a día, en la vida, en lo contidiano.

-¿Sugiere que en el pasado la cultura pop española dio carpetazo a la tradición dejándose embaucar por lo anglosajón?

-En cierto modo hemos renunciado a ciertas señas de identidad en algún punto, pero eso ocurre en muchos otros ámbitos de la cultura. La música anglosajona impuso su dominio en las radiofórmulas. En Latinoamérica se ha resistido y sigue esa presencia de lo tradicional. Allí no se ha homogeneizdo todo de este modo tan rotundo. A lo mejor es que no ha permeado y han resistido porque no han sido objeto de mercado. No han sido tenidos tanto en cuenta como consumidores, para imponer una visión hegemónica de la cultura, igual que ha ocurrido con los discursos políticos y otras cosas.

-En España, dentro del pop y el rock, semeja que hay un cierto esfuerzo desde hace unos años de volver a las raíces y hacer más propio el discurso. ¿Cómo lo ve usted?

-Yo creo que hay un cambio de posición en muchos aspectos y también llegan a lo musical. Se trata de dejar de lado ciertos prejuicios elitistas que pretendían excluir otras opciones musicales. Si tú admirabas a Luis Eduardo Aute te convertían en un anacrónico y, sin embargo, si decías que tus referencias eran Bob Dylan, Joni Mitchel o Leonard Cohen, te convertías en alguien cool, que molaba. Se daba un perjuicio elitista que, en el fondo, estaba totalmente marcado por el consumismo y el mainstream hegemónico que impone esa estética musical. Pasa lo mismo con un cierto esteticismo que hasta ahora, no solamente renunciaba a ser explícitamente político en la música, sino que despreciaba y excluía a quienes sí lo hacían y los modos de expresión que conllevaban una postura política. Esa división se está quebrando. Hay una mirada cada vez más desprejuiciada. Ciertas poses estéticas responden a elitismos que no tienen ningún sentido y no nos permiten disfrutar de la música con la plenitud que se merece.

-Este punto de vista coincide mucho en el libro de Víctor Lenore. Da la sensación de que para muchos existe una especie de salida del armario política, que ha dejado de ser algo vergonzante plasmar eso en las letras. ¿Lo ve usted así?

-A mi modo de ver, el escapismo permanente como único discurso sustenta el sistema y el modelo económico que nos ha traído a este lugar, a esta crisis terrible. Nos hemos dado cuenta cuando nos encontramos acorralados. ¿Dónde estábamos durante estos años? ¿Los músicos hemos estado a la altura? ¿Cómo no nos dimos cuenta de todo esto? Aún así, no sé si estamos a la altura de las circunstancias. Yo no digo que todas las canciones tengan que estar comprometidas políticamente. De hecho, la mayor parte de mis canciones no lo son. La mayoría de mis canciones son de amor, pero yo le canto a lo que me emociona. A veces me emociona una situación política y surge una canción con esa emoción y mi postura ideológica. No digo que todo tenga que ser así, pero si hay temas con este corte, bienvenidos sean. Yo creo que todo ese rechazo a lo político tiene que ver mucho con esa postura de posmodernismo mal entendido que tiene mucho de pose. Son rupturas que, lejos de plantear nuevos modelos, favorecen el actual. Son rupturas amables con el sistema, que solo llegan a lo estético y que nos desarman, porque atomizan de alguna manera la sociedad. Por eso yo quería darle a este disco un carácter de celebración y de lugar de encuentro, más allá de los prejuicios. El folclore tiene eso. Por ejemplo, desde el baile. He tratado de hacer una bachata a mi manera.

-Generalmente cuando se habla de música política se tiene a pensar con algo serio o solemne. ¿Lo ha pretendido evitar ahora?

-Bueno, es cierto que a veces cuando uno se ve a sí mismo ve eso, algo muy serio y con una gran solemnidad. Aunque veces creo que hay que serlo. De hecho, este disco lo tiene en algún momento. Pero sí que es cierto que, en general, he intentado alejarme de esa solemnidad que te aleja un poco del prójimo. Quería darle un carácter de celebración, en el sentido de establecer los vínculos necesarios. La pérdida de solemnidad te lleva a eso: levantar la mirada y reivindicar el derecho a la alegría, que no nos arrebaten eso. Yo creo que he pecado de eso, de ese gesto circunspecto. Cierto sectores de la izquierda han anquilosado el lenguaje. Yo quería huir de ese anquilosamiento porque no me sentía cómodo.

-Muchas veces el pop es un caramelo que uno se toma al salir del trabajo. Pones la radio, suena Rihanna, te olvidas de todo y te dedicas a disfrutar de la música sin más. Con todas estas nuevas lecturas políticas sobre la música parece que esto se ha convertido en algo negativo o despreciable. ¿Tiene que serlo?

-Yo creo que no, tampoco nos tenemos que pasar de frenada. La música también es evasión, igual que la literatura es evasión. Todos lo necesitamos de vez en cuando. Lo que denuncio es que se convierta en un discurso hegemónico. Defiendo en la pluralidad y pido que desaparezcan ciertos perjuicios y exclusiones absurdas. Pero en todas las direcciones. Si no, volveríamos al mismo discurso. Me parece legítimo que haya una música para la evasión, para olvidarte y para divertirte. Pero también hay un momento para la reflexión, para sentarse y analizar. Me parece terrible, que se imponga como un discurso hegemónico y excluyente en plan, si no eres de una determinada manera, eres una mierda, eres aburrido, eres un anacronismo y no perteneces al tiempo que vives. Ese escapismo iba a compañado de un discurso totalmente reaccionario.

-Pienso que esa hegemonía de la que habla Lenore y usted es exagerada. Cuando yo estaba en la Universidad en los noventa me costaba encontrar a fans de Family o Migala. Sí conocía a mucha gente que, huyendo de lo “comercial”, escuchaba a Extremoduro, a Negu Gorriak, Albert Plá o a usted. Todos con toque politico, por cierto.

-Sí, yo no hablo de lo que oye la gente, sino lo que promueve la crítica musical en muchos aspectos.

-Una de las cosas que suele hacer la crítica musical y, a veces, también el público es pedir un extra de compromiso y coherencia a quienes se atreven a dar un paso al frente. ¿Qué le parece?

-Yo le exijo coherencia a todo el mundo, aunque nuestra vida está llena de contradicciones. Lo de las vidas ejemplares de santos supongo que no existen.Yo trato de ser coherente. Es el modo que tengo de corresponder a la fidelidad de mi público. Uno lo es en la medida en la que puede. Hay que ser coherente, pero a veces eso llevado al extremo nos llevaría a vivir una vida al margen del sistema. El purismo, por así decirlo, me parece un poco fundamentalista e innecesario. Yo caeré en contradicciones como todo el mundo que vive estos tiempos. Pero hay que ver cómo te enfrentas a ellas, cómo las combates, cómo las intentas compensar. Tampoco hay que erigir al músico a la categoría de adalid ejemplar, sino como un trabajador de la música que trata de sobrevivir como puede en un contexto dificil. Vivir al margen del sistema, te convertiría en un inadaptado.

En los ambientes de izquierdas siempre hay quien quiere ir un poco más allá, reprochando al que no lo hace. Usted, que graba en multinacionales y ha sido promocionado en radiofórmulas, seguro que ha tenido esos reproches.

-En la izquierda hay una tradición en la que para reafirmar en público las convicciones delante de la gente hay quien entiende que hay que poner en duda las convicciones y el compromiso ajeno. Es como si eso te reafirmara en tu pureza. Esa vocación de vigilante, de ser una especie de compromisario político viene a ser típico de gente que tiene dudas y quiere reafirmarse. Hay que asumir con naturalidad las relaciones. Yo valoro mucho la naturalidad, también en política. Me gusta la gente que habla más allá de la pose, del discurso fingido y de esa solemnidad de la que hablábamos antes. Hay que evitar juzgar a la gente con un rigor que no empleamos con nosotros mismos. Señalar está muy feo. Es la vieja tradición de la izquierda de un piolet, de tener uno preparado porque eso te te reafirma. Es un vicio estalinista y un gusto por la purga. No es solo de la izquierda. Si te fijas Twitter tiene ese elemento de alimentar la pulsión linchadora.

-En los noventa cuando fue el bum de los cantautores se les llegó a criticar en el sentido que se había instaurado una especie de fórmula comercial. Un tipo, con su guitarra acústica haciendo canciones casi como un cliché: una del ecologismo, una antimilitarista, otra contra los políticos, etc… Ahora la política vuelve a estar en el imaginario pop y ya hay sospechas de que se puede caer en lo mismo. ¿Hay riesgo?

-¿Qué caemos en lo mismo como si fuera una obligación? Buff, eso es muy delicado porque entramos en los juicios de intenciones y quiénes somos para ello. Supongo que sí, que habrá quien lo haga por pose, otros mirarán al mercado…pero es que eso ocurre en todo. Yo creo que la gente percibe la honestidad, sobre todo en las carreras largas. Yo es lo que más valoro, que la música surja del diálogo que tiene el artista consigo mismo. Otra cosa son las poses, que son pura pretensión, hechas en lo que se debe decir y no lo que se quiere decir. A largo plazo se percibe. Este modelo de consumo voraz tiene la capacidad de convertir en objeto de consumo cualquier actitud revolucionaria: lo fagocita y lo incorpora al mercado. Desarticula cualquier opción de cambio, lo incorpora al mercado y lo convierte en un objeto de usar y tirar. Eso lo vivimos los músicos. Te preguntas hasta qué punto tu música trasciende y hasta qué punto se convierte en un engranaje más del usar y tirar. Esa pregunta me la hago yo, aún partiendo de unas buenas intenciones. ¿Sirve la música para algo? ¿Logra sortear las trampas que pone el sistema?

-Hace poco entrevisté a Nacho Vegas y me decía que tenía un conflicto respecto a cobrar más de 20 euros en un concierto, ya que dejaba fuera a mucha gente que no lo podía pagar. ¿Usted tiene también estos conflictos?

-Claro. Permanentemente y más ahora, como está la música. Fíjate que nosotros pagamos el 21%, que muchas veces es el margen de beneficio que te queda. Hay que pagar músicos, técnicos, teatro… En esos debates estás constantemente. Hasta qué punto puedes controlar eso. Todo es muy complicado. A esas preguntas se enfrenta diariamente cualquiera que tenga unas convicciones ideológicas, pero en el día a día: comprar una cosa u otra, participar o no del sistema, qué hacer o no. Tampoco hay que dramatizar. A veces se sobrevalora la sensibilidad del músico, porque los problemas a los que se enfrenta son los mismos a los que se enfrentan miles de trabajadores y autónomos.

-A veces me planteao cuando veo a músicos opinando de política, obviamente porque le preguntan, por qué se le ha dado un valor extra. ¿Por qué vale más la opinión de un músico que la de un carpintero? Lo digo a modo de autocrítica, que conste.

-Estoy totalmente de acuerdo. Yo respondo a lo que me preguntan y cómo puedo. A veces te dices a ti mismo:«Estoy hablando de cosas sobre las que no tengo un nivel de conocimientos para sentar cátedra». Pero, por otro lado, a mí me jode cortarme en ese sentido y tenemos que callar una opinión que doy con honestidad y respeto. Por eso digo que se le presupone una sensibilidad y una capacidad de análisis al músico que a lo mejor no tiene. De todos modos, yo tengo que reconocer que como oyente, cuando leo una entrevista de artistas a los que admiro, como por ejemplo Silvio Rodríguez, quiero saber qué opina de Cuba. Pero es la verdad que muy a menudo está sobrevalorado.

-¿Ahora con esta nueva oleada de música explicitamente política no le entran las ganas de decir «¡Hey, yo ya estaba antes!»?

-No, para nada. A mí me parece muy bien que la gente haga canciones con contenido político. Hace poco yo escribí sobre La ratonera de Amaral. Más allá de las consideraciones que uno pueda hacer respecto a la canción, si te gusta o no te gusta, decir que es oportunismo no me parece bien. Para mí el oportunismo es estar callado. A mí los sectarimos en todos los aspectos de la vida me parecen absurdos. Yo, si le reprocho algo a la izquierda tradicional, es que no haya tenido vocación ganadora, de saber sumar sin poner a prueba permanentemente las convicciones de otros. Parece que haya un examen de militancia permanenete. Si de repente eres capaz de emocionarte con lo que ocurre a tu alrededor y lo que lees en el periódico es que has ganado en sensibilidad. Eso me parece muy positivo.

-¿Cómo se sentía hace años cuando hacía la música que hacía y, alrededor, esto era una fiesta permanente en la que la gente no quería escuchar un discurso como el suyo?

-Bueno, siempre ha habido gente que ha demandado este tipo de música. Eso para empezar. Luego, soy consciente de que no le tengo que gustar a todo el mundo. A mí me apetece sumar público, pero de ahí a gustarle a todo el mundo, no. La gente que pretende eso es que no tiene identidad ninguna. Entonces lo entendía, pero sí me parecía hiriente ese desprecio injustificado que había. Era una corriente que despreciaba no a mí, sino a toda una tradición musical en la que pagaron justos por pecadores. Hay músicos que fueron retirados de malas maneras, gente que se ha jugado el tipo y que, de repente, “bah, esos son los cantautores”. Ahora, cuando Podemos recupera la estaca, ya hay gente que lo está diciendo:« Ya están los cantautores, esos ya están amortizados, son cultura de la transición». No es así. Mucha gente de esa se jugó la vida, se tuvo que ir al exilio y pasaron por la cárcel. Me parece terriblemente injusto, provinciano y cateto ese desprecio absurdo. A mí me parece envidiable ver como Bruce Springsteen hace con toda naturalidad un disco con canciones de Pete Seeger, que militó en el Partido Comunista y fue perseguido por la Caza de Brujas. O reivindicar a Woody Guthrie que es, para mí, el paradigma del cantautor moderno. A los estadounidenses se les podrá reprochar lo que se quiera, pero no tienen entre los músicos tantos prejuicios y son capaces de ello.

-A medianos de los noventa Los Planetas sacaron una canción, “Vuelve la canción protesta”, que ironizaba con su generación. ¿La conoce?

-Sí, claro que la conozco.

-¿Qué le parece?

-Pues está claro, es a lo que me refería antes: un desprecio injustificado por así decirlo. Para mí es algo inentendible. Entiendo que no le tengo que gustar a todo el mundo y entiendo que a ellos no les gustará lo que yo hago. ¿Qué se le va a hacer?

-Noto en el tono del disco y también en el de la entrevista una influencia muy grande del 15-M. ¿La admite?

-Sí, el 15-M fue el resultado de muchas cosas. Es cierto que fue algo inesperado con toda aquella efervescencia y la magnitud de lo que ocurrió y su capacidad de sensibilizar a mucha gente diferente. Tenía esa vocación de sumar de la que hablábamos antes. Tenía algo que también tienen todos estos nuevos partidos políticos que surgen. Mucha de la gente que esta ahí llevaba militando en el activismo mucho tiempo. Gente que estaba en las huelgas generales, que se había manifestado contra la Guerra o que venía del sindicalismo más radical, en el buen sentido de la palabra. Digamos que, cuando uno, ve el 15-M se siente parte de el de manera instantánea.

-Habrá quien diga que malos tiempos sociales mejores tiempos para los cantautores. ¿Lo nota?

-No lo sé. Podríamos entender también que mis disco es cojonudo [risas], que no solo se debe al momento social y político. Puede que sea que mi disco no esté tan mal. Yo creo que es lo mejor que he hecho hasta ahora. Disculpa la vanidad.

-No lo digo por su calidad, sino por la oportunidad. A lo mejor hay más ganas de escuchar un disco como este ahora que hace diez años.

-Seguramente. Hay una búsqueda, sobre todo de gente muy joven. Una cosa muy buena que tenía el 15-M es que se acercaba gente muy joven, que antes no solo había pasado de eso, sino que sentía verdadero rechazo. A lo mejor alguna de esa gente se siente interpelado

-Cosas como «Que el miedo cambie de bando» son muy de este tiempo.

-Sí, tienes razón.

¿La crítica musical, al servicio del lector o del propio crítico?

jueves, noviembre 13th, 2014

Hace ya unos años entrevisté a David Bustamante, el de Operación Triunfo. Daba un concierto en A Coruña y aprovechamos la ocasión para hablar con él. Le hice una entrevista “musical”, sin cosas del corazón ni nada. Me habló, por ejemplo, de su afición por artistas como Miguel Gallardo o la música popular italiana. En un momento dado le pregunté si le afectaban los comentarios de los críticos y periodistas que lo ponían como ejemplo de los males del a música en España. Me contestó que no, porque estaba seguro que esa gente no había ido nunca a un concierto suyo, ni había escuchado sus discos, ni se había interesado en qué clase de música le gustaba a él. Según su punto de vista, la gente lo ponía a parir “de oídas”, por sus apariciones lacrimógenas en televisión o, a mayores, por escuchar una canción en la radio. Y mucho me temo que tenía toda la razón.

Tiempo después participé en un debate sobre el estado de la crítica musical organizado por Sinsal en el centro Normal de la UDC. Se tocó el tema de la especialización. Al escribir en un medio generalista como La Voz de Galicia muchas veces me toca enfrentarme a artistas como La Oreja de Van Gogh, Sergio Dalma, Azúcar Moreno o Pimpinela junto a otros como Tindersticks, Toy, Los Punsetes o la última sensación indie. Defendía en aquel encuentro algo tan elemental como la necesidad de tratar con el mismo rigor a Sonic Youth que a Chenoa. Noté cierta extrañeza. En un momento dado, el moderador me interrumpió: “¿Quieres decir que Sonic Youth y Chenoa son iguales?”. No era eso, claro. Se trataba de dejar de manifiesto que Chenoa, al ser una artista que interesa a tanta gente como para reunir a más de 5.000 personas en su concierto en A Coruña, tiene que salir en un medio como el nuestro. Y que merece el mismo respeto y seriedad a la hora de analizarla, ya que escribimos para un lector que exige que el periodista hable con conocimiento de causa. Algo tan básico como escuchar su disco e ir a ver su concierto antes de pronunciarme. Algo, sorprendentemente, tan raro como eso.

Estas dos pinceladas personales vienen a cuento sobre un debate que planea últimamente en la crítica musical nacional y que, en las últimas semanas, ha tomado tomado especial viveza. Primero, por la publicación del libro de Víctor Lenore Indies, hipsters y gafapastas, el volumen en el que habla, entre otras cosas, sobre los mecanismos de distinción en función del gusto musical promovidos por una buena parte de la prensa cultural. Segundo, por la polémica provocada por Diego A. Manrique al participar en la lista del número que celebra el 30º aniversario de la revista Rockdelux colocando como número uno el 19 días y 500 noches de Joaquín Sabina, sin que luego este se viese reflejada en la macrolista final. En ambos casos se toca desde diferentes prismas esa especie de corte del buen gusto minoritario con aspiraciones generalistas.

A ese respecto, desde la Asociación de Promotores Musical se ha lanzado una pequeña encuesta. En ella el periodista Nando Cruz lo sintetiza brillantemente: «En España la crítica siempre ha tendido más a exhibir conocimientos y buen gusto que a anteponer una vocación de servicio». Uno iría más allá y hablaría de una suerte de confusión de roles, generando algo que se podría denominar el crítico-artista. Es decir, aquel periodista que considera que su misión principal no es transmitir información (o emoción, en su caso), sino crear una especie de vehículo literario personal salpicado por una música sujeta a dogmas de especialísimo buen gusto. Por ello, muchas veces no importa ser un poco críptico y que el lector no entienda lo que se escribe. Por ello, no importa si al final habla más el periodista haciéndose autohomenajes que el músico entrevistado. Por ello, no importa si se preña de vivencias personales irrelevantes un texto. Por ello, no importa si de lo que se habla le interesa a la gente o no. Porque todo se trata de modelar esa figura pública lo más posible, poniéndose incluso por encima del lector o el músico.

Recuerdo en los noventa que terminé frente a un articulo de Diego A. Manrique sobre las Spice Girls en el fenecido Tentaciones. Eran dos páginas en las que se analizaba al grupo de pop más popular del momento. Lejos del tono ligero habitual, se trataba de un análisis serio, sustancioso, entendible y muy disfrutable. Aquello supuso toda una colleja en mis veintipocos años. Tiempo después, hubo otra lectura en el Metrópoli que me impactó con la misma intensidad. Era una crítica de David Saavedra sobre el disco que acaba de sacar Alejando Sanz, uno de los lanzamientos importantes del año. Lo ponía mal, pero en todo el texto no había ni una sola ironía, ni un solo desprecio, ni un solo ponerse por encima del artista. De algún modo esos dos textos cambiaron bastante mi percepción de las cosas, ayudándome a quitarme de encima todos esos lastres absurdos adquiridos en pos de buscar algo parecido a un criterio, sumando perjuicios y juzgado cosas desde el desconocimiento y una absurda posición de superioridad.

Por cierto, aquel concierto de Bustamante resultó horroroso. Así se reflejó y se argumentó en mi crítica correspondiente tras haber asistido. El disco de Chenoa, lamentable. También quedó plasmado después de sus correspondiente escuchas. Por otra parte, creo que ver la música con la lente “política” de Lenore es un error y un callejón sin salida, aunque tiene más razón que un santo en algunas de las cosas de las que habla en su polémico ensayo. Y, bueno, habrá que darle una oportunidad algún día al disco de Joaquín Sabina, músico del que escuché muchas otras cosas que, independientemente de su calidad, nunca me agradaron lo más mínimo. Quién sabe. Gracias a acercarme por motivos profesionales a la música de artistas que supuestamente no me gustaban de modo respetuoso y con las orejas abiertas he cambiado de opinión en más de una ocasión. Me acabaron encantando los singles de La Quinta Estación, me quedé totalmente prendado del sobresaliente Atlántico de Xoel López y, bueno, me he dado cuenta que aunque el primer disco de Vetusta Morla no me hubiese chiflado, Mapas es una verdadera maravilla. Todo ello sin que mi pasión por Los Planetas, los Stone Roses o la Velvet Underground se haya debilitado en ningún momento.

Me temo que he salido ganando. Espero que quien me lea y concuerde conmigo, también.

Víctor Lenore: «A Bisbal nunca le darán el Príncipe de Asturias, pero a Bob Dylan sí»

viernes, octubre 31st, 2014

La publicación de Indies, hipsters y gafapastas, crónica de una dominación cultural ha producido un pequeño terremoto en cierto ambiente musical español. En él el periodista Víctor Lenore, todo un renegado de la causa indie que fue coordinador de Spiral o firma destacada de Rockdelux, expone su punto de vista sobre lo que considera la imposición de una hegemonía cultural por parte de un grupo que responde a los valores del clasismo, el capitalismo y hasta el racismo. En esta entrevista el autor explica algunas de las claves de un ensayo escrito en tono confesional que sigue levantando ampollas.

-¿Por qué este libro?

-Aunque parezca mentira, yo no estaba muy convencido de escribirlo. Pero algunos amigos que tengo a mi alrededor, de la revista Ladinamo en donde escribí en los dosmil, me convencieron. Personalmente, me impactaron un par de libros muy interesantes de Chavs Owen Jones sobre el clasismo en Inglaterra y sobre el ciberfetichismo. La gente los leía y, en vez de ver cómo todos caemos en esas cosas del clasismo y el excesivo optimismo por la tecnología, no asumía su crítica. Es decir, cogía esos libros como un símbolo de distinción en plan: «Mira que libros más molones leo». Mi idea inicial era escribir un panfleto muy corto que sirviera como herramienta o lubricante para el debate y para hablar de ciertos prejuicios que he visto a mi alrededor en los 20 años que llevo siendo periodista musical.

-Al estar escrito en primera persona y con ese tono, a veces parece que estemos ante una crisis personal convertida en un ensayo. ¿Es así?

-Eso me lo dice mucha gente [risas]. J de Los Planetas me llamó para decirme si había sufrido algún trauma o había cambiado de droga. Y no, no es eso. A lo mejor estoy equivocado, pero yo creo que es un proceso de aprender a ver las cosas desde un enfoque colectivo en vez de un enfoque individualista, que es el que había tenido hasta hace poco. Para mí fue muy importante la revista Ladinamo, porque en vez de estar rodeado de periodistas musicales que tenían un enfoque muy parecido al mío y un ambiente muy endogámico y homogéneo, empecé a hacer una revista con gente que venía de la militancia social. Era gente de Filosofía, Sociología o Políticas, de familias de izquierdas, que me hicieron ver la cantidad de prejuicios que existen en lo que llamamos prensa cultural moderna. Yo los intuía, pero no había sido capaz de articularlos.

-¿No estaremos también ante alguien que se ha aburrido de la música después de haberle dado muchas vueltas?

-Totalmente. La música que recomienda Pitchfork, Rockdelux, Mojo, Uncut o NME me hace sentir ya no aburrido, sino aburridísimo. Creo que ahí hay pocas cosas interesantes. Pero eso no significa que me haya aburrido de la música. Ahora me interesan otras cosas, desde los cantautores latinoamericanos clásicos hasta el techno, el house, el kuduru y un montón de cosas. Para mí se ha abierto un mundo nuevo y la sensación que me da es que la prensa musical moderna cubre solo una parte muy estrecha del espectro musical.

-¿Lo he entendido yo mal o lo que plantea en su libro es que la música tiene que ser política o, si no, no tiene validez?

-Lo has entendido bien, pero hay un pequeño desajuste que muchas críticas apuntan. Yo creo que toda música es política. En en libro digo que toda la música expresa una posición política. Puede ser de desafección, de desinterés, de cinismo,… de un montón de cosas. Por ejemplo, el indie y la Movida creo que coinciden en unas posiciones bastante parecidas: el individualismo, la anglofilia y el elitismo. Para mí, coinciden bastante con la postura cultural del PP y el PSOE. Nacho Vegas en la presentación del libro dice que cuando se metió en el indie pensó que era una abreviatura de independencia y, al final, resultó ser de individualismo. Yo pienso que los valores del capitalismo, el indie y la Movida son totalmente coincidentes. Eso se puede ver en que son subculturas que nunca han tenido un conflicto político con el sistema. Los iconos publicitarios tiran de esa música, como Vans o Estrella Damn. Toda música tienen una posición política. En arte se describía ya hace tiempo eso como la torre de marfil. Es decir: «Somos una gente supersensible y supercultivada que estamos en una torre de marfil y no nos afectan los problemas políticos que nos rodean». Yo no me identifico para nada con esa posición. Por eso he perdido el interés. Le ha pasado a más gente. Le ha pasado a Nacho Vegas; le ha pasado a Javier Gallego, que tenía un programa cultureta y ahora Carne Cruda es político; le ha pasado a Jordi Evole que antes hacía un programa de entretenimiento y ahora ha tomado una posición política. Creo que es algo bastante generacional.

-¿Un grupo que hace solo canciones sentimentales y de amor ha de ser necesariamente de derechas? A La Buena Vida o Le Mans, que hablaban de su tranquila vida diaria, se les relaciona con ello. ¿Cómo lo explica?

-Bueno, a mí me encantan las canciones de amor de La Buena Vida y las de Camela. Creo que el amor es algo muy importante, porque es una forma de relación con los demás y de compromiso. La mayoría de las canciones hipster creo que tiran de una visión irónica del amor, no de un compromiso emocional. El campo amoroso es otro campo de batalla político en el que hay posiciones con las que identifico. Por ejemplo, Qué nos va a pasar de La Buena Vida es una especie de reflejo de la incertidumbre de que no nos queremos comprometer nadie con nadie. La chica que canta la canción sufre por no saber a dónde va su relación. Camela, aunque seguramente sea algo conservador, practican una defensa de la pareja. En un mundo en el que todo cambia tener un compromiso fuerte con alguien me parece una postura valiosa, casi de izquierdas. Lo que yo veo derechista en Le Mans y en Family, que también escriben canciones de amor, es ese desprecio por llegar al gran público. El sonido de lata de Un soplo en el corazón o estos discos que hace Ibón Errazkin, que coge una cosa de música marroquí, algo de CBGB y otra del último artista que le haya gustado de la revista Wire. Esos trabajos de Ibón parece que están demostrando lo guay que es su colección de discos. Eso me parece una forma de elitismo. Y Le Mans también: son discos que se los ponen a alguien en casa y te echan para atrás. Eso me parece elitismo y snobismo.

-Otro ejemplo. En su día se situaba Garzón como grupo de izquierdas, por sus letras y su posicionamiento, y Lori Meyers un grupo de derechas, por ser retro y copiar a Los Brincos. ¿No es una idea excesivamente simple?

-Bueno, si Garzón o Grande Marlaska eran de izquierdas lo eran porque no tenían alergia a tocar en un centro social, porque las canciones eran copyleft y optaban porque circulasen intentando nuevas fórmulas que no fuera excluyentes. A mí los Lori Meyers me parecen un grupo muy poco interesante, con unas letras un poco previsibles. Los veo como un grupo antiguo más que de derechas. Otro de los errores que veo en las críticas que se están haciendo a mi libro es que yo supuestamente creo que la música debe de cambiar las cosas o algo así. Y no, no creo que el papel de la música sea muy importante en los conflictos políticos. Pero sí que creo que es un indicio o un reflejo de nuestras posiciones políticas.

-Me apetece escuchar un tema de Kylie Minogue. Antes de pulsar el play hay que hacerse preguntas. ¿Esto es progresista? ¿Es de derechas? ¿Es pro capitalismo? ¿Es sexista?… Usted que parece que se hace todas estas preguntas. ¿No le parece algo asfixiante acercarse a la música así?

-Si, totalmente. Le asfixiaba hasta a Bertolt Brecht, que tenía una frase que decía «en qué tipo de mundo vivimos que hacer un poema sobre las flores es algo parecido a un crimen», porque el escapismo y el no mirar a las cosas malas de la sociedad también asfixia. Respecto a lo que citas de Kylie Minogue, decirte que ella viene de la escena disco y ahí tengo clarísimo que fue un movimiento hiperpolítico. Fue un movimiento de integración para muchos gais y negros, convirtiéndose en una espacio de libertad, de expresarse libremente y de empatía. Tampoco hay que dejarse engañar por las apariencias: el disco ha sido una de las cosas más políticas que le ha pasado a la música. Uno de los problemas de la prensa moderna es que estamos todo el rato fijándonos en el producto, el disco, y no en el tipo de relaciones que genera ese disco. Por ejemplo, si tú miras el Rock Radical Vasco había unos espacios de socialización que eran la casa okupada, la radio libre y tu grupo de insumisión. Si miras el indie o la Movida los espacios de socialización eran la tienda de discos de moda, como Delsur o la que fuera en la Movida; el club de moda, como el Nasti o Rockola; o el programa exquisito, como Mapa Sonoro o La Edad de Oro. Los espacios de socialialización del Rock Radical Vasco estaban fuera de los espacios de mercado y los del indie y la movida son todos espacios mercantiles. La crítica se tiene que fijar en eso. Dejar de mirar menos los productos y ver el tipo de relaciones sociales que genera.

-¿Está en contra de convertir la cultura en una industria? ¿Tiene que girar todo sobre la idea de centros autogestionados con estructura horizontal o admite que pueda haber un club que o festival como el FIB o el Primavera Sound que genere dinero?

-Yo no estoy, en general, en contra de la industria ni del mercado. Pero el mercado hay que usarlo cuando funcione y desecharlo cuando no. Citas Benicassim. Yo he estado en el FIB y he estado también en el Rototom, el festival de música jamaicana que se hace en el mismo recinto. Las dos son industrias, las dos ganan dinero, pero el Rototom tiene una empatía con los oyentes y la realidad social que no tiene Benicassim. Cuando tú entras al recinto del Rototom te das cuenta de que es muchísimo más grande que el de FIB. ¿Por qué es más grande? Pues porque no tiene zona VIP, que en el FIB es solo para el disfrute de una gente determinada. Luego, las entradas son mucho más baratas. Tienen un día especial en el que los parados de Castellón entran por 5 euros. Tienen un terrario con columpios para que jueguen niños y entradas reducidas para los ancianos. No venden Cocacola porque están contra las prácticas anti sindicales de Coca-Cola. Se nota que la directiva del Rototom se ha tomado en serio los problemas sociales que hay y ha intentado contribuir lo menos posible a las malas dinámicas y fomentar las buenas. Yo cuando veo en ese mismo espacio la diferencia de enfoque veo simbolizados, de una manera muy clara, los valores del indie. Y los deja muy a la derecha. Se trata de una industria muy insensible y muy reaccionaria.

-En 1995 los vecinos de Benicassim estaban en armas hacia lo que les venía encima con el FIB. Ahora se celebran como una de las grandes fortalezas económicas de la zona. ¿Se ha convertido el indie, en ese sentido, en el gran negocio turístico?

-Sí, es similar a los museos de arte contemporáneo. De repente, se impuso la idea de que todas las capitales de provincia tenían que tener un museo de arte contemporáneo, una réplica del Guggenheim para que así, en vez de estar un día en la ciudad, se quedasen dos. Son prácticas de la industria turística que las reproduce muy bien Benicassim. Si miras el mapa de festivales indie-hispers-modernos es la ruta del turismo internacional. Barcelona, el BBK y toda la costa de Levante. Se les acabó la costa para poner ladrillo y, como necesitaban seguir creando valor y negocio, optaron por la cultura juvenil. Son festivales empapelados con publicidad de grandes corporaciones. Desde que entras al Primavera Sound hasta que llegas al primer escenario seguro que te cruzas con cinco o seis anuncios.

-Habla en el libro de la necesidad de que la música hable a la colectividad, al nosotros, y no al yo. Eso, tomado así como un dogma, invalida casi el 90% de la historia del rock. ¿Lo ha pensado?

-Ummm, no sé si la invalida. A mí me gusta el rock n’ roll. Me parece una música que inventaron los negros en los guettos y sirvió para descongelar las relaciones sexuales. Había mucha represión y mucho puritanismo y el rock sirvió para incitar a la gente joven a soltarse y tener más sexo. Aunque las canciones fueran en primera persona, creo que tuvieron un efecto social positivo. Otra cosa es lo que me parezcan a partir de los noventa. Si coges el disco emblemático del indie, el primero de los Stone Roses, escuchas una canción como I Wanna Be Adored y me pregunto: ¿se puede hacer una letra más narcisista e individualista que esta? Me puede pasar lo mismo con I’ll Be Your Mirror de The Velvet Underground, que es un postura muy de la Velvet: somos el grupito de elegidos, super bohemios que estamos en el círculo de Andy Warhol y miramos, totalmente colocados y displicentes, todos los problemas que tiene Nueva York. Yo creo que el indie y el hispterismo son movimientos muy asociales y muy individualistas. Me han gustado muchísimo, pero ahora me causan rechazo.

-Bueno, en el caso de los Stone Roses, al tiempo que tenían «I Wanna Be Adored», tenían «Elizabeth My Dear» o «Made Of Stone», canciones con una lectura política muy obvia.

-Sí, pero Elisabeth My Dear es como dos minutos del disco, un tema hecho del tirón sobre una melodía de Simon & Gartfunkel, algo muy poco central. Las canciones centrales son las narcisistas, como también lo es I’m The Resurrection. De hecho, tal y como cuento en el libro, muchas de las metáforas sexuales de Stone Roses no son sexuales, es como si no se atreviesen a hablar del sexo como tal. Son todo cuerpos angelicales y puros, muy poco explícitas. Eso refleja ese punto del indie de sentirse especial, por encima de la masa y considerar una vulgaridad hablar del sexo directamente. Eso no ocurría en el rock n’ roll, en el reggae. Me parece una cosa un poco pija, de clase media.

-Según su punto de vista, el Bob Dylan post-«Blonde on Blonde» también tendríamos que cargárnoslo, ¿no?

-No, a mí me encanta Blonde on Blonde.

-Pues ese punto de vista de que hay que dirigirse a la colectividad y fomentar las relaciones con la gente podría haberlo en el primer Dylan. Pero, por ejemplo, un disco como «Blood on the Tracks» no deja de ser un tipo lamentándose de algo tan individual como la deriva de su matrimonio.

-Hay formas y formas de hablar de la crisis de tu matrimonio. Billy Bragg ha escrito sobre la separación de un modo muy empático con la mujer, muy humildes y muy autocuestionadoras. También Nacho Vegas, en cierto modo. El disco Blood On The Tracks tiene una intensidad tremenda. Segundo Premio de Los Planetas, también. Pero en muchos creadores hipsters o modernos lo que veo es muy poca empatía con las mujeres. Muy empáticos con lo que ellos sufren, como si su sufrimiento se agrandase y el de los demás se amortiguase. Los discos de divorcio son muy típicos porque a los hombres nos gusta tener la última palabra: yo soy famoso, mi mujer me ha dejado y voy a hacer un discazo contando mi versión y me quedo satisfecho. Eso lo veo como una estrategia un poco tramposa. Pero bueno, seguro que me pongo Blood On The Tracks y no me aburro en ningún momento. Pero creo que hay que tener en cuenta otras cosas. Tampoco tengo en la cabeza las letras de Blood On The Tracks.

Bueno, yo hace tiempo que no lo escucho pero «You’re a Big Girl Now» creo que es una canción que habla de lo contrario a lo que usted dice: de cómo la mujer es mejor ahora sola que contigo.

-Seguro, la hizo Thalia Zedek. De todos modos Dylan ha hecho algunos comentarios un poco misóginos últimamente. Decía que Christina Aguilera y todas estas divas pop parecía que estaban en un desfile de zorras. Creo que con la edad se ha ido brutalmente a la derecha, como toda esa generación. Leonard Cohen es otro caso. Lo de meterse en un monasterio zen, como diciendo que los problemas colectivos no importan y solo importa la mejora personal y cultivar el ego. Muchos de estos artistas protestaron cuando fue la guerra de Vietnam, pero cuando fue la Guerra de Irak el único de los grandes que hizo un disco sobre ello fue Neil Young. Yo creo que esa generación que esta todo el día en la portada del Mojo y el Uncut han ido a valores bastante conservadores. Sus carreras han tenido mucho valor artístico, han tenido algunas canciones de empatía con las mujeres y empatía social, pero poco a poco se ha ido desdibujando.

-Con estos ejemplos, a lo que pretendía llegar es al hecho de que en el libro atribuye todos estos males a la cultura hispter, cuando en realidad se trata de la historia misma del rock. El individualismo, las ambiciones exageradas, los egos superlativos… Eso que cuenta usted de The Stones Roses ya ocurría en los Who o los Rolling Stones. Al margen de que sea positivo o negativo, es algo que no han inventado Los Planetas o The Stone Roses. También pienso que algunas de las actitudes de las que habla, como la misoginia o el racismo, son problemas sociales que esa cultura hispter reproduce al formar parte de la sociedad, no algo específico de ese grupo.

-Sí, estoy totalmente de acuerdo. Lo que pasa es que las subculturas intentaron combatir eso en muchas ocasiones. Hay que ver el salto. El último gran grupo británico antes de The Stone Roses seguramente fue The Clash. Su posición social y emocional para mí era mucho más avanzada que la de The Stone Roses. Por eso lo considero un paso atrás. Yo hablo de hispters, indies, culturetas y gafapastas porque es un ambiente en el que he vivido mucho tiempo y en el que puedo aportar algo. En Estados Unidos, ocurre lo mismo. El gran grupo antes de Nirvana podrían ser Dead Kenedys o Fugazi. Esos grupos tenían a Reagan delante y lo dieron todo. Fugazi eran muy sociales, con una sensibilidad muy grande con los desfavorecidos y criticaban el imperialismo en América Latina. De eso hemos pasado a grupos mucho más narcicistas, más metidos en sí mismos y más preocupados de molar. El rock n’ roll es todo lo que tú dices: algo reaccionario, que solo tuvo el valor de liberarse de un contexto de represión sexual. Es un género machista e hiperconsumista.

-Habla del racismo y pone, como ejemplo, las críticas que recibió el hecho de que la organización de Benicassim optase por incluir a Julieta Venegas. ¿No cree que ese rechazo fue más motivado porque el público la identifique con una artista de 40 Principales más que con «esa sudamericana nos viene a corromper la pureza de nuestro festival»? Si llevasen a M-Clan como un grupo de americana generaría el mismo rechazo.

-Buff, esa lectura la he visto y la he escuchado de primera mano. Prefiero no dar nombres. Por ejemplo, ver en Twitter como un crítico musical muy famoso de Barcelona le pregunten si baja a jugar al fútbol y él diga: «No puedo, que vienen los panchitos a ponerme los muebles a casa y no puedo salir». Veo cosas muy racistas en eso. A todos los artistas que citaban cuando fue lo de Julieta Venegas era ¿qué va a ser los próximo Ricky Martin? ¿David Bisbal? Lo mismo tiene que ver más con anglofilia que con el racismo, pero eso es otra forma de racismo: el creer que todo lo que viene de Londres y Nueva York es genial y lo que viene de Caracas o Marruecos es horrible es una forma de racismo cultural. Quizá me haya pasado de frenada con los términos, pero es que lo sigo pensando: el racismo cultural es una forma de racismo, igual que los micromachismos es una forma de machismo, aunque sean menos invasivos.

-Dice que la última etapa de Wilco se parece a The Eagles. Por tanto, a nivel de estética sonora se podría asemejar a Los Secretos, ¿no?

-Claro, pero Los Secretos eran también muy anglófilos, con su rollo Tom Petty.

-Si metes a Los Secretos en Benicassim seguramente se generen las mismas reacciones que con Julieta Venegas. Se diría ¿qué será lo próximo? ¿Joaquín Sabina?

-Sí, aunque Los Ilegales no tuvieron esa respuesta, aunque igual no se les asocie a la radiofórmula. Si queremos llegar a un terreno común podemos decir que es una mezcla. Que puede haber algún prejuicio racial y que puede haber algún prejuicio por ser la música de los 40 Principales. Pero eso último nos lleva a una cosa muy central del hispterismo que es ese pánico de pertenecer a algo masivo: «Oh, Los Secretos no, pero si me poner a Wilco que salen a la portada del Babelia, sí».

-Lo cual es bastante contradictorio, porque Los Secretos al final tocan en teatros para 1.000 personas y estos grupos solo tocan en festivales a los que van 50.000.

-Bueno, ahora esta la moda de tocar en el Liceo o el Teatro Real.

-Yo vivo en una ciudad pequeña y, a lo mejor, tengo una perspectiva diferente, pero cuando hablo de cultura dominante pienso en David Bisbal, no en Los Planetas, que es en lo que sugiere usted.

-Eso es otra confusión que se ha generado. Cuando yo hablo de hegemonía hablo de una mezcla de ventas y prestigio. J, por ejemplo, me decía ¿si el hisperismo es una cultura dominante por qué Malú toca en el Sant Jordi y Morrissey toca en el Sant Jordi II el mismo día? Ella llenó y Morrissey no. ¿Dónde esta la cultura dominante? Lo que decía él es cierto, pero no creo nunca que la autobiografía de Malú la vayan a sacar en Penguin Classics como la de Morrissey. Cuando yo hablo de hegemonía y dominación hablo de la combinación muy especial de ventas digamos saludables y máximo prestigio cultural. Malú nunca sería portada de Babelia. Morrissey lo podría ser perfectamente. A Malú, a Manolo Escobar o David Bisbal nunca le van a dar el Príncipe de Asturias, pero a Bob Dylan sí aunque él toque en la Riviera y Bisbal en el Palacio de los Deportes. Entonces, no me fijo solo en ventas, sino en el prestigio cultural que tengas, el tiempo que vayan a durar tus discos y la importancia con la que se va a tratar.

-Es muy difícil encontrase con una entrevista musical seria a Malú o David Bisbal, que al final terminan en el terreno del corazón porque los periodistas musicales especializados no quieren hacer nada con ellos ni sus jefes darle cabida en sus páginas. De todos modos, de un tiempo hacia esta parte, existe una cierta autocrítica en la profesión. ¿Usted lo nota?

-Totalmente. Es lo que me ha pasado a mí, lo que le ha pasado a Nando Cruz, a la web Nativa de Barcelona, que tiene artículos muy interesantes en ese sentido, o mismo Ladinamo que fue muy crítica con esa postura del crítico cultural como un sacerdote que te dice lo que es bueno y lo que no. Luego es que ni siquiera haces tú ese trabajo, porque es algo que hace Mojo o Pitchfork y tú eres una especie de delegación. Yo en Público, por ejemplo, proponía sacar a M.I.A. y me decían que muy bien. Pero un día propuse a Marc Anthony y el director me decía que era una horterada. Yo le decía: «Pues será una horterada pero es el mejor cantante de salsa vivo que hay en el mundo y va a llenar el Palacio de los Deportes, no sé que más hace falta». A final salió, pero hubo que pelearlo.

-Cargó especialmente las tintas contra Acuarela en alguna entrevista, el sello que usted fundó. Curiosamente fue uno de los pocos sellos indies que acogió a grupos con intenciones políticas. Por ejemplo, Mus con «El Naval» ponían sobre la mesa la lucha de clases, Lisabö también admitían una lectura política de su obra, Diariu, igualmente. ¿No es contradictorio atacar a quien hizo algo en ese sentido?

-Hay que tener mucho cuidado con lo que es político o no. Que un artista se considere a si mismo político no creo que lo convierta en un artista político. Esto lo dice muy bien la crítica de cine que entrevisto en el libro Ana Useros. Señala que muchos artistas tiran de la política para ganar relevancia social. Ahora mismo, con el 15-M, todo el arte es político y ella pone el ejemplo de que hasta Ocho apellidos vascos se vende no como una comedia, sino que las tensiones de los problemas que hay en el País Vasco se pueden resolver con humor. Lo político es una medalla que se cuelga mucha gente aquí. Para que un arte se considere político tiene que ponerlo en valor en algún tipo de movimiento social o crear algún conflicto político. Te pongo un ejemplo personal. Yo era muy fan de los Manic Street Preachers, un grupo que se vende como político pero que jamás ha tenido un conflicto con ninguna autoridad del mundo y ningún movimiento social lo ha reclamado como suyo, como sí hicieron los parados en la era Tatcher al punk. ¿Por qué es político? Porque lo dicen ellos. Pues si analizas bien las letras, que es en parte por lo que me dejó de gustar, ves mucho narcisismo, mucho hablar de conflictos políticos que ya están resueltos como la Guerra Civil Española o el Che Guevara. Cuando fueron a Cuba no criticaron nada de lo que pasaba allí. Tuvieron un meet and greet con Fidel Castro y nada más. Otro tipo de música, como el disco, se lo apropiaron los gais y negros excluidos; el punk, los parados; el rock radical vasco, mucha gente a la que se consideraba chusma social en Euskadi; el bakalao, un montón de gente de clase obrera en Valencia que estaba excluida de la fiesta… Político no es solo que Fran Gayo, el cantante de Mus, diga: «Esto es político porque hablo de El Naval». ¿Tú crees que alguien que haya estado en el conflicto de El Naval haya dicho: «Esto me apela mucho, esto me reconforta, esto me da claves»? A mí me parece muy improbable que algo así suceda.

-Sí, seguramente, pero igual que esas lecturas políticas que hace Simon Reynolds de las raves. La gran mayoría de la gente está drogada pasándoselo bien y el lunes ya se olvida de todo.

-Claro, Reynolds dice que hay una parte muy pequeña que fue política. Yo estoy de acuerdo con ello. La parte política fue la rave autorganizada. No es lo mismo ir a un club de moda, pagar la entrada, drogarte, pagar copas a 7 euros e irte, que tener que quedar un mes antes con tus amigos, ir por la ciudad, coger un sitio vacío que tenga que ver con la especulación inmobiliaria, alquilar un sound system, decidir los precios, ocuparte de la seguridad y de la hidratación de toda la gente que va a ir… Eso crea un lazo comunitario. Para cada rave hacen falta 15 personas que están haciendo do it yourself un mes. Eso es político. No todo lo que tenga un ritmo techno va a ser político y todo lo que sea indie va a ser de derechas. Por ejemplo, los Housemartins son un ejemplo brillante de un grupo político. Después de la época de los New Romantics, en la que los artistas eran como figurones, reivindicaban la normalidad, la amistad y los placeres sencillos y normales de la vida cotidiana de la clase trabajadora. Tuvieron mucho éxito. Lo que pasa es que claro yo no quería hacer un libro de 400 páginas, sino algo que se leyese. Y claro, se pierden algunos matices.

-Por eso ahora está dando tantas entrevistas. En plan broma, un amigo me decía: «Sé hipster, haz la entrevista sin leer el libro y ponlo a parir».

-Sí, el 90% de la gente que opina en la redes sociales no ha leído el libro y yo agradezco que tengan la honestidad de decirlo [risas].

-¿No habrá la postura de «No voy a contribuir a la causa ya que esto va contra mí»?

-Eso lo entiendo. Pero se lo hemos mandado a todo el mundo que nos lo ha pedido y se lo he ofrecido a la gente que creía que podría ser interesante que lo leyese. Es un libro que cuesta 16 euros, que se lee en tres o cuatro horas. Un ejemplar lo pueden leer cuatro personas. No creo que sea muy caro.

-Hace tiempo hice un artículo sobre el giro político que había dado el indie en Galicia. Hubo un lector que opinó que eso era imposible, porque la generación indie lleva la desafección, la épica individual y el narcisismo de serie. Lo podría haber escrito usted.

-[se ríe] Yo no sería tan radical. Es cierto que el indie es un género que tiene mucho de eso, pero si tú pones de tu parte puedes llegar a cuestionarlo y compensarlo por completo. Un ejemplo para mí es Nacho Vegas. Si tú escuchas Cajas de música difíciles de parar, que era un disco atormentado con esa estética del yonki torturado, y lo pones frente a Resituación, parecen dos artistas diferentes. Creo que fue producto de un cuestionamiento de Vegas. Pienso que el indie puede ser una música empática con las cuestiones sociales, pero que tiene que hacer un esfuerzo muy grande porque parte de unas premisas que no son muy propicias para eso. Aparte, creo que no hay que centrarse solo en las letras. Hay otras cosas. Por ejemplo, Benicassim o el Tanned Tin, ¿por qué tienen que ser empresas capitalistas al uso y no puede ser una cooperativa? En la época de los hippies y la contracultura estaban las comunas y las cooperativas, en un intento de organización más fraternal. En el indie no. Aquí hemos asumido que el modelo de empresa capitalista es lo que hay y que no se puede hacer nada. Y las empresas son como cualquier otra. El jefe siempre es un chico, la de promoción es una chica… Estamos reproduciendo el sistema dominante, en vez de cuestionarlo. A mí el indie me parece mucho más interesante cuando más haga un esfuerzo por ir contra eso.

-En los últimos años grupos como Vetusta Morla, León Benavente, Triángulo de Amor Bizarro, Ornamento y Delito, entre muchos otros, han dado un giro en sus letras. ¿Le parece algo válido?

-En la coda, meto una frase de Gari de Ornamento y Delito en la que decía que «muchos nos sentimos gilipollas en el Primavera Sound del 2011 estando ahí bailando mientras estaban los mozos dando palos en la Plaza de Cataluña». Me parece algo totalmente válido. Yo me alegro mucho que un grupo como Vetusta Morla se hayan politizado. Nada es instantáneo, es un proceso. O has tenido la suerte de tener padres que te han puesto en el carril de la conciencia política desde muy temprano o, si no, forma parte de un proceso. Para cambiar a mejor siempre hay margen. Casi todos los grupos que han dado un giro político no me chirrían, me alegro mucho de esa politización en los músicos indies. En realidad, estamos viviendo un reconocimiento de lo político, que para mí es un paso adelante y nos confirma que durante un montón de tiempo muchos vivíamos en una especie burbuja estética. Que esta politización esté mejor o peor hecha no tiene tanta importancia. Lo esencial es que ya no excluimos nuestros conflictos cotidianos del discurso artístico.

-Cuando se habla de política en la música siempre se mira al mismo lado: hacia una política de izquierdas tipo IU o más allá de ello. ¿Es la única opción válida? ¿No se puede ser político desde otras posiciones incluso de derechas?

-Se puede ser, mira Morrissey que apuesta por el partido político equivalente a la Falange Española.

-No hablo de llegar a esos extremos, por supuesto.

-Yo no tengo ningún apego a la palabra izquierda. Sobre todo después de ver lo que ha pasado con Podemos, que ha renunciado a esa palabra y ha tenido mucho más eco social. Hay palabras menos ideológicas y mucho más importantes, como igualitario. Me identifico mucho con eso. No quiero una élite de rojos que ganen mucho dinero y unos obreros que ganen como ahora. A mí me gustaría un mundo en el que David Bowie no ganase mucho más que una enfermera. No sé qué hace David Bowie que merezca que gane ocho millones de veces más que una enfermera. Hay que ir más a lo práctico. Por ejemplo, me gustaría que las revistas en donde he escrito o los sellos donde he estado se organizasen de una manera más horizontal, aunque bueno Acuarela era una empresa tan pequeña que funcionaba casi como una cooperativa. Me gustaría que en las revistas las redacciones fuesen más comunitarias, los sueldos iguales para todo el mundo, no muy grandes para los directos y muy pequeños para los redactores. Más que izquierdas, yo diría eso, igualitarismo. ¿Qué si me parecen bien las posiciones anti igualitarias en plan “Steve Jobs y Bob Dylan son gente súper especial y merecen ganar 35 millones de euros al año y tú como no eres tan especial te conformas con 900 euros al mes y, aún por encima, de forma precaria”? No me parecen posturas legítimas, sino rechazables.

-«Rockdelux» es quizá la única revista musical de las importantes en España que ha adoptado un posicionamiento político. Una vez escuché a un lector decir: “Cada vez que leo el manifiesto ya sé lo que va a decir y cómo se va posicionar”, indicando que casi siempre respondía a un planteamiento de izquierdas. Eso crea una necesidad dentro de la cultura indie de, al menos, aparentar que se es de izquierdas.

-No estoy de acuerdo con ese análisis. En Manifiesto hicieron un articulo muy contrario con Chávez. También otro muy pro-Israelí. Las posiciones que tú llamas de izquierdas eran calcadas de los editoriales de El País, posiciones de de buenrollismo liberal que yo llamaría progre. Lo que se ha hecho más a la izquierda o más igualitarios que El País ha sido gente muy contada, cosas de Roberto Herreros, de Nando Cruz o mías. Rockdelux pidió el voto en los noventa para Pasqual Maragall. Para mí es una revista muy en la onda del PSOE. Sacaron con el 15-M el articulo «PSOE-PP la misma mierda es» que hice yo. Pero eso fue una salida de la línea editorial más que una consecuencia. Yo creo que ha quedado claro que no son nada empáticos ni con la lucha feminista, ni con la canción política, tampoco se quisieron posicionar con No Age y lo de Converse en el Apolo.

-En la solapa del libro dice que «colaboraba» en Rockdelux, en pasado. ¿Va a dejar la revista?

-Sí, he dejado de colaborar. Mi línea de enfoque musical se había ido alejando de la de Rockdelux. Yo suponía que una revista cultural es un foro de debate y que se podían aceptar distintas posiciones. Pero he tenido bastantes roces con Santi Carrillo, su director. Me llamaba preguntándome por qué hacía una pregunta determinada, por qué hacía un determinado enfoque, por qué hablaba siempre de los guetos, por qué esa obsesión por la música negra… Luego, no me gustó nada la reacción de la revista al artículo del Machismo gafapasta del Diagonal. Me pareció muy intolerante, con muy poca autocrítica. No me ha gustado la violencia con la que se ha rechazado Resituación de Nacho Vegas, porque las preguntas que le hicieron en aquella entrevista parecían sacadas de El Gato al Agua de Intereconomía. No me voy porque esté en desacuerdo, sino que son un montón de cosas. Hay hostilidad al discurso que he cogido, no sintonizo mucho con la línea y, además, soy padre de una hija y en breve seré de otro. No puedo colaborar por tan poco dinero. Les dije que dejaba de colaborar y hacer el Truco o Trato. Ahora, aprovechando el número especial y el cambio que va a dar la revista, me voy. Ya hace ocho meses que lo sé.

-En su libro se refiere continuamente a Rockdelux como la revista hispter. Yo no creo que los hipsters lean Rockdelux ni que lo que diga Rockdelux tenga la importancia que podría tener en los noventa.

-De acuerdo, pero ¿digo que Rockdelux es hipster?

-La mete como la revista de referencia de todo al ambiente al que critica. Eso también es un problema: pasa de indies a hipsters y a gafapastas de un modo que uno no sabe dónde empiezan unos y terminan otros y si se confunden.

-Es una mezcla de todo, a mí eso no me importa tanto tampoco. Creo que tanto el indie, como el gafapastismo como el hipsterismo comparten una sensación de que tus consumos culturales supuestamente exquisitos te ponen por encima de los demás. Creo que eso sí se da en muchos lectores y redactores de Rockdelux. A mí me ha pasado, pensar: «Oigo a Mercury Rev, soy un oyente súper avanzando respecto a quien escucha a Extremoduro». O que la música jamaicana la escuchan los pies negros pero yo escucho un artista de dub de Warp que es superior a cualquier cosa que se haga en Jaimaca. Ahí hay una posición de snobismo y clasismo cultural. Y sí, son términos que se confunden porque son porosos, pero a mí me interesaba esa posición de superioridad cultural más que la taxidermia de hasta dónde llega el hispter, el gafapasta o el indie.

-Menciona como algo negativo el que los grupos no sean subversivos o generen conflictos. ¿No acepta que exista una música amable y válida?

-Sí, el folk, por ejemplo. Me parece una música muy política y muy amable, pero que crea conflictos políticos. Pete Seeger ha estado militando en mil sindicatos y ha sido la banda sonora de muchas luchas contra la contaminación. El folk es amable, suave y fraternal, pero ha creado conflictos. ¿Cómo se justifica que un grupo sea político y no cree un conflicto con nadie? Yo, por ejemplo, me pongo una camiseta de NWA en el Primavera Sound y puedo ser alguien guay. Pero si eres un negro en Los Ángeles y te pones esa camiseta al día siguiente de que pegaran a Rodney King, pues lo más seguro es que te crees un problema. En ese contexto NWA son un grupo político. En el contexto del Primavera Sound, no. Todo lo político siempre tiene que ver con el contexto. Si tú pones al Elvis joven a tocar en los Emiratos Árabes Unidos moviendo las cadenas en el 2014 se crea la revolución. Si lo haces en Las Vegas, sería lo normal.

-Eso lo dice constantemente de Arcade Fire, que los considera el grupo de referencia. Insisto: ¿qué necesidad existe de que Arcade Fire generen un conflicto contra algo?

-No hay ninguna necesidad, pero es que ellos van de que odian el mundo moderno, de que esto es una bazofia y que todo se ha vulgarizado. Tienen una posición política anti moderna. Las letras arremeten contra el mundo moderno, pero ¿qué salidas me dan? ¿qué hacemos con él? ¿que diagnóstico dan? El único conflicto que han tenido ha sido con sus fans al pedirles que fueran vestidos de gala a un concierto. Si lo hubiera hecho Julio Iglesias diríamos que se le ha ido la cabeza. Eso me pareció muy revelador de las prioridades de Arcade Fire.

-En «The Suburbs», que es el disco al que se refiere, el grupo hace un lamento igual que le puede pasar a mucha gente que, de pronto, se refugia en la nostalgia de cómo eran las cosas en el pasado. Puedes sentir empatía con ese sentimiento, sin tampoco proponer ninguna salida porque a lo mejor ni la conoces, ni la sabes. ¿No cree?

-Ese tipo de nostalgia es muy reaccionaria. Arcade Fire dice: «El mundo moderno es una mierda y nosotros somos gente super sensible y nos sentimos muy afectados por eso, pero no vamos a hacer nada. Vamos a recrearnos en nuestra nostalgia y nuestra hipersensibilidad en los dos próximos años que estaremos de gira con este disco». Eso para mí es reaccionario, en el sentido de encerrarte en ti mismo. Puedes ver que en el mundo también hay cosas buenas, hay gente que está protestando contra lo que se está organizando. Eso es lo que era la contracultura. Cuando Estados Unidos se tiraba hacia la derecha la gente organizó comunas, tomó drogas, intentó ser fraternal, quemó la cartilla de reclutamiento de Vietnam… Arcade Fire apoyó la reelección de Obama después de que rescatara Wall Street, mantuviera abierto Guantánamo y siguiera con la política militarista en Oriente Medio. ¿Si el mundo moderno es una mierda por qué pides el voto para Obama, que es una persona que lo está haciendo más mierda todavía?

-Ese tema lo toca en libro. Como existe una condescendencia hacia los artistas anglosajones que se posicionan políticamente con un lider como Obama o Clinton, cuando aquí se hacen mofas si se hace algo parecido con Zapatero. Aún siendo Obama más reaccionario.

-Sí, en cuestiones de género o la memoria histórica, Zapatero fue mucho más progresista .

-Hay una crítica a su libro que se repite continuamente: que usted cuestiona esa postura de superioridad del hispterismo desde una postura igual de superior.

-Me alegra que alguien me haga esa pregunta, en vez de directamente la acusación [risas]. No sé qué posición de superioridad puede haber cuando reconozco en el libro que de los últimos 20 años que he escrito, 16 tienen muy poco valor. Yo creo que es un ejercicio de humildad, pero como tengo ese estilo de ir al grano y a ratos contundente pues puede parecer otra cosa. En el primer capítulo digo que cuando me meto con los modernos no es desde la superioridad porque yo he sido uno de ellos durante mucho tiempo. Creo que esa crítica está injustificada.

-¿Ese papel de “moderno renegado” no le dio un poco de apuro al principio?

-Sí, claro. No sabía cómo enfocarlo, si ponerme en plan lastimero diciendo que todo lo que había hecho era equivocado, si pasar de la primera persona y hacer como que no lo reconozco… Era muy complicado escoger un punto de vista honesto y que fuera cómodo para mí. Le he tenido que dar muchas vueltas para encontrar uno. No sé si ha sido el mejor, pero me he esforzado mucho en lograr hacer una crítica y, al tiempo, no excluirme yo de esa crítica. No ha sido un libro de pasarlo bien, sino espinoso.

-¿Hay cinismo en el libro?

-El libro entero es una denuncia del cinismo.

-No, lo digo respeto a su postura, si está criticando algo que, en realidad, no cree que es tan criticable.

-No, al revés. Hay un párrafo en el que digo que los hipsters saben que todo lo que digo es verdad. Que las empresas culturales donde trabajamos nos explotan. Que hay un gran acervo anglosajón en nuestros gustos culturales. Que hay machismo en el ambiente cultural. Que la música que viene de Latinoamérica se considera inferior a la que viene de Nueva York. Lo que yo estoy diciendo no lo discute nadie. Lo que discuten es quién soy para decirlo, el tono que empleo o las ganas de salpicar a la gente. Yo no quiero salpicar a la gente, sino compartir los argumentos que me han hecho cambiar de enfoque.

-Se queja de que le paguen tres euros por una critica de un disco en la prensa musical. Pues aún menos mal, porque en muchas la norma es que no se pagan las criticas de discos ni los conciertos.

-Claro, es que tenemos tan poco que perder que por qué seguir así. ¿Por qué seguir a Pitchfork habiendo tanto Soundcloud? El perfil de los críticos musicales es muy uniforme: chico universitario de clase media, que no baila, que es muy de escuchar la música en su habitación, pero siempre de un modo individual. Es imposible que exista una crítica musical competente si solo se presenta un enfoque en las radios, en la prensa y en los periódicos. Eso es bastante evidente. No se critican los argumentos, sino quién los dice. Es como cuando a Nacho Vegas le decían en Rockdelux ¿quién eres tú para tirar la primera piedra?

-Insiste mucho en la entrevista de «Rockdelux» a Nacho Vegas. ¿No cree que usted está atacando con la misma dureza a toda esa cultura hispter?

-No creo que sea lo mismo defender una posición de poder que una posición contra el poder. No es lo mismo que David Fernández saque una zapatilla delante de Rato y se ponga un poco hostil que un policía saque una zapatilla y se ponga a mirar a un manifestante en plan «te voy a dar una hostia». Si yo cuestiono la homogeneidad cultural delante de un artista que entrevisto en Truco o Trato estoy defendiendo un poco una posición de apertura, de heterogeneidad y diversidad. Pero si alguien están defendiendo que la música tiene que ser apolítica y que, si hace algo político, es panfletaria está defendiendo una posición muy pro sistema. Creo que son cosas diferentes. Me parece más aceptable un panfleto de Valerie Solanas diciendo burradas sobre los hombres y que hay que acabar con nosotros, que un panfleto de un hombre diciendo que hay que acabar con las mujeres o un hombre blanco diciendo que hay que acabar con los negros. No es lo mismo el Ku Klux Klan que los Black Panthers, aunque los dos tengan un lenguaje hostil. La música es una cosa mucho menos importante que la política y, por eso, yo me siento un poco mas liberad para tener un discurso más contundente. Escriba lo que escriba no va a afectar a la vida de nadie. De todos modos yo uso el mismo tono que he escuchado los hispters cuando hablan de las chonis, los bakalas o los perroflautas.

-Es que usted usa la palabra gafapasta con la misma carga peyorativa que se usa lo de perroflauta.

-Te doy la razón. Pero no hay un perroflauta en cada redacción de cultura de los periódicos, no hay una emisora perroflauta como Radio 3, no hay una web perroflauta con tanto poder como Pitchfock, no hay una HBO que haga series perroflautas cada tres meses. Son posiciones diferentes: una que es muy hegemónica dentro de la industria cultural, que es la hipster, y otra que está totalmente desprestigiada.

Fotos: Clara Martínez-Lázaro

La crítica musical en España (5)

viernes, enero 28th, 2011

Al final del cuestionario se les invitó a los críticos a añadir algo, si así lo deseaban. Estas son las conclusiones y el cierre de esta serie de entradas dedicadas a la crítica musical española.

Ignacio Julia:
La crítica, cuando se realiza con vista y talento, puede ser tan creativa como la obra artística en sí. De hecho, puede verse como una continuación de ésta, su final o conclusión, su acento en una nueva vida que ya no pertenece a su creador, la prueba de que ha llegado a su destinatario.

Víctor Lenore: De un tiempo a esta parte se han celebrado un par de debates con títulos como “El papel de los prescriptores en la era de internet”. No creo que los críticos seamos prescriptores. Nuestra labor no es recetar a cada cual el disco que procede. Más bien deberíamos ser filtros que apartamos lo accesorio y animamos a escoger entre lo que tiene más nivel (al menos, eso es lo que yo creo). Nuestro trabajo también consiste en ahorrar tiempo a quien nos lee. En todo caso, con notables excepciones, creo que el nivel es bajo. Se nos podría aplicar sin problemas este artículo reciente que arremete contra la crítica de libros en España: http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2010/05/31/_-02201158.htm

P. Roberto J.: El fenómeno blog genera un nuevo formato, capaz de dar, por fin, ese seguimiento de la actualidad que antes no era posible. También mayores posibilidades de salirse de las reglas establecidas, para bien o para mal. Aporta, además, la entrada de muchas nuevas plumas, algunas de ellas muy interesantes. La savia nueva siempre debería ser bien vista en cualquier sector, pero con más razón en un mundo como el de la crítica musical.

La crítica musical en España (4)

jueves, enero 27th, 2011

¿CREES QUE LA CRÍTICA ESPAÑOLA ES EN GENERAL AGRESIVA O, POR CONTRA ES BLANDA?

Ignacio Juliá: Hay de todo, claro. Personalmente, detesto a aquellos —son pocos, pero vistosos— que siempre están señalando la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio. Lo que sí observo es que, pese a que normalmente se compara a los nuevos cronistas con la vieja guardia, siempre en detrimento de los primeros y de las nuevas tecnologías, hay actualmente un mayor número de opinadores informados, algunos hasta con criterio, que en la época, finales de los setenta, en que yo empecé a ensuciar papel. Internet ha democratizado la crítica, pese a quien pese. Claro que una firma de prestigio siempre será una voz más fiable, y un medio impreso algo menos efímero que un blog.

Jesús Llorente: Creo que hemos sido, en general, agresivos con los débiles y blandos con los fuertes.

Víctor Lenore: Hay de todo. Más que la ferocidad o docilidad me preocupa la falta de sustancia. Los críticos españoles somos bastante ignorantes y poco dados a la reflexión. Aunque suene pedante, citaré a Oscar Wilde: “Para ser crítico hace falta mucha más cultura para que para ser artista”. Aquí en España sólo recuerdo dos o tres artículos reflexionando sobre nuestros trabajo. Tampoco hemos escrito muchos libros que no sean simples biografías (la mayoría, copiadas de otras de fuera). Por no tener, ni siquiera tenemos una lista de correo donde discutir el día a día de nuestra profesión. El grado de reflexión del gremio es pobre , pobre, pobre. Ya que sale esta palabra resulta obligado mencionar que otra de las causas del mal nivel de la crítica musical es que raramente se paga como un trabajo de verdad. A pesar de los pesares, hay grandes periodistas musicales como Luis Troquel, Nando Cruz, Luis Lles, Roger Roca, Roberto Herreros, César Estabiel, Jordi Oliveras (de www.nativa.es) y, al menos, otra media docena de los que me olvido. 

David S. Mordoh: Durante muchos años ha sido blanda porque el crítico dependía de alguna manera de las empresas discográficas. Si te cargabas un disco, ya no te mandaban más. El soporte digital ha desatado ciertas cadenas y permite mayor honestidad de opinión sin tapujos. Sin embargo, en el polo opuesto, la reseña agresiva muchas veces busca más encumbrar a quien la escribe que emitir una opinión meditada.

P Roberto J: Es muy agresiva en la barra de los bares y de los conciertos, y blandita cuando toca ponerlo negro sobre blanco. No es sólo un problema de la crítica musical española, ocurre en el mundo anglosajón también.

La crítica musical en España (3)

miércoles, enero 26th, 2011


¿QUÉ LE PARECE LA POSTURA QUE DICE QUE LOS CRÍTICOS DEBEN HABLAR SOLO SOBRE LAS COSAS QUE LES GUSTAN Y EN POSITIVO, MIRANDO LO QUE EL GRUPO APORTA Y NO EN LO QUE FALLA?

Ignacio Juliá: Me parece que el crítico debe hablar de lo que sea y de lo que quiera. En periodismo hay una regla básica: no importa el tema, sino como se trata. Dicho esto, apuntar que siempre luce más una crítica negativa que una positiva; es algo que ha encumbrado a muchos críticos mediocres, el derribo sistemático, y que no comparto. Se ha de intentar ser ecuánime, llamar a las cosas por su nombre. Y, sobre todo, no tratar al lector como un imbécil.

Jesús Llorente: Una idea bastante simple, propia del indie español de mediados de los 90, pero luego proyectada hacia la actualidad. Si me gusta un grupo X y pienso que su último disco es flojo, me interesa poder explicar que ese disco no es el mejor modo de entrar en su universo o las razones por las que creo que no se encuentran en su mejor momento. Dicho esto, prefiero leer una crítica en la que el periodista se ensaña con un disco a otra en la que se le alaba sin argumentos.

VÍctor Lenore: Es un comentario clásico, sobre todo de las revistas “indies” (en los periódicos donde he trabajado o tengo amigos nunca lo he escuchado). Luis Calvo y Joako Ezpeleta lo soltaron varias veces en la difunta Spiral (aunque luego, con gesto de cansancio, nos dejasen publicar críticas feroces). Obviamente, quien no critica cosas nunca puede ser un crítico. 

David S. Mordoh: Yo creo en la crítica responsable, en la que argumenta la reseña. Es más fácil hablar de un disco que te ha gustado y en el cual crees. Y es más engorroso mostrarte negativo, sobre todo porque se trata de valorar el trabajo de una persona que ha perdido mucho tiempo en su proyecto. La manera más pragmática es decir que un disco no es satisfactorio a través de una reseña de talante constructivo.

P Roberto J: Horrible. El crítico debe arriesgarse a errar en sus planteamientos negativos tanto como en los positivos. Además, es mucho más fácil argumentar en positivo que en negativo. Y, por último, menudo aburrimiento tenernos a todos diciendo que qué bien todo.

La crítica musical en España (2)

martes, enero 25th, 2011

¿SE DEBE PROYECTAR EL GUSTO PERSONAL DEL CRÍTICO EN SU TRABAJO?

Ignacio Juliá: Naturalmente que debe translucir su gusto personal. Sólo escribiendo para uno mismo se puede pretender ser de utilidad para otros lectores. Lo que no debe permitirse es que la soberbia de ese gusto personal avasalle al objeto o sujeto estudiados, ni que manipule al lector en un sentido u otro. Claridad y humildad son lo primero, elocuencia e inteligencia las siguen de cerca.

Jesús Llorente: Debe proyectarlo, en mi opinión, pero dejando claro desde el principio que esa es su intención.

Víctor Lenore: Para mí uno de los grandes problemas de la crítica actual es centrarse tanto en el gusto. Todo esto ha devenido en una especie de narcisismo. Dicho esto, creo que explicar al lector los efectos que la música tiene en ti es el mejor camino para transmitir los efectos que la música tiene en general (aunque no coincidan con lo que va sentir quien te lee). Eso no tiene que ver necesariamente con el gusto. Por otro lado, los críticos musicales españoles somos bastante incultos. Estoy de acuerdo, como dice Nando Cruz, en que habría que exigir una especie de examen de crítico similar al del carné de conducir. Para hacer este trabajo hay que tener unas mínimas nociones de la historia de la música popular, desde las condiciones sociológicas en las que se forma hasta haber escuchado unos cuantos discos clásicos de cada estilo importante. Sufrimos una anglofilia extrema que ningunea ramas tan importantes como la música de África y Latinoamérica, entre otras. 

David S. Mordoh: Nadie puede ser totalmente imparcial en cualquier acto de su vida, y redactar reseñas es un acto más. El gusto personal va implícito, lo cual crea tanto adeptos a una firma como detractores. Ahora bien, las fórmulas para conseguir definir el producto pueden variar (reseñas más personales o reseñas más técnicas y asépticas), incluso un mismo crítico puede optar por fórmulas distintas según el mensaje que desee emitir acerca del producto.

P. Roberto J: Sin gusto personal, no hay crítica posible. Sin una subjetividad absoluta, teñida y matizada por el bagaje/el conocimiento, un crítico no es un crítico: es la Wikipedia.

La crítica musical en España (1)

lunes, enero 24th, 2011

Hace varios meses en los comentarios de esta entrada, se planteó el papel de la crítica rock en un país como España. Entre las opiniones que fueron surgiendo, se me ocurrió reunir a algunas de las mejores plumas que actualmente funcionan en España para que dieran su visión el asunto. Todo estaba planteado para un artículo con citas, pero la cosa se fue retrasando y retrasando hasta caer casi en el olvido. Al final, recuperando todo aquello en las pasadas Navidades y viendo lo recabado, comprobé como las respuestas hablaban por sí solas. Creo que, perfectamente, se pueden soltar en bruto y a bocajarro sin más adorno.

A la cita he llamado a Ignacio Juliá (codirector de la revista Ruta 66 durante años), Jesús Llorente ( Rockdelux, Spiral y otras), Víctor Lenore (Rockdelux, Ladinamo, La Razón) David S Mordoh (Rockdelux, blog Música en la Mochila), y P Roberto J (blog Hipersónica). Los cinco son críticos destacados y de referencia, bajo mi punto de vista, y representan un poco varias edades del sector en España: desde las revistas de los setenta a los blogs que revientan visitas en Internet. Les vamos a hacer cuatro preguntas sobre su oficio. Esta es la primera

PREGUNTA: ¿CUÁL ES EN TU OPINIÓN EL PAPEL DEL CRÍTICO MUSICAL?

Ignacio Juliá: Primero, el de informador de una realidad artística, a poder ser aportando todo el contexto posible sobre la misma. Segundo, el de opinador sobre la misma, intentando que esa opinión contagie al lector las ganas de pasar por la experiencia de esa canción, ese disco, grupo, escena, estilo… Tercero, el de agitador de conciencias y señalador de tópicos y medianías.

Jesús Llorente: Selección y contagio. Saber elegir entre el maremágnum de novedades musicales, explicar el porqué de esa elección e intentar contagiar su entusiasmo (en su caso) por el disco o el artista en concreto. El lector/oyente/aficionado bien sabrá, a su vez, elegir –mediante ensayo y error, en muchos casos- entre esos mismos críticos, y aprender a fiarse o no de uno en concreto (o de varios, claro está).-

Víctor Lenore: La justificación de este trabajo me parece sencilla. El mercado (discográficas, televisiones…) nos inundan con publicidad, que es algo así como información-basura sobre lo que significa la música. Cualquier esfuerzo que se haga por contrarrestar eso tiene su mérito. Santi Carrillo, el director del Rockdelux, dice que la crítica musical es un capricho de sociedades burguesas. No estoy muy de acuerdo: como explica Ian MacKaye (Fugazi, The Evens), la música ha estado presente en todas las culturas de la historia y es algo que precede al lenguaje. “Antes de decir la primera palabra ya habría alguien haciendo ritmos con palos y piedras”. Estoy seguro de que  en cualquier sociedad más igualitaria que la nuestra (que no es difícil) este trabajo existiría (de hecho, existe en Cuba). Por otro lado, como todos sabemos, la música es una importante farmacopea, con gran capacidad para cambiar nuestros estados de ánimo. Hoy el mundo es un sitio muy hostil y cualquier fuente fiable de información para descubrir pastillas que te sienten bien es algo valioso. 

David S. Mordoh: El crítico musical debe describir el producto de la manera más certera posible y después emitir una valoración que permita al cliente hacerse una idea de lo que va a encontrar.

P. Roberto J.: Su papel no es más que el que le otorgue el lector. Si éste le considera opinión autorizada y fiable para descubrir discos o grupos y para seleccionar qué escuchar, será justo eso. Si el lector lo considera un patán sin criterio, es probable que lo sea. Huelga decir que puede ser a la vez patán y crítico fiable; nadie lo sabe todo de todo. 

Muerto Jacko, ¿quién es el rey? (4)

jueves, julio 16th, 2009

VÍCTOR LENORE (Rockdelux, La Dinamo)

dscn15501U2: Soy muy fan de la mitad de Achtung Baby!, además de otra docena de canciones de U2. Pero, siendo sinceros, les veo como rock para gente a la que no le gusta el rock. No han hecho nunca nada controvertido, nada que pueda enfadar al gran público, nada que pueda desafiarle un poco siquiera. Eso les descalifica como grupo de rock and roll y también explica su aceptación masiva. The Edge tiene un estilo inconfundible de tocar la guitarra, Bono ya sabe cantar como si hubiera vivido algo (no como en los cuatro primeros álbumes) y la sección de ritmos siempre sonó muy sólida. Aunque parezca ofensivo, la experiencia me dice que la mayoría del público de U2 es gente que no compra más de diez o quince discos al año. Si supieran sus opciones, muchos serían fans de otros artistas. Ahora mismo U2 me parecen un grupo sin rumbo que ofrece con cada disco menos de lo mismo. Suenan a algo conocido, familiar, fácilmente descifrable, carente de conflictos y de misterio. Supongo que por eso venden tanto.

Bruce Springsteen: Hace unos meses en la web Slate.com leí una frase buenísima: “¿Es posible escuchar a Bruce Springsteen sin imaginar que eres Bruce Springsteen?” Creo que ahí está su poder de seducción: representa a una especie de superhéroe que todos quisiéramos ser en la vida cotidiana. Incluso los perdedores de sus historias tienen un halo de dignidad y chulería muy atractivo (bueno, la mayoría, no creo que nadie quiera verse metido en The River o My Hometown). Mi impresión es que para él empieza la cuesta abajo. En solitario no tiene la misma intensidad que con The E Street Band y estos empiezan a mermarse entre muertes prematuras y problemas de salud. Hace dos o tres giras que Clarence Clemmons saca un butacón para poder sentarse cuando no toca el saxo. Me da que lo mejor lo ha dado ya, pero eso dijeron muchos de Johnny Cash y acabó haciendo discos enormes al borde la muerte. In boss we trust.

Madonna: Dicen los expertos en mercadotecnia pop que te conviertes en estrella cuando consigues seducir simultáneamente al público infantil y la comunidad gay. A la altura de Like a Virgin, su segundo disco, ella ya tenía a los dos en el bolsillo. Tengo una amiga feminista que dice que los vídeos de Madonna han contribuido más a que las chicas se sientan poderosas que todas las cantautoras del mundo juntas. Sabe contagiar la sensación de confianza y de control sobre tu vida. Por desgracia con los años se convirtió en aburrida neohippie (Ray of Light) y diosa de los fashion victims. En esta gira sale en un Rolls y dos canciones después habla del hambre el África. Resumiendo: hoy combina lo peor de Paris Hilton con lo peor de Pedro Guerra.

Rolling Stones: Creo que se convirtieron en artistas globales porque capturaron mejor que nadie un montón de energías sociales reprimidas que salieron a la luz en los sesenta y setenta. Además , todas sus canciones hablan de necesidades humanas básicas. Mira por ejemplo Gimme Shelter, podría ser el himno oficial de la crisis que estamos viviendo. Hoy se han convertido en un grupo de autohomenaje, pero el concierto de la gira 40 Licks (verano de 2003) en el Vicente Calderón es de lo mejor que he visto sobre un escenario en los últimos veinte años. Y eso que acudí sin mucha esperanza de ver algo sustancioso”.

Michael Jackson: Si no hubiera existido habría que inventarlo. Bad es una obra maestra. Creo que si hoy no tenemos otro como él es porque en 2009 los medios de comunicación son mucho más conservadores que en 1982. Ahora mismo tendrían que estar dando máximo protagonismo a artistas tan singulares, alucinantes y mágicos como él. Me vienen a la cabeza M.I.A o Gnarls Barkley, que podrían ocupar perfectamente su lugar, pero no se ha dado al gran público la oportunidad de conocerlos a fondo como sí tuvo él en la época de Thriller y siguientes.