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Los 10 mejores discos internacionales del 2011

Jueves, diciembre 29th, 2011

Ha vuelto. Se llama Polly Jean Harvey, derrocha talento y convierte en oro casi todo lo que toca. Su Let England Shake es una nueva lección de cómo llevar una carrera hacía la excelencia, dejando a la crítica boquiabierta. De manera casi unánime, la prensa especializada ha considerado que es la autora del disco del año. Y aquí, en este blog devoto siempre de la británica, se piensa exactamente lo mismo. Ella encabeza una lista en la que se quedaron a las puertas grandes discos como los de Bon Iver, Fleet Foxes, Girls, Arctic Monkeys, Björk, Bill Callahan, Radiohead o Eilen Jewell.

1. PJ HARVEY “Let England Shake” (Island). Difícil lo tenía Pj Harvey para superar a White Chalk (2007), aquella joya de folk gótico y fantasmagórico con la que había reinventado su carrera. Pero lo hizo. Tirando de sus hallazgos formales mucho más allá y dando una vuelta de tuerca total en el contenido (de la radiografía emocional personal al retrato del carácter bélico de su país, ahí es nada), Polly ofreció un nuevo golpe de autoridad, exigiendo por enésima vez un sitio en la gloria rock. A estas alturas decir que estamos ante su figura más importante de las últimos 20 años no supone ninguna exageración.

2. THE VACCINES “What Did You Expect From The Vaccines?” (Sony). El debut pop del año. Directo, poderoso e infalible. Como los primeros álbumes de Oasis, The Arctic Monkeys o The Strokes este trallazo va al corazón del oyente a por todas, sin coartadas artísticas, afán de innovación ni nada parecido. No, lo que se incluyen aquí son 12 himnos de juventud para llevar a todo volumen en el Iphone, sintiéndose el protagonista de algo. Y eso, a veces, es lo más trascendente del mundo.

3. JOSH T. PEARSON “The Last Of The Country Gentelmen” (Mute). El subgénero de los discos de ruptura ya cuenta con un nuevo clásico. Diez años después de formar parte de Lift To Experience, Josh T. Pearson ofrece su primer álbum en solitario: una desgarradora sucesión de confesiones sobre el amor roto y la imposibilidad de rehacerlo. Adioses, aullidos, cuernos, adicciones, perdones, infiernos y lágrimas se suceden en un verdadero tour de force expresivo. Con la ayuda de una guitarra y ocasionales arreglos de cuerda, esta especie de Jeff Buckley cayendo en picado ha dejado una pequeña obra maestra.

4. LOW “C’mon” (Sub Pop). Aunque algún fan los acuse de no mirar hacia delante y de regodearse en logros pasados, lo cierto es que el nuevo disco de Low conmueve desde el minuto uno. Todo suena familiar, todo entra a la perfección, todo invita a dejarse arrastrar por su corriente. Primero, a modo de canción de cuna con Try To Sleep. Luego, sacando las uñas con Witches. Más tarde, pintando ambientes circulares con Especially Me. Y, ya casi al final, llegando a una extensa pieza de repetición y emoción a flor de piel con Nothing But Heart. Cuando Something’s Turning Over cierra el álbum, como si de R.E.M. se tratase, el enamoramiento resulta total. Otra vez más.

5. TOM WAITS “Bad As Me” (Anti). Llevaba sin grabar nada nuevo desde el 2004 y para su retorno no se ha complicado la vida. Nada de piruetas formales en pos de una nueva vía en su trayectoria. Vuelta a Nueva Orleáns y las canciones de blues sinuoso y arrastrado. En ese sentido Bad As Me es toda una lección de estilo, ese en el que su voz cavernosa comanda ambientes oscuros de guitarras espesas, vientos que sacuden las piernas y percusiones que ejemplifican a la perfección el misterio que el rock aún tiene. Despreciar esta joya porque “no aporta nada nuevo” es, como en el caso de Low, dejar a un lado un trabajo de muchísimos quilates.

6. ANNA CALVI “Rider To The Sea” (Domino). Hay que confiar en Anna Calvi. Ahora que Pj Harvey dejó a un lado las guitarras a fuego lento este debut se presenta como el recambio idoneo. Como PJ, Calvi camina por los claroscuros del rock, se entrega a la pasión y al drama sin mirar atrás y crea verdaderas bolas de ardiente emoción. Canciones como Desire, No More Words o Blackout son de lo mejorcito que se ha podido escuchar este año y auguran vida más allá de un afortunado primer paso. Por eso, aunque no estemos ante el nivel de PJ (¿alguien lo está?), hay que confiar.

7. JAMES BLAKE “James Blake” (Atlas). El disco electrónico del año junto al de Nicolas Jaar. Tras llamar a atención y reclamar foco con los epés previos la puerta de largo en formato elepé de James Blake se ha convertido en un acontecimiento. Tirando de los hallazgos del dubsteep lo que en realidad hace Blake es un disco de soul, suave e íntimo que funciona a la perfección con auriculares, luces apagadas y nada de prisa. Quien lo haya escuchado, ya sabrá de lo que hablamos. Quien no, se está perdiendo una experiencia única.

8. EMA “Ema” (Souterrain Transmissions). Otro debut espectacular. Comparada con Cat Power o la Liz Phair de Exile in Guyville, EMA ofrece en su saludo al mundo una ración de baja fidelidad en el que, bajo un manto de niebla espesa, surgen pequeñas miniaturas de folk-rock que acogen desde historias de góticos que juguetean con al suicido (Butterfly Knife) a confesiones sobre el otro lado de las drogas (Marked), pasando por exabruptos contra la ciudad odiada (California). Todo, arañando, incomodando, haciendo que, escucha a escucha, el disco revele nuevos matices.

9. THE HORRORS “Skying” (XL). Si con Primary Colours dejaron claro que eran muchísimo más que un look afortunado, en su tercer álbum confirman que su idilio con la inspiración tiene continuidad. Tirando ahora hacia la psicodelia densa, con ecos de los grupos afterpunk de los primeros ochenta (Echo & The Bunnymen o The Chamaleons, pero también Simple Minds) y del Manchester más espacial, ofrecen un trabajo sólido y compacto lleno de grandes momentos y con una recta final espectacular. La dupla de Moving Futher Away y Oceans Burning es toda una invitación al gozo auricular.

10. VERONICA FALLS “Veronica Falls” (Slumberland). Este cuarteto británico es la quitaesencia del indie-pop. Adoradores del sonido c-86, sirven en su álbum homónimo una colección de canciones entre las que se encuentran ecos de The Pastels, Heavenly, Lush o The Vaselines, perfectamente encajados en canciones maravillosas. Como ocurrió hace dos temporadas como The Pains Of a Being Pure At Heart abren el baúl de sonidos olvidados y se los presentan a las nuevas generaciones con singles tan perfectos como Bad Feeling o Beachy Head.

Inglaterra presenta a su nueva dama del rock: Anna Calvi

Lunes, enero 31st, 2011

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Anna Calvi es una de esas artistas que quieres que te guste desde el minuto uno. Atractiva y misteriosa, con una imagen que promete romanticismo, pasión y desgarro a partes iguales, seduce al instante. Asoma su rostro en un periódico gratuito londinense y, observándola en el asiento del metro, se puede sentir la excitación silenciosa junto a unas ganas locas de escucharla. En las palabras que acompañan a la imagen van cayendo nombres ilustres. Rob Ellis, uno de los habituales de Pj Harvey, la produce. Brian Eno la apadrina. Y Nick Cave se la llevó de telonera con Grinderman. De nuevo, miras la fotografía y paseas los ojos por sus labios rojísimos, su tez blanca de muñeca de porcelana y sus ojos verdeazulados con pestañas infinitas. Se presiente que, en efecto, aquí puede estar uno de los discos del año.

Lo es, no lo duden. Al menos hasta que PJ Harvey ponga el rock británico en el estadio de sobresaliente el próximo 14 de febrero y deje en nada a la competencia. Pero, bueno, esa es otra liga. Por ahora, Anna Calvi (Domino, 2011) suena lento, adictivo y perturbador, con ese sonido oscuro y poderoso que primero crea su espacio y, luego, crece y crece, minuto a minuto. Como un susurro rock que brota en la oscuridad, el álbum se inaugura con la instrumental Rider to the Sea, una secuencia de reveraciones, guitarras metálicas y guiños a Ennio Morricone diseñada para aclimatar al oyente. Sí, Calvi y su enamoradiza dicción lenta y esquiva propone música hecha a la sombra, canciones que reptan sinuosas en busca de un haz de luz y que, casi siempre, logran conmover.

Hablamos del satén de No More Words, el golpe seco de energía a lo Patti Smith de Desire o la ensoñación de First We Kiss, piezas que caminan en un lugar intermedio entre Pj Harvey, Chris Isaak y Marianne Faithfull. Es decir, pura delicia para los amantes de las guitarras que persiguen la belleza oculta entre los claroscuros del rock. Todo para finalmente prender la mecha de la épica y trenzar un tema con madera de himno, Blackout -desde ya uno de los temas de la temporada-, y cerrar el disco hinchando el pecho en Love Won´t Be Leaving, con el oyente abrazado a su fotografía y haciéndole sitio dentro de su particular santuario de la mitología rock.

Que nadie saque conclusiones precipitadas. Esto no es un debut estratosférico como Dry de Pj Harvey ni el Grace de Jeff Buckley. Anna, en varias ocasiones, aún se muestra demasiado deudora de sus influencias (en especial, respecto a PJ Harvey) y el acabado no alcanza tanto nivel de perfección estética y emocional como en los títulos citados. Pero de lo que no queda ninguna duda es que estamos ante un interesantísimo primer paso para una artista que promete ponernos la piel de gallina en más de una ocasión. Pulsen abajo y entenderán el porqué.

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