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NOS Primavera Sound: Decepciones, reinvenciones, escalofríos e ilusión

Sábado, Junio 11th, 2016

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A nadie se le escapa: el viernes 10 era el día grande del NOS Primavera Sound. Un cruce perfecto de historia, presente y ilusión de futuro. Lo primero lo puso Brian Wilson, recuperando el Pet Sounds, casi como haciéndose un tributo a sí mismo. El presente vino de la mano de una clásica contemporánea: Pj Harvey, en su enésima reinvención. Y luego, dos calambres de juventud: demoledor con Savages, deliciosamente suave con Beach House.

Empezó la noche magia con (relativa) decepción. Sí, lo de Brian Wilson resultó muy mediocre. Pero se atenúa entre paréntesis por el cariño. Objetivamente, aquello resultaba difícil aceptar: un mito del pop incapaz de cantar su propia obra y respaldado de una banda a la que le faltaban muchos ensayos y más solidez. Desgranaron el Pet Sounds completo, con un aperitivo y epílogo de grandes éxitos. Con el corazón ganado, completamos en nuestra cabeza lo que faltaba, fundimos lo que andaba disperso, cumplimos con la devoción y hasta terminamos bailando el Surfin’ USA. Gracias por todo Mr. Wilson.

Le siguió en el plan Savages. Había dudas porque en su escenario habían tocado antes Destroyer con mal sonido. En su caso resultó perfecto. Lo que para Savages equivale a demoledor. Hacía tres años que habían asombrado a todos (incluso a sí mismas) en el mismo festival. En esta ocasión llegaron con Adore, menos chorro de ruido y más claroscuros. Pero igual intensidad. Jenny Beth advirtió que le dolía la espalda y no podía bailar. Pero a los 5 minutos se olvidó. Son una de las mejores bandas de rock del momento. Y en directo, te tensan, te obliga a avanzar sitios adelante y te ponen en el éxtasis cuando su música hace escaladas épicas. Un conciertazo.

Para Pj Harvey se concentró la gran mayoría del público. Irrumpió con un set más propio de una banda de world music que una banda de rock. E hizo un calculado resumen de sus dos últimos discos, interpretados con maestría. Más propio de un auditorio que de un gran festival, su actuación obvió el arañazo del pasado, aquel que se veía como una marca de la casa. Incluso el rescate de 50ft queenie, Down By The Water y To Bring You My love resultó atenuado a la sonoridad actual. La última se funcinó perfectamente con River Anacostia. Lirismo a flor de piel, una voz en plenitud de facultades dibujando la pieza y la gente boquiabierta deseando que aquello no terminase jamás.

Beach House también actuaron en el escenario grande. Resulta misterioso como un grupo así ha logrado calar en tanta gente, cuando su música -pop, sí, pero no de ese pop- a priori no parece señalada para el triunfo. Pero ahí estaban sus fans. Un poco extrañados con el arranque de Beyond Love y Wishes. Una batería que se comía todo, unos teclados atmosféricos minimizados y Victoria Legrand con la voz renqueante. Resultó una falsa alarma. En cuanto el técnico dio con la tecla y la vocalista encontró el punto, trenzaron una actuación ma-ra-vi-llo-sa. Dándole nueva vida con la instrumentación, apretando la manilla de los clímax y bañándolo todo con proyecciones oníricas, lo cierto es que su pase tuvo todo lo que un concierto suyo debe tener. Caras de placer en el público, pequeños vaivenes de cabeza y una corriente de luz invisible entre ellos y cada uno de los espectadores. «Os amamos, no perdáis nunca vuestra sensibilidad», decía Victoria al final. Una frase que le rebotamos encantados de la vida.

Foto Pj Harvey: EFE/EPA/JOSE COELHO

Los 10 mejores discos internacionales del 2011

Jueves, Diciembre 29th, 2011

Ha vuelto. Se llama Polly Jean Harvey, derrocha talento y convierte en oro casi todo lo que toca. Su Let England Shake es una nueva lección de cómo llevar una carrera hacía la excelencia, dejando a la crítica boquiabierta. De manera casi unánime, la prensa especializada ha considerado que es la autora del disco del año. Y aquí, en este blog devoto siempre de la británica, se piensa exactamente lo mismo. Ella encabeza una lista en la que se quedaron a las puertas grandes discos como los de Bon Iver, Fleet Foxes, Girls, Arctic Monkeys, Björk, Bill Callahan, Radiohead o Eilen Jewell.

1. PJ HARVEY “Let England Shake” (Island). Difícil lo tenía Pj Harvey para superar a White Chalk (2007), aquella joya de folk gótico y fantasmagórico con la que había reinventado su carrera. Pero lo hizo. Tirando de sus hallazgos formales mucho más allá y dando una vuelta de tuerca total en el contenido (de la radiografía emocional personal al retrato del carácter bélico de su país, ahí es nada), Polly ofreció un nuevo golpe de autoridad, exigiendo por enésima vez un sitio en la gloria rock. A estas alturas decir que estamos ante su figura más importante de las últimos 20 años no supone ninguna exageración.

2. THE VACCINES “What Did You Expect From The Vaccines?” (Sony). El debut pop del año. Directo, poderoso e infalible. Como los primeros álbumes de Oasis, The Arctic Monkeys o The Strokes este trallazo va al corazón del oyente a por todas, sin coartadas artísticas, afán de innovación ni nada parecido. No, lo que se incluyen aquí son 12 himnos de juventud para llevar a todo volumen en el Iphone, sintiéndose el protagonista de algo. Y eso, a veces, es lo más trascendente del mundo.

3. JOSH T. PEARSON “The Last Of The Country Gentelmen” (Mute). El subgénero de los discos de ruptura ya cuenta con un nuevo clásico. Diez años después de formar parte de Lift To Experience, Josh T. Pearson ofrece su primer álbum en solitario: una desgarradora sucesión de confesiones sobre el amor roto y la imposibilidad de rehacerlo. Adioses, aullidos, cuernos, adicciones, perdones, infiernos y lágrimas se suceden en un verdadero tour de force expresivo. Con la ayuda de una guitarra y ocasionales arreglos de cuerda, esta especie de Jeff Buckley cayendo en picado ha dejado una pequeña obra maestra.

4. LOW “C’mon” (Sub Pop). Aunque algún fan los acuse de no mirar hacia delante y de regodearse en logros pasados, lo cierto es que el nuevo disco de Low conmueve desde el minuto uno. Todo suena familiar, todo entra a la perfección, todo invita a dejarse arrastrar por su corriente. Primero, a modo de canción de cuna con Try To Sleep. Luego, sacando las uñas con Witches. Más tarde, pintando ambientes circulares con Especially Me. Y, ya casi al final, llegando a una extensa pieza de repetición y emoción a flor de piel con Nothing But Heart. Cuando Something’s Turning Over cierra el álbum, como si de R.E.M. se tratase, el enamoramiento resulta total. Otra vez más.

5. TOM WAITS “Bad As Me” (Anti). Llevaba sin grabar nada nuevo desde el 2004 y para su retorno no se ha complicado la vida. Nada de piruetas formales en pos de una nueva vía en su trayectoria. Vuelta a Nueva Orleáns y las canciones de blues sinuoso y arrastrado. En ese sentido Bad As Me es toda una lección de estilo, ese en el que su voz cavernosa comanda ambientes oscuros de guitarras espesas, vientos que sacuden las piernas y percusiones que ejemplifican a la perfección el misterio que el rock aún tiene. Despreciar esta joya porque “no aporta nada nuevo” es, como en el caso de Low, dejar a un lado un trabajo de muchísimos quilates.

6. ANNA CALVI “Rider To The Sea” (Domino). Hay que confiar en Anna Calvi. Ahora que Pj Harvey dejó a un lado las guitarras a fuego lento este debut se presenta como el recambio idoneo. Como PJ, Calvi camina por los claroscuros del rock, se entrega a la pasión y al drama sin mirar atrás y crea verdaderas bolas de ardiente emoción. Canciones como Desire, No More Words o Blackout son de lo mejorcito que se ha podido escuchar este año y auguran vida más allá de un afortunado primer paso. Por eso, aunque no estemos ante el nivel de PJ (¿alguien lo está?), hay que confiar.

7. JAMES BLAKE “James Blake” (Atlas). El disco electrónico del año junto al de Nicolas Jaar. Tras llamar a atención y reclamar foco con los epés previos la puerta de largo en formato elepé de James Blake se ha convertido en un acontecimiento. Tirando de los hallazgos del dubsteep lo que en realidad hace Blake es un disco de soul, suave e íntimo que funciona a la perfección con auriculares, luces apagadas y nada de prisa. Quien lo haya escuchado, ya sabrá de lo que hablamos. Quien no, se está perdiendo una experiencia única.

8. EMA “Ema” (Souterrain Transmissions). Otro debut espectacular. Comparada con Cat Power o la Liz Phair de Exile in Guyville, EMA ofrece en su saludo al mundo una ración de baja fidelidad en el que, bajo un manto de niebla espesa, surgen pequeñas miniaturas de folk-rock que acogen desde historias de góticos que juguetean con al suicido (Butterfly Knife) a confesiones sobre el otro lado de las drogas (Marked), pasando por exabruptos contra la ciudad odiada (California). Todo, arañando, incomodando, haciendo que, escucha a escucha, el disco revele nuevos matices.

9. THE HORRORS “Skying” (XL). Si con Primary Colours dejaron claro que eran muchísimo más que un look afortunado, en su tercer álbum confirman que su idilio con la inspiración tiene continuidad. Tirando ahora hacia la psicodelia densa, con ecos de los grupos afterpunk de los primeros ochenta (Echo & The Bunnymen o The Chamaleons, pero también Simple Minds) y del Manchester más espacial, ofrecen un trabajo sólido y compacto lleno de grandes momentos y con una recta final espectacular. La dupla de Moving Futher Away y Oceans Burning es toda una invitación al gozo auricular.

10. VERONICA FALLS “Veronica Falls” (Slumberland). Este cuarteto británico es la quitaesencia del indie-pop. Adoradores del sonido c-86, sirven en su álbum homónimo una colección de canciones entre las que se encuentran ecos de The Pastels, Heavenly, Lush o The Vaselines, perfectamente encajados en canciones maravillosas. Como ocurrió hace dos temporadas como The Pains Of a Being Pure At Heart abren el baúl de sonidos olvidados y se los presentan a las nuevas generaciones con singles tan perfectos como Bad Feeling o Beachy Head.

PJ Harvey “Let England Shake” (Island, 2011)

Jueves, Marzo 10th, 2011

PJ Harvey ha abierto un paréntesis. Con Let England Shake deja apartada la exploración interior para intentar radiografiar el estado de su nación, Inglaterra, y la causas de su espíritu guerrero. Ahora Polly nos lleva a una primera persona colectiva que traza, canción a canción, un recorrido que va desde la batalla de Galípoli de 1915 a la actual intervención en Afganistán de las tropas de su país. Para ello, la artista ha optado por un sonido con intenciones de atemporalidad. Grabado en una iglesia del siglo XIX de Dorset, su pueblo, con el círculo de músicos de su confianza (Mick Harvey, John Parish) y su productor estrella (Flood), el nuevo trabajo de PJ Harvey recoge el testigo donde lo dejó White Chalk (2007). Y lo abre en una fascinante amalgama de formas y estilos.

Aún estando lejos del corte unitario de su predecesor, sí que se perciben las mismas desviaciones de folk fantasmal en cortes como Hanging In The Wire. También las atmósferas vaporosas, que parecen musicar el sonido mismo del humo saliendo del hielo y miran de reojo al ambient-pop de los ochenta. Ahí está la influencia de Cocteau Twins en piezas como la titular Let England Shake, Written On The Forehead o The Words That Maketh. Y, cómo no, también hay recordatorios a su sonido de siempre, bien en su vertiente de rock al ralentí (The Last Living Rose ) o de folk desgarrado ( England ). Todo para dar forma a otro álbum excelente que revalida a PJ Harvey como una figura sin parangón en la actualidad.

Siempre necesaria, Polly ofrece una nueva lección maestra. Desde ya, este es uno de los grandes discos del 2011.
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Una década en canciones (1ª parte)

Viernes, Enero 8th, 2010

Nota: se han quitado todos los vídeos porque daban problemas a la hora de cargar la página

La canción recupera el reinado en el mundo pop. El siglo XXI ha dejado desfasado el elepé. Las descargas digitales han devuelto a los temas sueltos todo su valor y han dejado, en muchas ocasiones, los discos en un segundo plano. Recogemos en tres entregas el artículo que sale publicado hoy en las páginas centrales del Fugas

Los puristas venían reclamando en los ochenta y los noventa el single como vehículo ideal de la música pop frente al elepé. Fetichismos aparte, el argumento era demoledor: en muchos casos había que adquirir el álbum completo cuando el interés radicaba solo en una canción. La industria, favorecida con el cambio, ni caso. Pero, paradojas de la vida, la modernidad revitalizó esa idea. Eso sí, no en rodajas de vinilo de siete pulgadas, sino en descargas digitales directas a los reproductores de MP3 o a los móviles en formato politono. Sea como sea, durante estos diez años ella, la canción, ha sido la reina. Repasemos las que han sido algunas de las más representativas (¡ojo! no son necesariamente las mejores) en la primera década del siglo.

COLDPLAY «Viva la vida» (2008)
Pese a las acusaciones de plagio (tanto Alizee como Creaky Boards tienen temas sospechosamente parecidos), Chris Martin y sus chicos tocaron la gloria con ella. Cuerdas, épica y pop al servicio de la historia del rey destronado. Se dice que aludía a George Bush. Curiosamente, el PSOE, que la empleó en la campaña autonómica, perdió su trono en el Gobierno gallego. Sin embargo, Pep Guardiola, que se la ponía a sus chicos en los entrenamientos del Barcelona, conquistó el triplete.

LORNA «Papichulo» (2002)
El regatón ha sido el género más novedoso y uno de los más discutidos de la década. Uno de sus grandes himnos se puede encontrar en esta canción. Contiene las claves (ritmo machacón, letras con constantes referencias al sexo, dicción macarra) en su versión más refinada, comercial y para todos los públicos. En cuanto se escucha eso de «papipapi, papichulo» se adhiere como un chicle.

MADONNA «Hung Up» (2005)
Kylie Minogue y Gwen Stefani habían dejado obsoleta a Madonna en esta década. Celosa, decidió dar un golpe de autoridad con un single que llegó como un auténtico ciclón. ¿La receta? Estética retrosetentera, un sampler de Abba, una producción excelsa y mucho fuego con una canción que en realidad es más una sensación de euforia discotequera que otra cosa. Un hit en toda regla.

THE STROKES «Last Nite» (2001)
Como los Stone Roses de 1989, The Strokes parecían haber nacido para una única cosa: ser adorados. Con una aleación precisa y perfecta de guitarras, pantalones pitillo e indolencia lograron agotar las existencias de Converse Allstar, descubrir a los Modern Lovers a toda una generación y convertir Nueva York durante unos años en la capital pop. Ah y dar canciones tan vigorosas y energéticas como este Last Nite.

AVRIL LAVIGNE «Complicated» (2002)
Si todas las adolescentes de la primera mitad de la década querían tener la raya del ojo gruesa fue, en gran parte, por culpa de esta chica y de esta canción. Se trata de una resultona melodía que gira en torno a lo difíciles que son los chicos en las relaciones. «¿Por qué tiene que ir y hacer las cosas tan complicadas?», pregunta en su estribillo con una actitud entre Green Day, una rapera y una chica emo. Nena Daconte la saqueó en su En qué estrella estará.

RADIOHEAD «Idioteque» (2000)
El gran disco rock de la década llegó pronto. Con Kid A Radiohead perfilaron cómo debería ser el rock más excitante del siglo XXI: inquietante, oscuro y opresivo. Este tema es lo más parecido a un single que tuvo el álbum, todo un no-hit. Una parte de la crítica más tiquismiqui inicialmente les negó el saludo (decían que !plagiaban a Autechre!), pero al final parece que se impuso el sentido común y nadie los apea entre los imprescindibles de los dosmiles.

BEYONCÉ «Crazy in Love» (2003)
En Beyoncé encontramos el clásico ejemplo de artista que combina discos mediocres y canciones sueltas totalmente demoledoras. Crazy In Love apeló al soul tórrido de la mano de un sampler de los Chi-Lites y un videoclip inenarrable. Nadie, o casi nadie, se pudo resistir. Y la máquina de éxitos sigue funcionando con cosas tan maravillosas como Single Ladies, un tema que tiene más riesgo y experimentación que las obras completas de Franz Ferdinand, Bloc Party y Futureheads juntos.

PRIMAL SCREAM «Svastika Eyes» (2000)
Cuando en los primeros años de la década ibas a una discoteca y la gente se volvía literalmente loca escuchando esta canción, tenías la sensación de estar viviendo un momento único. Si eso se trasladaba al escenario de un gran festival, todo se acrecentaba. Swastika Eyes fue una de las razones que convirtió a Primal Scream en los grandes salvadores de ese rock n´roll que tiene un pie en Can, otro en los Stooges y otro en Little Richard. Aguantaron otro asalto con Evil Heat y aquel puñetazo de Miss Lucifer y, luego, bueno, bajaron bastante el nivel. ¡Cómo los echamos de menos!

DORIAN «A cualquier otra parte» (2007)
El pop español debería ser siempre así: adictivo, excitante, siempre cautivador. Dorian han grabado, sí, la mejor nación nacional de la década, demostrando que se puede llegar a un público más allá del indie con la calidad por bandera usando el principal canal de distribución con el que cuentan los grupos que no salen en los 40: los dj´s. Esta canción es ya un himno de club y ha calado, incluso, en quienes no soportan al grupo.

PJ HARVEY «Good Fortune» (2000)
Pj Harvey no solo dejó dos obras maestras (Stories From The City, Stories From The Sea y White Chalk), dos álbumes notables (Uh Huh Her y el A Woman A Man Walked By con John Parish) y uno de los mejores directos de la década, sino que además ha dejado una hilera de canciones sueltas memorables. En Stories From The City, más atractiva y magnética que nunca, sacó a relucir su lado más pop y dejó, entre muchas otras, un tremendo Good Fortune. ¿Lo malo para ella? Pocos periodistas se resistieron a plantearle sus parecidos con Patti Smith, esos de los que PJ incomprensiblemente siempre reniega.

Rock carnal sobre tacones de aguja

Martes, Marzo 10th, 2009

Hablábamos ayer de lo sublime.

Aunque luego sería un concepto que se iría maleando con el tiempo, originalmente por sublime se entendía aquella categoría en la que el espectador sufre una pérdida de la racionalidad, logra una identificación total con el proceso creativo del artista y también siente un gran placer estético. Un placer que, en ocasiones, de tan puro puede llegar incluso a desembocar en dolor y confundir las sensaciones. Podría ser la definición exacta de una artista como Pj Harvey, pero sobre todo de lo ocurrido aquel día. Fue en la última jornada del Festival de Benicassim del 2001, un domingo. El sábado, Belle & Sebastian habían convertido la carpa secundaria en un estallido de júbilo pop. No había duda entonces: el suyo era el concierto del año. Pues tenía que haberla. La duda, y las dudas. Muchas. Porque faltaba Pj Harvey. Y la Harvey sobre un escenario es otra cosa. Pero ese día fue algo más, mucho más: un meteorito de rock incandescente que dejó claro, para siempre ya, que nadie, absolutamente nadie estaba a su nivel. Ni, seguramente, lo está salvo casos contados.

Hablábamos de identificación total con el proceso creativo. Tardó apenas unos segundos. Subida sobre unos vertiginosos tacones, con apenas una falda y un sujetador, salió a escena dejando a todo el Fib boquiabierto. A partir de ahí, la metralla rock no dejó solo respiro. Una bola de energía que crecía canción a canción, como si la misión fuera conquistar el éxtasis. Como moscas atrapadas por la luz, nos quedamos abducidos, completamente embobados por una mujer que sobre las tablas se convierte en un animal bellísimo y salvaje, el más fascinante del planeta rock.

Hablábamos de metralla rock. El disco que había que presentar, Stories From The City Stories From The Sea, suponía una vuelta a las guitarras por la vía luminosa. Con la artista más atractiva que nunca y exhibiendo todo su poderío escénico, ellas (Big Exit, This is Love, The Whores Hustle And The Hustlers Whore…) eran el pretexto perfecto para que Pj extendiera sus hilos y nos manejase a su antojo, como marionetas. Margaret de Laika a la guitarra las elevaba a golpe de ruido las canciones y ella desafiante, miraba a 30.000 personas desde lo alto consciente de que las tenía a todas en el bolsillo. Solo era pulsar allí donde la gloria estaba asegurada. Rid Of Me, solo ella y una guitarra, aullando versos de amor, desesperación y deseo. Man Size sacando uñas, guitarras con filo y grandilocuencia. Down By the Water, con esa imagen grabada para siempre en la retina: espalda recta, una pierna adelante, otra atrás frente al micro y las maracas agitándose como el cascabel de una serpiente.

Hablábamos de pulsar en el botón de la gloria. Fue una hora y pico de rock total. Una de esas experiencias que te devuelve la fe en la música, barre las listas imaginarias que uno tiene contruidas en la cabeza y fija un pico. Sí, sí. Ni Neil Young, ni Bob Dylan, ni Sonic Youth, ni Diabologum, ni Primal Scream por citar algunos de los mejores conciertos de rock que he visto en mi vida, me han hecho sentir algo tan intenso como lo de aquel día. Realmente, nadie lo ha logrado superar. Ni si quiera la propia PJ.

Hablábamos, eso, de lo sublime. Es decir, de esto:

Otra experiencia pjharveyana

La más grande

Lunes, Marzo 9th, 2009

Conviene, de cuando en cuando, acercarse a lo sublime para recordar qué es lo importante y qué es lo prescindible. El problema es que una artista como Pj Harvey hace que el 99% de lo que se puede oír por ahí parezca totalmente insignificante. Ella maneja a su antojo los resortes clásicos del rock y los expulsa enervando al oyente, que siente el rock hecho carne en la suya. Lo hace de tal modo, que se puede sentir toda esa sacudida de violencia, sexo y pasión de una música impresionante. El 30 vuelve con un nuevo álbum A Woman A Man Walked By grabado junto a su eterno colega John Parish. Nos tememos que, una vez más, nos tendrá a sus pies.

En sala mejor, por favor

Lunes, Junio 16th, 2008

Grabar en analógico, usar instrumentos de época, editar en vinilo… La liturgia rock está llena de lugares comunes en los que se acude en la búsqueda de la pureza y la autenticidad. Todo para alejarse de ese devenir de los tiempos que, en ocasiones, desvirtúa la esencia y el sentido de todo ello. Si se fijan, hasta los grupos más modernos, en cuanto tienen algo de dinero y medios, se refugian en lo supuestamente “verdadero”.

No ocurre así, sin embargo, con las salas de conciertos, el lugar natural del rock, donde muchos aprendimos a disfrutar de la música en vivo golpeándote en la cara, como debe ser. Estas cada vez están más devaluadas en favor del formato “rock en el teatro” o el inevitable festival, creando algo inaudito: una generación de aficionados a la música que, pese a contar con varios fibes y summercases en la mochila, apenas pisan las salas de su ciudad.

Al modelo teatro/auditorio se le otorga el plus de la calidad sonora y la comodidad. Al de festival el factor pack, es decir poder ver 20 grupos por el precio de uno (aunque… al final termines viendo 15 minutos de 5 grupos) y, como no, el buen rollito de pasar un fin de semana fuera de casa. Entre ambas modalidades, que hace un década eran la excepción y ahora empiezan a ser la norma, se está arrinconando a las salas a ser meros receptores de bandas pequeñas o medianas, en el caso de ser nacionales. Ello es debido a que el formato teatrero y festivalero cuenta, por lo general, con dinero público y/o de fundaciones, y con su proliferación se ha generado una guerra de promotores para lograr artistas, que no ha hecho sino disparar cachés de bandas a un precio que ninguna sala, que no cuente con una subvención pública (es decir, ninguna), puede pagar.

Una vez consumado el fenómeno, cada vez en mayor aumento, se puede encontrar con casos que hablan por sí solos. Pongamos un ejemplo. En el verano de 2003, Pj Harvey ofreció un único concierto en España. El lugar elegido fue el auditorio de Salamanca, con asientos numerados, azafatas y pulcritud máxima. Llegada la hora salió la artista y arrancó con los acordes arrastrados de To Bring You My Love. El orden, el silencio y la numeración duraron exactamente un minuto.Todo el mundo se levantó y el concierto termino siendo “de pie”, con gritos, sudor y ardor. Y es que, afortunadamente, el rock punzante y carnal, no se puede domesticar en un teatro.

El club, la sala, la oscuridad… una guitarra eléctrica nunca va a respirar mejor que ahí.

Pulp-Rock: lecciones maestras de periodismo musical

Miércoles, Junio 11th, 2008

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Ruta 66 ha sido la mejor publicación de rock editada en España. Entre sus páginas muchos hemos descubierto a MC5, Galaxie 500 o Nick Drake y hemos leído los mejores textos en castellano de Led Zeppelin, The Supremes o Wilco. Pero, sobre todo, hemos aprendido a disfrutar de un algo muy especial que solo allí se daba y que ha sido (o debería ser) un modelo a seguir por los que hoy se dedican a escribir sobre música. Nos referimos a los análisis en profundidad de los artistas, elaborados con un tono literario, detallista y erudito, en los que el escriba se sumergía en la obra a tratar aprehendiendo sus entrañas, como si fuera el último estudio que se hiciera de él (es decir todo lo contrario a la mayoría de la prensa musical actual: superficial, de tendencia, olvidable). Esos textos siempre terminaban por ser la referencia “intelectual” a la que acudir sobre seguro, en esos tiempos en los que no existía Internet y la competencia (Rockdelux, Popular 1) no estaba a la altura y era de todo, menos fiable.

Gran parte de esta reverencia se debe a Ignacio Juliá, el co-director de la revista junto a Jaime Gonzalo, que en el verano de 2005 decidió publicar Pulp-Rock (Editorial Milenio), una imprescindible antología de algunos de los mejores artículos de la revista con su firma, junto alguna pieza de la fenecida Star. El recorrido es apabullante, toda una lección maestra de literatura rock en los que caben ensayos sobre todo tipo de artistas de Roy Orbison a Hank Williams, pasando por Giant Sand. Especialmente brillante resulta la disección del Dry de Pj Harvey (uno de esos textos que los lees y necesitas ir inmediatamente a la tienda de discos a hacerte con el disco), el trepidante relato de la obra de Lou Reed en la década de los setenta o la breve pero intensísima semblanza de Joy Division.

Aunque el grueso de los textos son rescates de artículos ya publicados con anterioridad, el volumen incluye hasta cuatro piezas inéditas sobre Fred Neil, Elvis Costello, Patti Smith y Phil Sector. Solo por la última, un excelente retrato psicológico y artístico del pequeño gran genio de la era pop que produjo Be My Baby, ya merece la adquisición. Por poner un ejemplo, así describe una producción de Spector: “Meteoros incandescentes cruzando el firmamento con fogosa urgencia, óperas pop de escasos minutos propulsadas por ciclópeas orquestaciones y arreglos masivos, música abusiva y rebosante de pasión que cambió el curso de la historia”.

El libro se completa con reflexiones del autor y una coda final de J de Los Planetas donde cuenta su idilio con el Ruta 66. Un broche final para una obra por la que no estaría mal que se pasasen todo aquellos escribas, que lamentablemente son cada vez más frecuentes, cuyas herramientas de trabajo son el google, la wikipedia, las escuchas apuradas en Myspace y el recorta y pega de textos ajenos, que a su vez copiaron previamente hojas promocionales.