La Voz de Galicia lavozdegalicia.es - blogs | Inmobiliaria | Empleo | Mercadillo

Entradas etiquetadas como ‘Bloom’

Los 10 mejores discos internacionales del 2012

Miércoles, diciembre 26th, 2012

Este año habla del corazón. Sí, con Beach House no caben las disecciones científicas ni enmarques ideológico-musicales. Bloom es uno de esos discos que sencillamente se adoran con los latidos de este.Seguramente que hay álbumes más innovadores, más trascendentes y más interesantes para quienes exigen sorpresa. Pero no para los que demandan, ante todo, emoción. Ellos son los autores del mejor trabajo del 2012 para Retroalimentación, encabezando una lista que casi necesita ser ampliada. ¿El motivo? Dejar fuera los grandes trabajos que han editado este año Bob Dylan, Tame Impala, Dominique A, Flying Lotus, The Vaccines, Tindersticks o Grizzly Bear. Para el Bish Bosch de Scott Walker, lo siento, no ha dado tiempo ni para formarse una opinión. Queda para el año que viene.

1. BEACH HOUSE “Bloom” (Bella Union). Ningún otro trabajo ha logrado tantos suspiros. El cuarto trabajo de Beach House le ha sacado varias cabezas al resto de la producción del 2012 a base de belleza. Recogiendo la mejor tradición del dream-pop y usando con tino ese puente entre The Cure y los Cocteau Twins que tornaban la música en vapor de agua, insertaron en este disco diez temas que hacen sentir la ley de la gravedad. Como volver si volver a enamorarse por primera vez fuera posible, este álbum hace que uno se reconcilie con la música como vehículo hacia un mundo mejor. Así de puro y romántico. Tal y como se hacía a los 18 años en aquellas noches sin final en los que la palabra futuro era algo lejano pero esperanzador, y no una amenaza que te pisa los talones. Alex, Victoria, un millón de gracias.

2. BILL FAY “Life Is People” (Dead Oceans). Ningún otro trabajo ha generado una congoja parecida. Efectivamente, la resurección del año no solo supone un ajuste de cuentas con un injustísimo olvido, sino que se erige en uno de los trabajos más grandiosos de lo que llevamos de década. Sereno y con la emoción contenida, provoca en el oyente todo lo contrario: la conmoción. Bien en esas preciosas piezas a piano (Never Ending Happening), bien en esos humeantes momentos que parecen llegados de las catacumbas de Big Star (Pig Painter), bien dibujando perfectas piezas de pop para todos los públicos (This World), Bill Fay logra que uno no pestañee. Y que acuda inmediatamente a descubrir sus dos álbumes de los años setenta con todo un tesoro.

3. MARK LANEGAN “Blues Funeral” (4AD). Ningún otro trabajo ha perturbado así. Entregado al blues-rock viscoso, desesperado y con barniz electrónico, Lanegan superó el notable Bubblegum(2004) con un disco excelente. Oscuro y narcótico Blues Funeral crea un penumbroso estado de ánimo en el que las drogas parecen ser la una posibilidad de evasión, aunque al final terminen por tornarlo todo más negro. En un punto intermedio entre el To Bring You My Love de Pj Harvey y el Actung Baby! de U2 (sí, por mucho que pese a parte de sus fans) resulta una apabullante joya sonora de rock contemporáneo. Tremendo.

4. LEONARD COHEN “Old Ideas” (Sony). Ningún otro trabajo ha sonado tan majestuoso. Del mismo modo que lo pudimos ver en sus recitales en Vigo (2009) y Ourense (2010), el Cohen del 2012 suena como híbrido de blues a cámara lenta, aromas griegos y toques country. Cortado todo él por ese patrón, no deja de emocionar y, al llegar a la recta final, sorprender con ligeras variaciones del discurso. Ahí está esa suerte de luz espiritual de Come Healing, los caminos sinuosos de Banjo o la deliciosa nana sintética de Lullaby. Nueva lección de uno de los más grandes de la historia. Todo un lujo poder disfrutar de su crepúsculo artístico en tiempo real.

5. THE XX “Coexist” (XL). Ningún otro trabajo ha confirmado tanto las expectativas creadas. Como en su día ocurrió con el segundo disco de Portishead, no existen grandes variaciones respecto a la fórmula presentada en el debut XX (2009). Todo permanece: el minimalismo, la oscuridad, los microritmos, las super características líneas de bajo, las guitarras goteando sentimentalismo y las voces impertérritas. Una atmósfera inquietante sugieren constantemente que, tarde o temprano, se va a producir una explosión. Pero esta finalmente nunca llega generando un extraño placer, una suerte de adictivo coitus interruptus en el que se encuentran algunos de los mejores momentos del pop británico del momento.

6. DAMIEN JURADO “Maraqopa” (Secretly Canadian). Ningún otro trabajo ha resultado ser una caricia tan suave. Y todo porque el otrora arisco Damien Jurado ha encontrado en el mensaje de Jesús la paz. Desde este estado vital compuso la que es su mejor obra hasta la fecha: un espléndido catálogo de folk-pop que invita al oyente a no hacer otra cosa que no sea dejarse llevar. Con ecos de los grandes (de Nick Drake a Neil Young, pasando por Tim Buckley) y un ocasional deje bossa-novero, la fina producción de Richard Swift hace que gemas como la titular Maraqopa, This Time Next Year o Workin Titles obliguen a pensar en algo mucho más grande que “otro cantautor indie”. Estas caricias deberían llegar a muchas más mejillas.

7. ALT+J “An Awesome Wave” (Infestious). Ningún otro trabajo ha resultado tan sorprendente. Alt+J ha sido en el 2012 lo que Vampire Weekend fue en el 2008 i The XX en el 2009. Es decir, el necesario toque de frescura en un panorama pop que, por lo general, adolece de propuestas que inviten a pensar en algo parecido al futuro en un plano formal. En un amalgama infinito de estilos, aquí hay un nervioso y excitante conglomerado de rap, folk, afro-pop, psicodelia, funk y dream-pop. En cierto modo, evoca aquellos Hood de Cold House pero en versión pop y para todos los públicos.

8. SWANS “The Seer” (Young Good). Ningún disco ha resultado tan apabullante. Para muchos aquí se encuentra la secuencia sonora más potente del 2012. Alucinados por su exhibición en el Primavera Sound 2011, se esperaba con ansias este disco de retorno del grupo de Michael Gira. Y aunque no logre reproducir la magnitud de su directo (¿sería posible algo así?) The Seer se presenta como un potente bloque de rock, con un punto entre industrial, tribal y místico que persigue el trance del oyente. Lo logra.

9. GODSPEED YOU! BLACK EMPEROR “Allelujah! Don’t Bend! Ascend!” (Constellation). Ningún disco ha tensado tanto la cuerda. Fuera ideas preconcebidas. Una vez dentro de Mladic, la impresionante pieza de 20 minutos que lo inaugura, quedan claras dos cosas: que el discurso de Godspeed You! Black Emperor dista de estar agotado y que la banda continúa casada con la inspiración. Tal es así que, de salir este álbum en el 2001, estaríamos hablando probablemente de su gran clásico. Con aires arabescos y un punto de pesadez heavy sirve para revitalizar una grupo imprescindible que llevaba nueve años en silencio.

10. BRUCE SPRINGSTEEN “Wrecking Ball” (Columbia). Ningún disco ha logrado más himnos para todos los públicos. El mundo está jodido y el Boss ha querido aunar bajo el título de bola de demolición un puñado de himnos que versan precisamente sobre cuan jodido está. Con el fuego de Arcade Fire cerca y el oficio de Woody Guthrie dictándole la escencia, el Boss logra que esa mezcla entre su rock musculoso de siempre y el folk de taberna de We Shall Overcome eleve el espíritu y suene a verdad. Todo pese a todas sus contradicciones (como la de cantarle a los desheredados que jamás tendrán dinero para pagar uno de sus carísimos conciertos, pero eso es otra historia).

Beach House y las sensaciones olvidadas

Lunes, junio 11th, 2012

Bloom es un disco magnífico. El cuarto álbum de Beach House pertenece a esa clase de trabajos que mecen al oyente al sonar. Sus canciones, saliendo de los auriculares de un Iphone por la calle, generan la ilusión de caminar dentro una burbuja invisible. Llegan ahí, a ese surtidor de placer interno que parecía olvidado, el que traslada la mente a regiones lejanas llenas de nubes melódicas de un pop con rostro lánguido y tez blanca. Aunque coja divisando ya los cuarenta, suena a veintitantos: a descubrimiento del mundo, a noches interminables al amparo de la música, a momentos al margen en los que todo, absolutamente todo, podría esperar. Había una misión que resolver: acercarse lo más posible a ese lugar llamado Belleza usando la música como medio de transporte.

Imagen de previsualización de YouTube

Escúchenlo, por favor. Póngalo en su reproductor y que suene Myth, el primer tema. Que arranque con esos ritmos modelo Sarah Records. Que siga con la guitarra limpia llegada del pop inglés de finales de los ochenta y principios de los noventa. Que crezca dentro esa rueda envolvente de fondo que dibuja espirales de tenue psicodelia. Que coja brío con un bajo de querencia after-punk que da la bandera de salida. Y que tome forma con voz, asexuada (¿es un hombre? ¿es una mujer? ¿son quizá dos voces fundidas?) y contenida que, de pronto, se diluye en un falsete de vapor de agua. Vuelta a empezar y a girar, y a girar, ya tomando el sonido todo su cuerpo. Acuden a la mente Slowdive, Field Mice, The Cure, Cocteau Twins y un puñado más de nombres míticos de entonces. Cuando se pretende abrazar la canción, de pronto se eleva en guitarras poderosas. Y termina dejando una suave conmoción. Sin arrebato, sin estridencias, únicamente instalado en la frágil seguridad de caminar de la mano del pop. Sí, sí, como entonces, cuando todo, absolutamente todo, podía esperar.

Myth simplemente invita a adentrarse en un disco con el que el dúo de Baltimore ha llegado al cielo. Victoria Legrand y Alex Scally ya habían tocado la fibra con Zebra (2010), pero ahora lo han llevado todo un poco más allá. Perfeccionando el discurso y acariciando los resortes de un modo de concebir la música que permanecía guardado en el desván juvenil. ¿Recuerdan? This Is Our Music, Souvlaki, Heaven Or Las Vegas, Ultra Vivid Scene, Loveless, En cielo de océano… los títulos de una música que agotó metáforas en fanzines y pilas de walkmans en habitaciones de estudiantes. Luego llegarían las milicias del Brit-Pop para hacer borrón y cuenta nueva, la electrónica se llevaría a los oídos más sedientos de novedad y desdén se instalaría hacia una música “que no decía nada” y que solo “era estética vacía de contenido”. Había caído todo en desgracia. Algunos fans, sin embargo, continuaron persiguiendo esa sensibilidad allá en donde estuviera. Recurriendo a las fuentes originales y rastreando, luego, ecos de todo ello en los sitios más variopintos: los pliegues ambientales de Yo La Tengo, la magia encaracolada de Broadcast, los vaivenes melódicos de los Mercury Rev que se sacaron de la manga Deserter’s Songs, los maravillosos crescendos de Piano Magic, el puntillismo electrónico-psicodélico de Trembling Blue Stars y decenas y decenas de bandas que, de cuando en cuando, circulaban cerca de aquellas coordenadas.

Para ellos, para los fans de entonces, parece haber sido creado especialmente Bloom, diez estampas de un modo de hacer música muy especial. Es de suponer que al grupo del momento no le guste que se les tome como el recuerdo de algo que pasó hace tanto tiempo. Tampoco a la crítica entusiasta, que da vueltas y vueltas para evitar con todas las fórmulas posibles -!ays!- la palabra revival en sus reseñas. ¿Cómo hacerlo sin que el castillo de naipes creado durante todos estos años se venga abajo? Pero los corazones súbitamente reblandecidos ante la magia de The Hours, Laluzi, Wishes y sus deliciosas compañeras se sienten como si un disco les hubiera hecho viajar al pasado para colocarse, frente a frente de nuevo, con algo que bien pudiera ser el gran amor de su juventud. No piensan pedir perdón por ello. Tampoco justificarse. Son emociones incontrolables y tozudas que vencen a la inercia. Latidos que se empeñan, de repente, en mirar atrás. Y un bienestar que difícilmente se puede compartir. Sí, como en aquellos años, como aquellas sensaciones olvidadas, que estos alquimistas de la ensoñación han resucitado de un modo esplendoroso.

Por cierto, un millón de gracias por ello.

Imagen de previsualización de YouTubeEl grupo interpretando en directo “Wishes”, uno de los mejores temas del disco

ojd