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NOS Primavera Sound: Decepciones, reinvenciones, escalofríos e ilusión

sábado, junio 11th, 2016

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A nadie se le escapa: el viernes 10 era el día grande del NOS Primavera Sound. Un cruce perfecto de historia, presente y ilusión de futuro. Lo primero lo puso Brian Wilson, recuperando el Pet Sounds, casi como haciéndose un tributo a sí mismo. El presente vino de la mano de una clásica contemporánea: Pj Harvey, en su enésima reinvención. Y luego, dos calambres de juventud: demoledor con Savages, deliciosamente suave con Beach House.

Empezó la noche magia con (relativa) decepción. Sí, lo de Brian Wilson resultó muy mediocre. Pero se atenúa entre paréntesis por el cariño. Objetivamente, aquello resultaba difícil aceptar: un mito del pop incapaz de cantar su propia obra y respaldado de una banda a la que le faltaban muchos ensayos y más solidez. Desgranaron el Pet Sounds completo, con un aperitivo y epílogo de grandes éxitos. Con el corazón ganado, completamos en nuestra cabeza lo que faltaba, fundimos lo que andaba disperso, cumplimos con la devoción y hasta terminamos bailando el Surfin’ USA. Gracias por todo Mr. Wilson.

Le siguió en el plan Savages. Había dudas porque en su escenario habían tocado antes Destroyer con mal sonido. En su caso resultó perfecto. Lo que para Savages equivale a demoledor. Hacía tres años que habían asombrado a todos (incluso a sí mismas) en el mismo festival. En esta ocasión llegaron con Adore, menos chorro de ruido y más claroscuros. Pero igual intensidad. Jenny Beth advirtió que le dolía la espalda y no podía bailar. Pero a los 5 minutos se olvidó. Son una de las mejores bandas de rock del momento. Y en directo, te tensan, te obliga a avanzar sitios adelante y te ponen en el éxtasis cuando su música hace escaladas épicas. Un conciertazo.

Para Pj Harvey se concentró la gran mayoría del público. Irrumpió con un set más propio de una banda de world music que una banda de rock. E hizo un calculado resumen de sus dos últimos discos, interpretados con maestría. Más propio de un auditorio que de un gran festival, su actuación obvió el arañazo del pasado, aquel que se veía como una marca de la casa. Incluso el rescate de 50ft queenie, Down By The Water y To Bring You My love resultó atenuado a la sonoridad actual. La última se funcinó perfectamente con River Anacostia. Lirismo a flor de piel, una voz en plenitud de facultades dibujando la pieza y la gente boquiabierta deseando que aquello no terminase jamás.

Beach House también actuaron en el escenario grande. Resulta misterioso como un grupo así ha logrado calar en tanta gente, cuando su música -pop, sí, pero no de ese pop- a priori no parece señalada para el triunfo. Pero ahí estaban sus fans. Un poco extrañados con el arranque de Beyond Love y Wishes. Una batería que se comía todo, unos teclados atmosféricos minimizados y Victoria Legrand con la voz renqueante. Resultó una falsa alarma. En cuanto el técnico dio con la tecla y la vocalista encontró el punto, trenzaron una actuación ma-ra-vi-llo-sa. Dándole nueva vida con la instrumentación, apretando la manilla de los clímax y bañándolo todo con proyecciones oníricas, lo cierto es que su pase tuvo todo lo que un concierto suyo debe tener. Caras de placer en el público, pequeños vaivenes de cabeza y una corriente de luz invisible entre ellos y cada uno de los espectadores. «Os amamos, no perdáis nunca vuestra sensibilidad», decía Victoria al final. Una frase que le rebotamos encantados de la vida.

Foto Pj Harvey: EFE/EPA/JOSE COELHO

Los mejores discos internacionales de 2015

lunes, diciembre 28th, 2015

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Diez álbumes para perderse en ellos. Diez trabajos editados en el 2015 que acreditan que la buena música sigue ahí, entre la marabunta. Diez discos que han merecido la pena ser escuchados y que, ahora haciendo balance, reclaman su derecho a la reescucha. No se fíen de que Beach House no aparezca en casi ningún lado. Tampoco del ¿olvido? del otrora laureado Bill Fay. Y no piensen que traer aquí a Gwenno o Ryley Walker se queda en una simple una concesión a la diferencia sin dos grandes discos que sustenten la elección. Refrendemos el aplauso unánime de la crítica a Kendrick Lamar o Sufjan Stevens que se han salido del mapa. Recordemos (porque seguro que alguien lo había olvidado ya al ritmo que va todo) que Sleater Kinney y Blur abrieron el año recordando quien fueron y quien siguen siendo. Y que, vaya, Low y Dominique A continúan en su línea previsible de siempre: la de solo editar calidad. Esto es lo mejor del año para Retroalimentación

1. BEACH HOUSE “Depression Cherry” (Bella Union). Victoria Legrand y Alex Scally lo han vuelto a hacer. Han entregado otra maravilla de dream-pop especialmente diseñada para aquellos que en su día deliraron con Broadcast. Esparciendo un poco más las melodías, doblando el componente atmosférico y dejando canciones vaporosas como Beyond Love, Levitation, Space Song o 10.37, el dúo de Baltimore lo ha vuelto a hacer: poner la emoción del oyente en suspensión con un disco que incita a cerrar los ojos, volar y disfrutar con el viaje. No pocos se han sentido decepcionados con él. Les invito desde aquí a que lo intenten varias veces, mientras deslizan la yema de sus dedos por el terciopelo de su portada. Merece la pena

2. SUFJAN STEVENS “Carry & Lowel” (Asthmatic Kitty Records). La muerte de su madre en 2012 y todas las cosas que no funcionario en su relación con ella, sirvieron de argumento para el nuevo trabajo de Sufjan Stevens. Se trata de un disco acústico y cargado de sutilezas, que parece creer evocar una suerte de comunicación espiritual con todo su envoltorio ambiental de voces dobladas y ruidos de fondo. En él surgen recuerdos infantiles, sombras de esa caricia familiar que no llegó a sentir del todo y un deseo de retomar el diálogo ahora, justo ahora que ya imposible. Cantado con una fragilidad desarmante y tocado con una finura exquisita, consigue conmover y dejar con ganas de volverlo a escuchar mil y una vez.

3. SLEATER KINNEY “No Cities to Love” (Sub Pop). Hay retornos y hay retornos. El de Sleater Kinney, que volvieron diez años después de The Woods, es de los que invitan a pensar que el lapso de tiempo en realidad no existió. Con la misma fuerza, con el mismo poderío, Corin Tucker, Janet Weiss y Carrie Brownstein suman y siguen en una discografía ejemplar con canciones-emblema como A New Wave, interesantes desvíos a la síncopa post-punk como Fangless o mazazos a piñón fijo como Fade. Un gran trabajo, de esos que piden máximo volumen para ser escuchados en toda su intensidad

4. KENDRICK LAMAR “To Pimp a Butterfly” (Interscope). Para buena parte de la crítica este es el disco del año y, desde luego, en el ámbito de la música negra no admite rival. No parece una exageración. El tercer trabajo de Kendrik Lamar lo tiene todo: canciones de pegada inmediata (King Kunta, con otros arreglos, podría ser hasta un tema de Bruno Mars), temas de tercera y cuarta escucha, sabio reciclaje de del jazz, el funky y el rap, cuerpo de álbum mayúsculo que radiografía la situación de una comunidad negra abocada (aún) el racismo y solidez en todos sus cortes.

5. GWENNO “Y Dydd Olaf” (Heavenly). Sorpresa mayúscula. Gwenno Saunders, la rubia de The Pippetes, debutó este año en solitario con un disco maravilloso que poco o nada tiene que ver con el pop en techinicolor de aquel. Cantado en galés e inspirada en una novela ciencia ficción escrita en 1976 por Owain Owain, en ese álbum la artista se sumerge en el retrofuturismo, el kraut-rock y la psicodelia. El resultado ha enamorado a los fans de Stereolab y Broadcast, ha encantado a los curiosos que se han acercado a él y, más allá de filias estéticas, convence por la calidad de su contenido.

6. DOMINIQUE A “Eléor”(Cinq7-Wagram-Popstock!). Quizá por entregar gran disco tras gran disco en una trayectoria excelsa, los lanzamientos de Dominique A ya no provoquen tanto entusiasmo como en el pasado. Pero en cada uno de ellos existe verdadera magia. En ese sentido, Eléor suma y sigue en su vertiente más serena con los singles precisos de un mundo perfecto (Central Otago, Par le Canada), canciones diminutas que se hacen enormes orquestadas (Au revoir mon amour, L’Océan) y una maravilla escondida al final (la homónima Eléor y su frágil melodía) que certifica que seguir al francés años y años. No falla.

7. LOW “Ones and Sixes” (Sub Pop). Siempre están ahí. Cuando se lanza al lamento de que el rock actual es incapaz de ofrecer recambios de envergadura a lo que en su día fueron Pixies, Sonic Youth o My Bloody Valentine, aparece su nombre. Lo lleva haciendo ya dos décadas , con grandes discos servidos con saludable regularidad. Y en este 2015 llega otro más. Con cierta conexión sintética con Drums and Guns (2007) pero mucho más accesible que aquel, Ones and sixes revisa el libro de estilo del grupo -encogimiento, dulzura, pasajes rugosos, tubulencias, melodías saliendo a flote-, conformando otro capítulo para uno de los libros más importantes de la música contemporánea.

8. RYLEY WALKER “Primrose Green” (Dead Oceans). Sus conciertos en Galicia (él solo, sin banda) fueron de una intensidad tal, que resultaba obligatorio hacer visita a su discografía. Ahí aparecía este soberbio segundo disco, preñado de folk, jazz y psicodelia, armado con canciones impresionantes y dueño de una interpretación magistral. Andan por ahí los espíritus de Bert Jansch, Richard Thompson, Tim Buckley o Nick Drake, héroes de la música británica que han fascinado a este talentoso músico de Chicago que promete dar muchas más alegrías. Por ahora, un deseo: poderlo ver con banda en Galicia.

9. BILL FAY “Who is the Sender?” (Dead Oceans). Tras la resurrección de Life Is People (2013), tras 40 años en el olvido, Bill Fay ofrece la siguiente entrega de su segunda vida, rebajando el tono y ahondando en el verso. Él dice que se trata de otro modo de góspel. Y lo cierto es que entre su cantar cansado, ese piano que lo acompaña sin molestar y los arreglos orquestales de fondo surge una voz espiritual que que pregunta cuál es el camino correcto en medio de la desesperanza. Lo dice todo de un modo tan conmovedor que, en medio de la escucha, si alguien sugiere llevarlo a lo más alto de los discos del año difícilmente encuentre oposición.

10. BLUR “The Magic Whip” (Parlophone). Con su retorno a los escenarios Blur dejaron claro que un mundo con ellos era mejor que sin ellos. Quedaban dudas sobre su paso por el estudio, resueltas satisfactoriamente con este The Magic Whip. Siendo 100% Blur, pero descartando fingir que todavía estamos en los noventa, este disco navega entre los aromas de soul, toques afro, pinceladas electrónicas y pequeños arreglos orquestales. Todo muy de melómano de cuarentaytantos en el salón de casa. Poco de veinteañero desbocado en el pub. La juventud se esfumó. La nuestra y la suya. Pero, sorpresa, sienta bien.

Los 10 mejores discos internacionales del 2012

miércoles, diciembre 26th, 2012

Este año habla del corazón. Sí, con Beach House no caben las disecciones científicas ni enmarques ideológico-musicales. Bloom es uno de esos discos que sencillamente se adoran con los latidos de este.Seguramente que hay álbumes más innovadores, más trascendentes y más interesantes para quienes exigen sorpresa. Pero no para los que demandan, ante todo, emoción. Ellos son los autores del mejor trabajo del 2012 para Retroalimentación, encabezando una lista que casi necesita ser ampliada. ¿El motivo? Dejar fuera los grandes trabajos que han editado este año Bob Dylan, Tame Impala, Dominique A, Flying Lotus, The Vaccines, Tindersticks o Grizzly Bear. Para el Bish Bosch de Scott Walker, lo siento, no ha dado tiempo ni para formarse una opinión. Queda para el año que viene.

1. BEACH HOUSE “Bloom” (Bella Union). Ningún otro trabajo ha logrado tantos suspiros. El cuarto trabajo de Beach House le ha sacado varias cabezas al resto de la producción del 2012 a base de belleza. Recogiendo la mejor tradición del dream-pop y usando con tino ese puente entre The Cure y los Cocteau Twins que tornaban la música en vapor de agua, insertaron en este disco diez temas que hacen sentir la ley de la gravedad. Como volver si volver a enamorarse por primera vez fuera posible, este álbum hace que uno se reconcilie con la música como vehículo hacia un mundo mejor. Así de puro y romántico. Tal y como se hacía a los 18 años en aquellas noches sin final en los que la palabra futuro era algo lejano pero esperanzador, y no una amenaza que te pisa los talones. Alex, Victoria, un millón de gracias.

2. BILL FAY “Life Is People” (Dead Oceans). Ningún otro trabajo ha generado una congoja parecida. Efectivamente, la resurección del año no solo supone un ajuste de cuentas con un injustísimo olvido, sino que se erige en uno de los trabajos más grandiosos de lo que llevamos de década. Sereno y con la emoción contenida, provoca en el oyente todo lo contrario: la conmoción. Bien en esas preciosas piezas a piano (Never Ending Happening), bien en esos humeantes momentos que parecen llegados de las catacumbas de Big Star (Pig Painter), bien dibujando perfectas piezas de pop para todos los públicos (This World), Bill Fay logra que uno no pestañee. Y que acuda inmediatamente a descubrir sus dos álbumes de los años setenta con todo un tesoro.

3. MARK LANEGAN “Blues Funeral” (4AD). Ningún otro trabajo ha perturbado así. Entregado al blues-rock viscoso, desesperado y con barniz electrónico, Lanegan superó el notable Bubblegum(2004) con un disco excelente. Oscuro y narcótico Blues Funeral crea un penumbroso estado de ánimo en el que las drogas parecen ser la una posibilidad de evasión, aunque al final terminen por tornarlo todo más negro. En un punto intermedio entre el To Bring You My Love de Pj Harvey y el Actung Baby! de U2 (sí, por mucho que pese a parte de sus fans) resulta una apabullante joya sonora de rock contemporáneo. Tremendo.

4. LEONARD COHEN “Old Ideas” (Sony). Ningún otro trabajo ha sonado tan majestuoso. Del mismo modo que lo pudimos ver en sus recitales en Vigo (2009) y Ourense (2010), el Cohen del 2012 suena como híbrido de blues a cámara lenta, aromas griegos y toques country. Cortado todo él por ese patrón, no deja de emocionar y, al llegar a la recta final, sorprender con ligeras variaciones del discurso. Ahí está esa suerte de luz espiritual de Come Healing, los caminos sinuosos de Banjo o la deliciosa nana sintética de Lullaby. Nueva lección de uno de los más grandes de la historia. Todo un lujo poder disfrutar de su crepúsculo artístico en tiempo real.

5. THE XX “Coexist” (XL). Ningún otro trabajo ha confirmado tanto las expectativas creadas. Como en su día ocurrió con el segundo disco de Portishead, no existen grandes variaciones respecto a la fórmula presentada en el debut XX (2009). Todo permanece: el minimalismo, la oscuridad, los microritmos, las super características líneas de bajo, las guitarras goteando sentimentalismo y las voces impertérritas. Una atmósfera inquietante sugieren constantemente que, tarde o temprano, se va a producir una explosión. Pero esta finalmente nunca llega generando un extraño placer, una suerte de adictivo coitus interruptus en el que se encuentran algunos de los mejores momentos del pop británico del momento.

6. DAMIEN JURADO “Maraqopa” (Secretly Canadian). Ningún otro trabajo ha resultado ser una caricia tan suave. Y todo porque el otrora arisco Damien Jurado ha encontrado en el mensaje de Jesús la paz. Desde este estado vital compuso la que es su mejor obra hasta la fecha: un espléndido catálogo de folk-pop que invita al oyente a no hacer otra cosa que no sea dejarse llevar. Con ecos de los grandes (de Nick Drake a Neil Young, pasando por Tim Buckley) y un ocasional deje bossa-novero, la fina producción de Richard Swift hace que gemas como la titular Maraqopa, This Time Next Year o Workin Titles obliguen a pensar en algo mucho más grande que “otro cantautor indie”. Estas caricias deberían llegar a muchas más mejillas.

7. ALT+J “An Awesome Wave” (Infestious). Ningún otro trabajo ha resultado tan sorprendente. Alt+J ha sido en el 2012 lo que Vampire Weekend fue en el 2008 i The XX en el 2009. Es decir, el necesario toque de frescura en un panorama pop que, por lo general, adolece de propuestas que inviten a pensar en algo parecido al futuro en un plano formal. En un amalgama infinito de estilos, aquí hay un nervioso y excitante conglomerado de rap, folk, afro-pop, psicodelia, funk y dream-pop. En cierto modo, evoca aquellos Hood de Cold House pero en versión pop y para todos los públicos.

8. SWANS “The Seer” (Young Good). Ningún disco ha resultado tan apabullante. Para muchos aquí se encuentra la secuencia sonora más potente del 2012. Alucinados por su exhibición en el Primavera Sound 2011, se esperaba con ansias este disco de retorno del grupo de Michael Gira. Y aunque no logre reproducir la magnitud de su directo (¿sería posible algo así?) The Seer se presenta como un potente bloque de rock, con un punto entre industrial, tribal y místico que persigue el trance del oyente. Lo logra.

9. GODSPEED YOU! BLACK EMPEROR “Allelujah! Don’t Bend! Ascend!” (Constellation). Ningún disco ha tensado tanto la cuerda. Fuera ideas preconcebidas. Una vez dentro de Mladic, la impresionante pieza de 20 minutos que lo inaugura, quedan claras dos cosas: que el discurso de Godspeed You! Black Emperor dista de estar agotado y que la banda continúa casada con la inspiración. Tal es así que, de salir este álbum en el 2001, estaríamos hablando probablemente de su gran clásico. Con aires arabescos y un punto de pesadez heavy sirve para revitalizar una grupo imprescindible que llevaba nueve años en silencio.

10. BRUCE SPRINGSTEEN “Wrecking Ball” (Columbia). Ningún disco ha logrado más himnos para todos los públicos. El mundo está jodido y el Boss ha querido aunar bajo el título de bola de demolición un puñado de himnos que versan precisamente sobre cuan jodido está. Con el fuego de Arcade Fire cerca y el oficio de Woody Guthrie dictándole la escencia, el Boss logra que esa mezcla entre su rock musculoso de siempre y el folk de taberna de We Shall Overcome eleve el espíritu y suene a verdad. Todo pese a todas sus contradicciones (como la de cantarle a los desheredados que jamás tendrán dinero para pagar uno de sus carísimos conciertos, pero eso es otra historia).

Beach House y las sensaciones olvidadas

lunes, junio 11th, 2012

Bloom es un disco magnífico. El cuarto álbum de Beach House pertenece a esa clase de trabajos que mecen al oyente al sonar. Sus canciones, saliendo de los auriculares de un Iphone por la calle, generan la ilusión de caminar dentro una burbuja invisible. Llegan ahí, a ese surtidor de placer interno que parecía olvidado, el que traslada la mente a regiones lejanas llenas de nubes melódicas de un pop con rostro lánguido y tez blanca. Aunque coja divisando ya los cuarenta, suena a veintitantos: a descubrimiento del mundo, a noches interminables al amparo de la música, a momentos al margen en los que todo, absolutamente todo, podría esperar. Había una misión que resolver: acercarse lo más posible a ese lugar llamado Belleza usando la música como medio de transporte.

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Escúchenlo, por favor. Póngalo en su reproductor y que suene Myth, el primer tema. Que arranque con esos ritmos modelo Sarah Records. Que siga con la guitarra limpia llegada del pop inglés de finales de los ochenta y principios de los noventa. Que crezca dentro esa rueda envolvente de fondo que dibuja espirales de tenue psicodelia. Que coja brío con un bajo de querencia after-punk que da la bandera de salida. Y que tome forma con voz, asexuada (¿es un hombre? ¿es una mujer? ¿son quizá dos voces fundidas?) y contenida que, de pronto, se diluye en un falsete de vapor de agua. Vuelta a empezar y a girar, y a girar, ya tomando el sonido todo su cuerpo. Acuden a la mente Slowdive, Field Mice, The Cure, Cocteau Twins y un puñado más de nombres míticos de entonces. Cuando se pretende abrazar la canción, de pronto se eleva en guitarras poderosas. Y termina dejando una suave conmoción. Sin arrebato, sin estridencias, únicamente instalado en la frágil seguridad de caminar de la mano del pop. Sí, sí, como entonces, cuando todo, absolutamente todo, podía esperar.

Myth simplemente invita a adentrarse en un disco con el que el dúo de Baltimore ha llegado al cielo. Victoria Legrand y Alex Scally ya habían tocado la fibra con Zebra (2010), pero ahora lo han llevado todo un poco más allá. Perfeccionando el discurso y acariciando los resortes de un modo de concebir la música que permanecía guardado en el desván juvenil. ¿Recuerdan? This Is Our Music, Souvlaki, Heaven Or Las Vegas, Ultra Vivid Scene, Loveless, En cielo de océano… los títulos de una música que agotó metáforas en fanzines y pilas de walkmans en habitaciones de estudiantes. Luego llegarían las milicias del Brit-Pop para hacer borrón y cuenta nueva, la electrónica se llevaría a los oídos más sedientos de novedad y desdén se instalaría hacia una música “que no decía nada” y que solo “era estética vacía de contenido”. Había caído todo en desgracia. Algunos fans, sin embargo, continuaron persiguiendo esa sensibilidad allá en donde estuviera. Recurriendo a las fuentes originales y rastreando, luego, ecos de todo ello en los sitios más variopintos: los pliegues ambientales de Yo La Tengo, la magia encaracolada de Broadcast, los vaivenes melódicos de los Mercury Rev que se sacaron de la manga Deserter’s Songs, los maravillosos crescendos de Piano Magic, el puntillismo electrónico-psicodélico de Trembling Blue Stars y decenas y decenas de bandas que, de cuando en cuando, circulaban cerca de aquellas coordenadas.

Para ellos, para los fans de entonces, parece haber sido creado especialmente Bloom, diez estampas de un modo de hacer música muy especial. Es de suponer que al grupo del momento no le guste que se les tome como el recuerdo de algo que pasó hace tanto tiempo. Tampoco a la crítica entusiasta, que da vueltas y vueltas para evitar con todas las fórmulas posibles -!ays!- la palabra revival en sus reseñas. ¿Cómo hacerlo sin que el castillo de naipes creado durante todos estos años se venga abajo? Pero los corazones súbitamente reblandecidos ante la magia de The Hours, Laluzi, Wishes y sus deliciosas compañeras se sienten como si un disco les hubiera hecho viajar al pasado para colocarse, frente a frente de nuevo, con algo que bien pudiera ser el gran amor de su juventud. No piensan pedir perdón por ello. Tampoco justificarse. Son emociones incontrolables y tozudas que vencen a la inercia. Latidos que se empeñan, de repente, en mirar atrás. Y un bienestar que difícilmente se puede compartir. Sí, como en aquellos años, como aquellas sensaciones olvidadas, que estos alquimistas de la ensoñación han resucitado de un modo esplendoroso.

Por cierto, un millón de gracias por ello.

Imagen de previsualización de YouTubeEl grupo interpretando en directo “Wishes”, uno de los mejores temas del disco

Los 10 mejores discos internacionales del 2010

miércoles, diciembre 29th, 2010

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Un disco como The Surburbs de Arcade Fire da sentido a todo un curso musical. En unos tiempos en los que la buena música sigue dándose, pero en los que cuesta encontrar unos Pixies, unos Sonic Youth o unos Portishead, la constatación del buen estado de salud de los canadienses resulta una excelente noticia. También la de que buena parte de los artistas que aquí se recogen (Arcade Fire, Flying Lotus, LCD Soundsystem, Cocorosie, Jónsi,…) se hayan podido ver en Galicia en vivo durante este inolvidable 2010 que ya languidece. Ah, y por si alguien le pica la curiosidad, los discos de Salem, Phosphorescent, Trembling Blue Stars, Ariel Pink’s Haunted Graffiti’s o Best Coast se quedaron a las puertas de entrar en este listado.

1. ARCADE FIRE “The Suburbs” (Universal)
Tras impresionar con un debut magistral y poner su lado épico en el mismísimo precipicio con su segundo trabajo, los canadienses optaron ahora por bajar el nivel de intensidad para reflexionar sobre su juventud y cómo ha cambiado América desde entonces. El resultado es un trabajo soberbio y emotivo, quizá el mejor de su carrera, pese a la carencia de himnos evidentes. Bueno, ahí está Sprawl II ejercicendo de biografía musicada de un buen puñado de sus fans combinando temores juveniles, escapadas en bici, deseos de trascendencia y frustraciones contra los muros del barrio. Sin duda, el mejor grupo del momento y una de esas bandas que se recordarán de aquí de 10 o 20 años. 

2. VAMPIRE WEEKEND “Contra” (XL)
Ser el icono de un movimiento tan aparentemente efímero como el afroindie obligaba a desconfiar en un principio de Vampire Weekend. La escucha de Vampire Weekend dos años después no solo refrenda si no que amplia los aplausos iniciales. Y lo mejor: este Contra, pese a estar unos milímetros por debajo en su inspiración (básicamente no tiene un M79), hace presagiar una carrera esplendorosa de pop pulcro, saltarín y barroco. La música que obliga a uno a levantarse de la cama con una sonrisa de oreja a oreja y seguir manteniendo la fe en los poderes terapéuticos de un puñado de melodías.   
 
3. LCD SOUNDSYSTEM “This is Happening” (Virgin)
Fiesta, baile y ritmo. El último capítulo de LCD Soundsystem resultó tan bueno o mejor que los anteriores. Más Bowie y funk que nunca, This Is Happening lleva incorporada de serie una bola de espejos y trasmite el músculo que en su día tuvieron Primal Scream, el que poco a poco han ido perdiendo. Cosas como Pow Pow o Drunk Girls invitan al descontrol y ese homenaje al Heroes titulado All I Want será una de esas piezas que pondrán la piel de gallina a los que hoy tienen 30 cuando la escuchen a los 50.  

4. PAUL WELLER “Wake Up Nation” (Universal)
Cuidadito, que nadie se engañe. Vale que Weller pertenece a la categoría de los intocables, de los que la crítica echa flores por inercia llenando de “modfathers” sus reseñas. También que un tipo de su edad resulta poco atractivo para la chavalada más pendiente de The Drums o cosas así. Pero resulta obligado advertir que Wake Up Nation no solo es una maravilla, sino que incluso podría gustar a los que nunca conectaron con él. ¿Por qué? Porque tiene un modo de experimentar con la tradición a modo de collage altamente sugestivo; porque dentro de esa constante el acabado resulta realmente perfecto con joyas sucediéndose una tras otra entre soul, funk, pop y psicodelia; y porque, en medio, guarda una de esas canciones bandera –Find The Torch, Burn The Plans– capaces de parar a un tren (y sonar en bucle en el iphone hasta al hartazgo).    

5. JÓNSI “Go” (Emi)
El anuncio de descanso por tiempo indefinido que hicieron Sigur Rós a principios de este año pronto se compensó con el movimiento en solitario de su líder. Como una versión a escala de la banda madre, el islandés reunió en Go belleza, intensidad y épica a partes iguales y trazó uno de esos discos soberbios cuyo problema está más en el exterior que en el interior. Sí, lamentablmente muchos lo seguirán viendo como una obra menor en su condición de proyecto paralelo. Craso error. Y, bueno, quien haya visto al artista en el festival Xacobeo 10 de Santiago o en el Sónar-Barcelona sabrá que en vivo pocos pueden hacerle sombra.

6. DEERHUNTER “Halcyon Digest” (4AD)
Brad Cox apuesta cada vez más por la concreción. Frente a los tiempos en los que su banda era un excitante surtidor de ruido, ahora su discurso posee un puñado de canciones lo suficientemente sólidas como para poder prescindir de todo artificio. Aquí lo hace, y entre ambos polos -el pop de trazo clásico y el humo noise- entrega otro gran disco.

7. THESE NEW PURITANTS “Hidden” (Domino)
Pocos se podían esperar que el grupo post-punk de Elvis iba dar un salto tan importante en su segundo trabajo. Oscuro y tribal, Hidden, es un álbum que se inspira en algunas de las mejores cosas que le han pasado al pop de los últimos años -The XX, MIA, The Liars-, le dan un envoltorio gótico-orquestal y lo guían de inicio a fin con percusiones africanas y asiáticas. ¿El resultado? Una obra excitante, diferente y tremendamente adictiva. 

8. FLYING LOTUS “Cosmograma” (Warp)
¿El mejor disco de electrónica del año? Es probable. Steve Ellison ha logrado con Cosmograma un disco con alma de jazz pero con un universo en el que entran el hip-hop, las músicas de videojuegos o la IDM. Con ello el autor crea pequeñas piezas al ralentí que podrían dar a entender en un primer momento que estamos ante uno de esos discos para poner como música de ambiente, pero que escuchado con auriculares revelan una riqueza inabarcable.

9. BEACH HOUSE “Teen Dream” (Sub Pop)
El disco bonito del 2010. Sí, tal y como lo fue el de Fleet Foxes el año pasado. Aquí está el grupo para los nostálgicos del Mercury Rev de Desert Songs. Melodías lánguidas, atmosféricas y enredadoras para dejarse llevar y llevar por su sensación de ver el mundo en colores sepia. Lo más parecido a rescatar una fotografía de juventud y ponerse a suspirar ante ella.

10. COCOROSIE “Grey Oceans” (Sub Pop)
Dentro de su rareza zizagueante e irregularidad, y de esa sensación de atravesar puertas oxidadas y las telarañas, Cocorosie guardan en este disco algunas de las canciones más bonitas del año. La titular Grey Oceans, por ejemplo, es de las de desarmarte por completo y Lemonade está hecha para sonar en bucle hasta al infinito.