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NOS Primavera Sound: Decepciones, reinvenciones, escalofríos e ilusión

Escrito por Javier Becerra
11 de Junio de 2016 a las 18:52h

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A nadie se le escapa: el viernes 10 era el día grande del NOS Primavera Sound. Un cruce perfecto de historia, presente y ilusión de futuro. Lo primero lo puso Brian Wilson, recuperando el Pet Sounds, casi como haciéndose un tributo a sí mismo. El presente vino de la mano de una clásica contemporánea: Pj Harvey, en su enésima reinvención. Y luego, dos calambres de juventud: demoledor con Savages, deliciosamente suave con Beach House.

Empezó la noche magia con (relativa) decepción. Sí, lo de Brian Wilson resultó muy mediocre. Pero se atenúa entre paréntesis por el cariño. Objetivamente, aquello resultaba difícil aceptar: un mito del pop incapaz de cantar su propia obra y respaldado de una banda a la que le faltaban muchos ensayos y más solidez. Desgranaron el Pet Sounds completo, con un aperitivo y epílogo de grandes éxitos. Con el corazón ganado, completamos en nuestra cabeza lo que faltaba, fundimos lo que andaba disperso, cumplimos con la devoción y hasta terminamos bailando el Surfin’ USA. Gracias por todo Mr. Wilson.

Le siguió en el plan Savages. Había dudas porque en su escenario habían tocado antes Destroyer con mal sonido. En su caso resultó perfecto. Lo que para Savages equivale a demoledor. Hacía tres años que habían asombrado a todos (incluso a sí mismas) en el mismo festival. En esta ocasión llegaron con Adore, menos chorro de ruido y más claroscuros. Pero igual intensidad. Jenny Beth advirtió que le dolía la espalda y no podía bailar. Pero a los 5 minutos se olvidó. Son una de las mejores bandas de rock del momento. Y en directo, te tensan, te obliga a avanzar sitios adelante y te ponen en el éxtasis cuando su música hace escaladas épicas. Un conciertazo.

Para Pj Harvey se concentró la gran mayoría del público. Irrumpió con un set más propio de una banda de world music que una banda de rock. E hizo un calculado resumen de sus dos últimos discos, interpretados con maestría. Más propio de un auditorio que de un gran festival, su actuación obvió el arañazo del pasado, aquel que se veía como una marca de la casa. Incluso el rescate de 50ft queenie, Down By The Water y To Bring You My love resultó atenuado a la sonoridad actual. La última se funcinó perfectamente con River Anacostia. Lirismo a flor de piel, una voz en plenitud de facultades dibujando la pieza y la gente boquiabierta deseando que aquello no terminase jamás.

Beach House también actuaron en el escenario grande. Resulta misterioso como un grupo así ha logrado calar en tanta gente, cuando su música -pop, sí, pero no de ese pop- a priori no parece señalada para el triunfo. Pero ahí estaban sus fans. Un poco extrañados con el arranque de Beyond Love y Wishes. Una batería que se comía todo, unos teclados atmosféricos minimizados y Victoria Legrand con la voz renqueante. Resultó una falsa alarma. En cuanto el técnico dio con la tecla y la vocalista encontró el punto, trenzaron una actuación ma-ra-vi-llo-sa. Dándole nueva vida con la instrumentación, apretando la manilla de los clímax y bañándolo todo con proyecciones oníricas, lo cierto es que su pase tuvo todo lo que un concierto suyo debe tener. Caras de placer en el público, pequeños vaivenes de cabeza y una corriente de luz invisible entre ellos y cada uno de los espectadores. «Os amamos, no perdáis nunca vuestra sensibilidad», decía Victoria al final. Una frase que le rebotamos encantados de la vida.

Foto Pj Harvey: EFE/EPA/JOSE COELHO

Silvia Pérez Cruz: «En el escenario no tiene que haber pensamiento, tiene que haber emoción»

Escrito por Javier Becerra
10 de Junio de 2016 a las 10:29h

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Mañana actúa Silvia Pérez Cruz en A Coruña. Lo hace en un formato muy especial, con un quinteto de cuerda que la arropará, sin partitura, en la revisión de su repertorio. Se trata, según la artista, de romper barreras con el público invitándolo a fundirse con la pura emoción del músico. De eso, de emoción, se habla mucho en esta entrevista de la que apenas se publicó un pequeño estrato en La Voz. Aquí va íntegra. Creo que merece la pena. Resultó un gustazo hacerla. Un placer que se prolongará mañana cerrando los ojos para escucharla en el Palacio de la Ópera.

-¿Existía otro camino en su vida que no fuera el de ser artista?

-Bueno, es verdad que desde que nazco hay música en mi casa. Y que la música se me presenta como algo súper natural. Es algo que agradezco mucho ahora porque veo que es muy importante esa tranquilidad. Tanto mi padre como mi madre eran dos personas muy sensibles. Mi padre, que era gallego, se comunicaba conmigo cantando. Desde mis doce años hasta cuando se murió nuestras conversaciones eran así, cantadas. Con Alfosina y el mar, 20 años y otras habaneras más anónimas. Mi madre me ha enseñado a mirar. Ella es artista, mágica y fuerte. Me lo ha puesto muy fácil. Me ha dado muchas herramientas y mucha libertad. Ese es el puntal de cómo soy. Luego, estudié desde pequeña. Pero mi hermana vivió lo mismo que yo. Es muy artista. Estudió escultura y chello. Ahora está haciendo pasteles, que nunca sabes a dónde te lleva la vida. Pero la verdad es que para mí la música es una forma de vivir.

-A lo mejor esa manera de vivir la música como un juego infantil puede ser lo que le lleve ahora a ser más amiga de la emoción que de la matemática. ¿Rehuye la perfección en la música?

-[Piensa un rato] Yo pienso que hay muchos pasos en la música. Por ejemplo, en el escenario creo que no tiene que haber pensamiento. Tiene que haber emoción. Tú eres un canal para que pasen cosas. No tiene que haber códigos. Pero es verdad que, al componer, es otra cosa. El primer paso es muy animal y orgánico. Luego, toda la parte de arreglos y construcción es muy matemática, que también me gusta. Pero al compartirlo en directo quiero que sea emoción. Cuando filtro cosas externas para incorporar a la música o gente con la que trabajar también uso la emoción. Sí que es verdad que lo de la infancia que dices se debe notar en el escenario. Es como un juego. Le intento quitar esa magnitud que se le da al escenario. Intento humanizarlo, quitarle hierro y que sea un juego, aunque hable de las emociones más bestias.

-¿Es esa sensación de «no pensar» lo que se persigue en el escenario? ¿Es adictiva?

-Sí, sin duda. No siempre pasa. Hay momentos en los que estás pensando, pero lo que atrapa de verdad con esos segundos y, a veces minutos, en los que logras no pensar y casi no ser. Es una felicidad muy pura. De hecho, intento que aunque cueste mucho lo que hago, aunque sea realmente difícil, que no se vea la dificultad, que no se vea la matemática. Que quien escuche solo sienta. No quiero que diga: «¡Ay, qué difícil!», «¡Ay, qué interesante!». No busco eso. Quiero que sienta cosas. Es muy sano. Pensamos mucho y cuesta mucho liberarse de la cabeza. Para mí es un regalo tener esos momentos de estar y sentir.

-Su música es tremendamente variada y plural. ¿No podría ser de todo modo o se trata de un principio artístico?

-Es que… [se queda un rato en silencio] Cuando he ido hablando con periodistas me he dado cuenta de todo esto de ponerle nombre a las cosas. Para mí la música es música y uso distintos lenguajes cuando creo que me sirven. Pero no tengo una obsesión en hacer muchas cosas, solo que voy aprendido. Llevo desde pequeña y he conocido muchas músicas y muchos músicos, casi de casualidad. Te van afectando unas cosas y otras, del mismo modo que te afectan unos libros y otros y escribes diferente por lo que has leído. Pero no es mi objetivo. Para mí el objetivo es de lo que hablábamos antes: estar conectada con la emoción. El resto son herramientas. Para mí todo son canciones y emociones. No pienso en estilos. Yo escucho algo y me gusta o no me gusta. Pienso más en el peso, en la verdad, en buscar la sinceridad, en el peso de lo que canto. No de dónde viene.

-Escuchándola da la sensación que hace un recorrido de este a oeste de la Península Ibérica: del fado a la canción mediterránea, pasando por el flamenco. Esto tiene que ser por algo. ¿De dónde viene eso?

-En eso hay algo importante. Una de las cosas que te limitan y te definen es tu voz. Yo creo que tengo una voz muy ibérica. Lo descubrí con veintipocos años cuando canté con Coetus y Eliseo Parra, que son gente que conoce muy bien las canciones de la Península. Me di cuenta que mi voz encajaba en muchos cantos, de esos que canta la abuela. En Galicia, en País Vasco, en Mallorca, en Andalucía y también en Portugal. Yo tengo una manera de bailar con la voz que tiene conexiones con el fado y el flamenco. Cuando tenía 19 me presentaron el flamenco, que no lo conocía. Impulsiva, pensé en música y me puse a aprender. Descubrí muchas cosas y vi que mi voz se sentía cómoda. Luego mi hermana se fue a vivir a Portugal y tengo una relación muy estrecha con ese país. Antes también la tenía con Galicia. Había escuchando a mi abuela cantar en gallego. Respecto al fado creo que le pega a mi voz.

-Le confieso que, cuando no la conocía, tenía la idea abstracta de que usted era portuguesa. ¿Le ha pasado más veces?

-Recuerdo cuando era chiquita y cantaba en Calella mucha gente me decía: ¿tú de dónde eres? No me ubicaban en Cataluña. Recuerdo también en una cena en Olot que una chica me regaló una cinta de fado. Y en alguna entrevista que me han hecho aquí también pensaban que era una cantante de fado. Pero la verdad es que yo solo sé cantar tres o cuatro fados. Pero sí que es cierto que tanto la saudade del fado como el idioma en sí me han enseñado muchas cosas. Cuando tenía 16 años, además, conocí la música brasilera. Curiosamente, cantar en brasilero me ayudó a cantar mejor en catalán. La suavidad y la manera de unir las palabras me ayudó a unir mejor mi propio idioma. Es un idioma y unas palabras que me agradan.

-Habla de suavidad, pero su registro también muestra un lado en el que parece se vaya a resquebrajar de un momento a otro. Se acentúa cuando canta en castellano. ¿Es consciente de ello?

-Cada idioma tiene su personalidad y musicalidad, por eso compongo en uno u otro. Yo estudié jazz y estuve mucho tiempo cantando en inglés. Tenía una desconexión conmigo. Luego descubrí el flamenco y me ayudó a cantar con el estómago. Con la parte más desgarrada y animal de mí. Nunca me lo habían dicho, pero puede ser que ocurra con el castellano. Con él puede ser que me salgan las cosas más fuertes y que, a la vez, se rompan. Pero no sé explicar bien el porqué [risas].

-Es una sensación deliciosa la de esa fragilidad. ¿Es eso más difícil que el desborde de emoción de cantar hacia fuera con poderío? En algunos de sus directos tiene a la gente en silencio sepulcral saboreando esos momentos.

-El otro día me ocurrió en Mallorca. La persona que había producido el concierto me dijo que le había impresionado mucho el silencio de 1.600 personas y la solemnidad de ese silencio. No se trata de qué es más difícil, se trata de que la intensidad no tiene que ver con el volumen. Eso lo descubrí con Mayte Martín. Me gusta trabajar todas las dinámicas: cantar flojo, cantar fuerte. Cuando cantas flojo eso tiene que ser como un chicle, que lo estiras y es algo muy denso, aunque parece que se va a romper. Incluso el silencio que hay entre cada nota, que sea intenso. Es algo muy interesante, porque a veces uno tiende a expresar las cosas fuertes gritando más. Es como en las discusiones. Gente que grita y se encuentra a gente que hablando bajo te destroza totalmente.

-Hablaba antes de Galicia. ¿Tiene vínculo con nuestra tierra?

-Solo fui una vez con la familia a conocer el pueblo de mi abuela, que es O Rechouso, una aldea pequeña de Ourense en medio de la montaña. Mi padre vivió allí con mi abuela, que es una persona que me marcó. En Navidades se comía pulpo mientras lo escuchaba cantar en gallego. No era una relación de ir a Galicia, pero sí que tengo muchas cosas gallegas. No sabría definirlo, pero forma parte de mi ADN.

-Por favor, tómese este comentario desde la perspectiva de alguien que viene de la cultura pop. Me trasmite la sensación de ser una cantante clásica, de otro momento: su modo de cantar, su estética, su manera de gesticular las canciones. ¿Se siente cómoda con lo que le acabo de decir?

-Me pasa un poco como con lo de los estilos. Yo no soy una persona de modas. Me siento atemporal. Por el tipo de repertorio que hago sí que te puedo parecer así, pero he trabajado con músicos clásicos, con músicos flamencos, con músicos de folclore, de pop y a la vez, aunque me ponga un vestido largo, tengo actitudes punk a veces. El riesgo es un color de mi paleta que tengo muy en cuenta. No me gusta tener las cosas totalmente controladas e intento ser valiente artísticamente. Además, en mi relación con los músicos, no me siendo como esa cantante que está delante con los músicos detrás, sino que para mí es algo muy generoso y de equipo. Del pop me gusta mucho la concreción: mensajes directos y para compartir. A nivel sonoro, cuando hago arreglos y compongo, hay mucha información de mucho tipos. Quiero decir, en definitiva, que no me siento identificada con lo que me dices, aunque lo entiendo. Intento huir de las estéticas y el discurso pop y de otros estilos. A mí me interesa saber de dónde salen las cosas de verdad. Vestirse de una manera u otra es consecuencia de otras cosas. Hay que sentirse segura en el escenario. En mi caso, llevar un vestido largo hace que me olvide de todo mi cuerpo. Si pudiera no vestirme sería mejor [risas]. Es muy importante sentirte cómodo, guapo, no andar pensando en cómo vas vestido, en tus piernas, en tus brazos. Esa es la manera que he encontrado yo.

-¿Cubrirse es una manera de olvidarse?

-Es que es lo que estoy buscando, olvidarme de mí misma y, a veces, estar en el escenario te hace tener mucha conciencia de ti misma. No tengo manías. Si un día encuentro otra ropa que me haga sentir cómoda la usaré [risas]. No quiero explicar nada con la ropa.

-¿Se tomaría como un piropo que un asistente a sus conciertos cierrase los ojos y se dedicase tan solo a escuchar?

-Para mí un piropo es ver a gente de todas las edades y de todas las tribus urbanas. Que esté el pijo, el hispter y el jipi y que todo el mundo hable de lo mismo: de lo que les ha emocionado. Suele pasar. Luego, ir a otro país y ver que hay una cosa que se conserva. Me interesa eso: que la gente no quiera clasificarte, sino que sienta y que esté vivo. Mi revolución emocional es que la gente esté despierta para amar bien o votar bien. Pero que esté viva y que, por un momento, se rompan esas barreras. Que en este mundo de soledades se cree una colectividad en la que nadie piense en cómo va vestido o qué estilo le gusta normalmente.

-En su último disco, «Domus», trata el tema de los desahucios, pero usted insiste que no es política, sino algo emocional. ¿Lo puede explicar?

-Intenté poner música a un viaje emocional. Acompañar a esas personas e intentarme ponerme en su piel, sentir lo que se les va rompiendo. Yo de política no sé suficiente. Sí que tengo unos valores que intento a veces meter en mi música, unas veces de manera más abstracta, como eso que te decía de estar despierto. Pero en otras es más concreto. En este disco sentí esa necesidad. No era un obligación, pero me salió natural hacer “No hay tanto pan” para intentar hablar de las cosas de una manera más directa. Ha sido un ejercicio muy nuevo para mí, pero natural. A veces me preguntan si un artista tiene el deber de estar comprometido y hacer cosas sociales. Yo les respondo que no, que para mí el arte, ante todo, es libertad para quien lo hace y quien lo escucha. Para mí es el valor más grande y lo que me engancha a él. Si dentro de esa libertad a alguien le apetece explicar algo social me parece maravilloso. Pero no es una obligación.

-Vivimos un momento en el que ese debate está siempre sobre la mesa. Se exige al músico que se defina sin escala de grises: si va a estar mirando a lo que pasa en la calle o no.

-Un músico que haga algo impostado, hablando de la sociedad o lo que sea, lo encuentro muy triste también. Hay músicos que hacen música instrumental que también expresan cosas. Cada uno bebe de lo que le afecta. Creo que es un error abrazarte a cosas que no sientes. Igual a uno le afecta mucho lo que pasa, pero no le inspira para escribir o no sabe hacerlo. La base es ser sincero con uno mismo. Tiene mucho valor el arte y hay que cuidar su verdad. Para mí es un espacio sagrado. Mentir no me lo podría permitir, porque es el momento en el que entiendo un poco más la vida.

-Decía que valoraba del pop la concreción. En la canción «No hay tanto pan» semeja que apela a eso: a una especie de estribillo tomado una frase popular y a la que, curiosamente, le amputa una parte para que lo complete el oyente.

-Sí, me gustó mucho la idea de coger una frase que todo el mundo sabe cómo acaba y dejarla así. Dices lo mismo pero me quedo con la parte más poética, que me conecta con Lorca. Pero está claro que no hay tanto pan para tanto chorizo [risas]. Además, hubo un cambio a nivel compositivo. En 11 de noviembre tenía mucha información y, a nivel de armonía y arreglos, era mucho más complejo. Ahora tenía la necesidad de hacer canciones más simples armónicamente, más pop y más popular. Canciones que me emocionan con tres acordes.

-Esa sensación también la trasmite a nivel de letras: se entiende todo a la primera. ¿Ha huido de los mensajes ocultos?

-Ha sido otro aprendizaje. En 11 de novembre escribía a través de emociones que yo sentía. Estaba con el luto de la muerte de mi padre. Era una purga. Sentía que la forma, aunque no fuese muy buena, estaba justificada por esa muerte. En ese disco he podido investigar cosas a nivel de escritura que no había hecho nunca: hablar de cosas que no me han ocurrido a ti, meterse en voces de otros, cambiar el sujeto de sitio.

-Este fin de semana viene a la ciudad con un quinteto de cuerda. Los músicos vienen sin partitura. ¿Por qué?

-Este proyecto nació hace dos años y medio por encargo del Auditorio Nacional de Madrid. Querían hacer algo dentro del ciclo de música clásica, pero con artistas que no son clásicos. Entonces, yo siempre tenía ganas de tocar con un quinteto. En la escuela de música lo veía. Hicimos el concierto y nos gustó tanto que seguimos. Cuando termino Granada seguimos con el quinteto. Me apetecía mucho investigar el formato. El quinteto a priori lo tenemos encasillado en la música clásica. Yo quería llevarlo a la música popular, que quien viniera a verlo no pensara que es música clásica. Había algo muy importante para mí. Yo toqué muchos años con partitura y sé lo que es. Cuando ví que podía les propuse a los músicos la aventura de aprendérselo de memoria. Sabía que era un esfuerzo, pero valía mucho la pena. La partitura no deja de ser un código matemático y una barrera física con el espectador. Quería proponerles que experimentaran notar el vacío de uno mismo, olvidar las notas y dejarse sentir. Todo es así más flexible. El músico vive más el presente. Se escuchan entre ellos. Y eso propicia que los cambios en el directo sean posibles.

-¿Cómo fue las primeras veces?

-Brutal. Había quien no lo quería hacer. Hay músicos que no lo habían hecho nunca y se les ha cambiado la vida. La violinista principal del grupo siempre había tocado con partitura y el primer día que tocó sin ella al terminar el concierto estuvo llorando mucho rato. Se encontró consigo misma. Brutal. me permitió trabajar más la sonoridad, llegar a puntos más sucios y más fuertes. Es mucho de esa actitud punk y valiente trasmitida a un formato que siempre se ve en un contexto súper perfecto y elitista. Creo que lo hemos conseguido. Hay muy buen rollo, hay felicidad. Estoy muy contenta de lo que se ha conseguido.

-Suena muy emocionante lo que dice.Dan ganas de ir corriendo a verla en directo

-De eso va [risas]. Estamos aquí poco tiempo y hay que entregarse. De repente, el escenario es un lugar en el que puedes gritar y no pasa nada, donde puedes dar tu opinión y te escuchan. Pasan cosas. A veces piensas que nada sirve, ves mucha mentira y mucha decepción. En algún momento cuando hacemos música pasa algo y eso merece mucho la pena cuidarlo.

-Tiene ya dos años de antigüedad el formato. ¿Hay lugar para «Domus» en él?

-Hay versiones, hay canciones de 11 de novembre y también hay canciones de Domus. En este formato funcionan bien tres y son las que hemos hecho.

-Durante toda la entrevista habla de emoción, verdad, pureza… Parece que intenta buscar el termino adecuado para definir lo que hace con la voz: elgo muy genuino y nada artificioso. ¿Aceptaría cantar con auto-tune?

-Depende. Lo usó alguna vez para una nota en concreto , que no vale la pena volverla a grabar. Pero eso de hacerlo todo con auto-tune no, se carga toda la imperfección.

-¿Piensa quizá que en la imperfección está la belleza?

-Totalmente. Cuando grabas se busca. Yo soy de grabar tomas enteras. a veces pasa algo y, buff, parece que lo vas a perder. La perfección no sé lo que es. Pero no es el objetivo para nada. El objetivo es la verdad, que tenga poro, que tenga grano, que se pueda tocar, que trasmita algo.

-En ese sentido «Granada», su disco con Raúl Fernández, era deliciosamente imperfecto.

-Exacto. Se trabajaba mucho eso. No pudo ser tan directo como queríamos, pero lo que se valoraba es el vértigo y la imperfección bella. Hay errores feos, pero otros no. Especialmente en el directo, el error forma parte de todo. Cuando algo no es como esperabas no debes tomarlo como un trauma, sino como una puerta que se abre. Si lo vives así llegas mucho más lejos.

Foto: Miguel Ángel Daniel

Poderío más allá de las baquetas ausentes

Escrito por Javier Becerra
29 de Mayo de 2016 a las 11:13h

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Mark Lanegan
A Coruña, Teatro Rosalía de Castro 28-9-2016

Se intuía al ver los intrumentos en el escenario. Y se confirmó pronto. Con las guitarras encendidas e implacables de The Gravedigger’s Song. Clima de tema arrollador. Interpretación en su punto. Sonido perfecto. Y, vaya, la chica de al lado haciendo las percusiones golpeando la palma de su mano contra el muslo. Ahí ise encontraba lo más parecido al torbellino de blues asfixiante que se creaba en la mente de la mayoría. Sobre las tablas, sin embargo, no daba cristalizado. Dos guitarras. Un bajo. Y la voz de Mark Lanegan. Sin batería, incomprensiblemente. Creando un espacio que ojalá se hubiera llenado. Hubiera sido tremendo. De abandonar la butaca y meterse físicamente en la música. Pero no. La canción termina, con esa sensación extraña e incómoda. Se va a repetir, sin duda. Una piedra en el zapato. ¿Nos quedamos con lo que falta o disfrutamos de lo que hay?

Quedaba por delante un recorrido con uno de esos artistas imprescindibles. Solo tienen que menear su repertorio para encontrar un puñado de joyas incontestables. Apenas las ha de vocalizar para que brillen con una intensidad muy especial. Acompañado del multinstrumentista belga Lyeen y el británico Duke Garwood, con quien grabó en el 2013 Black Pudding, Lanegan optó por recorrer una buena parte de su trayectoria con ese formato eléctrico-pero-sin-batería. Las maracas aparecieron como única percusión, ya en los bises con Mescalito. Se trata de una de las piezas de aquel disco, que tuvo una pequeña representación en el set, ya en los bises. Contra lo que pudiera pensarse en principio, la actuación no dejó de ser un greatest-hits de esos que van dosificando los aplausos y suspiros del público.

No importaba. La platea del Rosalía se entregó ciegamente a Lanegan desde que When Your Number Isn’t Up inaugurase su actuación. Más allá de los tópicos que lo rodean – el hieratismo, el malditismo, su incomunicación, su carácter huraño…-, resultó magnífico ver cómo modelaba esos versos de sangre caliente y pasiones congeladas. Cómo empañaba con su garganta las palabras al principio echando arenilla en la sílaba final, generalmente estirada en una mezcla de cantante crooner y blues. Y cómo lo hacía todo con aparente naturalidad y facilidad. Podía haber leído un poemario de Shakespeare, si lo desease. Seguro que la sonoridad de su voz lo haría disfrutable. Pero si, además, lo arropaba un eficaz guitarrista como el que lo acompañó -dando músculo a esa garganta- mejor que mejor.

Desfilaron muchos de sus clásicos. Algunos, como One Way Street o Judgement Time, mejor asentados en el traje sonoro propuesto. Otros como One Hundred Days, apelando a esa percusión imaginaria que la llevase a lo sublime. También hubo paradas en sus versiones. Espléndido en el You Only Live Twice de Nancy Sinatra o en el Deepest Shade de su hermano artístico Greg Dulli. Y, por supuesto, un par de emocionados recordatorios a su etapa de Sreaming Trees. Primero con Where The Twain Shall Meet, entre palmas. Después, ya cerrando el concierto, con Halo Of Ashes.

En ese último viaje en el tiempo, Lanegan se deshizo de dos terceras partes de su traje instrumental. Solo, acompañado de la electricidad de la guitarra, fue ahí: a la fibra. Logró ese algo al que siempre se apela en este tipo de conciertos incompletos en los que falta precisamente eso. Lo que el rosario promocional suple con magias, intimismos, delicadezas, desnudeces, oportunidades únicas y vaya usted a saber. Ahí, con ese dibujo de música encaracolada llevando su garganta, se conjuró eso. Llamémosle emotividad. Llamémosle sacudida de emoción. Llamémosle sonrisa de quien ve su fotografía de los 20 años salir de un cajón por sorpresa. O sea, que esas baquetas que se echaron de menos durante varios tramos del concierto, tampoco eran tan necesarias al final. Un estado emocional perfecto para irse a tomar una cerveza comentando la jugada.

¡No! “Mark firmará discos en cinco minutos en el puesto de merchandising”, advierte su lugartienente antes de que el público abandone. Avalacha. Hoy los discos se venden mayoritariamente ahí, como un recuerdo de una experiencia, no como una experiencia en sí misma. Igual que un póster, una pegatina o un programa de mano. Pero esa es otra historia. Seguramente hoy toque dejar caer la aguja del surco y disfrutar de un Mark que, ojalá, retorne algún día al completo.

Axl Rose abofetea a los prejuicios

Escrito por Javier Becerra
9 de Mayo de 2016 a las 12:36h

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Resulta muy tentador dejarse llevar por el purismo. Decir eso que si alguno de los elementos fundamentales de un grupo varía el grupo queda invalidado. Y aferrarse a la época de gloria de cualquier formación, sin aceptar una versión un grado o dos (o cinco) inferior a la óptima. Si, además, ello llega envuelto de un tufo a decadencia, con un personaje casi caricaturesco y una reivindicación de algo que el oyente ha dejado atrás hace mucho tiempo (en muchos casos renegando e intentando borrar las huellas de su devoción adolescente), se da el cuadro perfecto.

Sin embargo, hay veces que la realidad aparece como un puñetazo. Y Axl Rose ha dado unos cuantos en las últimas semanas. Sí, el grotesco líder de aquellos Guns n’ Roses que volvieron loco a la generación que hoy anda sobre la cuarentera (año arriba, año abajo) ha demostrado ser en 2016 un cantante formidable, que pide ser escuchado y, lo más importante, que debe ser escuchado. Seguir insistiendo en que sus últimos movimientos carecen de sentido y son prescindibles, me temo que tiene que ver más con todo lo antedicho: purismo, prejuicios e ideas preconcebida que cuesta variar.

Habrá quien tuviese fe, pero la mayoría creo que observaban la maniobra con una sonrisa. Yo confieso: me esperaba lo peor de la resurrección de los Guns n’ Roses. También pensé que se trataba de un disparate aquellos primeros rumores de que Axl podría capitanear a AC/DC. Pero ambas resistencias duraron apenas un suspiro ante las evidencias. La garganta de Axl está tremenda. Los temas de los Guns n’ Roses, pese a la discutible parte rítmica, suenan de maravilla. Y con AC/DC lo cierto es que lo borda, dándole un nuevo empuje a la marca australiana.

¿Argumentar todo ello? No sirve para nada. Pulsen el play de cualquiera de los videos. He ahí la evidencia de que este decadencia es altamente disfrutable. Si el fin del rock se encuentra cerca, en el tramo final Axl continúa siendo una voz a tener en cuenta. Y el que quiera seguir con los chistes, el desprecio o los change.org se perderá algo muy grande. ¡Y espera a que Axl se pueda mover de verdad!

Radiohead muerde perro

Escrito por Javier Becerra
8 de Mayo de 2016 a las 10:57h

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Lo han vuelto a hacer. Radiohead vuelven a tirar de la tecnología para publicitarse gratis. No porque paguen banners o apoquinen por colarse en el el Facebook de sus fans. No, una vez más, han logrado convertir en noticia su hábil uso de Internet. O, mejor dicho, su no uso. Y es que la banda de Thom Yorke ha sido noticia esta semana por dejar en blanco su página web y sus redes sociales. Es el particular «hombre muerde perro» de esta era.

¿Qué ha pasado aquí? ¿Renuncian al mundo digital? ¿Se disolverá el grupo? ¿Harán un punto y aparte? Esas fueron algunas de las preguntas que generó su vacío el pasado domingo. Las buscaban. Lograron volver a estar en boca de todos, jugando a esa sorpresa fríamente calculada que tan bien manejan. Ahora se sabía que Radiohead estaban ahí. O no estaban. Pero algo pasaba. Y había que saberlo

A lo largo de la semana se desveló todo. Burn The Witch, con su pop tenso, su videoclip maravilloso y sus cuerdas estirando el placer, llenó de contenido el vacío de su web. El viernes se sumó Daydreaming, segundo single, con claras reminiscencias de su cima hasta la fecha Kid A (2000). Son los dos adelantos del disco que verá la luz hoy a las 20 horas.

E igual que ocurrió con In Rainbows (2007), cuando lo soltaron en su web con precio a voluntad, Radiohead siguen generando debate y titulares. Eso sí, cada vez se habla menos de una música eclipsada por estas piruetas mediáticas. Antes asombraban por la excelencia de joyas como Ok Computer (1997). Ahora, por sus maniobras promocionales. Algo falla. O ellos haciendo música o nosotros percibiéndola. Puede que ambos.

Tan frágiles, tan fuertes, tan intensos

Escrito por Javier Becerra
7 de Mayo de 2016 a las 13:38h

NUENO 2

Tan frágiles, tan fuertes, tan INTENSOS. Chicharrón afilaron su triángulo de virtudes anoche en Los conciertos de Retroalimentación. Con el punto ambiental de su nuevo disco, con el amor de sus letras expadiéndose por toda la Nave 1839 y con el círculo perfecto que traza su música con el público, ofrecieron un recital maravilloso. Frágil, fuerte e intenso, sí. Tocando en el alma y cantando con el corazón, da gusto observarlos y forma parte de eso tan bonito que tienen en las manos. Su música purifica, sienta bien y deja como nuevo. Su próximo disco también lo presentarán en este ciclo. O, al menos, eso intentaremos.

fifannahNo estuvieron solos. Bifannah eran también viejos amidos de este blog. Provienen de Wild Balbina y, como aquellos, también instan a la rudeza garajera. Pero en esa ocasión la bañan de tropicalismo, aromas lusófonos y extra de psicodelia. Se trata de una inesperada anomalía en el jardín pop gallego. En estos momento son un niño revoltoso que está creciendo. Nos dibujaron una sonrisa que se agigantará con los años. Seguro.

Y, bueno, esto siempre es así, pero cabe volver a dar las gracias a todos los que acercasteis. Este año todos los conciertos están registrando entradas por encima de lo previsto. Siempre defendemos que este ciclo no nace para eso, sino para expandir la música. Pero sentir vuestro aliento ahí dota a todo de sentido y refuerza la idea. Así que agradecimiento eterno para los que hacéis que Los conciertos de Retroalimentación sean algo real, autosuficiente y con sentido. Un agradecimiento que abarca por supuesto a dos bandas tan majas como las de ayer y a los responsables de la Nave 1839, paraíso cultural de la ciudad donde siempre es un placer hacer cosas. Próxima parada: Lady Leño + Bala en el Playa Club en junio(el concierto iba a ser el 17 pero es probable que cambie de fecha)

¡Qué siga la música! Chicharrón y Bifannah, en la Nave 1839

Escrito por Javier Becerra
27 de Abril de 2016 a las 17:48h

De acuerdo, lo de Triángulo de Amor Bizarro el pasado viernes en el Playa Club fue muy fuerte.Su puñetazo sonoro fue tal que lo normal es que no tuvieras fuerzas para otro concierto en días. Pero tampoco nos vamos a relejar. Los conciertos de Retroalimentación siguen con un doble cartel la mar de interesante: Chicharron + Bifannah (Nave 1836, viernes 6 de mayo, 20.30 horas, 5 euros)

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Chicharron son muy amigos de Retroalimentación. Ya estuvieron el año pasado presentando su primer disco y ahora repiten con un segundo paso, Postal, que nos ha encantado. Más allá de lo que en su día se definió como «la versión acústica de Franc3s» por la presencia de Alberto Vecino en ambas formaciones, ahora Chicharron combinan atmósferas, poesía y una belleza muy particular. Lo puedes escuchar aquí.

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Bifannah también son viejos conocidos de la casa. Sus dos terceras partes proceden de Wild Balbina, que abrieron la tercera temporada del ciclo en el 2014. En esta nueva encarnación han tejido una suerte de garage tropical con arraigo gallego que enamora. Como si los Sonics se mezclasen con Os Mutantes, su primer epé emerge como una deliciosa rareza en el jardín pop galaico. Queremos saborearlo en directo. Y estamos seguros de que encantará y encantarán
Los puedes escuchar aquí.

Y ojo, que para el final de esta temporada tenemos un doble cartel tremendo: Bala + Lady Leño (17 de junio, Playa Club, 6/8 euros). Son dos bandas a las que queremos mucho, con las que hemos encontrado una conexión tremenda y, además, en sus dos conciertos de este año llenaron la Nave 1839 y Mardi Gras respectivamente. Por eso ahora los vamos a colocar en una plaza mayor para que expandan electricidad a más y más personas.

Ruido pop, volumen brutal y feliz cumpleaños

Escrito por Javier Becerra
23 de Abril de 2016 a las 9:28h

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Los conciertos de Retroalimentación no nacieron para conseguir llenos, sino para que en ellos actuasen los mejores grupos del momento en Galicia. Pero cuando la sala Playa Club se pone a reventar como ayer, resulta inevitable dibujar una sonrisa. Fue una gran noche. Triángulo de Amor Bizarro brillaron. El público respondió. Y entre todos crearon una ruidosa bola de emoción generada a volumen brutal para soplar las velas del octavo aniversario de este blog.

Seguramente desde el pase de Schwarz en el 2004 no se metió tanta tralla en el escenario del Playa Club. Ayer todos se fueron a casa con los oídos pitando. El pitido aún pervive hoy al despertar. Triángulo sonaron alto, agrestes e indomables. Fundieron ruido y melodía, detonaciones rítmicas y pausas amenazantes. Demostraron que actualmente no hay quien les tosa sobre un escenario. Dejaron una de esas actuaciones para el recuerdo.

¿Qué es lo que tocaron? Pues, todo su último disco entero, con cruce de cables guitarrero y ocasional ramalazo heavy. También algunas de sus antiguas canciones. Todo con la complicidad de un público loco que demostró que aquello que plantaron TAB en la década pasada, haciendo saltar chispas, rayos y centellas, no solo se mantienen vigente, sino que se se ha multiplicado.

Antes de ellos estuvo otro discípulo del ruido: Rubén Domínguez con Pantis, su proyecto de pop electrónico entre Suicide y Derribos Arias que mola una barbaridad. Seguramente lo volvamos a escuchar.

De este modo tan guay celebramos ocho años de este blog. Fue una maravilla veros a todos, tan entregados y tan cómplices, doblando las expectativas. Muchísimas gracias por el respaldo, la presencia y la energía. Y no os olvidéis que Los conciertos de Retroalimentación siguen. Próxima parada: 6 de mayo, Chicharrón + Biffanah en Nave 1839

Pardo contradiciendo a su destino

Escrito por Javier Becerra
3 de Abril de 2016 a las 11:08h

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Muy grande lo del viernes en el Playa Club con Pardo. Respaldado con la banda con la que grabó Siento no haber sido lo esperado llegó crecido a Los conciertos de Retroalimentación. Con maneras dylanianas, arrojo interpretativo y solidez instrumental repasó su último disco, hizo pequeñas incursiones en su pasado y tocó las versiones que enamoraron a Laura Pausini en su paso por La Voz.

«¿Por qué está todo el mundo hablando de Quique González y no de este tío?», preguntaba uno de los asistentes al concierto. Pues porque a veces hay grandes artistas ensombrecidos no se sabe muy bien por qué. Pardo, al calor de unas 200 personas, se disculpó por no haber sido lo esperado, pero a cambio expuso lo que deseaba ser, lo que está ya siendo y lo que será, sin duda. Muchísimas gracias a él, a sus músicos, a la sala Playa Club y, por supuesto, a quienes en la sobreoferta de la ciudad siguen haciendo un hueco para este ciclo de conciertos.

Próxima parada: Triángulo de Amor Bizarro, 22 de abril en el Playa Club. Celebramos ese día ocho años de vida de este blog. Y Lo que queda.

Pardo: «Quise dedicarme a otra cosa para vivir mejor, pero no he sido capaz de dejar la música»

Escrito por Javier Becerra
31 de Marzo de 2016 a las 20:14h

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Mañana Pardo llegará a Los conciertos de Retroalimentación (Playa Club, 23 horas, entradas). Ya estuvo en el 2014 en solitario, precediendo a Wolrus. Entonces cantaba en inglés y llevaba una guitarra acústica. Ahora, como artista único del cartel, canta en castellano y actúa con banda. Es el Pardo que se puede escuchar en Siento no haber sido lo esperado, su último disco, una obra de rock con poso clásico y múltiples miras al blues, al jazz y al folk que debería tener un reconocimiento mucho mayor que el que ha tenido.

-Viéndolo, trasmite la idea de que ha nacido para ser músico. ¿Se ve así?

-Sí, más que verme así es que sé que valgo. Hay otras cosas que sé que no se me dan bien. Pero en esta que he trabajado tanto y tanto tiempo que no veo otra manera de vivir que no sea así. Lo he intentado, pero no he podido. Estoy demasiado hecho a la profesión [risas].

-¿Realmente ha intentado dejar de ser músico?

-Sí, varias veces. Quise dedicarme a otra cosa para vivir mejor, pero no he sido capaz de dejar la música. ¡Y mira que lo he hecho con ganas!

-Esto es como cuando uno está enamorado e intenta olvidar a la chica… para terminar merodeando por su casa a ver si se topa accidentalmente con ella.

-Sí, algo sí. Al final siempre vuelves [risas].

-¿Qué recuerdos tiene asociados a la música de pequeño?

-La música apareció de manera espontánea en mi vida. Compré una guitarra en un rastro que había en Cuatro Caminos. Costaría unas 3.000 pesetas. Es un gran recuerdo. Con esa guitarra empecé a tocar en casa. Al principio tocaba fatal y cantaba peor. Pero tenía ganas. Recuerdo que mi hermano quedaba con los amigos y les ponía lo que yo grababa para descojonarse [risas]. Luego, también tengo grandes recuerdos de mis primeros viajes tocando. Cuando fuimos a Amsterdam o Canarias a tocar. Era una época mejor. Pagaban bien: te ponían el billete y luego aún te dejaban estar unos días de vacaciones.

-¿Qué artista le fascinó hasta empujarle a ser músico?

-Varios. Ese tipo de cosas tienen que surgir en un estado determinado, que te pillen con las emociones acordes con su música. Me pasó con Bob Dylan. Fue en un viaje a Barcelona, justo cuando me había dejado mi chica. Yo era un chaval, de 19 años o así. Me compré un bootleg series de Dylan y lo escuché en el tren. Ahí empezó mi historia de amor con Dylan que terminó cuando lo fui a ver a Vigo, en el 2008. No me gustó nada lo que vi. Ahí se relajó mucho la cosa.

-Imagino que antes de Dylan hay otros iconos.

-Sí, claro. Uno de ellos es Big Bill Broonzy. Es un cantante de blues acústico de los años 30, que murió de cáncer de garganta. Grabó un montón de discos. Un tipo de esos que se sobrepuso a las adversidades: un analfabeto del sur de Estados Unidos que se fue a Europa y aprendió a leer y escribir. Luego me interesa mucho Nat King Cole trío. Eso me impactó mucho. Me pilló estudiando música y sus armonías y cambios de ritmo me alucinaron. Además, en esa época se grababa mucho y hay mucho material.

-Lo que me cita son artistas muy enraizados ne el folk y en blues. Eso se traslada a su música. Usted suena a clásico, no a algo moderno.

-Es inevitable. Me ocurre siempre. Tiro a lo de atrás. Ahora escucho mucho son cubano y música latina. Pero mi tendencia es tirar hacia atrás. Me gusta ver de dónde vienen las cosas. Luego, le intento dar un punto de vista actual.

-Seguramente por su estética se le asocie siempre al rockabilly. Luego, no ocupa ni un 10% de sus influencias. ¿No le choca?

-Sí, sin duda. Cuando era más joven tocaba ese estilo. Pero ahora no. La gente me sigue asociando a eso. Me gusta, pero no es mi gran influencia. Ahora mismo está muy poco presencia. Quizá hay alguna pincelada, pero no creo que a nadie que sea un fan del rockabilly le guste lo que hago yo.

-¿Qué le atrajo para ser un rocker de adolescente?

-Buff, no sé. Yo era un chaval. En esa edad, te apetece ser diferente, desmarcarte y no ser parte del gran grupo. Con los años ves, sin embargo, que aferrarse a unas ideas fijas es una tontería.

-¿La ortodoxia le duró poco?

-Claro. El que buscaba ser diferente de joven, cuando se crece quiere seguir siendo diferente no perteneciendo a un grupo que le implanta unos prejuicios y unos gustos. Los gustos tienen que ser particulares y de cada uno.

-Ahora se ha pasado al castellano. Los artistas con unas influencias anglosajonas tan fuertes como usted y que hacen el tránsito ven personalizado su sonido radicalmente. ¿Piensa que le ha pasado?

-Lo noté. Ahora ya me acostumbré. Las canciones las hago de la misma manera, pero el castellano me permite hablar con mucha más riqueza, no ser tan evidente. Canto de otra manera. Es muy diferente. La manera de vocalizar cambia y te obliga a cambiar. Si no sonaría a Bertín Osborne haciendo discos de crooner.

-En varios temas del disco se le nota más agresivo. ¿Es por el idioma?

-Sí, algunas son más viscerales y cañeras. Pero eso creo que que se debe a la electrificación de la banda. Me apetecía mucho, porque llevaba dos discos muy tranquilos y echaba de menos meterle un poco a de candela al asunto. Surgió de manera muy natural todo.

-Da la sensación de que el disco gravita en ocasiones sobre el piano, cuando antes era la guitarra acústica.

-Sí, le quería dar más protagonismo. No quería que el peso armónico de los temas lo llevase solo la guitarra. El piano la da más cuerpo. Estoy muy contento con el resultado.

-Volviendo al Dylan con el que «cortó» hace tiempo, lo cierto es que a veces esos pianos remiten a él.

-[risas] Sí, el también cambió de lo acústico a lo eléctrico. Pero bueno, aquí hacemos lo que podemos. Al tener la banda hay más recursos y más libertad.

-¿El título del disco, «Siento no haber sido lo esperado», es una declaración de principios o un mensaje dirigido a alguien?

-Es una declaración de principios. Siempre me ha pasado. La gente, aunque sea de manera optimista y para ayudarte, intenta marcarte un camino que ellos consideran que es el correcto y el que tienes que hacer para tener una vida estable y feliz. Yo creo que cada uno tienen que ver por sí mismo cuál es ese camino. Está bien la ayuda, pero tampoco hay que dejarse llevar.

-¿Es más feliz con los altibajos de la música que trabajando en una gestoría?

-Sí, no me veo ahí, haciendo declaraciones de la renta [risas]. Con todo mi respeto. Cada uno vale para lo que vale y es feliz donde sea. Yo no podría decirle a mi gestor: «Oye, vente de roadie conmigo en la furgoneta». Seguro que él tampoco sería feliz.

-¿Ha decepcionado a mucha gente no siendo lo esperado?

-No creo. Supongo que alguna vez sí. Si eres fiel a ti mismo y con cariño a los demás no creo que hagas daño.

-Ahora que le entendemos, encontramos cosas curiosas en las letras. Una es eso del «torero vegano». ¿De dónde viene?

-[Risas] Se me ocurrió, sin más. Es una letra con humor, criticando la sociedad actual. Está tan presente lo de los toros y los veganos, que seguro que hay alguno que se haya vuelto vegano diciendo: «El toro es mi amigo, no lo voy a matar». Es una crítica constructiva, pero una crítica.

-Estamos en un momento en la música alternativa en la que se han derribado muchos perjuicios. En los noventa la gente se definía en negativo, diciendo lo que no iba a hacer. Ahora parece que la gente se ha relajado. Eso me lleva a su participación en un talent-show como La Voz. ¿Cómo se mete ahí?

-Esto es un trabajo y quieres llegar a la mayor gente posible. Así debería ser. Ocurre lo mismo con un pintor o un escritor. Quiere público. Lo que ocurría antes son prejuicios debidos a la ignorancia o a esa idea de estar metido en un colectivo con reglas. Yo creo que es bueno abrir todas las puertas que puedas. A mí me llamaron, me insistieron para que fuera a los castings y dije: «Bueno, ¿por qué no? Al fin y al cabo es un día por la noche con cinco millones de personas viéndote». Eso es no sé cuántas veces el Santiago Bernabeu.

-La experiencia, sin embargo, no fue positiva. En una entrevista en El Giradiscos raja de lo lindo del programa.

-[risas] No, la experiencia fue positiva, pero mi opinión personal de la gente que está detrás en la productora y cómo vi yo que hacen las cosas fue un poco triste. Se aprovechaban de chavales, que yo veía que tenían talento pero que estaban perdidos y se fiaban demasiado de la productora. Aparte del sensacionalismo, le prometían a gente muy joven que iban a lograr muchas cosas. Todo para conseguir lo mejor de ellos y, luego, en el momento en el que se tenían que desahuciar de ellos, le cerraban la puerta en la cara sin ningún tipo de compasión.

-¿No surgió la oportunidad de hacer un disco con Laura Pausini?

-[Risas] La verdad es que no la vi mucho. En la tele parece que ensayas con ellos, pero la verdad es que debí estar cuatro minutos con ella. No más. Al final ensayábamos con alguien que no conoce nadie. Es televisión.

-Resumiendo, ¿tiene usted vocación minoritaria?

-No, soy un artista que intenta llegar a todos los oídos posibles. No quiero cerrarme. Me encantaría gustarle a la señora que vende las cigalas en el mercado y al chaval que está jugando al fútbol en Argentina. Cuanto más gente, yo más feliz.

-Quizá se pueda ver algo ya en el disco, pero todo hace pensar que aumentará en el futuro. Me refiero al tema latino. ¿Camina Pardo en dirección de latinizarse?

-No sé si latinizarme, pero sí que camino con ideas nuevas. El próximo trabajo seguramente será muy diferente. Quiero probar cosas actuales. Me apetece jugar con la electrónica, por ejemplo. Pardo camina hacia adelante. Ya veremos hacia dónde.

-¿Me está hablando de electrónica?

-Sí, y de más cosas. Tengo muchas ideas en la cabeza. No quiero ponerme límites

-¿Pardo goes to techno?

-Ya molaría. Pero para eso seguramente aún haya que esperar unos años.