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Drama: chicos que llevan camisetas de los Ramones sin saber qué grupo es

Escrito por Javier Becerra
3 de septiembre de 2018 a las 9:14h

Andan algunos roqueros veteranos preocupados desde hace años por el sentimiento con el que se defienden en público las camisetas de los Ramones. Las visten algunos chicos y chicas adolescentes. Dicen que las ponen solo “por moda” sin saber quién es el grupo que llevan estampado en el pecho. O, lo peor, llega un momento en el que cuando suena el grupo lo identifican con el de las camisetas.

Entre la franja de musiqueiros de 40 ese tipo de reproches son habituales. A veces incluso se usa la palabra “cultura” en ellos. En la zona de los 15 o 20 mucho me temo que suenan a diatribas de viejo chocho. Que subrayen tanto lo de la “cultura” amplifica esa sensación. Sí, “Now I want to sniff some glue”, 40 y tantos tacos, canas, niños inconscientes, CULTURA. Sí, ¡todo junto!

Puede ser más impactante aún. Ayer estaba con mis hijos buscando temas para agregar a la lista de Spotity familiar que tenemos para los viajes en coche. Les puse “You Really Got Me” de The Kinks a ver si les gustaba. Intuí que esos riffs tan marcados y esa estructura tan básica que crece y crece, inyectando euforia les podía encantar. ¡Y vaya si les encantó! De hecho, ya la conocían. En cuanto sonó el primer guitarrazo exclamaron. “¡¡¡Sí, esa es la de Alvin y las Ardillas!!!”.

¿¿¿Ein??? ¿Qué es eso de las ardillas y los Kinks? ¡Ah, sí! Es la película aquella de un grupo de ardillas que tienen un grupo. Pues sí, estos niños (y supongo que muchos otros) conocen a los Kinks por esa película. Bueno (atención: aquí llega el drama “cultural”), no conocen a los Kinks, sino a la canción autotuneada a lo bestia por los animalillos animado. Un sacrilegio para muchos de esos que no asumen que el espíritu del rock que ellos vivieron de jóvenes se ha diluido.

¿O no? A lo mejor no viste tanto para fardar en público y se opta por pérdidas de virginidad más cool. Pero si alguno si echa la vista atrás, a lo mejor se encuentra con que sus primeros rocanroles fueron cosas como esta:

Ah no, ¡que aquí la gente escuchaba a Joy Division con tres años!

Y quién sabe si a lo mejor la atracción por grupos como Iron Maiden llegó por su impactante logotipo y el muñeco de Eddie que por la música en sí. Ahí, intentando emular las angulosos letras del grupo y dibujando el esqueleto de “The Trooper” sin conocer ni una sola nota del grupo. En mi caso, al menos, fue así.

¿Qué decimos del acid house? Uno de los movimientos más importante de la música popular de los ochenta y noventa, de esos a los que ls revistas modernas dedicaron concienzudos análisis socio-musicales… y nosotros, aquí con el smiley en el pecho serigrafiado sin tener ni la más remota idea de su significado. ¡Drama cultural! ¡Drama cultural!

(lo de Jive Bunny & The Mastermixers no lo citamos, lo dejamos para otra ocasión)

Méntanle unas multinacionales de por medio, a los que fueron críos en los ochenta trabajando en ellas y la facilidad de acceso al producto de hoy en día. A lo mejor no es que las cosa hayan cambiado tanto. A lo mejor es que han seguido su curso natural. A mí la verdad es que nada de ello me molesta. Básicamente, porque yo me acerqué a la música como pude. Y estos niños y chicos lo hacen igual. Unos de manera circunstancia, otros por moda y otros por un interés más allá. Vamos, como siempre.

La “Insurreción” me conquistó 30 años después

Escrito por Javier Becerra
2 de septiembre de 2018 a las 10:02h

Cuando yo tenía 12 o 13 años había grupos que sonaban continuamente por ahí que detestaba. Uno de ellos era El Último de la Fila. No sabía explicarlo muy bien entonces, pero creo que me reventaba su sonido afilado. También su estética y su actitud de normalidad haciendo playbacks. Todo ello con un éxito desmedido. Además, la gente que supuestamente entendía de música los apreciaba. Nunca los entendí…

“Insurección” sonaba constantemente. Los mayores a mí se estremecían cantándola. Era algo parecido a lo que ocurría con Radio Futura o Golpes Bajos, una especie de rareza para todos los públicos que a mí se me escurría entre los dedos sin posibilidad alguna de atraparla.

Todo hasta que la pasada primavera vino Iván Ferreiro al Playa Club Coruña a dar uno de los concierto de presentación del Atlantic Fest. Interpretó esta canción. Y le gente se fundió con él, cantándola. Yo estaba fuera de la sala, charlando con unos colegas y, de pronto, sonó. Clic. Conecté por arte de magia. Me metí por sus particulares curvas melódicas, por esa euforia que desprende y por la fuerza que comanda la pieza en cada cada compás.

https://twitter.com/playaclubcoruna/status/1035836516512227329

De pronto, 30 años después, conecté por arte de magia. Me metí por sus particulares curvas melódicas. Me contagié por esa particular euforia que desprende. Y sentí por dentro la fuerza que comanda el tema a cada compás. Nunca es tarde para reconciliarse con ciertos grupos y ciertas canciones. Sobre todo cuando son tan grandes como esta maravillosa “Insurrección”

Retírese señor músico, no dé pena

Escrito por Javier Becerra
29 de agosto de 2018 a las 16:37h

Leo una entrevista con un artista español cuyo momento de mayor popularidad fueron finales de los ochenta y principios de los noventa. En ella dice el hombre que sigue tocando aquellas canciones en directo, porque disfruta con ello y gracias a que tiene un pequeño público fiel que lo respalda. En los comentarios un lector dice que hay que saber retirarse a tiempo, que es mejor hacerlo que terminar “dando pena” y le insta a ello. Así, sin más. Me pregunto en cuántas otras profesiones ocurre algo parecido. Ojo, no hablamos de juzgar el trabajo ajeno, de decir que lo hace bien, mal o regular. Hablamos de espetarle a un profesional que se retire mucho antes de que llegue su edad de jubilación. De lo contrario dará “pena”.

Hace poco en un hilo de Facebook un amigo periodista musical se cuestionaba que hubiera artistas británicos de los 90 que volvieran a los escenarios. Se les criticaba que lo hicieran por “la pasta”. Se decía que no tenían nada que ofrecer. Y se deseaba que no volviesen porque ya se las había pasado su momento. En el debate entró un músico. Con sorna, preguntaba si alguien ponía en tela de juicio que los periodistas musicales trabajasen por dinero o que siguieran escribiendo a partir de una determinada edad. En ese caso, pedía el límite de años a partir del cual un artista podía tocar o no tocar. La verdad es que en la falta de sonido de las conversaciones digitales se hizo un tremendo silencio. Realmente lo que decía aquel músico era tan de sentido común que todo el mundo tuvo que contar hasta cinco antes de poder hablar.

Uno seguramente ha caído en posturas como las anteriormente citadas. Forman parte de la particular psicología de la música popular. Se supone que hay que empezar a decirlas cuanto en la adolescencia se empieza a tener criterio (o al menos cuando se empezaba a creer que se tenía). Es algo así como quejarse de la acústica de las salas, las producciones de los años ochenta o sentenciar que en sonido de vinilo es mejor que el digital. Jubilar a músicos forma parte del catálogo. Lo hace de tal manera que nos lleva a una pregunta: ¿Será quizá que esto de la música en realidad no es una profesión para la mayoría de la gente? ¿Será que todo el mundo ha asumido que los artistas están forrados y pueden interrumpir su trabajo a los 40 años para no seguir “dando pena”? ¿Será que eso de la farándula en realidad se percibe como una coña y no un oficio? Quién sabe. Pero desde luego conozco pocas en las que se “retire” de esa manera. Más allá del deporte (y aquí por evidentes limitaciones físicas),… pues no, no me salen.

Y eso, amigos míos, a poco que lo piensen es una verdadera pena. Especialmente para los que aman la música.

La importancia de la edad para flipar por colores

Escrito por Javier Becerra
22 de agosto de 2018 a las 9:32h


Una opinión sobre la crítica musical que me dieron el otro día: «Gente de más de 40 años hablando de música cuyo presente consideran muy inferior al que ellos vivieron de jóvenes y, además, despreciando los géneros nuevos con prepotencia».
Me dejó pensando todo el día. Y, desde mi postura de cuarentón, me hizo recordar cuando yo era el que defendía posturas parecidas.

En 1995, concretamente el 5 de enero (hay fechas que no se olvidan) vi en directo a Los Planetas por primera vez. Presentaban “Super 8” en el Playa Club de A Coruña. La revista que compraba yo, Ruta 66, había puesto el disco fatal y la gente que “entendía” que conocía decía que eran una mierda. A saber: solo hacían ruido, el cantante no tenía voz y, aún por encima, en directo eran un desastre. Yo adopté el papel de “estamos ante un grupo sobrevalorado” porque, la verdad, las maquetas y el “Medusa ep” no me parecían superiores a grupos como El Inquilino Comunista, Silvania o Usura, que eran los que encantaban de aquel primer indie patrio, llamado entonces noise-pop.

Pero fui a verlos igual. Y precisamente ahí, en el peor de sus terrenos, flipé por colores. ¡Guau! Hicieron clic en ese lugar, en la emoción pura. Pusieron mi vida patas arriba. Me hice fan a muerte y extendí ese fanatismo entre mis compañeros de universidad. Entre todos creamos una especie de club secreto de adoradores Nos dedicábamos a hacer sesiones en las que escuchábamos al grupo en el mismo tono que escuchábamos a Galaxie 500, Sonic Youth o My Bloody Valentine. Básicamente, aquellos tipos granadinos hablaban de nuestra vida y en nuestro lenguaje con unos versos certeros, unas melodías increíbles y con todo aquel maravilloso ruido que habíamos devorado con Jesus & Mary Chain.

Yo tenía 19 años. Me veía totalmente reflejado ahí. Un tipo de 40 tendría que hacer un esfuerzo extra que, en la mayoría de los casos, devenía en algo imposible. Otro que llegase a ellos desde posiciones roquero-cañeras tradicionales, también. ¿Y qué decir si lo hacía desde la radiofórmula o el pop pos-movida? La verdad es que jamás me han advertido tantas veces de que uno grupo que me encantaba era un fraude como con Los Planetas. La realidad es que solo desde la crítica joven y más o menos indie que florecía entonces, se les aceptó. Una crítica que, supuestamente, estaba mucho menos formada que la otra.

Entonces todo lo (malo) que dijeran de ellos me importaba nada. Había hecho clic. Como antes lo había hecho con Stone Roses o Los Flechazos. Es más, que todos aquellos cuarentones los pusieran como ejemplo de “mira esta porquería de pop que escuchan los chavales ahora” lo hacía todo más especial. Que la gente que escuchase radioformula y los roquero-cañeros pensasen algo similar, también. Yo tenía razón y ellos no. Puede que ellos supieran mucho más de música que yo, pero eran incapaces de conectar ahí. La edad era un muro. La sabiduría, otro. La arrogancia en el desprecio, el paquete completo.

Me temo que el deslenguado chaval que me hizo esa reflexión-ataque sobre la crítica música el otro día se refería a algo parecido a eso…veintitantos años después. Todo vuelve al punto de partida.

La emoción de la música según Guille Milkyway

Escrito por Javier Becerra
13 de agosto de 2018 a las 12:49h

Hace unas semanas entrevisté a Guille Milkyway para Fugas y la verdad es que se me fue un poco la mano en mi protagonismo en la entrevista. Todo me parecía interesante, pero el hecho de estar yo ahí opinando e interviniendo me generaba dudas. Son esas reglas del periodismo que a veces hay que romper, pero que te hacen sentir algo inseguro al hacerlo.

En la última pregunta, la referida a si la música le salvó la vida, él hace una reflexión sobre la emoción necesaria para escribir sobre ella. Su respuesta veo que le ha gustado a mucha gente. Revisando la transcripción veo que había dos preguntas más que omití precisamente por eso, para evitar mi presencia exagerada. Teniendo en cuenta que el blog es algo más personal, las recojo aquí porque tratan de una cuestión que intermitentemente sale en las relaciones músico-periodista.

-Un reproche que recibimos a veces los periodistas musicales por parte de los músicos es que supuestamente no sabemos de música, porque (supuestamente también) no sabemos tocar instrumentos. El reproche que yo le hago a los periodistas, cuando me pongo en el papel de lector, es que me hablan demasiado de parecidos y escenas. Me falta la emoción. Creo que de los Sex Pistols hay que hablar en términos de furia, rabia, ira y fuego en la boca. Y no en escalas de acordes, situacionismo o en si copian aquí o allá.

-Es que no hace falta más. El músico mismo, si no hace ese esfuerzo, no llega a la música. Lo veo continuamente. Músicos que, de repente, escuchan un disco de eso o lo otro y lo primero que te dices es: “Bah, esto ¿Te has fijado? Es la típica rueda de acordes que no sé qué». ¡No me interesa! ¡Ya lo sé! ¡Joder, que todo el blues y todo el doo woop es esa rueda de acordes! A mí lo me interesa es ese discurso emocional. Lo otro tiene un interés más técnico. Lo de las referencias es más divertido para leer en profundidad en un libro sobre el grupo, pero ese análisis puramente emocional, que es el que tiene David el del bar, es el que me interesa.

Otra cosa es que una persona quiera hacer una crítica sobre técnica de la música y él no sabe técnicamente sobre eso. Eso claro que molesta al músico. Si no, es que es muy pobre. ¿Qué pobreza de crítica si me vas a hablar de los Sex Pistols hablando de referentes y escalas cromáticas?

-Yo le doy charlas a los niños sobre historia del pop. Les pongo “Anarchy in The Uk” cuando la tocaron en la tele con Johnny Rotten desencajado de furia. Me inspiro en el libro de “El Monstruo de los colores”. Les digo lo que es la ira, lo que es alguien enfadado y los animo a que gruñan. Lo entienden a la primera.

-Es totalmente así. A lo otro se llega más tarde, porque hay algo ahí que te llama la atención desde el punto de vista técnico. Pero lo otro es lo que te va a dotar de un criterio de por vida. Alguna vez he pinchado para público infantil. Les cambiaba rápido de canción y que cada uno bailase como quisiera. Les ponía a los Sex Pistols y luego a Chet Baker. De pronto veías a los niños cómo bailaban de un modo más introspectivo. Si yo les hago una crítica técnica de un disco de los Sex Pistols y Chet Baker a lo mejor creen que hacen una música parecida, con unas escalas un poco distintas. Pero no, no lo es.

Cambio de sensaciones con Belle and Sebastian

Escrito por Javier Becerra
11 de agosto de 2018 a las 11:23h


Es una sensación muy agradable esa de ir a un concierto con tibias expectativas y terminar totalmente encantado. Ayer me ocurrió eso con Belle & Sebastian en Riazor, dentro de su concierto del Noroeste. Cuando tocaron hace unos cuatro años en Santiago me quedó un regusto agridulce. El mismo que te queda tras reunirse excitado con los viejos amigos de la universidad y comprobar, a los pocos minutos, que toda aquella chispa anhelada se había perdido para siempre.

A Riazor, sin embargo, acudí con la clara consciencia de que aquello ya no es lo que era ni de lejos. Que el grupo era un poco aburrido para un gran festival. Y que, bueno, en esa condición de dinosaurio indie apenas podían agradar apelando a lo viejo desde un espíritu muy diferente. Y, vete tú a saber si precisamente fue por reunirme con viejos amigos (esta vez con la consciencia clara de que no, aquellos tiempos ya han pasado…y en muchos casos mejor) para verlos. O quizá que el oleaje que acariciaba la playa, sumado a las buenas vibraciones de este Noroeste me predispuso a ello. Pero lo cierto es que los Belle and Sebastian de anoche me gustaron un montón.

Me gustaron en sus rescates del pasado glorioso de los noventa (“oooohhh, get me away from here i’m dyiiiiiiiiing”). Me gustaron cuando picotearon por lo mejor de sus singles posteriores (“I’m Cucko”, “Another Sunny Day”…). Y me gustaron con las piezas de la última etapa. Además del repertorio, el contagioso buen rollo del grupo, con un Stuart Murdoch saltarín irradiando simpatía, hacía que te sumases a la fiesta irremediablemente. Quizá, por ponerle pegas, hubiera sido estupendo contar con un poco más de tiempo. También quedaron fuera muchas míticas. Pero puede que a lo mejor esa manera de no caer a los previsible (o al menos lo que preveía yo) ayudase al resultado final.

Por mi parte, la de una persona que los tuvo como favorito absoluto en aquello que llamamos posadolescecia, tengo que confesar que pensé que a lo mejor no hice muy bien del todo obviándolos durante todos estos últimos años. Un cambio de sensaciones de lo más placentero. En esto del pop nunca se termina de sentir las cosas del todo.

¿Alguien se cree las cifras de asistencia de los conciertos?

Escrito por Javier Becerra
6 de agosto de 2018 a las 1:21h

Se han exagerado tanto tradicionalmente las cifras de asistencia a los eventos musicales que, la verdad, hoy por hoy no significan absolutamente nada. Más allá del “poca gente”, “mucha gente pero se estaba bien”, el “lleno” o el “petao” el resto poco importa.

Yo he visto trabajando, por ejemplo, como nos dijeron que había 45.000 personas en Santa Cristina con el Africa Express o 50.000 en Riazor con Bisbal. Cuando me tocó cubrir algún evento de esos y me lo decían oficialmente a alguno se le iba la risa.

Ayer estaba en la redacción esperando el texto del concierto de Raphael. El redactor que cubría la noticia me dijo que le habían dicho que había oficialmente 28.000 personas viéndolo en la plaza de María Pita de A Coruña. Luego, a los pocos minutos, el Twitter del Ayuntamiento ponía 29.000, finalmente la cifra oficial. Y me vinieron todos aquellos recuerdos a la cabeza.

Hay algo curioso: las cifras, siempre in crescendo. Si un año hay 20.000 personas en un concierto estrella al año siguiente son 22.000 en el concierto estrella que toque. Jamás, 18.000. El tercer año de mandato es en el que se produce el pico más alto. Para que bajen se necesita un cambio de gobierno. Pero, luego la cosa empieza a subir año a año de nuevo.

También es curioso su cuestionamiento: los que dudaban de las cifras que daba el Ayuntamiento con otros gobiernos ahora se las creen y los que las creían antes ahora dudan.

Este temazo titulado “Don’ t Get Me Wrong”

Escrito por Javier Becerra
4 de agosto de 2018 a las 10:51h

A mediados de los ochenta los sábados por la madrugada echaban en la TVG un espacio que se llamaba Sky Chanel. Lo ponían justo antes de la lucha libre. Y durante el tiempo que duró, rivalizaba también con el mundial de México 86. Las tres cosas me flipaban. En realidad, aquel Sky Chanel era un resumen de videoclips que ponían en el canal que solo se podía ver con parabólica. Y para mí eran una cita sagrada.

En teoría allí sonaba lo que arrasaba en Inglaterra: A-ha, AC/DC, Pet Shop Boys, Bangles o Modern Talking. Aquello llegaba como con humo (en serio, los videos siempre tenían una neblina muy de esa época). Sonaba muy moderno. Muy sofisticado. Muy excitante. Son esos contactos vírgenes con la música irrepetibles y que te marcan. Uno de los videoclips que se repetía cada semana era “Don’t Get Me Wrong” de The Pretenders. La canción era flipante. La imagen de Chrissie Hynde conduciendo un deportivo rojo, tremendamente adictiva. No era la típica guapa a la que estabas acostumbrado a ver como guapa. Era otra cosa que más tarde descubrirías como atractivo. La música tenía esa guitarra nerviosa, ese punto sintético ochentero y esa voz ligeramente perezosa que la hacía irrechazable. Me encantaba repetir la experiencia cada fin de semana.

Pero pasó el tiempo, crecí, leí revistas de música y formé “un criterio”. En esto último, a principios de los 90 existía un mantra que indicaba que las producciones pop-rock de los ochenta eran una porquería. No eran reales. Sonaban a plástico. Sí, todo eso que que nos había resultado sofisticado, moderno y excitante no valía. Y, con una canción así, había que decir eso de “el tema en sí no es malo, pero la producción lo destroza totalmente, los ochenta hicieron mucho daño” y apelar a los dos primeros discos del grupo, a los “buenos de verdad”.

Sin embargo recuerdo una vez, a finales de los noventa o principio de los dosmiles, que en el Patachim Juanjo, el dj, la empezó a poner. Algunas veces los paladares indies le bufaban. En una ocasión, imagino que hasta los mismísimos, la puso se subió a una silla desde dentro de la barra y empezó a gritar: “¡Esto es un temazo! ¡Esto es un temazo! ¡Esto es un temazo!”. Para luego ponerse a bailar como un niño que quiere chinchar a otro. Todo ante la complicidad de unos y la cara de “¿y este de qué va?” de otros. Yo era de los primeros. Creo que aquel día recuperé la canción de golpe.

“Don’t Get Me Wrong” es un temazo. Sí, como los de las Supremes o las Ronettes. Es decir, un temazo canónico que trasciende a todos los “criterios” que se le quieran poner.

¿Por qué las mujeres no se avergüenzan de la música que escuchaban de niñas y los hombres sí?

Escrito por Javier Becerra
26 de julio de 2018 a las 7:57h


¿Por qué, en general, las mujeres no tienen problema alguno con la música que les gustaba cuando eran niñas y adolescentes y, en general también, los hombres sí?

Es decir, una mujer que de niña le gustaba los Hombres G o Alejandro Sanz y ahora Radiohead y Arctic Monkeys no lo oculta. Es más, si vienen Hombres G a su ciudad se junta con sus amigas para ir a verlos y disfrutarlos como entonces.

En el caso del hombre suele ser otra cosa… O te intenta convencer de que estaba viendo La Edad de Oro con cinco años o, directamente, te dice que se compró el primer disco de Joy Division el día que salió. Pueden sustituirse estas referencias por cualquiera otras “cool” del ámbito que sea. Pero lo extraño es encontrar a melómanos de mi edad que escuchasen de pequeños a Mecano u Europe, lo admitan y que,como en el caso de ellas, los sigan disfrutando sin complejos.

Esa manera de acercarse a la música creo que explica en muchos casos las peleas de gallos de musiqueiros “machos”, incluso cuando se pretende ir de rollo ecléctico y súper abierto.

No hay duda. Las mujeres de mi entorno (mayores y pequeñas) me han dado varias lecciones al respecto. Hay que aprender a ser como ellas al escuchar música. Se disfruta más.

Resplandor electrónico para cerrar la temporada

Escrito por Javier Becerra
20 de mayo de 2018 a las 11:19h


Resulta increíble (y adorable) la pasión, el cariño y la sensibilidad con la que Tarci Ávila y Nacho Dafonte tratan su proyecto Presumido. Aunque toquen para 30 o 40 personas como ocurrió ayer (esperábamos mucho más, confieso), ellos sacan pecho y se enfrentan a ello como si estuvieran en un pabellón de deportes. Hay tanto convencimiento en ellos que todo se contagia. Tanto la pasión, como el cariño como la sensibilidad.

El dúo se encargaba de cerrar la sexta temporada de Los conciertos de Retroalimentación. Y se plantó en el BâBâ Bar con toda su parafernalia audiovisual a cuestas. Desgranaron su álbum “Vendetta” y presentaron algunas canciones nuevas. Tocaron la fibra sensible con su exquisitez melodica y aturdieron un poco las mentes con su capacidad de crear atmósferas ensoñadoras. Al final, muy al final, sacaron el puño pirotécnico con “El puño de la girona”.

Cerramos así otra nueva etapa de este ciclo que, de nuevo, nos ha deparado grandes momentos y ha puesto sobre la mesa algunas de las flores más bonitas del jardín de la música que se hace ahora mismo en Galicia. Nos tomamos un descanso en verano y, si todo va bien, volvemos en octubre. Muchísimas gracias a todos los que habéis acudido a alguna de las actuaciones, a las salas Playa Club, Garufa y BâBâ Bar por portarse tan bien y a esos artistas que nos enamoran y empujan toda esta historia.