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Entradas para la categoría ‘Reflexiones’

Cuando las entradas de conciertos eran pequeños tesoros

Sábado, abril 27th, 2013

Hubo un tiempo en el que las entradas de los conciertos eran pequeños tesoros. Pocas personas las tiraban sin más al asistir a uno. Todo lo contrario, había que guardarlas. En ese pedazo de papel descansaría para siempre el recuerdo de aquel día. El primer recital, el primer festival, la primera vez que uno vio a un grupo internacional. Como muescas sentimentales, pendían del corcho de la habituación formando un particular collage multiforme. En él que se podía leer parte de la personalidad de la persona. Cuando menos, delataba una cosa: lo importante que la música había sido en esa vida. Y, pasado el tiempo, generaba otra: una terrible sensación de nostalgia al recordar aquellas fechas (“¿Realmente lo de los Ramones en el Coliseum fue en 1993?”) y aquellos espacios (“¡Buff!, la sala Cisco ya ni me acordaba de que allí daban conciertos”).

No volverá a pasar, me temo. Las entradas perdieron, poco a poco, esa capacidad de generar emoción. A principios de la década pasada se empezó a imponer la fórmula de “impresa en el acto por ordenador”. Nada de color, nada de imagen del grupo, nada de nada. Solo el logotipo de El Corte Inglés (o el lugar en el que se hubiera comprado) y unas letras impresas en una tinta que, aún por encima, con el tiempo desaparecería. Curiosamente, esta devaluación del fetiche coincidió con la implantación del concepto “gastos de gestión” mientras lo sentimental se esfumaba. ¿Para qué colgar en el corcho esas entradas despersonalizadas si resultan todas iguales? ¿Cómo atravesar con un chincheta el resguardo del bolo de Neil Young & The Crazy Horse si iba a lucir lo mismo que uno de Bustamante? Pues para nada.

Todavía se podía ir a peor. Sí, al modo imperante en la actualidad. Hoy en día las localidades se compran por internet, se imprimen en casa y, luego, se lee su código QR en la sala, al llegar. Un folio din A-4, un mísero folio din-A4, sin más. O un archivo PDF en su defecto ¿El siguiente paso qué será, poner la huella dactilar al entrar? ¿Un módulo de reconocimiento facial? Quién sabe. Hay que aceptar que las cosas evolucionan y que todo tiene que cambiar, qué remedio. Pero ello no quita que permanezcan anhelos anclados en el pasado. Algunos tan justos como este. Porque al final, resulta que ves a Bob Dylan en Nueva York (algo totalmente excepcional en tu vida) y el pedazo de papel que traes resulta tan impersonal que no merece la pena ni guardarlo. Por ello, cuando en las poquísimas ocasiones en las que tras pagar la entrada en la taquilla ofrecen uno de esos maravillosos trocitos de papel, se siente una sensación lejana, especial, como de otra era. Algo realmente delicioso.

Nadadora y el tramposo encanto de lo indie

Jueves, diciembre 13th, 2012

Cuando en el 2004 escuché por primera vez Set Yourself On Fire de los canadienses Stars lo vi claro. Especialmente con una canción, Ageless Beauty. Ahí se encontraba exactamente el sonido al que debería aspirar Nadadora. Entonces, la banda de O Grove preparaba su primer disco. Estaban todos ellos fascinados por The Delgados y el trabajo que Dave Fridmann había hecho en Hate. También con el viraje hacia el folk-rock de Mojave 3. Pero, a mi modo de ver, ese punto de evanescencia sintética en clave noise pop les iba como anillo al dedo. Se lo comenté a Gonzalo Abalo, cantante y guitarra de la banda que ayer anunciaba en La Voz su separación. Él asentía, pero no tardaba en poner el freno. “Conseguir eso cuesta dinero”, decía.

Ya ha pasado suficiente tiempo para admitir sin problemas que aquel primer disco de Nadadora, Todo el frío del mundo (2005), derivó en algo embarullado y falto de dirección, pese a la calidad de su cancionero. También para afirmar que el segundo, Hablaremos del miedo (2007), se quedó en un frustrante quiero y no puedo de la grandeza dramática a la que aspiraba. Solo en su tercer paso, Luz, oscuridad, luz (2010), se alcanzó ese punto óptimo al que la banda aspiraba desde el primer momento. ¿Cuál es la diferencia? Pues no tanto las composiciones, el estilo o el aprendizaje, que también. Especialmente influyó una cosa: el dinero. En el último trabajo, por fin, el grupo había podido ponerse en manos de un productor a su medida. Fino Oyonarte el responsable del Super 8 de Los Planetas hizo diana. Pero costó. Sudor, pero también euros. Tal es así que mientras los dos primeros trabajos se amortizaron a los pocos meses, al tercero aún le queda una buena parte del “debe” por cumplir. Sí, dos años después de grabarse el grupo aún no ha generado el dinero suficiente con los conciertos como para pagar su grabación.

Ahí radica el gran problema del indie en España. Tras la página laudatoria en Rockdelux, la soñada actuación en el FIB y los “me gusta” de los fans en facebook se esconde una particular espiral que rara vez va más allá de otro destino que la inanición y los bolsillos agujereados. Todos los círculos giran en esa dirección: el amateurismo como filosofía obligada, la necesidad de compaginar todo con trabajos, el poner pasta que nunca vuelve y la sensación de estar viviendo algo muy intenso pero que nunca llega a la plenitud total. Dos años, cinco, ocho, diez… los que sea. Un día hay que decir basta. Cuando la situación laboral obliga a poner tierra de por medio y resulta imposible ensayar, cuando no existe el modo de girar con un crío a cuestas, cuando no hay manera de convertir la de músico en una profesión… Nadadora han llegado a ese punto. Y han dicho basta porque no quedaba más remedio que decirlo. “Nos es totalmente imposible afrontar la grabación de un nuevo disco y su posterior gira”, confesaba Gonzalo Abalo ayer en La Voz.

Resulta, en cierto modo, lógico. Los milagros solo ocurren de cuando en cuando. Que un grupo que se nutre del espíritu de Sarah Records y los sonidos shoegazers pueda vivir de su música en España semeja una quimera. Nadie esperaba otra cosa. Ya bastante supuso llegar a la final del Proyecto Demo, tocar por medio país y colarse en la vida de decenas de personas con esos planteamientos. Realmente, resultó un éxito inesperado. Aunque quizá el haber llegado ahí, acariciando con la yema de los dedos el momento de decirle al jefe “el lunes no vuelvo”, lo haya complicado más el final. Pero cuando llega la parálisis y esta se convierte en una mano que dice adiós todo parece más claro. Como tantos otros, Nadadora no se disuelven porque el discurso esté agotado o no tengan más cosas que decir. No, lo hacen porque no solo no pueden vivir de ello. Ahora, ni siquiera pueden vivir para ello.

No hay amateurismo que resista. Existen unos años en los que sí, se acude a festivales de relumbrón a pérdida. Se asume como unas vacaciones y aún por encima ¡con pase de artista! También hay momentos en los que se presenta la oportunidad de tocar en Albacete y se hacen tropecientos kilómetros para que te vean 30 personas. Todo se justifica como una experiencia. Y, cómo no, se puede terminar llegando (literalmente) a la carrera al Lolapop con la banda esperando en las tablas porque el vuelo que te trae de Madrid en donde saliste de trabajar a las cuatro de la tarde tuvo un retraso. El corazón joven lo resiste. Pero, tarde o temprano, aparece ese día en el que o todo eso se sostiene por sí solo, como un trabajo, o no hay manera de continuar.

Téngalo en cuenta antes de señalar con el dedo a los grupos que pretenden vivir de su música. Sí, a los Lori Meyers, Dorian o Delafé y Las Flores Azules. También a Triángulo de Amor Bizarro, El Columpio Asesino o La Bien Querida. En el indie existe una tendencia a adorar lo marginal y machacar a esas bandas que intentan emprenden el vuelo. El permanecer en el nido no sirve de nada. Puede resultar encantador, vale, pero a la larga no deja de ser más que una tijera que lo aborta todo. Impide que los grupos puedan crecer implicados al 100% en su música, que los discos suenen como tiene que sonar y que las carreras se desarrollen sin que un día la realidad muestre la peor de sus caras diciendo: “Hasta aquí llegaste, amigo”.

Habrá quien insista en que todo ello tiene encanto. Otros hubiéramos preferido que aquellos dos primeros álbumes de Nadadora gozasen de la calidad de sonido del tercero, que todos sus conciertos hubieran estado precedidos de una dinámica normal de ensayos y, sobre todo, que el grupo pudiese decir en un futuro todo lo que ha quedado mudo en el local en un cuarto y quinto disco que nunca verán la luz. Y eso, señores, es una verdadera pena.
Imagen de previsualización de YouTubeNadadora interpretando “Plásticos y metales” en el FIB 96 en su máximo momento de apogeo

¿Dónde quedó aquel nerviosismo?

Lunes, septiembre 3rd, 2012

Era una escena típica de finales de los ochenta. El día que daban las vacaciones de Navidad quedaban, por la tarde, varios compañeros de clase. Iban a comprar su adelanto de regalos. En aquel grupo de 8º de EGB había calado música hasta tal punto en que todo se podía dividir en pijos, normales y los de la música. Se había cocido en el aula un ambiente un tanto especial. Había un heavy que flipaba con Helloween y otro al que le encantaba Bon Jovi. También un fan de Dire Straits enamorado del sonido digital, que ya atesoraba piratas del grupo y todo. Otro que tiraba hacia lo rocker por Loquillo, al tiempo que le gustaban los Smiths. Y, por último, uno al que estaba empezando a encantar U2 tras haber flipado previamente con Iron Maiden. Iban los cinco engalanados, nerviosos y excitantes, a la tienda de discos del centro. Entraban. Revolvían. Hacían comentarios en voz alta. Ridiculizaban los elepés de los grupos que considerábamos horteras. Sí, de Glen Medeiros a Tennesse pasando por, cómo no, los Hombres G. Volvían loco al dependiente con mil y una preguntas sobre las novedades. Y, al final, se iban con las adquisiciones en la bolsa.

Los discos ardían dentro. Nada de esperar a llegar a casa. Se sacaba la portada. Se abría la carpeta interior. Se miraba todo. ¡La importancia que tenía aquello! Mmmmm…el olor a vinilo. Las cubiertas en mate. Las fundas transparentes. O de papel blanco. La electricidad estática. El dibujo de la galleta. La aparición de inscripciones en el surco final. Incluso había algún “experto” que examinaba el el disco al detalle. Se supone que si fijaba con cuidado podía percibir si el plástico estaba rayado. Todo ello, caminando a casa. Con prisa. “Que lo paséis bien”. “Ya nos veremos”. Era una despedida hasta la vuelta a clase. Claro. No había chat, ni What’s Up, ni Facebook. Y lo de estar colgado del teléfono entonces era algo de tías. No importaba. Había algo que había que hacer. Algo simple: dejar caer la aguja en el disco. Cerrar la puerta de la habitación. Y disfrutar. La ansiedad lo podía todo. Pero, generalmente, había recompensa. Un acto íntimo, intransferible y mágico, que a algunos les guiaría para siempre en la vida.

Esa sensación se mantuvo años y años. Se acrecentó a medida que la gente se hacía fan y más fan de determinados grupos. Entonces, no llegaba con simplemente comprar el disco. Había que hacerlo el mismo día en el que salía a la venta. Así, comiéndose las uñas y perdiendo la concentración, se esperaron en álbumes como Acthung Baby! o Second Coming. También el Alta Fidelidad de Los Flechazos o el Pop de Los Planetas, ya en la Universidad arañándole dinero a las salidas nocturnas y al menú del día. Había que escuchar esos discos antes que nadie, tras haber comprado los singles previos. Eran así de importantes. El camino a casa resultaba igual de inquietante. El Pop ya venía en cedé. Otro olor, otro tacto, otra sensación. Y no se escuchaba solo. Los pisos de estudiantes reflejaban una amalgama sonora tan o más particular que la de aquella clase de EGB. Extremoduro en una habitación. Música dance a granel en la otra. Y pop, maravilloso pop, completando el cuadro.

Con la popularización del disc-man se dio una nueva vuelta de tuerca a esa sensación de placentero nerviosismo. !Se podía escuchar el disco nada más salir de la tienda! Se quitaba el plástico del cedé. Y en cuestión de segundos, los oídos ya recibían el impacto. Unidad de desplazamiento de Los Planetas, por ejemplo, sonó así. Y otros más, que sin saberlo serían los últimos. Sí, había llegado Internet. El Vespertine de Björk ruló en cedé Verbatim grabado en el verano del 2011. Y no salía hasta después de septiembre. El Kid A de Radiohead, lo mismo. Napster explotó como quien deja una pastelería abierta para que el público se surtiera sin fin. Y luego Audiogalaxy. Y más tarde Soulseek. Y Emule. Y las descargas de Rapidshare. Y el Spotify. Y las mil y una maneras acercarse a la música que nos propone el momento actual.

El nerviosismo terminó. En su lugar se instaló la inmediatez y la barra libre. La intranquilidad se trasladó al ordenador, al “¿cuánta música me puedo descargar en 24 horas?”. Pocos discos se ven ahora por la calle. Y cuando alguien los lleva, carece de ese inquieto temblor. No se percibe la mirada viva, ese “lo siento tío, me tengo que ir”. Son simplemente recuerdos de otra era, sensaciones difícilmente explicables a una generación que ha conocido la música a golpe de click, la que nunca ha pasando el dedo índice por su colección en busca de medicina para el corazón.

Me da que se han perdido algo.

La “pureza” del oyente

Jueves, enero 26th, 2012

Existe un público al que no le importa nada las influencias que existen en la música que escucha. Le da exactamente igual si el grupo que le entusiasma copia o deja de copiar a este o aquel. No le presta la más mínima atención al hecho de que la canción que le ha embelesado aporte algo a la historia de la música o sea un fenómeno de temporada a evaporarse en un par de meses. Por supuesto, su identidad como persona la proyecta en decenas de cosas antes que un disco, desde el coche que usa a la ropa que compra, pasando por el tipo de programa de televisión que ve. Ni de lejos se plantea dedicarle un solo segundo a leer lo que un crítico musical tenga que decir al respecto de esa melodía que canturrea de continuo. Ese público concibe la música como algo instrumental en su vida, como un caramelo que les endulza el paladar, un masajeador intangible que les genera placer auricular y nada más. Si le gusta algo pues le gusta y si no, pues no. Sin más historias, sin más lecturas.

No se da aquí esa sensación de militancia de los que van más allá, de quienes plantean su personalidad en base a lo que escuchan o repelen y van estableciendo barreras, caminos y cánones de lo válido e inválido. Todo hasta llegar a perfilar, en algún momento de su vida, lo que se denomina criterio, lo que delimita al gusto supuestamente ilustrado del popular. Ello hace generalmente al entendido impermeable a los fenómenos masivos. Es entonces cuando llega una de esas canciones virales que entusiasman a casi todo el mundo como el Ay si eu te pego de Michel Teló, el tema que está arrasando en estos momentos. El entendido la rechaza de plano o, bien, la aprecia desde la ironía, metiendo humor de por medio. Ya se sabe, hay que marcar una distancia: “Está bien para echarse unas risas”, se precisa siempre. Jamás la podrá disfrutar o rechazar con la franqueza de esa masa de la que se pretende diferenciar, como la gente que, lejos de ataduras, criterios y demás historias, se acerca a la música con ojos de niño.

Solo cuando el entendido ha dado la vuelta completa, desprendiéndose ya cansado del equipaje de prejuicios y normas que ha acumulado por el camino, podrá aproximarse a ella de ese modo. Entonces es cuando podrá decir me gusta / no me gusta con la misma pureza que lo hace con el resto de las cosas que le pasan en la vida.

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Otra visión del retorno del vinilo

Viernes, enero 20th, 2012

Al hilo del último post sobre los vinilos, comenta el miembro de un grupo indie nacional de la zona media (es decir, de los que tienen nombre, pero aún no pueden permitirse vivir de la música) un error de percepción de la situación. Una de esas cosas que solo se ven desde dentro, cuando las sufres y las padeces. Considera que se está dando una imagen distorsionada del auge del vinilo. En lo que reflejan a veces los medios y en las conversaciones entre aficionados da la sensación que se despachan muchas copias, pero que la realidad es otra. En su caso, lo ejemplificaba con cifras. De su último disco, que lleva más de un año en el mercado, han venido unas 900 unidades en CD. De la versión vinilo, sin embargo las facturadas no llegan ni a 200. Y, por supuesto, el artista es consciente de que la mayoría la gente que escuchaba el disco lo hace a través de descargas ilegales en MP3 o mediante Spotify.

Puede que se trate de un caso aislado, pero quizá en el tema del vinilo esté ocurriendo otra de esas inercias de pensamiento, como la de que el lujo va viento en popa en los tiempos de crisis o que las webs de los medios de comunicación se forran a base de banners dando gratis lo que antes se cobraba. Una cosa es que se vendan vinilos, que los grupos editen de nuevo en ese formato y que haya resurgido del semi olvido en el que permanecía. Otra, que esas ventas puedan hacer sombra a las del cedé, un formato ya de por sí alicaído. Pero, como se puede ver, aún no tanto.

Pero hay una segunda lectura a todo. El mismo grupo despachaba hace un lustro 2.500 copias de su CD, cuando solo lo editaba así. Hoy, entre ambos formatos, apenas rebasa los mil. Por mucho ruido que los aficionados hagan de ese amor por el formato original del elepé, los datos son los datos. Y, por ejemplo, las estanterías de la Fnac de cedés ocupan 5 ó 6 veces más espacio las de los vinilos. Dudo que sea por llevar la contraria.

La paradoja del retorno del vinilo

Lunes, enero 9th, 2012

Uno de los motivos del repentino éxito del vinilo radica en la sensación de autenticidad que proporciona. Tendencias y modas pasajeras aparte, muchos de los que compran elepés en el viejo formato lo hacen con un fin principal: poder escuchar las grandes obras maestras de la historia del rock del modo en el que originalmente fueron concebidas. Cuando un chaval de 20 años hoy en día desea escuchar el Revolver de The Beatles sabe, a poco que reflexione, que ese álbum se grabó en sonido analógico, que la distribución de los temas tuvo en cuenta que existía una cara a y una cara b, que la portada se hizo pensando en esas dimensiones y que, incluso, la duración de la obra respondía a la capacidad del elepé. Valorado todo eso, resulta bastante comprensible que el oyente que busque lo genuino opte por un vinilo.

Dicho esto, ¿hasta qué punto resulta lógico acercarse un álbum como Ok Computer de Radiohead en su versión de vinilo? Realmente, se trata del camino descrito antes, pero a la inversa. Es decir, un trabajo grabado en digital, pensado para ser escuchado en un reproductor de cedés de un tirón y con la cubierta diseñada para un libreto de compact-disc. ¿Tener la experiencia con giradiscos, aguja y vinilo no es “desnaturalizar” su concepción original? Lo cierto es que, desde este punto de vista, semeja como si le quisiese dar un falso pasado a un disco que es reflejo de un momento: unos años en el que lo analógico se había desterrado y el cedé se había erigido en el formato estrella.

Eso nos lleva a una situación como la actual. Los álbumes se graban con mentalidad “digital” y, luego, los fans en muchas ocasiones los digieren readaptados en “analógico”, dándose una paradójica vuelta de tuerca. Pero, a veces, el rizo se riza todavía más. Pongamos, por ejemplo, uno de los últimos discos emblemáticos del rock: The Suburbs de Arcade Fire. Se trata de una obra conceptual que gira alrededor de las sensaciones de unos jóvenes que nacieron en los suburbios de una gran ciudad. El trabajo responde a una secuencia, las canciones están conectadas entre sí y forman parte de un todo inseparable. El cedé (o el mp3, en su caso) permite la escucha entera, sin más pausas que los espacios existente entre corte y corte. El vinilo, sin embargo, es doble y obliga a hacer hasta cuatro cambios de cara. Es como si una película la tuviésemos que ver en cuatro partes en vez de hacerlo todo seguido.

Quienes lo compraron así, sin embargo, lo hicieron en aras de adquirir algo “con más valor que un cedé”, apuntando a ese condición intangible de fetiche auténtico. Pero, en muchos casos, todo se quedó en una primera escucha emocionada, un posterior archivo en la estantería y a descansar. Ante la perspectiva de degustar dos temas, parar, cambiar la cara del disco, volver a escuchar otros dos y así hasta cuatro veces da una pereza taaaaaan grande… que, al final, rara vez sale el artefacto de la funda.

La incredulidad y el Sónar Galicia

Viernes, enero 6th, 2012

Cuidado con lo que se promete. Puede que quien se lo crea se sienta defraudado si se incumple. En octubre del 2009 a muchos les costó confiar en la noticia de que el festival Sónar iba a contar con una edición paralela en Galicia que se celebraría en A Coruña. Confirmada, la comunidad musical tuvo que hacer un esfuerzo extra para asimilar la segunda parte de la historia: ese Sónar-Galicia no iba a ser algo efímero del Xacobeo, sino que aspiraba a consolidarse en el tiempo. Así lo dijeron mil y una vez desde la Xunta y la dirección del festival. Las palabras «bicapitalidad» y «continuidad» se repetían en las ruedas de prensa, casi tanto como el vocablo fetiche: «vanguardia». Pero, visto lo visto en anteriores años santos, resultaba inevitable el escepticismo.

El evento fue un éxito rotundo. Para el recuerdo queda la imagen del abarrotado atrio central de Expocoruña vibrando con los 2 Many Dj’s, la ciudad plagada de fans de la electrónica llegados de Portugal y los hoteles coruñeses prácticamente llenos. Incluso el entonces candidato a la alcaldía de la ciudad, Carlos Negreira, pidió la continuidad del festival, algo que se confirmó a finales de año con el anuncio del Sónar Galicia 2011. Y eso sí que fue una noticia: por primera vez el Xacobeo dejaba algo tras de sí, en lo musical, que no fuese un recuerdo.

La gente apartó la incredulidad. Creyó que Galicia iba a contar con un evento de primer nivel y proyección internacional. Artistas como Richie Hawtin, Underworld, M.I.A. o Cut Copy confirmaban su presencia. Todo auguraba el impulso definitivo. Pero no. En la primera de las dos jornadas el público falló y, aunque, en caliente, la dirección del festival insistía en la continuidad, poco a poco esas palabras se fueron diluyendo en el silencio. El mes pasado se confirmaba el fin. A nadie le interesaba seguir. El desinterés fue tal que, desde el Sónar, admitían que las partes ni siquiera se sentaron a hablar. La Xunta, para amortiguar el golpe, lanzó una nueva promesa: un nuevo evento que supla ese vacío en A Coruña. Pero va a ser difícil que la gente se lo vuelva a creer. Máxime si el que la hizo, el ex conselleiro de Cultura Roberto Varela, ya no está en el gobierno. En fin, todo vuelve a la normalidad.

Mi debut como “crítico musical”

Sábado, octubre 29th, 2011

“Después de algún tiempo devorando una y otra vez aquellas maravillosas sesiones de grabación que, afortunadamente por un lado y desafortunadamente por otro, algún personaje robó me encuentro ante un esperadísimo “Achtung Baby!”. Analizar un álbum de estas características se presenta algo complicado, pero vamos allá. A la primera escucha me pareció un tanto decepcionante. A medida que lo he ido escuchando poco a poco se ha convertido para mí en un álbum redondo. La nota predominante es la variedad. Es un vinilo inclasificable, con variedad de estilos y formas que van desde baladas tipo soul como “One” a algunos ritmos bailables como “Mysterious Ways”. Eso sí, todo con el inconfundible sello U2. Como es habitual también se incluyen temas en la línea U2 de toda la vida como “Ultraviolet” o “Until The End Of The World”. A destacar ese temazo, “Who’s Gonna Ride Your Wild Horses”, o las inetiquetables “Zoo Station” o “The Fly” (a saber de dónde sacaron la inspiración para componer “Zoo Station”, el tema más extraño desde aquel memorable “Exit”). La joya del disco la pone “Acrobat”. !Qué maravilla de canción! En ese tema los U2 rayan la perfección y seguramente constituirá un plato fuerte en sus próximos shows en directo. Tristemente, y me pesa decirlo, la nota triste la constituye “So Cruel”. No digo que sea una mala canción, pero la considero fuera de sitio e indigna de un grupo como U2.
En resumen, gran disco y tenemos U2 para rato. ¿No os morís por verlos interpretar las nuevas canciones en directo? Una última cosa. Espero con impaciencia a ver qué parrafada suelta Julián Ruiz sobre el disco. ¿A quién plagian ahora?”

Disculpen el autobombo, pero la coincidencia me ha dibujado una sonrisa que quiero compartir. Lo que se puede leer arriba es la crítica del Acthung Baby! de U2 que firmé en el número de invierno de 1991 del fanzine Alternativa, entonces el medio de difusión del club de fans de los irlandeses en España. Tenía 16 años recién estrenados y era la primera vez que publicaba algo en algún medio. Ayer el suplemento Fugas de La Voz incluía un reportaje mío sobre el 20º aniversario del álbum, que se conmemora con la reedición del disco en varias versiones. Mientras escuchaba aquellas canciones para refrescar las ideas, me venían a la mente un sinfín de sensaciones sobre la emoción, el nerviosismo y la excitación que me producía la música cuando era adolescente. Pero también del placer de empezar a jugar a describirla y comentarla, aunque sea del modo tan torpe como el que se recoge arriba, repleto de repeticiones, yoismosy la inevitable puyita fanzinera a los periodistas profesionales.

Si entonces me dijeran que un día yo iba escribir de U2 en la La Voz de Galicia, el periódico que compraba mi padre y el que se leía en casa, no me lo hubiera creído. Mi padre tampoco. Y, la verdad, aún hoy nos cuesta creerlo a los dos. Se podía decir aquello de “un sueño hecho realidad”, pero esa posibilidad no entraba ni siquiera dentro del mundo de los sueños.

The Third Coming

Jueves, octubre 20th, 2011
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Lo que ven arriba es la rueda de prensa en la que The Stone Roses confirmaron su vuelta a los escenarios, tras años de rumores y más rumores. Hace falta verla varias veces para creer que se trata de ellos y no de unos dobles. ¿Los siguientes? ¿The Smiths? ¿The Jam? ¿Slowdive? ¿Galaxie 500? ¿R.E.M. al año de separarse? Como se puede ver, todo es posible, pero estos, precisamente estos, sinceramente estaban muy bien durmiendo en el panteón de los mitos. The Stone Roses no eran solo un grupo haciendo buenas canciones, eran una cuadrilla de guerreros del pop con una misión: escribir los himnos de una generación que quería alzar el mentón con su propio sonido. Para decadencia, ya vivimos en tiempo real Second Coming, cuando se convirtieron en un ejercicio estético apreciable, pero totalmente carente del nervio, carisma y actitud que cambió completamente la vida de muchos jóvenes allá por 1990.

Desde entonces, seguro que todos nos habremos vuelto más pragmáticos y más cínicos. Y seguro que habremos hecho cosas que otrora veíamos imposible en nuestra paulatina decadencia. Pero hay algunas, que por vivirlas y haberlas sentido en toda su intensidad, duele ver cómo se hacen añicos sin necesidad alguna. Está muy bien eso de “una oportunidad única para quien no pudo ver a la banda en su momento”, sobre todo como reclamo comercial. Pero, para algunos, ese será el momento preciso y precioso para que salga un nuevo grupo, haga una versión de She Bangs The Drums y llene de contenido eso de “El pasado es vuestro / el futuro es mío / todos estáis fuera de tiempo” con la más afilada arrogancia posible. Cuando la canten en su gira inminente sonará más falso aún que el My Generation de The Who o el Satisfaction de aquellos Rolling Stones que tanto criticaron para terminar haciendo lo mismo que ellos. Porca miseria.

Un reportaje sobre los Stone Roses de la época gloriosa aquí

Vinilo cierra sus puertas

Martes, septiembre 20th, 2011

(Interrumpimos el letargo vacacional para hacernos eco del triste cierre de Vinilo)

La visita-peregrinación a O Grove (Pontevedra) se fue convirtiendo, con los años, en una tradición en la vida de muchas personas vinculadas a la música en Galicia. Por mil razones que serían larguísimas explicar aquí, en esa población de algo más de 10.000 habitantes se creó un microclima musical muy particular a partir de mediados de los noventa. Se trata de la cuna de bandas como Nadadora, Telephones Rouges o The Phantom Keys; del lugar en el que podías terminar comiendo unas sardinas asadas en un chiringuito de playa con los Flaming Lips de fondo; y del sitio en el que era increíblemente fácil ir de local en local sin toparte con un ápice de pachanga ni música de radiofórmula. Los sonidos, los buenos (desde lo indie al rollo sixties), parece que siempre tenían una insólita cabida.

El punto de partida para estas rutas idílicas era, en la mayor parte de los casos, Vinilo. Situado en un edificio modernista de 1928, acogió desde el año 2000 a cientos y cientos de personas llegadas desde todas las partes de Galicia y fuera de ella. Todos alucinaban con un local en las antípodas del garito de rigor. Tan lujoso y bien montado como el que más, seguía, sin embargo, una incorruptible línea musical a base de The Cure, Arcade Fire, Pixies y demás astros de la galaxia pop. Dirigida por el entrañable Nano, uno de los socios del local, aquella cabina era el sueño húmedo de cualquier fan de la música: una especie de habitación adolescente situada en al medio de un pub para compartir la fiesta con todos. Al lado, y siempre vigilante, una figura de Robert Smith mil veces fotografiada.

La semana pasada un servidor cumplió con su visita anual con O Grove. Las dos noches que estuve por allí fui a Vinilo, un sitio que forma parte de mi mapa sentimental y del de muchos de mis amigos. Tomamos algo en el rincón en el que Nadadora se hicieron sus primeras fotos promocionales; escuchamos, entre otros, a David Bowie, Clap Your Hands And Say Yeah! o Los Planetas; y hasta le eché un vistazo a un fanzine de papel bastante atrasado que pululaba por allí. El local estaba tremendamente alicaído. Se rumoreaba que el cierre iba a ser inminente. Hoy se confirma por Facebook de la siguiente manera:

“Estimados clientes: 

Carlos Caneda Otero e Nano Besada Caneda queren informarvos oficialmente que a partir do domingo 25 de setembro Vinilo cesa a súa actividade.

Moitísimas gracias por todos estes anos !!!!

 Vinilo 2000-2011”

No cabe duda. Igual que ocurrió hace un mes con el RIP del Rock Club ourensano, todo indica que estamos ante el fin de una era. Una generación que estiró la adolescencia lo más posible, tiene ya prácticamente los dos pies en la edad adulta, mientras ve como, poco a poco, van cayendo sus mitos. Por abajo no se ve el recambio claramente. Y, de existir, camina por sendas muy diferentes a las nuestras. Mientras tanto, podemos preparar la última noche y pulsar, a partir del domingo, el botón de la mítica. “O Grove de los noventa, aquello-sí-que-era-tremendo”, se podrá escuchar a los abuelos cebolletas del 2040. No exagerarán.

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