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Entradas para la categoría ‘Reflexiones’

Entrevistas por cuestionario en tiempos de crisis

miércoles, octubre 31st, 2018


Desde hace unos meses me estoy encontrando con algo que me llama la atención: artistas que antes no tenían ningún problema en hacer una entrevista telefónica (y en muchos casos largar de lo lindo en ellas) ahora piden que sea por cuestionario. Lo piden por su gente de prensa, generalmente con tono amable y comprensivo: “El artista está muy liado y casi no tiene tiempo”. Pero como insistas en hacer el tema telefónico, te vas a encontrar con otro tono. Puede ser un poco menos amable, o decididamente más seco. El que dice claramente NO.

Parece que a la gente le da miedo meterse en fregados y quieren controlar totalmente la situación. No quieren hablar de política. No quieren tocar las declaraciones que dijeron hace un mes donde ponían mal a otro artista. No quieren entrar en esa parte de su vida personal que se les ha colado en su obra. No quieren que cualquier cosa les pueda meter en un nuevo berenjenal.

¿La atmósfera de lo políticamente correcto y la claustrofobia de las redes sociales llega aquí también y nadie quiere mear fuera de tiesto? Si haces una pregunta incómoda se contesta otra cosa sin posibilidad de réplica. Y, dependiendo del talante del sujeto, incluso te llevas una faltada (esas que solo salen en este tipo de entrevistas, nunca en una normal). El que pierde es el periodismo musical y el lector que lo consume, claro. Que se encuentra con pseudodiálogos generalmente faltos de interés y que solo buscan la cuota promocional.

Una pena.

El «lazo en el ventilador» que me hizo entender a Vetusta Morla

sábado, octubre 20th, 2018

Existe una expresión mítica de crítico musical que surge cuando un grupo tiene mucho éxito y a él no le gusta. De repente, el escriba se encuentra en un festival, donde aparece el combo. En lugar de decir que el grupo es una basura o esforzarse un poco para entenderlo metiéndose en la piel del fan, templa gaitas y marca distancia. Dice algo así: “Lo del éxito de este grupo sinceramente no lo entiendo”. Yo mismo lo he escrito alguna vez, pero si me pongo en el papel del lector me pregunto si ese recurso sirve para algo. Es decir, no lo entiendes ¿y qué? ¿es eso lo mejor que tienes que decir?

Bueno, uno de los grupos con los que dije yo en su día “no lo entiendo” fue Vetusta Morla cuando los vi en directo en el año 2008 en Expocoruña. Me vi superado por lo que presencié: 2.000 personas cantando sus canciones con una euforia que no veía en el pop independiente nacional desde Los Planetas. Incrédulo, solté eso de “no lo entiendo”, supongo que para decir que mis entendereras estaban en otro nivel diferente del de los que sí entendían.

Sin embargo, tiempo después me tocó hacer una entrevista con ellos, en plena gira de Mapas, su segundo trabajo. Lo tenía de promoción. Lo recuperé, lo escuché para preparar el cuestionario y fue precisamente en Los días raros, el primer tema del álbum, cuando lo entendí todo. Concretamente ocurrió con un verso, el que dice “Baila como un lazo en un ventilador”, una imagen que me dejó flipado. ¿Sabéis esa sensación de ver cómo se proyecta la película de una canción en la mente mientras la escucha? Sí, ese punto adolescente de escuchar la canción en toda su profundidad aislado de todo y creando un universo para ella. Bueno, pues con Vetusta Morla llegó en mi caso así, preparando una sucesión de preguntas que se tuvo que interrumpir. Para cerrar los ojos. Subir el volumen. Y levitar.

La escucha completa del disco supuso un suceder de placer. Escalofríos. Encogimientos. Golpes en en el pecho. Ganas de abrir la ventana y gritar. Cosas que hacen grande el acto de escuchar música pop, cosas que muchos hemos sentido escuchando a, yo qué sé, David Bowie, Radiohead o Arcade Fire y que esta banda maneja con soltura, pinchando en esos resortes. Entonces me convertí. Evaporé la barrera del “no entiendo nada”. Empecé a ver a mi yo del 2008 como un poco ridículo: un tipo aséptico sin capacidad de emoción, aunque esta esté llamando de una manera tan clara como aquel día.

Luego vinieron más escuchas, más discos y sus directos. El último que les vi, en el Coliseum de A Coruña la pasada primavera, fue de delirio. Iba en modo profesional, con mi set-list, mi cuaderno de notas y ubicado en zona “pureta” de prensa, sentado tras la mesa de sonido y frente al escenario. La cosa fue in crescendo y, poco a poco, dejé de escribir. Me metí ahí, formando parte de toda aquella masa de gritos, sudores y estremecimientos. Pero hUBO un momento en el que experimenté uno de esos golpes en los que deliras y te fundes totalmente en la música. Fue, sí, con Los días raros. De pie. Gritando. Con las manos en alto. Intentando, de algún modo, cuadrar con 8.500 almas más aquel “lazo en el ventilador” que me hizo entender que estamos ante uno de los mejores grupo que haya dado jamás la historia del pop nacional.

Desde hace tiempo he cambiado el discurso. El “no entiendo nada” hoy lo aplico a los que, incluso después de haber escuchado una canción así, siguen tal cual. Eso sí que me resulta difícil de comprender. Así que a los que se encuentran ahí, mirando desde la barrera o enfangados en la posición hater por motivos extramusicales, les animo a que pulsen el play. Cierren los ojos. Y conecten con algo maravilloso.

“More Than A Feeling”: el criterio musical en seis actos

lunes, septiembre 10th, 2018

1. Eres pequeño y canciones como “More Than A Feeling” de Boston no te llaman la atención ni remotamente. A esa edad necesitas algo más inmediato, más arrebatador, más explosivo, más que te dejase sin palabras. Algo como Michael Jackson, vamos.

2. ¡Ays! Pero empiezas a controlar un poquito en la preadolescencia y a manejar el concepto “balada”. Te enganchaba la cancioncita de marras que llega a través de los mayores. La defiendes como “música de calidad” frente a la porquería de radiofórmula que escuchan tus compañeros. Esos arranques revelan una nueva sensibilidad musical que te lleva a regiones de estremecimiento inexploradas.

3. No va a durar mucho el estadio anterior. Ojo, porque se avistan cambios. Bruscos. Llega la adolescencia, la lectura de revistas y el criterio. ¡¡¡¡Auuuuuuu!!! Aparece la segunda vuelta al “controlar un poquito”. La canción ya no vale. Y hay que fingir que nunca ha valido. Es Adult Oriented Rock (dígase con tono se repugnancia). Eso mola menos que la peste. ¿Por qué? Se trata de rock formulario para las FM, hecho solo para ganar dinero, sin uñas ni mordiente. Apunta el nuevo dogma: el AOR es el demonio.

4. Ummm…, ya con veintitantos largos, aparece el tema un día en M80 y te sorprendes a ti mismo tarareándolo. Vaya, te coge con las defensas bajas. Igual que te pilló el “Take On Me” de A-Ha la semana pasada. La empiezas a apreciar en plan “irónico” o “boutade” de tío-sin-prejuicios-pero-que-mantiene-las-distancias. Ejem, la peor (y más cínica) de todas las posturas imaginables.

5. Todo hasta que, bastante años después, ya columpiándote en los 40, te la clavan en el Rock FM que quedó puesto del viaje anterior (cuando ya solo aspiras a escuchar temas molones en el coche mientras vuelves de hacer la compra el hipermercado) y, vaya, te derrites totalmente con ella. Pero de verdad. Te pones incluso a hacer air guitar. Y no sacas el mechero porque no fumas, que si no…

6. Llegado a ese momento, se produce la regresión al punto 2, del que nunca deberías haber escapado. Sí, el de sentir las canciones a flor de piel cuando las melodías se deslizan por ella como algo poderoso. En efecto, es un señor tema. Canten conmigo: “It’s more than a feeling / When I hear that old song they used to play”

Yo quiero llevar a mi hijo a ver conciertos en salas

viernes, septiembre 7th, 2018

Ayer se hacía público a través de un comunicado de la Asociación Galega de salas privadas de música ao vivo (Clubtura). Todas las salas asociadas a esta red permitirán a partir de esta temporada que los menores de edad puedan acceder a los conciertos, siempre y cuando vayan acompañados de su padre, madre, tutor legal o persona mayor de edad. Ante de la indeterminación de la Xunta, que en su ley de espectáculos deja la cuestión en una zona confusa donde no se sabe si los menores pueden o no entrar en los locales, el colectivo da este paso adelante. Apelando a un montón de motivos. Desde la Declaración Mundial de los Derechos Humanos hasta el hecho de que la Xunta apoya a varios festivales en los que sí pueden entrar los pequeños.

Todo eso debería sobrar, imperando el sentido común por encima de tener que demostrar que algo tan sencillo como ir a ver un concierto a una sala gallega con menores de 18 años en el DNI no es una actividad delictiva o susceptible de sanción administrativa. Sin embargo, en este momento, muchas salas se ven en un dilema a la hora de autorizar este acceso. En varios reportajes al respecto que realicé el pasado mes de junio, responsables de salas me contaban cómo estaba la situación, pero me pedían no salir por miedo a una sanción administrativa.

“Es que en realidad si aparezco ahí me estoy autodenunciando”, me comentaba uno. Porque sí, sin tener unas reglas muy claras, los menores estaba entrando en algunas salas de conciertos, pero sin la más mínima seguridad jurídica por parte de los responsables.

Ahora se da este paso. Un “juntos podemos” que podría abrir el camino para una reforma de la ley en donde claramente se especifique cómo y cuándo puede entrar los menores a un concierto. Sería lo sensato, lo justo y, vista la situación, lo necesario. Una nueva generación de padres desea ver conciertos en familia. Y no le vale la excusa del alcohol, cuando este se dispensa a adultos en festivales, restaurantes, bares y hasta parques de bolas con total normalidad.

Yo quiero llevar a mis hijos a ver conciertos a las salas. Y quiero que el empresario que me deje entrar con él esté tranquilo de que no le va a ocurrir nada por permitirlo. Para eso, la solución pasa porque exista una ley clara al respecto. Ya está tardando.

Échame a mí la culpa de lo que pase

miércoles, septiembre 5th, 2018

La culpa la tiene el Ayuntamiento, que no nos apoya. La culpa la tienen los periodistas, que no nos sacan nunca y, además, no tienen ni idea de música. La culpa la tiene el trap, el indie y los hipsters… pues no sé, porque existen.

La culpa la tiene Internet, que al dar todo gratis hace que la gente no valore la música y no escuche los elepés completos. La culpa la tienen los festivales, que siempre programan a los mismos grupos y son clónicos. La culpa la tienen las bandas de versiones, que nos quitan el público y “no aportan nada”. La culpa la tienen las salas, que nos cobran alquiler por tocar.

La culpa la tiene la gente, que no tiene “ni puta idea” (menos aún que los periodistas) y solo está a las modas. La culpa la tienen los chavales jóvenes, que escuchan la música en los móviles y no saben apreciar una buena grabación. La culpa la tiene el público, que se ha acostumbrado al todo gratis y no quiere pagar por los conciertos pero, sin embargo, se gasta ocho euros en un gin tonic de diseño. La culpa la tiene el gobierno, que no fomenta la cultura.

La culpa la tiene Vetusta Morla porque han triunfado. También la tiene el “Despacito” y Enrique Iglesias. La culpa la tiene el reguetón, que es machista. Pero también la tienen los eventos que quieren dar protagonismo a la mujer porque las “cuotas no son justas”. La culpa la tienen los medios, que están en Madrid y no hacen caso a los grupos de provincias. La culpa la tienen la agencias de comunicación, que ahora o pagas o no te hace caso nadie.

La culpa la tiene…

‪…esta mañana estuve con unos chicos que tienen un gran proyecto entre manos y no me pusieron ni una sola de estas pegas. Os hablaré de ellos en breve. ‬

Drama: chicos que llevan camisetas de los Ramones sin saber qué grupo es

lunes, septiembre 3rd, 2018

Andan algunos roqueros veteranos preocupados desde hace años por el sentimiento con el que se defienden en público las camisetas de los Ramones. Las visten algunos chicos y chicas adolescentes. Dicen que las ponen solo “por moda” sin saber quién es el grupo que llevan estampado en el pecho. O, lo peor, llega un momento en el que cuando suena el grupo lo identifican con el de las camisetas.

Entre la franja de musiqueiros de 40 ese tipo de reproches son habituales. A veces incluso se usa la palabra “cultura” en ellos. En la zona de los 15 o 20 mucho me temo que suenan a diatribas de viejo chocho. Que subrayen tanto lo de la “cultura” amplifica esa sensación. Sí, “Now I want to sniff some glue”, 40 y tantos tacos, canas, niños inconscientes, CULTURA. Sí, ¡todo junto!

Puede ser más impactante aún. Ayer estaba con mis hijos buscando temas para agregar a la lista de Spotity familiar que tenemos para los viajes en coche. Les puse “You Really Got Me” de The Kinks a ver si les gustaba. Intuí que esos riffs tan marcados y esa estructura tan básica que crece y crece, inyectando euforia les podía encantar. ¡Y vaya si les encantó! De hecho, ya la conocían. En cuanto sonó el primer guitarrazo exclamaron. “¡¡¡Sí, esa es la de Alvin y las Ardillas!!!”.

¿¿¿Ein??? ¿Qué es eso de las ardillas y los Kinks? ¡Ah, sí! Es la película aquella de un grupo de ardillas que tienen un grupo. Pues sí, estos niños (y supongo que muchos otros) conocen a los Kinks por esa película. Bueno (atención: aquí llega el drama “cultural”), no conocen a los Kinks, sino a la canción autotuneada a lo bestia por los animalillos animado. Un sacrilegio para muchos de esos que no asumen que el espíritu del rock que ellos vivieron de jóvenes se ha diluido.

¿O no? A lo mejor no viste tanto para fardar en público y se opta por pérdidas de virginidad más cool. Pero si alguno si echa la vista atrás, a lo mejor se encuentra con que sus primeros rocanroles fueron cosas como esta:

Ah no, ¡que aquí la gente escuchaba a Joy Division con tres años!

Y quién sabe si a lo mejor la atracción por grupos como Iron Maiden llegó por su impactante logotipo y el muñeco de Eddie que por la música en sí. Ahí, intentando emular las angulosos letras del grupo y dibujando el esqueleto de “The Trooper” sin conocer ni una sola nota del grupo. En mi caso, al menos, fue así.

¿Qué decimos del acid house? Uno de los movimientos más importante de la música popular de los ochenta y noventa, de esos a los que ls revistas modernas dedicaron concienzudos análisis socio-musicales… y nosotros, aquí con el smiley en el pecho serigrafiado sin tener ni la más remota idea de su significado. ¡Drama cultural! ¡Drama cultural!

(lo de Jive Bunny & The Mastermixers no lo citamos, lo dejamos para otra ocasión)

Méntanle unas multinacionales de por medio, a los que fueron críos en los ochenta trabajando en ellas y la facilidad de acceso al producto de hoy en día. A lo mejor no es que las cosa hayan cambiado tanto. A lo mejor es que han seguido su curso natural. A mí la verdad es que nada de ello me molesta. Básicamente, porque yo me acerqué a la música como pude. Y estos niños y chicos lo hacen igual. Unos de manera circunstancia, otros por moda y otros por un interés más allá. Vamos, como siempre.

Retírese señor músico, no dé pena

miércoles, agosto 29th, 2018

Leo una entrevista con un artista español cuyo momento de mayor popularidad fueron finales de los ochenta y principios de los noventa. En ella dice el hombre que sigue tocando aquellas canciones en directo, porque disfruta con ello y gracias a que tiene un pequeño público fiel que lo respalda. En los comentarios un lector dice que hay que saber retirarse a tiempo, que es mejor hacerlo que terminar “dando pena” y le insta a ello. Así, sin más. Me pregunto en cuántas otras profesiones ocurre algo parecido. Ojo, no hablamos de juzgar el trabajo ajeno, de decir que lo hace bien, mal o regular. Hablamos de espetarle a un profesional que se retire mucho antes de que llegue su edad de jubilación. De lo contrario dará “pena”.

Hace poco en un hilo de Facebook un amigo periodista musical se cuestionaba que hubiera artistas británicos de los 90 que volvieran a los escenarios. Se les criticaba que lo hicieran por “la pasta”. Se decía que no tenían nada que ofrecer. Y se deseaba que no volviesen porque ya se las había pasado su momento. En el debate entró un músico. Con sorna, preguntaba si alguien ponía en tela de juicio que los periodistas musicales trabajasen por dinero o que siguieran escribiendo a partir de una determinada edad. En ese caso, pedía el límite de años a partir del cual un artista podía tocar o no tocar. La verdad es que en la falta de sonido de las conversaciones digitales se hizo un tremendo silencio. Realmente lo que decía aquel músico era tan de sentido común que todo el mundo tuvo que contar hasta cinco antes de poder hablar.

Uno seguramente ha caído en posturas como las anteriormente citadas. Forman parte de la particular psicología de la música popular. Se supone que hay que empezar a decirlas cuanto en la adolescencia se empieza a tener criterio (o al menos cuando se empezaba a creer que se tenía). Es algo así como quejarse de la acústica de las salas, las producciones de los años ochenta o sentenciar que en sonido de vinilo es mejor que el digital. Jubilar a músicos forma parte del catálogo. Lo hace de tal manera que nos lleva a una pregunta: ¿Será quizá que esto de la música en realidad no es una profesión para la mayoría de la gente? ¿Será que todo el mundo ha asumido que los artistas están forrados y pueden interrumpir su trabajo a los 40 años para no seguir “dando pena”? ¿Será que eso de la farándula en realidad se percibe como una coña y no un oficio? Quién sabe. Pero desde luego conozco pocas en las que se “retire” de esa manera. Más allá del deporte (y aquí por evidentes limitaciones físicas),… pues no, no me salen.

Y eso, amigos míos, a poco que lo piensen es una verdadera pena. Especialmente para los que aman la música.

La importancia de la edad para flipar por colores

miércoles, agosto 22nd, 2018


Una opinión sobre la crítica musical que me dieron el otro día: «Gente de más de 40 años hablando de música cuyo presente consideran muy inferior al que ellos vivieron de jóvenes y, además, despreciando los géneros nuevos con prepotencia».
Me dejó pensando todo el día. Y, desde mi postura de cuarentón, me hizo recordar cuando yo era el que defendía posturas parecidas.

En 1995, concretamente el 5 de enero (hay fechas que no se olvidan) vi en directo a Los Planetas por primera vez. Presentaban “Super 8” en el Playa Club de A Coruña. La revista que compraba yo, Ruta 66, había puesto el disco fatal y la gente que “entendía” que conocía decía que eran una mierda. A saber: solo hacían ruido, el cantante no tenía voz y, aún por encima, en directo eran un desastre. Yo adopté el papel de “estamos ante un grupo sobrevalorado” porque, la verdad, las maquetas y el “Medusa ep” no me parecían superiores a grupos como El Inquilino Comunista, Silvania o Usura, que eran los que encantaban de aquel primer indie patrio, llamado entonces noise-pop.

Pero fui a verlos igual. Y precisamente ahí, en el peor de sus terrenos, flipé por colores. ¡Guau! Hicieron clic en ese lugar, en la emoción pura. Pusieron mi vida patas arriba. Me hice fan a muerte y extendí ese fanatismo entre mis compañeros de universidad. Entre todos creamos una especie de club secreto de adoradores Nos dedicábamos a hacer sesiones en las que escuchábamos al grupo en el mismo tono que escuchábamos a Galaxie 500, Sonic Youth o My Bloody Valentine. Básicamente, aquellos tipos granadinos hablaban de nuestra vida y en nuestro lenguaje con unos versos certeros, unas melodías increíbles y con todo aquel maravilloso ruido que habíamos devorado con Jesus & Mary Chain.

Yo tenía 19 años. Me veía totalmente reflejado ahí. Un tipo de 40 tendría que hacer un esfuerzo extra que, en la mayoría de los casos, devenía en algo imposible. Otro que llegase a ellos desde posiciones roquero-cañeras tradicionales, también. ¿Y qué decir si lo hacía desde la radiofórmula o el pop pos-movida? La verdad es que jamás me han advertido tantas veces de que uno grupo que me encantaba era un fraude como con Los Planetas. La realidad es que solo desde la crítica joven y más o menos indie que florecía entonces, se les aceptó. Una crítica que, supuestamente, estaba mucho menos formada que la otra.

Entonces todo lo (malo) que dijeran de ellos me importaba nada. Había hecho clic. Como antes lo había hecho con Stone Roses o Los Flechazos. Es más, que todos aquellos cuarentones los pusieran como ejemplo de “mira esta porquería de pop que escuchan los chavales ahora” lo hacía todo más especial. Que la gente que escuchase radioformula y los roquero-cañeros pensasen algo similar, también. Yo tenía razón y ellos no. Puede que ellos supieran mucho más de música que yo, pero eran incapaces de conectar ahí. La edad era un muro. La sabiduría, otro. La arrogancia en el desprecio, el paquete completo.

Me temo que el deslenguado chaval que me hizo esa reflexión-ataque sobre la crítica música el otro día se refería a algo parecido a eso…veintitantos años después. Todo vuelve al punto de partida.

La emoción de la música según Guille Milkyway

lunes, agosto 13th, 2018

Hace unas semanas entrevisté a Guille Milkyway para Fugas y la verdad es que se me fue un poco la mano en mi protagonismo en la entrevista. Todo me parecía interesante, pero el hecho de estar yo ahí opinando e interviniendo me generaba dudas. Son esas reglas del periodismo que a veces hay que romper, pero que te hacen sentir algo inseguro al hacerlo.

En la última pregunta, la referida a si la música le salvó la vida, él hace una reflexión sobre la emoción necesaria para escribir sobre ella. Su respuesta veo que le ha gustado a mucha gente. Revisando la transcripción veo que había dos preguntas más que omití precisamente por eso, para evitar mi presencia exagerada. Teniendo en cuenta que el blog es algo más personal, las recojo aquí porque tratan de una cuestión que intermitentemente sale en las relaciones músico-periodista.

-Un reproche que recibimos a veces los periodistas musicales por parte de los músicos es que supuestamente no sabemos de música, porque (supuestamente también) no sabemos tocar instrumentos. El reproche que yo le hago a los periodistas, cuando me pongo en el papel de lector, es que me hablan demasiado de parecidos y escenas. Me falta la emoción. Creo que de los Sex Pistols hay que hablar en términos de furia, rabia, ira y fuego en la boca. Y no en escalas de acordes, situacionismo o en si copian aquí o allá.

-Es que no hace falta más. El músico mismo, si no hace ese esfuerzo, no llega a la música. Lo veo continuamente. Músicos que, de repente, escuchan un disco de eso o lo otro y lo primero que te dices es: “Bah, esto ¿Te has fijado? Es la típica rueda de acordes que no sé qué». ¡No me interesa! ¡Ya lo sé! ¡Joder, que todo el blues y todo el doo woop es esa rueda de acordes! A mí lo me interesa es ese discurso emocional. Lo otro tiene un interés más técnico. Lo de las referencias es más divertido para leer en profundidad en un libro sobre el grupo, pero ese análisis puramente emocional, que es el que tiene David el del bar, es el que me interesa.

Otra cosa es que una persona quiera hacer una crítica sobre técnica de la música y él no sabe técnicamente sobre eso. Eso claro que molesta al músico. Si no, es que es muy pobre. ¿Qué pobreza de crítica si me vas a hablar de los Sex Pistols hablando de referentes y escalas cromáticas?

-Yo le doy charlas a los niños sobre historia del pop. Les pongo “Anarchy in The Uk” cuando la tocaron en la tele con Johnny Rotten desencajado de furia. Me inspiro en el libro de “El Monstruo de los colores”. Les digo lo que es la ira, lo que es alguien enfadado y los animo a que gruñan. Lo entienden a la primera.

-Es totalmente así. A lo otro se llega más tarde, porque hay algo ahí que te llama la atención desde el punto de vista técnico. Pero lo otro es lo que te va a dotar de un criterio de por vida. Alguna vez he pinchado para público infantil. Les cambiaba rápido de canción y que cada uno bailase como quisiera. Les ponía a los Sex Pistols y luego a Chet Baker. De pronto veías a los niños cómo bailaban de un modo más introspectivo. Si yo les hago una crítica técnica de un disco de los Sex Pistols y Chet Baker a lo mejor creen que hacen una música parecida, con unas escalas un poco distintas. Pero no, no lo es.

¿Alguien se cree las cifras de asistencia de los conciertos?

lunes, agosto 6th, 2018

Se han exagerado tanto tradicionalmente las cifras de asistencia a los eventos musicales que, la verdad, hoy por hoy no significan absolutamente nada. Más allá del “poca gente”, “mucha gente pero se estaba bien”, el “lleno” o el “petao” el resto poco importa.

Yo he visto trabajando, por ejemplo, como nos dijeron que había 45.000 personas en Santa Cristina con el Africa Express o 50.000 en Riazor con Bisbal. Cuando me tocó cubrir algún evento de esos y me lo decían oficialmente a alguno se le iba la risa.

Ayer estaba en la redacción esperando el texto del concierto de Raphael. El redactor que cubría la noticia me dijo que le habían dicho que había oficialmente 28.000 personas viéndolo en la plaza de María Pita de A Coruña. Luego, a los pocos minutos, el Twitter del Ayuntamiento ponía 29.000, finalmente la cifra oficial. Y me vinieron todos aquellos recuerdos a la cabeza.

Hay algo curioso: las cifras, siempre in crescendo. Si un año hay 20.000 personas en un concierto estrella al año siguiente son 22.000 en el concierto estrella que toque. Jamás, 18.000. El tercer año de mandato es en el que se produce el pico más alto. Para que bajen se necesita un cambio de gobierno. Pero, luego la cosa empieza a subir año a año de nuevo.

También es curioso su cuestionamiento: los que dudaban de las cifras que daba el Ayuntamiento con otros gobiernos ahora se las creen y los que las creían antes ahora dudan.