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Alex Cooper: “He pretendido hacer la versión más fiel posible de Los Flechazos, mi grupo favorito”

Martes, Septiembre 13th, 2016

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Este viernes el Playa Club de A Coruña vivirá un momento mágico. Alex Díez, el que fuera cantante de Los Flechazos, revisará las canciones de su viejo grupo. Se trata de un recital inserto dentro de la gira Popcorner, en la que celebra 30 años de profesión y trayectoria musical. Pero no se trata de un concierto más. No. Más allá de festivales, grandes salas y visitas capitalinas, en A Coruña los conciertos de Los Flechazos eran legendarios. A excepción del que sirvió para inaugurar la AP-9 en el Coliseum en 1992, el resto de sus recitales coruñeses tuvieron lugar en un Playa siempre abarrotado. Allí se sudó, se vibró y se disfrutó de uno de los grandes grupos del pop nacional. Toca tirarse de lleno a la nostalgia. Sin excusas. Sin medias tintas. Sin mala conciencia. Visto lo visto, va a ser tremendo.

-¿Cómo ve Alex Cooper al jovenzuelo de “El bidón de gasolina”, su primera canción editada como Los Flechazos?

-Es muy difícil identificarse con aquello. Reconozco los rasgos y el tono, pero a mí ahora me toca ser otro personaje de la historia. Ahora soy el padre que va a la fiesta a protestar porque no le dejan descansar. Veo a aquel Álex parecido en su idealismo y en su manera de afrontar cada una de las aventuras que quiere llevar adelante. Me está divirtiendo mucho ponerme en la piel del Alex joven, aunque es un esfuerzo enorme.

-Sobre todo para adaptarse a aquella velocidad. Hay bastantes más bmps que hoy en día.

-Claro. Javi, el batería, está con la lengua fuera todo el concierto. Hay que meter mucha caña porque hay que empalmar un tema con otro. Mi frase de los últimos tiempos es: «Más rápido, más rápido». Me parece que es el respeto que se merece ese repertorio. Hay que tocarlo y ejecutarlo como surgió en su momento, respetando mucho el espíritu de las canciones. Eran así, a toda pastilla. Ahora tocamos mejor que entonces e intento que las canciones tengan un poco más de musicalidad. Pero poco más.

-En el primer concierto que dieron en Madrid en febrero quedó patente: la fidelidad era máxima. Raro, porque aunque muchas veces se hable de volver a tocar las canciones igual, cuando pasa tanto tiempo cambian muchas cosas.

-Yo creo que el concierto de La Riviera sirvió para explicarle a la gente por qué no se habían reunido Los Flechazos. Me parece que hubiera sido muy difícil conseguir esa fidelidad con cualquiera de las formaciones que tuvo el grupo. Si nos reuniéremos no seríamos Los Flechazos. Lo que yo pretendía era que el espíritu y el carácter de las canciones se mantuviera, que se volvieran a presentar ante la gente de la manera más fiel posible. Yo he vivido muchas reuniones y sé lo que eché en falta en esas reunificaciones. También he tenido la oportunidad de participar en muchos discos de homenaje a grupos. No soy de reinterpretar las canciones. Hay una frase que odio, eso de «llevarla a tu terreno». Cuando haces una versión de un grupo que admiras no tienes ningún deseo de eso, porque admiras lo que ellos hicieron y los homenajeas de manera modesta, intentando no ser un estorbo, volviendo a capturar la magia de lo que tanto de maravilla. A mí me pasa eso con mi grupo favorito, que son Los Flechazos. He pretendido hacer la versión más fiel posible de lo que yo veo en esas canciones, con la ventaja de que yo estaba dentro cuando se hicieron.

-¿Cree que el jovenzuelo aquel de “El bidón de gasolina” aprobaría al Alex Cooper actual?

-Estoy seguro de que sí. Creo que estaría tan orgulloso como yo estoy del joven Álex. Creo que el nexo de unión ha cristalizado en “Popcorner”. Hubo un tiempo que no sabíamos bien si Cooper estaba a la altura de la herencia que habían dejado Los Flechazos y si tenia que ver o no. Yo creo que la gente lo ha entendido. Ha costado 15 años en algunos casos, pero creo que todo el entorno de los seguidores de Cooper y Los Flechazos entiende que todo forma parte de un todo y que todo tiene un nexo de unión. Por eso se ha llamado «30 años viviendo en la era pop», porque el pop tiene una cualidad brillante que está más allá de los ejercicios de estilo. Y tanto cuando yo era más sixtie, como cuando era más indie o soy más yo ahora mismo, hay un elemento que se repite en todo ese camino. Sigue existiendo el público que te dice: «A mí me gustaba más lo otro». Seguramente tú te gustabas más antes de lo que te gustas ahora, pero hay una realidad: que el camino de composición, de entender la música, el pop y la vida ha sido el mismo. Resulta inevitable que exista esa compenetración y similitud entre el Álex de 18 y el de 48 años. Eso tiene que estar ahí. Creo que él sería fan de Cooper.

-¿Ha tomado algún modelo para “Popcorner”?

-No. Yo lo he hecho porque he pensado que a la gente le iba a hacer ilusión. La motivación de volver a retomarlo todo es esa. El otro día me preguntaron si dejar de hacer elepés y hacer solo singles no había sido un tiro en el pie en mi carrera comercial. Dije que sí, totalmente. Ahora pienso lo mismo. Esto puede ser un tiro en el pie a la credibilidad que como compositor pudiera haber alcanzado después de 15 años de Cooper. Vuelvo a interpretar canciones ágiles, juveniles y adolescentes. Me vuelvo a poner en la diana de todos los francotiradores que quieren trasladar a la opinión pública que mi música es intrascendente, que es pop de usar y tirar, que no he sabido madurar y que soy el eterno pop-boy. Me da igual. Sé donde estoy. Sé que “El asiento de atrás”, “Entre girasoles” o “Mi universo” están a años luz de la sensibilidad punk-pop que podía tener el primer disco de Los Flechazos. Lo sé y, como estoy tan seguro de mi mismo, me da igual ponerme en la piel del Álex de los 18 años para que la gente se lo pase bien.

-En esas miradas atrás a veces se entremezcla el orgullo, la sorpresa y también la vergüenza. ¿Le ha chirriado algo en esa vuelta atrás?

-Dentro de los pasos en falso que puedes dar en la vida, en mi carrera musical creo que no tengo. Me cuesta encontrarlos. Mi carrera estuvo enfocada desde el principio en el largo recorrido. Fui muy consciente de eso. Venía de un mundo muy mitómano, en donde se idolatraba a perdedores de los años sesenta, cuyos discos acabaron en cajones de segunda mano. Yo, a pesar de que quería comerme el mundo, inconscientemente diseñé una carrera que me iba a llevar por ese camino. Esa fidelidad al público, a la escena mod, a una manera radical de entender la anticomercialidad nos obligó a pagar muchos pejaes. Dieron sus frutos a la larga. Pero en el corto plazo fueron un problema para todos. Nosotros éramos nuestro peor enemigo, en ese sentido, y nuestro mejor amigo, en el sentido de construir una carrera de largo recorrido. Me encuentro con algunas cosas que me intranquilizan. Una de ellas es revisar los sueños de mi juventud, con la idea que yo pensaba que iba a conseguir en la vida. No he tenido pasos en falsos en lo musical, pero sí los he tenido en mi vida personal. Eso está reflejado en las canciones y es doloroso al enfrentarse a ello. Otra lectura que yo hago es qué equivocada está la gente que piensa que mis canciones son alegres, optimistas e intrascedentes. En el primer disco había canciones durísimas como “En la ciudad del motor” o “En esta ciudad”. Y en el segundo, “Arco Iris”. Son canciones que hablaban del suicidio. “Go Go girl” trata de los abusos de un padre a su hija y nadie se enteró. Esa segunda lectura me hubiera gustado que se hubiera entendido. Otra cosa, que me ha pasado hace poco escuchando “Viviendo en la era pop entero”, que hacía mucho que no lo hacía, es comprobar que éramos muy imberbes. Teníamos muchas deficiencias técnicas y teníamos poca calidad. Dejando aparte las motivaciones personales y sentimentales, me cuesta entender cómo la gente puede llegar a valorar como mejor disco “Viviendo en la era pop” que cualquiera de Cooper. Están a años luz. Es impresionante el valor evocador de la música, que hace que eso no importe nada. Porque están mal tocados, mal cantados y, a veces, hasta mal compuestos y mal arreglados. No importa, porque funcionan. Y a la gente le encantan. En concreto hay una canción, “En esta ciudad”, que la escuché el otro día y es que no llega ni al nivel de maqueta.  

-En su momento Los Flechazos lamentaban como, disco a disco, no habían llegado al sonido buscado hasta “En Acción!!!”. Sin embargo, yo escucho ahora la canción “Viviendo en la era pop”, que podía tener ese punto de “sonido lata”, y no cambiaría absolutamente nada. Me parece que suena genial.

-Es que no se puede cambiar nada. Es el producto de un momento, un testimonio de cómo éramos nosotros y cómo era la escena. Nosotros estábamos buscando el santo grial de los años sesenta. La búsqueda duró seis o siete años hasta lograr algo parecido a eso en “En Acción!!!” Desde luego, esos primeros balbuceos están muy lejos de lo que buscábamos. Ten en cuenta que en el primer disco nos dijeron que todo el disco con un lesley al Hammond sería demasiado pesado y que no iba a gustar, íbamos a combinar unas con él y otras sin él. Son problemas de una época. Éramos un grupo tan atípico que no sabían cómo tratarnos. Ni a la hora de producirnos los discos, ni a la hora de vendernos en la radio. Nosotros, además, éramos muy pardillos. El primer single que se editó de “Viviendo en la era pop” es “Dame tu amor”, la canción menos comercial del disco. Ni siquiera creo que fuera decisión nuestra.

-Muchos de sus seguidores descubrían a Los Flechazos y los años sesenta en paralelo. En cierto sentido, las canciones de “Viviendo en la era pop” y “En el club” fueron la puerta de entrada a un mundo muy excitante. Los Flechazos entonces transmitían esa sensación de cuadrilla pop, de “todos a una”, como si hubiera una misión muy importante.

-Éramos un grupo genuino, en ese sentido. Éramos como una pandilla de instituto, todos amigos. Yo antes tocaba en un grupo que tenía cierto nivel en la ciudad, pero monté otro con mis amigos para tocar en las fiestas y hacer versiones. Acabó siendo mi vehículo de expresión, porque del otro me echaron [risas]. Facilitó mucho las cosas que Elena y yo fuéramos pareja y Héctor, mi mejor amigo. Además, hay un punto de apostolado, de intento de transmisión de lo que a mí me gusta a los demás en eso. He sido siempre en todas las épocas de mi vida. Eso inevitablemente traslada una imagen de grupo frente al individuo. Yo nunca he sido especialmente individualista.

-¿Tenían la sensación entonces de “Los Flechazos para toda la vida”?

-La sensación era: Los Flechazos hasta que se acabe el mundo. Desde muy pequeño siempre he vivido como si me quedase muy poco tiempo, como si fuese mi última oportunidad. Recuerdo esa sensación desde los 15 o 16 años. Tocabas pensando que a lo mejor no había otra vez. Todo era “All or Nothing” y las cosas se hacían a vida a muerte. No he cambiado. Esta gira la estoy viviendo de la misma manera. Será la última vez. Esta vez de verdad.

-Los Flechazos fueron para muchos la apertura de un universo. ¿Era ese vuestro plan maestro?

-Sí. Primero, crearlo a nuestro alrededor. Con las cosas que nos llegaban por fanzines, amigos, otros grupos y el tránsito a otras ciudades a conocer a otra gente. Era una suerte de pandilla subterránea con códigos secretos. Eso es muy atractivo cuando eres un crío. Separarte de la multitud y poder guiñarle el ojo en al vagón del metro a un tío que sabes que sintoniza en el mismo punto del dial que tú y solamente lo sabes tú y él y nadie más de los que están alrededor. Eso te hace sentir muy especial y estás buscando un camino cuando tienes esa edad. Nosotros creamos el universo a base de esas referencias junto a otras que inventamos y aportamos. Luego, lo explotamos al máximo. Se trataba de seguir los caminos que se nos habían abierto. Tú me dices que estabas descubriendo los sesenta a la vez que a nosotros. Nosotros un poco también. Pienso que parte de la gracia está en esa ingenuidad de Los Flechazos. Que nosotros nos creímos a pies juntitas el decálogo que nos había llegado de nuestros hermanos mayores, que abandonaron el barco después. Pienso en Brighton 64 cuando decían “una bomba que estallará, una explosión juvenil / nuestro sueño continuará / por eso estamos allí”. El que lo había escrito a los dos años estaba en otra película. Pero a mí me a mí me había tocado. Todo ese asunto de “la antorcha en mi mano está y no morirá” me lo creía a ciegas. Es sorprendente que lo mucho que me lo creí cuando lo había descubierto dos años antes. Eso lo pensé mucho. Cómo me metí en ese cosmos y cómo cree mi lenguaje, cuando había cosas que habían estado mucho más presentes en mi vida y que no me habían marcado tanto. A la conclusión que he llegado es que esto lo conocí en el momento en el que quería cambiar de rumbo. Yo no podía ser toda la vida de la Real Sociedad o católico practicante o lo que fuera. Pero esto sí. Y por eso me zambullí.

-Habla de juventud. En Los cuatro primeros discos de Los Flechazos salía de manera explícita e implícita en las letras constantemente. ¿Cómo choca con esa exaltación de una juventud que parecía eterna?

-Ahí está la clave del problema que yo tengo para reinterpretar esto. Muchas cosas que pensaba entonces ahora pienso que estaba totalmente equivocado. Los valores que yo asumía como valores de juventud, en realidad eran valores de otro tipo de situación personal. Siempre que he pensado que yo no tendría que renunciar a mis valores de juventud, si la vivía con la complejidad y la responsabilidad con la que la viví. No tengo nada de lo que arrepentirme. No tengo fotos vergonzosas, ni momentos para olvidar, ni grandes problemas de culpa. Porque desde el primer momento supe que había que funcionar bien y con cabeza para crear las bases de algo grande. Pensaba que eso eran los valores de la juventud. Pero no, eran los míos. Ahora soy un descreído absoluto del valor intrínseco de lo juvenil. De hecho, pienso que a los jóvenes se les da más cancha de la que se le debería dar. Pienso que en los sesenta se crearon las bases de todo el problema social que ha habido en las décadas siguientes, que darle tanta importancia a la sociedad de consumo, a lo nuevo y a lo joven, dejando de lado a lo que ha pasado debido a esa tiranía de la novedad, ha hecho mucho daño a nivel cultural y a nivel social. Contra eso lucho en mi planteamiento de vida y musical. Por eso hay una confrontación muy fuerte entre lo que yo defendía de joven y lo que defiendo ahora. En muchas cosas pienso radicalmente distinto que los mods originales. Pues en la época de Los Flechazos pensaba exactamente lo mismo. Eso me cuesta mucho asimilarlo. Entonces, lo que he hecho es decir “más allá de la postura vital y filosófica esto es música, estos son recuerdos y como tal los tengo que manejar”. Es un instrumento para crear un vínculo con una gente que lo que necesita es escuchar las canciones de aquellos tiempos. Por eso es un ejercicio 100% nostálgico.

-Seguramente le ocurra a los fans. Algunos tendrán que ir ahora a echarles la bronca a los estudiantes que le están montado una fiesta.

-Normal. “El bidón de gasolina” es heredera directa de “La casa de la bomba”, que habla de los chavales que no les gusta que su playa se la coja la gente mayor, que tienen arrugas. También es heredera del “Bailando” de Alaska y Dinarama como concepto. Yo la cosa que hago ahora con eso de “Paso el día bailando y los vecinos mientras tanto no paran de molestar”. ¿Cómo que no paran de molestar si el vecino ha estado ocho horas currando y lo que quiere es llegar a casa y descansar mientras tú no le dejas? Yo estoy ahora en esa postura. A mí lo que me sorprende es que no estuviera en esa postura de joven, con lo responsable y razonable que era yo.

-¿Es “A toda velocidad” LA CANCIÓN de Los Flechazos?

-Sí, yo lo he tenido claro siempre. No puede eclipsar al resto del repertorio, porque hay muchas canciones que son bonitas y emblemáticas, incluso pequeños himnos. Pero para mí “A toda velocidad” es la canción perfecta de Los Flechazos, la canción redonda. Tiene un equilibrio muy chulo entre la música y lo que transmite en la letra. Estoy muy orgulloso de ella.

-Elena dijo en una entrevista que, cuando aún no la habían terminado, usted ya decía que era su mejor canción, que era plenamente consciente de ello.

-Sí, lo era. La tenía montada en mi cabeza. Me ha pasado con bastantes temas, esa canción fue la última que compuse para la maqueta del disco. Entre con ella sin letra y la hice con presión el día antes de terminar. Me pasó con “Luces rojas”. Y me pasó con “Carrusel” en “Mi universo”. Las tres tienen letras que son muy importantes.

-Trasmite una sensación de euforia que invade. La escuchas con 16 o 17 años y te dan ganas de “hacerte de eso”, sea lo que sea. Supongo que mucha gente se habrá hecho mod por esa canción. ¿Tiene constancia?

-Era lo que se buscaba. Me encanta que digas eso. No estoy seguro hasta que punto llegó en el momento perfecto para que eso generase que alguna gente se sumase a nuestra historia y el mundo mod. Nosotros llevábamos ya funcionando dos o tres años a un nivel comercial muy alto y eso nos había alejado un poco de la escena mod. Hemos sido la puerta de entrada para ello quizá, pero una puerta de entrada que la gente rápidamente olvidaba para ir a la siguiente. En el fondo ha sido un testimonio más personal, como una guía de actitud para mí. No lo necesitaba, porque salió de mí mismo. Pero te reconcilia con el mundo saber que tenías unos objetivos en la vida y que los has cumplido. O demostrar que se puede mantener una carrera desde una perspectiva mod durante treinta años, cuando la gente nos daba dos años de vida y nos decía que íbamos a cambiar. Es muy divertido. Hay gente que me viene a pedir perdón hoy en día. El otro día vino a hablar conmigo una periodista de Segovia a un concierto en Valladolid. Me dijo que hacía 25 años me comentó en una entrevista en plan: “Tú no te verás dentro de 25 años con la misma ropa y esas pintas”. Me dijo: “Yo soy la que te entrevistó hace 25 años y tú tenías razón y yo no”. El escepticismo que provocábamos en el ambiente musical y la crítica se ha ido diluyendo. Sigue habiendo, pero ahora tienen pocos argumentos para plasmarlo. Eso me gusta. Las canciones como “A toda velocidad” son como una respuesta a eso. ¿Os acordáis de lo que pensaba hace 25 años? Pues, fijaros, sigo pensando lo mismo [risas].

-Le ha pasado a muchos críticos, especialmente dentro del ámbito indie, donde se repudiaba algo tan abiertamente retro. ¿Cree que se acepta mejor eso ahora, donde parece que se han relajado las exigencias de innovación en el pop?

-Yo he vivido siempre en el filo de esa problema. Siempre fui consciente. Es una batalla perdida y que yo no quería librar. Me meto en muchos jardines, pero en ese no. El que lo quiera entender llegará a la conclusión de que yo he hecho las cosas a mi manera, sin ser una fotocopia ni un calco de nadie, a pesar de que las influencias estén en un sitio u otro. Si mirar atrás lo criminalizas te cargas un montón de movimientos musicales que han sido importantísimos en su producción. Desde el r&b, por ejemplo. No existirían los Rolling Stones, ni la escena de blues de Jimi Hendrix, Cream y todo eso. Tampoco el glam, porque miraba a una mezcla muy curiosa de la música de los cincuenta, con los ecos en las voces y mezclado con el pop de chicle de mediados de los sesenta en América. No existiría la nueva ola, porque Elvis Costello, The Records y todos esos grupos miraban mucho a los sesenta. Y puedo seguir un buen rato. Como la música es pendular hay una serie de gente que lo que busca es la innovación por encima de todo, saltándose la barrera de lo clásico, y hay otra gente que le gusta volver atrás una y otra vez. Yo me encuentro en ese segundo grupo. Es como una lucha de egos o de poderes que siempre va a estar ahí. A veces, unos tienen las de perder. Otras, conviven. Eso no me preocupa. Pero te voy a decir una cosa. Mis grupos han tenido una cualidad que no han tenido muchos. Hemos sido siempre transparentes. Siempre hemos sido diáfanos a la hora de mostrar por dónde iban los tiros, porque no hemos jugado a las medidas tintas. Pero también hemos sido transparentes porque no se nos ve: no apareceremos en los sitios.

-¿A qué se refiere?

-Si tú coges la bibliografía de la escena mod en España, Los Flechazos no salimos. No aparecemos en el libro de Ángel Manzanares. No aparecemos en el libro de “Ahora no, mañana, el revival mod en España”. No aparecemos en el libro que se titula “Revival”. ¿Por qué? Porque un libro termina en el 86, justo cuando íbamos a salir nosotros. Otro empieza en el 94 [risas]. ¿Y en los libros de la escena indie? Lo mismo. En el de Victor Lenore o en el “Pequeño circo” tampoco aparecemos. Te dicen: “Es que generacionalmente no sois de ese grupo de gente”. ¿Cómo que no? Si soy más pequeño que Felipe, el de los Fresones Rebeldes, y tengo la misma edad que Fernando Alfaro. Yo he tocado en el primer Benicassim y en la sala Maravillas. Esa personalidad y ese modo de hacer las cosas propio, que nos ha generado tantos beneficios, siendo valorados en el mundo musical, en lo que es la crítica ha generado transparencia. Lo digo así con sorna, pero recuerdo la crítica de la revista Spiral del primer FIB. “Después de Echobelly salieron al escenario Supergrass. Y cuando terminaron volvieron a salir Supergrass”. Eso es lo que dijeron de la actuación de Los Flechazos.

-Eran otros tiempos. Pronto llegaría el cruce de cables, defendiendo a Suede como un grupo “fresco”. No puedes decir que ellos no miraban atrás, o que su mirada valía y la de otros no.

-Claro. Mira que Suede en todas las entrevistas renegaban de los músicos que estaban en la música para enseñar su colección de discos. Yo recuerdo a Brett Anderson hablar así en la MTV, diciendo que ellos eran Suede,que no tenían que hablar de otros y hacían su propia música. Era una postura totalmente contraria a la mía. Pero luego se veía perfectamente de dónde venían las cosas. A nosotros nos pasaba lo mismo, pero siempre con esa especie de complejo de inferioridad que tienen la escena nacional, de “¡Bah! Ahora este tío ha descubierto a Teenage Fanclub”. Perdona tío, los descubrí a la vez que tú. Pero es que además soy de la edad de ellos y escuchaba la misma música que les flipa a ello, incluso antes que ellos. Yo estoy seguro que el “September gurls” de Big Star lo conocí, al menos, a la vez que Norman Blake. Igual, antes. Lo sé porque a la gente de Teenage Fanclub toda la música americana de Costa Oeste les entró a través del tío de BMX Bandits. Él fue quien le enseñó eso. Y luego a Astrid, y a Whiteout y todas las bandas escocesas de ese punto que a mí me flipa. En ese sentido, la escena nacional es un poco pobretona. No se lo tiene muy creído. Pero, vamos, es una pelea que a mí me desgasta. Prefiero hacer mi música y quien no la entienda ya la entenderá.

-Antes el “criterio” lo imponían dos o tres revistas. Ahora llega una generación que prescinde de ello y tiene muchos menos prejuicios. Una chica joven del 2016 puede escuchar a Taylor Swift, Metallica y Cooper.

-Eso viene de lejos. ¿Recuerdas cuando se puso de moda Kylie Minogue? De repente, a nadie le parecía mal. Parece que fue ayer, pero ya hace 12 o 13 años de aquello. Lo otro es más de la gente de nuestra pandilla, que hemos leído revistas y consumido así la música, que de nuestra generación. Yo tengo fans que vienen a los conciertos de “Popcorner” que lo demuestran. Una chica vino a los conciertos de Madrid, Barcelona y Bilbao y, cuando entré a su Facebook, vi que tenía colgado un video de Take That. Yo salía en las mismas revistas que Take That. Eso ha estado siempre ahí. Lo que pasa que los que somos los empollones de la clase del rock, no nos hemos dado cuenta. La gente de nuestra clase en la universidad estaba en eso: oía alguna cosa alternativa, música comercial, cosas antiguas y también iba a las discotecas de bakalao.

-En una entrevista que dio este año decía que cuando salió “A toda velocidad” pensaron que iba a pasar algo. ¿Qué es lo que iba a pasar y no pasó?

-Pensábamos que iba a elevar el nivel de popularidad del grupo y conseguir entrar en la división del pop español, a todos los niveles. Yo voy por la calle y a mí no me conoce nadie. Y los periodistas y los programadores de festivales se las ven cantas para explicar quién soy y qué es lo que represento. Voy a programas de magazines de la radio, con periodistas importantes, y el que me entrevista no sabe quien soy. Estoy allí porque hay en la redacción un tío que es super fan de toda la vida y les dice que soy una figura clave del pop nacional. Esta situación se hubiera solucionado si “A toda velocidad” o “Suzette” en su momento hubieran petado más. Nos hubiera elevado a otro nivel de popularidad y contratación.

-¿No chocaba con la filosofía general? Recuerdo en los primeros noventa cierta presencia de Los Flechazos en las televisiones y cómo se criticaba desde las microescenas. ¿Ustedes querían eso? El siguiente paso sería estar en los 40 principales, ir a sus galas, hacer más playbacks en la tele.

-Nosotros estuvimos siempre en los 40 Principales, desde el primer single. Desde el principio funcionamos en los circuitos comerciales, sin prejuicios. Lo único es que no hacíamos lo que no queríamos hacer y planteábamos problemas. No hacíamos playbacks en directo, pero tocamos un montón de veces en el Super Uno de los 40. Eso sí, siempre en directo, llevando el equipo y el técnico. Recuerdo actuar en la plaza de mayor de Salamanca, en Alicante o sitios así. Ese mundo lo conocíamos. Mientras nos dejaran ser nosotros mismos no había problema. El problema era cuando venían las presiones, cuando nos pedían concesiones. ¿Qué tipo de concesiones? ¿Vestirnos de otra manera? ¿Bailarle la bola a gente que nos cae mal? ¿Hacer otro tipo de música? Eso no lo íbamos a hacer. Yo creo que estábamos en una situación perfecta para que pasase algo comercialmente y no ocurrió. Como ha sucedido con tantas otras bandas a lo largo de la historia. Yo me volví a juntar con Charlie de Dro años después de irnos. Sonó “A toda velocidad” y fue él el que dijo: “Yo no entiendo como no pasó algo con esta canción, si lo tiene todo”.

-A lo mejor en un contexto diferente hubiera sido otra cosa. Salió en pleno auge del grunge y con la ruta del bakalao de fondo. Era casi la antítesis de todo eso. Que te gustase eso era más de “tío raro” que de seguir una corriente.

-Sí, al final acabó siendo una especie de himno que ha pervivido en el tiempo. Esa canción tiene la cualidad de la atemporalidad.

-Trasmite la sensación de tener todo muy calculado para que no se salga de la línea. El ejemplo es esa gira: un planteamiento claro, un inicio, un final, una justificación. ¿Obsesión por la coherencia?

-Bueno, yo soy muy poco de normas y reglas. Recuerdo una vez con Airbag que me decían “Estás cambiando las cuerdas en la prueba de sonido”. Ellos tenían la norma de no hacerlo [risas]. Lo que sí es que soy muy cerebral, lo dice siempre Mario. En lo de ser una persona coherente y la personalidad es algo de mi carácter y que me viene dado por la educación que me han dado. Yo tuve la típica conversación adolescente con mi padre en la que él me buscaba acomodo en la sociedad y un trabajo estable, mientras yo le decía que eso no lo quería hacer. Hubo un momento en el que me echaba en cara: “No se puede ser tan purista de la actitud, tan exageradamente coherente con un planteamiento de vida”. Yo, sorprendido, le dije: “Es lo que tú me has enseñado, los que he visto en casa”. Mi forma de ser me ha llevado a ser rígido en ese sentido. No tengo problema con ello. Para las cosas hay un porqué. Este gira, por ejemplo, no dije que iba a durar un año porque sí. Este proyecto necesita una energía que yo no voy a tener dentro de poco tiempo. Necesita también ser especial. Pero bueno, a lo mejor damos un concierto en enero. Si nos sale el Actual de Logroño no vamos a ser tan tontos como para decir que como es el 3 de enero ya no tocamos [risas]. Si eso sale, tocaremos la campana como en los pubs ingleses. Esto tenía que ser así.

-“A toda velocidad” es la canción con mayúsculas, pero hay otra que casi tiene la misma importancia: “Cansado”. Ahí baja la velocidad y el clima, cambian las intenciones del grupo. ¿Es el golpe de timón de Los Flechazos?

-Sí, totalmente. Es una de esas relaciones mágicas entre la música y la vida. Fue una canción hecha sin pensar, reflejando un estado de ánimo de un día de bajón. Y se convirtió en la piedra angular para explicar por qué hasta aquí ha habido un Alejando y luego habrá otro. La estamos tocando en directo y no estoy muy seguro de que la gente la sienta como una canción de Los Flechazos. Veo reacciones más cercanas a Cooper. Es un tema muy bonito, que no he dejado de tocar nunca en los acústicos. Es muy yo, de como soy yo hoy en día. Me siento más cómodo con ella que con “Suzzete” o “En el club”, por ejemplo. Es que las canciones de Los Flechazos eran muy miméticas de cosas que, en realidad, yo no era. Eran muy yo y muy antiyo. Si yo casi no salía por la noche y cantaba eso de “Todos los búhos vivimos de noche y odiamos el sol”, como si yo fuera un juergas brutal.

-Versos como esos generaban un gran impacto. Cuando eras adolescente y querías saber qué era lo mod resultaba misterioso, como si solo entendieses el 20% de lo que te contaban y, en la siguiente escucha, el 25. Pensabas: “Entonces para ser mod hay que salir mucho de noche y odiar el jefe, ¿no?”, con esa ingenuidad. No había nada a lo que agarrarse.

-Había mucha parte de emulación de lo que yo veía en mis grupos favoritos, aunque con una absoluta sinceridad. Era lo que yo quería ser, en una época en la que estas andando el camino y no estás hecho. Ahora estoy en otra película, leyendo los libros de Pablo d’Ors contra la juventud [risas] y participo de esa idea: cuando eres joven no eres tú, eres tú después.

-Umm… al joven al que se apelaba al principio de la entrevista dudo que le gustase escuchar cosas como esa.

-Pues no lo sé, pero seguro que la gira que estamos haciendo le encantaría. Estoy seguro. Este repertorio es trasversal: conecta con todo tipo de edades y públicos.

-Uno de los versos míticos de Los Flechazos es: “Del orgullo y del recuerdo todo lo que puede salir es bueno”. ¿Siente lo mismo?

-Sí, esa idea se mantiene. Es una lucha contra esa etiqueta de revivalista y lo de ser una fotocopia. Yo tengo orgullo de lo que he vivido, que forma parte de una tradición, pero que no es la vida de otros ni una fotocopia de nada, sino algo muy pleno. Esa frase se complementa muy bien con “Siento orgullo de lo que fui, pero aúnas de lo que puedo ser, no te lo vayas a perder” de “Ruido” de Cooper.

-En Los Flechazos había una idea que salía intermitentemente: la de reafirmarse en un mundo que es aparentemente hostil y que no quiere que uno sea cómo quiere ser. Eso se ha mantenido hasta “Mi universo”, su último elepé. ¿Es una constante suya?

-¿Cómo no voy a ser mod, tío? El manager de The Who Kit Lamber lo decía: “Ser mod es vivir limpio bajo circunstancias difíciles”. Eso ha sido parte de mi vida. He tenido esa sensación a nivel personal siempre, más allá de la música. Yo soy ese tipo de persona que entra en una habitación y siente la hostilidad de una parte de los que están ahí. He luchado siempre contra la idea de lo que generaba yo era envidia. Eso me parece absurdo. No, tiene que haber algo más. Tiene que haber una razón por la cual yo despierto la animadversión de una parte de la gente. He llegado a pensar que es porque yo vivo mi vida con la libertad que a ellos les gustaría y no se atreven. Intento desconectar de ello y seguir mi camino, pero es algo que está ahí. En parte, por ser mod. En una ciudad de provincias como León ha habido épocas en las que percibía eso a diario. Pero tiene una parte buena. La gente más cercana a mí, la que más quiero y me importa, lo percibe igual en ellos. Ha sido un problema que hemos tenido en común y que nos ha unido mucho. Por ejemplo, a mí mujer. A Cristina le pasa exactamente lo mismo. Cuando nos conocimos nos dimos cuenta que teníamos la sensación de no haber encontrado tu lugar en el mundo y de despertar la animadversión de los que quieren que todos pensemos igual.

-Hemos hablado prácticamente un 90% de Los Flechazos y, apenas, un 10% de Cooper. ¿Se está sintiendo Cooper celoso o asume que el protagonismo sentimental lo tenga la otra banda?

-Es lo que toca. Lo que me sorprende es que aún exista la duda de si voy a tocar muchas de Los Flechazos en los conciertos. Ahora lo que toca es recordar a Los Flechazos clásicos. El periodo está acotado, no hay problema.

Silvia Pérez Cruz: «En el escenario no tiene que haber pensamiento, tiene que haber emoción»

Viernes, Junio 10th, 2016

silvia

Mañana actúa Silvia Pérez Cruz en A Coruña. Lo hace en un formato muy especial, con un quinteto de cuerda que la arropará, sin partitura, en la revisión de su repertorio. Se trata, según la artista, de romper barreras con el público invitándolo a fundirse con la pura emoción del músico. De eso, de emoción, se habla mucho en esta entrevista de la que apenas se publicó un pequeño estrato en La Voz. Aquí va íntegra. Creo que merece la pena. Resultó un gustazo hacerla. Un placer que se prolongará mañana cerrando los ojos para escucharla en el Palacio de la Ópera.

-¿Existía otro camino en su vida que no fuera el de ser artista?

-Bueno, es verdad que desde que nazco hay música en mi casa. Y que la música se me presenta como algo súper natural. Es algo que agradezco mucho ahora porque veo que es muy importante esa tranquilidad. Tanto mi padre como mi madre eran dos personas muy sensibles. Mi padre, que era gallego, se comunicaba conmigo cantando. Desde mis doce años hasta cuando se murió nuestras conversaciones eran así, cantadas. Con Alfosina y el mar, 20 años y otras habaneras más anónimas. Mi madre me ha enseñado a mirar. Ella es artista, mágica y fuerte. Me lo ha puesto muy fácil. Me ha dado muchas herramientas y mucha libertad. Ese es el puntal de cómo soy. Luego, estudié desde pequeña. Pero mi hermana vivió lo mismo que yo. Es muy artista. Estudió escultura y chello. Ahora está haciendo pasteles, que nunca sabes a dónde te lleva la vida. Pero la verdad es que para mí la música es una forma de vivir.

-A lo mejor esa manera de vivir la música como un juego infantil puede ser lo que le lleve ahora a ser más amiga de la emoción que de la matemática. ¿Rehuye la perfección en la música?

-[Piensa un rato] Yo pienso que hay muchos pasos en la música. Por ejemplo, en el escenario creo que no tiene que haber pensamiento. Tiene que haber emoción. Tú eres un canal para que pasen cosas. No tiene que haber códigos. Pero es verdad que, al componer, es otra cosa. El primer paso es muy animal y orgánico. Luego, toda la parte de arreglos y construcción es muy matemática, que también me gusta. Pero al compartirlo en directo quiero que sea emoción. Cuando filtro cosas externas para incorporar a la música o gente con la que trabajar también uso la emoción. Sí que es verdad que lo de la infancia que dices se debe notar en el escenario. Es como un juego. Le intento quitar esa magnitud que se le da al escenario. Intento humanizarlo, quitarle hierro y que sea un juego, aunque hable de las emociones más bestias.

-¿Es esa sensación de «no pensar» lo que se persigue en el escenario? ¿Es adictiva?

-Sí, sin duda. No siempre pasa. Hay momentos en los que estás pensando, pero lo que atrapa de verdad con esos segundos y, a veces minutos, en los que logras no pensar y casi no ser. Es una felicidad muy pura. De hecho, intento que aunque cueste mucho lo que hago, aunque sea realmente difícil, que no se vea la dificultad, que no se vea la matemática. Que quien escuche solo sienta. No quiero que diga: «¡Ay, qué difícil!», «¡Ay, qué interesante!». No busco eso. Quiero que sienta cosas. Es muy sano. Pensamos mucho y cuesta mucho liberarse de la cabeza. Para mí es un regalo tener esos momentos de estar y sentir.

-Su música es tremendamente variada y plural. ¿No podría ser de todo modo o se trata de un principio artístico?

-Es que… [se queda un rato en silencio] Cuando he ido hablando con periodistas me he dado cuenta de todo esto de ponerle nombre a las cosas. Para mí la música es música y uso distintos lenguajes cuando creo que me sirven. Pero no tengo una obsesión en hacer muchas cosas, solo que voy aprendido. Llevo desde pequeña y he conocido muchas músicas y muchos músicos, casi de casualidad. Te van afectando unas cosas y otras, del mismo modo que te afectan unos libros y otros y escribes diferente por lo que has leído. Pero no es mi objetivo. Para mí el objetivo es de lo que hablábamos antes: estar conectada con la emoción. El resto son herramientas. Para mí todo son canciones y emociones. No pienso en estilos. Yo escucho algo y me gusta o no me gusta. Pienso más en el peso, en la verdad, en buscar la sinceridad, en el peso de lo que canto. No de dónde viene.

-Escuchándola da la sensación que hace un recorrido de este a oeste de la Península Ibérica: del fado a la canción mediterránea, pasando por el flamenco. Esto tiene que ser por algo. ¿De dónde viene eso?

-En eso hay algo importante. Una de las cosas que te limitan y te definen es tu voz. Yo creo que tengo una voz muy ibérica. Lo descubrí con veintipocos años cuando canté con Coetus y Eliseo Parra, que son gente que conoce muy bien las canciones de la Península. Me di cuenta que mi voz encajaba en muchos cantos, de esos que canta la abuela. En Galicia, en País Vasco, en Mallorca, en Andalucía y también en Portugal. Yo tengo una manera de bailar con la voz que tiene conexiones con el fado y el flamenco. Cuando tenía 19 me presentaron el flamenco, que no lo conocía. Impulsiva, pensé en música y me puse a aprender. Descubrí muchas cosas y vi que mi voz se sentía cómoda. Luego mi hermana se fue a vivir a Portugal y tengo una relación muy estrecha con ese país. Antes también la tenía con Galicia. Había escuchando a mi abuela cantar en gallego. Respecto al fado creo que le pega a mi voz.

-Le confieso que, cuando no la conocía, tenía la idea abstracta de que usted era portuguesa. ¿Le ha pasado más veces?

-Recuerdo cuando era chiquita y cantaba en Calella mucha gente me decía: ¿tú de dónde eres? No me ubicaban en Cataluña. Recuerdo también en una cena en Olot que una chica me regaló una cinta de fado. Y en alguna entrevista que me han hecho aquí también pensaban que era una cantante de fado. Pero la verdad es que yo solo sé cantar tres o cuatro fados. Pero sí que es cierto que tanto la saudade del fado como el idioma en sí me han enseñado muchas cosas. Cuando tenía 16 años, además, conocí la música brasilera. Curiosamente, cantar en brasilero me ayudó a cantar mejor en catalán. La suavidad y la manera de unir las palabras me ayudó a unir mejor mi propio idioma. Es un idioma y unas palabras que me agradan.

-Habla de suavidad, pero su registro también muestra un lado en el que parece se vaya a resquebrajar de un momento a otro. Se acentúa cuando canta en castellano. ¿Es consciente de ello?

-Cada idioma tiene su personalidad y musicalidad, por eso compongo en uno u otro. Yo estudié jazz y estuve mucho tiempo cantando en inglés. Tenía una desconexión conmigo. Luego descubrí el flamenco y me ayudó a cantar con el estómago. Con la parte más desgarrada y animal de mí. Nunca me lo habían dicho, pero puede ser que ocurra con el castellano. Con él puede ser que me salgan las cosas más fuertes y que, a la vez, se rompan. Pero no sé explicar bien el porqué [risas].

-Es una sensación deliciosa la de esa fragilidad. ¿Es eso más difícil que el desborde de emoción de cantar hacia fuera con poderío? En algunos de sus directos tiene a la gente en silencio sepulcral saboreando esos momentos.

-El otro día me ocurrió en Mallorca. La persona que había producido el concierto me dijo que le había impresionado mucho el silencio de 1.600 personas y la solemnidad de ese silencio. No se trata de qué es más difícil, se trata de que la intensidad no tiene que ver con el volumen. Eso lo descubrí con Mayte Martín. Me gusta trabajar todas las dinámicas: cantar flojo, cantar fuerte. Cuando cantas flojo eso tiene que ser como un chicle, que lo estiras y es algo muy denso, aunque parece que se va a romper. Incluso el silencio que hay entre cada nota, que sea intenso. Es algo muy interesante, porque a veces uno tiende a expresar las cosas fuertes gritando más. Es como en las discusiones. Gente que grita y se encuentra a gente que hablando bajo te destroza totalmente.

-Hablaba antes de Galicia. ¿Tiene vínculo con nuestra tierra?

-Solo fui una vez con la familia a conocer el pueblo de mi abuela, que es O Rechouso, una aldea pequeña de Ourense en medio de la montaña. Mi padre vivió allí con mi abuela, que es una persona que me marcó. En Navidades se comía pulpo mientras lo escuchaba cantar en gallego. No era una relación de ir a Galicia, pero sí que tengo muchas cosas gallegas. No sabría definirlo, pero forma parte de mi ADN.

-Por favor, tómese este comentario desde la perspectiva de alguien que viene de la cultura pop. Me trasmite la sensación de ser una cantante clásica, de otro momento: su modo de cantar, su estética, su manera de gesticular las canciones. ¿Se siente cómoda con lo que le acabo de decir?

-Me pasa un poco como con lo de los estilos. Yo no soy una persona de modas. Me siento atemporal. Por el tipo de repertorio que hago sí que te puedo parecer así, pero he trabajado con músicos clásicos, con músicos flamencos, con músicos de folclore, de pop y a la vez, aunque me ponga un vestido largo, tengo actitudes punk a veces. El riesgo es un color de mi paleta que tengo muy en cuenta. No me gusta tener las cosas totalmente controladas e intento ser valiente artísticamente. Además, en mi relación con los músicos, no me siendo como esa cantante que está delante con los músicos detrás, sino que para mí es algo muy generoso y de equipo. Del pop me gusta mucho la concreción: mensajes directos y para compartir. A nivel sonoro, cuando hago arreglos y compongo, hay mucha información de mucho tipos. Quiero decir, en definitiva, que no me siento identificada con lo que me dices, aunque lo entiendo. Intento huir de las estéticas y el discurso pop y de otros estilos. A mí me interesa saber de dónde salen las cosas de verdad. Vestirse de una manera u otra es consecuencia de otras cosas. Hay que sentirse segura en el escenario. En mi caso, llevar un vestido largo hace que me olvide de todo mi cuerpo. Si pudiera no vestirme sería mejor [risas]. Es muy importante sentirte cómodo, guapo, no andar pensando en cómo vas vestido, en tus piernas, en tus brazos. Esa es la manera que he encontrado yo.

-¿Cubrirse es una manera de olvidarse?

-Es que es lo que estoy buscando, olvidarme de mí misma y, a veces, estar en el escenario te hace tener mucha conciencia de ti misma. No tengo manías. Si un día encuentro otra ropa que me haga sentir cómoda la usaré [risas]. No quiero explicar nada con la ropa.

-¿Se tomaría como un piropo que un asistente a sus conciertos cierrase los ojos y se dedicase tan solo a escuchar?

-Para mí un piropo es ver a gente de todas las edades y de todas las tribus urbanas. Que esté el pijo, el hispter y el jipi y que todo el mundo hable de lo mismo: de lo que les ha emocionado. Suele pasar. Luego, ir a otro país y ver que hay una cosa que se conserva. Me interesa eso: que la gente no quiera clasificarte, sino que sienta y que esté vivo. Mi revolución emocional es que la gente esté despierta para amar bien o votar bien. Pero que esté viva y que, por un momento, se rompan esas barreras. Que en este mundo de soledades se cree una colectividad en la que nadie piense en cómo va vestido o qué estilo le gusta normalmente.

-En su último disco, «Domus», trata el tema de los desahucios, pero usted insiste que no es política, sino algo emocional. ¿Lo puede explicar?

-Intenté poner música a un viaje emocional. Acompañar a esas personas e intentarme ponerme en su piel, sentir lo que se les va rompiendo. Yo de política no sé suficiente. Sí que tengo unos valores que intento a veces meter en mi música, unas veces de manera más abstracta, como eso que te decía de estar despierto. Pero en otras es más concreto. En este disco sentí esa necesidad. No era un obligación, pero me salió natural hacer “No hay tanto pan” para intentar hablar de las cosas de una manera más directa. Ha sido un ejercicio muy nuevo para mí, pero natural. A veces me preguntan si un artista tiene el deber de estar comprometido y hacer cosas sociales. Yo les respondo que no, que para mí el arte, ante todo, es libertad para quien lo hace y quien lo escucha. Para mí es el valor más grande y lo que me engancha a él. Si dentro de esa libertad a alguien le apetece explicar algo social me parece maravilloso. Pero no es una obligación.

-Vivimos un momento en el que ese debate está siempre sobre la mesa. Se exige al músico que se defina sin escala de grises: si va a estar mirando a lo que pasa en la calle o no.

-Un músico que haga algo impostado, hablando de la sociedad o lo que sea, lo encuentro muy triste también. Hay músicos que hacen música instrumental que también expresan cosas. Cada uno bebe de lo que le afecta. Creo que es un error abrazarte a cosas que no sientes. Igual a uno le afecta mucho lo que pasa, pero no le inspira para escribir o no sabe hacerlo. La base es ser sincero con uno mismo. Tiene mucho valor el arte y hay que cuidar su verdad. Para mí es un espacio sagrado. Mentir no me lo podría permitir, porque es el momento en el que entiendo un poco más la vida.

-Decía que valoraba del pop la concreción. En la canción «No hay tanto pan» semeja que apela a eso: a una especie de estribillo tomado una frase popular y a la que, curiosamente, le amputa una parte para que lo complete el oyente.

-Sí, me gustó mucho la idea de coger una frase que todo el mundo sabe cómo acaba y dejarla así. Dices lo mismo pero me quedo con la parte más poética, que me conecta con Lorca. Pero está claro que no hay tanto pan para tanto chorizo [risas]. Además, hubo un cambio a nivel compositivo. En 11 de noviembre tenía mucha información y, a nivel de armonía y arreglos, era mucho más complejo. Ahora tenía la necesidad de hacer canciones más simples armónicamente, más pop y más popular. Canciones que me emocionan con tres acordes.

-Esa sensación también la trasmite a nivel de letras: se entiende todo a la primera. ¿Ha huido de los mensajes ocultos?

-Ha sido otro aprendizaje. En 11 de novembre escribía a través de emociones que yo sentía. Estaba con el luto de la muerte de mi padre. Era una purga. Sentía que la forma, aunque no fuese muy buena, estaba justificada por esa muerte. En ese disco he podido investigar cosas a nivel de escritura que no había hecho nunca: hablar de cosas que no me han ocurrido a ti, meterse en voces de otros, cambiar el sujeto de sitio.

-Este fin de semana viene a la ciudad con un quinteto de cuerda. Los músicos vienen sin partitura. ¿Por qué?

-Este proyecto nació hace dos años y medio por encargo del Auditorio Nacional de Madrid. Querían hacer algo dentro del ciclo de música clásica, pero con artistas que no son clásicos. Entonces, yo siempre tenía ganas de tocar con un quinteto. En la escuela de música lo veía. Hicimos el concierto y nos gustó tanto que seguimos. Cuando termino Granada seguimos con el quinteto. Me apetecía mucho investigar el formato. El quinteto a priori lo tenemos encasillado en la música clásica. Yo quería llevarlo a la música popular, que quien viniera a verlo no pensara que es música clásica. Había algo muy importante para mí. Yo toqué muchos años con partitura y sé lo que es. Cuando ví que podía les propuse a los músicos la aventura de aprendérselo de memoria. Sabía que era un esfuerzo, pero valía mucho la pena. La partitura no deja de ser un código matemático y una barrera física con el espectador. Quería proponerles que experimentaran notar el vacío de uno mismo, olvidar las notas y dejarse sentir. Todo es así más flexible. El músico vive más el presente. Se escuchan entre ellos. Y eso propicia que los cambios en el directo sean posibles.

-¿Cómo fue las primeras veces?

-Brutal. Había quien no lo quería hacer. Hay músicos que no lo habían hecho nunca y se les ha cambiado la vida. La violinista principal del grupo siempre había tocado con partitura y el primer día que tocó sin ella al terminar el concierto estuvo llorando mucho rato. Se encontró consigo misma. Brutal. me permitió trabajar más la sonoridad, llegar a puntos más sucios y más fuertes. Es mucho de esa actitud punk y valiente trasmitida a un formato que siempre se ve en un contexto súper perfecto y elitista. Creo que lo hemos conseguido. Hay muy buen rollo, hay felicidad. Estoy muy contenta de lo que se ha conseguido.

-Suena muy emocionante lo que dice.Dan ganas de ir corriendo a verla en directo

-De eso va [risas]. Estamos aquí poco tiempo y hay que entregarse. De repente, el escenario es un lugar en el que puedes gritar y no pasa nada, donde puedes dar tu opinión y te escuchan. Pasan cosas. A veces piensas que nada sirve, ves mucha mentira y mucha decepción. En algún momento cuando hacemos música pasa algo y eso merece mucho la pena cuidarlo.

-Tiene ya dos años de antigüedad el formato. ¿Hay lugar para «Domus» en él?

-Hay versiones, hay canciones de 11 de novembre y también hay canciones de Domus. En este formato funcionan bien tres y son las que hemos hecho.

-Durante toda la entrevista habla de emoción, verdad, pureza… Parece que intenta buscar el termino adecuado para definir lo que hace con la voz: elgo muy genuino y nada artificioso. ¿Aceptaría cantar con auto-tune?

-Depende. Lo usó alguna vez para una nota en concreto , que no vale la pena volverla a grabar. Pero eso de hacerlo todo con auto-tune no, se carga toda la imperfección.

-¿Piensa quizá que en la imperfección está la belleza?

-Totalmente. Cuando grabas se busca. Yo soy de grabar tomas enteras. a veces pasa algo y, buff, parece que lo vas a perder. La perfección no sé lo que es. Pero no es el objetivo para nada. El objetivo es la verdad, que tenga poro, que tenga grano, que se pueda tocar, que trasmita algo.

-En ese sentido «Granada», su disco con Raúl Fernández, era deliciosamente imperfecto.

-Exacto. Se trabajaba mucho eso. No pudo ser tan directo como queríamos, pero lo que se valoraba es el vértigo y la imperfección bella. Hay errores feos, pero otros no. Especialmente en el directo, el error forma parte de todo. Cuando algo no es como esperabas no debes tomarlo como un trauma, sino como una puerta que se abre. Si lo vives así llegas mucho más lejos.

Foto: Miguel Ángel Daniel

Pardo: «Quise dedicarme a otra cosa para vivir mejor, pero no he sido capaz de dejar la música»

Jueves, Marzo 31st, 2016

nestor buena
Mañana Pardo llegará a Los conciertos de Retroalimentación (Playa Club, 23 horas, entradas). Ya estuvo en el 2014 en solitario, precediendo a Wolrus. Entonces cantaba en inglés y llevaba una guitarra acústica. Ahora, como artista único del cartel, canta en castellano y actúa con banda. Es el Pardo que se puede escuchar en Siento no haber sido lo esperado, su último disco, una obra de rock con poso clásico y múltiples miras al blues, al jazz y al folk que debería tener un reconocimiento mucho mayor que el que ha tenido.

-Viéndolo, trasmite la idea de que ha nacido para ser músico. ¿Se ve así?

-Sí, más que verme así es que sé que valgo. Hay otras cosas que sé que no se me dan bien. Pero en esta que he trabajado tanto y tanto tiempo que no veo otra manera de vivir que no sea así. Lo he intentado, pero no he podido. Estoy demasiado hecho a la profesión [risas].

-¿Realmente ha intentado dejar de ser músico?

-Sí, varias veces. Quise dedicarme a otra cosa para vivir mejor, pero no he sido capaz de dejar la música. ¡Y mira que lo he hecho con ganas!

-Esto es como cuando uno está enamorado e intenta olvidar a la chica… para terminar merodeando por su casa a ver si se topa accidentalmente con ella.

-Sí, algo sí. Al final siempre vuelves [risas].

-¿Qué recuerdos tiene asociados a la música de pequeño?

-La música apareció de manera espontánea en mi vida. Compré una guitarra en un rastro que había en Cuatro Caminos. Costaría unas 3.000 pesetas. Es un gran recuerdo. Con esa guitarra empecé a tocar en casa. Al principio tocaba fatal y cantaba peor. Pero tenía ganas. Recuerdo que mi hermano quedaba con los amigos y les ponía lo que yo grababa para descojonarse [risas]. Luego, también tengo grandes recuerdos de mis primeros viajes tocando. Cuando fuimos a Amsterdam o Canarias a tocar. Era una época mejor. Pagaban bien: te ponían el billete y luego aún te dejaban estar unos días de vacaciones.

-¿Qué artista le fascinó hasta empujarle a ser músico?

-Varios. Ese tipo de cosas tienen que surgir en un estado determinado, que te pillen con las emociones acordes con su música. Me pasó con Bob Dylan. Fue en un viaje a Barcelona, justo cuando me había dejado mi chica. Yo era un chaval, de 19 años o así. Me compré un bootleg series de Dylan y lo escuché en el tren. Ahí empezó mi historia de amor con Dylan que terminó cuando lo fui a ver a Vigo, en el 2008. No me gustó nada lo que vi. Ahí se relajó mucho la cosa.

-Imagino que antes de Dylan hay otros iconos.

-Sí, claro. Uno de ellos es Big Bill Broonzy. Es un cantante de blues acústico de los años 30, que murió de cáncer de garganta. Grabó un montón de discos. Un tipo de esos que se sobrepuso a las adversidades: un analfabeto del sur de Estados Unidos que se fue a Europa y aprendió a leer y escribir. Luego me interesa mucho Nat King Cole trío. Eso me impactó mucho. Me pilló estudiando música y sus armonías y cambios de ritmo me alucinaron. Además, en esa época se grababa mucho y hay mucho material.

-Lo que me cita son artistas muy enraizados ne el folk y en blues. Eso se traslada a su música. Usted suena a clásico, no a algo moderno.

-Es inevitable. Me ocurre siempre. Tiro a lo de atrás. Ahora escucho mucho son cubano y música latina. Pero mi tendencia es tirar hacia atrás. Me gusta ver de dónde vienen las cosas. Luego, le intento dar un punto de vista actual.

-Seguramente por su estética se le asocie siempre al rockabilly. Luego, no ocupa ni un 10% de sus influencias. ¿No le choca?

-Sí, sin duda. Cuando era más joven tocaba ese estilo. Pero ahora no. La gente me sigue asociando a eso. Me gusta, pero no es mi gran influencia. Ahora mismo está muy poco presencia. Quizá hay alguna pincelada, pero no creo que a nadie que sea un fan del rockabilly le guste lo que hago yo.

-¿Qué le atrajo para ser un rocker de adolescente?

-Buff, no sé. Yo era un chaval. En esa edad, te apetece ser diferente, desmarcarte y no ser parte del gran grupo. Con los años ves, sin embargo, que aferrarse a unas ideas fijas es una tontería.

-¿La ortodoxia le duró poco?

-Claro. El que buscaba ser diferente de joven, cuando se crece quiere seguir siendo diferente no perteneciendo a un grupo que le implanta unos prejuicios y unos gustos. Los gustos tienen que ser particulares y de cada uno.

-Ahora se ha pasado al castellano. Los artistas con unas influencias anglosajonas tan fuertes como usted y que hacen el tránsito ven personalizado su sonido radicalmente. ¿Piensa que le ha pasado?

-Lo noté. Ahora ya me acostumbré. Las canciones las hago de la misma manera, pero el castellano me permite hablar con mucha más riqueza, no ser tan evidente. Canto de otra manera. Es muy diferente. La manera de vocalizar cambia y te obliga a cambiar. Si no sonaría a Bertín Osborne haciendo discos de crooner.

-En varios temas del disco se le nota más agresivo. ¿Es por el idioma?

-Sí, algunas son más viscerales y cañeras. Pero eso creo que que se debe a la electrificación de la banda. Me apetecía mucho, porque llevaba dos discos muy tranquilos y echaba de menos meterle un poco a de candela al asunto. Surgió de manera muy natural todo.

-Da la sensación de que el disco gravita en ocasiones sobre el piano, cuando antes era la guitarra acústica.

-Sí, le quería dar más protagonismo. No quería que el peso armónico de los temas lo llevase solo la guitarra. El piano la da más cuerpo. Estoy muy contento con el resultado.

-Volviendo al Dylan con el que «cortó» hace tiempo, lo cierto es que a veces esos pianos remiten a él.

-[risas] Sí, el también cambió de lo acústico a lo eléctrico. Pero bueno, aquí hacemos lo que podemos. Al tener la banda hay más recursos y más libertad.

-¿El título del disco, «Siento no haber sido lo esperado», es una declaración de principios o un mensaje dirigido a alguien?

-Es una declaración de principios. Siempre me ha pasado. La gente, aunque sea de manera optimista y para ayudarte, intenta marcarte un camino que ellos consideran que es el correcto y el que tienes que hacer para tener una vida estable y feliz. Yo creo que cada uno tienen que ver por sí mismo cuál es ese camino. Está bien la ayuda, pero tampoco hay que dejarse llevar.

-¿Es más feliz con los altibajos de la música que trabajando en una gestoría?

-Sí, no me veo ahí, haciendo declaraciones de la renta [risas]. Con todo mi respeto. Cada uno vale para lo que vale y es feliz donde sea. Yo no podría decirle a mi gestor: «Oye, vente de roadie conmigo en la furgoneta». Seguro que él tampoco sería feliz.

-¿Ha decepcionado a mucha gente no siendo lo esperado?

-No creo. Supongo que alguna vez sí. Si eres fiel a ti mismo y con cariño a los demás no creo que hagas daño.

-Ahora que le entendemos, encontramos cosas curiosas en las letras. Una es eso del «torero vegano». ¿De dónde viene?

-[Risas] Se me ocurrió, sin más. Es una letra con humor, criticando la sociedad actual. Está tan presente lo de los toros y los veganos, que seguro que hay alguno que se haya vuelto vegano diciendo: «El toro es mi amigo, no lo voy a matar». Es una crítica constructiva, pero una crítica.

-Estamos en un momento en la música alternativa en la que se han derribado muchos perjuicios. En los noventa la gente se definía en negativo, diciendo lo que no iba a hacer. Ahora parece que la gente se ha relajado. Eso me lleva a su participación en un talent-show como La Voz. ¿Cómo se mete ahí?

-Esto es un trabajo y quieres llegar a la mayor gente posible. Así debería ser. Ocurre lo mismo con un pintor o un escritor. Quiere público. Lo que ocurría antes son prejuicios debidos a la ignorancia o a esa idea de estar metido en un colectivo con reglas. Yo creo que es bueno abrir todas las puertas que puedas. A mí me llamaron, me insistieron para que fuera a los castings y dije: «Bueno, ¿por qué no? Al fin y al cabo es un día por la noche con cinco millones de personas viéndote». Eso es no sé cuántas veces el Santiago Bernabeu.

-La experiencia, sin embargo, no fue positiva. En una entrevista en El Giradiscos raja de lo lindo del programa.

-[risas] No, la experiencia fue positiva, pero mi opinión personal de la gente que está detrás en la productora y cómo vi yo que hacen las cosas fue un poco triste. Se aprovechaban de chavales, que yo veía que tenían talento pero que estaban perdidos y se fiaban demasiado de la productora. Aparte del sensacionalismo, le prometían a gente muy joven que iban a lograr muchas cosas. Todo para conseguir lo mejor de ellos y, luego, en el momento en el que se tenían que desahuciar de ellos, le cerraban la puerta en la cara sin ningún tipo de compasión.

-¿No surgió la oportunidad de hacer un disco con Laura Pausini?

-[Risas] La verdad es que no la vi mucho. En la tele parece que ensayas con ellos, pero la verdad es que debí estar cuatro minutos con ella. No más. Al final ensayábamos con alguien que no conoce nadie. Es televisión.

-Resumiendo, ¿tiene usted vocación minoritaria?

-No, soy un artista que intenta llegar a todos los oídos posibles. No quiero cerrarme. Me encantaría gustarle a la señora que vende las cigalas en el mercado y al chaval que está jugando al fútbol en Argentina. Cuanto más gente, yo más feliz.

-Quizá se pueda ver algo ya en el disco, pero todo hace pensar que aumentará en el futuro. Me refiero al tema latino. ¿Camina Pardo en dirección de latinizarse?

-No sé si latinizarme, pero sí que camino con ideas nuevas. El próximo trabajo seguramente será muy diferente. Quiero probar cosas actuales. Me apetece jugar con la electrónica, por ejemplo. Pardo camina hacia adelante. Ya veremos hacia dónde.

-¿Me está hablando de electrónica?

-Sí, y de más cosas. Tengo muchas ideas en la cabeza. No quiero ponerme límites

-¿Pardo goes to techno?

-Ya molaría. Pero para eso seguramente aún haya que esperar unos años.

Musel: «Para mí Galaxie 500 es una de las cosas más pop que existen»

Jueves, Febrero 11th, 2016

musel 3

Después de tener en el 2015 a A Veces Ciclón, este fin de semana disfrutaremos en Los conciertos de Retroalimentación del otro proyecto actual de Óscar Vilariño: Musel. Con Rabuña, un epé editado para Acuarela que se presentó en Retroalimentación, se muestran con una eléctrica propuesta entre el slowcore y el indie-rock de los noventa por el que pululan ecos de Galaaxie 500. Wedding Present, Yo La Tengo o Low. Todo ello interpretado en gallego e hilado a la perfección.

El recital será el próximo sábado 13 (A Coruña, Nave 1839, 20.30 horas, 5 euros) y estarán acompañarado de los coruñeses Mano de Obra, que ya actuaron hace años en una de las fiestas de aniversario de este blog. Es, por tanto, música pequeña hecha en la ciudad que se vuelve grande una vez que llega a tus oídos.

-Cambios de formación, un primer disco tras varios años de funcionamiento. ¿Está condenado a que sos proyectos funciones a trompicones?

-Claro. Cada uno se implica lo que puede y lo que le dejan, más en estos tiempos en los que la gente está sin trabajo o lo hace de manera temporal, con cambios de sitio. En un año puedes estar en varias situaciones que te permiten tocar o no.. Estar en un grupo es mucho compromiso y no siempre se puede.

-¿Es por eso que todo el mundo se hace cantautor a partir de los 30?

-Lo ven claro:«Así voy a a mi bola y no me faltan ocasiones para tocar, ya que solo respondo de mí». Está guay, pero a mí me gusta tocar con gente. Yo en el 2008 y 2009 tocaba solo por ahí. Pero no me compensaba, porque me agobiaba mucho y yo quiero tocar con más gente.

-¿Por qué empieza Musel?

-Empezó a hace muchos años, como en el 2011 o una cosa así, y lo hizo con la idea de escapar de lo que hice siempre, que era un poco más experimental. Yo aquí tenia ganas de a ver si era capaz de hacer canciones sencillas de pop, con estribillos y esas cosas. Me junté con unos amigos en Lugo, empecé a tocar y, bueno, luego llegó eso de los trabajos, las sustituciones de miembros y el no poder concretar. Eso hace que todo vaya lento. Esto es como la Seguridad Social [risas]. Pequeños retrasos que, al final, se hacen inmensos.

poster-15-¿Quería reaccionar a lo que hacía antes?

-Sí, cosas clásicas, con tres acordes. Yo tiraba hacia un rollo más ruidista y progresivo. Valetudo, pro ejemplo, eramos folk progresivo. Ahora no quería rayarme la cabeza

-Low o Galaxie 500 son algunas de sus referencias. No parecen muy pop, ¿no?

-Hombre, para mí Galaxie 500 es una de las cosas más pop que existen. No dejan de ser canciones muy sencillas, con coros y estribillos.

-Ya, pero cuando pienso en pop pienso en Teenage Fanclub no en Galaxie 500.

-También me gustan mucho ellos. La verdad es que Musel tiene varios tipos de canciones. Intentamos reflejarlo un poco en el disco, que cada una es de un rollo diferente. Pero tenemos más clases [risas]. Los últimos temas que hacemos son más en la onda de Yo La Tengo de los noventa.

-¿Su disco podría haber salido en los noventa en cuanto estilo?

-Sí, totalmente. La verdad es que es lo que más me influye. Sobre todo los grupos españoles, como Manta Ray. Ellos fueron mi referencia. Yo veía a Manta Ray y decia:«Quiero ser como ellos».

-Mucho Manta Ray no le veo, pero sí Sr. Chinarro o Paperhouse.

-Paperhouse no sabía ni que existían, hasta que salió el primer disco de Nacho Umbert y los escuché. Me gustaron. Pero Sr. Chinarro es otra cosa. Los discos de Acuarela son para mí una influencia vital, más que musical. Son muy grandes.

-De hecho, la portada de «Rabuña» es bastante «chinarra». ¿Es deliberado?

-No, la verdad es que no. Fue cosa de Iván y Eva, que lo hicieron todo. Teníamos una idea abstracta de hacer algo muy atlántico y gallego, pero sin caer en el tópico del cruceiro o el hórreo. Se nos ocurrió de los toxos con mar de fondo. Eva lo pasó todo por unos filtros y la verdad es que creo que quedó muy guay. Fue todo muy casual.

-Había un cuño gallego mayor: el idioma. ¿Una regla?

-Sí, es la única norma de Musel: todos los temas serán en gallego. Nació así y así seguirá, porque si no habría que hacer otro grupo. Ellos están encantados. De hecho me dicen que en A Veces Ciclón se les hace raro escucharme cantando en gallego.

-Canta sobre estados de ánimo, del amor que flota…

-Sí, amor, amistad, las relaciones humanas…

-También lo hace en A Veces Ciclón. Habla muy en abstracto, como si no quisiera concretizar. ¿Es así?

-Ummm… Yo canto de una sensación que tuve con una persona y los sentimientos están claros. Solo faltaría darle nombre, pero es algo que no voy a hacer. Son cosas que te pasan.

-Yo se lo decía porque ese ensimismamientos que ahora se critica del indie, de hablar mucho de uno mismo y no de lo que pasa fuera.

-Para lo bueno y lo malo paso totalmente de todo, de las corrientes de las modas y de lo que le pueda parecer a la gente las cosas. En mi día a día soy una persona muy comprometida, con mis ideas, pero en la música no lo demuestro de manera muy evidente. Una canción como Trebón habla de política, pero habla de ella a mi modo. Hago guiños, por ejemplo en la frase de hablo del sol, pero si lo explico pierde la gracia. Yo soy más de ambientes que de decir cosas, como hace Nacho Vegas. Me gusta más sugerir que explicar.

-¿No se ver haciendo algo como Nacho Vegas?

-No, ahora mismo no, desde luego. No es la manera en la que estoy acostumbrado a trabajar. Nacho supongo que escribirá mucho y luego hará música. Yo escribo primero la música y luego hago la letra, a veces con todo cerrado. Es como una ingeniería de encajar sílabas

-¿Cómo discrimina qué va para un proyecto musical y qué para para el otro?

-Ahora solo tengo dos grupos. En A Veces Ciclón el 90% de las canciones con con arpegios de guitarra y finger pinking. Musel es púa, tres acordes y melodía en la voz. Cuando estoy haciendo una canción ya tengo clarísimo si va para Musel o para A Veces Ciclón. La púa es la que marca la diferencia.

-¿Sabe en cuantos grupos ha estado?

-Creo que en 11. Y los que quedarán. Música siempre voy a hacer.

Triángulo de Amor Bizarro: «Eso del elitismo indie me parece una estupidez gigantesca»

Martes, Enero 26th, 2016

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El próximo viernes Triángulo de Amor Bizarro edita su cuarto disco, Salve Discordia. Se trata de un más de lo mismo que para nada es lo mismo de siempre. Y eso a los fans del cuarteto de Boiro seguro que les encantará. El pasado domingo publicamos un reportaje en el Extra de La Voz sobre el, tomando como base una entrevista promocional previa con Rodrigo Caamaño, cantante y guitarrista. La recogemos ahora íntegra en Retroalimentación.

-Asegura la hoja promocional del disco que Triángulo de Amor Bizarro nunca habían sonado ni tan rápido ni tan lento como en esta ocasión. ¿Es así?

-Es otra cosa. En todos los discos llevamos las canciones al estudio y luego, en directo, las acabábamos tocando a toda hostia. En ese disco queríamos hacer canciones desde cero a la velocidad que tenemos en concierto. Es un punto de partida que lo cambio todo. Cuando usas una velocidad determinada afrontas de otra forma tanto las armonías como los arreglos lo afrontas. La producción ya se enfocó así. En otros discos aspirábamos a llegar al sonido ideal a base de capas de guitarras y producción. En este se buscó más sonar así de golpe, desde el principio. Hay temas en Victoria mística, como De la mano de las almas oscuras, en el que habíamos logramos un sonido determinado pero luego en directo tardamos mucho en hacerlo. En cambio, en este disco logramos el sonido directamente sin recovecos. Es ir del punto a al punto b como una línea recta. Así pudimos experimentar más cosas.

-Me habla de tocar a toda velocidad, pero está lo otro: tocar más ralentizado que nunca.

-Es un poco lo mismo. Siempre quisimos hacer canciones lentas. Escapamos de los medios tiempos. Nosotros nos movemos mejor en los dos extremos. Nos gusta lo lento, lo arrastrado, los ritmos de las baladas de Elvis. En este disco profundizamos en ello más que ningún otro. Antes metíamos alguna siempre, ahora hemos metido más.

-Son un grupo con fórmula: ruido y tenues melodías. ¿Se plantearon cambiar el sonido en esta ocasión?

-No, al contrario. El sonido que fuimos consiguiendo con los años es lo que tenemos y lo que nos hace propios. La única diferencia es que lo que antes hacíamos con diez capas de guitarra ahora lo hacemos con una. A partir de ahí hay más espacio para trabajar. Esto es más lozano. Grabar con más espacio y más medios nos ha permitido esto. Peor no hay ninguna intención de cambio.

-Ha dicho usted que este es un disco menos indie. ¿Hay una huida?

-No, es nuestro cuarto disco ya. Hay canciones como Estrellas místicas o De la monarquía a la criptocracia que encajan mejor en esa idea del indie, de la que nosotros somos parte. Pero no queríamos entrar en la comodidad y hacer otra vez esas canciones. Quieres ir a lo desconocido. El indie ahora a lo mejor no es el indie que recordamos. Ahora parece que es un estilo muy fijado y no me veo haciendo cinco discos más con un sonido determinado porque esté englobado en el indie. Las influencias que tenemos en este disco son las mismas de siempre, pero a lo mejor la aguja señala a otros grupos no tan indies. Hablábamos antes de Spacemen 3 [se refiere a la conversación previa a la entrevista]. Tú le hablas de eso a un indie de ahora y para él no es indie. Para mí sí. ¿Qué ahora tenemos más influencias del rock n’ roll y de garage? Sí, pero eso lo escuchábamos ya antes.

-De todos modos, hay guiños en el disco muy obvios a New Order o Jesus and Mary Chain.

-Sí, nunca tuve miedo a ello. Hay que ver dónde está tu personalidad. Nosotros esos guiños siempre los hicimos sin miedo. Nuestra personalidad está más allá del guiño. Cuando hacemos cosas que no se parece a nosotros, que no tiene ese sonido, lo rechazamos. Eso es lo que nos permite jugar con estos tics. Lo hemos hecho siempre: usar frases de otros grupos. Eso está en el adn del rock n’ roll: jugar con los standars con tu propia personalidad.

-Siguen viviendo en la aldea. ¿Cómo los ven en Boiro, ahora que salen noticias de que giran por EE.UU.?

-No, yo creo que nos ven como una orquesta normal y corriente. Te ven, dicen: «Ahí vai o fillo de Caamaño, que ten un grupo» y no hay nada más. Nosotros estamos en Abanquerio, todo lleno de campo y casas unifamiliares. Algo tienen que oír de nuestra música. Pero todo es muy normal. Hacemos vida de aldea. Eso está muy bien, porque nos evitamos la ciudad. Tú, por ejemplo, vives en Malasaña y se te va la cabeza. Nosotros tocamos de manera normal, al margen de todo. Es un sitio genial. Estás en invierno, ahí en el local de ensayo, miras las cosas con calma y pruebas hasta que encuentras.

-¿Ha sido clave estar ahí?

-Sí. Cuando estábamos en A Coruña, sacar el primer disco fue complicado. Pero luego, una vez editado, seguíamos ensayando allí y nos costaba mucho. Venían tus amigos, venían los del otro, y al final, no tenías a sensación de soledad del grupo ni el momento de asimilar nada. Aquí nos metemos tres o cuatro días por semana. Tocamos horas y horas. No hay más distracciones que las que queramos buscar nosotros. Si tuviéramos 20 años a lo mejor no, pero ahora no creo que haya nada mejor que esto.

-Hace poco hablé con Marcos Collantes, el dueño de Mushroom Pillow, su sello discográfico. Le decía que quizá ustedes ya habían tocado techo en España en cuanto a público. Él me contestaba que podía ser, pero que quedaba mucho mundo por delante. ¿Lo ven ustedes así?

-Yo creo que podemos crecer más aquí aún. Nosotros en todos los discos hemos ido ganando fans. Todo puede ser. Esto es tan de canciones sueltas que, de repente, una canción entra y te conoce otro tipo de gente. Pero, bueno, nuestra intención es esa: ir a fuera. En verano estuvimos en EE.UU. Nos encontramos con miles y miles de personas que hablan castellano. Es un público potencial. Vas con la idea de un país anglosajón e hicimos siete conciertos con todo lleno. Hay más gente que habla español allí que en España. Y con una escena musical súper desarrollada. Nosotros nos hemos visto con un grupo así, sin un éxito masivo, pero sin estar cerrado a nada. No nos quita el sueño. Es lo que han hecho los grupos americanos desde hace tiempo. Tú ves a Yo La Tengo, que no son un grupo grande, pero son conocidos en todas partes. Viajan por todo el mundo y son grandes en lo suyo. Nosotros miramos a América.

-Al margen del castellano, a un fan americano del shoegazer le puede gustar Triángulo de Amor Bizarro como algo exótico. ¿No ocurre?

-No, el idioma es muy importante. Los que hablan inglés les suena esto raro. Pero en EE.UU el idioma que crece es el español. La gente joven son de segunda y tercera generación. Escuchan rock, pero lo prefieren en su idioma, porque se sienten más identificados. Estás en Brooklyn tocando y ves que hay comunidades enteras latinas. Nosotros, por ejemplo, la ciudad en la que más seguidores tenemos hoy en día es México DF. Mucho más que en cualquier de España.

-Últimamente una de las críticas más frecuentes al indie es la del supuesto elitismo que propugna, de ser grupos deliberadamente pensados para no ser populares. Ustedes con esa filosofía de enterrar las melodías entre ruido podrían ser una diana perfecta. ¿Qué piensa?

-De verdad, eso del elitismo del indie me parece una estupidez gigantesca. Me parece un rollo de una visión de entre Malasaña y la Castellana. Tú montas un grupo porque quieres hacer la música que te gusta, no hay más. A mí me gusta Suicide más que cualquier otra cosa en el mundo. Es lo que me emociona. Y cuando hago música voy por ahí. Yo veo esas actitudes igual que lo que aquí se dice ser un desertor del arado, en plan estas veinte años en un rollo y luego lo detestas porque te llega la crisis de los 40. Tener 40 años y poner a parir a los de 20 por lo que les gusta es de abuelo cebolleta y de amargado. No sé, yo cuando tenía 18 años ojalá que le gustase a todo Boiro lo que me gustaba a mí [risas]. Aquí lo veo de una forma muy diferente. Aquí la mayoría de la música que hay es la de las orquestas, verbenas con la Paris de Noia y la Panorama. Es absurdo. Mucha de la gente que hacía o hace esa música es porque le gusta, aunque no haya público y aunque te critiquen. Nosotros seguimos en esto por eso. Creo que es muy de mear fuera del tiesto. Este debate que viene de antiguos indies. Es muy estúpido todo. Si se viniera un mes a Boiro cambiaría de opinión. Aquí la cultura dominante es otra y decir eso es vivir fuera del mundo. Los que hablan de esas cosas deberían salir de Fuencarral.

-En esas críticas se habla mucho del tema político y de cómo se omite. En ese disco hay una frase que creo que pasaría a la historia: «Habría votado a la derecha por ti».

-[risas] Pues esa canción habla de ir en una moto, apagar la luz y tirate por una cuneta. Me parece bastante peor y violento. No eres el primero que se ha quedado con ella. Yo pretendía hacer una canción de amor bonita pero pasadísima de vueltas, que contestaba a la que sale antes.

-En otra dicen «Europa es una zorra y está matando a la juventud». ¿Hay una visión política de Triángulo de Amor Bizarro dentro de su caos habitual?

-Sí, siempre ha sido así. Puede que haya afinado más en esas cosas.

-¿Pero hay algún tipo de reacción en ello?

-Yo cuando escribo busco que me genere a mí algún tipo de sensación, que me cuadre en la cabeza. No digo: «Voy a hacer una canción política». A lo mejor usamos más la política como una un punto de partida para una idea más personal. En el 2007, cuando nadie exigía a nadie definirse y decir de qué partido eras, nosotros ya teníamos esas cosas. Son las cosas que te importan. No hemos cambiado el discurso a algo más político por presiones externas. Pero presiones que sí creo que hay. Ahora se le pide a los grupos manifestarse políticamente. Pero si no puedes decir tú si quieres manifestarte políticamente de qué vale hacerlo, si es una imposición. No, cada uno tiene que hablar de lo que sienta y de lo que pueda. Los grupos que no se manifiestan políticamente pueden hacer actos políticos muy subversivos, sin hablar del presidente del gobierno. Muchas veces se confunden las cosas. El rock n’ roll no es solo música, ni solo palabras. Es una conjunción de ambas cosas. Si no, me metería a poeta. La música sirve para expresar cosas a las que no llegan las palabras.

-¿Le han propuesto ya conciertos tocando las canciones del primer disco en el mismo orden?

-¡No que va tío! ¡Por Dios, eso no! Dentro de otros diez años, puede. Siempre tocamos alguna del primero: la que más nos gusta a nosotros y la que más le gusta a la gente. Estamos en el presente y el futuro. Ese disco fue la hostia hacerlo.

-La gente lo sigue viendo como el clásico.

-Depende el sitio. Para algunos es Año Santo. Pero para otros fue un bajón, porque es más duro y macarra. En México el disco clásico es el segundo.

Aerolíneas Federales: «Rosa y Coral cantan como podrían cantar en su casa»

Viernes, Enero 15th, 2016

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Volvieron en el 2012 de una manera totalmente imprevisible y se quedaron. Aerolíneas Federales, la facción más pop y desenfadada del Vigo de los ochenta, siguen repartiendo alegría y fiesta en los escenarios con un repertorio irresistible. Esta noche (Playa Club, 23.00 horas, 10 euros anticipad y 13 en taquilla) se suman a Los conciertos de Retroalimentación con su veteranía a cuestas y la garantía de que su fórmula continúa funcionando a la perfección. Silvino D. Carreras se encarga de contestar la entrevista

-Aunque todos tenemos la imagen de Aerolíneas Federales como un grupo fresco y pop, lo cierto es que arrancaron en Vigo en formato trío, con una caja de ritmos y un tanto oscuros.

-Sí, en aquella época en Vigo era relativamente corriente. Nosotros empezamos así, Golpes Bajos también y algún grupo más.

-¿Era Vigo una ciudad muy after-punk?

-Sí, nosotros estábamos muy influenciados por grupos como Joy División. Flechi, el otro integrante que se fue cuando entró Rosa y Coral, era súper fan.

-¿Y cómo descubrían a Joy División unos chavales de Vigo en 1981?

-Había una tienda, Elepé, de toda la vida. El chico que trabajaba allí estaba muy al tanto de las novedades. Teníamos mucha accesibilidad a todo lo que salía.

-La entrada de las chicas en el grupo supone un punto de ruptura. ¿Entró con ellas la luz y el pop?

-Sí, fue un cambio muy grande. Fue de forma casual. Nosotros no teníamos un local fijo de ensayo. Un día íbamos en casa de un amigo y otros en un bar, sin mucha regularidad. Una de las veces que habíamos quedado para ensayar llegué tarde y Rosa, que era mi novia en ese momento, y Coral, que era la novia de Luis, estaban con Miguel. Para hacer tiempo, medio de coña, medio en serio, él propuso que se pudieran a cantar. Cuando yo llegué ya me dijeron que se quedaban en el grupo [risas]. Fue improvisado. Además, como nos gustaban los Rezillos, lo vimos muy claro.

poster-15-Esos coros son la gran seña de identidad de Aerolíneas Federales. No son iguales a los de los demás grupos, son muy particulares.

-Siempre fuimos un grupo muy poco profesional. Nosotros tocábamos, pero ellas eran completamente ajenas. Rosa y Coral cantan como podrían cantar en su casa [risas]. Ni siquiera ahora tienen la consciencia de ser músicos. Coral tiene su propia personalidad y Rosa también. Pero yo creo que cuando más fuerza tienen es cuando ambas cantan juntas. A mí me gusta la onda de Miguel Cantando y ellas haciendo coros.

-Sus discos son una colección de pelotazos. No hay baladas y casi no hay medios tiempos. ¿Consistía en ir a cañón?

-Baladas no teníamos ninguna. Tenemos algún medio tiempo, pero sí, todas las canciones son muy rápidas. En el fondo, está el origen nuestro, que es el punk y el after-punk.

-¿Era un principio en plan «no vamos a hacer baladas» o «no vamos a hacer solos de guitarra»?

-Por supuesto que nosotros nos negábamos a ello. No estaba dentro de nuestros gusto.

-Esos pelotazos transmitían mucha espontaneidad.

-Cuando empezamos a tocar era un grupo muy anárquico. No teníamos planes ni visión de futuro. Nos divertíamos, nos reuníamos y disfrutábamos de esa identidad que te da la música. Luego, a medida que el grupo se fue consolidando y entraron las chicas, lo canalizamos un poco, pero siempre trabajando desde la espontaneidad. No trabajábamos los arreglos. El nuevo disco, sin embargo, está muy arreglado.

-Tuvieron un éxito temprano.

-No te creas. De la escena de Vigo fuimos de los últimos en grabar y, junto a Siniestro Total, somos los más antiguos. Habíamos empezado antes de Golpes Bajos o Semen Up, por ejemplo. Grabamos en el 86, cuando Siniestro tenían tres discos y Golpes Bajos estaban a punto de separarse. Aún tardamos en explotar.

-Pero el disco tuvo éxito inmediato. ¿Qué supuso tras cinco año picando piedra sonar en las radios?

-Estábamos en el momento de los sellos independientes. Nosotros en las radiofórmulas entramos al final, no en los dos primeros discos. Tocamos mucho y tuvimos cierto éxito, pero no éramos un grupo de Los 40 principales, para que nos entendamos.

-Blondie, Ramones, Rezillos… eran sus referencias.

-Sí, Grupo Sportivo, Undertones, Buzzcocks, todos esos nos tocaban muy directamente.

-¿Y el rollo setentero de la Tamla Motown?

-Sí, claro. Pero date cuenta que en ese momento lo más fuerte eran los grupos post-punk ingleses.

-¿Visto en perspectiva la Movida Viguesa se ha mitificado o era para tanto?

-No sé si estamos pensando los dos en lo mismo. En Vigo entre el 81, 82 y 83 había un grupo de gente que tocábamos en grupos, un par de periodistas y otros que tenían bares, un circuito bastante pequeño. Eso no era la Movida. La Movida llegó mucho más tarde, cuando todo eclosionó. Hubo un cambio muy fuerte en la ciudad. Es verdad que Vigo vivió una explosión muy grande. Cuando nosotros empezamos no había locales de conciertos. Nos buscábamos los conciertos en colegios. A partir del primer disco de Siniestro Total todo empezó a cambiar.

-Siempre existe el mito de Vigo como la ciudad gris e industrial. ¿Su música podría ser una reacción?

-Sí, puede ser. Nosotros queríamos quitarnos de encima ese momento tan oscuro y gris que estaba pasando la ciudad. Nos cogió muy jóvenes, en un momento social y político de transformación y cambio. Tú percibías que había muchísima libertad. Eso también se transmitía en nuestra forma de vivir y componer. Había una parte de la ciudad que no nos gustaba, pero también queríamos resaltar esa otra parte, que era divertida.

-Y las la separación, surgió lo de Perú. ¿No fue un shock descubrir la devoción que había por Aerolíneas Federales allí?

-Bueno, el chico que impulsó nuestro concierto allí vivía en Lima y tenía mucha conexión con lo que pasaba en España. Durante dos o tres años nos llamaba insistiendo para fuésemos a tocar allí. Durante ese tiempo publicó un disco de homenaje al grupo con bandas sudamericanas y españolas. Cuando lo publicó vimos que la cosa iba en serio. Al principio, lo veías como un pesado, que no nos dejaba en paz [risas]. Pero cuando hablamos con él por Skype, nos convenció y nos metimos en un avión para ir a tocar. Fue una experiencia genial. Llevábamos doce años sin tocar y, de pronto, nos veíamos allí con un público enfervorecido que bailaba pogo. Era impresionante. A la vuelta nos surgió de publicar algunas canciones de Xabarín con Elefant.

-Dijeron que una de las cosas que mantuvo a Aerolíneas en la memoria fue la publicación en los noventa del disco de Xabarín Club y la inclusión de “Soy una punk” en el karaoke del Singstar.

-Sí, el grupo se fue manteniendo por eso. El karaoke ese y el disco fueron muy famosos. Luego, había unos grupos de Madrid que nos seguían. Bandas como L-Kan, gente de Elefant Records que nos hicieron un concierto homenaje. Fueron cosas que mantuvieron al grupo más o menos vivos.

-Hay mucha gente que les consideran como precursores de esa facción más exageradamente pop del indie nacional de finales de los noventa. ¿Lo ven así?

-Bueno, esos grupos que les llaman tonti-pop, como Meteosat o Los Fresones Rebeldes, en teoría están ligados a nosotros. Esas cosas nosotros las vemos bien, incluso somos fans de ellos. Tú tocas una cosa durante un tiempo y luego aparecen otros que siguen un camino parecido con su personalidad. Lo vemos muy bien.

-¿Había miedo a volver con nuevo disco?

-La verdad es que no. Nos apetecía actualizar el grupo con canciones nuevas y lo cogimos con bastante entusiasmo. Lo que pasa es que ahora nos ha costado mucho. Es un disco casi autoeditado. Nos costó más grabar este disco que los otros seis juntos. Organizar ensayos, grabar,… un lío.

-Tiene un sonido mucho más pulcro que el que todos tenemos todos asociado a Aerolíneas Federales. ¿Era esa la intención?

-Sí, nos apetecía intensificar sobre todo el lado pop. Nos gusta mucho el pop francés. De hecho, hacemos una versión de Serge Gainsbourg. Esa es la razón por la que tiene más arreglos y todo está más cuidado.

-Dijo una vez que veía esta etapa como un epílogo. ¿Son estas las últimas páginas?

-A ver, nuestra idea es «Este es nuestro último año». Vivimos el presente. No tenemos planes de pervivir ni los hacemos a más de un año vista. Ahora queremos promocionar el disco y tocar todo lo que podamos. Nosotros tenemos otros trabajos y no vivimos del grupo. Eso por un lado está bien, porque nos da muchísima libertad, pero no hacemos planes ni a medio plazo.

-Siguen contagiando alegría en sus conciertos. ¿Alguna vez salieron al escenario y se encontraron a la gente parada?

-[Risas] No recuerdo. No te puedo decir que no ha pasado nunca, a lo mejor tuvimos algún desecuentro. Pero en general el ambiente es bueno. Es una cuestión de actitud.

-¿Pierden mucho los papeles los antiguos fans?

-Donde los perdían totalmente fue en Perú. Estaban bailando pogos como locos y alucinabas. Aquí el público es bastante diferente a cuando éramos más jóvenes. En general, es todo mucho más tranquilo.

Lady Leño: «Si no te dejas llevar por la culpa las cosas salen mejor»

Jueves, Diciembre 10th, 2015

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Llegó. Tras ser durante los dos últimos años una de esas promesas de escena local de la que todo el mundo habla, esta semana Lady Leño se colocan en el escaparante con su flamante disco de debuto. La banda formada por Bea Argüelles (bajo,letras y voz), Iago Golpe (guitarras), Javi Pico (batería) y Sekone (sintes) ya tienen listo su elepé homónimo. Situado en ese lugar en el que se topan los Sonic Youth de Death Valley 69 con los Parálisis Permanente de Autosuficiencia y las Savages de Shut Up, el álbum desprende nervio, fortaleza y poderío. También oscuridad, basura interior y ganas de liberación. Y, por supuesto, ramalazos de rock de ascendencia siniestra y miras indies.

El viernes 11 lo presentan en Los conciertos de Retroalimentación. Un honor para este blog y un placer para todos los que acudáis. Por ahora, Bea atiende las preguntas.

-¿De quién se ven más cerca, de Savages o de Parálisis Permamente?

-Si soy súper sincera, y hablo solo por mí, yo no conocía mucho a Parálisis Permanente. Para Iago sí que eran un referente, pero yo los empecé a escuchar con atención cuando llegaron las comparaciones con ellos. Así que, no sé si será por género o porque son un proyecto más actual, pero yo me siento mucho más identificada con Savages. No reniego de lo otros, pero esa es la verdad.

-Usted, igual que ellas, chilla y canta hacia fuera. ¿Tenía algún referente?

-Claro, vocalmente es muy diferente. No me fijé en nadie. Nunca había cantado antes de entrar en Lady Leño. Salió así, me sentí cómoda y me quedé en eso. Sin más.

-Pues ahora es una de las señas de identidad.

-Umm, no sé, eso me cuesta verlo mucho desde dentro. Para mí es un todo. Lo natural en mi caso hubiera sido en inglés, por la música que escuchaba. Pero quise hacerlo en español y que se entendiera todo lo que digo

poster-15-Según ustedes sus letras hablan de «la ambigüedad y el misterio de la naturaleza humana». ¿Es así?

-Aunque suenen un poco pretencioso, yo el disco lo veo como El viaje al fin de la noche de Celine y esas obras literarias que hablan de la partes oscura de cada uno. Hay mucha carga social en las letras. Aunque escriba desde mis experiencias y sentimientos, lo intento trasladar al ser humano en sociedad y lo que esto supone. Este disco es un viaje particular al fin de la noche. Sacar todo lo oscuro y sórdido para mejorar. Que sea el punto de partida para ver las cosas mejor. El último tema, Algas, suelta toda la agresividad, quedando todo desnudo y directo. Todo para llegar al punto de «Bueno esto está muy mal, pero hay un hueco para liberarnos de todo eso».

-Es decir, que el siguiente disco de Lady Leño ya va a ser un disco feliz.

-No, feliz no [risas]. Probablemente será un poco más positivo, pero feliz, feliz no. O sí, quién sabe. Un par de cosas que hemos hecho últimamente tienen algo más de luz. Pero de ahí a ser felices no. Tenemos un estilo y nos sentimos cómodos en él. No vamos a hacer pop luminoso de repente.

-Dicen «Si Dios no mira las cosas son más divertidas». ¿Hablamos ahí de la culpa?

-Sí, totalmente. La culpa como freno para hacer cosas que queremos hacer. Tiene que ver con la cultura en la que hemos nacido. Aunque yo no soy creyente ni mi familia tampoco, es algo que está ahí. Creo que las mujeres lo mamamos especialmente desde pequeñas.

-Esa canción es totalmente Parálisis Permanente, ¿no cree?

-Bueno, yo creo que ellos lo hacían de un modo más provocador por la época en la que surgieron. Nosotros no lo hacemos con esa intención. Lo nuestro es más reflexivo. Si no te dejas llevar por la culpa las cosas salen mejor. Cualquier cosas: un proyecto, la relación de pareja, la amistad… No pretendo ofender a nadie, a ningún creyente ni a nadie.

-Una constante del disco es el arrebato. ¿En directo se enajena uno tocando temas como “Cuerpos” o “Ojos”?

-Sí, tienen un rollo muy catártico y visceral. Hay mucha verdad y mucha honestidad. Puede ser más o menos elaborado, pero tiene esa verdad. Últimamente estoy muy pesada con eso. Me gusta recibir y dar eso.

-En “Algas” se permiten chello, un pequeño lujo.

-La chelista aceptó encantada porque desea salirse del clásico. Miro el tema, se vino al local y cuajó todo. La grabamos así

-¿Lady Leño viste necesariamente de negro?

-No, en absoluto [risas]. Yo creo que me voy a vestir de blanco nuclear. En las fotos promocionales opté por no salir de negro. está muy bien el negro, queda guay y es muy de tendencia, pero hay cabida para otros colores.

-Habla de sinceridad. ¿Cómo se concilia el buen rollo y afabilidad que trasmiten en el rato personal con el mal rollo y agresividad de su música? ¿Es honesto eso?

-Yo lo tengo súper claro. Eso también somos nosotros. A la gente le llama la atención el cambio que hay entre cuando estoy cantando y cuando hablo entre tema y tema para dar las gracias. Me dicen si hago un personaje o algo. Y no. No es que nos esforcemos en conciliar, sino que es algo que está en nosotros. Yo también soy esa persona que se ve en el escenario. Eso sí, es mejor y más productivo sacarlo a través de la música. Porque sí, somos riquiños y majos, pero también agresivos. Es una manera terapéutica de sacarlo. Es natural. No es pretendido. No hay artificio.

-¿No descartamos que algún día nos hagan un “Shinny Happy People”?

-No sé, hay que ser coherentes en la vida pero tampoco puede ocurrir lo de la culpa: que esa coherencia te frene. En el próximo disco habrá verdad. Pero si nos apetece hacer algo más luminoso lo habrá. Lo mejor de autoeditarte y eso es que tienes la libertad total.

Foto: Antón López Bazarra

The Soul Jacket: «El soul se canta con los ojos cerrados y el puño apretado»

Viernes, Noviembre 6th, 2015

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Nueva Orleans en el horizonte, pero con mil y un desvíos en ese mirada. Los vigueses The Soul Jacket profesan amor por ese modo negroide y mestizo de entender el rock. Lo han dejado de manifiesto en <em>Black Cotton Limited una obra elaborada al ralentí, con canciones densas, instrumentos acariciando melodías y una voz rasgada que lleva los temas a un estado de lenta ebullición. Este viernes 6 estarán en Los conciertos de Retroalimentación (Mardi Gras, 22.30 horas, 8 euros anticipada y 10 taquilla) haciendo latir en vivo lo demostrado en ese trabajo. Toño López, el vocalista del grupo, se encarga de contestar esta entrevista

-Todas las referencias que encuentro sobre The Soul Jacket hacen hincapié en que parecen un grupo americano. ¿Eso lo toman como un piropo o una tacha?

-Yo creo que es un piropo. Muchas de las bandas a las que admiramos son americanas y pienso que los americanos tienen otra manera de tocar. Se comunican más por señas, son más libres y no tan académicos como pueden ser los ingleses. Para mí, desde luego, es un halago.

-Pese a algunos temas más vigorosos lo que queda claro es que les gusta tocar lento. El ritmo del disco es bastante ralentizado. ¿Les gusta buscar el éxtasis prolongando en directivo?

-Sí, es la sensación que buscamos. Queremos que haya contrastes entre los temas, que haya momentos más de flote y densidad. Eso en directo lo llevamos a cabo. Hacemos un poco de jam sesion. Nunca hacemos un tema igual dos veces. Nos encanta improvisar en esas partes precisamente. Nos recreamos, las llevamos por la sensación que tengamos en ese momento. Cuando estas en comunión con el público es algo psicoterapia. Otras veces es puro trámite y lo interiorizas.

-Si esto fuera sexo estarían contra el polvo rápido, ¿no?

-[Risas] Claro. Es un “Ya que estamos, vamos a pasarlo bien”.

-La primera imagen que se asocia a ustedes es el rock sureño. Sin embargo, hay constantes toques de psicodelia por ahí que lo hacen muy interesante. ¿Es importante para ustedes?

-Sí, desde luego. Es una puerta para lo que decía antes: la improvisación y la creatividad en vivo. Si siempre tocas los temas de la misma manera todo se convierte en un trabajo, en una repetición mecánica de lo mismo. Sin embargo, eso da la libertad de crear en el momento. Bebemos de la psicodelia, desde algo más clásico como puede ser Grateful Dead a cosas más de fusión como puede ser Funkadelic, que practicaban otro tipo de psicodelia. No tenemos problemas por tirar por esos caminos.

-Sus compañeros parece por momentos que acarician los instrumentos. ¿Hay mucha sutileza buscada?

-En la última etapa, especialmente. Está Guillermo Gagliardi a la guitarra y Xavi Vietez. Saben mucho de composición porque son músicos académicos. Siempre saben qué nota tocar en cada momento y saben hacerlo más dulce, no tan guitarreros en ese sentido que pensamos todos. Eso se nota mucho, tanto en el disco como en el directo.

-Me llama mucho la atención un cierto toque latino que aparece a veces en las percusiones. ¿De dónde viene?

-La influencia latina viene de bandas como Santana o el círculo musical de Nueva Orleans, que aceptaba muchos ritmos caribeños. Al sumergirse en esa música aparece ese ritmo latino y de los carnavales. Son fuentes de las que bebemos.

-Habla de influencias como Santana o Grateful Dead. No son precisamente las que están en boca de los críticos, ni las más “cool” actualmente. ¿Eso es un hándicap para ustedes a la hora de llegar al público?

-Esos grupos no están tanto en boca de la gente, pero en cierto modo es normal, ya que son grupos de hace 50 años. Pero marcaron un hito en la historia. En su época eran las grandes bandas, aunque ahora estén algo olvidadas. Todo es cíclico. E igual que se volvió al punk o que se vuelve ahora a otros estilos un poco olvidados, yo creo que pasa lo mismo con el rock n’ roll y las influencias. Todo vuelve. A lo mejor mucha gente no lo relaciona con Grateful Dead, pero la psicodelia está ahí y sigue gustando. Ellos son los precursores de todo esto y siempre se va a volver a ellos, como ese libro del que siempre se acaban tomando notas.

-La parte central del disco tiene un tríptico formado por “Brothers I”, “Brothers II” y “Brothers III”, que reflejan un zigzag de estados de ánimo. ¿Si tuviéramos que mostrarle a alguien qué es The Soul Jacket de un modo apresurado valdría ese trío?

-Umm… sí, podría ser. Desde luego es una parte muy grande de los palos que tocamos. Sí, tiene una historia, pasa por la música americana llegando hasta el bluegrass. Pero, bueno, queremos que se escuche la primera y la última también [risas].

-Uno de los temas del disco, “The Boxer”, habla del boxeador vigués Pedro Ferradás con ritmo de funk. Parece como si quisieran adaptar la mitología americana a su propia realidad. ¿Es así?

-La canción relaciona un deporte como el boxeo y la vida misma: recibir golpes, levantarte, encajarlos y seguir recibiéndolos haciéndote el menor daño posible. Yo creo que es una imagen muy de cine.

-Cuando la gente invoca a Nueva Orleans se habla del “sonido pantanoso”. Ustedes dan esa sensación de ir un poco más lentos de lo que en, en principio, pide la música.

-Eso es el fundamento del groove y la música negra, que es el tirar hacia atrás. Parte de la diferencia de los músicos americanos y los no americanos es que ellos saben darle un poco hacia atrás. Esa es la piedra filosofal. Si me dices que lo conseguimos que haces muy feliz [risas].

-Una virtud del disco es que, pese a tener metales y coros, está todo muy medido. No hay exhibicionismo en ese sentido. ¿Han sido cautelosos?

-Muchas veces menos es más. Porque tengas gente que pueda tocar un violín o un banjo no significa que lo tengas que meter en todas las canciones o que lo uses demasiado. En el disco hemos intentado ser fieles a lo que somos: dos guitarras, un bajo, teclados y voz. Si fuéramos más allá, en directo tendríamos muchos problemas para fidelizarlo. Nuestra banda es así, el disco está grabado en directo todos juntos. Esa es nuestra esencial. Hiperproducirlo más sería un problema porque luego, en directo, sería imposible.

-Usted canta y “rasca” mucho. ¿Llega a doler?

-[Se ríe] A veces sí que se llega a un estado de catarsis. Mi manera de cantar es muy emocional y no soy capaz de dejarme nada dentro. Llegas un momento en el que siempre quieres dar más de ti. Duele cuando llevas tres días seguido cantando. El cuarto ya no puedes ni hablar. Eso poco a poco y con técnica se va superando.

-Su voz es eminentemente soulera. ¿Hay que cantarlo con ojos cerrados?

-Sí, el soul se canta con los ojos cerrados y el puño apretado. Es algo que sale de dentro. Te estás expresando y mostrando lo más profundo que tienes. A veces, cuando el público responde, se produce una retroalimentación y se produce la catarsis, que es un poco la droga que tenemos los músicos, alcanzar ese momento de flipe.

-¿Eso se persigue en todos los conciertos como el yonki que busca repetir su primer colocón?

-Sí, es cierto. Los músicos tenemos mucho de eso. Pocas veces pasa. A veces te quedas a medio camino, como un mal polvo [risas]. Otras es alucinante. Hay que, por lo menos, hacerlo lo mejor posible para intentar alcanzar ese momento. Somos bastante yonkis.

-La virtud que tiene es que, al cantar de esa manera tan soulera , resulta fácil conectar con gente que no esté familiarizada con su música. ¿Lo han experimentado?

-Ha pasado. Yo creo que el soul y la música negra tienen un mensaje universal: es como la verdad o algo así. Es una música hecha desde el alma y no hay trampa ni cartón. Es directa, con un mensaje conciso y que lo puede entender todo el mundo. Así hemos tenido público de lo más variopinto: desde roqueros que llevan 50 años en la carretera a amas de casa que no habían escuchado una guitarra eléctrica en su vida. Sin embargo, les llega.

Bala: «Cuando te metes en el bucle del sonido no quieres salir más»

Jueves, Octubre 15th, 2015

BALA1 by Rodri Porcelli

Es el momento de Bala. Totalmente. Anxela Baltar (rubia, guitarra y voz) y Violeta Mosquera (morena, batería y voz) son las responsables de la banda más excitante del último rock gallego. Acaban de sacar Human Flesh, su mini elepé de debut. Una pequeña joya con cuerpo hard-roquero, alma punk y pegada para todos los públicos. Pero donde impactan realmente es en directo: una experiencia de placentero sudor. En el escenario saltan chispas. En el público, suspiros de placer. Anxela asegura que acceden a otra dimensión. Creánla. Lo comprobaremos el próximo sábado 17 en la actuación inaugural de la cuarta temporada de Los conciertos de Retroalimentación (20.30 horas, A Coruña, Nave 1819 -antigua Casa Tomada-, 5 euros)

-¿Le encanta regodearse en la electricidad?

-Sí, me gustan mucho los pedales, el fuzz y la distorsión. Siempre me parece poco, la verdad. Cuanta más volumen, distorsión y electricidad haya mejor. Nunca me llega, por mucha que meta.

-Y eso siempre con un tempo lento que, de pronto, estalla.

-Sí, me gustan mucho los cambios de este tipo. Me va el stoner que es pesadote y también el punk, que es más afilado. Lo que plasmamos en una mezcla de todo eso que tenemos en la cabeza.

-La gente habla de sus referencias desde los noventa hasta esta parte. Sin embargo, ahí está Led Zeppelin y Black Sabbath, ¿no?

-Led Zeppelin es el grupo favorito de Vio y Black Sabbath, uno de los míos. Me halaga que alguien pueda intuir eso. En cuanto a técnica, no me veo cerca de Led Zeppelin, claro, sino muy lejos [se ríe]. Pero en cuanto a sonido y el timo de ritmos, sí. Y, bueno, a Black Sabbath los escucho mucho. Eso acaba reflejándose en los temas más pesadotes.

poster-¿Cuál fue el grupo que le empujó a tener el suyo?

-Bueno, el grupo de mi vida es Nirvana. Al 100%.

-Se intuía.

-[Risas] No lo oculto, la verdad. Desde que tuve cierto criterio musical me enganché a ellos. Empecé con Nevermind, pero luego me metí en el Bleach. Es mi disco favorito. No me canso de escucharlo una y otra vez. Creo que Bala es muy Bleach.

-Hay grupos que plantean los conciertos con introducción, nudo y desenlace. Lo suyo parece que va todo comprimido. ¿Es su filosofía?

-Sí, esa es la idea. Que vaya todo del tirón. No me gustan las pausas entre canciones. A veces, por cansancio, por sudor o porque a Vio se le desabrocha un zapato, hay que parar [risas]. Pero a nosotras nos gusta transmitir fuerza. Y la mejor manera de conseguirlo es esa.

-¿Entran en trance al tocar?

-Totalmente. Es como si te vieras en un sueño. Cierras los ojos, los abres y te parece todo surrealista. Libera muchísimo. Entras en otro mundo. Es una sensación complicada de describir, pero se trata del mayor placer que tenemos a día de hoy: la música y, especialmente, tocarla en directo. Cuando te metes en el bucle del sonido no quieres salir más.

-Al margen del sonido, contagian con su imagen y actitud en el escenario.

-[se ríe] Eso es por lo que sentimos y por tocar, tocar y tocar. En mis primeros conciertos yo estaba rígida. Ahora pienso en disfrutar. Y Vio también. Eso se transmite.

-¿Son de las que están esperando toda la semana a que llegue el viernes para ir a tocar por ahí adelante?

-Sí, es así. Nosotras siempre decimos que somos un grupo que empezamos al revés: normalmente grabas algún tema, tocas y luego sacas un disco. Nosotras estuvimos tocando más de un año por ahí hasta que apareció el disco. Teníamos muy claro desde el principio que íbamos a tocar, tocar y tocar. En cuanto tienes un vídeo un poco cutre que enseñar a las salas, empiezan a moverte y te pones a tocar con amigos. Pronto tendremos que pensar en otras fronteras.

-Encajan en esta filosofía de salas de conciertos que no son salas de conciertos, como era La Casa Tomada o el Liceo Mutante.

-Sí, son sitios súper necesario. Yo estoy en La Nave y estaba en la Tomada. La gente del Liceo Mutante son muy amigos. Para nosotros son lugares clave. Queremos ir por nuestro camino y a nuestro aire. Ahí estamos cómodas. No le hacemos ascos a nadie, hemos tocado en todo tipo de salas. Pero la verdad es que estamos genial.

-Todo esto ha explotado en Galicia en el último lustro. ¿Cómo entra usted ahí?

-Yo estaba en el circuito de las okupas como La Ruinas, la Cúpula del Trueno o la Casa das Atochas. Yo iba mucho ahí. Estuve viviendo fuera de A Coruña un tiempo. Cuando volví a tenía muchas ganas de hacer algo tipo El Liceo Mutante. Lo veía muy necesario. Un lugar en el que poder hacer conciertos con amigos, ayudar a hacerlos, lo que fuese… Mientras yo y mis amigos pensábamos en eso y buscaba sitios para hacerlo, apareció La Casa Tomada. Los conocía pero no eran mis amigos. Contacté con ellos y ya dejé de buscar [risas]. Echaba de menos un sitio así, fuese okupado o no okupado, pero sí autogestionado.

-¿Hay sitio para la delicadeza en Bala?

-Mmmm… casi te diría que no. Nos han propuesto hacer acústicos, pero los hemos rechazado. No nos representaría. Yo escucho a grupos como Low, pero el cuerpo no nos pide eso para nosotras. Tú ves a Vio tocar y dices: «No, tiene que tocar caña y rápido» [risas].

-¿Descartamos entonces verla con escobillas?

-Totalmente. Para nada. Estaríamos reprimiéndonos.

-Sin llegar al tema acústico, ¿unas melodías poperas en plan Nirvana no podrían ser?

-Melodías tenemos, pero no sé muy bien dónde va a acabar esto. Los temas nuevos son más cañeros aún. Yo grito más que nunca, así que no sé.

-Melvins, Ty Segal, Kyuss,… hay 20.000 parentescos les asignan. ¿Cuál es el más extraño, el que dicen “Esto ni de coña”?

-Más que parecidos, lo que sí me sorprendió fue una crítica que leí hace poco en la que leí algo así como “pop sucio”. Y algo con pop sí que me dejó un poco pensativa. Puede haber alguna melodía que tire algo más hacia el pop, pero de entrada no lo asocio a lo que nos sale. Los nombres que nos dicen, sí que hay referencias. De esos y de otros como L7, Babes in Toyland o Nirvana. Creo que tenemos algo de todos.

Foto: Rodri Porcelli

Nando Cruz: «Yo también me sentía muy de izquierdas comprando maxis de My Bloody Valentine»

Martes, Abril 28th, 2015


Después de Indies, hipsters y gafapastas de Victor Lenore, ha llegado Pequeño circo de Nando Cruz. Aunque menos agresivo que aquel, este inmenso retrato oral de las grandezas y (sobre todo) las miserias del indie nacional de los noventa ahonda en la línea de revisar aquella escena surgida en los noventa con bandas como Los Planetas, Penelope Trip o El Inquilino Comunista. Eran grupos que miraban a Inglaterra y EE.UU dando un portazo al pop-rock que se hacía en España en aquellos momentos. En su momento, parte de la crítica (que no toda) los recibió con los brazos abiertos, aunque luego empezaron a cuestionarse sus logros en las famosas cribas. Ahora, más de 20 años después cuando la generación original ya ha rebasado los cuarenta, esa mirada crítica va mucho más allá y señala con el dedo. Discos inconsistentes, falta de compromiso político, su desafección social, nulo arraigo y muchos otros conceptos que, por supuesto, en tiempo real no se plantearon o se plantearon en voz muy baja. Da la sensación, por momentos, que toda aquella escena (siempre frágil, pese a todo) se haya quebrado definitivamente.

Nando Cruz es uno de los periodistas más brillantes de aquella generación. Se podía hablar de los medios en los que ha escrito, como Popular 1, Rockdelux o El Periódico. Pero solo por haber editado esa obra maestra del periodismo musical que es Una semana en el motor del autobús, la historia del disco que casi acaba con Los Planetas ya merece el tratamiento de voz súper autorizada para menear el tema. Por ello estuvo una hora y media al otro lado del teléfono atendiendo preguntas. No le llegó. Al final, mandó un e-mail para completar algunas de las respuestas. Este es el resultado.

-Un libro inmenso. ¿No es hacer una obra de 952 páginas en el 2015 un desafío al lector?

-Sí, aunque yo no quería hacer un libro tan largo. De hecho, la editorial tampoco lo quería. Pero, cuando me puse, me fui animando. No existe mucha literatura sobre esta época de la música española, ni de la década en general. Creí que debía aprovechar este hueco para explicar todo lo que creía que tenía que explicar. Si haces un libro de 600 páginas y tienes la sensación de que queda incompleto es peor que hacer uno de mil. Si me ponía a ello, quería que quedase más o menos todo explicado. En realidad, casi son dos libros. A mí me encargaron reconstruir lo que fue la música independiente de los noventa. Lo hago en la primera parte, con un seguimiento geográfico y de lo que considero importante, como que en Gijón los grupos se juntaban alrededor de una emisora de radio o en Donosti sobre conciertos en institutos, algo que parece hoy increíble. En una segunda parte quería reflexionar sobre todo aquello: qué intenciones había, dónde se torció la cosa, qué papel jugó la industria… Y eso nos llevó a algo muy largo.

-Arranca con los grupos de garage de Malasaña como Sex Museum. Sin embargo, desde el indie canónico siempre ha existido bastante prejuicio contra ellos. ¿Por qué los incluyó?

-Sí, se les veía un poco como la vieja guardia. Pero aunque estilísticamente se pudiera pensar que fueron antagónicos, muchos de sus comportamientos prefiguran lo que luego iban a ser los indies. Por poco que te guste Sex Museum hay que tener en cuenta que Fuzz Face, su álbum de debut, fue el primer disco de aquella generación que se autoeditó. Munster, que posteriormente acogería a muchos grupos indies, estaba también en la escena de Malasaña. O Carlos Subterfuge, que procede de allí, aunque luego diera el salto a lo más indie. Es una generación bisagra que estilísticamente puede ser casi enemiga de algunos de estos indies, pero da muchas pistas de lo que vendría luego. Por ejemplo, su anglofilia que luego heredarían los indies. Yo no los veo tan antagónicos.

-En aquellos primeros noventa todo estaba revuelto y parecía que existía cierta camaradería underground. Leías Ruta 66 y salían Sex Museum, Penelope Trip, Cerebros Exprimidos y La Secta. Daba la sensación que formaba parte de un todo heterogéneo, que luego se rompió. ¿Por qué?

-Porque se hicieron las sectas, nunca mejor dicho. En el libro se explica. A Penelope Trip le parecía horroroso todo aquello, que les parecía antiguo. En el Ruta los podías ver, pero en Rockdelux te aseguro que no los ibas a ver.

-Rockdelux marcó un poco esa filosofía de lo innovador frente a lo retro. Ahí se creó una de las primeras mentiras: se tomaron por originales a unos cuando copiaban mucho y se tildó de copias a otros cuando lo hacían tanto. ¿No cree?

-Sí, tanto copiaban Sex Museum como Penelope Trip. Lo que pasa es que unos copiaban a grupos de ese momento y otros a cosas cosas más antiguas. El garage de los ochenta era un género retromaniaco por definición, intentando recuperar un sonido de los sesenta y actualizarlo. Ahí se empiezan a hacer unos cortes y unas capillitas de “esto mola” y “esto no mola” por una cuestión puramente estética y de moda, aunque luego las actitudes sean las mismas. En Munster coinciden grupos de diferentes escenas, pero ejerciendo las mismas actitudes. Y no solo ahí. En la Fábrica Magnética convivían Sex Museum y Surfin’ Bichos, por ejemplo.

-Visto hoy en día creo que, por ejemplo, era más original y personal el “Independence” de Sex Museum que el primer disco de El Inquilino Comunista. ¿Esas cosas no se discutían? ¿Nadie decía “¿pero no veis que esto es una reproducción exacta de tres grupos que vendemos como algo fresco cuando lo que tachas de retro es, en realidad, muchísimo más personal?”?

-Esa discusión respecto a grupos españoles no la recuerdo. Una de las declaraciones que incluye el libro al respecto es de Juan Cervera, redactor jefe de Rockdelux. Él explica que sí, que El Inquilino Comunista y estos grupos eran unos copiones, pero al menos estaban copiando a grupos de actualidad y que eso en sí era un valor en sí mismo. Esto lo ves desde la perspectiva del tiempo parece un poco chocante. Viene a decir: si copias algo actual está bien, si copias algo de atrás está mal. Yo, aunque escribía en Rockdelux, venía de Popular 1. Era súper fan de los Black Crowes y me chocaba que los considerasen una cosa muy retro, porque copiaban a los Faces, los Stones y los grupos de rock sureño, cuando luego se les daba bola a Teenage Fanclub que copiaban a grupos de la misma década, actualizando a Big Star. Todo eso me chocaba pero, si lo decía, lo hacía en voz baja. Tú estabas en la revista, querías entrar en esa camarilla y te callabas. Pero por dentro pensabas: ya no es cuestión de copiar cosas antiguas, si no que según a que grupo antiguo copies molará o no. Hubo una época en la que copiar a los Beach Boys estaba bien. Los High Lamas eran estupendos. Pero cuidado con hacerlo con los Beatles. Eso sí que no.

-Se establecieron unos cánones falsos. Laika debían tanto a Can como los Black Crowes a los Faces y, sin embargo, se ensalzaba a unos y se criticaba a otros. ¿Se fijaron unos presupuestos en los que se apartaba la calidad real de los grupos en favor de estos criterios?

-Yo es que creo que la prensa más potente de aquel entonces, Ruta 66 y Rockdelux, parten de un mismo grupo: The Velvet Underground. Eso marca el canon estético de toda la prensa musical posterior. Si tu referencia es esa, a partir de ahí haces la línea de la revista en función de ella. Te entra Jesus and Mary Chain y El Inquilino Comunista, pero no lo hace Black Crowes o Sex Museum. En esto coinciden ambas. Luego, Ruta 66 tiene otra columna vertebral, que es el rollo Detroit, y por ahí han tirado. Pero Rockdelux, no. Al final dices “este disco sí, este no” con una valoración que te viene de antemano. Por eso los Swans son ahora el no va más del Rockdelux, porque viene de una matriz que no se discute. Estamos con esta idea de que solo hay que hablar de las cosas desde un punto de vista estético y, como tienes marcado el canon a seguir, ya hay poco que discutir.

-Hablaba antes del momento en el que se torció el indie. ¿Cuándo ocurrió?

-Prácticamente, en su origen. Ahora puedo parecer el listillo, haciendo unas consideraciones que, por supuesto, en su momento ni se me pasaban por la cabeza. A esto llegué después de dedicarme al periodismo 25 años y tras estar un año y medio escribiendo este libro. Este es el prólogo a mi opinión [risas]. Dicho esto, las cosas se torcieron, bajo mi punto de vista, cuando al inicio la mayoría de los grupos de aquella época se dedicaron a absorber la influencia de grupos extranjeros desde un punto de vista estético y nunca ideológico. Eso generó grupos que podían sonar peor o mejor, calcando a sus favoritos. Pero en ese calco nunca se incluían las ideas que transmitían. Pienso en bandas de los ochenta ingleses o estadounidenses, que no solo hacían un ruido. En muchos casos, además de tener un bagaje cultural mayor que los grupos que les copiaban aquí en España, tenían una intención artística. A veces incluso social y política. Aquí jamás se planteó. Muy pocos grupos lo retomaron. Esto no quiere decir que los grupos tuvieran que ser políticos en sí mismos, sino que esa forma de entender la música de Inglaterra o EE.UU. se podría haber adoptado. No solo en el sentido de hablar de los mismos temas, sino establecer una escena y un circuito que no solo fuera pasarlo bien. En el libro se habla de dos mínimos casos de intentar llegar a algún tipo de cooperación. Uno fue en Sevilla, con El Colectivo Karma para editar música que de otro modo sería imposible. Otro en Gijón, donde una cosa tan tontorrona como sacar una camiseta y montar unos conciertos entre varios grupos no se supo llevar adelante. Se fue al traste porque los grupos consideraron que no tenían nada que ver entre sí, porque no se parecían estéticamente. Para mí la cosa falló, en general, cuando todos estos grupos del indie creían que lo único que tenían en común era el gusto musical. Con el gusto no se construye nada más que unas conversaciones, unas aficiones y, a lo mejor, un festival. Esa escena, que pretendía ser alternativa y aspiraba a construir algo diferente, no lo hizo precisamente porque no hubo intentos de asociarse más allá de lo estético. No dijeron “Vamos a hacer algo que funcione”, “vamos a hacer medios de comunicación alternativos y no acabar todos en el mismo sitio, que es Radio 3 o Los 40”, “vamos a intentar crear canales para no terminar en donde no nos quieren”. Todo esto en otros sitios, como la escena de gaztextes, sí se construyó. La gente no acudía allí solo por el gusto, sino porque había una relaciones sociales mucho más potentes. En la escena independiente española fue tan escaso el tiempo que pasó desde que se empiezan a formar los grupos hasta que RCA o Warner los empieza a fichar y a meter dinero en los sellos que no hubo margen para crear y evolucionar mentalmente hasta el punto de decir: “Vamos a crear algo que pueda ser nuestro y que no acaba en manos del espónsor de turno”, que es lo que ha acabado pasando. No ocurrió porque el único nexo era lo estético, el ser fan de Sonic Youth y, por tanto, ya podías ser amigo de otro fan. Y luego está que no hubo tiempo. En tres años ya estaba gente metiendo dinero.

-¿Ese discurso revisionista no responde más a una aspiración personal complementaria que a algo central? Me explico: cuando conocí de adolescente a Jesus & Mary Chain me ofrecían un universo estético y emocional en el que me sentía identificado. Luego, Los Planetas lograron algo parecido. Para mí, como fan, misión cumplida: le han puesto banda sonora a mi vida. Que si luego Los Planetas hubieran decidido fomentar una cooperativa para promocionar a grupos de Granada de manera horizontal y que sus conciertos tuvieran una entrada tasada de 5 euros, para mí sería algo a mayores. En ningún caso podría tomar como esencial ese aspecto. Ni, por supuesto, se me ocurriría invalidar la grandeza del grupo por ello. ¿No cree?

-Claro, me pones el ejemplo de uno de los pocos grupos que ha conseguido calar más allá de los tres primeros años de vida de muchos grupos. Hombre, si tú la música solo la quieres para que ponga banda sonora a tu vida en realidad no necesitas a Los Planetas. Cualquier otro grupo te la podía haber puesto. Yo lo que estoy respondiendo es a la pregunta de dónde se torció aquello. Eso ocurrió cuando se quiso hacer una escena alternativa y no se llego a construir. A mí Los Planetas me siguen gustando, pero no creo que hayan construido nada. Yo de aquella década hecho en falta que se dejase un poso para que luego, los grupos que vinieran después, pudieran funcionar sin caer en las trampas en las que tuvieron que caer todos. Cuando digo eso me refiero a tener que acabar tocando con carteles detrás y todas esas cosas que se suponen que no son muy alternativas y muy independientes, pero que no hay otro remedio. Si no lo hay es porque en los noventa los que pretendían hacer algo alternativo o paralelo al circuito oficial no lo hicieron.

-Tocar con carteles detrás o, en su caso, meterse en una multinacional y que te suelten siete millones de pesetas como le soltaron a La Buena Vida en “Soidemersol” es un medio para un fin. Así se pueden llevar a cabo los grandes conciertos y festivales sin perder dinero. Y así se pueden grabar discos ambiciosos que no suenen a maqueta. ¿Se podría hacer algo así con el método de los gaztetxes?

-Bueno, algunos de los gaztetxes tenían mucho público. Pero, más allá de eso, tienes que valorar qué prefieres ¿unas obras artísticas maravillosas o un espacio que sepas que nunca va a desaparecer porque hay un tejido social que impide que aquello desaparezca? Son dos formas de entender la cultura. ¿Qué prefieres, objetos perdurables o espacios perdurables? ¿Quieres un disco grabado con orquesta o saber que cuando vayas a cualquier ciudad siempre vas a tener un sitio en el que tocar hagas la música que hagas porque hay un espacio que tiene las puertas abiertas y no hay que pagar un pastón por alquilarlo?

-¿No se pueden armonizar ambas cosas? En Galicia, por ejemplo, han surgido centros culturales como La Casa Tomada o el Liceo Mutante. Conviven perfectamente con los grandes festivales, en muchos casos compartiendo público. Personalmente, no creo que una cosa excluya a la otra y no me parece demoníaco los festivales que llevan patrocinios.

-Yo no lo veo demoníaco, pero le cambiaría el nombre. No creo que que las dos cosas sean lo mismo.

-Claro que no, pero muchas veces el público y los grupos son los mismos. En el Primavera Sound tocan con más gente y en La Casa Tomada con menos, pero es exactamente la misma propuesta.

-¿Todos?

-Muchos sí. Por ejemplo, Oso Leone tocan en la Casa Tomada y tocan en el Primavera Sound.

-Sí, y Za! y dos o tres más.

-Muchas bandas del indie, pero también de hardcore, que tienen sus otros festivales con patrocinios y subvenciones. Le veo a usted y a otros articular ese discurso con tanta seguridad y contundencia y a mí no me termina de encajar. Creo que centra la mirada en algo secundario, volviendo a caer en el mismo error que antes fue lo retro y lo innovador. A un lado siempre queda lo importante: la música.

-No, no. Yo creo que que hay una diferencia de base. El cartel que tengas detrás dice mucho de tu propuesta. La música no es solo cómo suena y las guitarras con la que la haces sonar. Según como te pongas y según a los sitios a los que digas que no estás definiéndote. Volviendo al caso de La Casa Tomada y el Primavera Sound, que un grupo combine las dos opciones permite que haya quien los pueda ver por cinco euros y gente que los pueda ver pagando 200. Son dos opciones, cuando hay grupos que solo dejan la segunda opción: los que únicamente tocan en espacios en los que para acceder hay que pagar mucho dinero. Esto recorta por debajo el tipo de público al que pueden llegar. Yo no creo que tocar patrocinado o no patrocinado, hacerlo por 50 euros o por menos, decidir salir en el anuncio de un banco o no o hacer una gira en la que te obligan a ponerte un calzado determinado porque la marca te patrocina sea algo puramente estético. Eso define al grupo igual que el pedal que utiliza. Todo eso lo tengo en consideración. No para decir “no voy a ver a este grupo” o “este grupo es el demonio”, sino porque son elementos que el periodista tiene que lanzar informativamente como los otros. Es tan dato el productor del disco como todos estos pasos que da el grupo para tocar en determinados sitios pagados por según que gente. Más que nada, porque hay grupos que deciden no dar esos pasos y se quedan atrás porque otros sí los han dado. Ahí hay una especie de carrera en la que unos entran y otros no. Los que no lo hacen se quedan atrás porque otros han dicho que sí. Eso quiere decir que unos tienen unos valores y otros no. Creo que hay que explicar las cosas como son y no esconder esta parte del discurso, porque es tan discurso como los arreglos que hayan decidido utilizar. Y una cosa, yo suelto la frase y puede parecer que estoy muy convencido y no es así. Lo digo y luego lo discutimos. Lo que pasa es que las cosas por escrito suenan de otro modo. A mí también me vienen dudas y me encanta discutirlas porque es la única manera de cambiar de idea o consolidarla más [risas].

-En los noventa y los dosmiles muchos echamos en falta que los grupos del ámbito indie mirasen a lo que ocurría en la calle. Eran casos excepcionales, como Mus. Sin embargo, desde el 15-M se ha producido una especie de catarsis que afectó también a la música. Marca un viento favorable al que ayuda esta oleada de periodistas que reniegan del indie. ¿No estaremos cambiando el “vamos a copiar a los Pixies” por el “vamos a hacer canciones políticas”? Se lo digo porque veo gente que hace nada le estaba siguiendo el baile a Les Biscuits Sales y adoptando esa frivolidad como estilo de vida y ahora, de repente, apelan al compromiso social y señalan con el dedo a quienes supuestamente no lo tienen. ¿Entiende que todo ello genere desconfianza?

-Bueno, han coincidido la salida de dos libros, el mío y el de Víctor Lenore, que cuestiona la década de cabo a rabo. Puede parecer que es una nueva oleada, pero lo que creo que es hay es muy poco escrito al respecto. Yo crecí en el indie. Tú lo dices: se echaba en falta esos elementos sociales. Eso es algo clave y definitorio de aquella escena. Ahora te encuentras con el réplica de “es que también el power-pop no tiene conexión social”. Pues claro. A lo mejor el problema es que no se escriben libros críticos sobre todos los géneros que hay en España. Generalmente, el periodismo cultural ha sido algo más notarial, enjabonador y de hablar de logros artísticos, sin tener en cuenta el aspecto social. Respecto a lo que sea una moda, supongo que es un riesgo. Hay algo que me llama la atención. Cuando alguien hace una canción no política no se le inspecciona tanto como cuando es política. A Nacho Vegas cuando hacía canciones de yonki torturado no se le cuestionaba si los versos estaban bien encajados o si describía bien esa escena. Sin embargo, se pone a hacer canción política y parece que no está todo bien ajustado. Parece que como para hacer canción política haya que ser mejor. Eso me lo dicen los propios músicos, que se sienten más cómodos en lo otro. Hay una parte que debe ser cierta, pero creo que hay otra cultural. Existe esa idea de que es terreno en el que no deben meterse los cantantes porque culturalmente se ha decidido así. No creo que haya otra razón. Hemos decidido que la música tiene que ser sutil, metafórica, abstracta y sugerente. Y una canción política puede ser todo lo contrario. Si haces una canción política clara, transparente y que se entienda eso es panfleto. Escúchate a Woody Guthrie. Más transparente que eso no hay nada.

-Todo esto que dice me hace pensar en la desconexión de la crítica con la realidad. Su libro me ha hecho pensar muchos en mi época universitaria, en la segunda mitad de los noventa. Escuchaba a Los Planetas, Migala o Sr. Chinarro. Realmente tenía muy poca gente con la que compartir esto. Yo vivía con un fan de Sociedad Alcohólica y otro al que le flipaba Negu Gorriak. Tenía muchos compañeros de clase que alucinaban con Los Suaves y Extremoduro. Incluso Ismael Serrano o Pedro Guerra triunfaban en Los 40 con un “discurso social”. Todos ellos tenían muchísimo más éxito y seguidores que Manta Ray. ¿Esa desconexión social solo la hubo en el indie y los críticos musicales vivían en una burbuja que les impedía ver que en la calle las cosas eran diferentes?

-Eso es lo que intento explicar en el libro en los capítulos de prensa. El indie era una burbuja de músicos, pero también de periodistas. Por alguna razón, el perfil de periodista indie era bienvenido en los medios de comunicación. Yo era experto en Los Planetas, pero podía escribir una crítica de Soziedad Alcohólica sin ser experto en ello. Eso era aceptado. Sería mucho más difícil que un experto de Soziedad Alcohólica fuese crítico musical en El Periódico de Cataluña y, encima, se le dejase hacer una crítica de Los Planetas. Eso hubiera cambiado totalmente la percepción que se tenía de la música contestataria de los noventa. Imagínate: un experto en Soziedad Alcohólica haciendo unas críticas cojonudas de ellos y, luego, diciendo que a Los Planetas en realidad no va tanta gente a verlos, que no se entiende lo que dice el cantante o que se llaman alternativos pero están hablando de qué puedo hacer, de la chica que me deja o de la playa. Que en un momento político en el que se está creando toda esta corriente de neoliberalismo un grupo granadino cante estas cosas es muy poco útil socialmente. Pero, claro, en la prensa de la época algo así era inviable. Lo que había era el crítico filoindie, que podía tener una cultura musical un poco más amplia y dominar otros terrenos, pero lo que básicamente hacía era escribir a favor de una escena con muy poco impacto social. Esto no solo era en mi periódico, era en todos los periódicos.

-Difiero. Eso a lo mejor sucede en Barcelona o Madrid. En provincias la cosa es muy diferente: aquí siempre se ha tenido en cuenta a cuántas personas afectan las cosas. Esos tics snobs que usted denuncia a veces, de no sacar a Camela o Bisbal para meter a un grupo minoritario, en general, no te los permiten.

-Me alegro que lo digas. El otro día me lo dijo otro periodista y le tuve que dar la razón. Y sigo con la tontería de que es así en toda España. Hablé algo de que no salía Juan Magán y me mandaron una crónica de Juan Magán en Zaragoza.

-Se lo digo porque yo entrevisté a Luis Eduardo Aute, Paloma San Basilio, Soraya, Bustamanete, Ella Baila Sola y mil más. También he tenido que ir a conciertos de Isabel Pantoja, El Pescao, Nena Daconte o Luz Casal. Otra cosa es que yo, personalmente, tenga otros gustos. Pero uno de los principios básicos es a cuánta gente afectan las cosas. Si 30.000 personas deciden ir a ver a David Bisbal a la playa hay que ir a ese concierto e intentar entrevistarlo.

-Sí, claro. Yo en los noventa también he entrevistado a Alejando Sanz o cubrí conciertos de Chenoa pero, conforme han ido pasado los años, sí que he detectado la sensación de que se podía pasar de según qué temas porque esa gente no lee periódicos. Es decir, Los Chichos no, Juan Magán no, Camela igual no hace falta hacer la crítica pero luego se hace una crítica de Wild Honey, que a mí me encantan. Pero me parece inexplicable que ellos salgan y no Camela, cuando el mismo día tocan para mucha más gente. Pero sí que tienes razón que es un un tic muy desarrollado en Madrid y Barcelona, sobre todo en Barcelona, que somos campeones de moderneo.

-Dos cosas llaman la atención en “Pequeño circo”. Una, ese enfoque “marxista” en el que está latente en todo momento la lucha de clases. A toda la gente se le pregunta cuáles son sus orígenes y hay muchas declaraciones sobre quién era burgués y quién no. Dos, se está hablando continuamente de dinero, incluso más que de música. ¿Por qué?

-Yo no quería hacer un libro esteticista. Lo único que tenemos en las hemerotecas sobre el indie son listas de los mejores discos, entrevistas sobre cómo se hacían estos discos y esas cosas. La reflexión artística sobre el indie está más que hecha. Lo que creía que no estaba hecho era tratar la música no solo como un producto, sino desde un punto de vista cultural más amplio. Para saber si el tópico ese de que todos los indies eran pijos no hay más que preguntar a cada uno de dónde viene su familia y a qué colegio fue. La visión social esta implícita ahí: dónde estuvo, si fue al extranjero, si trabajó en algo, si su familia tenía dinero, si le importaba el dinero. Porque igual, por ello, le importaba poco cobrar royalties ya que no los necesitaba para llegar a fin de mes. Todas estas cosas, que están alrededor de los músicos pero que en las entrevistas de la época no se llegaban a tocar, creo que era algo que faltaba. En vez de hacer un párrafo diciendo que todos los grupos eran de familia bien, hay que mirar a cada uno en concreto. No se trata de hacer un libro marxista, sino de contextualizar la vida del músico. Respecto al dinero, es que es una industria. Llama la atención que a los grupos les importase tan poco. Seguramente, era porque la mayoría tenían la vida resuelta o es que había tan poco dinero a repartir que daba igual. Luego, hubo sellos que hicieron dinero. Muchas veces hablamos de cultura sin tener en cuenta que las cosas cuestan un dinero, pero tampoco está mal explicar quién vivía de ello, quién no y quién engañaba a quién. Quería hacer un libro que explicase el contexto y ahí entra lo social, entra lo monetario, entran las relaciones humanas, entra el individualismo o el cooperativismo. Estas cosas en la época no se tocaban, porque lo importante era que el disco fuese bueno o malo o que el grupo calcase bien o calcase mal. Nada más.

-Lo de “marxismo” lo decía entre comillas porque ese choque de clases sociales es constante. En el libro sale reflejado con intención. Viene a decir que no es lo mismo El Inquilino Comunista que El Niño Gusano en parte por eso ¿no?.

-Claro, a mí me parece fundamental. Esas cuestiones sociales se obvian en el periodismo musical. Esto sí que lo tengo claro. Uno de los errores es centrarse en lo musical y lo estético. Es una visión muy sesgada, que puede ser hasta reaccionaria. Si nos fijamos solo en las cosas bien hechas y con una calidad artística elevada, siendo muy subjetivo lo de calidad y lo elevado, acabamos anteponiendo a artistas que lo han tenido más fácil para hacer las cosas que hacen. El origen de cada uno es muy significativo y yo en este libro quería explicar el paisaje entero. En cada visita geográfica intento sacar la mayor información posible. Un grupo no acaba cantando en castellano o en inglés porque sí. Eso nos lo hemos querido creer, pero es falso. Y un grupo no graba un disco con cuatro duros y otro con siete millones porque sí. No, todo esto es posible o no por unas razones. Luego la gente elige lo que quiere. Uno dirá: “A mí me gustan más los de Getxo porque tienen un directo más bueno”. Otro: “A mí me gusta más El Niño Gusano porque tienen una forma de ver la vida y de dirigirse a la gente mucho más llana y más cercana”. Pero, en cualquier caso, todo sucede por alguna razón.

-Volviendo al dinero. Es escandaloso lo de los royalties. ¿Alguien pagaba royalties en la época? ¿La gente de los sellos no se sonrojaba al admitir que timaban a los grupos?

-Bueno, hicimos recientemente una presentación del libro en Madrid y Servando Carballar, de La Fábrica Magnética, decía que todo eso era mentira y que los grupos cobraban. Bueno, aquí la única forma de saberlo es sacar las cuentas de cada uno. A falta de poder hacer un estudio de periodismo de datos y rebuscar facturas, lo que explico es lo que decían los grupos: que no habían cobrado en la vida y que, en muchos casos, era un tema de desidia suya en plan: “Buff, total para lo que voy a cobrar”. Muchos grupos entrevistados ahora dicen que, claro, en aquel momento en el que salían en portada de las revistas se creían que vendían mucho más. Y muchas veces eso no era así. Sí es cierto que Munster timaban a Penelope Trip. Pero también es cierto que Penelope Trip vendían menos discos de los que creían. La prueba es que, luego, cuando hicieron el disco por su cuenta distribuido por RCA vendieron aún menos. A veces había la creencia de que toda España estaba pendiente del disco de Los Valendas y no era así.

-El dinero siempre ha sido problemático y un poco tabú en el indie. Mirando atrás y sin calenturas políticas algunos de los mejores discos de esa generación se grabaron cuando las multinacionales inyectaron dinero. ¿Podrían existir “Una semana en el motor de un autobús”, Soidemersol” o “El escarabajo más grande del mundo” sin ese dinero?

-Estás mencionando tres discos que son inapelables. Habrá otros hechos con mucho menos dinero que también están muy bien, pero esos tres no se hubiesen podido grabar si no hubiesen existido las multinacionales. El caso de El escarabajo más grande del mundo de El Niño Gusano es el más evidente. Es el ejemplo extremo de un grupo que tenía unas inquietudes y un modo de ver la música muy original, pero que con más dinero lo podía hacer todavía mejor. Y así fue. De todos modos modos, el tabú del dinero es curioso y muy del indie. Tú vas al hip-hop y se habla de dinero sin problemas. Es más, cuanto más dinero tengo más chulo soy. Sería un tema de análisis curioso. ¿Por qué en el indie no se quiere hablar de dinero? Por lo general, la gente que no quiere hablar de dinero es la que lo tiene. Esa actitud de que no hay que vender y “si podemos tocar en sitios pequeños y que no nos vea nadie” es porque, a lo mejor, tienes ya todas las cosas resueltas. No porque seas rico, sino porque tienes un trabajo que te lo permite y ves la música como un hobbie. Es una cosa no extrapolable a otros géneros. Al respecto, me acuerdo de una anécdota curiosa. Estuve en Cuba y pregunté a un hombre en dónde podía ver a una buena banda de música cubana. El tío se quedó con cara de “este es tonto”. Su razonamiento era: “¿Dónde lo vas a ver? Pues en el hotel más caro”. Yo iba con la idea de una ver a una banda en un sitio escondido que casi nadie conociese, con la misma mentalidad underground que tenemos aquí. Él tío lo tenía claro: “La mejor banda es la que cobra más y, por tanto, toca en el mejor hotel y el más visible”.

-¿Se ha vendido en el indie una búsqueda de una pureza imposible en el underground (sonar rudo, tocar en sitios pequeños…) cuando al final veías a Sonic Youth grabar en buenos estudios, editando en una multinacional y llevando un buen equipo en directo?

-Hay una parte del discurso que se cae a pedazos, que es el rollo este de lo mainstream contra lo alternativo. Es algo muy sintomático de aquella época: eso de sonar cutre, editar en sellos pequeños o tocar para poca gente. Son contraposiciones de conceptos muy de industria y de objeto. Estamos separando lo que mola o no mola en función de si vende mucho o poco, si está bien grabado o mal grabado. Siempre apelando al producto y la industria desde una perspectiva un poco infantil. Ahí creo que fue donde nos perdimos todos. Hay formas distintas de calificar los grupos, que pueden ser en función de la relación que establecen con el público o su manera de funcionar en el día a día. Eso es lo que hace que seas más alternativo o más independiente que el hecho de que tu disco haya costado siete millones o menos. El disco de Sufjan Stevens Illinois no creo que costase cuatro duros. Tiene una gran producción y eso no lo hace menos independiente. Lo habrá grabado con los ahorros que ha conseguido teniendo un público más o menos fiel. Por ejemplo a Jeffrery Lewis, este artista del folk indie, yo le pregunté una vez: ¿tú haces discos baratos por un tema artístico o porque no tienes dinero? El decía: “No, es una decisión política. Si yo grabo un disco que me cuesta diez millones ese disco lo va a tener que pagar el público. Por tanto, yo decido grabar con poco presupuesto y girar con poco equipo porque no quiero que la gente se tenga que gastar más dinero de la cuenta en mí”. Este artista quedaría en un lado que no es el de tocar en grandes recintos y hacer que la gente tenga que pagar 80 euros por verlo. Es una decisión que lo separa de otros grupos y va más allá de lo mainstream o lo underground, porque es algo que establece él directamente con el público, sin depender de intermediarios. Es otra forma de plantearse la música.

-Hay una idea que planea en el indie de los noventa: el escapismo. Se está revisando ahora como algo negativo. ¿Usted considera que aquellos grupos de noise-pop de los que no sabíamos ni lo que decían y uno se dejaba llevar por ellos por una mera sensación sonora son algo censurable?

-Celebro que me hagas esa pregunta porque es algo que sale demasiado y no acabo de atinar. A mí no me molesta la música escapista. Me encanta y la disfruto como el que más. En aquella época muchos grupos hacían ese tipo de música que pretendía evocar otros espacios y otros mundos. Incluso parecían que eran de otros países y no tenían ningún tipo de conexión con el entorno social en el que vivían porque les parecía cutre o les importaba un bledo. Eso es un hecho. ¿Por qué sucedía eso? Esa es una de las cosas que pretendí contestar en el libro preguntándole a la gente. Porque para mí no es casual. Yo disfruto igual de Family que del disco que ha hecho Nacho Vegas ahora, pero todo responde a algo. Que la mayoría de aquella generación hiciera música escapista tiene que tener una explicación. Los contextos son unos, la posición social de la gente es una, la clase es otra. Todo eso te lleva a hacer música escapista o no. No es deleznable hacerla, pero no es casual.

-El tema político está latente y explota en la parte final. Mi percepción es que existía una sensación general, un poco llevada por la inercia, de que casi todo el mundo era de izquierdas. Sin embargo, más allá de cuatro vagas pinceladas, esa ideología no salía a relucir y resultaba bastante endeble. ¿Por qué?

-Yo creo que reaccionas políticamente si te sientes acosado. La mayoría de la gente que hacía música en estos grupos no se sentía especialmente acosada porque el contexto social era amable. Había dinero para todos, aunque fuese la época en la que empezó el aznarismo. La gente podía comprar drogas y comprar discos. A no ser que tuvieras una formación política de base, no hacías nada si no estabas contra las cuerdas. Yo creo que había discos políticos en aquella época. A mí, por ejemplo, los discos de Lagartija Nick me parecen políticos, pero es una excepción. Incluso en esa época bisagra tampoco lo eran. Tú en Cancer Moon o Surfin’ Bichos no veías nada de eso. En el capítulo de Gijón del libro se habla de gente que tenía un compromiso político a nivel diario, pero que quedaba completamente camuflado en la música. También lo quise reflejar para derribar la idea de que toda esa generación era apolítica. Vale que la música de Penelope Trip fuera apolítica, pero eso no significa que sus componentes no fuesen a manifestaciones. De todos modos, la idea general es que esa escena fue muy poco política. Se pudo haber dicho en los noventa, pero no se hizo. Veinte años después no está mal poder decir, a la hora de hacer un retrato, que aquella era una música principalmente hedonista y apolítica. Incluso, que mucha gente que hacía música no tenía ningún tipo de sensibilidad política, porque se la sudaba todo aquello y estaba a otra cosa. Eso es así. ¿Qué la música tenga que ser política? Es una de las opciones. Una de las misiones de la cultura es cuestionar el entorno en el que vives. Si no lo quieres hacer no pasa nada. Pero no pretendas dártelas de alternativo e independiente, cuando en realidad en lo que importa, que es tu posición ante la sociedad, no tienes ninguna.

-En el libro hay quien afirma que hacer discos ruidosos era en sí misma una postura política. ¿Qué piensa?

-Sí hay quien lo piensa. ¿Sacar los discos que a ti te gustan por canales que no sean las multinacionales es un gesto político? A mí me cuesta un poco creerlo cuando el contenido de esos discos no plantean ningún tipo de conflicto con el poder.

-¿Existe una especie de mala conciencia entre aquellos que lucían esos valores supuestamente de izquierdas pero luego respondían a una postura totalmente consumista, competitiva y clasista? ¿Se ha caído de la burra de repente una parte de aquella generación?

-Claro, es que yo también me sentía muy de izquierdas comprando los maxis de My Bloody Valentine, pero no es eso. Tienes razón. Creíamos eso.

-¿Se reducía esto a que “como no escucho a Ella Baila Sola, que es la música que escuchan los del PP, soy de izquierdas”?

-Exacto. Ese es el error: definirte en función de tus gustos y eso es algo que no tiene nada que ver con la política. Con veinte años que teníamos a lo mejor puede pasar, pero con 45 no te lo puedes creer. No puede ser que los gustos te definan como persona y marquen tus amistades. Es una burbuja que no lleva a ningún lado. Crees que compartes ideales con alguien porque te cambias discos con él. Luego, resulta que el otro te dice que uno de los males de España es la emigración y tú te sorprendes diciendo: “Pero si hemos escuchado a a Dinosaur Jr toda la vida, ¿cómo puedes pensar así?”. Es que escuchar a Dinosaur Jr no te hace ser sensible con el sufrimiento de la gente que viene desde el África Subsahariana. No tiene nada que ver una cosa con la otra. En ese grupito indie construimos nuestro mundo y nuestras amistades en función de eso. Y eso no construye nada.

-Hace unos meses leí un tuit muy ocurrente: “Qué mal está llevando el indie las crisis de los 40”. ¿Qué le sugiere?

-La crisis no la tengo con el indie. Yo sigo escuchando grupos de esa época y, además, yo siempre he sido un poco lento para las crisis. Quizá por el rollo este infantil que teníamos en el indie, que yo tenía 30 y pensaba que tenía 20 y ahora tengo 40 y pico y pienso que tengo 30 y pico. La crisis de los 40 aún ha de llegar. Mi crisis es más con el periodismo cultural, con esta manera de hablar de la música solo desde el punto de vista estético. Se ha perdido la posibilidad de hacer un periodismo un poco más consistente. De ese caballo sí que me he caído, pero a tope.

-Escribía recientemente de que el periodismo ha de ser un servicio público, no un modo de reafirmar los gustos personales. Eso sí que fue una tendencia indie: fomentar la figura del periodista estrella que escribe en primera persona y dice de manera vehemente lo que le gusta y lo que no, incluso despreciando a los fans de los grupos que no son de su agrado. ¿Existe una reacción ahora a huir de eso?

-No lo sé. Yo siempre huí de la primera personal. Defendí mis gustos, los intenté imponer y creí que el periodista bueno era el que hacía eso. Ahora, de entrada, ya no sé ni lo que es el buen gusto. De hecho, detesto la expresión. Pero, bueno, en lo de la primera persona nunca caí. Me alegro. Es de lo poco en lo que estoy libre de culpa. Yo creo que cuando te das cuenta de que no puedes usar el gusto como la vara de medir, acto seguido entiendes lo del servicio público. Pero, vamos, el periodismo indie jamás tuvo el concepto de servicio público. Sí tuvo el concepto de servicio a la escena, eso de “tenemos que crear una escena”. Ahí se encalló el periodismo. Y ahí tienes a las revistas, a punto de cerrar todas.

-También se cultivó el onanismo. Una vez un conocido me dijo que compraba Rockdelux, cogía el cedé y tiraba la revista. ¿Su razonamiento? No entendía nada.

-Ya, es que hubo una época en los noventa que se hizo un periodismo totalmente onanista. Era esa cosa de “estoy tumbado en la cama sufriendo escuchando este disco pero, al mismo tiempo, el sufrimiento me da placer”. Yo estudié periodismo y empecé pronto a trabajar en periódicos. Estas tonterías me las quitaron rápido, si es que las llegué a tener. Como lector de Rockdelux la verdad es que todo ese rollo malsonandista me parecía abominable. En el periódico me decían siempre: “No estás escribiendo en Rockdelux, estás escribiendo en un periódico, se te tiene que entender”. Siempre he intentado que se entienda. A mí me enseñaron algo básico en el periódico: no insultes al lector, no lo ofendas. Es tan fundamental que debería estar enmarcado en todas partes. Sin embargo, he escrito en algunos sitios en donde lo guay era irritar a la gente. La empatía con el lector es algo que te tienen que enseñar. Y eso, desde luego, no te lo enseñan en las revistas. Te lo enseñan en un periódico, que es una empresa seria, que quiere llegar al lector y que quiere vender.

-Otro tuit, este es de Anntona de Los Punsetes. No le citaba directamente pero se refería claramente a usted. Decía algo así como “esto es una mierda y le voy a dedicarle mil páginas a explicarlo”. ¿Por qué dedicarle algo tan grande a algo que, en teoría, le ha dejado de entusiasmar?

-A mí me parece algo muy normal. Primero, no es una idea mía y fue un encargo que pretendía reconstruir aquella época. Me parecía bien, pero además yo quería cuestionarlo. Cuestionar algo sin explicarlo antes me parece un poco cobarde y peligroso. Dejas de hablar de lo bueno y entras directamente a cargártelo. No me parece bien y eso me llevó a hacer dos libros en uno. Pero yo no odio el disco de Family, me siguen gustando El Niño Gusano y cuando vengan Tachenko a tocar los iré a ver. Una cosa es el gusto y otra es la capacidad crítica que tiene que tener el periodismo cultural. Yo me veía venir esa pregunta, pero lo veo compatible. Lleva más trabajo que escribir un tuit, pero creo que merece la pena. Igual que creo que estaría bien un libro que analizada y cuestionara todo el crecimiento del hip hop en España.

-Hay quien dice que cuando se le dan estos enfoques a la música es que uno se ha aburrido de la música. ¿Es su caso?

-No. Me sigue gustando la música y escribir sobre música. Lo que ya no me apetece tanto es escribir siempre sobre la misma música, ir a conciertos a los mismos locales y ver siempre a la misma gente. Por ejemplo, ahora ya no fui a ver a Luna porque ya los he visto muchas veces. Entre muchas otras cosas, la música es una forma de conocer gente y el coto indie es algo tan cerrado que al final acabas viendo siempre a la misma gente y hablando de lo mismo. Ahora distingo mucho entre música inclusiva y exclusiva. Y prefiero ir a conciertos en los que sé que puedo conocer otra gente, vivir otras experiencias y ampliar un poco más mi manera de pensar y ver las cosas. Todo esto, aunque parezca contradictorio, no lo ha fomentado la música alternativa española tanto como queremos creer.

-Otra crítica que está recibiendo el libro es que es un poco “Sálvame”: mucho marujero, muchas puñaladas… ¿Le planteó algún problema moral? ¿Cómo ha gestionado el cotilleo?

-No quería escribir un libro de marujeo. En otras entrevistas me han dicho que apenas hay drogas y que me he tenido que cortar mucho. Mi máxima era no meter anécdotas que no explicasen algo más allá de la anécdota. A mí que dos tíos se peguen una noche no me explica nada de los noventa. Ahora, que J de Los Planetas llegue al Maravillas a comprar droga y que se la venda un personaje clásico de la Movida me parece una anécdota simbólica. Hablar de drogas cuando hablas de Los Planetas es importante, porque es algo que está muy presente en su música y es importante para entenderlos. Pero lo que se metieran La Buena Vida me da igual: no se traduce en su música. Luego he eliminado algunas anécdotas que he comprobado que eran falsas o que he comprobado que no eran ciertas.

-¿Alguien ha reaccionado mal con el libro?

-No, solo un par de personas antes de salir. Esto es un circo pequeño, como dice el título. Y la gente comentó entre sí lo que le había preguntando y fueron hilando cosas. Entonces dos personas me dijeron que no le estaba gustando nada por donde iba. Yo les dije que se esperasen a ver el libro y luego se quejasen. Ninguno lo ha hecho por ahora.

-Pese a todo lo hablado, ahí están “Un soplo en el corazón”, “En cielo de océano”, “Super 8”, Soidemersol”, “Hermanos Carnales”, “Esperanza”, “Inercia”, “El escarabajo más grande el mundo”…. ¿Existió en España música mejor que esta en los noventa para usted?

-Pregunta cabrona, eh [risas]. ¿Que si hubo mejor música? Mejores canciones, seguro. Discos, tampoco son tantos. Y estás haciendo trampa porque estás metiendo a grupos que son pre-indie como Surfin’ Bichos o Lagartija Nick. Pero bueno, te tengo que contestar a la pregunta.

-¿No será que, a lo mejor, no fue tan malo como se intenta reflejar ahora? ¿No será que miran mucho más a Hébridas o Honey Langstrumpf que a los grandes discos que se hicieron? Por comparación, me cuesta encontrar en otras escenas trabajos tan buenos como “Una semana en el motor de un autobús”, por ejemplo.

-¿Qué me dices del doble de Negu Gorriak?

-Sí, y el Échate un cantecito de Kiko Veneno también está muy bien, vale. Pero no tengo tantos y mucho menos todos de una misma escena.

-A ver. Diez o quince discos buenos del indie los encuentras. De Surfin’ Bichos, Los Bichos, Cancer Moon, El Niño Gusano, La Buena Vida, Family… Pero eso vuelve a ser una cuestión de gusto y podríamos enzarzarnos en otra eterna discusión sobre si Lagartija Nick eran buenos o no, si el disco de Family está sobrevalorado, si Los Planetas eran mejores que Los Rodríguez… Y nunca llegaríamos a una conclusión “cierta”. Los movimientos musicales que de verdad han marcado una época en la cultura de un país no lo han hecho solo por haber producido una cantidad de discos clásicos, sino también por haber afectado de algún modo su entorno, por haber canalizado los anhelos de la sociedad o por haber sido una vía de escape. El punk, el soul, el reggae, el hip-hop… Todos estos géneros, sin renunciar al factor hedonista, sí cuajaron y dieron respuesta y salida a muchas inquietudes de la gente de su entorno. Ese papel no lo cumplió el indie español por todo lo que hemos hablado de su desconexión social. Y ni siquiera puede apuntarse el gol de haber construido un tejido alternativo que pudieran heredar futuras generaciones indies. Todo eso forma también parte del legado de una escena y todo eso no se consiguió. La trascendencia de una escena no se puede medir solo por la cantidad de discos buenos que ha legado sino por la cantidad de gente que los recuerda, por su calado social.

-Volviendo a lo estrictamente musical, ¿qué discos estarían junto a los que le he citado?

-Bueno, de los años noventa también son Veneno en la piel de Radio Futura, El baile de la desesperación y Tormentas imaginarias de 091, varios de Malcolm Scarpa y Los Brujos, el Sin documentos de Los Rodríguez, el Entusiastas de Julio Bustamante, Quien no corre, vuela de Ray Heredia, el Agila de Extremoduro, No solo de rumba vive el hombre de Albert Pla, el primero de Estopa, Una temporada en el infierno de Fangoria, Alta suciedad y Honestidad brutal de Calamaro…

-¿Continúa pensando que “Un soplo en el corazón” de Family “el disco para reír o llorar el resto de tu vida” como dijo en aquella crítica del Rockdelux allá por 1993?

-Eso me lo preguntó Luis Landeira. Solo lo preguntáis los gallegos [risas]. Pues sí, lo sigo pensando. Es una frase chula.

-Lo suficiente como para que algunos la recordemos 22 años después de haberse publicado.

-El otro día la reeditaron el Rockdelux y vi que el primer párrafo era horroroso. En esa crítica se incluyen palabras que había que extirpar del lenguaje de la crítica musical, como “talento” o “genio. No significa nada. Todo eso denota incapacidad para argumentar. En esa crítica hay muchas frases para enseñar en la facultad para que la gente sepa cómo no hay que escribir de música.