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Entradas para la categoría ‘Discos (novedades)’

Los nuevos álbumes de Air, Mark Lanegan y The Black Keys

Sábado, febrero 18th, 2012

AIR “Le voyage dans la lune” (Universal)
Como mínimo Air han conseguido un logro en este álbum: la mejor portada de su trayectoria. La imágen del cochete estampado en el rostro de la luna extraída de un fotograma de Le voyage dans la lune”, el filme mudo de Geroges Méliès de 1902 que ahora musican, es de deleitarse mirándola y mirándola. El disco nace como un capítulo aparte en la trayectoria del dúo, pero ellos sin embargo lo asumen como otro capítulo en una discografía algo renquetante de inspiración en los últimos tiempos. No será “Le Voyage Dans la Lune” lo que les devuelva a la primera línea del pop. Su carácter mayoritariamente instrumental y su falta de singles claros lo impide, pero ello ni quita que se trate de un trabajo atractivo e interesante. Bajo un discurso de pop progresivo con ecos de Mike Oldfield y uso indiscriminado de sintetizadores, el dúo plantea un recorrido voluptuoso en sonoridades que van desde el envoltorio lírico de “Moon Fever”, que parece sacada de Tubular Bells, a lo mecánico  en ese “Parade”, con ligero aroma kraut-rock. Mientras, pasa por el puntillismo sintético de “Cosmic Trip  y llega al clímax  pinkfloydiano de un “Lava” que cierra un disco que se puede calificar de menor, pero que resulta perfectamente disfrutable (Puntuación: 7/10)

MARK LANEGAN  “Blues Funeral” (4AD-Everlasting)
Decir en febrero que Blues Funeral va a ser el mejor disco del año, podría tomarse como una temeridad. Pero lo cierto es que su escucha completa invita, entre sacudidas de emoción, a dejarse llevar por esa idea. Aparcadas sus aventuras paralelas con Isobell Campbell y The Gutter Twins, Mark Lanegan recupera su carrera en donde lo dejó con el soberbio Bublegum (2004) y supera todas las expectativas. Blues Funeral es un álbum de rock tremendo. Con un sonido, poderoso y, en cierto modo, recordatorio de aquel To Bring You My Love de Pj Harvey, el álbum extiende un manto en el oyente totalmente cautivador. Lo encoge en su lamento, lo golpea con su músculo guitarrero y lo eleva a un estado de enajenación total cuando se aventura en unos territorios electrónicos que recuerdan poderosamente a ciertas producciones de Flood (Pj Harvey, U2, Depeche Mode). Todo sin un segundo de respiro, sin un minuto de desperdicio y obligando de continuo a contener la respiración. ¿El 0,5 que le falta para llegar al 10? Simple prudencia respecto a cómo aguantará el paso de los días. Imprescindible. (9,5/10)

THE BLACK KEYS “El Camino” (Nonesuch / Warner)
Son el grupo grupo alternativo masivo del momento. Igual que ocurrió en su día con Arcade Fire o Wilco, el público no especializado pero que quiere ir más allá de lo que propone la lista de ventas los ha acogido con los brazos abiertos. La culpa la tiene fundamentalmente The Lonely Boy, una irresistible pieza de rock n’ roll garagero que reúne todo lo bueno del dúo de Ohio: pegada, inmeditadez y ritmo contagioso. Escucharla y que se le vayan a uno los pies resulta algo inevitable. Se trata e la apertura de El camino, el álbum que está llevando al éxito a The Black Keys, colocándolos en la vacante que quedó libre con la disolución de The White Stripes. Como ellos apuestas por los riffs infecciosos, los riegan con chorros de música negra, miran de cuando en cuando a Led Zeppelin, le pasan la lija del garage sesentero y le dan un empaque totalmente contemporáneo. Hit tras hit, cuando llega el final del disco el oyente solo deseará una cosa: !Más!. (8/10)

El brillo eterno de una estrella

Martes, diciembre 6th, 2011

La muerte temprana de un artista cambia radicalmente la perspectiva que se tiene de él al escucharlo. Ponerse ante la gran lectura que Amy Winehouse hace del Our Day Will Come, que en los primeros sesenta popularizaron Ruby and The Romantics, lo deja bien claro. No solo porque canta sobre un futuro que jamás existirá ya, sino porque el dulce toque jamaicano con el que la afronta deja en primer plano su voz y convierte el tema en pura miel. Imaginársela en una suerte de nebulosa irradiando luz como la estrella que fue resulta inevitable. Estremecerse, también. Y es solo el principio del disco.

Sí, el mundo pop todavía sigue alterado por la desaparición de Amy. Por ello esta recopilación de retales englobada bajo el título Lioness: Hidden Treasures -compuesta de canciones raras e inéditas que van desde el 2002 hasta el 2011-, pone las emociones a flor de piel. Tanto por sus buenos momentos que contiene, como por los no tan buenos. En todos planea la sensación de la pérdida de alguien cercano: esa amiga alocada que terminó cayendo de la cuerda floja por la que caminaba a diario, pero que aún sigue sonriendo desde algún lado, desprendiendo ese carisma que la hizo especial.

Entre lo excelso, resulta obligada la mención a Between The Cheats, una preciosa balada de aires doo wop pensada para el que iba ser su tercer álbum y que embarca al oyente en una ensoñadora atmósfera retro. También la versión desnuda de Tears Dry (toma original de Tears Dry On Their Own, exenta de los samplers con la que se editó en Back To Black) o su apoteósico dueto con Tony Bennett en el estándar jazz Body & Soul. Igualmente se debe aplaudir a la trepidante cópula de personalidades y estilos con el rapero Nas en Like Smoke o la cruda versión de Valerie, un clásico de los Zutons repescado sin aditivos ni colorantes.

No alcanza el mismo nivel, sin embargo, su interpretación del Will You Still Love Me Tomorrow? de The Shirelles, a trompicones, evitando la seda del original y optando por una atmósfera monumental imposible. Tampoco, el clásico de la bossa-nova The Girl From Ipanema, correcta, pero muy lejos del carisma que le imprimió Astrud Gilberto en su día y con una exhibición vocal final innecesaria.

Son los puntos más flojos de un buen álbum que tiene todos los visos de convertirse en uno de los fijos en las quinielas de regalos de la inminente Navidad. Unas fechas en las que su estrella, como se puede ver, seguirá brillando con gran intensidad.

Coldplay chocan contra las expectativas

Viernes, octubre 28th, 2011

Está claro que a Coldplay le sientan mal las expectativas creadas. Sus canciones, a veces, los colocan como aspirantes a ese título de Gran Banda del Momento. Pero llegados ahí, parece que les pueda la presión. Incapaces de firmar su álbum definitivo, terminan instalándose en una suerte de duermevela creativa en la que la inspiración se sustituye por el piloto automático sin solución. Y los anhelos de los esperanzados mutan en una frustración total.

Ya les sucedió en el apagado X&Y (2005), tras haber dejado boquiabierto al planeta con aquellas incuestionables In My Place o Clocks de su disco precedente, A Rush of Blood to the Head (2003). Y les ha vuelto a pasar ahora, una vez que el notable Viva La Vida or Death and All His friends (2008) miraba a esa zona noble del rock en la que las bandas se convierten en faros que iluminan un momento. Efectivamente, Mylo Xyloto deja el regusto de lo que pudo haber sido y no fue. Se trata de la misma insatisfacción que produce ver a una persona querida tras un tiempo sin verla y comprobar que ha perdido aquella chispa que la hacía especial.

Relegado Brian Eno a un segundo plano (a hacer “enoxificación” tal y como reza la nota promocional), los mandos los toman unos Markuzs Dravs, Daniel Green y Rick Simpson que pretenden dotar de un barniz sintético al sonido de siempre. La banda aporta ahí, como principal novedad, algún coqueteo con la discoteca y el acabado brillante. En ese sentido se podría tomar Mylo Wyloto como su particular Pop (U2): un abrazo al hedonismo de la bola de espejos (en Princess Of China canta la súper estrella del r&b Rihana) sin dejar de tener los pies en la épica de medio tiempo que los hizo célebres. La idea en sí no está mal. El problema es que, trasladada al disco, no llega a cuajar.

Un disco de Coldplay sin himnos es como un árbol de Navidad sin bolas. Y Mylo Wyloto posee más bien pocos. Si acaso el discutido Everything Teardrop Is A Waterfall servirá para ondear la bandera de la euforia y poco más. En el resto del álbum predomina el perfil medio (ese Paradise que no logra despegar), el deja vu (Charlie Brown, descendiente directa de Viva la vida) y la levadura para estadios (Don´t Let It Break Your Heart). También hay baladas acústicas marca de la casa que no llegan a generar emoción, constantes homenajes a las atmósferas guitarreras de U2 y pequeñas cortinas ambientales que difícilmente serán recordadas en el futuro. A ver si ahora, de nuevo en la liga de las bandas normales, cogen impulso y nos sorprenden a todos con su sexto disco. Todo ello, siempre y cuando, los rumores de separación que flotaron en los meses previos a la edición del álbum no lleguen a materializarse.

Lo nuevo de Björk, Wilco y Kasabian

Sábado, octubre 15th, 2011

Minicríticas de tres discos alumbrados en los últimos días:

BJÖRK | «BIOPHILIA» (Universal) Ensimismada en su universo particular, Björk se ha propuesto crear el punto de encuentro entre la naturaleza, la música y la tecnología, grabando el que pueda que sea su álbum más difícil. El lado pop se encuentra en Crystalline, el single de adelanto. Se inspira, al parecer, en la estructura atómica de un cristal. Ahí inserta a unos amantes («Igualamos el flujo con nuestros corazones / besamos nuestros cuarzos para alcanzar el amor») y con un desarrollo circular, obsesivo y caleidoscópico contagia el nerviosismo al oyente hasta explotar totalmente. Esa, la idea de insertar los latidos del corazón dentro de los de la naturaleza, es la guía de un disco arisco a primera escucha, pero cautivador en el corto plazo. Ahí, dentro de sus ritmos quebrados, el minimalismo instrumental y las pinceladas electrónicas, abren las alas maravillas como Virus, que alude al amor que mata a las personas (células aquí) o Cosmogony, que lo relaciona con las erupciones volcánicas. Calificación: 8/10

WILCO | «THE WHOLE LOVE» (DBPM-Pias) Fiesta en Wilcoland. Desde A Ghost Is Born (2004) la banda de Jeff Tweddy no volaba tan alto. The Whole Love no solo resulta un disco notable, sino que aporta la variedad suficiente como para remitir a la todos los hitos de su discografía generando una placentera sensación de reencuentro. Así, Art Of Almost evoca su lado más experimental de Yankee Hotel Foxtrot; I Might y Standin O trasladan al brío power-pop de Summerteeth; y piezas como Opend Mind y Rising Red Lung reconcilian a los seguidores de su nunca bien ponderada faceta acústica. Si todo ello se concluye con broche tan bonito como One Sunday Morning (doce minutos de delicadeza y masaje auricular) pocos peros se pueden poner a esta nueva entrega de uno de los grupos fetiche de la década pasada. Por lo que se ve, también lo será en la presente. (7/10)

KASABIAN | «VELOCIRAPTOR!» (Columbia) Las canciones de Kasabian están llenas de falsas promesas. Poseen brillo y referencias familiares, algo que ayuda a que entren con gran facilidad. Pero, en cuanto la rueda empieza a girar, difícilmente se puede encontrar en ellas algo que no las haga olvidables. En este caso asistimos a un batiburrillo de vocales estiradas a la Gallagher, melodías de querencia sixtie pasadas por el filtro brit-pop, ritmos pretendidamente bailables, fugaces viajes en busca de la inspiración oriental y coqueteos con los sintetizadores analógicos. Pero, aunque en algún caso agraden de entrada, a los pocos segundos se desinflan al llegar a estribillos totalmente ramplones o tropiezan con su incapacidad de mantener el nervio. Toda una oda al vacío en el cuarto trabajo de un grupo cuyo éxito continúa siendo para algunos un absoluto misterio. (2/10)

Mucho oficio pero poca alma en el nuevo álbum de Lenny Kravitz

Sábado, octubre 8th, 2011

(Dos cosas al margen: 1) Paul Di’Anno, el cantante original de Iron maiden, actuará en A Coruña y 2) ¿Quieres “meterte” en la portada del “Nevermind” de Nirvana?)

Lenny Kravitz nunca fue un músico sobresaliente. Se quiso vender, en los primeros noventa, como el relevo de Prince como gran embajador de la música negra, pero su privilegiada posición en la lista de ventas jamás encontró un lugar paralelo en la escala artística. Vale que sus tres primeros álbumes aguantan todavía una escucha libre de prejuicios. Y no cabe duda que el punch de singles como Mr. Cab Driver, Allways On the Run o Are You Gonna Go My Way aún incitan a empuñar la guitarra imaginaria si surgen en un pub. Pero si, ya entonces, costaba encontrar muestras de genialidad verdadera en su trabajo, la evolución posterior no hizo más que confirmar que se trataba de un artista que rara vez traspasaba la línea de la corrección.

Black & White America, su noveno álbum, reafirma esa impresión. Más setentero que sesentero, el disco deambula entre el rock de riffs marcados y los cortes de formas barrocas y pretensiones envolventes. En lo primero, Come On Get It advierte pronto el cansancio: suena a híbrido de Allways On the Run y Are You Gonna Go My Way resuelto con mucho oficio pero poca alma. Rock Star City Life, In the Black o Everything tampoco logran libertarse del plomo y volar. En el segundo grupo, existe algo más de variedad. Desde una aceptable apelación a Isaac Hayes en la titular Black America al notable soul de terciopelo y falsete de Liquid Jesus, pasando por el cansino funk de trazo grueso en Superlove. Y, para que no se le tache de retro, ahí está un (olvidable) dueto con la estrella del rap Jay-Z en Boogie Drop.

Todo ello reafirma la imagen que muchos tienen de Kravitz: un estudioso de la música negra, que edita álbumes formalmente aceptables, pero de escasa sustancia. Como las baguettes precocidas que se hornean en los supermercados, saben como el pan, pero, mmm, ¿alguien es capaz de deleita en su sabor? Pues morder en este Black & White America genera la misma insípida esa sensación.

Imagen de previsualización de YouTube“Liquid Jesus”, uno de los mejores cortes del disco

Beyoncé buscando su madurez

Viernes, julio 29th, 2011

Puede que Beyoncé edite un disco excelente algún día. Nos referimos a un elepé compacto, donde todos los temas funcionen y respondan a una arquitectura con sentido. Es decir, que no sean el simple acompañamiento de un single deslumbrante tipo Crazy in Love o Single Ladies. Todavía falta, pero lo más cerca que ha llegado a ese punto se encuentra en 4, su último trabajo. No incluye ningún rompepistas claro y arrollador, pero sí la que probablemente sea su mejor colección de canciones hasta la fecha. Falsamente suave y aterciopelado, se ha vendido como el disco de baladas de Beyoncé. También como el paso de madurez y de reafirmación de una artista que, a estas alturas, se puede permitir avanzar obviando las listas de ventas.

Por partes. Es cierto que el amor muestra sus múltiples caras en baladas de todo tipo y condición a lo largo del disco. Que este empieza con una bonita 1+1 , derivativa del Purple Rain de Prince; que apela al do de pecho y alma en piezas como Best Thing I Never Had o I Was Here, algo insulsas y perfectas aspirantes a clímax musical de una película romántica; que arrulla en las sensuales ondas de I Miss You; y que busca el estremecimiento soulero en I Care. Totalmente cierto, pero no menos que que en 4 existe más que eso, mucho más.

Solo hay que avanzar hasta la segunda mitad del álbum. Ahí nos encontramos con las deliciosas reminiscencias ochenteras de Love On The Top. También con la rítmica acelerada Countdown, recordatoria de Single Ladies y guiada por un sampler de trompeta que alberga versos como «Matándome suavemente, todavía estoy cayendo/Todavía eres lo único que necesito, solo quiero estar contigo». Y, por supuesto, con esa End Of Time, vitalista y de querencia africana.

Todo para llegar al gran tema del disco. Run The World, situado al final, semeja inspirarse directamente en el primer álbum de M.I.A. Muestra a una Beyoncé pletórica y pirotécnica, entregada a la rítmica del funk carioca, alternándolo con seda pop, y dejando un hit maravilloso pero imposible. Se trata del particular «porque yo lo valgo» de una artista que, en su contraportada, parece mandar un mensaje: una fotografía de espaldas luciendo su ya célebre trasero. Y no, no faltará quien diga que hay Photoshop.

Imagen de previsualización de YouTubeBeyoncé interpretando “Run The World” en el festival de Glastombury

The Strokes “Angles” (Sony, 2011)

Martes, abril 5th, 2011

El mundo del pop se mueve por estímulos. Uno de los más arrebatadores se produce cuando una banda sale a escena y el espectador dice para sus adentros: «Voy a seguirlos allá donde vayan y los defenderé a muerte». Los Strokes del 2001 eran así. Como los Stone Roses del 89 o los Oasis del 94 atesoraban el cóctel perfecto de canciones, sonido, imagen y actitud. Unas adoraban a Casablancas, Moretti, Valensi y Fraiture. Otros deseaban ser o, al menos parecer, tan cool como ellos. Y todos, sintiéndose jubilosamente jóvenes, vibraban con temas como Last Night. El que brotasen detractores acusándolos de ser un refrito ponía la guinda: obligaba a la militancia.

Diez años después quedan apenas reliquias de aquello. El cuarto álbum de la banda no solo es flojo, errático y prescindible, sino que invita a pensar, esta vez sí, que quizá ya nunca más volverán a ofrecer un buen disco como el de su debut o el estupendo Room On Fire. Desde luego, los cinco años transcurridos desde First Impresions Of Earth, su predecesor, no sirvieron para enderezar un rumbo perdido desde entonces. Igual que en aquel, The Strokes dan tumbos de un lado a otro buscando su propio sonido sin llegar a ningún lado.

Existen algunos momentos salvables: el arranque semi reggae de Machu Pichu, el single Under The Cover Of Darkness que cruza la Tamla Motown con el post-punk o Taken For A Fool, esa pieza elástica y recordatoria de sus dos primeros álbumes. Sin llegar a nada memorable, se dejan escuchar. Todo lo contrario que piezas Call me Back, Life Is Simple In The Moonlight o Games, tediosas demostraciones de que la efervescencia y el descaro de This Is It forma parte de un pasado muy lejano.

El estimulo ahora indica retirada. ¿Algo por ahí para compensar? Prueben con los británicos The Vaccines. En su estupendo debut florece mucha de la frescura que The Strokes perdieron por el camino.
http://www.dailymotion.com/videoxhe32yPresentación en televisión de “Under The Cover Of Darkness”, de lo más salvable del disco

Radiohead “The King Of Limbs” (2011)

Viernes, marzo 18th, 2011

Radiohead llevan tiempo poniendo demasiados árboles delante del bosque. Su interesado jugueteo con la industria (ahora saco el disco a la voluntad por Internet, ahora cobro un fijo, ahora lo lanzo en una edición física deluxe…y con todo logro publicidad gratuita) lleva consigo una consecuencia fatal: que lo importante, su música, pase a un plano secundario en medio de tanto titular. Se supone que los de Oxford la hacen buena, arriesgada y de calidad, pero hoy en día semeja más importante qué nuevo regate le van a dar al mundo de la edición musical, que saber si su nueva colección de canciones puede mirar a la cara sin ruborizarse a Ok Computer o Kid A

Para quienes esto interese cabe decir que no, que The King Of Limbs no alcanza ese grado de excelencia de sus dos grandes obras maestras. Más bien se sitúa unos grados por debajo de la (notable) línea de In Rainbows, su predecesor, y ofrece una nueva ración de esa mezcolanza de electrónica warpiana, devaneos jazzies, momentos atmosféricos y falsetes eternos marca de la casa. Como ganchos pop ejercen Lotus Flower -el particular Idioteque de este disco- y Little By Little. La primera, un acierto que en manos de un buen remezclador podría convertirse en un hit de discoteca. La segunda, de aires arábicos se pierde, sin embargo, en una indefinición que no llega a ningún lado. 

Es quizá junto al instrumental Feral el único pero de un disco que, aunque arranca atractivo con la rítmica quebrada de Bloom, alcanza sus vueltos más altos en su segunda parte. Con la citada Lotus Flower ejerciendo de antesala, Codex y Give Up The Ghost, rebajan el crepitar electrónico e invitan al oyente a penetrar en el mundo narcótico e irreal de Radiohead, ese que se aparta de todo y que con pulso parsimonioso deja que la voz de Thom Yorke se deslice por la fibra sensible del oyente.

Todo antes de ponerle el cierre con Separator, con un ligero aroma a los U2 de los primeros noventa, cuando Bono y sus chicos eran exactamente lo que Radiohead son hoy en dia: una de las mejores y más relevantes bandas de rock del planeta. Quedarse en la anécdota de cómo lanzan sus trabajos sería todo un despropósito.

PJ Harvey “Let England Shake” (Island, 2011)

Jueves, marzo 10th, 2011

PJ Harvey ha abierto un paréntesis. Con Let England Shake deja apartada la exploración interior para intentar radiografiar el estado de su nación, Inglaterra, y la causas de su espíritu guerrero. Ahora Polly nos lleva a una primera persona colectiva que traza, canción a canción, un recorrido que va desde la batalla de Galípoli de 1915 a la actual intervención en Afganistán de las tropas de su país. Para ello, la artista ha optado por un sonido con intenciones de atemporalidad. Grabado en una iglesia del siglo XIX de Dorset, su pueblo, con el círculo de músicos de su confianza (Mick Harvey, John Parish) y su productor estrella (Flood), el nuevo trabajo de PJ Harvey recoge el testigo donde lo dejó White Chalk (2007). Y lo abre en una fascinante amalgama de formas y estilos.

Aún estando lejos del corte unitario de su predecesor, sí que se perciben las mismas desviaciones de folk fantasmal en cortes como Hanging In The Wire. También las atmósferas vaporosas, que parecen musicar el sonido mismo del humo saliendo del hielo y miran de reojo al ambient-pop de los ochenta. Ahí está la influencia de Cocteau Twins en piezas como la titular Let England Shake, Written On The Forehead o The Words That Maketh. Y, cómo no, también hay recordatorios a su sonido de siempre, bien en su vertiente de rock al ralentí (The Last Living Rose ) o de folk desgarrado ( England ). Todo para dar forma a otro álbum excelente que revalida a PJ Harvey como una figura sin parangón en la actualidad.

Siempre necesaria, Polly ofrece una nueva lección maestra. Desde ya, este es uno de los grandes discos del 2011.
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Los Planetas “Una ópera egipcia” (Sony-BMG, 2010)

Martes, abril 13th, 2010

opera-egipcia Hay mucho de experimento lúdico en la nueva etapa de Los Planetas. Desde La leyenda del espacio, semeja que J y su troupe se dedican a ensamblar diferentes géneros en la búsqueda de colosales edificios sonoros. Sí, su universo se revela como un inmenso juego de construcción y en ese Lego particular están clarísimos los colores de cada pieza. También se sabe perfectamente que estas proceden de diferentes compartimentos. Así, un tramo de kraut-rock a la Neu! se conecta con el espíritu de Manolo Caracol, un tango termina haciendo clic con una ficha de surf o el tecno-pop a lo Magnetic Fields acaba por encontrar acomodo con una sevillana interpretada por La Bien Querida. Se trata respectivamente de Romance de Juan de Osuna, La llave del oro o La veleta.

Ambos son temas incluidos en su nuevo álbum, Una ópera egipcia. Las piezas que los componen, lo dicho, no ocultan su origen variado. Pero esa dispersión, sin embargo, cuaja a la perfección. Por seguir con la metáfora: una vez ensambladas las piezas del Lego planetario el muro muestra una solidez total. En su acabado final nada chirría, nada parece forzado, no ha lugar a la sospecha de fusión pachuli. Eso tratándose de un discurso que enlaza un lenguaje relativamente moderno como el del indie-rock y otro ancestral como el flamenco, tiene un mérito inmenso. Pero más mérito aún tiene otro aspecto: que sigan emocionando como en los tiempos del Super 8.

Mucho más luminoso y rock que su predecesor, Una ópera egipcia —título que alude a la expresión que los gitanos emplean para referirse a las obras maestras que dejan a uno sin palabras— revalida al grupo en esta segunda etapa de exploradores sónicos en su tradición. Si acaso, poniéndonos muy exigentes, cabría reprochar que algunos cortes de su lado más pop, como la colombina de Soy un pobre granadino o Una corona de estrellas, no llegan a impactar como las grandes dianas de Pesadilla en el parque de atracciones o Nuevas sensaciones a las que parecen continuar. Y punto. Porque el resto es, desde ya, un firme candidato a mejor disco nacional del año.

Aparte de las citadas Romance de Juan de Osuna, La llave de oro o La veleta, merece una mención el fandango de Atravesando los montes, que tiene un pie aún en Una semana en el motor de un autobús. Pero, de manera especial, destaca la soberbia una tripleta final que enlaza directamente con su predecesor. Primero, con la efervescencia lírica de Virgen de la soledad, luego con la desgarrada La pastora divina llevada al infinito por Enrique Morente y, finalmente, con la extensísima Los Poetas, toda una invocación a los Spacemen 3 que miraban a Kraftwerk desde la nueva óptica del grupo.

Cuando termina el álbum, la plenitud es total. Puede que haya quien eche en falta aquellos himnos juveniles de antaño, pero quizá ya vaya siendo hora de pasar página o, en su defecto, decantarse por otro tipo de bandas. Aquí todo eso se terminó hace ya años. Por contra, la madurez planetaria supone uno de los capítulos más fascinantes y valientes del rock nacional actual. Toda una reinvención confirmada en este segundo paso, que da a entender que aquí reside un filón para seguir explorando disco a disco.

Entrevista a J realizada en octubre del 2009 aquí

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