La Voz de Galicia lavozdegalicia.es - blogs | Inmobiliaria | Empleo | Mercadillo

Entradas para la categoría ‘Discos (archivo)’

Xoel López se redescubre en vinilo

Martes, Enero 21st, 2014

Hoy sale a la venta la versión en vinilo de “Atlántico”, el disco que Xoel López editó en el 2012. Fue el primer álbum a su nombre y, lejos del pastiche de estilos que pueden sugerir las críticas, se mostró como un trabajo mestizo y fascinante, que recogió toda la aventura americana de su autor con inusitado acierto. Esta revisión sirve de excusa para recordar un disco francamente delicioso.

Hay escapadas que esconden bendiciones para un hombre y un creador. La que hizo Xoel López en el 2009 con rumbo incierto a Sudamérica, se reveló como tal. Vagando aquí y allá, la persona descubrió otra forma de ver la vida -pausada, anónima, siempre cambiante- y el artista se empapó de mil y una músicas -milonga, cumbia, bossanova- que poco o nada tenían que ver con el molde anglosajón por el que se había movido hasta entonces. Todo caló. Nada volvió a ser lo mismo. El músico se había criollizado definitivamente. Y, tres años después, legaría la confirmación. Atlántico(2012) se mostraba como una suerte álbum de fotos musical de ese periodo y una obra que cristalizó todo ese batiburrillo de sensaciones de una manera formidable. Sí, porque ese disco funde sentimiento y forma, pulsión y definición, como pocas veces ocurre.

Así lo dejaba entrever en el 2012 y así lo confirma, dos años después, en su merecido paso al formato noble del disco de vinilo. No hay extras. Tampoco libreto que glose su gestación. Quedan para el décimo aniversario. O el vigésimo. Lo habrá. Seguramente se valore más entonces que ahora. Porque este trabajo ha crecido -mucho, muchísimo- con el tiempo. Todo apunta a que crecerá todavía más. Derribando los prejuicios de los fans que le dieron la espalda por el giro estilístico. Sumando nuevos seguidores que jamás habían encontrado nada en el Xoel de otros proyectos. Aumentando la devoción de quienes sintieron el clic de magia original. Ahora todos pueden repetir e incrementarlo todo dejando caer la aguja en el surco del elepé.

Quien decida hacerlo se encontrará, de primeras, con Hombre de ninguna parte. Necesita solo 30 segundos, justo cuando surge ese verso de “la luna tiene un rostro diferente a este lado del mundo”, para atrapar. El vaivén de bossanova que mece la canción, poco a poco, va sumando capas y más capas. Contagia la fascinación del autor por su nuevo mundo lleno de estímulos y belleza virgen. Nada hay aquí de esa tristeza oscura de Deluxe. Tampoco aquellas letras que no terminaban de cuajar. Todo lo contrario. El lápiz de Xoel traza con precisión una poesía visual que se dibuja en la mente del oyente como realismo mágico (“sombras, el pasado se viste de sábana blanca / rayos, esparcen su polvo plateado sobre mi cabeza”). Cuando entran las cuerdas, los coros enredadores y las trompetas mariachis, la pieza despega y se eleva en una suerte de borrachera de puro bienestar. Felicidad. Si en ese momento le ofrecen al oyente coger un vuelo y cruzar el Atlántico lo haría sin rechistar.

Esa canción inaugural supuso, en su momento, el adelanto de un disco extrañamente plural dentro de su carácter unitario. Las sensaciones de esos años de vida nómada entre Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Venezuela o EE.UU son el hilo conductor. También el tono mayoritariamente electroacústico, el acento en unas percusiones riquísimas que se descubren en cada nueva escucha y, también, el constante recurso a unas segundas y terceras voces de un color inédito en un disco europeo. El resto, no es más que un suceder de tema en tema, de forma en forma y de sorpresa en sorpresa. Cuando se espera otro tema luminoso, llega la oscuridad. Cuando se aguarda por una miniatura folk, surge la psicodelia. Cuando se pide más acento americano, aparecen los ecos de A Coruña entre sus versos. Y, como en los grandes álbumes-puzzle, al final el artista demuestra que ha sido mucho mejor el camino propuesto por él que el que aguardaba el oyente.

Hay varias cimas en el disco. Pero una resulta clave. La canción que seguramente pasará a la historia es Tierra, una preciosa balada folkie a lo Simon & Gartfunkel con ribetes psicodélicos finales. Como si el artista hubiese interiorizado la pausa musical y la suavidad total de la bosanova sin tener que apelar a su molde, logra una pieza perfecta, sin aristas, ma-ra-vi-llo-sa. De nuevo, emerge la sensación de embriagarse con el momento (“no me da la gana de pensar que nada es para siempre / si esta canción se acaba, que acabe el mundo para todos”) y unas imágenes (“yo soñaba cada día poder alcanzar la playa”) que trasladan inevitablemente a aquella preciosa escena final de Los 400 golpes de Truffaut. Cuando se estrenó ese delicioso videoclip a lo Forest Gump, todo parecía indicar en un viaje a la inversa de aquella. No se debe olvidar las maravillosas y mareantes espirales que colorean la canción a su término. Algo así como las que emplea Damien Jurado. Es decir, de fábula.

También resulta particularmente bonita Por el viejo barrio, con deje de milonga, acertada estructura circular y una guitarra breve pero decidida marcándole el pulso. O esa evocación del idealismo de la infancia de un De piedra y arena mojada (¿no está pensando en el colegio Eusebio da Guarda con ese cuadro de “poemas indescifrables / monotonía tras los cristales”?) que se rinde ante el fraseo de Dylan y lo latiniza de un modo excepcional. Y, cómo no, La boca del volcán, deliciosa miniatura folkie sobre la necesidad de creer y las diferentes formas de hacerlo. Son las compañeras de reparto del luminoso estallido pop de un Descafeinado amor que se mueve con habilidad por las deslumbrantes metáforas del “esplendor dorado” y los coros pizpiretos que piden protagonismo; la rumbera con arrebatos de piano de Caballero; y la final El asaltante de estaciones, una orgía de psicodelia y tropicalismo a lomos de un riff hurtado a The Who.

Quedan Buenos Aires y Postal de Nueva York, quizá las más flojas, pero imprescindibles dentro del concepto que Atlántico pretende ser. La primera, con nada disimulado aire a Piano Man y alguna que otra línea atropellada, supone una declaración de amor a la capital argentina y una reafirmación de la apuesta que en su día llevó a cruzar el Atlántico a Xoel. La otra, una estampa melancólica de una tarde con el pintor coruñés Jorge Cabezas al lado el puente de Brooklyn. No llegan al nivel general del resto del disco que rellenan, sin duda, unos huecos que no podían quedar vacíos. Dicho de otro modo: mejor así, pese a la pendiente, que sin ellas.

Se dice que la vida de un disco hoy en día es corta. Es cierto. Dos meses, tres,… seis a lo sumo. Pensar en enero del 2014 un trabajo editado en el 2013 obliga a viajar en el tiempo como quien cambia de siglo. Muchas joyas se quedan en el camino, apenas mostrando una pequeña parte de su brillo. Son esos trabajos que nunca se acaban de escuchar del todo, porque cada escucha revela algo que justifica seguir con el oído pegado al altavoz. Más allá de su valentía o audacia, que la tiene, Atlántico pertenece a ese elenco de obras inagotables. Dos años después continúa diciendo cosas que resultan un poco diferentes a las que decía hace tres meses o hace un año. Por ello, el volcado al acetato no deja de ser una mera excusa para lo importante: (re)descubrirlo. Escoja usted si borra o no el paréntesis, según caso, y disfrútelo.

Guns n’ Roses “Appetite for Destruction” (Geffen, 1987)

Lunes, Junio 9th, 2008

,appetite_cover.jpg

Este es EL DISCO. Sí, señores, ni Loveless, ni Stone Roses, ni Doolittle, ni Nevermind ni leches. Antes de siquiera saber qué era eso del indie, si existe un elepé que puso realmente patas arriba a toda una generación en tiempo real, justo cuando ésta empezaba a tomar uso de razón musical, fue el extraordinario Appetite for Destruction de Guns n´Roses . Si me apuran, me atrevería a decir que sólo el The Joshua Tree de U2 y, poco después, el And Justice For All de Metallica pudieron superarlo como punto de encuentro entre todos los adolescentes de la época que escuchaban música “de verdad”.

No era para menos, los Guns n´Roses de aquel entonces eran un cocktail verdaderamente explosivo. Por un lado, poseían una actitud pasada de vueltas ideal para las hormonas afiladas y una imagen que ya forma parte de la iconografía del rock (las calaveras, las rosas, las pistolas, el Jack Daniels, etc…). Por otro, eran una banda súper competente, tanto a nivel de compositores como en directo, siempre comandada por un carismático guitarrista y un cantante suicida que parecía la representación humada del electroshock. Todo ello envuelvo en un sonido muy especial que mezclaba a partes iguales, whisky, heroína y anfetamina (pongamos a los Rolling Stones, Aerosmith y los Sex Pistols en la batidora) que cobijaron, al menos, tres de esas canciones que merecen estar en cualquier lista de momentos míticos de la historia del rock: Paradise City, Welcome to the Jungle y, cómo no, Sweet Child O ´Mine.

Lo cierto es que Axl Rose, el ínclito cantante de la banda, no era sino uno de tantos individuos marginales que encontró en el rock el megáfono para dar rienda suelta a su conflictiva personalidad. La diferencia es que, por muy extraño que parezca, en aquel excéntrico front-man (cruce imposible entre la barbie rockera y un nazi desquiciado proclive al alarido andrógino), poseía un talento que sólo podría haber salido a flote de esa manera. En sus cuerdas vocales resonaba de continuo el mismo sonido: el del sexo que estalla con la chillona violencia de un gato en celo. Y lo hizo dentro de triángulo de glam, hard-rock y punk bañado por el sol californiano que se adueñó de Los Ángeles en la segunda mitad de los ochenta.

Pero que nadie se engañe, pese a las críticas que recibió la banda por una buena parte de la prensa especializada (se les acusaba de ser una versión retrógrada y olvidable de los grandes del rock setentero), no fueron un producto de temporada ni mucho menos. Una escucha de Appetite for Destruction dos décadas después revela las excelencias de su momento, elevadas ya a la categoría de clásico, y hace pensar en un más que probable revival de todo ello en unos años. Tiempo al tiempo

Teenage Fanclub “Grand Prix” (Sony, 1995)

Viernes, Mayo 9th, 2008

f77112pph7b.jpg

Existen discos que parece que están ahí para ser adorados, sin más consideración. Elepés completamente fuera de tiempo que no necesitan impresionar a nadie, que solo es cuestión de dejarlos sonar para que el flechazo sea instantáneo. Son álbumes que solo se pueden rechazar con la razón y la represión dogmática (ya se sabe: que si son retro, que si no innovan, que si los Byrds lo hicieron antes mejor…), pero desde luego no con el corazón.

Grand Prix, el cuarto álbum de los escoceses Teenage Fanclub, es de esa clase de discos. La sensación que produce su escucha es similar a la de estar desbordadamente enamorado y no saber muy bien qué hacer: si besarla, si achucharla, si cogerla de la mano, si…!buff! En efecto, nos referimos a ese estallido de emoción interna con el que no se puede parar de emitir suspiros, hacer gestos de “pero ¿cómo puedo decir lo que siento?”, de dibujar una sonrisa y no dejar de pensar que eres una persona extremadamente afortunada.

¿Cómo lograron todo eso? Con maestría, oficio y ese algo inexplicable que hace que surja inmediatamente el amor. La manida expresión “artesanía pop” se creó para discos como éste, con tal grado de perfección, donde todo está en su sitio y donde no sobra ni un solo segundo. Como si de una clase magistral de pop clásico se tratara, desde About You a Hardcore Ballad el festival de estribillos y melodías es de órdago. Norman Blake, Raymond McGinley y Gerard Love se introducen aquí en las esencias de The Byrds, Beatles y Big Star y extraen una magia que trasciende a cualquier ejercicio de estilo en el que se les quiera incluir. Como ocurría con Suede y el glam o los Black Crowes y el rock sureño, en la era mágica del pop ellos también hubieran destacado.

Lo que resulta difícil es destacar alguna canción, solo quizá diferenciar entre las que proporcionan suaves dosis de placer (About you, Sparkys Dream, Discolite…) y las que directamente te ponen a sus pies con toda esa emoción descrita antes en el pecho. En ese compartimientio descansan Don´t Look Back, haciendo equilibrios malabares en el legado de los Byrds y dosificando los tempos hasta llegar a un final apoteósico, Neil Jung tirando de la sombra Zuma de Young y esa deliciosa maravilla de ternura pop que es Going Places.