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Entradas para la categoría ‘Discos (archivo)’

Guns n’ Roses “Appetite for Destruction” (Geffen, 1987)

Lunes, junio 9th, 2008

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Este es EL DISCO. Sí, señores, ni Loveless, ni Stone Roses, ni Doolittle, ni Nevermind ni leches. Antes de siquiera saber qué era eso del indie, si existe un elepé que puso realmente patas arriba a toda una generación en tiempo real, justo cuando ésta empezaba a tomar uso de razón musical, fue el extraordinario Appetite for Destruction de Guns n´Roses . Si me apuran, me atrevería a decir que sólo el The Joshua Tree de U2 y, poco después, el And Justice For All de Metallica pudieron superarlo como punto de encuentro entre todos los adolescentes de la época que escuchaban música “de verdad”.

No era para menos, los Guns n´Roses de aquel entonces eran un cocktail verdaderamente explosivo. Por un lado, poseían una actitud pasada de vueltas ideal para las hormonas afiladas y una imagen que ya forma parte de la iconografía del rock (las calaveras, las rosas, las pistolas, el Jack Daniels, etc…). Por otro, eran una banda súper competente, tanto a nivel de compositores como en directo, siempre comandada por un carismático guitarrista y un cantante suicida que parecía la representación humada del electroshock. Todo ello envuelvo en un sonido muy especial que mezclaba a partes iguales, whisky, heroína y anfetamina (pongamos a los Rolling Stones, Aerosmith y los Sex Pistols en la batidora) que cobijaron, al menos, tres de esas canciones que merecen estar en cualquier lista de momentos míticos de la historia del rock: Paradise City, Welcome to the Jungle y, cómo no, Sweet Child O ´Mine.

Lo cierto es que Axl Rose, el ínclito cantante de la banda, no era sino uno de tantos individuos marginales que encontró en el rock el megáfono para dar rienda suelta a su conflictiva personalidad. La diferencia es que, por muy extraño que parezca, en aquel excéntrico front-man (cruce imposible entre la barbie rockera y un nazi desquiciado proclive al alarido andrógino), poseía un talento que sólo podría haber salido a flote de esa manera. En sus cuerdas vocales resonaba de continuo el mismo sonido: el del sexo que estalla con la chillona violencia de un gato en celo. Y lo hizo dentro de triángulo de glam, hard-rock y punk bañado por el sol californiano que se adueñó de Los Ángeles en la segunda mitad de los ochenta.

Pero que nadie se engañe, pese a las críticas que recibió la banda por una buena parte de la prensa especializada (se les acusaba de ser una versión retrógrada y olvidable de los grandes del rock setentero), no fueron un producto de temporada ni mucho menos. Una escucha de Appetite for Destruction dos décadas después revela las excelencias de su momento, elevadas ya a la categoría de clásico, y hace pensar en un más que probable revival de todo ello en unos años. Tiempo al tiempo

Teenage Fanclub “Grand Prix” (Sony, 1995)

Viernes, mayo 9th, 2008

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Existen discos que parece que están ahí para ser adorados, sin más consideración. Elepés completamente fuera de tiempo que no necesitan impresionar a nadie, que solo es cuestión de dejarlos sonar para que el flechazo sea instantáneo. Son álbumes que solo se pueden rechazar con la razón y la represión dogmática (ya se sabe: que si son retro, que si no innovan, que si los Byrds lo hicieron antes mejor…), pero desde luego no con el corazón.

Grand Prix, el cuarto álbum de los escoceses Teenage Fanclub, es de esa clase de discos. La sensación que produce su escucha es similar a la de estar desbordadamente enamorado y no saber muy bien qué hacer: si besarla, si achucharla, si cogerla de la mano, si…!buff! En efecto, nos referimos a ese estallido de emoción interna con el que no se puede parar de emitir suspiros, hacer gestos de “pero ¿cómo puedo decir lo que siento?”, de dibujar una sonrisa y no dejar de pensar que eres una persona extremadamente afortunada.

¿Cómo lograron todo eso? Con maestría, oficio y ese algo inexplicable que hace que surja inmediatamente el amor. La manida expresión “artesanía pop” se creó para discos como éste, con tal grado de perfección, donde todo está en su sitio y donde no sobra ni un solo segundo. Como si de una clase magistral de pop clásico se tratara, desde About You a Hardcore Ballad el festival de estribillos y melodías es de órdago. Norman Blake, Raymond McGinley y Gerard Love se introducen aquí en las esencias de The Byrds, Beatles y Big Star y extraen una magia que trasciende a cualquier ejercicio de estilo en el que se les quiera incluir. Como ocurría con Suede y el glam o los Black Crowes y el rock sureño, en la era mágica del pop ellos también hubieran destacado.

Lo que resulta difícil es destacar alguna canción, solo quizá diferenciar entre las que proporcionan suaves dosis de placer (About you, Sparkys Dream, Discolite…) y las que directamente te ponen a sus pies con toda esa emoción descrita antes en el pecho. En ese compartimientio descansan Don´t Look Back, haciendo equilibrios malabares en el legado de los Byrds y dosificando los tempos hasta llegar a un final apoteósico, Neil Jung tirando de la sombra Zuma de Young y esa deliciosa maravilla de ternura pop que es Going Places.

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