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Archivo para Marzo, 2016

Pardo: «Quise dedicarme a otra cosa para vivir mejor, pero no he sido capaz de dejar la música»

Jueves, Marzo 31st, 2016

nestor buena
Mañana Pardo llegará a Los conciertos de Retroalimentación (Playa Club, 23 horas, entradas). Ya estuvo en el 2014 en solitario, precediendo a Wolrus. Entonces cantaba en inglés y llevaba una guitarra acústica. Ahora, como artista único del cartel, canta en castellano y actúa con banda. Es el Pardo que se puede escuchar en Siento no haber sido lo esperado, su último disco, una obra de rock con poso clásico y múltiples miras al blues, al jazz y al folk que debería tener un reconocimiento mucho mayor que el que ha tenido.

-Viéndolo, trasmite la idea de que ha nacido para ser músico. ¿Se ve así?

-Sí, más que verme así es que sé que valgo. Hay otras cosas que sé que no se me dan bien. Pero en esta que he trabajado tanto y tanto tiempo que no veo otra manera de vivir que no sea así. Lo he intentado, pero no he podido. Estoy demasiado hecho a la profesión [risas].

-¿Realmente ha intentado dejar de ser músico?

-Sí, varias veces. Quise dedicarme a otra cosa para vivir mejor, pero no he sido capaz de dejar la música. ¡Y mira que lo he hecho con ganas!

-Esto es como cuando uno está enamorado e intenta olvidar a la chica… para terminar merodeando por su casa a ver si se topa accidentalmente con ella.

-Sí, algo sí. Al final siempre vuelves [risas].

-¿Qué recuerdos tiene asociados a la música de pequeño?

-La música apareció de manera espontánea en mi vida. Compré una guitarra en un rastro que había en Cuatro Caminos. Costaría unas 3.000 pesetas. Es un gran recuerdo. Con esa guitarra empecé a tocar en casa. Al principio tocaba fatal y cantaba peor. Pero tenía ganas. Recuerdo que mi hermano quedaba con los amigos y les ponía lo que yo grababa para descojonarse [risas]. Luego, también tengo grandes recuerdos de mis primeros viajes tocando. Cuando fuimos a Amsterdam o Canarias a tocar. Era una época mejor. Pagaban bien: te ponían el billete y luego aún te dejaban estar unos días de vacaciones.

-¿Qué artista le fascinó hasta empujarle a ser músico?

-Varios. Ese tipo de cosas tienen que surgir en un estado determinado, que te pillen con las emociones acordes con su música. Me pasó con Bob Dylan. Fue en un viaje a Barcelona, justo cuando me había dejado mi chica. Yo era un chaval, de 19 años o así. Me compré un bootleg series de Dylan y lo escuché en el tren. Ahí empezó mi historia de amor con Dylan que terminó cuando lo fui a ver a Vigo, en el 2008. No me gustó nada lo que vi. Ahí se relajó mucho la cosa.

-Imagino que antes de Dylan hay otros iconos.

-Sí, claro. Uno de ellos es Big Bill Broonzy. Es un cantante de blues acústico de los años 30, que murió de cáncer de garganta. Grabó un montón de discos. Un tipo de esos que se sobrepuso a las adversidades: un analfabeto del sur de Estados Unidos que se fue a Europa y aprendió a leer y escribir. Luego me interesa mucho Nat King Cole trío. Eso me impactó mucho. Me pilló estudiando música y sus armonías y cambios de ritmo me alucinaron. Además, en esa época se grababa mucho y hay mucho material.

-Lo que me cita son artistas muy enraizados ne el folk y en blues. Eso se traslada a su música. Usted suena a clásico, no a algo moderno.

-Es inevitable. Me ocurre siempre. Tiro a lo de atrás. Ahora escucho mucho son cubano y música latina. Pero mi tendencia es tirar hacia atrás. Me gusta ver de dónde vienen las cosas. Luego, le intento dar un punto de vista actual.

-Seguramente por su estética se le asocie siempre al rockabilly. Luego, no ocupa ni un 10% de sus influencias. ¿No le choca?

-Sí, sin duda. Cuando era más joven tocaba ese estilo. Pero ahora no. La gente me sigue asociando a eso. Me gusta, pero no es mi gran influencia. Ahora mismo está muy poco presencia. Quizá hay alguna pincelada, pero no creo que a nadie que sea un fan del rockabilly le guste lo que hago yo.

-¿Qué le atrajo para ser un rocker de adolescente?

-Buff, no sé. Yo era un chaval. En esa edad, te apetece ser diferente, desmarcarte y no ser parte del gran grupo. Con los años ves, sin embargo, que aferrarse a unas ideas fijas es una tontería.

-¿La ortodoxia le duró poco?

-Claro. El que buscaba ser diferente de joven, cuando se crece quiere seguir siendo diferente no perteneciendo a un grupo que le implanta unos prejuicios y unos gustos. Los gustos tienen que ser particulares y de cada uno.

-Ahora se ha pasado al castellano. Los artistas con unas influencias anglosajonas tan fuertes como usted y que hacen el tránsito ven personalizado su sonido radicalmente. ¿Piensa que le ha pasado?

-Lo noté. Ahora ya me acostumbré. Las canciones las hago de la misma manera, pero el castellano me permite hablar con mucha más riqueza, no ser tan evidente. Canto de otra manera. Es muy diferente. La manera de vocalizar cambia y te obliga a cambiar. Si no sonaría a Bertín Osborne haciendo discos de crooner.

-En varios temas del disco se le nota más agresivo. ¿Es por el idioma?

-Sí, algunas son más viscerales y cañeras. Pero eso creo que que se debe a la electrificación de la banda. Me apetecía mucho, porque llevaba dos discos muy tranquilos y echaba de menos meterle un poco a de candela al asunto. Surgió de manera muy natural todo.

-Da la sensación de que el disco gravita en ocasiones sobre el piano, cuando antes era la guitarra acústica.

-Sí, le quería dar más protagonismo. No quería que el peso armónico de los temas lo llevase solo la guitarra. El piano la da más cuerpo. Estoy muy contento con el resultado.

-Volviendo al Dylan con el que «cortó» hace tiempo, lo cierto es que a veces esos pianos remiten a él.

-[risas] Sí, el también cambió de lo acústico a lo eléctrico. Pero bueno, aquí hacemos lo que podemos. Al tener la banda hay más recursos y más libertad.

-¿El título del disco, «Siento no haber sido lo esperado», es una declaración de principios o un mensaje dirigido a alguien?

-Es una declaración de principios. Siempre me ha pasado. La gente, aunque sea de manera optimista y para ayudarte, intenta marcarte un camino que ellos consideran que es el correcto y el que tienes que hacer para tener una vida estable y feliz. Yo creo que cada uno tienen que ver por sí mismo cuál es ese camino. Está bien la ayuda, pero tampoco hay que dejarse llevar.

-¿Es más feliz con los altibajos de la música que trabajando en una gestoría?

-Sí, no me veo ahí, haciendo declaraciones de la renta [risas]. Con todo mi respeto. Cada uno vale para lo que vale y es feliz donde sea. Yo no podría decirle a mi gestor: «Oye, vente de roadie conmigo en la furgoneta». Seguro que él tampoco sería feliz.

-¿Ha decepcionado a mucha gente no siendo lo esperado?

-No creo. Supongo que alguna vez sí. Si eres fiel a ti mismo y con cariño a los demás no creo que hagas daño.

-Ahora que le entendemos, encontramos cosas curiosas en las letras. Una es eso del «torero vegano». ¿De dónde viene?

-[Risas] Se me ocurrió, sin más. Es una letra con humor, criticando la sociedad actual. Está tan presente lo de los toros y los veganos, que seguro que hay alguno que se haya vuelto vegano diciendo: «El toro es mi amigo, no lo voy a matar». Es una crítica constructiva, pero una crítica.

-Estamos en un momento en la música alternativa en la que se han derribado muchos perjuicios. En los noventa la gente se definía en negativo, diciendo lo que no iba a hacer. Ahora parece que la gente se ha relajado. Eso me lleva a su participación en un talent-show como La Voz. ¿Cómo se mete ahí?

-Esto es un trabajo y quieres llegar a la mayor gente posible. Así debería ser. Ocurre lo mismo con un pintor o un escritor. Quiere público. Lo que ocurría antes son prejuicios debidos a la ignorancia o a esa idea de estar metido en un colectivo con reglas. Yo creo que es bueno abrir todas las puertas que puedas. A mí me llamaron, me insistieron para que fuera a los castings y dije: «Bueno, ¿por qué no? Al fin y al cabo es un día por la noche con cinco millones de personas viéndote». Eso es no sé cuántas veces el Santiago Bernabeu.

-La experiencia, sin embargo, no fue positiva. En una entrevista en El Giradiscos raja de lo lindo del programa.

-[risas] No, la experiencia fue positiva, pero mi opinión personal de la gente que está detrás en la productora y cómo vi yo que hacen las cosas fue un poco triste. Se aprovechaban de chavales, que yo veía que tenían talento pero que estaban perdidos y se fiaban demasiado de la productora. Aparte del sensacionalismo, le prometían a gente muy joven que iban a lograr muchas cosas. Todo para conseguir lo mejor de ellos y, luego, en el momento en el que se tenían que desahuciar de ellos, le cerraban la puerta en la cara sin ningún tipo de compasión.

-¿No surgió la oportunidad de hacer un disco con Laura Pausini?

-[Risas] La verdad es que no la vi mucho. En la tele parece que ensayas con ellos, pero la verdad es que debí estar cuatro minutos con ella. No más. Al final ensayábamos con alguien que no conoce nadie. Es televisión.

-Resumiendo, ¿tiene usted vocación minoritaria?

-No, soy un artista que intenta llegar a todos los oídos posibles. No quiero cerrarme. Me encantaría gustarle a la señora que vende las cigalas en el mercado y al chaval que está jugando al fútbol en Argentina. Cuanto más gente, yo más feliz.

-Quizá se pueda ver algo ya en el disco, pero todo hace pensar que aumentará en el futuro. Me refiero al tema latino. ¿Camina Pardo en dirección de latinizarse?

-No sé si latinizarme, pero sí que camino con ideas nuevas. El próximo trabajo seguramente será muy diferente. Quiero probar cosas actuales. Me apetece jugar con la electrónica, por ejemplo. Pardo camina hacia adelante. Ya veremos hacia dónde.

-¿Me está hablando de electrónica?

-Sí, y de más cosas. Tengo muchas ideas en la cabeza. No quiero ponerme límites

-¿Pardo goes to techno?

-Ya molaría. Pero para eso seguramente aún haya que esperar unos años.

La exhalación pop de The Vaccines

Martes, Marzo 15th, 2016

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THE VACCINES
Sala Finisterrae, A Coruña
14-3-2016

Ver al grupo en el momento. Esa secuencia impoluta en el que todo -el sonido, las canciones, el espíritu- encaja. Los fans perfeccionistas adoran coleccionar esas instantáneas en las que se sabe, al contemplarla, que nada volverá a ser igual. Los Sonic Youth del 87, los Stone Roses del 89, los Jesus and Mary Chain del 92, la Pj Harvey del 95, los Radiohead del 2001. Todos sabemos lo que es eso: ¡uauuuuuuuuuuuu!, ¡aaaaaaaaaagh¡, ¡me mueroooooooo! A un grupo como The Vaccines la fotografía perfecta se la tomaron allá por 2011, 2012 como mucho. Con esas canciones redondas como soles, con ese sonido encrespado, con ese espíritu exultantemente juvenil. Algo así no se iba a repetir, lo sabíamos. Como no se repite la adolescencia o la locura de los primeros meses de un noviazgo. Nunca más. Jamás.

Por eso algunos pasos discurrían entre escépticos y pragmáticos rumbo al Hotel Finisterre. «Cosas así no son frecuentes en nuestra ciudad». «Tienen temazos, así que con que las toquen no hay fallo».«¿De verdad que tienes algo mejor que hacer un lunes de marzo como este?». Reencuentros. Caras conocidas. Gente que sigue hablando (y añorándolo) de Brit-Pop veinte años más tarde. También los vecinos estudiantes con sus tupés que dibujan la brecha generacional. Y, por supuesto, eso que ha venido en llamarse hipsterismo. Cerveza. Besos. «¡Hey, tío!». Fleetwood Mac de sonido. Fader. Fuera música. Telón rojo. Aplausos. Bases programadas. Y el jovencísimo Justin Hayward-Young en medio, armado con una guitarra acústica. Mal rollo. Mala señal. ¿Se esfumó el nervio con un instrumento decorativo?

Pero arranca la canción. Es Handsome, de su último disco. Golpea. Emite ondas sísmicas. Sacuden la sala. Detonaciones de afro-pop. Invitación al baile. Y una fuerza melódica ante la que te puedes resistir, sí. Pero sería una soberana estupidez hacerlo. Eso para los que piensan que “entender de música” equivale a estar rígidos en un concierto,frotando la barbilla. Le sigue Teenage Icon, coreada en spanglish por el público. Fuera abrigo. Fuera jersey. Camisa remangada. Otra cerveza ¿No habíamos quedado en que este no era ya el momento de The Vaccines y que su visita había que tomársela como un saldo de provincias? «No moleste, señor. Si no quiere unirse a la fiesta, vaya atrás, con los rígidos».

Dos temas. El cuarteto londinense necesitó apenas esos dos disparos para disipar dudas. No, para nada respondían al tópico del grupo guiri desganado de turisteo por España y racaneando emoción. Tampoco evidenciaban en el escenario el paulatino descenso de calidad de su producción discográfica, desde el sensacional What Did You Expect From The Vaccines? (2011) al flojete English Grafitti (2015), que venían a presentar. Además sonaban bien y desprendían sensación de encontrarse ahí y ahora, dejando huella. Incluso material inferior como el electro-rock Dream Lover o la fragilidad tecno de Minimal Affection funcionaba. ¡Voilá! Fuera prejuicios e ideas preconcebidas. ¡Vamos a disfrutar!

Se disfrutó. Solo un pequeño periplo entre aburrido y épico de la parte central instó a recordar las vibraciones previas. El resto resultó una fiesta. Pero una fiesta de las de dar saltos, dar palmas y dejar un poquito de la garganta. Como debe ser. Igual iba la cosa con 20/20 que con Radio Bikini, queriéndole meter el codo a Vampire Weekend. También, se dejaron llevar vacias veces por la épica a lo The Killers, por ejemplo con Give Me a Sing. Pero donde realmente engancharon fue tirando de esas efervescentes piezas con las que emergieron allá por 2010. Hablamos de Norgaad, de If You Wanna o Wreckin’ Bar que pusieron la sala patas arriba sonando como exaltaciones pop.

Porque esas y el resto de sus compañeras en aquel sensacional disco de debut son las grandes canciones de The Vaccines. Te dicen claramente que si un día el pop británico de guitarras fue maravilloso y no el tedio general actual fue gracias a delicias como esas. Suenan ahora, seis años después, en un momento que puede que no corresponda con “el momento”. Pero, desde luego, sobre el escenario se le parece. Ayer al menos ocurrió así. Sacudiéndonos el cuerpo, incitándonos a levantar el puño y haciéndonos creer por un instante que formábamos parte de una exhalación pop. Una manera perfecta de derribar lo preconcebido y dejarse llevar por la realidad.

El ángel de María Rodés

Domingo, Marzo 13th, 2016

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MARÍA RODÉS
MAC, A Coruña
12 – 3- 2016

María Rodés tiene ángel. Incluso en un concierto como el de ayer, en el que tras la actuación lamentaba los problemas de sonido en el tramo inicial y un inoportuno ataque de tos que sufrió justo al final, dejó a la gente embobada. Sí, totalmente em-bo-ba-da. Su música -frágil y casi susurrante muy al modo indie, pero llena de luz y vibraciones positivas que rara vez se ven en los territorios de la languidez intimista- posee el poder de ablandar al espectador, conquistarlo al instante y tenerlo en la palma de la mano. En la mayoría de los casos algo así -bolo acústico, popurrí regado de versiones, bromas entre tema y tema- derivaría en tedio y dispersión. Pero en el suyo resultó una delicia que nadie quiso que se terminase nunca. Porque, en efecto, ella tiene ángel. Y conquista con él.

Se plantó la cantautora catalana en el ciclo Vello, raro, novo de la productora Sinsal en formato de dúo acústico. La acompañaba la fenomenal guitarrista Isabel Laudenbach. Siempre oportuna, le otorgó unas veces caricias de flamenco y carácter a su sonido. Otras, pinceladas de tensión experimental que multiplicaban el espectro de unas canciones que fueron (mucho) más allá del habitual formato acústico que solo resta sin sumar. Luego estaba ella, claro, jugando con la voz a doble micro. Uno, limpio, narrativo y puro. Otro, de efecto ensoñador y onírico. El tránsito del uno al otro se saldó con palpitaciones, ojos cerrados y muecas de placer. Ummmm!!!

Con ese planteamiento y sin disco reciente, María jugó al grandes éxitos. Pero no tanto de su discografía como de su carrera. Picoteo el delicioso Sueño triángular o María canta copla, otorgando una nueva vida a los temas allí depositados que nada tiene que ver con el habitual extra de vigor o “fuerza”, sino “otra cosa” difícil de explicar. Pero también rescató varias de las piezas del homenaje a Cecilia con el que se presentó en el festival Voces Femeninas. Con Equilibrista, por ejemplo, rompió cualquier idea preconncebida sobre la cantautoria indie. También rindió tributo a Joan Palomares y a Franco Battiato y presentó canciones nuevas de un proyecto muy particular.

Lo contó. En las próximas semanas la artista ofrecerá un concierto en Madrid homenaje a un tío abuelo suyo astrónomo, dentro de un ciclo que relaciona la astronomía y la música, así como la idea de espiritualidad de los artistas. Al parecer, el antepasado de la cantante descubrió en su momento un cráter en la luna. También se encerró en su observatorio en plena Guerra Civil para proteger su material. De ambas peripecias, Rodés canto canciones que rezuman ya un claro deje de la canción española tradicional. Semeja que sus paseos por el cuplé, los tangos o la copa penetrasen bajo su piel creadora.

Igual que ocurre con Los Planetas actuales, la suya resulta una asimilación perfecta y estimulante. Cuando en el tramo final de su actuación, interpretó Miedo, Tres puñales o Pena, penita, pena -requeteconocidas, requetemanoseadas, requeteemblemáticas- alguno vio un círculo cerrado. El presente del pop nacional abrazándose a la tradición, en plena armonía y más allá del experimento de laboratorio. Respaldado con la sonrisa boba que dejan las personas especiales a las que les han tocado con una varita, para que todo lo que hagan irradie magia. María lo logra. Lo logró ayer. Y seguro que lo logrará en el nuevo disco previsto para este año (septiembre, seguramente). Porque ella tiene ángel.

Foto: María Meseguer