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Lo que «Blackstar» dice después de la muerte de David Bowie

Escrito por Javier Becerra
13 de Enero de 2016 a las 14:17h

bowie blackstar

Todo lo escrito sobre Blackstar antes de la mañana del 11 de enero, momento en el que se confirmó la muerte de David Bowie, debería ser quemado. Borrado. Eliminado. Hecho trizas. Este artículo también, por supuesto. Nadie pudo aproximarse ni si quiera a lo que latía de verdad en sus siete canciones: un corazón maltrecho coordinando el sístole-diástole pocas semanas antes de dejarlo de hacer para siempre. Con plena conciencia. El cáncer ya había puesto su fecha. Los ataques al corazón incluso la podían adelantar. En lugar de retirarse, descansar y emprender la cuenta atrás alejado de todo, Bowie optó por musicar su final, por calcular el momento exacto de su desaparición y hacerlo coincidir con su última obra: el -ahora sí- escalofriante Blackstar.

Conviene detenerse en el formato original en estos tiempos de Spotify. No se trata de apelar a las buenas costumbres del melómano burgués. No, esta vez resulta NECESARIO. Es parte de la experiencia que propuso el autor. La estrella negra prevista y proyectada como un icono de eternidad deja paso, una vez que se abre el digipack, a dos imágenes: un Bowie ultraterreno y el gran cosmos a su lado. Golpe. De fondo, haciéndose ver con el contraste del brillo en el mate palabras unidas como constelaciones que dicen cosas como “I’m a Blackstar” o “How Many Times Does An Angel Fall” o “He Cried Aloud Into The Crowd”. El libreto, en consonancia, juega con todas estas estrellas e imágenes del Bowie de los ojos tapados por un paño con botones. Lo que algunos incluso quisieron ver como un manicomio, como otra excéntrica teatralización más del artista jugando «artísticamente» con la locura. No, en Lazarus -vídeo u canción- estaba interpretando su propia muerte.

Verlo (el clip) y escucharla (la canción), el lunes o ahora, suponía/supone entregarse al escalofrío, a la conmoción y a una especie de vacío íntimo que te deja aturdido, un poco fuera del mundo real. Cabe imaginar lo que tuvo que ser Closer de Joy Division en su momento para quienes los seguían. Y, de hecho, se encuentran en esa primera línea de bajo conexiones con las atmósferas fúnebres de la banda de Ian Curtis. También con las guitarras industriales, la interpretación «más allá de este mundo» y hasta con el toque jazz (si a Joy Division le gustase el jazz sin duda sería similar). Es música «así» de real, «así» de auténtica, «así» de vitalmente mortecina. Cuando llegan las espirales de saxo final y estas inducen al mareo, todo se volatiliza hasta desaparecer. Lo vemos ahora, claro. Era tan obvio…que nadie lo pudo ver.

Todos los plumillas musicales nos entretuvimos en buscar influencias, en valorar el papel de este disco dentro del rock actual, en debatir si miraba al pasado o al futuro. Como si eso importase, vaya. Banalidades. Nos olvidamos -otra vez- de que la música sirve para expresar emociones que no siempre responden a una fórmula matemática o a un esquema historico-artístico. Bowie entregaba aquí una obra definitiva, que trascendía a todo ello. Lo pensamos ahora. Nos rendimos a su enormidad. Y lo entendemos todo, respirando profundamente. Los climas opresivos, las voces fantasmagóricas, la electrónica conectando y desconectándose, los coros dando un eco muy determinado, el tono siniestro que lo preside todo, una nocturnidad que nada tiene que ver con lo que habitualmente se adjetiva como nocturno… y esas letras que repartían versos-testamento continuamente.

Van unos ejemplos: « Algo sucedió el día que él murió / el espíritu se elevó un metro y se hizo a un lado / alguien más tomó su lugar, y valientemente exclamó / “Soy una estrella negra, soy una estrella negra”» (Blackstar). « Mira aquí arriba, estoy en el Cielo / Tengo cicatrices que no pueden ser vistas / Tengo drama, no puedo ser hurtado / Todos me conocen ahora» (Lazarus).« Días interesados, sexo de supervivencia / Honor que estira colas hasta cuellos / Estoy cayendo / No es nada para mí / No es nada digno de ver» (Dollar Days). «Veo más y siento menos / Digo no pero queriendo decir sí / Esto es todo lo que siempre quise / Ese es el mensaje que envié» ( I Can’t Give Everything Away). ¿Hace falta seguir? ¿Verdad que no? ¿Verdad que ahora todo tiene sentido?

Si has llegado hasta aquí, si has escuchado el álbum después de la defunción, habrás experimentado la congoja y la admiración. Seguramente, haya sido difícil encontrar la palabra adecuada. Y lo más probable es que, al ser fan, te hayas sentido totalmente incomprendido cuando en el trabajo quisiste expresar esa tristeza atenuada con la emoción de la revelación que te embargaba. Cuando viste a toda esa gente cantando Starman en Brixton, sonreíste. Luego, volviste a escuchar Blackstar conmoviéndote con la música, la vida y la muerte. Todo gracias a un grande que lo fue hasta el aliento final.

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