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Archivo para Diciembre, 2014

Los diez mejores discos nacionales del 2014

Lunes, Diciembre 29th, 2014

Más allá de los nombres obligados que, en ocasiones, provocan grandes eclipses que impiden ver el todo, en buena parte el 2014 ha destacado en parte por los logros de los modestos. Sí, esos que desde su plataformas bandcamp y de sus ediciones limitadas, dejan a veces discos maravillosos. Dos de ellos, Aries y Chicharron, comparten un merecidísimo primer puesto en esta lista que los reivindica como hermosas y singulares flores en el jardín del pop nacional. Sobresalen en la producción de un año convulso en que la política semeja haberse ya instalado en muchos de los textos de los grupos (ahí está el caso de Nacho Vegas o Vetusta Morla) y donde siguen apareciendo plausibles reivindicaciones de las raíces tan logrados como el de María Rodés.

1. ARIES “Mermelada Dorada” (La Castanya) / CHICHARRÓN “Chicharrón” (Prenom). Vigo y Carballo respectivamente acogen las dos grandes joyas del pop nacional del 2014. La psicodelia almibarada de Aries, proyecto unipersonal de Isabel Fernández Reviriego (ex Charades, ex Electrobikinis), continúa la excelencia ya demostrada en Magia Bruta, su disco de debut. Infinito en matices y rico en influencias, lo dirige una monocorde voz de que habla de permanecer inmóvil y de irse, de la luz dorada que ilumina a ciertas personas y de las visiones del deseo. Por momentos, da la sensación de estar escuchando siempre la misma canción en un bucle infinito. Hasta que, después de dar la vuelta un par de veces, el oyente se sumerge bajo la capa uniforme. Ahí encuentra joyas como Moverme de aquí, En el sur o Migrañas, con melodías ondulantes, estribillos mágicos y chiribitas de belleza cayendo sobre ellas. Se trata de un disco y un estado de ánimo totalmente diferente al de Chicharrón, la banda carballesa formada por ex integrantes de Franc3s y Telephones Rouges. Dedicado en cuerpo y alma a la memoria del fallecido Alberto Gende (artista de Carballo, hermano de Diego Gende, guitarrista del grupo y hermano espiritual de Alberto Martínez, compositor y cantante) Chicharrón es un disco sobre los fantasmas de la pérdida y la necesidad de purgar el dolor que esta deja. Siempre con la sensibilidad a flor de piel. En él descansan los versos más conmovedores del año (“Siento que mi alma toca tu alma / Como el aliento helado de las estrellas / Como una mano toca otra mano / Antes de apretarla para siempre”) en un sonido acústico y espacioso, que se muestra frágil en sus formas pero termina llegando con un enorme poder.

2. VETUSTA MORLA “La Deriva” (Pequeño Salto Mortal). Después del monumental Mapas, los madrileños han optado por la confrontación en La deriva. Retrato certero del momento social actual, en él se reparten magníficas percusiones obsesivas, melodías intermitentes que podrían considerarse ya como marca de la casa y versos que hablan de rabia, desesperación, rostros enfurecidos y la necesidad de salir adelante. “Habrá que inventarse una salida / ya no hay timón en la deriva” , “Robaron las antenas, la miel de las colmenas/ no nos dejaron ni banderas que agitar” o “En la sala de espera desde otoño sin respiración / cada rostro es la cruz de un pastor sin rebaño” son algunos de las líneas que se reparten entre 12 piezas que derrochan talento y capacidad de sorpresa sonora permanente.

3. NACHO VEGAS “Resituación” (Marxophone). Seguramente Resituación sonará en la cabeza de muchos cuando, dentro de una década, se recuerde el 2014. En él Vegas se impregnó del espíritu del 15-M y trenzó un puñado de canciones que hablan sin muchos rodeos de víctimas de deshaucios que se tiran por la ventana, abusos policiales en manifestaciones y ciudadanos que se toman la justicia por su mano. Una en concreto, Runrún, se erigió no solo como un himno, sino como un punto y aparte en la carrera del asturiano que, al final, logra sacar algo de luz y esperanza en medio de este caos: «El miedo ha dejado de ser la actitud / suena en cada cabeza un hermoso run rún / nos quieren en soledad nos tendrán en común». Todo ello no debería tapar los valores musicales de un disco con grandes canciones como Luz de agosto en Gijón, Adolfo Suicide o Ciudad vampira que van más allá de su contexto.

4. PUMA PUMKU “Is It in You?” (Matapadre). La sorpresa del año llega desde Santiago. Allí funciona esta célula psicodélica que ha entregado un álbum de melodías maravillosas de aire sesentero vestidas con un traje totalmente perturbador. Desde Pink Floyd a Neu!, pasando por Tame Impala o The Beatles, este quinteto se ha aliado con Rodrigo Caamaño y Roberto Mallo (Triángulo de Amor Bizarro) a la producción logrando todo un caramelo para los oídos. Propone un viaje a lugares quizá ya explorados, pero que encanta volver a visitar de cuando en cuando. Ojalá los podamos ver en un directo que se antoja delicioso.

5. RUSSIAN RED “Agent Cooper” (Sony). Al margen de su decidida mirada a los años ochenta y su renovada imagen, lo bueno de Lourdes Fernandez es que compone canciones que siempre trascienden a su envoltorio. En esta ocasión entre neblina de superproducción, electricidad empastada y colores chillones nos deja una Jonh Michael que si no es el mejor tema del año no le debe andar lejos. También preciosas melodías que dibujan círculos en el agua (Xabier), momentos de pop metálico deslumbrantes (Anthony) o estribillos de esos que dan ganar de comérselos (Alex T).

6. PABLO UND DESTRUCKTION “Sangrín” (Discos Humeantes). Otro de los tapados de la escena nacional. Como ocurría con Rafael Berrio, el asturiano Pablo García logra que su uso del canon crooner espabile al oyente y le haga fijar toda su atención en unas letras y una interpretación sin parangón en España. Este es su segundo disco, una apuesta decidida por un rock oscuro y penetrante que ha recibido (justas) comparaciones con Nick Cave pero que va mucho más allá. Entre el retrato de la decadencia nacional (Pierde los dientes España), la furia de la clase trabajadora a lo El club de la lucha (Por cada rayo que cae) y la fantasía de trenzar un túnel desde Asturias a Moscú (Limonov, desde Asturias al Infierno). Estimulante.

7. JOANA SERRAT “Dear Great Canyon” (El Seguell). Trece segundos es lo que tarda esta catalana en tener al oyente comiendo de su mano. Es la primera vez que abre los labios en Dear Great Canyon, un segundo álbum sin fisuras que se mueve en ese territorio indeterminado llamado americana como pez en el agua y deja doce estampas deliciosas. Se podría citar a Lucinda Williams o a Lisa Hannigan, pero también a Neil Young o Bob Dylan. Sí, porque esta música suena a clasicismo y a búsqueda de la belleza eterna. Nada más y nada menos. Uno de esos discos que los pones en el coche y deseas tardar lo más posible en llegar a su destino.

8. MODELO DE RESPUESTA POLAR “El cariño” (Limbo Starr). No debería pasar desapercibido el segundo trabajo de estos valencianos que trenzan, a corazón abierto, toda una oda al desamor. Con frases como «A mí Madrid ya no me interesa / y tu te sientes tan realizada que me das asco / Te quiero» dejan en diez temas un paseo de pulsiones contradictorias y mareantes que sigue a una ruptura sentimental. Todo con un pop de trazo claro y sin estridencias en el que la voz de Borja Mompó se impone.

9. MARÍA RODÉS “María canta copla” (Chesapik). El interés de María Rodés por la copla se podría tomar por algo anecdótico dentro de la corriente de cierto pop nacional en ahondar en sus raíces. Pero lo cierto es que María canta copla engancha más allá de la rareza. Tomando un género tan apasionado y dramático como este desde su perspectiva desapasionada y serena se produce un sorprendente choque de sensibilidades, que deja un álbum para el que parece que se haya inventado la palabra bonito.

10. CUCHILLO DE FUEGO “Triple España” (Amawisca). Desde Pontevedra, este cuarteto es el último gran disparo surgido de ese undeground gallego crecido alrededor de centros sociales y colectivos culturales. Tirando de la energía de bandas como Melvins o Jesus Lizard hacen su particular retrato de las cosas entre alaridos, explosiones guitarreras y quiebros rítmicos. Por ahí sale la monarquía, los Alfa Romeo Jaime Peñafiel, Gallardón, Shellac y un tipo que dice desesperado «¿qué va a ser de mí?».

Los diez mejores discos internacionales del 2014

Lunes, Diciembre 22nd, 2014

No deja de reconfortar comprobar que, pese a que el pop no esté viviendo precisamente su mejor época (sí, seguimos en la línea pesimista-realista del año anterior), salen discos capaces de generar particulares obsesiones. En este 2014 dos álbumes han jugado ese papel en esta bitácora. Uno amable, el de The War On drugs. Otro arisco, el The Swans. Ambos raptan al oyente, lo llevan a su mundo y lo hacen sentir dichoso. Son las dos caras de la moneda de lo mejor del año según Retroalimentación. Cualquiera de ellos podría ocupar perfectamente el número uno. Si al final lo ha alcanzado Lost In The Dream ha sido por una regla de desempate sencilla: simplemente ha sonado más veces en el corazón este blog que el otro, conmoviendo un poco más.

1. WAR ON DRUGS “Lost In The Dream” (Secretly Canadian). Más allá de una humeante producción ochentera. Más allá de su sorprendente mezcla de géneros contrapuestos. Más allá del bajonazo purificador sobre el que flotan las letras. En definitiva, más allá de todos esos fríos parámetros de análisis. Si por algo ha sobresalido el disco de Adam Granduciel ha sido por algo muy concreto: una capacidad de emocionar que solo poseen los grandes discos. Encadenando placer, cada tema de este álbum es una pequeña maravilla unido por una anilla a otra maravilla. Se mete por ritmos kraut-rock, invoca atmósferas que parecen sacadas del disco nunca realizado por Alan Parsons y Cocteau Twins, traza melodías hurtadas a Bruce Springsteen o Tom Petty y hasta se atreve con unos saxos ocasionales que ni Dire Straits. Sí, la definición sobre el papel espanta a quien no lo haya escuchado todavía. Pero en la práctica, solo genera bienestar general e intermitentes estallidos de placer agudo que desarman. Si Eyes To The Wind -con ese fraseo tan dylaniano que, de verdad, derrite con su sentido de la velocidad y las pausas- no es una de las canciones más bonitas de la década que, por favor, alguien muestre quién o qué la supera. Y si la homónima Lost In The Dream no es capaz de encogerte, cabría preguntarse si no te habrás equivocado de disco. Son dos diamantes de un disco lleno de piedras preciosas que pone al oyente a sus pies. Es bastante probable que el aficionado lo tenga machacado a estas alturas. Si así no fuera, se pierde algo muy grande.

2. SWANS “To Be Kind” (Young God /Mute). Una salvajada. El sucesor del aclamado The Seer (2012) estira el momento de gloria de la ¿mejor? banda del rock actual. Combinando poder, mística y ambición, la banda de Michael Gira deja una obra inabarcable de más de dos horas de duración a la que se puede entrar por cualquiera de sus ventanas. Tanto da arrancar la experiencia por la malsana repetición con extra de intensidad en cada minuto de Screen Shoot, colarse por ese blues con ocasionales aspavientos de la escuela Spiritualized de Just A Little Boy (Fore Chester Burnett) o por el rock agujereado por espadas psicodélicas de A little God In My Hands, en el momento en el que el oyente se halle en el interior se encontrará primero aturdido, luego superado y finalmente entregado a su orgía sensorial. En este disco hay gritos, canciones rotas y silencios que parecen infinitos. También atmósferas viciadas, ritmos brutales y espacios liberadores. Y, por supuesto, ocasionales melodías juguetonas, amagos de rock convencional y un constante transitar de un lado al otro. To Be Kind es excesivo en minutaje, pero también emociones y de sensaciones. En algún momento la voz de Gira parece estar ofreciendo las claves de la gran verdad universal amplificada por los altavoces. Se recupera ahí el poder turbador del rock. Sí, como hace años cuando aún eras un joven impresionable. Un efecto tan maravilloso como este disco imprescindible.

3. LEONARD COHEN “Popular Problems” (Sony). Lo ha vuelto a hacer. Apenas tarda unos segundos Leonard Cohen en encantar con el primer tema de su nuevo trabajo. Slow, la canción, autohomenajea con poso blues a su particular manera de concebir la música: al ralentí, contrastando voces y manteniendo siempre el misterio. En esta ocasión se arrima ya desde el arranque ligeramente al blues, sorprende con una un estribillo pop delicioso sobre colchón country (Did I Ever Love You), dibuja magnificas canciones de carreta (My Oh My) y recupera la electrónica de los ochenta (Nevermind). Al final cierra con una preciosa cantinela folk, You Got Me Singing, perfecta para demostrar que el canadiense sabe tratar las voces femeninas mejor que nadie.

4. DAMIEN JURADO “Brothers and Sisters Of Eternal Son” (Secretly Canadian). Salió tan temprano este año que corre el riesgo de perderse en el olvido de la velocidad de las cosas. Sería un craso error porque, continuando lo expuesto en el excelso Maraqopa, el canadiense vuelve a entregar otro gran disco de un pop que igual se muestra exhuberante y psicodélico como recogido y lírico. Pero siempre termina tocando la fibra con esas melodías heredadas de Neil Young que tanto reconfortan. Un tipo que ha encontrado la paz y se encarga de expandirla con canciones preciosas.

5. BEYONCÉ “Beyoncé” (Columbia-Sony). Si con 4 (2011) ya dio síntomas de saltar al estatus de “artista más allá del single de temporada”, con este disco (lanzado en digital a una semana de terminar el 2013 pero editado físicamente con un dvd este año, de ahí su incursión) materializa la grandeza de una cantante llamada a perdurar en el voluble mundo pop. Variado, ambicioso y sincero (ojo a las letras) Beyoncé es un estupendo compendio de música negra contemporánea con temazos como Slow, Partition o el baladón Blue dedicada a su hija. Sí, pero sobre todo, destaca por mostrarse como el primer gran álbum de una artista eternamente vilipendiada. Quizá por ello lo ha bautizado a su nombre, indicando quizá que aquí nace una nueva Beyoncé. Bienvenida.

6. FKA TWINGS “Lp1” (Young Turks). No es un disco perfecto, pero sí un trabajo que obliga a arquear la ceja y apuntar el nombre de su artista para seguirla en el futuro. El debut del proyecto de Tahliah Barnett juega a poner al día las luces y sombras del trip-hop en el contexto del r&b. Y a todo lo envuelve con un velo de etérea fragilidad y sensación de “deconstrucción” que bien podría recordar a Cocorosire. Más allá de eso (y, sobre todo, si es el pasado, el presente o el futuro del pop, algo que parece obsesionar a parte de la crítica), importa que araña la fibra en maravillas como Two Weeks o Video Girls, dos de las mejores canciones del año.

7. MARIANNE FAITHFULL “Give My Love to London” (Naïve). Igual que ocurre con Leonard Cohen, a Marianne Faithfull se la puede seguir a ciegas. Este, su mejor trabajo desde Before The Poison (2005), prosigue su notable línea: aglutinar en su maravillosa voz de miel con tropezones de amargura un puñado de grandes temas (firman Leonard Cohen o Nick Cave, entre otros), colaboraciones de relumbrón (Anna Calvi, Steve Earle, Roger Waters) y un producción excelente (obra de Rob Ellis & Dimitri Tikonov con mezcla de Flood). Los resultados de temas como Sparrows Will Sing, Falling Back o True Lies que la reafirman como una figura imprescindible. Si aún por encima siguen reeditando su discografía anterior el paquete es perfecto

8. GROUPER “Ruins” (Kranky). Hay una belleza abatida en este trabajo tal que hace que el oyente salga corriendo o que se entregue a él como quien desea empaparse de la niebla hasta perderse. Quien opte por lo segundo, será cómplice de las reflexiones sobre el (des)amor de una Liz Harris, abrazada al piano tristísimo, al vaho ambiental y unos pequeños ruidos de fondo (croar de ranas, lluvia…) que terminan por darle un envoltorio de absoluta irrealidad. Con la misma fragilidad que envuelve al cuerpo tras el lloro, este disco es un susurro quebradizo que pide una oreja amiga. Se impone auriculares, volumen y complicidad máxima.

9. REAL STATE “Atlas” (Domino). Seguramente haya quien piense que un disco como este -tan simple, tan armónico, tan académicamente indie- sobre en una lista de los mejores del año. Pero quien sienta devoción por -citemos de memoria según vienen- Galaxie 500, East River Pipe, The Byrds, Go-Betweens, la Velvet suave o The Clientele tiene aquí un álbum de esos que en la adolescencia se metían bajo la almohada y ahora hacen -¡mmmm!- suspirar cuando se escuchan del coche de camino al trabajo. Canciones que trazan círculos de melancolía prácticamente perfectos y que invitan, a quien no los conozcan, a viajar a su pasado y rescatar Days (2011), su disco anterior.

10. PARQUET COURTS “Sunbathing Animal” (What’s Your Rupture?). Aquí se puede aplicar la misma receta que con Real State. El segundo trabajo de estos neoyorkinos, que para algunos críticos estaban llamados a relevar a The Strokes, es un notable tratado de algo muy conocido -indie a la Pavement mezclado con todo tipo de retazos del rock neoyorkino- y que, si se ejecuta bien, siempre apetece volver a escuchar. Ellos, con sus melodías oblicuas, su interpretación arrastrada y sus intermitentes estampidas guitarreras, logran que termines subiendo el volumen, sacando morritos y haciendo air guitar. Y esa sensación es maravillosa.

Las emociones auténticas de Chicharrón

Domingo, Diciembre 21st, 2014

Fue, sobre todo, una actuación emocionante. Tanto que se pudo ver llorando incluso a una chica entre el público. Tanto que, al final, un señor se dirigía a Alberto Martínez para que le firmase el disco diciéndole que eran «el mejor grupo gallego desde Golpes Bajos». Tanto que todos los asistentes a su debut en A Coruña salieron de la Casa Tomada satisfechos. O por lo menos eso parecía leerse en sus caras. Todo porque Chicharrón, uno de los proyectos estrella del pop del 2014, llevó sus canciones al escenario y las hizo crecer.

Reforzados con teclados y batería en directo, el trío carballés funciona ahora como quinteto y saca fuerza y corazón de unas canciones que se rebozan en la pérdida y que apuntan hacia un mañana mejor. Con sinceridad. Con la sensación de que esto tiene que ser así y no de otro modo. Con autenticidad, en definitiva. Y eso se transmite, se contagia y se queda instalado ahí dentro. El grupo que no saldrá en las listas de lo mejor del año pero que ha grabado uno de los grandes discos del año no defraudó. Pero lejos de dar el concierto definitivo pareció indicar que este siempre será el siguiente.

Antes de ellos Edu Poch mostró en público su proyecto Ocre. Pese a la limitación del modelo cantante + portátil + guitarra sorprendió y dejó un gran sabor con su pop electrónico de intenciones (y resultados) atmosféricos. Una vez más, gracias a los grupos, a la Casa Tomada y, sobre todo, a todos los que han asistido.

Próxima parada: el 31 de enero de 2015 con A Veces Ciclón + Apenino.

Chicharrón: «Este es un disco de amor y no queríamos vender amor»

Viernes, Diciembre 19th, 2014

Atención, porque uno de los mejores discos del año no saldrá en los medios musicales habituales. El homónimo debut de Chicharron nació de espaldas a ello, trenzando un hilo de emoción en la sombra y haciendo del boca a boca (que en realidad es un de corazón en corazón) su agencia promocional. El resultado es magnífico. Uno de esos proyectos que se dejan querer y que encanta quererlos. Tras ellos están Alberto Martínez, Rubén Domínguez y Diego Gende. Los tres confluyeron en este rosario de canciones, hermosas y tiritantes, que rinden tributo al fallecido Alberto Gende, diseñador gráfico de Carballo, hermano del tercero y amigo de los otros dos. Varios de los temas ya las había compuesto Alberto pensado en su exbanda Franc3s. Pero el fin de esta precipitó este desenlace. Mañana sábado los tendremos en Los conciertos de Retroalimentación junto a Ocre, el proyecto personal de Edu Poch (Nouvelle Cuisine, Elvis Negro). Hoy aquí las claves de su política sentimental.

-¿Acepta que se diga que Chicharrón es Franc3s en acústico?

-En parte, sí. Las canciones de Franc3s la mayoría las hacía yo con la guitarra acústica en casa. Luego bajábamos y empezábamos a meterle capas de ruido. Ahora no, ahora quedan cómo nacieron, que se vea el alma de las canciones. Esas canciones que estaban escritas fueron un punto de partida que nos dio para empezar algo. Los temas son míos

-¿Puede explicar esa idea de que estamos ante un disco de amor como salvación?

-Realmente son canciones de amor hacia un amigo. Cuando empezamos a hacer el disco, esas canciones me ayudaron muchísimo. Nunca lo había hecho así. En Franc3s no hablaba de cosas personales, sino de cosas que iba inventando. Esta vez no, es radicalmente personal y sentido. Cuando canto me vienen a la cabeza imágenes. Sé lo que significa cada palabra. Yo no estaba pasando un buen momento tras acabar Franc3s y hacer esas canciones fue algo que me ayudó mucho. A Diego le pasó lo mismo. Y a Rubén, también. Nos juntamos todos y lo hicimos: un disco de amor hacia Alberto. El disco tiene un concepto, con un principio, un desarrollo y un final. Todas las canciones van ordenadas en ese sentido. Es un disco conceptual de amor y de salvación.

-¿Alberto Gende era su hermano espiritual?

-Era mi mejor amigo en Carballo. Él era un diseñador gráfico reconocido. Yo veía sus carteles y una noche lo conocí. Le dije que me gustaría que hiciera el diseño de la maqueta para Franc3s. Él ni siquiera sabía qué era Franc3s [risas], pero desde esa noche nos hicimos inseparables. Iba a su casa, él venía a la mía. Teníamos cosas en común. Era como un hermano para mí, además de un tío con mucho talento. El nombre de Chicharrón es por él. Realmente a mí no es un nombre que me guste mucho, pero es un grupo que teníamos él y yo, en donde yo tocaba la acústica y él la batería. Él puso aquel nombre y, por eso, lo conservamos. Ya había sido el título de una canción de Franc3s.

-¿Le costó descartar la electricidad y centrarse en lo acústico?

-No, se trata de lo que te decía antes, de hacer algo que tenga alma. A William Burroughs una vez le preguntaron en una entrevista por todos los roqueros que iban a su casa, como Sonic Youth, REM o Nirvana. Él dijo algo así como que lo que deberían hacer todos era colgar sus guitarras eléctricas y escuchar algo que tuviera alma. Me vino esa frase a la cabeza y optamos por cambiar. A mí siempre me gustó ese tipo de música, aunque en Franc3s tendiésemos al ruido que era el punto de unión entre los tres. A mí ahora , por ejemplo me mola Sun Kil Moon, Bill Callahan o Damien Jurado.

-En alguna ocasión dijo que le influenció mucho un disco de Damien Jurado. ¿Cuál?

-El último, Brothers and Sisters Of The Eternal Son. Lo compré cuando estaba haciendo el nuestro y fue una revelación. No tenemos nada que ver, pero lo grabamos exactamente igual que él. En alguna entrevista explicó que lo registró en 40 minutos, con guitarra acústica y voz. Luego vendrían dos semanas de posproducción. Nosotros hicimos lo mismo, sin las dos semanas de posproducción, claro, porque no teníamos pasta. Pero grabamos el disco en directo con dos guitarras y voz. A partir de ahí Rubén empezó a meter cosas que le veían a la cabeza escuchando la música.

-La influencia entonces es de método, no de contenido. Lo digo porque Damien Jurado en sus dos últimos discos es un artista que parece haber encontrado la paz tras haberlo pasado muy mal. En su caso es la religión, pero a lo mejor hay alguna analogía. ¿La hay?

-A mí simplemente me encantó su disco. Estaba en un momento muy receptivo para que me emocionasen las cosas. Me pareció un disco flipante. Pero nosotros buscamos la felicidad en el amor. En la religión no, de momento [risas]. Lo nuestro es algo parecido, cuando lo estábamos grabando sentí algo muy espacial. Todo encajaba. Nunca había sentido algo así.

-De todos modos el suyo es un disco de bajonazo, ¿no cree?

-[risas] No sé, eso depende de las personas. Nos están pasando cosas muy guays con el disco. No se lo dimos a nadie de la crítica. No queríamos entrar en ningún mercado. Es un disco de amor y no queríamos vender amor. Solo se lo dimos a la gente que apreciábamos o que nos interesaba su opinión. Cada uno da su interpretación. Siempre me ha interesado muchísimo cómo ven las cosas desde fuera. Hace poco en un fanzine decían algo desquiciante, que en el disco iba de hablar con la muerte y cosas así. No sé, a lo mejor tienes tú más razón que yo. A mí me parece un disco de amor y optimista. Empieza pidiendo un deseo, luego aparece alguien, después se va. Más tarde esa persona te dice que sigas y aparece otra que te ayuda a encontrar. Y al final dice “mañana será otro día”, aunque haya sido precedido por un momento jodido. En el disco todos empezamos mal, pero nos dio paz mientras que se hacía. Ahora los tres estamos en ese momento de que “mañana será otro día”. Yo estoy muy bien.

-Existe cierta tendencia en el indie a regodearse en el sentimiento de la tristeza, la melancolía y la pérdida, sin asumirlo del todo. Luego ves al artista en las entrevistas: «No, en mi disco dejo una puerta abierta a la esperanza». Y la mayoría de las veces no se trasmite eso para nada. Su disco es el caso. Cosas como “Deseo un invierno vacío y eterno” o temas como gente llorando por la muerte de una persona no son precisamente elemento de bienestar. ¿Cómo lo ve?

-Me parece guay tu punto de vista. Lo que pienso yo no tiene porque ser lo correcto. A veces las interpretaciones ajenas te hacen pensar. Me ocurre muy a menudo. Tú escribes una cosa con un significado y, luego, quien lo recibe lo cambia totalmente y te hace dudar. El otro día vi el documental de Nick Cave de 20.000 días en la tierra. Decía que a él le interesaba hablar de las cosas que realmente no tenían explicación y que no terminaban de perfilar su significado. Yo tampoco sé lo que significa todo lo que hago. Solo te puedo decir lo que sentí. Fueron un montón de canciones que vivieron casi todas juntas a mi cabeza, casi ordenadas con el disco montado de inicio a fin. El disco es básicamente una sola canción. Y sí hay un momento en el que dice: “Deseo un invierno vacío y eterno”. Para mí significa lo más cómodo que hay: estar en el sofá, regodeándote en la tristeza y autocompadeciéndote. Eso es muy cómodo. No tener que salir, no tener que ver a nadie, no tener que hacer nada, solo estar triste. Es como Nirvana que decían “Echo de menos la comodidad de estar triste”. Pero el disco no se acaba ahí. Después de esa canción hay una, que es muy importante aunque puede que no sea la mejor, que dice “Escapé de los rayos, pero nunca vi la nube”. La idea es que la nube va a estar siempre ahí, pero el rayo no me pilló y estoy vivo. Pasaron muchas cosas pero mañana va a ser otro día. Y, luego, otro día y otro día. Me gustaría que escuchases los temas nuevos que estamos grabando. En el concierto tocaremos un par de ellas. En ellas se ve eso: nos levantamos, ya es otro día. Estamos haciendo imágenes mentales de lo que nos pasa, todas ellas en gallego.

-¿Se cambian al gallego?

-Las cuatro nuevas que vamos a sacar en un epé serán en gallego. Son muy poéticas y me apetecía probar. Cambiar es lo que le da sentido a la vida. Podemos hacer lo que nos dé la gana, así que lo vamos a hacer.

-El disco lo han hecho de espaldas a la industria totalmente con una autoproducción y sin promoción alguna. ¿Han tirado la toalla o es una cuestión de comodidad?

-No es tirar la toalla, sino todo lo contrario. Es una manera de reinvindicar otra forma de hacer las cosas. Yo ya estuve ahí, en cierto modo: discográficas, contratos, entrevistas,… Y no sé, me parece algo bastante falso. A Rubén también se lo parecía. Intentamos hacer las cosas de otra manera. Hoy todo el mundo habla de política y de lo que hay que hacer, como si lo demás no importara. Yo creo más en lo que decía Godard: no hacer cine político, sino hacer cine políticamente. Estamos, en cierto modo, haciendo eso. Realmente nos va muy guay, es curioso. El otro día fuimos a tocar en el Cachán en Santiago y estaba lleno. El momento actual de la música en Galicia es increíble. Hay grupos y una infraestructura underground de colectivos que hacen cosas pequeñas sin importarle la pasta. Nosotros nos identificamos mucho con eso. Lo que gastamos en ese disco lo vamos a recuperar al final entre el concierto de A Coruña y otro en O Grove. Estamos muy contentos porque no pensábamos que íbamos a recuperar esto.

-Son la historia indie perfecta: la gente no los conoce porque salgan en una revista, sino porque su amigo fiable se lo ha recomendado.

-Sí, para salir en una lista de esas de las revistas tienes que conseguir que todos los críticos hayan escuchado el disco y hay millones de grupos. A mí los discos que más me han gustado este año dudo que salgan en ninguna lista. Ahora en Galicia hay un momento excepcional. A mí esto me recuerda a la época del hardcore en América, de que los grupos hacían las cosas ellos, que existía una infraestructura para tocar y todo era autosuficiente. Eso me parece bonito.

-¿Se sienten partícipes de algo que va a pasar a la historia? Personalmente creo que los últimos seis años de música independiente en Galicia han sido espectaculares, incluso por encima de la Movida de Vigo.

-Sí, me siento parte de algo muy bonito. Cuando fuimos a tocar al Seara en Vigo Detrás del Marco era alucinante. Era una feria de gente haciendo fanzines, cómics, pegatinas, discos… Toda esa gente no está ganando mucho, pero ya no le interesa andar mandando cosas a las discográficas como hace años, que era la única opción que veías. Ahora no, ahora no es una buena opción, por lo menos para nosotros. Nos sentimos igual en el festival de Santiago que organizó Work On Sunday. Fue una pasada tocar allí con tanta gente. Tenías la sensación de estar viviendo algo único. Me sentía mucho mejor ahí que saliendo en una revista.

-A ver si dura…

-Es que es una pasada. Está claro que todo esto viene de atrás, que ha calado y que se ha multiplicado. Es un momento muy guay. No sé si nos salvó el disco o no, pero vital y profesionalmente estamos en un gran momento.

-¿Eso significará que las nuevas canciones serán abiertamente felices o seguiremos con la fórmula de “puerta final abierta al optimismo”?

-[risas] Eso es como lo de antes, está todo abierto a la interpretación. A lo mejor tú las escuchas y te parecen depresivas, pero yo no las veo así. Una de ellas dice en el estribillo “nada se me perdeu no abismo / o único que quero é estar contigo”. Van un poco de salir del rollo ese del rock n’ roll. No se me pierde nada en el abismo y la tristeza, solo quiero estar contigo, feliz.

-Pues es una buena filosofía de vida. Se la compro.

-Vale [risas]

The Who cumplen 50 años de maximum r&b

Martes, Diciembre 16th, 2014

FUE EN 1964 CUANDO THE HIGH NUMBERS LANZARON SU PRIER SINGLE. DOS SEMANAS DESPUÉS SE REBAUTIZARÍAN COMO THE WHO Y TRENZARÍAN UNA DE LAS TRAYECTORIAS MÁS MÍTICAS DE LA HISTORIA DEL ROCK. TRAS LA REVISIÓN “DELUXE” DE SUS DISCOS MÁS EMBLEMÁTICOS EN LOS ÚLTIMOS AÑOS, AHORA CELEBRAN ESTE 50º ANIVERSARIO CON UN RECOPILATORIO (“HITS 50”) Y UNA GIRA ¿FINAL?

The Who son el grupo del calambre y del poderío. Del calambre, al lograr canalizar en el riff y el estribillo de I Can’t Explain ese eléctrico remolino de sensaciones adolescentes que tanto cuesta explicar y en el que se siente en una mezcla de confusión, miedo y excitación. Y del poderío, al convertir la secuencia de tres guitarrazos de Baba O’Riley en una fornida demostración de rock expansivo, con el músculo contraído y la mirada al infinito.

La primera se editó en 1965. La segunda, en 1971. Simbolizan, en cierto modo, las dos grandes eras de una banda que cumple este año medio siglo de vida. También captan perfectamente el momento en el que vieron la luz. Primero, la eclosión de la cultura pop juvenil en el Swinging London de mediados de los sesenta Y segundo, el trasvase del rock de los clubes a los estadios, con su consiguiente endurecimiento en los primeros setenta En medio, cuatro británicos inadaptados que buscaron en la música un refugio. Lo encontraron y sirvieron de altavoz a varias generaciones con una extraña y adictiva mezcla de arrogancia, inseguridad, celebración y tristeza.

En efecto, a poco que se escarbe en la obra de la banda de Roger Daltrey (voz), Pete Townshend (guitarra y voz), John Entwistle (bajo y voz) y Keith Moon (batería) surge el fantasma la frustración urbana juvenil. Una vez más el rock abría sus brazos a los feos, inadaptados y exhibicionistas que no encontraban su lugar. Y le proporcionaba amplificadores y vatios para exorcizar demonios. Ellos lo aprovecharon para lanzar proclamas del tipo «¡Espero morirme antes de hacerme viejo!» (My Generation), introducir caos sonoro en sus singles irresistibles y escenificar la autodestrucción destrozando sus instrumentos sobre el escenario.

Así, explosionando en clubes y apariciones televisivas, lograron impactar lo suficiente para que una masa de fans decidiera convertirlos en sus ídolos. Carecían del carisma simpático de The Beatles. También del glamur peligroso y ambiguo de los Stones. Tampoco eran capaces de armar discos tan sólidos como Revolver o Aftermath. Pero había algo sincero y auténtico en su música que atrapaba. Más allá de la urgencia pop de Anyway, Anyhow, Anywhere, The Kids Are Alright o My Generation y de un apabullante directo, se producía en ellos la conversión sonora del contradictorio sentir juvenil.

Ninguno de sus coetáneos logró atrapar mejor esa mezcla de angustia y ganas de vivir que se siente entre los 15 y los 25 años. Es ese «vacío adolescente» al que cantarían años después en Baba O’Riley, inspirada en las enseñanzas de Meher Baba, guía espiritual al que siguió Pete Townshend. También se reflejarían luces y sombras vitales en el protagonista de Tommy (1969), un joven que había desconectado sus sentidos del mundo. Y, por supuesto, en el relato del entusiasmo y posterior desengaño con la subcultura mod de Quadrophenia (1973). En todos hay trazos biográficos de Townshend, compositor principal. De su conflictiva personalidad salieron algunos de los mejores momentos de la historia de un rock que el guitarrista empleó de continuo como purificador.

UNA NARIZ MUY GRANDE

En el rostro ovalado de Townshend sobresale una enorme nariz. Ello provocaría tempranas burlas en el colegio de las que surgiría un complejo que iba más allá de sus compañeros de clase. Lo confesó el propio guitarrista: «Mi madre era muy bella y se había casado con un hombre guapo, pero habían tenido este hijo tan vulgar. De niño ya podía notar su decepción. De alguna manera, tan pronto como crecí fracasé en el intento de interesarle. Sentía que debía demostrarle algo, así que decidí que me haría millonario». Cumplió su promesa.

En la primera mitad de los sesenta encontró a sus aliados. Primero John Entwistle, bajista impertérrito de técnica prodigiosa. Sobresalía precisamente por su quietud en medio de tanta pirotecnia. Este le presentaría a Roger Dartley, rudo y enérgico cantante que por aquel entonces militaba en The Detours. Y, por último, aparecería en escena Keith Moon. Venía de tocar la batería en The Beachcombers e impresionó desde el primer momento. El mito reza que destrozó parte del instrumento en su primera audición para The Who y todos quieren creerse los mitos. Esa actitud sería norma en el futuro. Gracias a su personalísimo estilo, se convertiría en uno de los grandes baterías de la historia.

En 1964 la rueda ya estaba girando. Y el éxito resultó instantáneo. Se aliaron con el publicista Pete Meaden que dirigió todos sus esfuerzos a vincularlos al movimiento mod que se encontraba en plena efervescencia. Así lanzaron como sencillo I’m The Face. Exalta, en clave de rhythm and blues, la figura del face, ese personaje magnético y con carisma que marcaba la tendencia para los otros mods. El disco salió a nombre de The High Numbers, considerados el primer grupo 100% mod de Londres. Al poco se rebautizaron como The Who, conquistaron el club Marquee y empezaron a escribir la leyenda.

Aunque entre los mods existan otros mitos tan o más válidos, lo cierto es que The Who se convirtieron en el gran icono popular de esa cultura. Jugando con el pop-art, el desenfado y su reciclaje de la música negra dejaron extraordinarias píldoras recogidas en los álbumes My Generation (1965), A Quick One (1966) y el ligeramente psicodélico The Who Sell Out (1967). Esa primera etapa, irregular en lo creativo y marcada por unas anfetaminas que se relevarían por el LSD, concluyó con el primer no a la drogas de Pete Townshend. En 1968 se casó, se entregó a la paz espiritual de Meher Baba y adoptó un interés religioso. Pero ese mismo carácter vulnerable que mostraba en sus canciones le jugaba malas pasadas. Las recaídas que se acompañaban de infidelidades y vuelta a los excesos con drogas y alcohol se producían de continuo.

Pese a todo, esos vaivenes psicológicos no afectaban al rendimiento grupo. En esa bisagra entre los sesenta y los setenta se produce la que comúnmente se considera la etapa de máximo esplendor. Más fuertes que nunca en directo —ahí está para atestiguarlo Live At The Leeds (1970)— grabaron una secuencia de discos prodigiosos. De inicio con la ópera-rock Tommy (1969), singular islote en todas las corrientes del momento. Después con un Who’s Next (1971) que inyectaba testosterona hard y le añadía electrónica. Y, ya por último, el magistral Quadrophenia (1973), carente de canciones emblemáticas por sí solas pero posiblemente su obra más elevada a nivel creativo.

A partir de ahí empezarían los titubeos, con discos muy inferiores y una decadencia que afectó a sus directos. En uno de los conciertos de la presentación de Quadrophenia, Keith Moon se desmayó. Su vida de excesos empezaba a pasarle factura. En 1978 murió tras una sobredosis de Clometiazol, un sedante usado para controlar los efectos de la abstinencia del alcohol. Semanas antes se había editado Who Are You (1978). No fue el final. Pero como si lo fuera. Aunque grabarían discos como Face Dances (1981) o It’s Hard (1982), The Who ahí se convirtieron en pasado. Aparecerían en ocasiones especiales, revisando viejos discos o celebrando aniversarios. ¿El último? Su medio siglo. Se celebrará con una gira mundial en el 2015. Promete ser la última.

Elvis Negro y Graham Summer, bajas en el ciclo Retroalimentación

Lunes, Diciembre 15th, 2014

Cambios en Los conciertos de Retroalimentación. El doble cartel previsto para este fin de semana con Chicharrón y Elvis Negro sufrirá una variación. Elvis Negro no podrán tocar y en su lugar lo hará Ocre, el proyecto de pop electrónico de Edu Poch, uno de sus integrantes. En cuando Elvis Negro estén operativos intentaremos reubicarlos en alguna fecha. Por ahora, Chicharrón y Ocre actuarán el próximo 20 de diciembre en la Casa Tomada a las 20.30 horas (entrada 5 euros)

Por otra parte, se cancela el recital que iba a dar Graham Summer en la sala Mardi Gras el 26 de diciembre. En este caso no habrá sustituto, aunque sí nuestro compromiso para acoger la presentación de su disco en cuando el artista esté disponible. El concierto de A Veces Ciclón y Apenino del 31 de enero, sigue como estaba. Y además, estamos a puntito de cerrar otra interesante propuesta para mediados de febrero que ya se anunciará en su debido momento.

Sentimos mucho los cambios, todos ellos debido a circunstancias personales de los músicos imprevisibles cuando se cerraron las fechas. Os esperamos a todos este sábado. Si todo va bien Chicharrón serán entrevistados esta semana en estas páginas.