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Archivo para Noviembre, 2014

Los conciertos de Retroalimentación suman y siguen

Lunes, Noviembre 24th, 2014

Los conciertos de Retroalimentación continuarán en la bisagra entre el 2014 y el 2015. Cinco bandas gallegas de estilos muy diferentes que refrendan en excepcional momento que vive la música hecha aquí. Además se amplía el radio de acción del ciclo con dos actuaciones en la Casa Tomada, un lugar idílico para los pequeños grandes conciertos que ha agitado la vida musical de la ciudad de manera determinante en los dos últimos años.

-CHICHARRÓN + ELVIS NEGRO (20 de diciembre, Casa Tomada, 5 euros). La presencia de Chicharrón en este ciclo es muy especial por varios motivos. Primero, porque tanto Alberto como Rubén estuvieron en el primer concierto organizado por este blog con Franc3s y Telephones Rouges, sus dos bandas precedentes. Segundo, porque ambos se conocieron precisamente en ese bolo y allí hablaron de hacer cosas juntos. Y tercero, y más importante, porque tienen bajo el brazo uno de los mejores discos editados este año. Tirando mucho de las atmósferas hipnóticas de Franc3s, pero llevándolas a un ambiente acústico y confesional, este álbum es de los que traspasa la piel y deja a uno tiritando. Estarán acompañados por los coruñeses Elvis Negro, que dieron su primer concierto teloneando a Triángulo de Amor Bizarro en Los conciertos de Retroalimentación. Acaban de terminar su disco de debut recientemente, Estaba en llamas / El salvaje abandono, lleno de ruido, ritmos sintéticos y tenues melodías.

-GRAHAM SUMMER (26 de diciembre, Mardi Gras, 5 euros). A Graham Summer ya lo tuvimos con su banda Wolrus y también en el exquisito formato de dúo junto a Adri Mt rescatando clásicos del folk americano. Ahora este coruñés de alma yanki llega a Los conciertos de Retroalimentación a presentar Walking On The Highways, su disco de debut en solitario. Se trata de un espléndido trabajo en el que se dan cita todas las pasiones de ese músico: el country, el folk y el rock. De Hank Williams a Neil Young, pasando por The Band su música llega cálida, detallista y generosa en el regusto que deja en el paladar. Pese a ser su proyecto en solitario, en este concierto lo presentará con banda.

-A VECES CICLÓN + APENINO (31 de enero, Casa Tomada, 5 euros). Lo de A Veces Ciclón estaba pendiente, porque es un grupo que se adora en ese blog. Herederos de bandas como Sr. Chinarro, Jr, Mus o Viva Las Vegas el trío ¿lugués? se mueve entre la parsimonia, los pequeños instantes cotidianos convertidos en poesía y las canciones enredadoras que parecen no decir nada pero hacen sentir mucho. Su primer y único disco aún descansa como una de las grandes joyas del pop nacional del 2013. En su pase por Los conciertos de Retroalimentación vendrán acompañados por un proyecto muy querido por aquí. Apenino. De hecho, en el fenecido Feedback-zine hicimos con el compostelano Marco Maril en el 2004 una pequeña gira de presentación de Bumerán, bumerán. Ahora, muchos años después, se dibuja una sonrisa de oreja a oreja con pensar que los temas de Viravolta se presentarán por primera vez en A Coruña dentro de este ciclo.

Las caricias melódicas de Cooper

Sábado, Noviembre 22nd, 2014

Un año y medio después de haber soplado las velas del quinto aniversario de este blog Cooper han vuelto a enamorar. Sin tanta explosividad como entonces y apelando más al relax melódico, la banda de Alex Díez trenzó un concierto de melodías de ensueño y recio armazón rítmico. Entre girasoles, el (maravilloso) tema estrella de UHF seguramente merodea en la cabeza de muchos como la dulzura que queda tras tomar un caremlo. También Ráfagas, no prevista en el set-list pero interpretada por petición popular en un segundo bis que no figuraba en el plan inicial.

Son ya muchos conciertos de Alex en A Coruña y la sensación de que haber crecido en paralelo a su trayectoria flota en ambiente de muchos de sus seguidores que, acariciando o rebasando la cuarentena, siguen poniéndole música a la vida. La de anoche ha sido otra gran experiencia, otra reunión cuasi secreta de melómanos empedernidos y otra oportunidad para reafirmarse en el camino elegido. Muchas gracias a la banda, a la sala Mardi Gras y a todos los asistentes.

Próxima parada: el lunes lo anunciaremos

Cooper: «Lo que se les critica a los hispters ya se les criticó a los mods»

Jueves, Noviembre 20th, 2014

Cooper vuelve a Los conciertos de Retroalimentación. Tras haber soplado las velas del quinto aniversario de este blog en el 2013, retorna con una actuación (viernes 21, sala Mardi Gras A Coruña) que volverá a ser una gran fiesta de pop. Lo hace con UHF, un minielepé que saldrá a la venta el próximo lunes y que marca un punto de transición hacia un lugar indeterminado en la trayectoria de la banda de Alex Díez. Son seis canciones que se mueven por territorios familiares en ese sonido marca de la casa que deambula entre la placidez y las dentelladas eléctricas y que han vuelto a tocar a fibra de este blog en donde se la adora. Aprovechando la excusa, sometemos al autor a una entrevista que pretende marcar un precedente en Los conciertos de Retroalimentación. En adelante, se va a intentar que los grupos que actúen en en el ciclo pasen previamente a explicarse en esta bitácora, completando así la experiencia.

-¿Es «UHF» un guiño a la antigua segunda cadena de televisión, lugar en el que mucha gente descubrió tanta música?

-La razón definitiva es porque la UFH, la segunda cadena, tenía la mitad de programación aunque el doble de interesante. Esa es la idea: un disco de seis temas en vez de doce, pero a lo mejor molan mucho más que las doce de otros muchos discos.

-¿Hizo muchos descubrimientos en su día en la segunda?

-La verdad es que no tengo una idea muy clara de qué programas eran en la primera y la segunda cadena. Yo veía mucho Musical Express, programas de cine… La verdad es que era una época en la que había muchos programas interesantes. A veces no tengo el recuerdo nítido de lo qué iba en cada lado.

-Elige como tema principal «Entre girasoles». Otra nueva canción en medio tiempo soleada de esas que predominan en su última etapa. ¿Ha encontrado ahí un modelo de tema?

-No la elijo yo, sino Elefant. Una vez que tienen el disco hecho con toda libertad, ven que la canción que mejor conecta con el espíritu del sello es Entre girasoles y me proponen un videoclip. Tal vez yo no hubiese escogido esa como single, pero la verdad es que ha sido un acierto. Es cierto que es un tipo de canción que se da ahora en mí, pero la verdad es que no tengo la perspectiva suficiente como para darme cuenta de eso. Yo creo que es una canción muy Cooper, hecha en un terreno que ya habíamos visitado. Creo que En el sofá iba por los mismos derroteros hace dos discos.

-Incluso canciones que formalmente no se parecen a esta, pero que responden a esa sensación de luminosidad y sosiego. Temas como «Lisboa» o «Cerca del sol», por ejemplo, que ya parecen como un microgénero dentro de Cooper.

-Tengo varios de esos pequeños géneros, está bien explicado [risas]. Entre girasoles es una canción que está muy relacionada con mi idea de ver la vida y la familia. Es un tema para mi hija, en realidad, y quiere tener el espíritu de las canciones del verano. Me parece que las fiestas de verano son uno de los espacios a reconquistar por la música que a mí me gusta. Yo tengo el recuerdo, hace 30 años, de escuchar buena música en las fiestas de los pueblos, de escuchar buena música en los bares de los sitios, en espacios en los que ahora todo eso se ha perdido. Para ese tema pensé en qué música me gustaría que sonase en una verbena de pueblo. Y me salió ese tema, con ese imaginario.

-Parece que hay un cambio generacional al respecto. Al menos en Galicia, cada vez son más frecuentes las sesiones vermú, aparecen festivales que incluyen a los niños como parte del público y, poco a poco, se impone cierta idea familiar del pop. A mi hija, por ejemplo, sus abuelos le regalan camisetas de los Rolling Stones. ¿El pop ya se ha hecho adulto?

-Yo siempre he delimitado el pop y el rock en un tema determinado: la transgresión. Toda la ética del rock n’ roll tenía sentido cuando los padres se echaban a temblar cuando sus hijos escuchaban esa música. Desde el momento en el que son los padres los que quieren llevar a los hijos a los conciertos de rock n’ roll, toda la ética revolucionaria desaparece. Para mí es ahí cuando entra en juego el valor de la música popular, música que no tiene pretensión de cambiar el mundo, sino de acompañarte en el camino y de ser la banda sonora de los momentos de tu vida. El rock n’ roll, al hablarte de la nueva revolución, siempre te va a defraudar porque hoy en día ya no funciona por esos parámetros.

-¿Quizá al pop y al rock no la haya pasado lo que al jazz en los setenta, que se haya convertido en una pieza de museo estancada, con pulcros conciertos a la una de la tarde para toda la familia? ¿Es la tercera edad del pop?

-Yo vuelvo a defender la frontera entre el rock n’ roll y el pop. El rock n’ roll es una música primaria y que apela a sentimientos básicos y primitivos, en los ritmos, la repeticiones y la forma de concebir los mismos 12 compases. Es una música que está condenada a repetirse y volver una y otra vez sobre el mismo camino hasta convertirse en un cliché. La música popular, sin embargo, por las influencias que recibe de otras corrientes o el mismo sentido armónico y melódico, más allá del ritmo y lo primitivo, tiene otra versatilidad más grande. Para mí es mucho más interesante desde el punto de vista creativo. Es mucho más fácil desarrollar caminos que no se han transitado en la música pop que en el rock n’ roll. Luego, como fenómeno musical, ahí sí que conviven. El público es más o menos común y sí que está sucediendo lo que tú dices. Pero para mí eso, lejos de verlo como un ingreso de la música en el sanatorio, me parece una especie de sana revolución dentro de la escena musical. Lo hace razonable y hace cobrar sentido a la música, tomando lugares como las verbenas de los pueblos, la música del mediodía o los espacios para que los chavales puedan ir a los conciertos. Hoy mismo leía que Josema de Los Hermanos Dalton fue a tocar a la sala Sol este fin de semana y quería que su hija tocara con él una canción. No pudo porque la ordenanza municipal prohíbe a los menores de edad estar en el concierto. La madre se tuvo que llevar a la niña y esta no pudo tocar con su padre. Son esas contradicciones que te vienen dadas por este tipo de decisiones que se toman alrededor de una mesa sin que se sepa muy bien por qué. Para mí esta recuperación de la música en los diferentes momentos del día y las diferentes edades me parece más que sana, me parece imprescindible. De hecho, yo he estado abogando por ello desde hace años, diciendo que estaba harto de que la música sirviera solo para ser escuchada a las doce de la noche en un garito y con un cubata en la mano, que yo escucho música a las doce del mediodía, a las cuatro de la tarde, a las ocho… igual que le pasará a mucha otra gente. De repente, hay una corriente que pretende dignificar la música y utilizarla en otros momento que la hace importante otra vez. Y luego, por otra parte, cuando la relacionas con el jazz u otro tipo de músicas yo, que he trabajado en una institución, he de decir que el jazz sigue estando subvencionado y la música pop no. Nunca lo estará. Nunca será una música tan de élite como para sobrevivir gracias a las ayudas porque si no se muere. Por una parte, está el hecho de que la mayoría de la gente no la va a considerar como parte del acervo cultural, sino como algo que viene de fuera. Por otra, la calidad que puede tener el pop como música de consumo nunca va a ser lo suficientemente rica como para que una élite la haga suya. En realidad todo esto el modo de hacer el regate. Como va a tener que sobrevivir gracias las layes asquerosas del mercado, va a tener que reinventarse continuamente.

-Viene de hacer la gira del aperitivo, conciertos para todas las edades a la una de la tarde. ¿La revolución del pop pasa por normalizarlo como una actividad familiar y sacarlo del underground?

-Es que dentro de nuestro ambiente, plantear la gira del aperitivo es revolucionario. Va contracorriente y ha habido mucho escepticismo al respecto. No se sabía muy bien cómo podía funcionar. Ten en cuenta que esto no son conciertos para niños, sino concierto en donde pueden entrar los menores. ¿Cómo no van a tener acceso a la música los chavales de 14 años si son los que más la viven? Normalizar eso ha sido todo un reto.

-De todos modos, pese a lo que dice del jazz, yo sí que noto como esta generación indie ha tomado parte del poder. Le pongo un ejemplo: este año en las fiestas del Apóstol en Santiago actuaron consecutivamente Los Planetas, Belle & Sebastian y Crystal Fighters, tres nombres lejanos al gusto popular masivo en los que se nota el acceso de nuevos programadores. ¿Usted eso no lo percibe?

-Mi experiencia me dice que no, pero podría ser. Yo estuve ocho años como programador en el Ayuntamiento de León y vi que hay muchos factores que hacen que una programación sea buena, pero en ningún caso será buena si responde a los criterios personales del programador. Tus gustos seguramente influirán y podrás meter tus pequeños caprichos en la programación, pero hay que tener muy clara cuál es tu función. Por ejemplo, programando grupos minoritarios en escenarios masivos se puede llegar a la situación en la que se cree un rechazo en la mayoría de la población, que no acaba de entender por qué un grupo que se aparta tanto del gusto general de la gente se programa, en vez de las cosas que le gustan a todo el mundo. Dicho lo cual, se puede programar de todo: no tiene porque ser de las cien cosas que programes 98 mainstream y dos alternativas, se pueden combinar ambas cosas. La gente de nuestra generación que ha entrado en las instituciones y está programando creció escuchando Radio 3 o leyendo Ruta 66 o Rockdelux. Tiene armas para decidir las cosas que son de nuestra onda y que pueden gustar a un público mayoritario. En ese sentido, creo que queda un camino larguísimo para llegar a influir como se ha podido influir en otras épocas.

-Volviendo al disco, creo que al escoger «Entre girasoles» como canción estrella perdió una oportunidad de oro con «Hipsters». Aparte de que la canción pincha con su electricidad y entra muy bien, es de lo más oportuna con toda la polémica generada gracias al libro de Víctor Lenore «Hispters, indies y gafapastas». ¿No se valoró que esta fuera la canción bandera?

-Sí, era mi opción. Hipsters la han programado en 180 grados y supongo que tendrá su momento. Yo la veía como tema más claro, a pesar de tener un tono algo frívolo que se aparta de la temática general de los discos de Cooper. De todos modos, no es algo que me dé miedo. Hay muchos casos en la historia de la música que una canción conocidísima de un grupo no explica cómo es el espíritu de la banda.

-De todos modos, la canción habla de sentirse un poco perdido ante un nuevo movimiento juvenil que te pilla con el pie cambiado y con el que no conectas. La veo bastante Cooper, me siento bastante identificado.

-Puede ser. A mí la canción me gusta mucho y la letra me salió del tirón. Venía en un viaje de León a Madrid en coche, tenía la música desde hacía tiempo y me acordé de un tema de los Dandy Warhols, Never Thought You’d be a Junkie. Me tuve que autocensurar bastante para no meterme en otro marrón más [risas]. Siempre tengo la sensación, cuando hago una canción de estas en las que me doy el gusto de tener una frivolidad, que se crean malentendidos. Recuerdo cuando en Los Flechazos hice Solo en casa, que la gente me venía y me decía: «Eres demasiado pequeño para hacer una canción como esta». Y yo les decía: «Tú eres demasiado pequeño para entender que cuando estás casado y tienes una familiar también te darías cuenta que hay veces en las que te apetece estar solo».

-A mí me ocurrió algo parecido a lo que relata en la canción. Antes iba a muchos festivales musicales grandes hasta terminar saturado. Llevaba como diez años sin ir a uno cuando el año pasado fui al Primavera Sound y flipé: yo había dejado aquel ambiente con flequillos, zapatillas Puma rojas y pantalones de campana y me lo encontré todo lleno de tupés, barbas y flores. Me sentía súper mayor y fuera de lugar.

-La canción habla de eso. A mí me gusta que la gente de cada generación tenga sus marcas de identidad y, aunque yo me encuentre fuera, me gusta observar las subculturas. Además, yo no tengo ningún problema con la gente culta y que le presta atención a los detalles. Pero sí que te encuentras fuera de lugar, incluso cuando ellos te quieren hacer sentir bien. La canción tiene mucha ironía, tampoco me siento tan fuera de lugar, solo es una broma. La verdad es que estaba algo preocupado en plan ¿a ver qué le parece a Xoel que me meta con los cantautores? ¿A ver qué piensa Fran Nixon? La verdad es que los libros que he editado con Chelsea han tenido mucha influencia. Gente como Pat, Xoel o Fran Nixon me han hecho pensar mucho.

-¿Los hipsters actuales no son realmente lo que fueron los mods en los años sesenta?

-Claro. Lo pensé desde el principio, en cuando surgió este movimiento. Pero todo es cuestión de porcentajes. Por eso en su día dije que hay cosas en las que pienso todo lo contrario de lo que pensaban los mods en los sesenta. En los sesenta se estaban rompiendo unas barreras, que estaba muy bien romperlas, pero las consecuencias de esa ruptura han llegado a veces a la exageración. Un mod de los sesenta era un tío que estaba a la última porque tenía cuatro trajes en el ropero, seis camisas y dos pantalones. ¿Qué chaval no tiene hoy en día seis camisas y tres pantalones? La sociedad de consumo lo ha llevado al límite. Esas cosas que me gusta cómo empezaron han generado tal bola de nieve que ahora me crea rechazo. A lo mejor algunas de las cosas que me puede generar rechazo de la cultura hipster hoy en día vienen motivadas por eso, pero también por la situación en la que se enmarca esa subcultura. Los sesenta no son lo mismo que ahora. Al margen de eso, ¿qué problema hay con que la gente quiera ver películas que merezcan la pena en vez la basura que les echan en la tele? ¿qué problema hay en seleccionar los grupos que se escuchan? El problema es cuando eso deriva en borreguismo, la dictadura del grupo o el mola/no mola. Pero a mí no me gusta la gente que porque se encuentra fuera de la escena la rechaza. A mí eso nunca me ha pasado. Y creo que la canción lo evoca de manera bastante clara. De hecho, en las notas de la contraportada lo intento explicar: no busques crítica o acidez, porque esto es otra cosa. Y sí, tiene mucho que ver con los mods de los sesenta. De hecho, mucho de lo que se les critica a los hipsters ya se les criticó a los mods. En toda esta polémica hay una cosa que me desconcierta, porque yo no soy capaz de identificar indie con hipster, creo que son dos cosas diferentes.

-Sí, yo también. Con lo primero me puedo identificar en muchas cosas. Con lo segundo, nada.

-Las etiquetas sirven para lo que sirven: identificar cosas de un modo superficial. La pobre Virginia Díaz de Radio 3 estaba asustaba, quería cerciorarse de que no me burlaba en la canción. ¿Qué pasa que 180 grados es un programa hipster? Y no es eso. Pero sí que creo que los hipsters escuchan ese programa.

-Dice que siente la necesidad de sorprenderse a si mismo, pese a practicar un género tan claro. ¿Qué sorpresas se ha encontrado en «UHF»?

-En nada. Estaba muy despistado. De hecho, hace un año y medio tuve un bloqueo porque todo el trabajo y esfuerzo que había volcado en Mi universo, el disco anterior, yo sentía que no había dado los frutos que debería haber dado. Sentía que era un disco que había pasado desapercibido, pese a toda la gira virtual, los conciertos, el dvd y el documental. Sigo sintiendo que es el gran disco de Cooper y pensaba que tras algo así no iba a ser capaz de hacer otra cosa. No me sentía con fuerzas de enfrentarme a la labor de hacer un álbum completo y darle sentido. Hasta que, de repente, me di cuenta que haber hecho el mejor disco de tu trayectoria es una liberación, porque ya puedes hacer toda la mierda que quieras [risas]. Les pregunté a Elefant si les planteaba mucho problema sacar un minielepé y me dijeron que no. He recurrido a ello, porque ya no es la primera vez que me saca de un atolladero. En Los Flechazos recurrí a ello en una época de confusión, en la que no sabía a dónde se iban a dirigir las cosas, y ahora me ha pasado lo mismo. Recopilé las canciones que tenía hechas, les di forma y cree un proyecto con eso. La verdad es que ha salido muy bien. A mí me encanta cómo ha quedado, con una cara a más introspectiva y poética, con letras para sentirte más orgulloso que hablan de sentimientos más puros. Y una cara b más intrascendente, hasta que llega la versión de Javier Sun que es como el colofón. Tanto Hipsters como Brick Lane me podía morir sin haberlas escrito, no pasaría nada. Pero a la vez son canciones que me divierte mucho tocar y necesito explotar la parte lúdica. En una entrevista me preguntaban si hacía este disco porque tenía ganas de salir a tocar y la verdad es que no dije ni sí ni no, porque no tengo ni idea. El mundo no necesita un nuevo disco de Cooper, lo he dicho mil veces. Pero a mí no hay nada que me guste más. Yo iba escuchando Ideal de camino al estudio de Carlos Hernández para hacer la última mezcla y se me saltaban las lágrimas, preguntándome: ¿por qué no le gusta esto a todo el mundo? ¿qué es lo que falla?

-Quizá el momento. Este disco quizá sea el que más ecos del brit-pop tenga de toda su trayectoria. Hace 10 o 15 años eso encajaría. Hoy se está a otra cosa.

-Sí, hoy no encaja en absoluto. La sensibilidad musical actual en España tira hacia grupos como Izal, Vestusta Morla, Supersubmarina, el viraje de La Habitación Roja y Lori Meyers hacia esos terrenos. Esta todo en las antípodas, pero siempre ha habido antípodas en la música. La gente que estaba con los Kinks y con los Who no creo que estuviera con The Velvet Undeground. Esos dos polos siempre han estado ahí. A pesar de que se lleva una cosa, siempre hay un público que quiere la otra. A mí no me importa ser de minorías, mientras haga lo que a mí me gusta muchísimo. ¿Que no va a tener repercusión? No me queda la menor duda. Si no la tuvo el disco anterior, con todo el esfuerzo que se hizo, mucho menos lo va a tener esto. Pero es que aquí se está trabajando en una carrera y esto es una carrera de fondo: que dentro de 10 o 15 años se pueda escuchar el disco descontextualizado y que se sostenga. Eso es lo que me interesa.

-¿No cree que el problema de «Mi universo» a ese nivel fue que carecía de hits claros? No tenía «Rabia» ni el «Hipsters» de este disco.

-Lo que pasa es que cuando hago discos que tienen hits tampoco [risas]. Pero claro, si dejo de hacer singles para hacer un álbum es para hacer algo como eso, sino sigo haciendo singles. No entiendo los discos que se sostienen en torno a una o dos canciones y todo lo demás es de relleno. Para eso no se hace un álbum. De todos modos, yo creo que cualquier canción del disco anterior en el repertorio de otro grupo sería un hit. Sabría decirte qué canción iría mejor a cada grupo [risas]. Lo que pasa es que ninguna sobresalía. Hace tiempo lo expliqué en una entrevista. Si a ti te ponen delante a 25 chicas guapísimas no sabrías a cuál elegirías a primera vista porque son todas guapas, incluso puede que hasta te canses de tanta belleza. En cambio si te ponen varias chicas feas y dos guapísimas, sabes perfectamente cuáles son las dos que más te gustan. Eso es un poco injusto, porque cuando las 25 son guapas son guapas, aunque no le puedes prestar atención a todas.

-Versionea en este disco a Javier Sun. ¿Una deuda pendiente quizá?

-Yo no la siento como una versión. Cuando se la escuché a Javier me pareció una nueva gran canción suya que iba a pasar desapercibida lamentablemente y eso me dio pena. Me pareció muy emotiva, intensa y profunda. Se lo comenté y él me dijo si no se parecía demasiado a Cooper. Yo, sin embargo, la sentí como una canción de Cooper compuesta por otra persona. Así la he sentido siempre. Igual que el For You Love es una canción de los Yardbirds, aunque no la haya compuesto nadie del grupo. Para mí no es una versión, ni siquiera la llegó a grabar. No le hemos dado una vuelta de tuerca ni nada, la interpretamos igual que la hacía Javi. Me identificaba totalmente con ella y creo que estamos en toda esta historia para testificar, para dejar constancia de cosas que pasan. Hay un montón de canciones que no trascienden y se pierden, y eso es algo que me da mucha pena. De hecho, esta pendiente un disco de versiones de canciones maravillosas de grupos pequeños nacionales que solo han visto la luz en maquetas.

-¿Lo va a hacer usted?

-Lo he pensado y me encantaría. Son grupos a los que le gusta Cooper, como Happening de Valladolid, esos grupos que te dan la maqueta en un concierto, la metes en la funda de la guitarra y, después, un día la pones en el coche y te sorprendes. Son temas que han pasado desapercibidos y este de Javier es uno de ellos. No sé si lo haré, porque es uno de los mil proyectos que tengo en la cabeza.

-Si ya es difícil prosperar con un disco al uso, uno como este es mil veces más arriesgado.

-Yo no funciono con esos parámetros. No estoy preocupado por la cancha que me van a dar los medios de comunicación o qué repercusión va a tener. Cooper es el proyecto de mi vida. Hay una identificación entre el artista y la vida que va más allá de si va a dar dinero, si voy a poder vivir de esto o si voy a tener éxito o no. Me planteo otras cosas. Por ejemplo, reivindicar a grupos como Octubre, que ha pasado desapercibido, es algo muy chulo. Yo hago proyectos que me ilusionen.

1994, el año en el que el que estalló el Brit-Pop

Lunes, Noviembre 17th, 2014

Todo empezó en abril de 1994. El día 11 Oasis pulsaron el gatillo de la pistola de hits por primera vez. Supersonic, su single de debut, veía la luz. Lo hacía con aromas del I Wanna Be Adored de The Stone Roses, gesto desafiante, mala leche obrera y ganas de decir ese algo que solo tiene sentido dentro de una canción. «Me siento supersónico / dame un gin-tonic», cantaba Liam Gallagher. Alargaba las vocales finales a lo John Lennon en un absurdo mensaje convertido en proclama de la insatisfacción y satisfacción juvenil. Una nueva era estaba naciendo en la música popular.

Alrededor de ese tema y las sensaciones que generaba —nervio, morritos, cabeza hacia atrás, garganta rota gritándola al viento— se levantó una de las carreras más exitosas del rock de los noventa. Pero también se colocaron los ladrillos iniciales del edificio de lo que se hizo en llamar brit-pop, el movimiento con el que Inglaterra volvió a ondear su bandera tras el ciclón grunge. Este había arrasado. Cualquier intento de escalada de las bandas inglesas en la relevancia más allá del underground fracasaba.

Desde que Manchester pidiera sitio como capital musical mundial a finales de los ochenta mezclando el pop y el espíritu del acid house, el país de The Kinks, Rolling Stones y The Beatles no contaba en los charts. Todo giraba alrededor de la angustia generacional de Nirvana, sus compañeros de la era grunge y los intocables de siempre que, vaya, ninguno era inglés. Pero, en la misma ciudad norteña, los hermanos Gallagher lanzaban con Supersonic una cejijunta mirada con visos de eternidad. El destino quiso que Supersonic saliese al mercado seis días después de que Kurt Cobain apareciese muerto en Seattle.

En paralelo, Londres también burbujeaba. La historia venía de atrás. Suede ya había debutado con su espléndido disco homónimo en 1993. Elastica también, con el single Stutter. Y Blur habian perfilado con Modern Life Is Rubbish las bases ideológicas y sonoras del brit-pop. Cuando estos últimos lanzaron Parklife, su tercer álbum, todo el camino estaba trazado para su reinado.

El calendario indicaba que aquel floreciente mes de abril de 1994 apenas había avanzado 14 días desde la salida de Supersonic. Blur proponían una visión diferente a la de Oasis. Frente a la rudeza y la rabia de los de Manchester, la banda liderada por Damon Albarn resultaba elefante, sofisticada y erudita. En Parklife, que se presentaba con una imagen de algo tan típicamente inglés como una canódromo, se realizaban retratos costumbristas e irónicos del Londres de mediados de los noventa. Pero, sobre todo, se honraba sin ambages a su extensísima tradición pop. Un crisol de estilos se daban cita, comprendiendo piezas tan diferentes (pero tan complementarias) como las guitarras cortantes de The Kinks, el pop electrónico a lo Pet Shop Boys, el melodrama de David Bowie, el frescor new-wave de XTC o el vitalismo ska de Madness. En sus manos todo sonaba lozano, actual, a banda sonora de un momento.

URGENCIA JUVENIL
A partir de ahí el brit-pop lo monopolizó todo. Oasis lanzaban a finales de agosto Definitely Maybe, su apabullante elepé de debut que acababa de ser reeditado con caras b y extras aprovechando la efeméride. Urgente, arrogante y rabiosamente juvenil, contenía las dosis exactas de electricidad y euforia como para volver loca a la generación que lo vio nacer. Igual que había sucedido en 1989 con el homónimo debut de The Stone Roses (cambiemos el «Yo quiero ser adorado» de aquellos por el «Hoy voy a ser una rock n’ roll star» que abre el de Oasis), de uno u otro modo Definitely Maybe cristalizaba una buena parte del anhelo de esa grandeza proletaria germinada entre pintas en pubs, cánticos futboleros y trabajos que dejan roña bajo las uñas.

Hasta entonces todo era auténtico, natural y creíble. Pero la maquinaria tenía que continuar. Y lo siguió haciendo, tensando artificialmente una rivalidad entre Blur y Oasis que hizo multiplicar el interés y las ventas. Había que revivir el Beatles vs Stones y se hizo de la manera más polarizada posible. Aunque aquí todos ansiaban ser The Beatles, la industria jugó con los opuestos: norte contra sur, pijos frente a obreros, chicos duros echándole un pulso a los refinados… Sí, de la manera más simple posible para despertar las adhesiones más primarias.

Todo ocurría mientras de fondo surgían desvíos de lo más edificantes. Suede que se apartaban del bullicio con el magistral Dog Man Star. Supergrass irrumpían gamberros con pildorazos pop. Y unos veteranos Pulp aprovechaban el río revuelto para colar un His’ n’ Hers que dejaría vía libre para la entrega de uno de los grandes himnos brit-pop: el extraordinario Common People. También apareció una retahíla de nombres menores como Sleeper, These Animal Man, Menswear, Bluetones o Gene y se recuperaron para las nuevas generaciones a figuras como Paul Weller, John Squire o Johnny Marr, puntos de partida de muchos de los nuevos himnos de la juventud inglesa.

En 1995, con Blur y Oasis convertidos ya en gigantes, se disputó la gran batalla mediática. Se simultanearon las salidas de los singles de adelanto de sus siguientes álbumes —The Great Escape y What’s The Story Morning Glory?—, se subieron de tono los dardos entre ambos en los tabloides y todo derivó en un esperpento nacional. Pero las tiendas de discos no paraban de hacer sonar la caja registradora y el globo se infló todo lo que pudo hasta que ambas bandas lo pincharon en 1997. Oasis bajando la calidad estrepitosamente con el mediocre Be Here Now y Blur reinventándose con el homónimo Blur. La era brit-pop se había terminado. Había que dejar sitio a Robbie Williams y las Spice Girls.

HIMNOS CONVERTIDOS EN PORTADA DE REVISTA
Entre Blur y Oasis se creó un movimiento al que, veinte años después, se sigue revisando. Se trata de una fórmula magistral: poner un producto musical en el escaparate, convertirlo en una marca y pulverizar todos los récords. Pese a que una buena parte de la crítica musical siga mirando con desdén aquellos días de flequillos y Adidas Gazelle, lo cierto es que Inglaterra jamás ha vuelto a ofrecer al mundo una catarata de hits tan continua y bien empaquetada como la de 1994 y 1997. Y en ello una parte fundamental del mérito recae en la prensa musical británica, amplificador de todo lo que ocurría.

Cabeceras como New Musical Express, Melody Maker, Select o The Face vieron allí la gallina de los huevos de oro. Apartaron a Kurt Cobain de las cubiertas. En su lugar, colocaron a los integrantes de Blur y Oasis en todas y cada una de sus variantes: en solitario, enfrentados o como locomotoras de un tren que al final iba a descarrilar con tantos vagones. Como buenos británicos, todas esas bandas destacaban por su imagen. Eran plásticos y fotogénicos, fácilmente imitables y perfectos para forrar las habitaciones de una Inglaterra que empezaba a escribir un nuevo ciclo que iba más allá de lo musical. El laborista Tony Blair no había llegado a un a Downing Street pero, desde la oposición, sabía que resultaba fundamental ir de la mano de estos nuevos héroes de un país orgulloso de sus ídolos.

Los años sesenta eran un recuerdo que se podía revivir. Y el papel impreso hizo todo lo posible con titulares. Un par de años después surgirá un concepto casi tan perfecto como el de brit-pop, la Coolbritania. Lo acuñaría la revista Newsweek y para siempre quedará un icono definitivo: Kate Moss enfundada con un jersey de la bandera inglesa.

¿La crítica musical, al servicio del lector o del propio crítico?

Jueves, Noviembre 13th, 2014

Hace ya unos años entrevisté a David Bustamante, el de Operación Triunfo. Daba un concierto en A Coruña y aprovechamos la ocasión para hablar con él. Le hice una entrevista “musical”, sin cosas del corazón ni nada. Me habló, por ejemplo, de su afición por artistas como Miguel Gallardo o la música popular italiana. En un momento dado le pregunté si le afectaban los comentarios de los críticos y periodistas que lo ponían como ejemplo de los males del a música en España. Me contestó que no, porque estaba seguro que esa gente no había ido nunca a un concierto suyo, ni había escuchado sus discos, ni se había interesado en qué clase de música le gustaba a él. Según su punto de vista, la gente lo ponía a parir “de oídas”, por sus apariciones lacrimógenas en televisión o, a mayores, por escuchar una canción en la radio. Y mucho me temo que tenía toda la razón.

Tiempo después participé en un debate sobre el estado de la crítica musical organizado por Sinsal en el centro Normal de la UDC. Se tocó el tema de la especialización. Al escribir en un medio generalista como La Voz de Galicia muchas veces me toca enfrentarme a artistas como La Oreja de Van Gogh, Sergio Dalma, Azúcar Moreno o Pimpinela junto a otros como Tindersticks, Toy, Los Punsetes o la última sensación indie. Defendía en aquel encuentro algo tan elemental como la necesidad de tratar con el mismo rigor a Sonic Youth que a Chenoa. Noté cierta extrañeza. En un momento dado, el moderador me interrumpió: “¿Quieres decir que Sonic Youth y Chenoa son iguales?”. No era eso, claro. Se trataba de dejar de manifiesto que Chenoa, al ser una artista que interesa a tanta gente como para reunir a más de 5.000 personas en su concierto en A Coruña, tiene que salir en un medio como el nuestro. Y que merece el mismo respeto y seriedad a la hora de analizarla, ya que escribimos para un lector que exige que el periodista hable con conocimiento de causa. Algo tan básico como escuchar su disco e ir a ver su concierto antes de pronunciarme. Algo, sorprendentemente, tan raro como eso.

Estas dos pinceladas personales vienen a cuento sobre un debate que planea últimamente en la crítica musical nacional y que, en las últimas semanas, ha tomado tomado especial viveza. Primero, por la publicación del libro de Víctor Lenore Indies, hipsters y gafapastas, el volumen en el que habla, entre otras cosas, sobre los mecanismos de distinción en función del gusto musical promovidos por una buena parte de la prensa cultural. Segundo, por la polémica provocada por Diego A. Manrique al participar en la lista del número que celebra el 30º aniversario de la revista Rockdelux colocando como número uno el 19 días y 500 noches de Joaquín Sabina, sin que luego este se viese reflejada en la macrolista final. En ambos casos se toca desde diferentes prismas esa especie de corte del buen gusto minoritario con aspiraciones generalistas.

A ese respecto, desde la Asociación de Promotores Musical se ha lanzado una pequeña encuesta. En ella el periodista Nando Cruz lo sintetiza brillantemente: «En España la crítica siempre ha tendido más a exhibir conocimientos y buen gusto que a anteponer una vocación de servicio». Uno iría más allá y hablaría de una suerte de confusión de roles, generando algo que se podría denominar el crítico-artista. Es decir, aquel periodista que considera que su misión principal no es transmitir información (o emoción, en su caso), sino crear una especie de vehículo literario personal salpicado por una música sujeta a dogmas de especialísimo buen gusto. Por ello, muchas veces no importa ser un poco críptico y que el lector no entienda lo que se escribe. Por ello, no importa si al final habla más el periodista haciéndose autohomenajes que el músico entrevistado. Por ello, no importa si se preña de vivencias personales irrelevantes un texto. Por ello, no importa si de lo que se habla le interesa a la gente o no. Porque todo se trata de modelar esa figura pública lo más posible, poniéndose incluso por encima del lector o el músico.

Recuerdo en los noventa que terminé frente a un articulo de Diego A. Manrique sobre las Spice Girls en el fenecido Tentaciones. Eran dos páginas en las que se analizaba al grupo de pop más popular del momento. Lejos del tono ligero habitual, se trataba de un análisis serio, sustancioso, entendible y muy disfrutable. Aquello supuso toda una colleja en mis veintipocos años. Tiempo después, hubo otra lectura en el Metrópoli que me impactó con la misma intensidad. Era una crítica de David Saavedra sobre el disco que acaba de sacar Alejando Sanz, uno de los lanzamientos importantes del año. Lo ponía mal, pero en todo el texto no había ni una sola ironía, ni un solo desprecio, ni un solo ponerse por encima del artista. De algún modo esos dos textos cambiaron bastante mi percepción de las cosas, ayudándome a quitarme de encima todos esos lastres absurdos adquiridos en pos de buscar algo parecido a un criterio, sumando perjuicios y juzgado cosas desde el desconocimiento y una absurda posición de superioridad.

Por cierto, aquel concierto de Bustamante resultó horroroso. Así se reflejó y se argumentó en mi crítica correspondiente tras haber asistido. El disco de Chenoa, lamentable. También quedó plasmado después de sus correspondiente escuchas. Por otra parte, creo que ver la música con la lente “política” de Lenore es un error y un callejón sin salida, aunque tiene más razón que un santo en algunas de las cosas de las que habla en su polémico ensayo. Y, bueno, habrá que darle una oportunidad algún día al disco de Joaquín Sabina, músico del que escuché muchas otras cosas que, independientemente de su calidad, nunca me agradaron lo más mínimo. Quién sabe. Gracias a acercarme por motivos profesionales a la música de artistas que supuestamente no me gustaban de modo respetuoso y con las orejas abiertas he cambiado de opinión en más de una ocasión. Me acabaron encantando los singles de La Quinta Estación, me quedé totalmente prendado del sobresaliente Atlántico de Xoel López y, bueno, me he dado cuenta que aunque el primer disco de Vetusta Morla no me hubiese chiflado, Mapas es una verdadera maravilla. Todo ello sin que mi pasión por Los Planetas, los Stone Roses o la Velvet Underground se haya debilitado en ningún momento.

Me temo que he salido ganando. Espero que quien me lea y concuerde conmigo, también.