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Nacho Vegas: “No quiero ser el bufón de la gente de derechas “

Escrito por Javier Becerra
1 de julio de 2014 a las 16:52h

Con Resituación Nacho Vegas ha querido explicitar de la manera más nítida posible su postura política. Totalmente influenciado por el 15-M, en sus canciones se pasean personas que pasan de la desesperación a la rabia, de ser desahuciados de su casa a formar parte del escrache contra un político. Ello ha producido una ruptura con parte de esa crítica que otrora lo adoraba y ahora lo acusa de planfletario. Con motivo de su visita a Santiago el pasado mes de junio lo entrevistamos para el suplemento Fugas con las limitaciones de espacio pertinentes. Ahora la recupero íntegra.

—Una persona cercana a usted se quejaba de que las críticas de “Resituación” hablaban mucho de política y poco de música. ¿Piensa lo mismo?

—Sí, pero creo que es algo natural. En otros disco se cargaban las tintas sobre algunos temas. No creo que este sea un disco exclusivamente político. En otros álbumes se decía que mis discos eran de drogas y tampoco todas las canciones se orientaban a eso.

—Hablar de drogas en el rock independiente era más común que hablar de política. ¿Existe una especie de salida del armario generacional respecto a la política en la música «indie» española?

—Puede ser, pero supongo que es algo natural también. Las cosas han cambiado. Desde hace unos años se ha producido una toma de conciencia generalizada ante una situación de hartazgo. Con el 15-M la política salió a las calles. Ahora ves en el autobús o en el supermercado a los chavales hablando de política. Cuando eso está tan presente es normal que se cuele en las canciones de la gente y que los grupos empiecen a hablar. Lo está haciendo un montón de gente. Hablar de política implica un posicionamiento. Incluso cuando se mira para otro lado, se estaba tomando partido. Cuando Fangoria cantan “No quiero dramas en mi vida” están haciendo política pura y dura.

—En otros géneros sí que se abrazaban a la política abiertamente, mientras que en el rock independiente estaba soterrado o, en el mejor de los casos, hecho de modo enrevesado. Se podía hablar con músicos de política, pero rara vez se veía eso trasladado a una canción. Ahora casos como el de su disco, el de León Benavente o el último de Ornamento y Delito parecen confirmar una especie de explosión.

—Bueno, había otras formas. El compromiso político del músico no tiene que ver solo con el mensaje y el contenido de las letras. Cosas como el Lady Fest o La Dinamo estaban relacionadas con el mundo indie pero eran política. Lo que pasa es que aquí lo importante era cómo se vehiculaba la música, no su mensaje. De todos modos, la generación indie fue algo conservadora y reaccionaria. El mensaje era «Como no sé qué hacer para que las cosas cambien, opto por no enfrentarme a ello».

—¿Podemos decir que fue una generación frívola?

—Sí, la frivolidad es un poco lo que tienes para agarrarte cuando quieres evitar hablar de temas espinosos. Existía una especie de cinismo endémico, con un cierto descreimiento hacia cualquier cosa que significase una toma de conciencia colectiva.

—En su disco llama la atención esas letras en unas formas musicales un tanto alegres.

—Lo buscaba, porque es algo de la música popular que me gusta mucho. La música tradicional en muchas ocasiones toca temas dolorosos pero no lo remarca con el sonido, sino todo lo contrario. Hay canciones de duelo con música muy alegre. Puede ser por esto, la verdad es que no era muy consciente del porqué. A veces, el no querer que la música redunde en lo que dice la letra le da un efecto más poderoso aún.

—Suicidios, desahucios, trabajadores estafados…. a priori eso pide uñas, garra y cabreo, no amabilidad.

—Sí, pero ahí está el truco de la música. Hay canciones de Hank Williams que, cuando yo las escuchaba sin saber qué decían, me parecían alegres. Eran las típicas canciones de country con acordes mayores y un violín saltarín, pero las letras luego eran lo más terrible del mundo. Tenía un punto negrísísimo.

—Destaca, por su solución sonora y lo bien encajado que está música y letra, “Runrún”. ¿Sintió que había logrado la plenitud al terminarla?

—No, especialmente. Esa canción me costó bastante terminarla. De hecho, la corregí muchísimo. Si ves la libreta de los temas, esa no hay quien la entienda: está toda llena de tachones. Sabía que era una canción importante en el disco. Quería que estuviera en el medio y articulara las dos mitades. Esa canción también es amable. Cuando la empecé y solo tenía la primer estrofa, era una especie de canción de cuna. Luego, empecé a desarrollar la letra con la frase de “nos quieren en soledad, nos tendrán en común” del comunicado del Patio Maravillas y todo se fue haciendo solo poco a poco. La verdad es que es una de las canciones más amables, pero en realidad está contando algo muy duro.

—En un ayuntamiento gallego que lo contrató hace unos años sentaron muy mal unas declaraciones suyas contra el PP que los relacionaba con el Franquismo. ¿Alguna vez le ha llegado alguna queja por manifestaciones así?

—No, pero aquí, por ejemplo, gobierna Foro. Cuando hubo un homenaje a Leonard Cohen en Oviedo dije cosas que no sentaron bien. Mientras que estén ellos no creo que me contraten [risas]. Parte de nuestra carrera se hace con dinero público, pero generalmente las giras las hacemos nosotros afortunadamente. Pero sí, supongo que los ayuntamientos luego eligen qué artistas les interesan y cuáles no y estas cosas pueden influir.

—Se ha mostrado molesto porque se le exija un plus de coherencia al haber dado un paso al frente. ¿No le pide usted a los «artistas políticos» que sean consecuentes o es algo que le da igual?

—La coherencia es un valor, pero también hay que ser relativo con ella. Generalmente, pienso que el que te exige esa coherencia es alguien que está un poco hablando más de sí mismo que de la persona a la que pide ese compromiso. No lo digo por mí. Lo digo, por ejemplo, cuando en los noventa con Manu Chao se decían cosas como que cobraba un montón de dinero o que iba a festivales patrocinados por Coca-Cola. Siempre me parecieron despreciables ese tipo de comentarios, de gente que está en su sillón sin hacer nada y que le da rabia que otra gente luche políticamente. Es eso de “Dice esto pero no me fío porque hace lo otro”. Quien dice eso está adoptando una postura reaccionaria. Me parece bien que se le exija a la gente compromiso, pero no hasta el punto de entrar a lo personal. A mí qué música hago, cómo la manejo y a los sitios a los que la llevo me preocupa mucho. Seguramente, entre en muchas contradicciones. Son dilemas, yo soy consciente de ello y creo que los llevo más o menos con dignidad.

—Le voy a plantear yo un dilema. ¿Cómo se sentiría si, por ejemplo, yo fuese un fan suyo y comprase sus discos, pero también fuese votante del PP?

—[risas] Pues no sé, no sé muy bien qué decirte. He conocido a gente de derechas que me seguía, pero no sé si seguirán ahí. Es algo que me pregunto muchas veces y, realmente, no estoy seguro si tiene mucho ver la ideología con el hecho de que te guste la música de alguien. Hay una cosa curiosa, que hace tiempo que hablaba con Cristina Rosenvinge. Es algo que ocurre entre los artistas progres del rollo izquierdoso. Joaquín Sabina, Miguel Bosé o Víctor y Ana le gustan mucho a la gente de derechas. Es como entre la gente de derechas necesitase una especie de bufón de izquierdas para decir: «Esta es la gente canalla de izquierdas». Eso ocurre. Yo conozco a padres de amigos míos que son de derechas, que les va mucho todo este artisteo progre. Es algo que a mí me preocupa, pero yo no quiero formar parte de eso. No quiero ser el bufón de la gente de derechas. Una vez, en una entrevista, a Albert Plá le decían que los Príncipies habían ido a un concierto de Serrat. Le preguntaba que qué le parecía si fuesen a uno suyo. Él decía que era imposible, pero le retaban a que lo imaginase y él terminaba como cabreado, diciendo “Puede que vayan a Serrat, pero a mí, ni de broma”. Él estaba muy convencido de que era imposible.

—Bueno, en los noventa estaban Negu Gorriak y había gente de derechas que, al margen del mensaje, los escuchaba y los valoraba. Yo conozco a algunos.

—Una cosa es no compartir el mensaje, pero no me imagino a nadie del PP escuchando a Negu Gorriak.

—Pues los hubo, se lo aseguro. Volviendo al disco, en algunos casos se ha criticado “Resituación” diciendo que era un disco hecho con prisas y que quedó, en lo musical, a medio hacer. ¿Es así o se trata de un álbum muy meditado?

—No, que va. Fue muy pensado. De hecho, creo que es un disco más completo que La zona sucia y El manifiesto desastre. Yo también he leído cosas así, pero no lo entiendo, la verdad.

—A lo mejor es por ese tono ligero y alegre de los temas.

—No sé, depende lo que entiendas por ligero. Antes hablabas del tono rumbero de La vida manca, pero bueno es una canción que relaciono con otro tipo de canciones mías, esas canciones río que van contando una historia y se van retorciendo a medida que la historia sucede. Pero quizá si haces la canción con otro tipo de tonalidades, más solemnes o más lúgubres, puede dar la sensación de que este más elaborada. Yo cuando hago canciones muchas veces estas remiten a otras. Por ejemplo en El manifiesto desastre hice Un desastre manifiesto, una canción que cuando la hacía me gustaba mucho y quería que fuese lo que fue Polvorado en este disco, una canción en plan himno, muy coral, para cantar de manera colectiva. Sin embargo, no me salió y surgió un tema muy oscuro. Las canciones te llevan a un sitio, pero no es cuestión de que estén más o menos elaborado.

—También se han discutido algunos versos. ¿Usted cambiaría alguno a día de hoy?

—[se queda pensando] No sé…

—Me refiero, obviamente, a los dirigidos a los policías cuando habla de ellos como torturadores.

—No, esos no.

—¿Y algún otro, ya que estamos?

—En directo siempre cambio cosas. Estaba pensado si lo estaba haciendo con canciones nuevas y no, por ahora, no lo hago. Pero, con el tiempo, aparecen versos que no te hacen sentir cómodo y los cambio. De esos versos, con referencias a la policía, me han caído algunas críticas, diciendo que se trata de un topicazo y tal. No sé muy bien lo que entiende la gente cuando dice que torturar a una persona es un topicazo. No sé si es porque es una realidad exagerada o algo que salga en muchas canciones. Tampoco lo entiendo. No hay más que ver en el telediario lo que pasa todas las semanas para ver que es algo que sucede. Yo hablo de la realidad y esta está plasmada tal cual. Luego, viene mi posicionamiento político que es un antagonismo radical contra la policía, pero nada más. Este disco habla de gente y esa gente tiene unos organismos institucionales que, en vez de defender a la gente, están en contra de ella. La sacan de sus casas y las apalizan porque están al servicio de los poderes financieros y económicos. Eso tiene que estar reflejado en las canciones.

—Quizá las quejas por los topicazos vengan precisamente porque se entiende. Volvemos al indie y al gusto por un lanzar mensajes más enrevesados o indirectos. ¿Tenía intención de hacerse entender de manera clara?

—No me lo plantee en plan premisa. Pero sí me di cuenta que tenía una necesidad de descodificar el mensaje y de pulir las letras, dejándolas en la esencia y huyendo de los mensajes crípticos. Para hablar de ciertas cosas hay que desnudar las letras y huir de ciertas metáforas que pueden ser un poco tramposas.

—Le voy a hacer un comentario que escucho muchas veces entre fans suyos: “Desde que Nacho Vegas no está metido en la heroína sus canciones no tienen la calidad de antes”. ¿Qué piensa?

—Que es una estupidez como un piano.

—¿Piensa que hay mucha gente que mitifica esa etapa más explícita en esos temas?

—Lo comparo con lo que veía antes con Antonio Luque de Sr. Chinarro. Con sus últimos discos, que a mí me parecen buenísimos, hay muchos fans que dicen: “Que vuelva el Luque de antes, que este no nos gusta”. Y no sé, quizá hay gente que quiere que hagas el mismo disco una y otra vez, pero es imposible porque a tu alrededor las cosas cambian, cambias tú y hacer canciones significa reapender a ver las cosas. De hecho, el título de Resituación hace referencia a eso. Ahora, en la gira, estoy poniendo en común las canciones nuevas con otras de discos antiguos. Creo que funcionan bien, pero desde luego no voy a hacer un disco como Cajas de música ahora. Lo siento la necesidad, no es el momento y no tendría ningún sentido.

—¿No hay algo perverso en los fans en ese querer que su artista lo pase mal o viva situaciones límite?

—Supongo que el patetismo del personaje les dará morbo a alguna gente, pero no es algo muy sólido. Pero lo cierto es que algunas de aquellas canciones, que ya no toco, hoy las veo naíf. Ahora canto de cosas mucho más duras. Ya me ocurría lo mismo en La zona sucia, que es uno de los discos más duros que hice a nivel de letras.

—Hablaba antes de la postura política de mirar a otro lado. Mucha gente habla, en ese sentido, de los posicionamientos por omisión de aquellos artistas que, al no explicitar su postura política, realmente están tomando otra. Se le suele acusar de ello, por ejemplo, a los grupos que solo hacen canciones de amor. ¿Cómo lo ve usted?

—No, un grupo puede hacer solamente canciones de amor y ser político. Hay algo ineludible: el compromiso con tu trabajo. Cuando tu haces música, tocas una parte muy popular de la cultura y estás llevando cosa a la gente. Hay que ser consciente que, pese a estar un poco dentro del mercado, la cultura tienen que funcionar en horizontal y hay que tener un compromiso con el mundo en el que vives y a donde quieres llevar tu música. Un grupo que solo habla del amor y no toca otro tipo de realidades puede tener un compromiso a otro nivel. Si un grupo saca canciones de amor, graba discos para una multinacional y es una especie de producto para conseguir dinero a corto plazo, se está posicionando políticamente. Ese no me interesa para nada, no tiene nada que ver con a lo que yo me dedico. Yo no lo exijo a los grupos que su música hable de política, pero sí que tenga un compromiso con su trabajo y con el mundo que le ha tocado vivir. Creo que cualquiera que se dedica a esto lo sabe.

—Hay quien afirma que, por ejemplo, un grupo como La Buena Vida es “de derechas”. A mí, personalmente, me cuesta entrar en ese tipo de pensamiento tan esquemático y polarizado y sacar conclusiones como esas.

—Ya. Toda la música dice mucho sobre el momento en el que fue creada. Y no es que La Buena Vida fuera un grupo de derechas, ni que ellos sean gente de derechas. Pero sí que La Buena Vida, Le Mans y todos esos grupos de Donosti son una gente de una clase social determinada, viviendo en una ciudad determinada. Eso se nota mucho. Hablan de lo lo que conocen. Antes te comentaba el ejemplo de Fangoria. Yo no los considero gente de derechas, pero sí que cuando dicen “yo no quiero dramas en mi vida” están hablando a una gente determinada y de un nivel socioeconómico, gente que no quiere mezclarse con temas problemáticos, ni tener dramas en su vida. Yo no quiero eso, no quiero hablarle solo a una gente de una determinada clase social. Y, aún así, eso es un dilema para mí. Por ejemplo, voy a hacer un concierto a Barcelona la semana pasada y la gente no puede gastar 25 euros para verme. En ese momento te preguntas ¿estoy haciendo música solo para gente que puede pagar 25 euros por una entrada? Luego lo intento compensar haciendo conciertos más baratos en centros sociales, pero me hago esas preguntas. Yo creo que se pueden leer todos los discos en clave política y los de La Buena Vida también, en ese sentido.

—Eso del precio de las entradas es interesante. Puede uno terminar como Bruce Springsteen, haciendo himnos de la clase trabajadora y cobrando 86 euros por un concierto.

—Es algo muy difícil de equilibrar. Ahora mismo a mí me preocupa mucho en esta gira. Esta parte la quiero hacer con toda la banda y todo el equipo y cuesta mucho. En Bilbao, por ejemplo, pusimos una entrada barata pero fue un desastre económico. En Madrid lo hicimos más caro, pero luego hicimos otros en el patio maravillas para compensar.

—Habla de que se dirige a un público. ¿Pretende remover sus pensamientos y sus ideas sobre el mundo?

—No es una finalidad. Las canciones mías recogen lo que ocurre alrededor. Siempre ha sido así. Hablo de mi vida, no solo de mis angustias y mis problemas, sino todo lo que pasa alrededor. Todo eso está ahí y la gente tiene que verlo, remover su conciencia, reflexionar. Mi música solo da testimonio del mundo en el que yo vivo. Ahora me hace mucha ilusión que viene gente muy joven hablándome de las canciones. Si a partir de ahí pueden reflexionar sobre algunas cosas, como a mí me pasaba con los discos de Billy Bragg, pues estaría guay. No es la intención.

—¿Y si alguno de esos chicos jóvenes le dice que “Runrún” es para ellos un himno?

—[risas] Pues me halagaría, pero no me lo tomaría mucho más allá. A esas cosas no hay que darles mucha importancia. Hay que distanciarse de ello, porque la canción es bidireccional: el oyente tiene que dar de sí en la música, sobre todo cuando eres muy joven. Hay que poner mucha energía propia para que una canción sea tuya.

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