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Kurt Cobain (re)vive 20 años después de su muerte

Escrito por Javier Becerra
7 de abril de 2014 a las 15:22h

El pasado sábado se cumplían dos décadas del sucidio de Kurt Cobain. Aprovechando la efeméride, Libros Cúpula publica en castellano el libro “Kurt Cobain, la historia de Nirvana” de la periodista Carrie Borzillo. De manera exhaustiva y cronológica repasa la historia del grupo, dejando a la vista las piezas del puzzle personal y conflictivo del líder de un grupo que sigue vivo en la memoria de todos.

El calendario marcaba 17 de abril de 1991. Nirvana, un rugiente trío de la escena alternativa americana, actuaba en el Ok Hotel de Seattle. Interpretaban por primera vez en directo Smells Like Teen Spirit, la canción que iba a poner patas arriba el mundo de la música popular meses después. Su líder, Kurt Cobain, se dirigía a la audiencia: «Hola, somos un éxito de taquilla de rock corporativo de una importante discográfica». Bromeaba muy en serio con su fichaje reciente por la multinacional Geffen. En esa secuencia, una de tantas anotaciones recogidas en Kurt Cobain, la historia de Nirvana, el libro de la periodista Carrie Borzillo, se puede encontrar la fotografía exacta de todo lo que iba a pasar luego. Un público absorto, sintiéndose dentro de un huracán de emociones arrolladoras. Una banda abriendo el grifo de esa extraña mezcla de fuerza y vulnerabilidad. Y un líder jugando con un sarcasmo que no hacía sino poner sobre la mesa todas sus inseguridades.

Kurt Cobain acaba de cumplir 24 años. Pero seguía traumatizado por el divorcio de sus padres, acontecido durante su infancia. Había coqueteado con la indigencia y sentía una inclinación natural hacia lo marginal. Musicalmente, ansiaba la pureza, no corromperse jamás, parecerse a las bandas indie que adoraba. Pero también deseaba llegar a la gente, patear a Michael Jackson del número uno y elevar a la categoría de éxito todo aquello que defendían: su no al sexismo, la homofobia, la arrogancia, el machismo y demás lacras del macho-rock dominante en los EE.UU. de los primeros noventa.

Entre esa lucha se forjó una batalla. Lo acompañaría hasta que el 5 de abril de 1994 decidió acabar con su vida. Tardó poco en demostrar el conflicto. Siguiendo el repaso cronológico del libro, el 14 de octubre, cuando Smells Like Teen Spirit empezaba a despuntar y su mítico videoclip a coronar la programación de la MTV, Kurt se ponía palos en su propia rueda. Rechazaba la sobreexposición que lo catapultaba al éxito. Había abandonado el sello Sub Pop, una pequeña editorial indie. Pero una vez que intentaba acomodarse en el nuevo sofá de la fama, aparecía un resorte. En la revista Spin soltaba: «Debería existir un contrato que limitara las veces que pueden sacarte».

Dos semanas después, la misma revista requiere al grupo para la portada. Cobain, cuyo pelo rubio y sucio se convertiría en un icono como el tupé de Elvis, metió la cabeza en una bañera con tinte azul. Durante toda la sesión, se mostró hastiado. Otros grupos matarían por lograr algo así: protagonizar la cubierta de una de las publicaciones más famosas del mundo. Nirvana, que entonces aún no avistaban el monstruo que crecería luego, lo veían como una piedra en el zapato tan molesta que se dedicaban a boicotearla. Y era solo el principio.

Carrie Borzillo fija el nacimiento de la Nirvamanía en el 3 de noviembre. Nevermind, el segundo disco del grupo que se inauguraba con la citada Smells Like Teen Spirit, ya lucía en las tiendas de discos. En él se había pulido el crujiente mordisco de Bleach (1989) gracias a la producción de Butch Vig. El modelo a seguir se encontraba en Doolittle (1989), el álbum con el que los Pixies habían reordenado el rock. La decisión totalmente consciente de pasar por un filtro más audible atormentaba también a Cobain. Tachaba el álbum de demasiado blando. Incluso llegó a confesar que sentía vergüenza. Sí, repudiaba una obra maestra que iba a devolver las guitarras el número uno y revolucionar el panorama musical de arriba a abajo. Le gustaba a todo el mundo. Menos a él.

Pero, además, Nirvana irradiaron un aura que convirtieron al grupo en mucho más que un puñado de canciones. El grupo parecía entrar en trance dentro su música. Y en esa maraña de emoción destilaba una suerte de robusta fragilidad que conectaba directamente con la fibra del oyente. En muchos casos, con oídos vírgenes de rock. Aquella música incitaba a apretar el puño, pero también a deshacerse por dentro. La voz exhumaba tristeza, rabia y dolor. Amplificaba conflictos de toda una generación. Personas demasiado sensibles para soportar la carga de una sociedad que se venía abajo. Igual que el edificio familiar que vio destruido en 1975, con la separación de sus padres. Antes lo habían medicado por hiperactividad. Después, desarrolló un trastorno maníaco depresivo. Tenía nueve años.

En el libro se enlaza este hecho con su idea de convertirse en una estrella del rock. Según la autora, a la par que manifestaba aversión por muchos de sus compañeros de clase, desarrollaba una fascinación por el punk. De ahí sacaría Nirvana las uñas de su música. Pero Cobain ejerció pronto un gusto total por el pop de estribillos redondos y melodías soleadas. The Vaselines, se convirtieron en el estandarte. Hasta el punto de bautizar luego a su hija en honor a uno de sus integrantes, Frances McKee. Corría el verano de 1986 y Kurt, que durante la adolescencia dudó sobre su orientación sexual y siempre resaltó su lado femenino, se dedicaba a hacer pintadas con el lema «Dios es gay e impera la homosexualidad» hasta que lo coge la Policía. También prueba la heroína. Nuevos ingredientes en un cóctel vital abocado al cataclismo.

1992, EL AÑO CLAVE

Cuando en 1992 todo explota Nirvana se encontraban con un gran problema: la inestabilidad, los amagos de disolución y las polémicas. Paradójicamente, todo ello derivó en aliento para sus fans. En muchos casos, sentía un afecto casi maternal por Kurt Cobain. El mundo había decidido dejarse el pelo largo, ponerse jerséis roídos y cortar los vaqueros por la rodilla. El grunge se difundía como todo un fenómeno sociológico y Nirvana eran ya los Beatles de los noventa. Después, en 1993, con la publicación de In Utero se apela nuevamente a la lija del productor Steve Albini. Pero el globo no se pinchaba. La adhesión de sus seguidores y seguidoras (Nirvana emergieron como verdadero oxígeno para muchas mujeres que normalmente se sentían apartadas en el mundo masculino del rock) resultaba indestructible. Pero la vida de Cobain pendía ya de un hilo.

En ese sentido, la secuencia del libro desde marzo de 1994 en adelante no tiene desperdicio. Parte de la gira cancelada. Amagos de sobredosis. Un coma en Italia. Fotos del cantante con pistolas. Demanda constante de Rohypnol. Ingresos en clínicas de rehabilitación. Y una escalofriante llamada a Courtney Love, su mujer, el 1 de abril: «Recuerda que pase lo que pase te quiero», le dijo. Cuatro días después, nuevamente drogado, se pega un tiro con una escopeta que había comprado días antes.

La nota decía: «Desde los siete años fue creciendo mi odio hacia la especie humana. A la gente le parece fácil entenderse y mostrar empatía. ¡Empatía! Solo porque amo demasiado. Supongo. Gracias a todos desde lo más profundo de mi nauseabundo y ardiente estómago por vuestro interés durante los últimos años. Soy demasiado errático y lunático, y ya no me queda pasión. Recordad: es mejor quemarse que apagarse lentamente». Moría el hombre. Nacía el mito.

COURTNEY LOVE Y FRANCES BEAN, LA FAMILIA IMPERFECTA

Kurt Cobain encontró el complemento a su vida en Courtney Love, cantante de Hole. Convertidos en arquetipos del grunge -él desvalido, sexualmente pasivo y necesitado de cariño frente a ella, irradiando seguridad, fortaleza y erotismo- pronto se convirtieron los Sid y Nancy de los noventa. Enganchados a la heroína, tuvieron una hija, Frances Bean. Lejos de dar estabilidad y paz a la pareja, convulsionó aún más su errática vida.

El libro lo subraya en varias ocasiones. El consumo de drogas por parte de Love en la primera fase del embarazo hizo en la Fiscalía de Menores tuviese al matrimonio en el punto de mira de manera constante. Sus declaraciones en prensa, admitiendo tomar heroína «durante un par de meses», no hacían si no empeorar la situación.

El nacimiento de la pequeña, el 18 de agosto de 1992, resume el estado de las cosas. La escena relatada por Borzillo pone los pelos de punta. Kurt, sometido a su enésima cura de desintoxicación, es reclamado por su mujer. «!Sal de esa cama y baja ahora mismo. No vas a dejar que haga esto yo sola!», exclamaba. Él, que había dicho cosas como «la cubriré de mierda y la apuñalaré» al conocer que Love se estaba colocando durante la gestación, acude. Y se desmaya. Contra todo pronóstico, el bebé nace sano. Pero los trabajadores sociales no los dejan en paz.

Más allá de la Justicia, la prensa también les pisaba los talones. Los titulares, tal y como refleja el libro, llegaban como granadas. Nueve días después del alumbramiento, el Globe abría una página así: «Bebé estrella del rock nacida yonqui». Más tarde, el L.A Times preguntaba: «John eligió a Yoko. Kurt eligió a Courtney, ¿Cómo pueden ser los genios tan idiotas?» Al final se precipita el desenlace inevitable: el departamento de infancia de Los Ángeles retira la custodia de la pequeña. También ordenaba a Kurt a someterse a una nueva rehabilitación. De fondo, Axl Rose (líder de Guns n’ Roses y enemigo íntimo de Nirvana) echaba leña al fuego: «Kurt Cobain no es más que un yonqui casado con una yonqui. Si el bebé tuviese alguna malformación deberían a la cárcel».

Todo parece hacer hecho efecto. «No sabes cómo ha cambiado mi actitud desde que tenemos a Frances. Tenerla en brazos es la mejor droga del mundo», dice Kurt en Los Angeles Times un par de semanas después. Sin embargo, la intención de los periodistas Victoria Clarke y Britt Collins de escribir una biografía no autorizada sobre la pareja enciende el fuego de nuevo. Acabaron denunciados por amenazarlas. La familia Cobain era un barco anegado que se hundía poco a poco.

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