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Ignacio Juliá: “Loquillo me pegó una hostia, ese día entendí el poder de la palabra” (entrevista 2ª parte)

Escrito por Javier Becerra
4 de marzo de 2014 a las 2:42h

Foto: Ignacio Juliá con Lee Ranaldo de Sonic Youth

Tras desgranar el libro sobre Sonic Youth Estragos de una juventud sónica en la primera parte de la entrevista, la charla con Ignacio Juliá se desvía hacia su papel como crítico musical, su pasado en la profesión y, por supuesto, su presente. La cosa se alargó lo suficiente como para que, al final, dudase si le iba a dar tiempo a cerrar el número del Ruta 66 que estaba pendiente ese día.

-Existe la sensación de que la escena de rock alternativo que lideraba Sonic Youth se desinfló a mediados de los noventa y ya nunca volvió a producirse otra explosión de creatividad y trascendencia así. ¿Piensa usted que hoy existe algo que se pueda comparar a lo que eran Sonic Youth entonces?

-Pues la verdad es que no lo sé. Creo que deberías contestar tú a eso más que yo [risas], porque estás más cerca a nivel de edad. Yo me pongo los discos de Godspeed You! Black Emperor y estas cosas y la verdad es que no veo algo tan fuerte. Sonic Youth eran algo más que musical. Glenn Branca en el libro los compara con The Beatles y, un poco, eran un rollo icónico. Tenías a la chica, tenías el rockero, tenías al experimentador, tenías al batería personal, salían en The Simpsons…eran icónicos. Pixies también lo eran. ¿Qué tienes ahora? ¿Qué es lo que hay? Hay que tener en cuenta que, cuando Sonic Youth sacan Dirty y los descubre tu generación, llevaban diez años. ¿Qué grupo ahora puede estar diez años experimentando? No les dejan.

-Bueno, hay muchos grupos así, el problema es la trascendencia. Nombres totémicos del ambiente Primavera Sound como, por ejemplo, Animal Collective son presentados como el mejor grupo de pop del mundo. Y yo los veo a años luz de lo que pudieron ser Sonic Youth, Pavement, Yo La tengo…todo aquello. ¿Esas bandas tienen la entidad que entonces tenían Sonic Youth?

-Yo creo que no. Pero ha cambiado totalmente la percepción de la música. Tú ves en el 2000 a Sonic Youth tocando temas clásicos alternados con temas raros del NYC Ghost & Flowers y alucinas. Y tú escuchabas los discos y los casetes, cuando los conseguías. Hoy en día, las nuevas generaciones… es otra cosa. Tú vas al Primavera Sound y ves todo lo del año en tres noches. Pero no lo ves de verdad, lo ves de lejos y lo escuchas de lejos. Porque hoy puedes llegar a todo. ¿Qué quieres el nuevo single de Lana del Rey? Pues te vas a Internet y lo ves en Youtube. Todo se encamina a profundizar mucho menos. A mí me pasa. Me interesa un grupo, la discográfica me manda un mp3 y no es lo mismo. Antes tenías un disco que escuchabas en un buen equipo con los colegas, profundizabas en él. Es todo mucho más efímero, más rápido y todo ha cambiado. ¿Cómo podemos pretender que aparezcan grupos como Sonic Youth, como Pixies o como Yo La Tengo, que necesitaron sus años para despuntar? Por ejemplo, Yo La Tengo necesitaron 10 años para triunfar.

-No sé si un chico de 17 años tiene tiempo y capacidad de concentración suficiente para escuchar “Daydream Nation” entero.

-Yo creo que no. A mí me alucina, cuando voy al cine, ver que la gente se traga una película de dos horas y media. Pero, bueno, también voy el sábado por la tarde y veo que está lleno de gente mayor que yo [risas]. Yo tengo una hija de 23 años y se pasa el día con la redes sociales. Está al día, conoce grupos pero, claro, está en la dinámica de lo de hoy es lo de hoy y mañana ya es pasado. Si estás todo el rato con lo que dice este en Twitter, el What’s Up o el Instagram ¿cómo vas a tener tiempo para escucharte el Daydream Nation entero? ¿O cómo vas a tener tiempo para leerte un libro de principio a fin? El libro para las nuevas generaciones es un cachivache, un instrumento caduco. ¿Pasar páginas, qué es eso? ¿Si puedes pasar tweets para qué vas a pasar páginas?. Es muy complicado. Yo todo esto lo veo con entusiasmo. Estamos ante un momento de transformación e implantación.

-Más allá del tema tecnológico, se encuentra el problema de si el discurso del rock puede dar más de sí. Un amigo dice que hoy está en la situación en la que se encontró el jazz en los setenta. Es decir, más allá de mezclar elementos preexistentes, resulta imposible un salto evolutivo como el que se daba en los años sesenta de un año a otro. ¿Aún quedan cosas por inventar?

-Hay que tener en cuenta que en los años sesenta los Beatles y los Rolling Stones copiaban al blues, a la Motown y Carl Perkins. Hacían exactamente lo mismo, no inventaban nada. Aquel fue un momento en que hubo una conmoción histórica en la que todo empezó a girar de manera rápida, colorista y espectacular. Ahí se creo un fenómeno socio político en el que una generación antigua daba paso a una nueva. Esto ahora lo estamos viviendo, pero más en el tema de las nuevas tecnologías. La gente de ahora, de 15 a 25 años, sí que está viviendo una revolución tan importante como la de entonces. ¿Qué el rock sirve? Lo vemos todos los días. Hay grupos de rock.

-Ya pero en el Primavera Sound, por seguir con el ejemplo que ponía antes, los grandes del cartel son figuras que han dado lo mejor de sí hace 15 o 20 años.

-Sí, es así. Hace diez años veías la reunión de los Pixies, Sonic Youth tocando Daydream Nation, siempre hay un remanente. La gente quiere ver a músicos consagrados. De todos modos, en ese festival se han visto un montón de grupos nuevos. Lo que ocurre es que cuesta encontrar cosas que sean realmente trascendente. Artistas hay más que nunca. Tú lo tienes que ver.

-Claro, pero cuesta entusiasmarse con ellos.

-Evidentemente. A mí me ocurre lo mismo.

-¿Cómo afectan las redes sociales al crítico? Lo digo porque, hoy en día, puedes desde A Coruña poner a parir a un grupo de Cádiz y, en cuestión de horas, tener el propio grupo pidiendo explicaciones y a los fans enfurecidos bramando contra el escriba.

-Bueno, yo no he pasado del e-mail. No estoy tan expuesto. Hice mi primer blog porque me lo recomendaron para promocionar el libro, igual que el Facebook. El blog lo llevo yo, pero el Facebook lo llevan entre mi hija y un amigo. Además de no estar expuesto, no soy ahora un crítico que me dedique a comentar novedades rabiosas. He pasado a tomar un papel de escribir de cosas con más peso, con lo que no estoy ahí. Pero sí, antes te mandaban una carta o te llamaban por teléfono y se cagaban en tus muertos. Ahora es diferente. Pero, bueno, también creo que la existencia de tal abundancia de opinión hace que las mimas opiniones se maten unas a otras. Supongo que tú en tu blog tienes gente a favor y gente en contra ¿no?

-Claro. ¿Había muchas llamadas incendiarias a la redacción del Ruta 66?

-Trabajábamos en casa. Yo recuerdo una vez en los ochenta que me puse al teléfono y escuché una voz: “¿Eres Ignasi Juliá? ¿Sí? Pues eres un hijo de puta”. Y colgué. Digamos que la cosa no llegaba a más. Pero, además, yo siempre he tenido presente que, si estás opinando, vas a ser diana de ese tipo de comentarios positivos y negativos, y que no le debes de dar más importancia. Igual que una crítica no deja de ser la opinión de una persona. Y, como dijo Harry el sucio, opiniones todos tenemos una, como culo. Siempre he relativizado bastante. Soy consciente que tras 30 años escribiendo de música hay gente que te detesta y otra que considera que puedes ser una guía. No le puedes gustar a todo el mundo. Eso de los comentarios es una batalla perdida. Por ejemplo, veo que Diego A. Manrique tiene muchas respuestas virulentas en su blog, con gente que no le puede ni ver. Quizá es porque hace un buen trabajo, porque lo siguen, buscándole los tres pies al gato a todo.

-¿Ha estado alguna vez en una sala con un músico al que puso a parir antes?

-A mí una vez me pegó una hostia Loquillo. No me tuvieron que poner puntos de milagro. Ese día entendí el poder de la palabra y su potencia. Si consigues que te tumben de una hostia es muy revelador, es como caerse del caballo. Mucha gente, por ejemplo, me pregunta si Sonic Youth han leído el libro y qué piensan de él. Yo siempre digo que no entienden español. Lee Ranaldo me pidió el pdf para traducirlo con el Google. Ni hablar. Primero, porque la traducción de google es una ignominia. Y segundo, porque a los diez minutos va a estar liberado por ahí para quien quiera bajárselo. Cuando he tenido músicos españoles que han sido cercanos, si he escrito algo negativo sobre ellos siempre he pensado que, si existe una amistad, tienen que aguantarlo. También es un rasero para medir a esas personas. El que lo entiende y lo acepta, bien. El que no pues, lo siento mucho, pero es su problema. Aquí cada uno hace su trabajo.

-¿Sigue experimentando placer cuando encuentra la palabra exacta? Por ejemplo, en el libro hay párrafos en el capítulo dedicado a “Daydream Nation” definitivos.

-Sí, pero al tiempo es frustrante. Nunca es completo. Si yo cojo el libro ahora y lo vuelvo a leer, seguramente cambiaría todo. A mí me ocurre que solo me gusta un texto cuando lo retomo muchos años después y, al leerlo, siento como si fuera otra persona. Esto me ha pasado muchas veces. Yo creo que los que juntamos palabras experimentamos ese placer. Te vas a dormir pensando que lo que has escrito es una maravilla y, al día siguiente cuando lo abres, te das cuenta que no. Entonces reescribes y reescribes y reescribes… Más que escribir, yo reescribo. Siempre lo digo: si yo lanzase lo primero que escribo sería el tonto nacional. Además, yo soy editor y corrijo todos los textos del Ruta 66. Tengo ese callo. Cuando leo algo mío siempre voy con la actitud de “A ver qué dice este idiota”. Estoy buscándole al texto lo que una tercera persona podría pensar. Escribir sobre música es un placer inconcluso.

-En el libro se pone a parir a sí mismo.

-Sí, he rescatado cosas de la época de Sister para ver el cambio. Toda aquella hipérbole que usábamos en la época se debía a que intentábamos convencer a un país desértico que esto era cojonudo. Ahora todo ha cambiado. Ahora todo el mundo está de acuerdo en que es así y se llena el Primavera Sound. Entonces, no, había que repetir 80 veces que Sonic Youth eran buenísimos y darle un leguaje casi publicitario. Eso ha cambiado.

-¿A quién se ha cargado y con el tiempo se dio cuenta que se había equivocado?

-A muchos.

-¿Radiohead, por ejemplo?

-Totalmente. Recuerdo ver el videoclip de Paranoid Android que lo vendían como “esto es bestial”. Mi reacción fue: “¿No teníamos bastante con U2 que ahora vienen estos haciendo lo mismo?”. Después, me he dado cuenta de que no. Tengo todos sus discos y, aunque aún no haya hecho una inmersión grande en ellos, los aprecio. Tengo que escucharlos a fondo, porque no son trabajos fáciles.

-Ummm… recuerdo un gran artículo suyo en Ruta 66 sobre “Kid A” y “Amnesiac” en el que se destapaba como un fan, para sorpresa de muchos.

-Sí, esa época es muy buena. Pero hay muchos otros casos. Es una cuestión cíclica. Yo, por ejemplo, en el 77 con los Sex Pistols abominaba a Dylan y a The Beatles. Y ahora ya ves: los dos me parecen unas piezas culturales irrepetibles. Esas son las bases.

-¿Por qué, a excepción de uno de los primeros números, nunca han salido The Smiths en Ruta 66?

-Uy, eso pervive. Había una inquina con The Smiths, que yo tuve, y sigue. Yo no lograba entrar en el grupo, hasta que algo me hizo cambiar. Fue cuando conocí y entrevisté a Johnny Marr. Es una de las personas más agradables, normales y amantes de la música que yo he conocido. ¿No sabes esas entrevistas que no tienes ninguna gana que se termine y que podríamos haber seguido hablando durante días? En ese sentido, cambié mi actitud ante The Smiths y Morrissey, aunque bueno no los he escuchado a fondo. Pero sigue habiendo una inquina hacia The Smiths y, a lo mejor, tiene un punto de homofobia. No lo sé [risas].

-Bueno, creo que existe el mismo rechazo a los Stone Roses y no creo que tenga que ver con eso.

-Es cierto. Nunca entré en los Stone Roses. Tampoco en el Screamadelica de Primal Scream. Ni he conectado nunca con My Bloody Valentine. Son cosas que se me escapan totalmente.

-Vaya, pues yo conocí el “Loveless” por Ruta 66.

-¿Sí? pues a mí nunca me llegaron.

-Vivimos un bum de libros musicales. ¿Ha llegado el rock al punto de ser objeto de estudio universitario?

-Sí, pero las ventas son pequeñas. No superan los 1000 o 2000 libros en títulos importantes. ¿Que se considera ahora al rock como un elemento cultural? Sí, pero en España había un gran déficit. Se había escrito mucho libro malo. Cuando llegaron las traducciones se aumentó el nivel.

-Existe una cierta confusión sobre su situación en Ruta 66. ¿Qué papel tiene usted y Jaime Gonzalo, los fundadores de la revista, en la actualidad?

-El de socios minoritarios. Eso lo explica todo, ¿no? Yo continuo siendo jefe de edición, en el sentido de que trabajo los textos, la maqueta y dirijo todo ese aspecto. Pero no tengo capacidad de decisión editorial. Además, estoy retirado de ese papel, lo que me permite dedicarme a cosas como el libro.

-Hay quien decía que ambos eran unos excelentes periodistas pero unos pésimos gestores. ¿Se ven reflejados en esa afirmación?

-Sí, totalmente. Ruta 66 funcionó casi como un milagro. Hasta que entran los nuevos socios éramos, sí, unos pésimos gestores. Vivíamos al día pero, bueno, fue nuestro medio de vida durante todos esos años. Digamos que fuimos periodistas que nos vimos obligados a fundar nuestro medio de expresión. Hay otra gente que saben dirigir revistas y no tienen porque escribir cada mes.

-El primer artículo grande que escribí yo en Ruta 66 era sobre Los Planetas en el 2002: cinco páginas, el grupo en auge total y posiblemente el texto más extenso publicado en una revista hasta aquel momento. Era una portada clarísima. Sin embargo, se la dieron a un dossier de jam-bands, dejando la oportunidad de vender muchos más ejemplares. ¿Por qué este tipo de decisiones?

-Bueno, en el nucleo duro duro de Ruta 66 molan más las jam-bands que Los Planetas, eso tenlo claro. Yo fui un poco la rara avis allí. Estuve diez años en Barcelona Televisió haciendo programas de música, lo que me proporcionaba muchas entrevistas que se daban en exclusiva para la televisión. Elvis Costello, Beck, cosas así. Siempre que tenía un nombre de estos lo metía. Pero no nos engañemos: Ruta 66 es rock n’ roll clásico, garage, psicodelia, undeground, contracultura… y, bueno, Los Planetas estarían tan vetados como The Smiths si no fuera porque yo tenía una entrevista con ellos en su día y se publicó.

-Hablaba al principio de la entrevista de la necesidad de apasionarse escribiendo el libro. ¿La pasión va de serie o hay que esforzarse para mantenerla?

-Hay que esforzarse por mantenerla, sin llegar a lo patético o lo ridículo. Yo sigo viendo dos películas cada día. Escucho mucha música, leo libros y siento que he llegado a un nivel de veteranía en el que puedo explicar a la gente las cosas mejor que hace un tiempo. Ese es mi papel. No el de descubrir grupos nuevos. El mío es el de intentar dar un contexto, hacer buenas entrevistas, escribir columnas y, de vez en cuando, surge alguna exclusiva como cuando logré entrevistar a Peter Buck de REM tras la disolución. Esas cosas te ilusionan. Pero Peter Buck tiene mi misma edad, 57 años.Hay hay mucha gente de tu edad y más jóvenes que lo están haciendo muy bien. Yo siempre digo que en el Ruta 66 fuimos los tuertos reyes en el país de los ciegos. Ahora hubiera sido más difícil. Ahora hay más gente con conocimiento de causa y que escribe bien. También, mucha gente mala que escribe en blogs y prensa gratuita.
           

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