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Archivo para Marzo, 2014

Linda Guilala, brillo pop en la niebla

Lunes, Marzo 31st, 2014

Lo siento mucho de los vigueses Linda Guilala es una de esas canciones que atrapará desde el primer momento a ciertos corazones. Con un dibujo circular que invita a cerrar los ojos, una voz en bucle amenazando tormenta y las guitarras convirtiendo la amenaza en realidad, traslada a un momento en el que en España se empezaba a recoger el eco de lo que bandas como Ride, My Bloody Valentine o Chapterhouse hacían en Inglaterra. Dentro de ese discurso, se inserta un mensaje repetido con malsana manera mecánica (“Lo siento, no te quiero engañar / No va a pasar, va a dolerte siempre”). Se hace sitio entre detonaciones de ruido. En ese mismo momento el oyente, que aún sigue con los ojos cerrados, se da cuenta de que ayer lloraba el fin de Nadadora y hoy sonríe por la aparición de Xeristar, el mini-lo que recoge, lo nuevo de Linda Guilala.

Antes estuvo el indie-pop sintético de Bucles Infinitos (2009), su album de debut. Entonces, cuando la nave la comandaban solo Eva e Iván, el trazo era nítido y claro. Ahora, convertidos en trío con la incorporación de Bruno, ocurre todo lo contrario. Se impone la bruma, los ambientes enrarecidos, lo difuminado y la agradable sensación de tener que penetrar en el jardín de cada canción para dar con su melodía. A Lo siento mucho le acompañan otras cinco piezas dentro de este trabajo, editado en bonito vinilo transparente de 10 pulgadas. En todas ellas se dan distintas combinaciones del mismo pop enmarañado, algo que sentará a las mil maravillas a esos ciertos corazones a los que se apelaba en la primera línea. Concretamente, todos aquellos que en su día, cuando el indie patrio decidió darle portazo al agonizando pop-rock español de FM, se enamoraron de la languidez, el ruido y ese algo que solo abrazándose a lo pequeñito se puede sentir.

Horarios europeos en los conciertos

Sábado, Marzo 29th, 2014

Somos gente curiosa los españoles. Viajamos y nos parece guay lo de las bicis en Ámsterdam, las escasas pintadas que hay ahora en Nueva York o lo de irse de pintas en Londres a las cinco de la tarde. Pero luego, nada de eso nos resulta normal aquí. Los ciclistas se juegan el tipo a diario en nuestras calles, el alcalde que combata las pintadas a la americana se le calificaría de fascista para arriba y, bueno, lo de quedar a las cinco en el pub como que no. Ni el local estaría abierto, ni los colegas con muchas ganas de ir.

Tampoco hemos importado costumbres internacionales respecto a conciertos. Se pudo comprobar el pasado domingo en A Coruña. En la sala Le Club sucedió algo extraño, todo un fenómeno paranormal en este campo: Dorian pusieron su concierto las 19 horas y empezaron en el europeísimo horario de las 19.30. Se trataba de su segundo pase en la ciudad, motivado por la necesidad de trasladar el recital que inicialmente se iba a realizar en el Playa Club, anegado por los temporales, a una sala más pequeña.

En la mayoría de los países europeos se trataría de algo normal: concierto, cena ya en casa y a dormir, que mañana es otro día, máxime un domingo. Aquí no. En este mundo del pop se presupone que todo el mundo libra al día siguiente. Así, tanto da que sea martes como sábado, te clavan un bolo a las diez y media. U once. O, a veces, incluso doce. No importa. En realidad, no empezará hasta mucho después de lo fijado. Baile, gritos, cervezas y final sobre la una de la mañana. Llegas a casa. La familia durmiendo. Tus oídos pitando. La garganta rota. La cabeza como un bombo. Y el cuerpo sudoroso. Por la mañana, destrozado, lo dices: «No vuelvo más a un concierto así».

Sin embargo, los hechos son los hechos. Los catalanes reventaron Le Club el sábado, con horario español. De hecho, las entradas se habían agotado con un par de semanas de antelación. El domingo apenas consiguieron ser secundados por cien personas. La gente, que tuvo opción, parece haberse pronunciado con rotundidad. Mientras esto siga así, las salas de conciertos comerciales seguirán apostándolo todo a la noche. Para desgracia de muchos a los que nos gusta el pop pero, además, tenemos trabajo, familia y una vida más allá de la música, que no podemos sacrificar cada día. ¿Cambiará esto algún día? Todo depende del público, que es el que manda.

Nacho Mora soplará las velas de los seis años de vida de Retroalimentación

Lunes, Marzo 24th, 2014


El 11 de abril este blog celebrará sus seis años de vida. Y como manda la tradición, lo haremos con el concierto de uno de esos artistas que despiertan simpatía en esta bitácora. Se trata del recital de NACHO MORA, el excomponente de Meu y Elephant Band, que presentará el proyecto en solitario plasmado en Entre as zocas e os lóstregos, el disco en el que revisa una selección del poemario clásico y contemporáneo gallego en clave de rock. Siguiendo la senda abierta en su día por Lucas 15, el proyecto de Nacho Vegas junto a Xel Pereda, el músico coruñés trenza un trabajo delicioso llamado a enamorar.

Por ahora, el proyecto está en fase de crowfunding (al 72% de los fondos necesarios, aún puedes sumarte al mecenazgo). Y el autor solo ha querido desvelar dos temas antes de su edición física. Así este concierto será, con otra probabilidad, la primera muestra pública de la obra. Algunos lo hemos escuchado completo y podemos afirman, sin titubeos, que aquí descansa uno de los discos del año. Que el estreno que haga al amparo de este blog es otro honor a sumar a la larga lista de Los conciertos de Retroalimentación

Junto a él estará como telonero Pablo Seijas, el líder de Misterioso Viaje Holanda. Tocará las canciones de Para brillar, su primer disco en solitario.

El concierto será, como todos los de este año del ciclo, en la sala Mardi Gras, el día 11 de abril a las 22 horas. Las entradas, 6 euros anticipada y 8 en taquilla, se podrán a la venta en los próximos días en los sitios habituales. Os esperamos a todos.

Más información sobre el proyecto de Nacho Mora aquí

Maquillaje ochentero para la princesa pop

Sábado, Marzo 22nd, 2014



Vuelve Russian Red con “Agent Cooper”, un tercer disco en el que ha acudido a Joe Chiccarelli (The Strokes, White Stripes) para darse un barniz sintético. Mas allá del toque ochentas, las canciones funcionan gracias a su soltura melódica, eficaz interpretación y perfecto acabado. Todo pese a seguir en el punto de mira de muchos que no le perdonan ser guapa, haber triunfado… y haberse definido de derechas, claro.

Difícil país este para sacar la cabeza dentro del ámbito del pop independiente. La escena resulta tan raquítica que apenas da para sobrevivir. Sin embargo, en cuanto alguien logra asentarse y convertir la pasión en una profesión, trascendiendo al submundo, empieza la ceremonia de los cuchillos afilados. Le ha pasado a Lori Meyers, le ha pasado Love of Lesbian y le ha pasado a Dorian, entre algunos otros. Pero hay una figura que despierta especial inquina entre los guardianes de la moral indie: Lourdes Hernández, alias Russian Red.

La artista, que en su día enamoró a la crítica en el 2008 con aquella preciosidad titulada Cigarretes, no solo ha roto el techo de cristal de las salas de 150 personas y los cachés que apenas dan para cubrir gastos. Además, ha dado el salto internacional, se ha rodeado de profesionales de primer nivel en sus grabaciones y ha trascendido a lo musical, coqueteando con el cine y convirtiéndose en un icono de moda. Todas esas cosas que se le toleran y aplauden a las estrellas británicas pero que, vaya, aquí se critican de un modo tal que destapa todo tipo de complejos.

Ella parece, en todo momento, que los haya dejado fuera. Pasando página a aquel toque naif tan seguido e imitado por sus seguidoras más jovencitas, en Agent Cooper se muestra sexy y sofisticada, con los labios rojísimos y la melena pelirroja de diva de Hollywood. No obstante, la conexión musical mira ahora a los ochenta de un modo tal que, por momentos, se podría llegar a evocar la banda sonora imaginaria de uno de aquellos filmes humeantes en VHS, con amantes besándose en coches desde los que se ve la gran ciudad. Canciones como John Michael o Steve J suenan al plástico, los colores chillones y el exceso de maquillaje del momento. Pero, ojo, lejos del ejercicio de estilo vacío, calan. Y ahí se marca la diferencia.

Tal y como ya había mostrado en Fuerteventura (2011), Lourdes demuestra que sus canciones trascienden al envoltorio. Y que aún haciendo guiños evidentes a esa estética —que iría desde aquellos arreglos pirotécnicos de la Tina Turner de The Best a la Cindy Lauper que rivalizaba con Madonna, pasando por los Simple Minds inflados de los estadios—, sus canciones poseen chicha y sustancia suficiente para agitar las emociones. Además de los temas más obvios (a los citados, hay que sumar Casper, Michael P o la deliciosa Alex T, inspirada en el líder de los Arctic Monkeys), la salida de tono atmosférica de Xabier o el ramalazo reggae de William completan un disco para degustar sin prejuicios. Todo mientras sus canciones se adhieren como chicle.

Neil Halstead se pone frente a “The Velvet Underground & Nico”

Miércoles, Marzo 19th, 2014

La retromanía, esa adicción del pop a consumir su propio pasado que definió el periodista Simon Reynolds en su libro homónimo, continúa. Y aumenta. Aquí se encuentra un caso que lo ejemplifica a la perfección. Llega a Galicia Neil Halstead, uno de esos autores con pedigrí indie que se pasa, de cuando en cuando, por España. Unas veces viene con su grupo principal actual, Mojave 3. Otras, cuando toca presentar nuevo trabajo personal, en solitario. Ahora lo hace sin nada propio bajo el brazo.

Tira de lo ajeno. También del pasado. Ni más ni menos que de The Velvet Undeground & Nico, mítico álbum que muchos especialistas consideran como el mejor y más influyente de la historia del rock. De fondo, otro rescate: el de su banda de los primeros noventa, Slowdive. Con ella que actuará en el Primavera Sound, entre otros festivales. La mirada, como se puede comprobar, se encuentra puesta mucho más en un pasado ideal que un presente que, en muchos casos, se muestra incapaz de caminar sin espejo retrovisor.

Es el signo de los tiempos. La jugada funciona. Sin casi promoción y sin saber muy bien qué planteará en el escenario, la venta anticipada ya se ha agitado hace semanas. La promotora encargada de We Used To Party, el ciclo en el que se integran estos conciertos en los que artistas independientes revisan un disco que les haya marcado, apenas indica que acude con banda, pero sin especificar cuál. También que se ha diseñado una amplia gira nacional, con una escala hoy miércoles 19 en Santiago dentro del ciclo Baixo a Vide, Cancións con Denominanción de Orixe y otra mañana, jueves 20, en A Coruña dentro de Son Estrella. Y prácticamente nada más. Es el fan el que debe guiarse por su instinto.

¿Merecerá la pena o simplemente nos encontramos con otro vacío quiebro retromaníaco para prolongan la vida en la carretera de un músico de manera artificial? Todo apunta a lo primero. Por los pocos vídeos que circulan en Youtube se intuye una lectura respetuosa, aunque nada fiel. Aunque se podría pensar que acudiría con la visión folkie que practica en solitario, el formato de la gira es abiertamente rock. Un poco al estilo de Galaxie 500 se respetan las claves. Habrá electricidad, niebla, guitarras cortantes, baterías mininalistas y repetitivas e interpretación impertérrita. A partir de ahí, brota la reinterpretación del disco a partir de la propia personalidad del autor. Quienes han visto conciertos precedentes hablan de un arranque tibio, pero un placentero despegue desde Venus in furs en adelante que merece mucho la pena.

El encuentro se produce quizá en el mejor momento posible. Halstead se encuentra revisando el repertorio de Slowdive, aquella célula noise-pop que discurrió en paralelo a My Bloody Valentine y Cocteau Twins. Días en los que la música inglesa se presentaba etérea y escapista. Cualquiera de sus tres álbumes vale su peso en noches de ensoñación juvenil. Pero quizá fue Souvlaki (1993) en el que definieron mejor ese sonido luminoso y evanescente que enamoró a la generación previa a la llegada del brit-pop. Después todo se transformaría en Mojave 3, inicialmente a la vera de Nick Drake, Mazzy Star y Leonard Cohen. Más tarde abrazándose a Neil Young, Gram Parsons y Van Morrison.

Los efluvios de la resurrección de Slowdive pueden sentarle de maravilla a este bis a bis con The Velvet Underground. Habrá que comprobar ahora cómo cuajan los presupuetsos de Halstead con la perezosa dulzura pop de Sunday Morning, el trote drogadicto de Run, Run, Run o las panaoiras ruidistas de European Son. Todo dentro de un nuevo giro de esa espiral de pasado en la que se mueve el pop y que no presenta signos de cambio.

Nacho Mora revisa la literatura gallega desde el rock

Martes, Marzo 18th, 2014

Entre as zocas e os lóstregos es el título del álbum con el que Nacho Mora se ha sumergido en el poemarío gallego, trasladándolo al lenguaje al rock. Siguiendo el modelo de los asturianos Lucas 15 ha grabado un disco llamado a grandes cosas y que actualmente se encuentra en fase de crowfunding para lograr la el dinero necesario para su edición física.

Hay quien sostiene que la mejor perspectiva del país propio se encuentra en la distancia. En el caso de Nacho Mora (A Coruña, 1975), los cerca de 600 kilómetros que separan su ciudad natal de Madrid se convirtieron en definitivos para hacer esa visión. Si en aquella componía pildorazos en inglés para Meu, un guitarrero proyecto con el que sacó What´s up! (2005) y Did You Hear? (2007), su llegada a la capital hace cinco años despertó en él una sensación nueva. «No sé si por añoranza, pero me vi escribiendo cosas en gallego sin mucha pretensión», resume.

No obstante, un disco se reveló clave para que aquella pulsión inconsciente mutase mucho más serio y concreto: el homónimo de Lucas 15. Se trata del proyecto que Nacho Vegas impulsó junto a Xel Pereda en el 2007, recuperando en clave rock piezas del cancionero tradicional asturiano. «Aquel disco me dio mucha envidia al ver como en Asturias escarbaban en su cultura y reactivaban viejas leyendas y su cancionero patrio», confesa.

Casualidades de la vida, Mora terminó trabajando de road manager con Vegas en la gira de El manifiesto desastre, haciendo incluso coros en alguno de sus conciertos. Y, sobre todo, trenzando una gran amistad con el músico asturiano. «Siempre estábamos vacilando con las comparaciones entre Galicia y Asturias -recuerda-. Ellos estaban sacándonos ventaja con Lucas 15. Yo entonces tenía un poema de Celso Emilio Ferreiro musicado. Me propuse hacerlo más en serio y dar el paso, pero en plan casi privado».

La pulsión ya había encontrado aquí un fin. Y un campo cerrado de actuación. Ahí germinaría lo que ahora es Entre as zocas e lóstregos. Mora empezó a revisar libros y páginas de Internet: «Tenía claro que la mayoría iban a ser clásicos, aunque también me interesaban los contemporáneos, que tienen otro lenguaje.» Así, entre los once temas del disco desfilan versos de autores como Eduardo Pondal, Celso Emilio Ferreiro, Ana Romaní, Baldo Ramos, Miro Villar, Ramón Cabanillas, Estíbaliz Espinosa, Álvaro Cunqueiro o Uxío Novo Neyra.

Entre as zocas e lóstregos se grabó en Gijón junto a la banda que acompaña a Nacho Vegas (Xel Pereda, Luis Rodríguez, Abraham Boba y Manuel Molina). Se trata de un notable álbum de rock clásico con miras al folk y algún qué otro sorprendente desvío de género cincuentero. «No lo cree que haya saltos de estilo muy grandes y los que hay sirven para hacerlo más dinámico», explica el autor, que guarda en secreto la grabación hasta su publicación definitiva. Por ahora, tan solo ha visto la luz en Internet Foi nas Illas Lobeiras, el tema que abre el disco en una preciosa ascensión épica sin fin.

El tema se lanzó para promover la campaña de crowfunding iniciada por Nacho Mora. Necesita conseguir 4.000 euros, los necesarios para la publicación de 500 copias en cedé y 300 del elepé en su versión de vinilo. Hasta el momento se ha logrado el 60 % del dinero necesario. El plazo finalizará el próximo 19 de abril. El músico señala que hubo «algún tímido interés» de algún sello. No fructificó: «Tal y como está el panorama me pareció que optar por el crowdfunding era lo mejor, la recompensa de ver como gente atribuida por tu proyecto al margen de operaciones de márketing y promo, y, sobre todo, testear como está el panorama, saber si tu proyecto tiene cabida o interés para la gente, si vive de una manera más intenso y directo».

Después vendrán los conciertos. «Quiero dar unos directos y, si todo va bien, seguir», indica ante la incertidumbre de si el disco quedará en el consumo gallego o irá más allá. Por calidad, debería trascender y erigirse como lo que es: una hermosa rareza dentro del rock nacional.

El ruido con poderío de TAB

Sábado, Marzo 8th, 2014

Desde hace tiempo en directo Triángulo de Amor Bizarro, además de sonido y temazos, tienen poderío. Anoche, en cuanto tomaron las tablas del Mardi Gras en su pase por Los conciertos de Retroalimentación lo demostraron. Su compacta bola de noise-pop se arrebató en una sala llena a reventar, llevando a la práctica todos los parabienes que la crítica nacional vuelca sobre ellos día sí, día también. Con Victoria mística de faro, pero con visitas a sus diferentes pasados, el cuarteto de Boiro volvió a “la ciudad en la que vivimos nuestra adolescencia” (Isa dixit) para arrasar una vez más. En las primeras filas se ladearon cabezas, ase agitaron melenas y se levantaron los brazos. Atrás, ya no puedo decir. Estaba demasiado entregado al chorro eléctrico brotaba en el escenario.

Antes, debutaron Elvis Negro, un prometedor proyecto que igual tira hacia los grupos shoegazers como a Disco Inferno y que dará que hablar. No es el único grupo novel surgido en los últimos meses en torno a la órbita de TAB y los fenecidos Franc3s. Savia nueva que, en breve, esperemos que esté lista para subirse a este escenario. Muchas gracias a las bandas, al público que llenó la sala y a los que respaldan este proyecto. Próxima estación:… pues algo muy especial que celebrará el 6º aniversario del blog y que diremos en un par de semanas en cuanto todo esté atado.

El ruido de TAB vuelve a la ciudad: “¡Sí, sí, síiiiii!!

Viernes, Marzo 7th, 2014

Lo recuerdo perfectamente. Era Navidad del 2006 y acudía a una cena con amigos. En mis disc-man escuchaba la copia que, de estrangis, me había pasado Rodrigo Caamaño del primer álbum de Triángulo de Amor Bizarro, su banda. Aún no estaba editado y creo que le faltaba aún la mezcla final. Lo escuchaba por primera vez. Caminaba por la calle Juan Flórez y sonó en mis oídos El fantasma de la transición. La conocía de sus maqueta-moqueta. Pero aquello subía a otro nivel. Con esas melodías lánguidas, esas voces desapasionadas, esas líneas de ruido que dibujaban ondas y, sobre todo, esta estampida que se produce en el minuto 2,39. Ahí fue cuando cerré el puño y dije “¡Sí, sí, sí, síiiiiiiiii! ¡Al fin!”. De verdad, flotaba por la acera.

Había estado esperando por eso desde, al menos, la disolución de Los Eskizos: un grupo de aquí que fuese capaz de hacerme revolverme por dentro y pasar a formar parte de mi vida. Al principio me los tomé con distancia, escaldado de esa relación músico-fazinero que solo admite loas. Pero pronto nos quisimos mutuamente. Ellos eran la versión en carne, hueso, ruido y melodía de las ganas de romper cristales que, a veces, sentíamos en el fenecido Feedback-zine, hartos de la parálisis. Sí, como de pronto irrumpir con el Upside Down de Jesus and Mary Chain en la noche coruñesa a todo volumen, Triángulo de Amor Bizarro aportaron gamberrismo, frescura y uñas afiladas. Sin titubeos y sin medias tintas. De nada servía mantener la distancia: aquello estaba condenado al amor eterno. El odio de alrededor no hacía sino alimentar la afinidad.

En dónde nos conocimos y la conversación que mantuvimos queda en el off the record, no vaya a ser que algunos vuelvan a sacar el hacha de guerra. Aunque no estaría mal decirlo algún día… Pero, lo importante, es que no se quedó en un sarampión de temporada. Todo creció y aquel pellizco nervioso se convirtió en un terremoto maravilloso. La noche de hoy será una consecuencia de aquello. Es ya la tercera actuación del cuarteto de Boiro, que dio sus primeros pasos en A Coruña (acojamos a lo bueno, por favor), en la que estoy involucrado como organizador (antes estuvo el festival Retroalimentación 06 con Sr. Chinarro y Devalo en el 2006 promovido por el Feedback-zine y su pase el año pasado junto a Jorge Ilegal dentro del ciclo de este blog). Solo con los desaparecidos Nadadora he llegado a tejer una relación tan intensa. Y no saben lo contento, orgulloso y excitado que estoy ante tal posibilidad. El mejor grupo del rock independiente español actuará hoy aquí, soportado por este blog. De camino del trabajo a casa volvieron a mí muchas cosas olvidadas. Volumen, electricidad y, efectivamente, ese puño cerrado diciendo “¡Sí, sí, sí, síiiiiiiiii! ¡Al fin!”.

Esta noche Triángulo de Amor Bizarro vuelven a la ciudad. Y lo hacen de la mano de Los conciertos de Retroalimentación. Sé que algún día se hablará de ellos como hoy hablamos de Golpes Bajos, Parálisis Permanente o Radio Futura. Es decir, aquí está la historia, aunque a veces no nos demos cuenta. Y ese gesto de cabreo que veo a lo lejos de la ortodoxia rock supone el refrendo de todo lo antedicho.

Ignacio Juliá: “Loquillo me pegó una hostia, ese día entendí el poder de la palabra” (entrevista 2ª parte)

Martes, Marzo 4th, 2014

Foto: Ignacio Juliá con Lee Ranaldo de Sonic Youth

Tras desgranar el libro sobre Sonic Youth Estragos de una juventud sónica en la primera parte de la entrevista, la charla con Ignacio Juliá se desvía hacia su papel como crítico musical, su pasado en la profesión y, por supuesto, su presente. La cosa se alargó lo suficiente como para que, al final, dudase si le iba a dar tiempo a cerrar el número del Ruta 66 que estaba pendiente ese día.

-Existe la sensación de que la escena de rock alternativo que lideraba Sonic Youth se desinfló a mediados de los noventa y ya nunca volvió a producirse otra explosión de creatividad y trascendencia así. ¿Piensa usted que hoy existe algo que se pueda comparar a lo que eran Sonic Youth entonces?

-Pues la verdad es que no lo sé. Creo que deberías contestar tú a eso más que yo [risas], porque estás más cerca a nivel de edad. Yo me pongo los discos de Godspeed You! Black Emperor y estas cosas y la verdad es que no veo algo tan fuerte. Sonic Youth eran algo más que musical. Glenn Branca en el libro los compara con The Beatles y, un poco, eran un rollo icónico. Tenías a la chica, tenías el rockero, tenías al experimentador, tenías al batería personal, salían en The Simpsons…eran icónicos. Pixies también lo eran. ¿Qué tienes ahora? ¿Qué es lo que hay? Hay que tener en cuenta que, cuando Sonic Youth sacan Dirty y los descubre tu generación, llevaban diez años. ¿Qué grupo ahora puede estar diez años experimentando? No les dejan.

-Bueno, hay muchos grupos así, el problema es la trascendencia. Nombres totémicos del ambiente Primavera Sound como, por ejemplo, Animal Collective son presentados como el mejor grupo de pop del mundo. Y yo los veo a años luz de lo que pudieron ser Sonic Youth, Pavement, Yo La tengo…todo aquello. ¿Esas bandas tienen la entidad que entonces tenían Sonic Youth?

-Yo creo que no. Pero ha cambiado totalmente la percepción de la música. Tú ves en el 2000 a Sonic Youth tocando temas clásicos alternados con temas raros del NYC Ghost & Flowers y alucinas. Y tú escuchabas los discos y los casetes, cuando los conseguías. Hoy en día, las nuevas generaciones… es otra cosa. Tú vas al Primavera Sound y ves todo lo del año en tres noches. Pero no lo ves de verdad, lo ves de lejos y lo escuchas de lejos. Porque hoy puedes llegar a todo. ¿Qué quieres el nuevo single de Lana del Rey? Pues te vas a Internet y lo ves en Youtube. Todo se encamina a profundizar mucho menos. A mí me pasa. Me interesa un grupo, la discográfica me manda un mp3 y no es lo mismo. Antes tenías un disco que escuchabas en un buen equipo con los colegas, profundizabas en él. Es todo mucho más efímero, más rápido y todo ha cambiado. ¿Cómo podemos pretender que aparezcan grupos como Sonic Youth, como Pixies o como Yo La Tengo, que necesitaron sus años para despuntar? Por ejemplo, Yo La Tengo necesitaron 10 años para triunfar.

-No sé si un chico de 17 años tiene tiempo y capacidad de concentración suficiente para escuchar “Daydream Nation” entero.

-Yo creo que no. A mí me alucina, cuando voy al cine, ver que la gente se traga una película de dos horas y media. Pero, bueno, también voy el sábado por la tarde y veo que está lleno de gente mayor que yo [risas]. Yo tengo una hija de 23 años y se pasa el día con la redes sociales. Está al día, conoce grupos pero, claro, está en la dinámica de lo de hoy es lo de hoy y mañana ya es pasado. Si estás todo el rato con lo que dice este en Twitter, el What’s Up o el Instagram ¿cómo vas a tener tiempo para escucharte el Daydream Nation entero? ¿O cómo vas a tener tiempo para leerte un libro de principio a fin? El libro para las nuevas generaciones es un cachivache, un instrumento caduco. ¿Pasar páginas, qué es eso? ¿Si puedes pasar tweets para qué vas a pasar páginas?. Es muy complicado. Yo todo esto lo veo con entusiasmo. Estamos ante un momento de transformación e implantación.

-Más allá del tema tecnológico, se encuentra el problema de si el discurso del rock puede dar más de sí. Un amigo dice que hoy está en la situación en la que se encontró el jazz en los setenta. Es decir, más allá de mezclar elementos preexistentes, resulta imposible un salto evolutivo como el que se daba en los años sesenta de un año a otro. ¿Aún quedan cosas por inventar?

-Hay que tener en cuenta que en los años sesenta los Beatles y los Rolling Stones copiaban al blues, a la Motown y Carl Perkins. Hacían exactamente lo mismo, no inventaban nada. Aquel fue un momento en que hubo una conmoción histórica en la que todo empezó a girar de manera rápida, colorista y espectacular. Ahí se creo un fenómeno socio político en el que una generación antigua daba paso a una nueva. Esto ahora lo estamos viviendo, pero más en el tema de las nuevas tecnologías. La gente de ahora, de 15 a 25 años, sí que está viviendo una revolución tan importante como la de entonces. ¿Qué el rock sirve? Lo vemos todos los días. Hay grupos de rock.

-Ya pero en el Primavera Sound, por seguir con el ejemplo que ponía antes, los grandes del cartel son figuras que han dado lo mejor de sí hace 15 o 20 años.

-Sí, es así. Hace diez años veías la reunión de los Pixies, Sonic Youth tocando Daydream Nation, siempre hay un remanente. La gente quiere ver a músicos consagrados. De todos modos, en ese festival se han visto un montón de grupos nuevos. Lo que ocurre es que cuesta encontrar cosas que sean realmente trascendente. Artistas hay más que nunca. Tú lo tienes que ver.

-Claro, pero cuesta entusiasmarse con ellos.

-Evidentemente. A mí me ocurre lo mismo.

-¿Cómo afectan las redes sociales al crítico? Lo digo porque, hoy en día, puedes desde A Coruña poner a parir a un grupo de Cádiz y, en cuestión de horas, tener el propio grupo pidiendo explicaciones y a los fans enfurecidos bramando contra el escriba.

-Bueno, yo no he pasado del e-mail. No estoy tan expuesto. Hice mi primer blog porque me lo recomendaron para promocionar el libro, igual que el Facebook. El blog lo llevo yo, pero el Facebook lo llevan entre mi hija y un amigo. Además de no estar expuesto, no soy ahora un crítico que me dedique a comentar novedades rabiosas. He pasado a tomar un papel de escribir de cosas con más peso, con lo que no estoy ahí. Pero sí, antes te mandaban una carta o te llamaban por teléfono y se cagaban en tus muertos. Ahora es diferente. Pero, bueno, también creo que la existencia de tal abundancia de opinión hace que las mimas opiniones se maten unas a otras. Supongo que tú en tu blog tienes gente a favor y gente en contra ¿no?

-Claro. ¿Había muchas llamadas incendiarias a la redacción del Ruta 66?

-Trabajábamos en casa. Yo recuerdo una vez en los ochenta que me puse al teléfono y escuché una voz: “¿Eres Ignasi Juliá? ¿Sí? Pues eres un hijo de puta”. Y colgué. Digamos que la cosa no llegaba a más. Pero, además, yo siempre he tenido presente que, si estás opinando, vas a ser diana de ese tipo de comentarios positivos y negativos, y que no le debes de dar más importancia. Igual que una crítica no deja de ser la opinión de una persona. Y, como dijo Harry el sucio, opiniones todos tenemos una, como culo. Siempre he relativizado bastante. Soy consciente que tras 30 años escribiendo de música hay gente que te detesta y otra que considera que puedes ser una guía. No le puedes gustar a todo el mundo. Eso de los comentarios es una batalla perdida. Por ejemplo, veo que Diego A. Manrique tiene muchas respuestas virulentas en su blog, con gente que no le puede ni ver. Quizá es porque hace un buen trabajo, porque lo siguen, buscándole los tres pies al gato a todo.

-¿Ha estado alguna vez en una sala con un músico al que puso a parir antes?

-A mí una vez me pegó una hostia Loquillo. No me tuvieron que poner puntos de milagro. Ese día entendí el poder de la palabra y su potencia. Si consigues que te tumben de una hostia es muy revelador, es como caerse del caballo. Mucha gente, por ejemplo, me pregunta si Sonic Youth han leído el libro y qué piensan de él. Yo siempre digo que no entienden español. Lee Ranaldo me pidió el pdf para traducirlo con el Google. Ni hablar. Primero, porque la traducción de google es una ignominia. Y segundo, porque a los diez minutos va a estar liberado por ahí para quien quiera bajárselo. Cuando he tenido músicos españoles que han sido cercanos, si he escrito algo negativo sobre ellos siempre he pensado que, si existe una amistad, tienen que aguantarlo. También es un rasero para medir a esas personas. El que lo entiende y lo acepta, bien. El que no pues, lo siento mucho, pero es su problema. Aquí cada uno hace su trabajo.

-¿Sigue experimentando placer cuando encuentra la palabra exacta? Por ejemplo, en el libro hay párrafos en el capítulo dedicado a “Daydream Nation” definitivos.

-Sí, pero al tiempo es frustrante. Nunca es completo. Si yo cojo el libro ahora y lo vuelvo a leer, seguramente cambiaría todo. A mí me ocurre que solo me gusta un texto cuando lo retomo muchos años después y, al leerlo, siento como si fuera otra persona. Esto me ha pasado muchas veces. Yo creo que los que juntamos palabras experimentamos ese placer. Te vas a dormir pensando que lo que has escrito es una maravilla y, al día siguiente cuando lo abres, te das cuenta que no. Entonces reescribes y reescribes y reescribes… Más que escribir, yo reescribo. Siempre lo digo: si yo lanzase lo primero que escribo sería el tonto nacional. Además, yo soy editor y corrijo todos los textos del Ruta 66. Tengo ese callo. Cuando leo algo mío siempre voy con la actitud de “A ver qué dice este idiota”. Estoy buscándole al texto lo que una tercera persona podría pensar. Escribir sobre música es un placer inconcluso.

-En el libro se pone a parir a sí mismo.

-Sí, he rescatado cosas de la época de Sister para ver el cambio. Toda aquella hipérbole que usábamos en la época se debía a que intentábamos convencer a un país desértico que esto era cojonudo. Ahora todo ha cambiado. Ahora todo el mundo está de acuerdo en que es así y se llena el Primavera Sound. Entonces, no, había que repetir 80 veces que Sonic Youth eran buenísimos y darle un leguaje casi publicitario. Eso ha cambiado.

-¿A quién se ha cargado y con el tiempo se dio cuenta que se había equivocado?

-A muchos.

-¿Radiohead, por ejemplo?

-Totalmente. Recuerdo ver el videoclip de Paranoid Android que lo vendían como “esto es bestial”. Mi reacción fue: “¿No teníamos bastante con U2 que ahora vienen estos haciendo lo mismo?”. Después, me he dado cuenta de que no. Tengo todos sus discos y, aunque aún no haya hecho una inmersión grande en ellos, los aprecio. Tengo que escucharlos a fondo, porque no son trabajos fáciles.

-Ummm… recuerdo un gran artículo suyo en Ruta 66 sobre “Kid A” y “Amnesiac” en el que se destapaba como un fan, para sorpresa de muchos.

-Sí, esa época es muy buena. Pero hay muchos otros casos. Es una cuestión cíclica. Yo, por ejemplo, en el 77 con los Sex Pistols abominaba a Dylan y a The Beatles. Y ahora ya ves: los dos me parecen unas piezas culturales irrepetibles. Esas son las bases.

-¿Por qué, a excepción de uno de los primeros números, nunca han salido The Smiths en Ruta 66?

-Uy, eso pervive. Había una inquina con The Smiths, que yo tuve, y sigue. Yo no lograba entrar en el grupo, hasta que algo me hizo cambiar. Fue cuando conocí y entrevisté a Johnny Marr. Es una de las personas más agradables, normales y amantes de la música que yo he conocido. ¿No sabes esas entrevistas que no tienes ninguna gana que se termine y que podríamos haber seguido hablando durante días? En ese sentido, cambié mi actitud ante The Smiths y Morrissey, aunque bueno no los he escuchado a fondo. Pero sigue habiendo una inquina hacia The Smiths y, a lo mejor, tiene un punto de homofobia. No lo sé [risas].

-Bueno, creo que existe el mismo rechazo a los Stone Roses y no creo que tenga que ver con eso.

-Es cierto. Nunca entré en los Stone Roses. Tampoco en el Screamadelica de Primal Scream. Ni he conectado nunca con My Bloody Valentine. Son cosas que se me escapan totalmente.

-Vaya, pues yo conocí el “Loveless” por Ruta 66.

-¿Sí? pues a mí nunca me llegaron.

-Vivimos un bum de libros musicales. ¿Ha llegado el rock al punto de ser objeto de estudio universitario?

-Sí, pero las ventas son pequeñas. No superan los 1000 o 2000 libros en títulos importantes. ¿Que se considera ahora al rock como un elemento cultural? Sí, pero en España había un gran déficit. Se había escrito mucho libro malo. Cuando llegaron las traducciones se aumentó el nivel.

-Existe una cierta confusión sobre su situación en Ruta 66. ¿Qué papel tiene usted y Jaime Gonzalo, los fundadores de la revista, en la actualidad?

-El de socios minoritarios. Eso lo explica todo, ¿no? Yo continuo siendo jefe de edición, en el sentido de que trabajo los textos, la maqueta y dirijo todo ese aspecto. Pero no tengo capacidad de decisión editorial. Además, estoy retirado de ese papel, lo que me permite dedicarme a cosas como el libro.

-Hay quien decía que ambos eran unos excelentes periodistas pero unos pésimos gestores. ¿Se ven reflejados en esa afirmación?

-Sí, totalmente. Ruta 66 funcionó casi como un milagro. Hasta que entran los nuevos socios éramos, sí, unos pésimos gestores. Vivíamos al día pero, bueno, fue nuestro medio de vida durante todos esos años. Digamos que fuimos periodistas que nos vimos obligados a fundar nuestro medio de expresión. Hay otra gente que saben dirigir revistas y no tienen porque escribir cada mes.

-El primer artículo grande que escribí yo en Ruta 66 era sobre Los Planetas en el 2002: cinco páginas, el grupo en auge total y posiblemente el texto más extenso publicado en una revista hasta aquel momento. Era una portada clarísima. Sin embargo, se la dieron a un dossier de jam-bands, dejando la oportunidad de vender muchos más ejemplares. ¿Por qué este tipo de decisiones?

-Bueno, en el nucleo duro duro de Ruta 66 molan más las jam-bands que Los Planetas, eso tenlo claro. Yo fui un poco la rara avis allí. Estuve diez años en Barcelona Televisió haciendo programas de música, lo que me proporcionaba muchas entrevistas que se daban en exclusiva para la televisión. Elvis Costello, Beck, cosas así. Siempre que tenía un nombre de estos lo metía. Pero no nos engañemos: Ruta 66 es rock n’ roll clásico, garage, psicodelia, undeground, contracultura… y, bueno, Los Planetas estarían tan vetados como The Smiths si no fuera porque yo tenía una entrevista con ellos en su día y se publicó.

-Hablaba al principio de la entrevista de la necesidad de apasionarse escribiendo el libro. ¿La pasión va de serie o hay que esforzarse para mantenerla?

-Hay que esforzarse por mantenerla, sin llegar a lo patético o lo ridículo. Yo sigo viendo dos películas cada día. Escucho mucha música, leo libros y siento que he llegado a un nivel de veteranía en el que puedo explicar a la gente las cosas mejor que hace un tiempo. Ese es mi papel. No el de descubrir grupos nuevos. El mío es el de intentar dar un contexto, hacer buenas entrevistas, escribir columnas y, de vez en cuando, surge alguna exclusiva como cuando logré entrevistar a Peter Buck de REM tras la disolución. Esas cosas te ilusionan. Pero Peter Buck tiene mi misma edad, 57 años.Hay hay mucha gente de tu edad y más jóvenes que lo están haciendo muy bien. Yo siempre digo que en el Ruta 66 fuimos los tuertos reyes en el país de los ciegos. Ahora hubiera sido más difícil. Ahora hay más gente con conocimiento de causa y que escribe bien. También, mucha gente mala que escribe en blogs y prensa gratuita.
           

Ignacio Juliá: “Aún hay quien me dice que Sonic Youth son una mierda” (entrevista 1º parte)

Lunes, Marzo 3rd, 2014

El periodista Ignacio Juliá (Barcelona, 1956) sintió con Sonic Youth lo que tantos otros que siguieron disco a disco la evolución de la banda de Nueva York: ahí estaba la Velvet Undeground de nuestro tiempo. Sin embargo, él lo llevó mucho más allá. No solo escuchó sus álbumes, acudió a sus conciertos e interrogó al grupo en cada ronda promocional. Además, estableció una conexión personal que lo ha llevado a ser el mayor experto en la banda en España. Toda esa sabiduría la ha volcado en Estragos de una juventud sónica, un volumen que repasa la trayectoria de la formación hoy disuelta y que se antoja de lectura obligatoria para cualquier fan.

Aprovechando la excusa, mantuve una extensa charla más allá de la reseña publicada en La Voz. El libro y Sonic Youth la guió de inicio, pero luego se ramificó en otras direcciones. Por su extensión, se ha dividido en dos partes. En esta primera, centrada en los neoyorkinos, Juliá arroja más luz aún sobre el grupo. En la segunda, tratará otros asuntos de la crítica musical en general.

-”Estragos de una juventud sónica” lo guía una primera persona que entremezcla el papel de fan y periodista. ¿Pretendía reflejar ese 50% de cada una de las dos facetas?

-Sí, porque no concibo el uno sin el otro. Creo que lo que me puede separar de otros periodistas es que he intentado mantener la pasión del fan en todo momento. Escribir un libro como el de Velvet Undeground o este de Sonic Youth es un trabajo que, si no te lo planteas desde el entusiasmo y la pasión del fan, resulta muy complicado hacerlo. En el ámbito anglosajón, en el que las editoriales te pueden dar una pasta de adelanto para que te pases dos años haciendo un libro, es diferente. Aquí eso resultaría imposible. En el caso de Velvet Underground, evidentemente creo que soy la única persona en España, y de las pocas en el mundo, que ha entrevistado a todos los miembros, incluida Nico. En el caso de Sonic Youth tenía una familiaridad de 25 años. De algún modo, ello me hace acumular un material de entrevistas y de vivencias que me hacen sentir una cierta responsabilidad de sacarlo. Y hacerlo en un libro en español, para al público de habla castellana. Para que el proceso de redacción fuese menos ortodoxo y pesado para mí, intenté darle ese perfil, como si fuera una autobiografía. El hecho de que el periodista esté incrustado en la historia creo que lo acerca al lector. Aquí no es alguien que está en un despacho documentándose en libros o Internet y contando la historia de un grupo que ha visto en el Primavera Sound tres veces. No, es la historia de una persona que ha manteniendo una relación con el grupo más allá, intercambiando discos con ellos, teniendo un montón de anécdotas y logrando una intimidad que no se da normalmente en las relaciones entre un músico y un periodista.

-Ponga un ejemplo.

-Hace unos años el hijo de Lee Ranaldo, Cody, estuvo en Barcelona con un amigo. Antes de venir, Lee me escribió para preguntarme si le podía recomendar una pensión o algo que estuviera bien. Yo le dije: ¿Cuántas noches vienen? “Un par de noches”. Pues que se vengan a casa. Eso crea una familiaridad muy grande. Luego, con Thurston Moore desde el principio nos hemos intercambiado grabaciones piratas, libros y revistas. Todo eso te da una visión del grupo privilegiada, en cierto modo. Es una mirada desde dentro, pero creo que no ha invalidado que luego yo sea crítico. Porque en el libro se ve que cuando una cosa me gusta mucho queda claro y cuando me gusta menos, también. De todos modos, se defiende siempre el concepto de que Sonic Youth son de esa clase de artistas cuyo control de calidad se pone, en cierto modo, en segundo plano. Ellos prefieren, en un momento de gran creatividad, editar muchas cosas para ver qué respuesta tienen del público, aunque esas cosas a lo mejor no entren dentro del canon oficial. Me refiero a la edición de los discos en su propio sello, más experimentales. Eso al fan de Sonic Youth que se enganchó por Dirty o Goo es probable que no le interese, pero sí a otro tipo de gente. En ese sentido, creo que Sonic Youth son mucho más que un grupo de rock, son una especie de colectivo artístico, casi como una academia de vanguardia que ha conectado el rock con esos otros ámbitos culturales que a mí me parecen muy interesantes.

-¿Qué es lo que se encuentra cuando conoce al grupo?

-Estaban a punto de editar Daydream Nation. Yo los conocía de un par de año antes. Había empezado por Evol, en 1986. A partir de ahí, me puse a buscar sus otros discos. Después viene Sister, el primero editado en España, en 1987. Entonces me interesé mucho por ellos. Me recordaban a The Velvet Undeground, en el sentido de ser un grupo de Nueva York que no temía al ruido y mantenía conexiones con el mundo del arte muy obvias. Busqué el modo de entrevistarlos y, en un viaje de vacaciones a Nueva York en verano del 88, di con ellos. ¿Qué me encuentro? Pues a una gente súper normal y súper asequible. Aquello fue en agosto. En octubre del mismo año venían por primera vez a España, presentando Daydream Nation cuando aún no había sido publicado. Seguramente, de las 50 o 60 personas que había en la sala, yo era el único que conocía las canciones porque me había traído una casete con el disco. A partir de ahí, ellos se hicieron muy receptivos a mantener contacto conmigo. Formaba parte de su modo de entender las cosas.

-¿A qué se refiere?

En EE.UU. Sonic Youth habían ayudado a crear un circuito alternativo con Swans, Minutemen, Meat Puppets, Husker Dü y REM. Todo ello se montó a base de ir ciudad por ciudad, contactando con el crítico musical local, el dueño del club de referencias y luego mantener ese tejido, con el que se construyó la escena alternativa que lleva a la explosión de Nirvana en los noventa. Yo me convertí en la persona en España en la que confían. Cuando nos vemos, yo les cuento mis entrevistas con Sterling Morrison. Ellos, que se han encontrado con John Cale en Nueva York. Es decir, tenemos conversaciones entre fans, como podemos tener tú y yo. Siguen siendo así. Conservan el interés por descubrir cosas del presente y rescatarlas del pasado, conociendo su contexto.

-Habla de cuando escuchó en un walkman la cinta de “Daydream Nation”. Al lector ahí se le pone la carne de gallina. ¿Fue consciente de que estaba ante algo histórico?

-Sí, claro. Yo me tiro en la cama del hotel, pongo a funcionar el casete y suena Teenage Riot. Evidentemente, veo un salto cualitativo respecto a Sister y Evol. Pero, claro, no podía saber que ese disco estaría hoy conservado en la Biblioteca del Congreso de los EE.UU., ni que lo tocarían en el Primavera Sound completo, ni que aparecería en todos los listados de discos esenciales de la historia del rock. Pero sí que se veía entonces que se trataba de un salto importantísimo. Integraban todo lo que habían hecho hasta el momento, lo reflejaban en un doble álbum y lo propulsaban a un nivel superior. Es el disco por el que las multinacionales les empiezan a hacer ofertas. Se trata de un momento histórico. De alguna forma, con ese disco se puede vislumbrar todo lo que vendrá después, cuando en el 90-91 se abren las puertas a Nirvana y el grunge. Ellos se quedan como los catalizadores de esa escena. Resulta muy importante ver como luego, cuando logran vender 300.000 discos y descubren que no van a ir más allá, de algún modo se echan atrás. Y siguen haciendo desde una multinacional discos muy intimistas y personales que no intentan competir con Soundgarden o los grupos que habían triunfado a raíz del éxito de Nirvana.

-Antes de llegar a “Daydream Nation” recupera una crítica suya de la época. Dice “Si quieres saber lo que es el sonido de 1987 escucha a Sonic Youth”. ¿En ese momento sentía eso que Simon Reynolds llama “embarcarse en el sonido del futuro”?

-Creo que sí. La llegada de los Sex Pistols y el punk me cogió con veintipocos años. Para mí verlos en el telediario una noche cualquiera del año 77 confirmaba que mis intereses musicales no estaban equivocados. Aunque mis compañeros de clase escuchasen a Jethro Tull, Beatles, Genesis o Pink Floyd, lo que a mí me gustaba que era el White Light/White Heat de The Velvet Undegropund o el Ziggy Stardust de David Bowie. Y ahí podría comprobar que, por fin, estaba entrando en el mainstream y se estaba reconociendo las cosas que me gustaban. Me sentí mucho menos raro. Cuando empecé a trabajar en Vibraciones y Rock Espezial, viví muy de cerca el post-punk. Joy Division me apasionaban. También grupos como Magazine o Gang Of Four. Pero después viene el tecno. De alguna forma, el punk fue asimilado por la new wave y el post-punk y el siniestrismo por el rollo Ultravox. De nuevo, nos encontrábamos con que todo lo que habían conseguido esos grupos volvía a ser música comercial, con Human League, Culture Club y ese tipo de cosas. Todo hasta que en EE.UU.el rock empieza a despertar. Primero con Dream Syndicate con The Days Of Wive and Roses. Más tarde, REM con Murmur. Y, en seguida, Sonic Youth. Yo, que era un apasionado de The Days of Wine and Roses porque veía ahí un nexo con el disco del plátano de la Velvet y el primero de los Modern Lovers, cuando escucho Evol y Sister me dí cuenta que ahí es a donde nos llevaba la historia. Podría haberme equivocado absolutamente. Podrían haber pasado desapercibidos, el tecno y Culture Club triunfar en EE.UU., cosa que no ocurrió. EE.UU. en los ochenta vuelve a poner sobre la mesa las guitarras eléctricas y se produce ese movimiento, que explota a finales de los ochenta y dura hasta mediados de los noventa.

-Se habla de las melodías de Sonic Youth. Parece que les ocurre como a Jimi Hendrix, que el sonido eclipsa a las propias canciones y su riqueza melódica. ¿Piensa que en algún momento Sonic Youth podrían ser un grupo pop?

-Bueno, eso lo dice Lee Ranaldo. Le preguntaba por qué ellos no tenían esa faceta de la balada melódica, poniéndoles como ejemplo el Pale Blue Eyes de The Velvet Undeground. Él contesta a la defensiva, indicando que oía mucha melodía en Sonic Youth. Y sí, la hay. Lo que pasa es que es una melodía que está incluida dentro de ese torrente de sonido. Pero tiene razón, hay grandes baladas como Little Trouble Girl en Washing Machine. También hay grandes medios tiempos. Lo que nunca tuvieron es una balada tradicional pop. Pero sí, Sonic Youth en ciertos momentos son absolutamente pop. Sobre todo en Goo y Dirty.

-En una entrevista Jesús Llorente, el director del sello Acuarela, decía que si una canción como “Schizophrenia” la pusieran 50 veces en la radio sería un hit como fue Nirvana.

-Sí, probablemente ya que tendría una tan tonada para ello. Sin embargo, le faltaba lo que tiene Smells Like Teen Spirit, que es el riff básico y la repetición. Las canciones de Nirvana son muy sencillas. Si las desmontas, lo ves. Le ocurre como a los Pixies, que hacen unas canciones muy circulares y simples. Sonic Youth eran más complejos: empezaban con tema, luego lo rompían y más tarde volvían a él. Eso les hacía menos asequibles a las radiofórmulas. Pero tuvieron su oportunidad. En Dirty, por ejemplo, tuvieron 100%, con sus videoclips que se vieron mucho. La gente los escuchaba del mismo modo que escuchaban a Pearl Jam o Nirvana. Pero, de todos modos, después de eso, toman un derrotero muy personal y huyen de ese tipo de convenciones.

-Da la sensación de que ellos se encargaron en 1994 de retorcerlo todo para, voluntariamente, no ir más allá.

-Yo creo que sí. Todos los grandes artistas siempre ponen por delante su instinto creativo. Las discográficas siempre te piden que estés en unos parámetros: que tengas un single en el álbum, que hagas las canciones de una forma determinada… Y ellos no. Hicieron Experimental Jet Set Trash And No Star, que no tiene nada de eso. La gente se esperaba la continuación de Dirty y se encontró con un disco que era mucho más intimista y personal. Ahí no respetaban las convenciones de los temas pop, como si las respetaban Nirvana, porque quizá no supieran más. En ese sentido, Nirvana son como Black Sabbath. Eran simples, lo que no quiere decir que sea negativo.

-Con “Experimental…” aparecieron las primeras voces críticas, al menos en España. Hasta entonces Sonic Youth eran una vaca sagrada intocable. Ahí da la sensación que se abre la veda. ¿No cree que ese fue un disco fantástico?

-Claro. Yo recuerdo cuando recibimos en Ruta 66 el casete de avance. Estábamos maravillados y sorprendidos. Los artistas como ellos tienen ese punto de romper la baraja y hacer lo que quieren. Hay otro disco que cuando salió me pareció muy antipático y que después me gustó mucho, que es el NYC Ghost & Flowers. Ese disco en su momento lo veía autocomplaciente, demasiado arty y demasiado pendiente de la Beat Generation.

-Si no recuerdo mal, hizo una crítica de él en Ruta 66 que terminaba diciendo “Uno ya no se puede fiar ni de Sonic Youth”.

-Exactamente. Pero, hace un par de Primavera Sounds conversando con Jose Luis Torrelavega, un colaborador de la revista, me dijo: “No, ese disco me gusta muchísimo. Vuelve a escucharlo por favor”. Y realmente tenía razón. Ahora, si me viene alguien que no conoce a Sonic Youth y lo tengo que introducir seguramente le pondría The Eternal o Daydream Nation de inicio. Pero, a lo mejor, también le pondría este disco. Creo que sería una buena entrada, es un disco muy abstracto y sin pop. Ahí están muchos de sus intereses: la poesía beat, el expresionismo abstracto de los cincuenta…las diferentes generaciones de artistas que han hecho lo que es el siglo XX de Nueva York. Lo que pueda parecer un disco en un primer momento es una cosa. Lo que realmente es, otra. Eso me ocurre cada vez más.

-Ese disco lo presentaron en Galicia en el Santi Rock. En su concierto hicieron un zigzag constante entre ese álbum y los clásicos: un tema nuevo, un tema conocido. Fue uno de los mejores conciertos de que rock que haya visto en mi vida.

-Pues ese concierto no estaba en el libro. Me había olvidado de él. Una de las dos personas que lo corrigió se dio cuenta que faltaba. Fue el único concierto de la gira en España. Habían estado con Yo La Tengo.

-Dedica un capítulo al conflicto entre indies y multinacionales a propósito del salto de Sonic Youth a Geffen en 1989. Lo contrapone a la postura radical de Steve Albini. Visto desde el 2014, ¿no cree que la crítica en general le ha dado mucha importancia a estas cosas que, al final, no sirven para mucho?

-Absolutamente. Steve Albini tiene un problema: el puritanismo. Se la coge con papel de fumar. Tiene una visión, para mí, admirable del negocio. Es el actuar por actuar, sin cobrar o cobrando lo mínimo. Corre la leyenda que vienen al Primavera Sound por el viaje y el hotel. Y lo hacen cada año. Eso es como lo de Angus MacLise, el percusionista inicial de The Velvet Undeground. Cuando le dijeron que tenían un primer bolo en un instituto de New Jersey, preguntó: ¿Vamos a cobrar y nos van a decir cuando vamos a empezar y cuando terminamos? Cuando le dicen que sí, contesta que no le interesa. Esa visión del arte es de una pureza brutal. Sonic Youth, como buenos americanos, son mucho más pragmáticos. Después de haber sido estafados por los sellos indies durante años, porque incluso terminaron en juicios, llega una multinacional que les asegura dinero para hacer los discos y buena distribución. Es normal que el pragmático diga que le interesa. Entonces, lo más importante no era ni el creador ni el público. Lo más importante era la distribución. Las bandas se hartaban a girar, metían 500 o 800 personas en un club, pero luego la gente no encontraba el disco en las tiendas. Con Geffen ellos lograron estar en todas partes.

-En “Goo” suavizaron un poco el sonido, se hicieron fotos muy atractivas y cambió la imagen del grupo hacia algo más accesible. ¿Ello generó conflicto entre ellos en algún momento?

-No, yo creo que estaban todo encantados de por fin vivir de la música. Se explica en el libro, antes cada uno tenía su labor extra musical: Lee Ranaldo llevaba las cuentas, Thurston Moore hacía de relaciones públicas, Steve Shelley el merchandising… Cuando de pronto están en Geffen ven que todo ese trabajo ya no lo tienen que hacer. Pueden dedicarse a la música. Dentro no hubo tensión, para nada. Otra cosa es que hubieran críticas fuera del grupo por parte de Steve Albini y, por parte de otra gente. Aún las hay. Yo me encuentro con que aún hoy hay gente que me dice que Sonic Youth son una mierda y que siempre lo han sido. O que son un vacío cultural.

-Sí que es cierto. Yo conozco a gente que sabe mucho de música que los detesta.

-En la crítica de mí libro publicada en Ruta 66 Eduardo Ranero lo expone claramente: “Yo llegué tarde a Sonic Youth por culpa de los prejuicios y ahora me doy cuenta de lo que me estaba perdiendo”. Es un hombre que le gusta el rock undeground, el garage, la psicodelia y tal … y lo lógico es que le gusten. Seguimos funcionando con unos parámetros un poco tristes de etiquetas. ¿Sonic Youth es un grupo indie? No, para mí es rock y ya está. ¿Yo La Tengo es un grupo indie? Pues no, es pop, rock y folk. Pero aquí se han creado todas estas separaciones entre Rockdelux y Ruta 66, lo que es indie y lo que es rock y resulta un poco inútil. Es una de las lecciones que yo he aprendido de Sonic Youth: su absoluta falta de prejuicios. Eso ocurre porque son norteamericanos. En Europa somos más quisquillosos en ese aspecto. Ellos nunca han tenido ningún problema en observar y asimilar cualquier fenómeno. No importa de lo que estés escribiendo, sino cómo lo ves y cómo lo escribes. En ese sentido, Sonic Youth son totales. Aún hoy me encuentro con gente que me hace una entrevista para un blog sobre el libro y me dice: ¿Oye, es verdad que les gustaba Madonna? [risas] Pues supongo que sí, porque ellos dicen que aquel es un momento en el que la radio comercial tiene cierto atractivo. Suenan Springsteen, Michael Jackson, Madonna… y eso les recuerda a cuando ellos tenían 13 o 14 años y la radio comercial estaba viva porque sonaban los Beatles, los Stones y los Kinks. ¿Qué problema existe con que les guste Madonna?

-Yo La Tengo sublima todo eso. Yo, por ejemplo, crecí musicalmente en el ambiente de A Coruña, muy ligado el revival 60´s y 70´s. Entonces resultaba muy difícil conciliar eso con escuchar a Yo La Tengo, tanto para los fans del revival como para los indies. Y tú ves ahora sus discos: todo converge e, incluso, aparece por ahí Booker T & Mg´s.

-Claro. Ese es un grupo que tiene canciones que son perfectamente pop de los sesenta. Otras que son folk rock de los setenta. Luego son, si quieren, van a Booker T & Mg´s, para más tarde saltar al rollo funky de los setenta y la discoteca. Ira Kaplan tiene mi edad y lo que hace es asimilar lo que hemos escuchando durante todos estos años. Son mucho más académicos que Sonic Youth.

-Lo hacen, además, sin ironía. En España y Europa esos puzzles muchas veces se realizan desde una supuesta modernidad, que busca sorprender mostrando una ausencia de perjuicios forzada y pirotécnica. Aquí aparece todo de modo mucho más natural.

-Totalmente. Sonic Youth te hablaban de un grupo o de un disco y tu decías: ¿Pero cómo me va a gustar eso? Ellos te contestaban: ¿Por qué no? Yo vengo de una generación en la que, al principio, o eras de Beatles o de Rolling Stones. Luego, eras de heavy o de rock sinfónico. De ahí pasamos al o eres de indie o eres rutero. Pero a ver, ¿a qué estamos? Si todo es mucho menos complejo. O a lo mejor es todo muy complejo, pero separando la música en compartimentos no ganamos nada. En ese sentido, el Primavera Sound, que es como el máximo fenómeno de la música indie, me ha posibilitado ver, por ejemplo, a Motörhead o Daft Punk el mismo día.

-Volviendo a Sonic Youth, usted se vino arriba con “The Eternal”. Recuerdo una crítica a página completa en el Ruta 66 que supuraba emoción. Que bajón que luego pasase lo que pasó, ¿no?

-Así es la vida. Lo mismo que les mantuvo unidos, fue lo que les hundió: el hecho de que la mitad del grupo fuese una pareja. Todas las cosas tienen su final. Mejor que se hayan ido con un gran disco. A mí ese disco y el anterior me parecen sensacionales.

-De todos modos, la sensación que deja “The Eternal” es la de un disco clásico, de estilo. Parece que el discurso del grupo ya no podía avanzar más.

-Sí, es como un testamento. No se sabía lo que iba a pasar, aunque Thurston sí debería saberlo, porque la historia con la otra llevaba tiempo. Ya hay canciones en The Eternal que ya van sobre la otra, según tengo entendido. Aquello era una bomba en la mano. Cuando se destapó, todo explotó. De todos modos, yo quiero pensar que volverán. Lo que no sé es si interesa o no interesa. Cosas más difíciles he visto. En cualquier caso, si vuelven dentro de tres o cuatro años, el tiempo que han pasado separados será importante para retornar con algo que no sea tan clásico como The Eternal. Eso es lo que mantiene Lee Ranaldo: que si tienen que volver que sea con algo nuevo, no para tocar Teenage Riot. Por otro lado, Steve Shelley ve que el tiempo se les escapa de las manos, porque Kim Gordon tiene ya 60 y pico años. Si no es en los próximos tres o cuatro años, quizá luego sea demasiado tarde.