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Archivo para Julio, 2013

La Casa Azul: “De adolescente escuchaba igual a Kortatu que a los Hombres G”

Lunes, Julio 15th, 2013

En marzo de este año entrevistamos a Guille Milkyway de La Casa Azul en el Fugas. ¿El motivo? Si intervención en el festival FIV de Villalba. La entrevista, por cuestiones de espacio, se publicó extractada y ahora la recupero para Retroalimentación. En ella el autor de Cerca de Shibuya alza la bandera de la emoción y la falta de prejuicios en la música. Un soplo de aire fresco en el sobreanálisis y el callejón sin salida en el que, a veces, termina una parte del público y la crítica musical.

-Parece que la especialidad de La Casa Azul se la de dar directos festivos, dibujar una sonrisa de oreja a oreja y hacer sentir a la gente en estado de plenitud total. ¿Lo ve así?

-Mmm… no tengo ni idea. No es que tenga una intención súper clara de que la gente sea feliz o algo así. Creo que sería hasta presuntuoso por mi parte. Entiendo que, siendo un grupo que en escena se sale de la cosa estándar de cuatro o cinco músicos tocando que hemos visto a lo largo de la historia del rock, que además todo esté aderezado de otros elementos y que se respire cierta artificialidad querida y buscada, a lo mejor hace que a la hora de pensar qué es lo que busca La Casa Azul surjan estas cosas que dices. Pero yo creo que la sensación de supuesta exaltación festiva responde más al efecto de las canciones en sí que a otra cosa. En cualquier caso, siempre he tenido muy en mente que las personas se sientan identificadas con las letras de La Casa Azul. Que esas personas puedan vibrar en su interior con ellas de forma íntima en su casa, pero que también lo puedan hacer de una manera más colectiva en un concierto. Tampoco veo en mí mucha diferencia a lo que persiguen la mayoría de los grupos de rock y de pop. Nosotros sí que es cierto que estamos un poco al límite con este tema de la épica y se hace todo exagerado.

-Se lo comentaba por mi experiencia personal. Es difícil encontrar tanta felicidad y tanto entusiasmo en el público como en un concierto suyo.

-Yo lo que percibo es una empatía muy fuerte con las canciones. Mucha de la gente a la que le gustan nuestras canciones se siente muy identificada. Yo no lo busco, me daría miedo, pero veo que esta forma de aproximarse a la realidad, más o menos costumbrista, llega. Al final con las cosas sencillas, si no pecan de trivialidad, se logra una empatía con la gente muy fuerte. Pero supongo que es una mezcla de todo. A mí siempre me ha gustado la parte más euforizante en la expresión del pop. E intento utilizarla, sí.

-En su último disco incluye una canción titulada “¿Qué se siente al ser tan joven?”. Parece que, como en tantos otros grupos, se note el ingreso en la edad adulta de La Casa Azul.

-Me lo ha dicho mucha gente. Sabía, cuando la escribí, que corría el riesgo de que fuese considerada como un ejercicio de nostalgia de un tiempo mejor. No era mi intención exactamente. El matiz es importante, porque yo suelo siempre estar en la cuerda floja en este tipo de cosas. En los últimos años me he rodeado de gente mucho más joven que yo. Viendo la energía con la que trabajan y cómo sienten las cosas al límite, me daba rabia el no recordar cómo me sentía yo con esa energía. Entonces me entró la duda de si, realmente, yo había sentido alguna vez eso ahora que ya se me había pasado el tiempo de esa efervescencia vital, o si era algo que había olvidado. Ahora yo me siento bien, tengo el equilibrio que he ido buscando durante mucho tiempo y no tengo una nostalgia especial por el pasado, como a lo mejor sí me ha pasado en otros tiempo. Pero sí que esa especie de vacío y duda emocional que me ha hecho sentirme inquieto durante algún tiempo. La sensación era como si tuviera un accidente y olvidase cosas que han pasado a lo largo de mi vida. Por ejemplo, recuerdo muy bien cómo era cuando era un niño pero, sin embargo, no recuerdo cuando era adolescente. Ahí hablaba de eso.

-Hay autores como Alex de Cooper que reivindican un pop para adultos al margen de tomarle el pulso a la adolescencia. ¿Usted se ve en ese plano?

-Mmmm… podría sentirme identificado, pero no lo asumo como una reivindicación, ni nada por el estilo. Pienso que el concepto de la música pop como una experiencia vital, eso de la vida total de los mods, se asocia a la juventud por cómo ha sido la historia. Pero lo cierto es que yo, desde muy joven, no lo he concebido como algo ligado a la edad. Vamos, que no es que yo me ponga a reivindicar ahora el derecho a tener 40 años y seguir haciendo música pop. Creo que cambia la experiencia vital, pero en mi caso particular creo que no ha variado mucho mi manera de expresar y de escribir. Puede que cante sobre otras cosas, pero lo hago de una manera muy similar a como lo hacía hace tiempo. Si, de repente, sucedieran cosas como en el pasado en plan que yo me enamorase locamente, es posible que la forma de hablar de eso fuese bastante similar a la de hace 20 años. La verdad es que no le doy muchas vueltas. Ese peso de la historia de la música pop me da un poco de pánico. Me refiero a verme como una persona mayor intentando ser joven. Eso no me interesa para nada. Todo se limita a utilizar lo que sabes para hablar de las cosas que te interesan.

-En su música subyace siempre la idea de escapismo. Lleva a otro mundo en el que desconectar con este. ¿Continúa siendo un valor para usted?

-Sí, me interesa mucho. Eso sí que es algo que encuentro muy reivindicable. Creo que la idea del escapismo en sentido amplio es generalmente menospreciada. Se asume como algo cobarde y triste, una persona que se refugia ahí parece que no tiene demasiado valor. En mi caso es algo que me ha ayudado mucho a conseguir el equilibrio emocional, algo muy sano. En mi vida tiendo a la evasión y, después de un tiempo sintiéndome culpable por ello, pues he llegado a un punto que no. Recuerdo cuando grabé este disco que me decía a mi mismo: “No pasa nada”. Si me he saltado otras cosas que culturalmente nos hacen sentirnos culpables, ¿por qué no hacerlo con esta? No es una idea que tenga muy trabajada, pero sí que es algo que no me da mucha vergüenza decirlo.

-Al respecto hay quien dice que es una actitud cobarde e, incluso, de derechas. ¿Cómo lo ve?

-Eso son ideas preconcebidas. Todo es compatible. Los absolutismos, en ese sentido, me interesan, pero me resulta muy difícil llevarlos a cabo. Yo admiro mucho a la gente que no tiene conflictos morales internos con las cosas, porque entiendo que es un grado de crecimiento personal muy elevado. Aspiro a eso, a no tener conflictos con mis ideales, mi ideología, mis acciones ante la vida. Pero los tengo. Tengo conflictos y procuro proceder según lo que pienso, pero hay momentos en los que no soy capaz de hacerlo. Además, lo que te decía antes: todo puede ser compatible y creo que ahí aparece la belleza del asunto. La música pop, en general, se asocia a algo ligero, a esa postura de ver la vida pasar y no involucrarse. No es verdad. Es compatible bailar y cantar acerca de la revolución de forma festiva. Es algo que me interesa. A lo mejor aquí no ha habido mucha cultura de eso, pero en Inglaterra hay cientos de casos de grupos que usan ese aspecto festivo y escapista del pop para hablar de otras cosas. Yo soy una persona que, a lo mejor, para decir lo que pienso sobre el mundo me sentiría muy seguro e hilaría de manera muy precisa sobre cuál es mi ideología política, pero a la hora de actuar me doy cuenta que entro en conflictos continuamente. Eso me parece humano y a pulir, seguramente [risas].

-Aparte de la evasión y el escapsimo, hay otra seña de identidad de La Casa Azul: el barroquismo. Escuchándole parece que no puedan caber más instrumentación. ¿Es algo que le gusta especialmente?

-Pues sí, para qué negarlo [risas]. No lo considero ni una virtud ni lo contrario, simplemente es un gusto. La Casa Azul lo concebí de un modo en el que el aspecto barroco iba a ser un pilar básico del grupo. Me interesaba mucho mezclar las cosas, dejar clara la falta de perjuicios y la sobreexcitación a nivel formal. Muchos de mis productores y discos favoritos tienen ese punto de exceso en la producción, que además resulta muy bonito. Muchas veces se habla del muro de sonido de Phil Spector y a mí no es que me guste todo lo que haya hecho, ni tenga una devoción ciega, pero sí que es cierto que esa idea de muchas cosas a la vez tocadas muy fuerte me encanta. Una vez leí que le preguntaban por el secreto de las baterías. Él decía que no lo había, que simplemente le pedía a los bateristas que tocasen lo más fuerte que pudieran y muchas veces dos o tres veces Esa cosa un poco excesiva de que cienmil cosas terminen siendo una me interesa mucho. Me gusta mucho la gente que usa esa idea en distintos géneros.

-En todo momento da la sensación de que la frase “el pop me salvó la vida” está hecha para usted. ¿Es así?

-Bueno… yo lo llevaría a la música en general. Muchos de mis discos favoritos son de música pop, pero escucha música de todo tipo y de géneros muy dispares. Sí, aunque puede que suene un poco a cliché eso de “a mí la música me salvó la vida”.

-Es un cliché maravilloso, en todo caso.

-Sí, claro, porque es algo que se dice mucho sientes un poco que tienes a escapar de ello. Pero yo te puedo explicar que, en mi caso, en momentos muy difíciles de mi vida los he conseguido sobrellevar gracias a la música. Eso es así. Directamente tengo asociados algunos discos como salvadores. Es una suerte. Siempre me pregunto ¿y quien no tiene esto qué hace? Es que yo me planteo no tener la música ahí y creo que me hubiera sentido muy desgraciado.

-Hábleme de alguno de esos discos “salvadores”.

-Hay muchos, pero yo recuerdo una vez que estaba escuchando el primer disco vocal de Chet Baker, el Chet Baker Sings. Fue hace muchos años, en un momento súper bajo de mi vida. Me pasé una noche entera escuchándolo todo el rato sin parar. Estaba solo en casa, lo tenía muy alto. Pensaba que daba igual que vinieran vecinos porque no era una música muy desagradable para nadie. Realmente me levanté por la mañana, tras una noche sin dormir, como nuevo. Como si hubiera dormido 10 horas seguidas y al día siguiente vieras que brilla el sol. Seguramente sea como tomarte un antidepresivo. Te ayuda a saltar el pozo y tirar para adelante. De estos momentos tengo muchos.

-¿Cuál es su primer recuerdo musical?

-Buff, qué difícil. Tengo muchos. Hay recuerdos aislados de canciones y grupos infantiles como Parchís. Pero hay un momento en mi vida muy bestial, con 10 años: la primera vez que escuché una canción de los Beatles. Fue Help y resultó algo tremendo. También tengo recuerdos entremezclados de ir en el coche de mi madre escuchando a Julio Iglesias. Todo eso me dio un filtro particular, en el que siempre he puesto todo al mismo nivel. Es decir, nunca he pretendido que una cosa fuera más respetable que otra. Me parecía que estaba al mismo nivel Help que Julio Iglesias.

-¿De quién era fan? ¿Qué grupo le volvía loco?

-Muchos, Siempre fui muy desprejuiciado. De adolescente escuchaba igual a La Polla Records y Kortatu que a los Hombres G o Aerolíneas Federales. O Siniestro Total, America y Alan Parsons. Lo escuchaba todo con la misma edad y al mismo nivel. No he sido nunca fanático de algo excluyendo a todo lo demás, que es algo muy adolescente. Por eso tengo la sensación de que se me pasó esa cosa de vivir todo al límite. Siempre he recibido todo en tromba. Yo tenía esos recopilatorios que te hacías tú mismo en casete y ahí salía una canción como Revuelta en el frenopático y, cuando se acababa, una de Tom Jones.

-Seguro que a mucha gente le chocará saber que usted fue un fan de Kortatu en su adolescencia.

-Bueno, supongo que eso son ideas preconcebidas por lo que hago. Cuando yo veo a alguien hacer un determinado tipo de música no interpreto que solo escucha música parecida. En cualquier caso, el aspecto vital que me gusta en Kortatu era muy evidente. A mí también me encantaban los Housemartins y, aunque a nivel formal pueden ser muy distintos a Kortatu, en lo vital no. Me siguen gustando mucho.

-Si le sirve de consuelo, a mí me ocurría algo parecido. Yo con 13 años escuchaba a Mecano y a Kortatu a la par.

-Sí, claro. A mí el primer disco de Mecano me encanta. Es algo que no veo ni bien ni mal, que cada cual se acerque a la música como quiere. Pero creo que es algo sano. El prejuicio en general es algo muy artificioso y contraproducente. Abandonar esa cosa infantil de la visión muy pura y ligada a lo emocional del arte, hace que te pierdas muchas cosas. A mí me pasa, que aunque pretenda no tener prejuicios, seguramente los tenga. Yo entro, por ejemplo, en un museo con mi hija y ella se queda parada delante de un cuadro sin saber nada de él. Le alucina, por lo que sea, mientras que a mí se me habría pasado. Esa visión respecto al arte creo que es esencial mantenerla y aspirar a ella. Seguramente yo sea incapaz ahora de disfrutar un disco de un modo tan intenso como antes, pero no quiero ni pensar cómo debe ser teniendo los prejuicios más sólidos.

-Hay una sensación muy generacional para los que pasamos de los 35 y llevamos escuchando música desde críos. De niños teníamos una visión muy pura a la hora de acercarnos a la música. Luego viene la adolescencia en la que quieres reafirmarte vitalmente eligiendo un camino y descartando otros. Pero llega una edad en la que intentas volver a la casilla de salida, sin llegarlo a conseguir al cien por cien.

-Sí, tengo esa misma sensación. Me da mucha rabia. Yo quiero ser muy transparente a la hora de escuchar música. A mí me pasa una cosa, no sé si le pasa a más gente. Hay cosa que tengo muy claras, aunque luego no ejerzo. Por ejemplo, yo siempre he defendido que lo importante era la obra y no el artista. Pienso que eso es esencial para acercarse a la música con esa actitud de la que estamos hablando. Escuchas lo que escuchas y te tiene que importar tres carajos quién lo haya hecho. Porque, a lo mejor, fue un auténtico capullo y en cambio lo que hace es maravilloso. En ese sentido, la historia del arte está llena de capullos que han hecho cosas muy emocionantes [risas]. Sin embargo, cuando escucha algo me entran ganas de saber quién lo ha hecho o, incluso antes de escucharlo, que preguntas ¿pero quién es? Porque quieres ir más seguro en la escucha y no hacer eso de “no, no, yo te la pongo y tú me dices si te gusta o no”. Por otra parte, me apasionan las biografías de músicos y de historia de la música. Ahí hay una gran incompatibilidad. Mantener esa separación.

-¿Se reconoce a sí mismo cuando escucha “Cerca de Shibuya”?

-En general, no soporto escucharme. Cuando canto en directo solo logro sentirme identificado con unas pocas canciones de lo último que he hecho. No tengo pudor alguno a la hora de cantarlas. Me veo a mí hace algún tiempo y me siento digno. Pienso que cada cosa tiene su tiempo. Esa canción en concreto es un canto a la evasión. Ahora no me siento identificado con la forma en la que está escrita, pero sí que me siento en su expresión musical y melódico. Entonces obvio un poco lo otro y ya está [risas]. De todos modos, insisto, me cuesta mucho escucharme porque creo que pocas veces he conseguido expresar lo que realmente quería.

El Concierto de los Mil Años, veinte años del gran festival

Lunes, Julio 8th, 2013

Sí, ocurrió. En A Coruña tocaron una vez Bob Dylan, Robert Plant, Neil Young, The Kinks, Chuck Berry, Wilson Pickett, Jerry Lee Lewis y Sting, entre otros, dentro de un mismo festival. Todos se dieron cita en el estadio de Riazor bajo el nombre de Concierto de los Mil Años. Tuvo lugar los días 8, 9 y 10 de julio de 1993. Y dejaron un mito para la historia que hoy cumple 20 años. Podría haber sido incluso mayor. En los meses previos, cuando iba cayendo el goteo de nombres, se llegó a hablar de Dire Straits, Johnny Winter, Black Crowes, Van Morrison y, ¡ays!, de The Velvet Underground. Aquel año los autores de White Light / White Heat estaban en plena gira de reunión. Verlos entonces, cuando la maquinaria festivalera en España apenas existía, hubiera roto todos los moldes. Sin embargo el plantel, espectacular, supuso todo un banquete para un público que jamás volvió a disfrutar de algo así en la ciudad. Tampoco fuera de ella.

Las crónicas hablan de 80.000 personas. Y la memoria ciudadana del No hay habitaciones colgado en todos los locales de hospedaje de la ciudad, hasta el punto de permitirse acampar en zonas como la plaza de Portugal y la playa de Riazor. Lo cierto es que la fotografía de aquellos días de A Coruña resultó impresionante. La Xunta, que celebraba el primer gran Año Xacobeo, había contratado a grandes estrellas como Prince o Bruce Springsteen para Santiago. Pero el plato fuerte quiso que se celebrase en Riazor. Por supuesto, la cosa trascendía a Galicia. Entonces eventos como Benicasim no existían ni en la imaginación. Habría que esperar dos años más para que, en 1995, surgieran el Festimad y Fib. Y luego, en 1996, el Doctor Music. Los grandes momentos no iban más allá de la gira de U2, Rolling Stones, Bruce Springsteen, Depeche Mode o el grupo grande de rigor. El indie aún estaba confinado en el gueto de las salas y algo como el Concierto de los Mil Años se erigía en la gran cita nacional del año.

Los que acudieron pudieron disfrutar de algunas actuaciones históricas, otras aceptables, varias decepciones y también un escándalo final. Tomando como referencia el artículo publicado sobre el evento en el número 0 del Feedback-zine (el primer fanzine editado por un servidor con 17 años) y tirando de lo que quedó almacenado en la memoria, vamos a intentar reconstruir el relato de lo que allí sucedió en esos días inolvidables. Teniendo en cuenta las circunstancias, serán líneas necesariamente subjetivas, seguramente prostituidas por la emoción de haber sido mi primer gran festival musical y con cierta nostalgia de un tiempo perdido, en el que A Coruña atraía a grandes nombres del panorama internacional con cierta frecuencia.

JUEVES 8 DE JULIO: Chris Isaak, George Benson, Neil Young y Sting

El público se enteró el mismo día que Gary Moore se había descolgado del cartel por una infección. En su lugar, actuaría George Benson que, en general, aburrió con baladitas funkys hasta convertirse en lo peor del festival. Antes, abría fuego Chris Isaak. Lamentablemente le había tocado ir de telonero. Llegaba tras tener cierto éxito con Wicked Game, y logró meterse al público en el bolsillo con su romanticismo roquero, sus baladones melodramáticos y su enorme simpatía. En un momento dado, sacó a una chica del público al escenario. Y luego a otra. Y a otra. Y a otra… Y alguna ya no bajó. En la ruda de prensa había conquistado a los periodistas tocando unos temas en directo.

Pero lo importante de verdad estaba al caer. El pase de Neil Young respaldado por Booker T & MG’S constituía una gira única en la que se fusionaban dos conceptos muy diferentes de concebir el rock. Para muchos de nosotros supuso el primer bis a bis con el canadiense. Y todo un shock. Como siempre, deambulando entre lo lírico y lo musculoso. Pero como nunca, acompañado por una base rítmica densa y elástica. Por allí pasaron Helpless, Like a Hurricane y un apoteósico Keep On Rockin’ In The Free World que aún pervive en la memora colectiva de mi generación como un trallazo de rock iniciático. En el bis le hizo un guiño a su compañero de cartel, Bob Dylan con un tremendo All Along The Watchtower que nos guiaría a la busca y rastreo del resto de su discografía. Sí, sí, ese día nos dimos cuenta de que ese señor del que las revistas decían tantas maravillas realmente era uno de los grandes. Pero de los de verdad.

El cierre de la primera jornada lo puso Sting, que en 1991 había ofrecido un concierto excepcional en el Coliseum de A Coruña dentro de la gira de The Soul Cages. El del Riazor se quedó lejos de aquello. Frío y sin lograr generar la pasión de la otra vez, se basó en un desigual repaso temas clásicos de The Police como Every Little Thing She Does Is Magic (este bien) o Roxanne (este aburriendo en un estiramiento totalmente artificial) y el disco que venía a presentar, el discreto Ten Summoner’s Tales. Aparte, su guitarrista, el sobresaliente Dominic Miller no hizo gala de su clase habitual y, al final, el concierto se cerró de un modo un tanto absurdo con Bring On The Night. ¿Resultado? Un concierto decepcionante cerrando el primer capitulo del evento con cierta frialdad.

VIERNES 9 DE JULIO: The Kinks, Bob Dylan, Robert Plant y John Mayall

Los nombres de la segunda jornada gozaban de mayor tirón entre el público y ello se tradujo en una mejor entrada. Roland, un músico de blues que apareció el primer día a modo de telonero improvisado, volvió a la carga con un pequeño concierto. El tipo le había caído en gracia a la gente y fue despedido a gritos de “¡Roland, Roland, Roland!” poco antes de dar paso a The Kinks. Con el paso del tiempo uno no sabe si fue peor ir a verlos con la idea de los Kinks de los sesenta (la que yo podría tener entonces) o que la banda se plantase endurecida y con cierno toque hard-rockero. Sea como sea, el recuerdo es de un recital horrible otorgándole un toque MTV de la época a su repertorio clásico (Till The End Of The Day, Where Have All The Good Times, Lola, You Really Got Me…) y temas de lo que era su presente (un Phobia que parecía rescatado de un greatest hits de Bon Jovi). Al final de todo, se dispararon unos ritmos programados y unas bailarinas salieron a bailar. Uno en su día escribió “Patético”. Veinte años después no encuentro argumentos suficientes como para decir otra cosa.

Bob Dylan también decepcionó a muchos.No a mí, que por entonces estaba descubriéndolo. Una colección de grandes discos del rock muy popular en los primeros noventa que arrancó con Love You Live de los Rolling Stones, incluyó Blood On The Tracks de Dylan en su segundo fascículo. Y me totalmente quedé prendado. Allí, con guitarra acústica, contrabajo, acordeón y un batería excepcional rescató Tangled Up In Blue de ese disco y sentí la violenta fuerza de su fraseo en directo. También recuerdo que ese día escuché por primera vez Just Like a Woman y me quedé enamorado de ellas para siempre. E identifiqué, piezas como Maggie’s Farm, Mr. Tambourine Man o el celebérrimo All Along The Watchtower. Una buena parte del público se quejó y, al parecer, existe una impresión general de un concierto flojo y falto de hits (se les pedía la entonces muy en boga Knocking on Heavens Door por su versión de los Guns n’ Roses y, por supuesto, Like a Rolling Stone), pero personalmente lo tengo en mente como una gran actuación que disfruté de inicio a fin con una sonrisa en los labios.

Pero la sorpresa vendría luego con Robert Plant. El ex-cantante de Led Zeppelin evaporó al instante el escepticismo que pudiera haber, que lo habíl, sobre su potencia en solitario en un plumazo. Fintó entre pasado y presente, pero obviamente fue con lo primero con lo que realmente arrasó. Con una voz en excepcional estado de forma, primero pinchó con una mágica Going To California. Después levantó a todo el estadio con Ramble On. Y, ya al final, hizo un Whole Lotta Love extenso y orgiástico que puso a 30.000 personas en éxtasis total. Aquello fue una de las mayores exhibiciones de que rock que jamás se han visto por aquí y algo así como un toque de atención del artista. “Hey, soy Robert Plant”, Sí lo fue. Tras ello, lo de John Mayall & The Bluesbreakers quedó un poco desinflado. Y si, además, va y se pone a llover peor. Pero el ambiente de fiesta que existía hizo que muchos tirasen hasta el final, aplaudiendo al guitarrista Coco Montoya

SÁBADO 10 DE JULIO: Eric Burdon, Bo Diddley, Wilson Pickett, Jerry Lee Lewis y Chuck Berry

El último día del Concierto de los Mil Años se dirigió a los pioneros con una baja sensible: James Brown. Fue reemplazado por Wilson Picket y resultó un tremendo acierto. Ofreció uno de los mejores conciertos de las tres noches. Con el ambiente perfectamente caldeado por Bob Didley previamente, subió a escena. Y, sí, todo fluyó como la seda. Respaldado por una banda excepcional e irradiando carisma, revisó clásicos como My Girl, In The Midnight Hour o Ninety Nine and Half y tuvo al público comiendo de su mano. Al final la emoción se había contagiado en Riazor. En las gradas la gente hacía la ola, se canta el “oe, oe, oe” y todo estaba preparado para enfilar la recta final.

Antes, lo dicho, Bob Diddley coreado como “Torero, torero” y dándole al I’m A Man, Hey Bo Diddley e incluso un amago de flamenco. Y también Eric Burdon, el ex cantante de The Animals que parecía Ozzy Osbourne por sus pintas, un tanto desfasado pretendiendo revisar el The House Of The Rising Sun, pero cumplidor con Don’t Let Me Be Misunderstood o Bring It On Home To Me.

El tramo final del festival lo protagonizaban dos nombres requetemíticos, Jerry Lee Lewis y Chuck Berry. Pero el primero aguó la fiesta con una niñatada caprichosa. Tal y como se explicó en su día, hubo artistas que no querían que su imagen se viera por las pantallas de video. Por ese motivo, Bob Dylan o Bo Didley tuvieron que adelantar su actuación para hacerla con luz de día. Sin embargo Jerry Lee Lewis, que empezó de noche, optó por el escándalo. En medio del concierto le arreó una patada al cámara que lo grababa en el escenario para el concierto también pudiera seguirse por quienes estaban en las últimas filas. A partir de entonces, solo se podían emitir imágenes solo de planos lejanos. El público, que había pagado 2.500 pesetas de la época, lo obsequió con una generosa pitada. Lewis contestó abandonando el escenario. Y rompiendo totalmente y para siempre el buen ambiente que se había creado.

Una parte del público se fue de Riazor e incluso se produjo algún amago de pelea. Chuck Berry, lejos de apaciguar los ánimos, se solidarizó con su compañero impidiendo también ser grabado de cerca. El cámara tuvo que bajar al foso de seguridad, pero Berry llevó todo más allá. Empezó al concierto mirando constantemente a las pantallas hasta que, en un momento dado, terminaron en el escenario su mánager, Bob Diddley y algún otro músico enfrentándose al cámara. Por un instante, todo parecía que se iba al garete. Al final, el cámara dejó de filmar y Berry siguió el concierto. Pero entonces ya tenía al personal lo suficientemente cabreado como para que su concierto pasase sin pena ni gloria. Cayeron por allí School Days, Roll Over Bethoven, Sweet Little Sixteen y Johnny B. Good pero el enfado sobrevolaba un estadio que desde entonces no volvió a acoger ningún concierto. Tampoco la ciudad algo tan grande como este festival.

Por cierto, nunca más se repitió algo así. Ese año también conocimos cuál iba a ser la dinámica del Xacobeo: festines en año santo y hambre hasta el siguiente. Nada de aprovechar la coyuntura, sentar los cimientos de algo sostenible y extenderlo en el tiempo. Solo en el 2010 se intentó que la cosa fuese más allá con el Sónar-Galicia y el Vigo Transforma. Dos años después ya no quedaba ni rastro.