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Archivo para Agosto, 2012

Lección de clase bajo la lluvia

Miércoles, Agosto 29th, 2012

Tom Jones
Santiago, plaza de la Quintana
27-8-2012

Un momento: It’s Not Unusal sonando en la plaza de la Quintana en medio del chaparrón con todo el público en pie, bailando bajo paraguas y ponchos de colores. La gente se había olvidado de la posible gripe del día siguiente. Era consciente de que así, a lo épico, el disfrute se incrementaba. Durante los tres minutos y pico que duró la celebérrima canción nada malo podía pasar. La felicidad se había hecho amiga de la plenitud para desbordar la fiesta.

En ese instante Tom Jones tocaba el cielo. Antes, sin embargo, tuvo que lidiar con un marco hostil. La “ligera lluvia” prevista resultó ser bastante más intensa que lo que recogía el parte meteorológico y la gente, sin un lugar en el que resguardarse, exigía la salida del artista cuanto antes, entre silbidos y gritos de “!Fuera, fuera!”. Con ese panorama el galés piso escena con una propuesta inteligente que, al final, satisfizo a todos los públicos. Concierto no demasiado largo (una hora y media pelada), un tramo inicial de soul y blues, pequeñas paradas en sus últimas peripecias con el productor Ethan Jones y, tras algún avance, la catarata final de hits. Entonces sus “Oh yeah?” obtenían una enérgica respuesta: “Yeah!!!”.

Abrió la noche Hit Or Miss, de su último trabajo. Marcó el tono contenido de la primera hora. En un auditorio o con un tiempo diferente funcionaría a las mil maravillas, pero en la Quintana exigía un esfuerzo extra: el de intentar obviar los pies empapados, los huesos mojados y la futura pulmonía. Por ello, se agradeció el guitarrazo. Bien atacando el Evil de Howling Wolf, bien dándole al Hard To Handle de Otis Redding. En medio, el temple elegante del Tower Of Song de Leonard Cohen. Y siempre con la voz recia, sin atisbo de flaqueo por ningún lado.

En nada, Jones abrió la puerta del greatest hits. Primero, con What’s New Pussycat. Luego, con un Delihah interpretado con simpático tono fronterizo. Después, con el mentado It’s Not Unusual, ya con la audiencia completamente entregada a la causa. Todo ello acompañado de todo tipo de trucos, coqueteos con el público, bromas con sus dos coristas, presentación de la banda y, sobre todo, canciones inmortales que siempre se asociarán a su voz. El You Can Leave Your Hat On del filme Full Monty, mostrando que continúa siendo un hombre de pelo en pecho. El Sex Bomb que lo hizo célebre entre los más jóvenes. Y un Kiss de Prince final, sencillamente, apoteósico.

Así saldaba Jones la deuda de aquel concierto que tenía que haberse celebrado en julio, finalmente cancelado por una bronquitis. Con dificultades, pero con grandeza, demostrando que en esto todavía hay clases. Y situándose, por supuesto, en la primera de ellas.

Fotos: Álvaro Ballesteros. Album del concierto aquí

Los conciertos de Retroalimentación

Lunes, Agosto 20th, 2012

Bajo el nombre de Los conciertos de Retroalimentación se engloban una serie de actuaciones en las que este blog, en colaboración con Argonauta Producciones, pretende subir al escenario de la sala Le Club de A Coruña a algunos de los grupos más interesantes que pululan por la Galicia musical ahora mismo. Sí, porque en Retroalimentación se piensa -con la mano en el corazón y con este muy, pero que muy emocionado- que vivimos una época dorada, donde muchas de las mejores cosas que están ocurriendo en España se ubican precisamente aquí. Y no, no se trata de una concesión para hacer patria. Tampoco de inventar una pseudoescena fantasma con lo que queda más a mano. Hay motivos, muchos motivos.

Cuatro de ellos se podrían ver en directo a razón de un concierto por mes. Son los siguientes.

ULRICA (SUSPENDIDO HASTA NUEVA FECHA).Tras ese nombre sacado del título de un relato de Borges figuran tres de los mayores talentos de la música de A Coruña. Uno, muy conocido, es Pedro Granell (ex Eskizos, ex Kozmic Muffin). Los otros dos, no tanto, aunque deberían. Y es que Iago Alvite y Samuel Pérez, aparte de otros, militaron en Diluyana, una de las bandas más imaginativas y personales que existieron en los noventa coruñeses, de los que tristemente no ha quedado ningún documento. Ahora se han fundido en un proyecto que igual tira hacia el pop acústico y aterciopelado, como a los desarrollos progresivos. Preparan su primer álbum, pero ya están listos para ser saboreados en directo. Escucha su demo aquí.

UNICORNIBOT (viernes 19 de octubre, entrada 5 euros). Se autodefinen como “los cuatro jinetes del mathrockapocalipsis” y han entregado en marzo pasado uno de los discos del año. Se trata de Dalle, un trabajo que ha contado con el refrendo unánime de una crítica que lo ha situado en algún lugar entre Shellac, Don Caballero y Fugazi. Dejando las voces fuera y apostando por un discurso totalmente instrumental, desde Pontevedra dibujan música angulosa, intrincada e imprevisible cuyo directo -intenso, lúdico, expansivo- abre bocas allá a donde va. En Le Club volverá a ocurrir lo mismo. Seguro. Escucha su disco aquí.

LENDRONE (sábado 24 de noviembre, entrada 5 euros / 10 con disco). Fueron, junto a Fantasmage, protagonistas del cuatro aniversario de este blog el pasado mes de abril y allí demostraron su capacidad para crear ambientes, sostenerlos en el aire y luego destrozarlos por completo en desarrollos sorprendentes. Hermanos artísticos de Unicornibot, también se pirran por Shellac y Battles y están punto de editar Uno, el primer trabajo de una carrera que esperemos que dure mucho tiempo. Su actuación dentro de Los conciertos de Retroalimentación supondrá la presentación oficial en la ciudad de ese plástico que se podrá adquirir con la entrada a precio muy especial. Escucha un adelanto de su disco aquí.

NADADORA (viernes 28 de diciembre, entrada 5 euros / 10 con disco). Un clásico ya de la escena indie gallega, que en el 2010 grabó su mejor álbum, Luz, oscuridad, luz, con Fino Oyonarte a los controles. Se trata de la perfecta síntesis entre la sensibilidad melódica y el ruido pop que la banda de O Grove persiguió en su primera etapa. Al final, la logró haciendo una especie de borrón y cuenta nueva, volviendo a los días en los que Slowdive, My Bloody Valentine o Yo La tengo flotaban en el ambiente y dejando para la eternidad joyas como Una nueva vida o Deshazte de mí. Aunque no tengan material nuevo, volverlos a tener por aquí siempre es un placer.

Sex Museum: “El rock ha perdido el peligro y la seriedad para convertirse en un eterno anuncio de vaqueros”

Viernes, Agosto 17th, 2012

Sex Museum son un clásico básico de la escena underground nacional. Le plantaron cara al degradado pop-rock español de la segunda mitad de los ochenta con garage y hard-rock cantado en inglés. Y más de 20 años después continúan con la misma actitud de siempre. Ninguna de las mil transformaciones de la música independiente nacional ha podido con ellos. Con motivo de su presencia en el festival V de Valarés de Ponteceso hemos entrevistado a su guitarrista Fernando Pardo para el suplemento Fugas. He aquí la versión completa de esta charla en la que, una vez más, se demuestra que el músico fan es el mejor entrevistado posible.

-Les llamo de A Coruña. Aquí en los primeros noventa la visita de Sex Museum era todo un acontecimiento a nivel undeground. ¿Recuerda aquellos excitantes conciertos que daban con Los Eskizos?

-Sí, claro. A finales de los ochenta, cuando conocimos a Los Eskizos y toda ese generación de bandas de A Coruña, fue cuando empezamos a conectar y ver que había gente con una visión parecida a la nuestra de la música. Hasta ese entonces, sobre todo a mediados de los ochenta, éramos como una rara avis en bastante sentidos. Por una parte, estabas dedicándote a la música como una especie de cruzada personal para sacar adelante no solo una cuestión de gustos, sino de desarrollo como músico. Pero, luego, elegíamos unas referencias tan contrarias a lo que se podía dar en España, que tuvimos que esperar unos años para que surgieran otras escenas para que la cosa se consolidase. De hecho, pienso que mucho del indie que está consolidado hoy en día, aunque ahora esté más orientado hacia el pop, nació en ese momento. Era el do it yourself: hazlo tú mismo, encuentra una escena en la que apoyarte, siembra para que luego crezca, cultívala y riégala. Todo eso me recuerda a aquella sensación, un momento muy excitante para nosotros.

-Como público recuerdo el impacto de encontrarme algo totalmente diferente a los grupos de rock nacionales que un chaval de 16 años podía conocer por la radio y la tele. De repente ver a una gente manejando unos códigos estéticos y sonoros tan diferentes fue un todo un shock. Visto en perspectiva, ¿cuánto había de romanticismo y de tirarse al vacío en los Sex Museum de “Independence”?

-Es eso, justo, has dado en la palabra. El romanticismo entonces se daba en un porcentaje altísimo y creo que sigue siendo muy importante. Es cierto que la realidad te obliga a ser más práctico y a tener un enfoque algo diferente, pero el motor de Sex Museum continúa siendo ese romanticismo. Nosotros decidimos ir por este camino, por un amor a cierta música, por una actitud frente al arte y por una estética que nos emocionaba. Nos preguntábamos a ver hasta qué punto podíamos durar. Y hemos descubierto que dedicándose a esto con el motor del romanticismo se desarrollan cosas que, a veces, van un poco cruzadas con los tiempos, pero a la vez hacen que el camino sea mucho más disfrutable.

-Tuvieron una etapa de plenitud total como banda con “Nature’s Way” y “The Fabulous & Furry” Luego llegó la explosión indie mucho más orientada hacia el pop. ¿Pensaron entonces que su momento se podría haber terminado?

-En ese momento no. En la explosión inicial era todo como muy cercano. Estábamos juntos un montón de grupos que, más allá de gustos musicales y el tipo de música que hacíamos, teníamos en común una visión de hacer algo totalmente diferente a lo que se había hecho en España hasta entonces. No era necesario que te sacase adelante una gran compañía, podías hacerlo tú. Ahí coincidimos gente como Sexy Sadie, Los Planetas o Australian Blonde. Éramos un montón de bandas en un nivel bastante parecido haciendo la primera grieta respecto al poder enorme que habían podido tener las grandes compañías. En aquel momento nos daba la sensación de que la música independiente se estaba desarrollando y creciendo. Luego sí que se dio una diferencia, pero ahora con el tiempo veo que la marcó básicamente la prensa musical. Radio 3, cierta prensa como Rockdelux o Mondo Sonoro, tuvieron clarísima cuál era su apuesta. Su apuesta era el pop. Llegó un momento en el que nos quedamos fuera de ese juego. Hubo un giro y la música independiente se convirtió en una marca que apoyaba una orientación musical, aunque los grupos no fueran independientes y estuvieran con multinacionales, que es a lo que derivó con el tiempo.

-A mediados de los noventa en algunas revistas se empezó a ver mal a los grupos que, como ustedes, se nutrían de referencias antiguas y roqueras. Llegado ya los dosmiles se produjo como una tregua, volviendo a admitiros. ¿Lo notaron?

-Sí, puede ser, pero no es un tema al que le haya dado muchas vueltas. Pero puede ser cierto. La verdad es que es una de las primeras veces que repaso este tipo de cosas, así en plan debate. Yo, en su momento, vi que todo se orientaba a ciertos movimientos de la prensa inglesa, que nosotros repetíamos de alguna manera. Era como si se pretendiese inventar una escena independiente española realmente personal y, claro, hasta llegar a ese punto hubo mucha búsqueda y muchas pruebas a ver si funcionaba o no. Con el tiempo se ha llegado a un punto en el que todo es mucho más abierto. Es más, está abierto porque ha desaparecido el poder de muchas compañías y, con ello, el poder que tenía mucha prensa musical. Ha habido un cambio de balance. Ahora es posible que cualquiera pueda trascender, pero es mucho más complicado. Se produce una extraña paradoja. El tener la posibilidad de tener el foco encima es más complicado y dura mucho menos tiempo, pero eso también viene bien a las bandas, porque les obliga a tener un compromiso con su música mucho más allá de lo que se podría tener en los setenta u ochenta, que podría ser algo como “bueno, lo voy a intentar y si la cosa funciona pues me forro y si no a otra cosa”. Ahora es muy diferente. Llega un momento en el que, si uno quiere hacer de la música un proyecto de vida, tiene que vencer el vértigo de llevar una vida relativamente bohemia. Es algo muy complicado. No hay dinero, hay muy pocas posibilidades y te tienes salir del camino que pudiera ser más cómodo. En épocas de crisis, mucha gente tira a lo fácil. Estoy viendo como muchas grandes bandas y con buenas ideas dicen: “Si en las épocas en las que era posible nos fue tan mal, ahora lo dejamos”. Yo, sin embargo, pienso que debería ser al revés: ya que en épocas complicadas no tienes nada que perder, trata al menos de desarrollar de tu visión personal de la vida y el arte.

-Una huida hacia delante, ¿no?

-Sí, de hecho en países como España las épocas más florecientes para la cultura han sido periodos de crisis absoluta. Yo creo que, como país, España ha quebrado como 15 veces y cinco o seis de esas quiebras han coincidido con grandes momentos de creación. Esto podía dar una visión especial y diferente de ver la música. Ahora, además, hay una cosa. Cuando antes tocabas en festivales con grupos extranjeros de mucho nombre y salían al escenario te daban un repaso que decías: “!Madre mía, que ciclón ha pasado por aquí!”. Últimamente ha cambiado. Puedes salir por ahí fuera, tocar en vivo y la gente decir: “¿Estos de dónde son? ¿Españoles? ¡Ahí va!”. Te lo digo por experiencia. Cuando Sex Museum empezamos a tocar fuera era un exotismo como ver a un grupo libanés en un festival inglés. ¿Un grupo español de rock? ¿Y eso cómo es posible? ¿En España, nuestro país vacacional para ingleses, se hace rock mejor que nosotros?. Si entonces le preguntabas a cien ingleses, los cien te dirían que imposible. Hoy en día, es diferente.

-En la nota de prensa del “Alone & Alone” su último disco, se definían como “afortunados perdedores”. ¿Siguen viéndose así?

-Sí, yo creo que sí. Hubo un momento en el que vimos que nuestra apuesta había que tomársela en serio y fuimos a saco con ella. Es el punto este en el que ya sabes que se llevan las faldas rosas y vas tú y dices “vale, ya lo sé pero no, yo este año las voy a hacer marrones”. Y resulta que no te comes un colín, porque es el año del rosa. Pero al año siguiente insistes. Ese es básicamente el resumen de Sex Museum: apostar por una cosa que está fuera de lugar y de tiempo. La diferencia es que uno es consciente de ello, retirándose de la puja. Sin embargo, nosotros siempre hemos tenido el orgullo suficiente para decir “¿Y qué? Vamos a seguir y correremos la Fórmula Uno con un Seat Panda”. La gente pasa de lado y te dice “nunca lo vas a conseguir”. Yo recuerdo que, al principio, nos decían que en inglés no íbamos a ningún lado. Luego, cuando ya se empezó a extender lo de cantar en inglés, ibas a la misma prensa y te decían “Buah, es que el rock tal y como lo hacéis vosotros no se lleva nada”. Volvías años después, y ya había un nueva pega. Pero bueno, nosotros siempre hemos tenido el punto ese de “¿Ah no? Pues lo voy a conseguir por mis huevos”. Con un poco de perspectiva te das cuenta de que hay pocos grupos con nuestro estilo y actitud que hayan perseverado como nosotros. Y, luego, te acabas dando cuenta de que es posible. ¿Qué somos los perdedores de todo esto? Vale, pero somos unos perdedores felices. Estás fuera de plano. Eres como el hombro ese que está en las fotos fuera de plano. Estás, pero nunca se te acaba de ver bien.

—¿Alguna ventaja tendrá?

—Sí, claro. Si no eres el centro de atención, tampoco se te exige nada y puedes mantenerte más años con cierta estabilidad. Tu tu carrera no tiene las subidas y bajadas que pudieron tener Ronaldos o Gabinete Caligari en los ochenta o Australian Blonde y Sexy Sadie en los noventa. En cada década ha habido grupos que han tenido la gran subida, pero luego la gran bajada que hace que se retiren. Nosotros tratamos de mantener le movimiento constante.

-Decían en alguna ocasión que se sentían en los festivales como si se colasen en una boda a la que no habían invitados.

-Totalmente. Podríamos decir que somos unos farsantes pero no, porque hace tiempo que hemos puesto las cartas boca arriba dejando claro de qué vamos. Sí que hay entregas de premios en los que, de repente, sale Sex Museum que es como una visión bastante indómita del rock y un rollo muy personal, que un día reivindicas tu parte más basada en la nueva ola inglesa y luego al siguiente disco decides que quieres hacer un disco como Todd Rundgren. Reconozco que despista un poco. Eso hace que, por temporadas, nos quedemos fuera de foco como te decía antes, pero algo hemos desarrollado para continuar eternamente. De repente triunfa el brit pop, el indie más pop o el metal tipo Rage Against The Machine y siempre estamos nosotros en algún lugar de la foto. Entonces hay un momento en el que piensas: “Joder, nos hemos quedado en todas”. Ninguna ha sido perfecta, pero siempre hemos estado por ahí

-Durante todo este tiempo han creado un sonido Sex Museum fácilmente identificable. En el último, sin embargo, da la sensación de que han ido a por un discurso un poco más relajado que recuerda a esas producciones densas y expansivas de los años setenta, tipo T. Rex o David Bowie. ¿Perseguían eso?

-Sí, buscábamos hacer las cosas de otra manera. Antes los discos se orientaban desde el punto de vista de un guitarrista, con mucha urgencia alrededor de su instrumento. Esta vez quisimos darle más protagonismo al resto colocando las guitarras un poco más abajo. Gana la voz, el bajo y la batería, acercándonos a una forma más clásica de grabar rock, lo que nosotros consideramos el punto óptimo. En ese aspecto somos algo friquis. Nosotros pensamos que desde mediados de los ochenta los bajos no suenan bien en los discos, salvo excepciones. También que, desde ese momento, se repiten los mismos esquemas y estás oyendo la misma canción. Que las baterías y los propios baterías ni tocan ni suenan como antes, que o se pasan de virgueros o de cutres. Nosotros, por admiración de otros artistas, hemos llegado a ese punto en el que, bajando las guitarras, hemos logrado ese momento de “Joder, ya lo hacemos bien”. Y eso tiene que ver con nuestra parte de fans, que somos muy fans. Hay un momento en el que escuchas a los grupos con la lupa del creador y del fan. Hemos llegado a escuchar nuestros discos y decir “Vaya mierda, no hemos sido capaces de llegar a donde teníamos que llegar”. Últimamente, ya hemos llegado a ese grupo que no tiene tanta explosión, pero tiene un impacto más amplio.

-Me habla de su condición de fan ¿A quién admirada usted de adolescente como para coger una guitarra y montar su propia banda?

-Lo mío es una mezcla de los Who y los Jam por un lado, y el rock n’ roll antiguo por el otro, que era lo que escuchaban mis padres en casa. Imagínate los Shadows, Ventures, la banda sonora de American Graffiti y mucho pop inglés: Bowie, The Clash, muchas cosas. Siempre tuve mucha mezcla. A la vez que todo esto, cuando estámos entrando en el tema mod, mi grupo favorito eran los Beach Boys. Pero, al tiempo, uno de mis guitarristas favoritos era Rory Gallaguer. Se producía una mezcla un tanto curiosa. Yo escuchaba discos de los Beach Boys y los Kinks, pero luego como guitarrista me flipaban Ted Nugent, Jeff Beck o Rory Gallaguer. Todo sigue igual, necesito seguir alimentándome de música. Compro miles de discos. Yo soy de la parte de que podría ser tanto músico, como crítico musical, como un fan loco de esos de comprar rarezas. Por ejemplo, me encantan los singles y tengo todos los singles de los Jam, incluidos picture disc y los flexis, o todos los primeros singles de los Black Crowes. Igual con Nirvana, Screaming Trees y los grupos que en algún momento me han llegado. Aún me meto en e-bay habitualmente a buscar cosas.

-Pues allí puede encontrar alguna joyita de su grupo. En las ferias de coleccionismo una primera edición de “Fuzz Face” o “Independence” se cotiza muy alta.

-Sí, el primero original y algunos singles ya cuestan una pasta. No sabes qué pensar, en plan ¿me he convertido en un grupo de culto para friquis o qué? Al final parece que nos hemos ido en la balanza en ese sentido.

-Lo que sí que tenía pinta de terminar como “grupo de culto para friquis” eran Los Coronas y, al final, la repercusión que ha tenido eclipsa incluso a Sex Museum. ¿Cómo llevan esta tensión?

-Bueno, la parte que combina ambos grupos lo llevamos muy bien. La parte que está solo en Sex Museum dice “Me cago en vuestra madre” [se ríe]. La verdad es que ha sido una cosa algo rara y atípica. Hemos tenido mucha más repercusión fuera al ser un grupo instrumental. Yo a veces pienso en qué fue lo que ha convertido a Los Coronas en un grupo que se va a grabar a Estados Unidos y, luego, va y se hace una gira por Australia de casi un mes. ¿Qué es lo que ha llevado a este punto? No puedes explicarlo. Ha sido todo un poco extraño. En el libro del rock te deja muy claro que un grupo instrumental derivado de un sonido antiguo o reto no tienes opción ninguna. Y nosotros, va y la hemos tenido. Dentro del rollo surfero la gente se pregunta que qué pasa, pero incluso con grupos americanos que no dan crédito. Habría que hacer un análisis largo.

-En una entrevista Marta se lamentaba de que veía a pocos adolescentes en los conciertos, que el rock había perdido ese punto de celebración juvenil. ¿Lo ve usted de la misma manera?

-Sí, todo es diferente. El mundo está cambiado. Nuestra generación, los nacidos en los sesenta, somos el principio del mundo moderno. Los anteriores tienen fotos en blanco y negro. Tú ves las fotos de Lemmy de Motörhead cuando era pequeño y ves que aquello era el mundo antiguo, aquel en el que no había televisión y en el que iba con esas pintas que parecen de otro siglo. Nosotros somos el principio de otro mundo. En España los setenta eran el principio de todo. Los mayores estaban tan ocupados con sus cosas que dejaban que los niños y jóvenes se dedicaran a lo que quisieran. Hacia el 73 tú ibas al bar y un chaval de 10 años podía comprar tabaco o pedirse una caña. Era un enfoque distinto. Por lo que fuera, hasta mediados de los noventa cualquiera que quisiera sentir la explosión del rock podía hacerlo. Ahora ha desaparecido. La gente joven no puede ir a los conciertos. Los menores no pueden ir a bares, no pueden ir a conciertos, casi no pueden hacer nada. Ahora lo que pasa es que, cuando una persona tiene 18 años, en vez de empezar a hacer lo que le tocaba con 14 o 15, que era empezar a ir a conciertos y esas cosas, sigue con lo que estaba: esa mezcla de Play Station con el inicio de la universidad o el empezar a trabajar. Toda la etapa de formación anterior, esa en la que eres un chaval y vas a vibrar a un concierto con los de tu clase, a sudar como un pollo en un garito y flipar con esa música rugiente, te la saltas. Luego, más tarde, a lo mejor ya no te apetece hacer eso y se enfoca de otra manera.

-¿Puede sentir hoy un chaval de 17 años un latigazo con los Stooges como el que sintieron ustedes en su día?

-No, es muy difícil, ya no hay bandas así. Quien ha tenido la suerte de disfrutarlo bien, pero esto es como a quien le gustaría haber vivido la época de los piratas. Pues le dices “Vale, muy bien, pero eso ya ha pasado”. En general, la opción que tienes para ver grupos es ir a un festival gigante, verlos a varios metros de distancia y eso, si eres amante del grupo, te puede llenar. Pero el impacto, el ir a un garito pequeño y poder disfrutar con la gente que has quedado no es lo mismo. Luego, tal y como están las cosas, es muy complicado. Tocar un instrumento es como hacer zuecos, es algo artesano a lo que hay que dedicar mucho tiempo. Hoy en día resulta más fácil dedicarse al guitar hero y a vacilar con los colegas con la play. El rock n’ roll se ha convertido en algo kitch, ha perdido el peligro y la seriedad para convertirse en un eterno anuncio de vaqueros. Ahora incluso Tom Cruise va a ser roquero en una película.Eso muestra lo kitch que se ha convertido todo esto. En menos de nada, el rock será la música del anuncio del próximo Colacao.

El disco con el que Bowie puso (de nuevo) patas arriba el rock

Domingo, Agosto 5th, 2012

Fijo en todos los listados de mejores álbumes de la historia, “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders From Mars” dio sepultura definitiva a los años sesenta, ofreciendo a la juventud un nuevo modo de vivir y sentir la cultura pop. En su 40º aniversario, Emi reedita esta obra maestra imperecedera

En 1971 ya nadie aspiraba a cambiar el mundo con flores en el pelo. Todas se habían marchitado en un mundo musical ajeno a la alegría en technicolor y la frescura de quien hace las cosas por primera vez. Un joven ávido de éxito sacó la cabeza por enésima vez. Era David Bowie. Ya lo había intentado como mod y hippie sin fortuna. Pero ahora había encontrado la clave. Una canción, Changes, lo anunciaba. Anunciaba una nueva era en la que él, esta vez sí, iba a marcar el tempo para convertirla en su tiempo. «Extraña fascinación, fascinándome / los cambios siguen el paso que llevo», cantaba con una autoridad desbordante. Y, efectivamente, lo hizo. Bowie abrió las puertas de un nuevo mundo a una generación que nada tenía que ver con la beatlemanía y su onda expansiva. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Entonces, aún no se podían afirmar esas cosas tan a la ligera.

«Tienes a tu madre loca / No sabe si eres un chico o una chica», cantaría años después en Rebel, Rebel del álbum Diamond Dogs (1974). Podría sintetizar el impacto social que causó la nueva vuelta de tuerca a la que fue sometida el pop en la primera mitad de los setenta. De pronto una parte de la juventud inglesa se sintió fascinada por un género que, frente al deseo colectivo de ruptura de los sesenta, apostaba por el cambio  individual, abandonándose a una especie de fantasía andrógina y teatral. Todo para evadirse completamente de la realidad. Era el glam-rock y esas madres que observaban preocupadas las metamorfosis de sus hijos descubrieron a la larga cuál era la causa que generaba ese efecto: The Rise And Fall Of Ziggy Stardust and The Spiders From Mars.

Hace 40 años que ese disco vio la luz y, sin él, muchas cosas serían diferentes en la música popular. También en miles de cuartos adolescentes de la época. Era el cuarto trabajo del músico británico, que ya había demostrado su calidad en Hunky Dory (1971), el álbum que incluía la citada Changes. Allí se había mostrado  en portada como Greta Garbo rizando el rizo de la ambigüedad. Pero con Ziggy Stardust iría muchísimo más allá, creando un alter ego que ya forma parte de la historia del rock.

La idea es sencilla. Un personaje alienígena y andrógino llega a la tierra  para anunciar que el mundo desaparecerá en cinco años. Enfundado en un mono plateado, con el pelo rojo, las cejas depiladas y una capa con motivos orientales apareció como la criatura roquera  más insólita de la historia. También la más cautivadora. En ella Bowie volcaba muchas de sus obsesiones. Tal y como recuerda  Christoper Sandford en la biografía Amando al extraterrestre, en ese personaje existen ecos de Lou Reed a Iggy Pop. También se detectan ramalazos de Andy Warhol, H.P. Lovecraft y Robert Heinlein. Y una influencia clave: Vince Taylor, el llamado Elvis francés que llegó a mostrarse ante sus fans como el verdadero Jesucristo. El puzle lo completa el kabuki japonés.

Acompañando a Ziggy se encontraba una banda de excepción, The Spiders From Mars (las arañas de marte). Eran Mick Ronson (guitarra, piano y coros), Trevor Bolder (bajo) y Mick Woodmansey (batería). Juntos crearon el sonido perfecto para vehicular la aventura de Ziggy en la tierra. Delicado y potente, profundamente lírico y extremadamente físico, ese magma de guitarras, pianos, violines, saxos, flautas y todo tipo de instrumentación se abrió como un gran abrazo invisible a los marginados del mundo. Para comprobarlo, nada mejor que dejar caer la aguja. Y hacer caso a la indicación de la contraportada, esa que dice «Escúchese alto». Así el oyente sentirá, absorto, el arañazo eléctrico de unas guitarras  que, efectivamente, llegan de una región desconocida. Como un viaje musical, ese puñado de canciones generaban un boquete en la vida gris de unos jóvenes que ansiaban pintar de color su melancolía, entregándose a esa luz.

La inmaculada belleza de Moonage Daydream lo define mejor que nada. «Aprieta tu rostro espacial cerca del mío, amor /alucina con una fantasía lunar… ¡oh sí!», canta Bowie con la voz entrecortada antes de que Ronson  inicie un viaje interestelar. Es uno de los momentos cumbre de un disco ambivalente, que se mueve entre el trazo limpio de melodías maravillosas (Starman, Ziggy Stardust) y la suciedad de esa capa de vatios que lo reboza en el fango. Todo hasta llegar al drama de Rock n’ Roll Suicide, en el que muere Ziggy desgallitándose. Vuelve entonces a surgir la pregunta. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Suena Five Years de fondo. Y va a ser que esta vez hay que contestar que sí.

Imagen de previsualización de YouTubeIntrerpetación de “Ziggy Stardust” en la película Ziggy Stardust de D.A. Pennebaker

¿El mejor videoclip de Lori Meyers?

Jueves, Agosto 2nd, 2012
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(Un pequeño alto en el parón veraniego de este blog)

Este video lleva meses pululando por Internet, pero resulta imposible no dejarse contagiar por él. Ocurrió en una boda murciana cuando unos novios decidieron inaugurar su banquete nupcial con el “Mi realidad” de los Lori Meyers. Desprende tanto buen rollo que uno puede evitar compartirlo con quienes aún no lo vieron. La cosa tuvo tanto éxito en Internet que llegó incluso a ser una noticia local en Murcia.

(Que sigan pasando todos ustedes un feliz verano)