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Archivo para mayo, 2012

Jane Joyd se hace mayor en el escenario

lunes, mayo 28th, 2012

Jane Joyd
Auditorio del Ágora, A Coruña
26-4-2012

Pues sí. Jane Joyd ya se hizo mayor. El proyecto de Elba Fernández se mostró en el Ágora con un pie en la profesionalización. Arropada por seis músicos, siguiendo un guión medido al milímetro y con el encantador Shy Little Jane presents.The Dramatic Tale of Her Animals como reclamo, ofreció el sábado una hora y pico que suena al principio de algo. Si hace dos años asomaba la cabeza como una promesa indie para el bis a bis, ahora parece que quiera dejar claro que lo suyo va más allá de actuar frente a medio centenar de personas y la estrechez de lo acústico. Y dijo vistiendo su repertorio, poniéndole traje negro, camisa blanca y brillos de metal, dándole, en definitiva, cuerpo de algo grande. El público, entusiasmado, le dio totalmente la razón.

Solo hay un pero. O dos. Y quizá contradictorios pero que, entrelazados, se complementan. El primero, la sensación de que esa profesionalización, de ir todo tan calculado, le quitó algo de la soltura y la chispa que la artista ofrece en otros formatos más relajados, en los que la magia campa a sus anchas. El segundo, un cierto abuso en el ir al límite interpretativo y, en ocasiones, rebasarlo. Semeja como si Elba Fernández quisiera poner toda la carne en el asador en esas escaladas épicas a las que se ha agarrado ahora. Si la garganta podía ir bien a ocho, ella la llevaba a diez. O a once, dejando a más de un oyente, por momentos, algo desbordado y confundido. “La canción del final la repitieron, ¿no?”, se podía escuchar a la salida a un espectador que, en su pregunta, reclama mayor mesura y contención. Nada que no se pueda moldear, bolo a bolo, hasta dar con el punto exacto.

Sí, no seamos aguafiestas ahora porque lo otro, lo importante, brilló con intensidad en el Ágora. Desde esa apertura a oscuras con The Cage, el último tema del epé, quedó claro el tono de luces y (muchas) sombras que presidiría el concierto. Voz desnuda. Respuesta orquestal. Subidas y bajadas. Pentagramas en tensión. Estampidas vocales. Y masaje de percusión posterior. Se perseguía causar impacto en el espectador en torno a marear la emoción y la sobriedad en ese sube-baja. Y se logró. Todo para llevarlo hacia el relax de My Loneliless y Dead Fish previo paso por un interludio de piano y con desembocadura en Last Days. Perteneciente a su primer demo-epé no publicado, parecía llegado de otra era. Y fue acogido con todo el cariño del mundo.

Entremedias, hubo sitio para los homenajes habituales de la artista. Primero, un The Wolves de Bon Iver mecido con chelo, guitarra acústica y una pizca de belleza marca de la casa. Segundo, el Hardly Wait de Pj Harvey felizmente adaptado al universo de Jane Joyd. Y todo ello junto a algún tema nuevo, un pequeño pasaje de cuerdas y un The Nightmare final. Llegada del pasado, que cerró en apoteosis el concierto entre aplausos. Los latidos del corazón que cierran el epé a todo volumen pusieron el resto.

El bis se armó con con Renard Came to My House, Stole My Smile and Left Forever y un Heartless Horse final que ponía fin al concierto pulsando el botón de escape libre a todo lo que se vino mascullando desde el inicio. Sí, con el crescendo definitivo trotando entre cuerdas de piano, juegos de luces y la garganta de una artista pequeña que crece, día a día, a base de pequeños triunfos como del sábado. Ahora toca el asalto nacional. La duda recae sobre si económicamente se podrá mantener este formato más allá de lo local. Al terminar el concierto sus integrantes decían que, al respecto, hay buenas noticias. Habrá que permanecer a la espera.

Foto: César Quian

La estrella pop del 2012 se llama Lana del Rey

lunes, mayo 21st, 2012

El pop necesita figuras como Lana del Rey. Figuras que alimenten las pasiones, incendien los foros y mantengan tenso todo eso que rodea la música más allá de la música misma. Irrumpió a finales del año pasado y editó Born To Die a primeros de este, toda una eternidad era del trending topic y el “me gusta” de Facebook. Pero lejos de perderse en la velocidad de los tiempos, el debate sobre si merece asomar la cabeza en la división de las grandes permanece vivo. Y con él, la rueda multicolor del pop, ese cúmulo de emociones efímeras y exageradas en las que miles de jóvenes, y no tan jóvenes, proyectan su identidad, sus inquietudes y sus anhelos. El foco la alumbra, el amor/odio de miles de personas la mantiene vida y los festivales se la rifan. ¿Aguantará ahí Lana del Rey o se diluirá como esa niebla que envuelve su música? El tiempo lo dirá. Pero, mientras, miles de personas desean seguir discutiendo sobre ello.

Por ahora, esta neoyorkina que nació en 1986 con el nombre de Elizabeth Woolright Grant ha logrando muchas, muchísimas reacciones polarizadas. Todo aquel que esté más o menos conectado con la música de nuestro tiempo debe tener una opinión al respecto en le tertulia global del pop. Así, se la ha considerado un auténtico fraude musical, una figura retrógrada y machista que ideológicamente sitúa a la mujer a niveles de 1940 y una artista que, más allá de despertar el deseo masculino y mantenerlo firme, no tiene nada que ofrecer. Frente a ello, muchos la consideran la salvadora del pop moderno, una cantante hecha a sí misma desde la más estricta independencia, poseedora de un puñado de singles estupendos y con un estilo tremendamente original y oportuno: algo intermedio entre la diva del Hollywood de los cuarenta y una cantante de r&b.
 
Entre ambos polos de opinión quizá se pueda encontrar la medida exacta: Lana del Rey (revelador nombre que funde a la actriz Lana Turner y el Ford del Rey, un modelo de coche de los ochenta) se perfila como una figura interesante, pero tremendamente amplificada por esa imagen de mujer fatal contemporánea. Todo ello ha generado un personaje eclipsando la música que factura y que ha adoptado las revistas como su hábitat natural con una clara consecuencia: termina importando más que la marca Mulberry haya lanzado un bolso con su nombre que sus discutidos y discutibles valores artísticos. Arrasa en el voluble mundo de las tendencias, mientras que en el musical se le desprecia, relegándola, en el mejor de los casos, a una suerte de placer culpable.

Por partes. Más allá de filias y fobias particulares, no cabe la menor duda de que el personaje Lana del Rey se ha modelado muy bien. Rostro perfeccionado a golpe de bisturí de un modo que parece una figura de un museo de cera; melena pelirroja y con ondulaciones a lo Veronica Lake; uñas afiladas talla XXL; y vestidos encantados de acariciar la sinuosidad femenina son alguna de las notas. Todas ellas servidas con una contención tremendamente sexy y -ojo, que esto resulta clave- cierta torpeza junto a un halo de tristeza que aventura un patito feo adolescente convertido en cisne por obra y gracia del pop. El punch callejero le dan el necesario toque de contemporaneidad a un icono efectivo y seductor. No es guapa, vale, pero resulta imposible dejar de mirarla.

En lo musical ya no funciona todo tan bien. Su primer disco, Born To Die, flojea por su inconsistencia. Sofisticado, híper arreglado, trip-hopero y retro-pero-contemporáneo adolece principalmente de canciones. Sobra más de la mitad del minutaje. Eso sí, cuando hace diana, entusiasma. ¿Cuándo se produce eso? Pues en las cascadas góticas de una sensacional Video Games, que crece y crece sin perder un ápice de tensión. También en la rapera y desafiante de Off To The Races, cerca de la órbita de -sí, sí, sí- Cocorosie y en la que Lana luce toda su encantadora gama de inflexiones vocales. O, por supuesto, Blue Jeans que, esta sí, tira del legado de Portishead, pero ofreciendo un single ma-ra-vi-llo-so. El citado es un trío de ases al que cabría añadir Born To Die, Diet Mountain Dew y, ya en la segunda (y flojísima) parte del álbum, el balón final Lucky Ones y la golosina pop de Radio.

En esas piezas escogidas, Lana del Rey demuestra, como mínimo, ser un buen complemento musical para sus fotografías. Y pone un pie para que estas pasen a ser lo accesorio. El futuro desvelará si sus fans han perdido el tiempo defendiéndola. O todo lo contrario. Mientras, la partida de dardos envenenados y la lluvia de flores continúa. Con pasión. Como debe ser. Como exige ese capricho permanente llamado pop. 

Imagen de previsualización de YouTubeLa polémica actuación de una Lana del Rey agarrotada por la ansiedad en el programa Saturday Night Live. El New York Times dijo al respecto que parecía una niña cantando las canciones favoritas de su abuela y vistiendo también su ropa

Imagen de previsualización de YouTubeInterpretando “Born To Die” en una deliciosa sesión para la BBC1 en la que se ve a una cantante suelta y delicada

El gran disco de Serge Gainsbourg

viernes, mayo 18th, 2012

Grabado en 1971, el mítico «Historie de Melody Nelson» revivió hace unos meses gracias una cuidada reedición que incluye tomas alternativas

En Serge Gainsbourg se encuentra un ejemplo perfecto de lo que muchas mujeres definen como hombre interesante. Feo, narigudo y con orejas de soplillo, mostraba, siempre arrogante, su aspecto desgarbado. En principio, todo se encaminaba hacia el rechazo. Pero, sin embargo, ese cóctel lo convirtió en uno de los hombres más deseados de los setenta. Sus brazos rodearon a algunas de las féminas más bellas de su época, como Brigitte Bardot, Juliette Greco o Jane Birkin. Y sus composiciones lo acercaron a las igualmente hermosas Catherine Deneuve, Françoise Hardy o Petula Clark. Unas físicamente, otras en lo artístico, algunas en los dos frentes, todas claudicaron ante el atractivo de un artista que había desatado todas las alarmas en 1969 con una canción: Je t’aime… moi non plus.

Ese single fue la banda sonora de los nuevos aires de libertad sexual que se habían destapado en la segunda mitad de los sesenta. Más allá de metáforas escondidas o sutilezas, el compositor francés lo llenó de versos explícitos y lo adornó, aún más explícitamente, con los gemidos de Jane Birkin, su pareja de entonces y madre de su hija, Charlotte Gainsbourg. El escándalo fue monumental y el tema se prohibió en varios países. La polémica sirvió para triplicar su impacto y alzar a Gainsbourg, que ya había triunfado con sus canciones para France Gall o Brigitte Bardot, a la eternidad.

Además, Gainsbourg evidenciaba algo que iba a trastocar la moralidad pública. Tal y como habían demostrado antes Mick Jagger o Jim Morrison, una buena parte del público femenino buscaba algo muy diferente que el cantante guapo y romántico que se les había vendido en los primeros sesenta. Pero Gainsbourg fue mucho más allá de abrir el tarro de las pulsiones sexuales de una generación con Historie de Melody Nelson, su gran obra maestra.

Reeditada a todo lujo, continúa en el 2012 planteando el mismo debate. Se trata de un álbum conceptual, sombrío y viciado, sobre el romance de un hombre de 40 años con una adolescente de 15. Eso, en la ficción, ajustándose a la historia de Lolita de Vladimir Nabokov que tanto había fascinado a Gainsbourg. La realidad resultaba menos problemática: tras el personaje de Melody Nelson se ocultaba Jane Birkin, que entonces rondaba los 25 y, ejerciendo de pura marioneta en manos de su amante, se aniñó a su gusto.

Por lo visto, nada ha cambiado. En el deuvedé que acompaña la reedición Gainsbourg confiirma esa su fascinación enfermiza por Humbert Humbert (el protagonista del libro) descartando a Lolita («una niña boba», dice). Jane Birkin, lejos de enojarse al verse en ese papel, admite que sí, que entonces ella bien podía ajustarse a esa definición. «Descubrí Lolita y me quedé impresionado. Pienso que es uno de los libros más hermosos de este siglo», explica Serge Gainsbourg en el documental. De hecho, intentó en balde musicar los textos que Nabokov escribió en francés y tuvo que trenzar su propia trama de decadencia y perversión.

En esta Gainsbarre, el álter ego del músico circula en un Rolls Royce y accidentalmente atropella a una jovencita que circulaba en bicicleta. Al salir del coche, la ve en el suelo. De ese encuentro surge una amoral historia de amor, con declaraciones apasionadas («eres la condición sin la cual no existe mi razón», dice en Ballade de Melody Nelson) y un final trágico: la muerte de la muchacha en accidente de aviación. No hicieron falta todas las páginas de Nabokov. Él lo resolvió en apenas media hora.

Arquitectura sonora de lujo
Considerado como «el primer poema sinfónico de la era pop» Historie de Melody Nelson supuso todo un hallazgo estético. Recogiendo el método de álbumes conceptuales como el Tommy de The Who, Gainsbourg introdujo en él sus ingredientes particulares y creó un personalísimo híbrido de chanson, valses, rock progresivo y funk. Los suntuosos arreglos orquestales de Jean Claude Vannier terminarían por hacerlo inmortal.

La primera fase se grabó en Londres. Se trata de un colchón denso y sensual, de bajos amplísimos y guitarra crepitante sobre el que se desliza el verbo impertérrito del cantante. La segunda etapa se resolvió en París derrochando una elegancia e imaginación que aún hoy es una de las plantillas maestras del pop orquestado. Sin este disco, por ejemplo, los Tindersticks no habrían existido nunca. O serían una banda totalmente diferente.

En su día, sin embargo, fracasó comercialmente, despachando apenas 15.000 copias. Fueron los años los que le darían la condición de una obra maestra que ahora esta revisión confirma. Un cedé a mayores de tomas alternativas y un documental en deuvedé (en francés y con subtítulos solo en inglés) completan la edición.

The Phantom Keys, atrapados en el tiempo

martes, mayo 1st, 2012


La historia de The Phantom Keys es la historia de una obsesión, la de unos chavales de O Grove (Pontevedra) que se enamoraron perdidamente de los sonidos de ryhtm n’ blues y garage de los sesenta. «Aquello sonaba fresco y diferente a lo que podías escuchar en las radios y en los garitos y nos enganchamos totalmente», recuerda Roi Fontoira, uno de los protagonistas originales de la aventura. Corría 2005, tenía apenas 15 años y la idea clara de que su postura de fan no se iba a limitar a escuchar esa música en su habitación adolescente. No, él extraería la esencia de ese sonido pretérito, lo pasaría por su visión y lo expulsaría sobre un escenario con su propia banda.

Todo ello ocurría mientras la radio escupía los singles de Kylie Minogue, Muse o La Oreja de Van Gogh. ¿Perseguía quizá con esa obesión un ideal de autenticidad perdida? «No, que va, no era cuestión de eso. Hay música actual que no está en mi discoteca, pero que seguro que le suena verdadera a otra gente que la escucha. Es mucho más sencillo que todo eso. De pronto, algo te llega, indagas en ello, profundizas y te acabas metiendo en el ajo casi involuntariamente».

Ese chispazo lo encontraron en los primeros álbumes de The Rolling Stones, pero también en los de Pretty Things, Them, Chocolate Watch Band, The Standells o los míticos recopilatorios Nuggets o Pebbles. Y lo trasladaron a algo tan insólito como una banda de revival garagero domiciliada en el corazón de las Rías Baixas. «Puede parecer insólito aquí, pero en Inglaterra esa es la música popular, es como aquí Rocío Dúrcal, lo más normal y cotidiano del mundo», reflexiona.

La exploración en las raíces de esta etapa seminal del pop continúa. «Ahora escucho mucho jazz y blues. Pero sobre todo me fijo en las influencias de estas bandas de r&b que nos han marcado, que son fundamentalmente música negra», detalla Roi. Se hace necesaria una precisión. Cuando el músico habla de r&b nada tiene que ver con el mismo término que hoy en día se emplea para referirse a Rihanna o Beyoncé. «La verdad es que creo que deberían acuñar otro para no despistar a gente. Porque poner, por un lado, a Slim Harpo y por otro a Beyoncé bajo el mismo concepto tienen que descolocar a cualquiera. Los historiadores de la música, si los hay, le tienen que poner orden a esto. !Por Dios!», dice entre risas.

Esta erudición musical aplicada a su propia formación la han llevado por media Europa: «Hemos tocado en Italia, Inglaterra, Holanda, Francia y Portugal»¿Y cómo logra una proyección así una banda tan pequeña? «Por el boca a boca dentro del circuito de música sixties, que es donde más se ha movido lo nuestro. De todos modos, no queremos cerrarnos solo a eso e ir a otras escenas siempre que podamos. De hecho, ya hemos tocado en algún evento de corte indie».

Reivindicación del origen del r&b
Roi (guitarra), Nacho Hermina (bajo), Alberto Chao (batería), Manu Alfonso (guitarra) y Marcos Mascato (voz) no engañan a nadie. Tampoco lo pretenden. Desde la cubierta exponen al oyente claramente lo que se va a encontrar. Botines chelsea, chaquetas de tres botones, pantalones hipsters y gorras de época. Todo muy sesentero, muy británico, muy, en definitiva, de otra época. Y aunque ellos aseguren que se encuentran muy bien en la Galicia del 2012, todo remite a un apasionado aroma a fans rescatando el inalcanzable espíritu de una era dorada.

Con The Real Sounds of… la banda de O Grove da el salto al elepé, tras el aprendizaje previo en singles. Para lograr el sonido deseado han recurrido a Mike Mariconda, quien les ha proporcionado un delicioso acabado vintage desde el primer al último tema. El oyente asistirá a un festín de guitarras crudas, que igual remiten a iconos del pop inglés de los primeros sesenta como Rolling Stones o Pretty Things, como lo hacen a bandas holandesas tipo The Outsiders o Q65. Liberados de la estrechez del sencillo, The Phantom Keys aprovechan para ir más allá en el registro y sorprenden en el tramo final. Ahí está I Was True, baladón soulero al estilo de Them que cierra un disco que pide sitio entre los aficionados del género.