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De la fiesta de Arizona Baby al aburrimiento de Marlango

Escrito por Javier Becerra
12 de Abril de 2010 a las 9:31h

Arizona Baby, Sala Le Club A Coruña 8-4-2010
Marlango, Teatro Colón, A Coruña 9-4-2010

En estos tiempos de festivalismo —en los que muchas veces el acontecimiento social se come a la música en sí— no deja de ser una buena noticia que 150 personas llenen una sala para ver a un grupo como Arizona Baby, una de las bandas revelación del último rock nacional. El suyo es rock de club, de cuerpo a cuerpo, sudor, cervezas y comunicación total. Y ese, un local abarrotado con el grupo sintiendo el aliento del público, es su verdadero hábitat.

arizona-babyQue no se tome esto como una frase hecha. La música de Arizona Baby nace desde algo mínimo —dos guitarras acústicas, una voz y un exiguo set percusión— se convierte tocada en algo mucho mayor y se engrandece definitivamente en vivo con el calor del público, que convierte sus actuaciones en una fiesta. La del jueves en A Coruña lo fue: una hora y pico de rock acústico, creado en ese punto en el que el blues y el country se funden y se convierten en rock.

Tocaba presentar Second To None, el álbum que los ha puesto en el candelero, y lo hicieron con una prestancia total. Revitalizando el drama pantanoso de Ouch!, el folk-rock acelerado de The Truth o la mezcolanza fronteriza de A Tale of the West, todo ganó gracias a un directo enérgico y entregado que arrulló a toda la sala. Como era de esperar, el momento cumbre llegó con Shiralee y su endiablada rítmica con sabor a tren de vapor. Pero la cosa no se iba a quedar ahí, y en el bis una simpática versión del I Want To Break Free de Queen en plan skiffle (“!Nos gusta Queen y nos gusta el skiflle! ¿Qué pasa?”, gritó el vocalista Javier Vielba al término) puso la guinda a una noche perfecta.

No se puede decir lo mismo de lo acontecido con Marlango al día siguiente en el Teatro Colón, aunque desde el aspecto formal no quepan, desde luego, los reproches. La banda madrileña defiende con gran solvencia instrumental su repertorio, logrando un sonido pulcro y refinado. Todo ello lo hace bajo una red de bombillas de colores al estilo de las viejas verbenas que les otorga una atmósfera realmente encantadora. Como no podría ser de otro modo Leonor Watling acapara todas las miradas con una presencia escénica que mantiene un punto de equilibrio perfecto entre la sobriedad y la cercanía. Incluso, a mitad de concierto, se muestran simpáticos preguntándole al público si, al final, hay fusión o no de las cajas. Y, cuando un problema técnico les impide emplear una guitarra, salen del paso sin titubeos y entre sonrisas con el Blackbird de The Beatles.
marlango No, por ahí no les puede pinchar el espectador descontento. El problema de Marlango radica en otro lugar. ¿A qué nos referimos? Pues a que el grupo madrileño jamás logra pasar de esa corrección formal con un contenido que invite abrazarlos de verdad. No, aquí no hay lugar para los escalofríos, los golpes musicales que hacen sentir la ley de la gravedad, ni el embobamiento que surge cuando uno se enamora de totalmente de un grupo.

Como si del siguiente paso a Amaral y Pereza en la escalera del buen gusto popular se tratase, Marlango suenan bien con su música nocturna de piano bar y agradan con sus devaneos negroides. Pero, definitivamente, no llegan a calar, quedándose en un grupo de bonito envoltorio pero escasa sustancia. Cuando Leonor se pone en el papel de diva soul en Shout y saca las garras su voz, no logra salir de ese tono gris mate que la atenaza. Si el grupo se deja llevar por el preciosismo de Thank Someone Tonight se queda a una pizca de lograr el pretendido efecto acrisolado. Y en su apelación al glorioso pasado del pop nacional, ofrecen una relectura del No mires a los ojos de la gente de Golpes Bajos que termina en una anécdota prescindible. Son tres momentos de un directo de cerca de dos horas que, eso sí, encandiló a la mayor parte del público, que terminó en pie aplaudiendo a rabiar.

Otros, sin embargo, soltaron más de un bostezo ante un discurso que pide a gritos mejores canciones y un extra de emoción que permita que todo ello no se quede en lo que son Marlango a día de hoy: una fruta apetitosa a la vista pero sin apenas sabor en el paladar. Aprehender la esencia, que no las formas, de su admirado Tom Waits podría ser el camino.

Fotografía Arizona Baby: Sergio Vieites
Fotografía Marlango: Óscar París

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