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Casa Dragón

lunes, agosto 25th, 2008

10 de agosto, domingo, 3 de la tarde. Madrid. Acompaño a mi hermana a comprar tabaco. El sol castiga a los poquísimos viandantes que nos encontramos por la calle. Todas las tiendas cerradas a cal y canto. Mala combinación, esa de agosto, domingo y sobremesa, si la intención es comprar algo, aunque sea tabaco: los bares también están cerrados. Caminamos, mirando a derecha e izquierda, hasta que encontramos uno abierto. Casa Dragón, reza el cartel. Yo pienso que es un nombre raro, pero tiene máquina de tabaco. Entramos. Un bar español: media docena de paisanos descamisados, pelo en pecho y Marca en mano, en plena sesión cafetera. Un jamón en la barra, boquerones en vinagre y patatas bravas, serrín y servilletas en el suelo de baldosas mugrientas.

Perfectamente español, si no fuera porque la dueña, que en el momento de entrar nosotros sirve una caña con notable pericia, es perfectamente china, al igual que lo son su hija, que hace los deberes en la barra, y la pequeña bandera de la República Popular que, entre una botella de Soberano y otra de güisqui DYC, ondea al son intermitente de un viejo ventilador con voz de helicóptero.

 

Así son los chinos, y eso explica su inmensa capacidad de adaptación. Conquistada la sociedad española por sus restaurantes y satisfecha la demanda de tiendas de todo a un euro, dan un paso más en el camino de la integración regentando negocios tan típicamente españoles como las tascas. Cambian el nombre para recordar su lejana patria, pero mantienen su ibérico espíritu. Al gusto de los nativos.

No me extrañaría, la verdad, que la mitad de los clientes que agostaban en Casa Dragón movidos por el descanso vacacional de sus taberneros habituales, se queden allí cuando, confiados, éstos vuelvan de su pueblo. La combinación de tasca española y horario chino es tentadora para cualquier amigo del bareo: vinitos y raciones 365 días a año. Y nuestros amigos de ojos rasgados han aplicado la misma fórmula a las castizas tiendas de ultramarinos, antes en extinción y ahora negocios de éxito, haciendo las delicias de los adolescentes botelloneros.

Los chinos vinieron, observaron nuestra cultura, la comprendieron –quizá sin compartir sus presupuestos– y ahora ya no solamente saben hacer arroz tres delicias y pollo con almendras, sino también tinto de verano y tortilla de patata. Y créanme cuando les digo que ninguno de los parroquianos de Casa Dragón tenía cara de estar a disgusto.

Han venido para quedarse, y conocen las reglas tan bien como nosotros.

 

El dragón y la vaca

jueves, julio 31st, 2008

Llevo ya quince días en España. He estado en Madrid, en Valladolid después, luego en Galicia –muy fugazmente– y ahora  estoy en Madrid de nuevo, asistiendo al congreso de la Asociación Europea de Profesores de Español en la UNED. Vuelvo a Ferrol la semana que viene, pero solo por unos días: el día 8 de agosto se casa mi primo, en Madrid. Después volveré a Galicia hasta finales de agosto y luego a China de nuevo.

Menudo ajetreo. Me paso la vida entre el Dragón (animal simbólico de China) y la Vaca (el ídem de Galicia), pero funciono al revés: vivo como un rumiante en China –pocas clases, pocos viajes, mucha lectura y mucha comida– y como un dragón cuando regreso de vacaciones –siempre moviéndome de un lado para otro, trazando un zigzag que nunca termina entre Madrid, Castilla y Galicia–.

Digo todo esto para disculpar, en la medida de lo posible, mi silencio. Llevo quince días en España y me parecen dos meses. El pasado semestre en Dalian lo siento remotísimo. Me pasará igual cuando vuelva a China: las vacaciones en España serán como un sueño. El Dragón y la Vaca, la Vaca y el Dragón.

Qué mareo.