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Diario de verano IV

domingo, julio 12th, 2009

Ayer, en una churrascada, discutí con mis amigos sobre los llamados “tópicos nacionales”. Todo empezó porque algunos de ellos estaban de acuerdo en que los andaluces son más vagos que los gallegos, y otros –los menos– decíamos que hablar en general de un grupo humano determinado no es justo y además no sirve para nada. ¿Son, en verdad, TODOS los andaluces vagos, TODOS los catalanes agarrados y TODOS los madrileños chulos?, preguntábamos. No, no todos, nos contestaban, pero sí en líneas generales (sean lo que sean esas líneas generales, primas del “ojo del buen cubero” y del italiano “grosso modo”).

El caso es que a todos, incluído a mí que lo critico, nos resulta prácticamente inevitable hablar por generalizaciones. El hombre abstrae para conocer. Siempre que vuelvo a España y me preguntan cosas sobre Taiwán, acabo explicándome del mismo modo: “pues los taiwaneses son… y los chinos eran… y los españoles… También cuando estoy allí y nos juntamos un grupo de españoles acabamos generalizando: es la manera más práctica de poner en común experiencias, de intentar comprender lo que nos rodea. Pero cuidado: también es la manera de desahogarse, de juzgar lo que no entendemos, y de proyectar las características que consideramos negativas en otros grupos humanos diferentes al nuestro. Por eso nunca decimos: todos los catalanes son simpáticos, todos los madrileños generosos, todos los aragoneses hospitalarios. Las generalizaciones nunca funcionan en un sentido positivo. Curioso.

Hay dos cosas que vengo observando sobre este tipo de generalizaciones. La primera es que son relativas (lo que juega en contra de su veracidad). Es decir: cuando estamos en la aldea, son los de la aldea de al lado los que son tontos, o vagos, o ladrones. Sin embargo, cuando estamos en otra región de nuestro país y encontramos a alguien de esa aldea de enfrente lo percibimos inmediatamente como un hermano. Cuando salimos de España y nos vamos a Alemania, por ejemplo, o a Estados Unidos, y encontramos un español, aunque yo sea de Ferrol y él de Elche, también nos centramos más en nuestras similitudes que en nuestras diferencias –tenemos una lengua en común, una educación similar, el mismo gobierno, la misma tele, los mismos periódicos, etc–. Con los continentes sucede lo mismo: me encanta encontrarme europeos por Asia, y la primera vez que, volviendo de China, aterricé en Helsinki, me sentí en casa.

La segunda de las cosas que he observado es lo fácil que nos resulta generalizar sobre otros y lo difícil –e indignante– que nos parece que generalicen sobre nosotros. Los andaluces son vagos –y falsos, y tirando a ladroncetes– pero ¡qué injusto han sido los españoles de todos los puntos cardinales con los gallegos! Ya les vale, siempre generalizando sin fundamento sobre nosotros. Si es que nos odian, está clarísimo. Esta asimetría favorece la autocompasión de un modo bastante insano. Y es que ya he oído a gallegos, andaluces y manchegos quejarse de que su región es la más vapuleada del topicario nacional. Seguro que en otras partes también lo piensan.

Y es que, aunque todos lo hagamos –lo de generalizar, digo– conviene no creérselo ni lo más mínimo. Vale que lo utilicemos como herramienta de aproximación, pero interiorizar los prejuicios es nocivo para uno mismo y para las víctimas de los tópicos. Porque el único andaluz que conozco bien, un gaditano con el que viví en Italia, se sacó dos carreras mientras trabajaba y entrena para participar en el Iroman, la prueba deportiva más dura del mundo. Por cierto, es diabético. Un vago de tomo y lomo, vamos.