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Jugar con la comida

viernes, septiembre 25th, 2009

En mi casa siempre me ha enseñado a no jugar con la comida. El alimento es algo sagrado en todas las culturas tradicionales, y por buenas razones: nos nutre, nos aleja de la enfermedad, nos permite vivir. Es, con el aire, lo más importante para el ser humano. Solamente una cultura como la del capitalismo globalizador, que aleja al hombre de sus raíces y le enseña que la comida es una cosa que crece en bandejas de plástico, se permite despilfarrarla. Uno de los pocos recuerdos malos que conservo de China es la costumbre de pedir en los restaurantes mucho más de lo que se puede comer, y dejar la mesa plagada de alimento desperdiciado. También es muy frecuente –hay que decirlo, en su descargo– que la gente se lleve las sobras para casa.Nada hay más vulgar que comer y beber demasiado. Sucede por ejemplo en la mayoría de las bodas, que no me gustan, entre otras cosas, por la burrada de platos que se sacan.

Pero peor que comer mucho más de lo que necesitamos –más de la mitad de las enfermedades del primer mundo provienen del exceso de alimentación– y echar a la basura lo que sobra, es usar un montón de comida para, simplemente, tirarla. Y eso es lo que pasa en diferentes fiestas de nuestra geografía. La más famosa, la Tomatina de Buñol. Otra, celebrada también en verano, la Merengueta –o no sé qué nombre raro–: unos cañones rocían de merengue a los vecinos que, pringosos, celebran que no hay crisis, que no hay gente que pase hambre el mundo y que, como la comida sobra, podemos usarla para comportarnos como niños.  El caso es que todos los telediarios nacionales, y muchos extranjeros, reciben con una sonrisa y guiños de complicidad estas entretenidas orgías del despilfarro. Fiestón y, cada año, más turistas, más tomates, más merengue.

¿Por qué nadie denuncia el exceso que supone tirar cientos de toneladas de tomates y huevos para pasar un día haciendo el bobo? Aunque sean los tomates y los huevos que nadie quiere, la comida no es sólo un alimento, sino un símbolo. Y mientras haya quien pase hambre en el mundo, nadie debería convertir el desperdicio de comida, propio de nuestra primermundista e insolidaria sociedad, en una celebración. No pienso ir jamás a la Tomatina de Buñol. No me parece bien que nos alegremos de que en nuestro país se hagan esas fiestas, y que las consideremos un símbolo de nuestra cultura (a sumar a los toros). Y cuando mis alumnos me pregunten, en Taiwán, por esas marranadas, les diré lo que siempre les he dicho: que jugar con la comida es de muy mala educación, aunque lo haga todo un pueblo y salga en los noticiarios.