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Entradas etiquetadas como ‘Taiwán’

Un karaoke de cortarse las venas

sábado, septiembre 27th, 2008

La semana pasada fui al karaoke con mi novia y sus compañeros de trabajo. Cualquiera que haya asistido alguna vez a un bar con karaoke en España tendrá una idea de como funcionan los garitos del ramo: catorce amigotes borrachos cantando Duncan Dhu con un solo micrófono, temas dedicados a las rubias de la mesa de enfrente, algún solterón alcoholizado que se marca una de Nino Bravo porque está convencido de que canta bien. Y eso es todo. Ah no, también penumbra y neones.

Pues nada que ver con lo que es un karaoke en Taiwán. Para empezar, aquí son inmensos –nada de un bar cutre y oscuro– y laberínticos: el pasillo de entrada se ramifica en pequeños corredores que van a dar a habitaciones privadas. Uno pide la comida y la bebida –más de la segunda que de la primera– y canta solamente con sus amigos, delante de un pantallón plano, mientras se atiborra a cerveza y a mil marranadas riquísimas para picar.

Pero lo que más diferencia el karaoke taiwánes del español es el espíritu  de las canciones seleccionadas: si en España predomina el afán de fiesta, con alguna incursión, como ya señalamos, en el mundo del virtuosismo vocal –Nino Bravo, Diango, Camilo Sesto–, en Taiwán prefieren las canciones que invitan al suicidio.

No vean ustedes lo mal que lo pasé. La canción española que más se acerca a lo que viví durante ahoras en el karaoke de Taipei es Se le apagó la luz, aquella terrible historia de Alejandro Sanz en la que la novia del protagonista moría en un accidente de tráfico antes sus ojos arrasados en lágrimas –aunque yo siempre pensé que de lo que palmaba era de coma diabético, porque el disquito aquel era azucarado hasta la náusea–.

Durante más de dos horas, desfilaron ante mi atónita mirada videos de canciones pastelosas. En ninguna –NINGUNA, insisto– el/la cantante celebraba el amor recién encontrado. Todo, de cabo a rabo, rupturas de los más variados tipos: abandonos, cuernos, suicidios, accidentes de carretera –uno en aladelta también– enfermedades terminales… El video más bestia, uno que contaba la historia de una cieguita que se recuperaba. Mientras era ciega, había un chico que la quería mucho y le hacía fotos. Tras la exitosa operación que le devolvía la vista, ella corría a la casa de él y se encontraba con que ya estaba muerto. En las paredes, las fotos que le había hecho a la todavía cieguita, algunas manchadas de la sangre que el pobre fotografo enamorado derramaba a borbotones por la nariz en sus últimos días de vida.

La juerga padre. Ya me pueden imaginar allí, sin cantar, sin beber, comiéndome los pistachos con cáscara a ver si me atragantaba y flipando con el ambiente. Me extrañó que no trajeran cuchillas de afeitar para que las masticáramos despacio durante el holocausto musical que celebrábamos.

La verdad, merece la pena vivir una experiencia como ésta. Es en esos momentos cuando uno comprende lo profundas que son las diferencias culturales entre pueblos. ¿Pueden los taiwaneses pasárselo bien así? Aunque no no entre en el melón a los españoles, pueden. Son testigos estos ojos míos que se han de comer los gusanos.

Lo mismo si insisto le cojo el punto y me entrego con desenfreno al desgarrado mundo del karaoke  taiwanés. Me río yo de las penas del flamenco.

El tifón y la luna

sábado, septiembre 20th, 2008

 

El sábado pasado fue el festival de la luna. Es una tradición china –yo ya he vivido dos en Dalian–. Se comen uns pastelitos que tienen pocos admiradores entre los occidentales, porque son de sabores un poco difíciles para nuestros paladares –agunos están rellenos de huevo, o de judía roja, pero son a la vez dulces–. Yo no los como porque todos llevan ingredientes que no puedo tomar, aunque me he enterado de que en algunos hornos los fabrican para veganos –ya hablaré de ello en otra entrada, pero en Taiwán hay muchísimos vegetarianos por motivos religiosos–.

 

Como en Dalian, La universidad ha regalado a cada profesor una caja con pasteles de la luna. Sin embargo, los de este años han sido fabricados en la propia universidad, en el departamento de nutrición –parece que hay posibles–. Ha sido curioso ver los típicos pastelitos, pero esta vez con el logotipo de la universidad en relieve sobre la masa horneadita y tostada. ¡Qué pena no haberles hecho fotos antes de repartirlos en el departamento!

 

Sin embargo, este año el festival de la luna ha sido especial a causa de un tifón proveniente de las costas de Okinawa. Aunque ha sido muy duro en otra partes del país –desgraciadamente, han muerto siete personas–, en Taichung ha sido solamente un poco más fuerte que un buen temporal a la gallega: jarreo de lluvia durante tres días, y vientos esos de los que tiran las ramas más viejas de los árboles y levantan las olas hasta que se parecen a enormes barbas blancas.

 

La gente, a pesar de todo, no ha renunciado a su tradicional barcacoa. Sentados en cajas de plástico boca abajo y en banquetillas han tomado los garajes, las calles con soportales y los lugares con toldo para darse un festín nocturno de carne, chorizo y calamares a la brasa. Un dato curioso: aquí no acompañan la carne con pan, sino que la envuelven en hojas grandes de lechuga, lo que me ha dado la oportunidad de disfrutar a mí también de una barbacoa a pesar de mi vegetarianismo. Las caras de la familia de mi novia eran un poema al verme en cuclillas, como un taiwanés cualquiera, comiendo lechuga a palo seco.

 

¿Habéis comido aguna vez lechuga cruda, sin aliñar? De primeras parece la comida más sosa del mundo, pero si se mastica bien, veinte o veinticinco veces, la lechuga sabe dulcísima y refresca mucho. Es algo que nos perdemos cuando la engullimos untada en aceite y vinagre –que también está buenísima, no me malinterpreteis–.

 

En fin, que con la luna en el cielo y el tifón en la tierra hemos pasado un  buen fin de semana, comprando bajo la lluvia algunas cosas para mi nueva casa, que ya va pareciéndose a un hogar –más o menos–.

 

De regalo, la foto de un pastelillo de la luna que he encontrado en internet.

 

 

 

 

¡Feliz festival de la luna, amigos!

Olimpiadas poco olímpicas

lunes, septiembre 8th, 2008

Ya estoy en Taiwán. Tengo casa, y hoy he visitado por primera vez mi Universidad.

Sin embargo, no es de mis primeras impresiones como taiwanés de lo que quiero escribir hoy, sino sobre las noticias que me llegan, de aquí y de allá, de diferentes amigos que, desconocidos entre ellos, han vivido en persona las Olimpiadas de Pekín. Es curioso que todos –cinco en total, aunque dos de ellos las vieran juntos– hayan coincidido en su juicio: han sido unos juegos brillantes en lo formal, muy destacados en lo deportivo, y sin embargo, nada, pero nada olímpicos en espíritu.

Y es que parece ser que la actitud del público chino –así en general, se entiende, asumiendo lo arriesgado de las generalizaciones–  ha sido de olímpico desprecio hacia todos aquellos deportistas que no fueran compatriotas. Por lo visto, los estadios, campos y piscinas se atiborraban minutos antes de que los participantes anfitriones lucieran sus habilidades, para vaciarse casi por completo de espectadores nacionales momentos después de que éstos terminaran sus exhibiciones. Insisto, recibo la misma impresión de personas fiables –viven en China y aprecian a sus habitantes– que no se conocen de nada.

Esto es lo malo del nacionalismo a machamartillo: importa nada más lo propio porque la boina tapa el horizonte. Tal comportamiento es irritante siempre, pero en un evento como el olímpico, en el que han de primar la internacionalidad y los vínculos entre patrias y continentes, en el que el protagonista ha de ser el deporte, la superación, el juego limpio y la solidaridad humana, fastidia todavía más que haya gente a la que le importe tres pitos lo de los demás, por bueno que sea lo que tengan que ofrecer.

Si los chinos no se han sentado a admirar a las gimnastas rusas, a los saltadores alemanes, a los fondistas etíopes,  si no les han jaleado en la persecución del lema olímpico –más lejos, más alto, más fuerte–, si solamente han aclamado a sus compatriotas –más nosotros, más nosotros, más nosotros– ¿qué es lo que han aprendido? ¿Qué ha dejado el espíritu olímpico en la capital del Imperio de Centro?

Triste asunto si es cierto lo que mis fuentes me aseguran.

Y ustedes, ¿han oído críticas similares?

Destino Formosa

jueves, agosto 21st, 2008

Ya lo sabía desde hace unas semanas, pero desde esta mañana es oficial: el 15 de septiembre me uno a la plantilla de profesores del Departamento de Español de la Universidad de Providence, en Taichung, Taiwán. Una nueva etapa en… ¿un nuevo país? Pues depende de a quién preguntes.

Tras perder la guerra contra el ejército de Mao en el año 1945, Chiang Kai Chek, presidente del Kuomintang (partido nacionalista chino), que dirigía por aquel entonces el País del Centro, se trasladó con su gobierno a la isla de Taiwán, antes Formosa. Desde entonces, la isla ha seguido una evolución política diferente de la de China continental, aunque su sustrato cultural es el mismo.

Taiwán, situado frente a las costas de la provincia china de Fujian, es un lugar fascinante. Poblada por más de 20 millones de habitantes, hasta el sigo XVII su población era, en exclusiva, malayo-polinesia. Llegaron después holandeses y chinos en ese orden, y ya a finales del siglo XIX los japoneses. De clima tropical –la atraviesa el Trópico de Cáncer–, una frondosísima cordillera la recorre de norte a sur. El pico más alto tiene casi 4.000 metros. El 75% de la población se concentra, en la costa oeste, la que mira a China. La costa este, bañada por el Océano Pacífico, tienes unas playas que ni se las imaginan.

Desde allí seguiré escribiendo en este blog, con la ilusión de iniciar esta nueva etapa de mi vida después de dos años maravillosos en Dalian, ciudad que siempre permanecerá en mi corazón y a la que vuelvo el martes que viene para, una vez más, envolver un hogar en papel de periódico y despedirme de queridos amigos que durante estos años han sido para mí una auténtica familia.

Me da pena, cómo no, pero hay que mirar hacia adelante con ilusión y alegría.

¡A Formosa!

Taiwán: Sutras en la montaña

martes, mayo 6th, 2008

Ya he vuelto de mis vacaciones en Taiwán. Ha sido una experiencia muy enriquecedora en aspectos que serían largos de explicar aquí, pero también me he traído de vuelta algunas fotos y anécdotas curiosas que iré colgando del blog.

Hace dos sábados, apenas dos días después de llegar a la isla, acompañé a mi novia y su familia a una excursión mañanera a la montaña. Es ésta una costumbre muy taiwanesa, por lo visto: se levantan antes del amanecer, se acercan en coche al pie de la montaña, suben un trecho y desayunan después, para volver a bajar a tiempo de realizar todas las labores diarias, digamos alrededor de las ocho de la mañana.

Y así lo hicimos esta vez. A las cuatro y media de la madrugada, toque de corneta. A eso de las cinco y cuarto estábamos subiendo. Veinte minutos después llegamos a una explanada rodeada de vegetación y llena de gente que aguardaba en cola a que unos monjes budistas les sirvieran el desayuno vegetariano que ofrecen gratis a los que se acercan a rezar al templo. Las opciones, tallarines fritos o arroz caldoso con cebolleta. Me apunto a lo segundo –es uno de los desayunos chinos que más me gustan–.

Nos sentamos a una mesa de madera a comer y a beber té, y en esto aparece un conocido de la familia. Es un hombre de unos setenta años, jubilado, y trae consigo una caja de tela y un cartapacio. Saluda amablemente, comparte un poco de té caliente con nosotros, y pronto se sienta solo, en una mesa indvidual un poco apartada, a escribir caracteres chinos con pincel sobre un inmenso papel blanco. Llevado por la curiosidad, pregunto a mi novia qué está haciendo, y me cuenta que aquel hombre se levanta cada mañana a la misma hora, sube a la montaña, escribe un fragmento de sutra budista, siempre el mismo, lo dona al monasterio como ofrenda y desayuna, satisfecho por el trabajo realizado, antes de volver a bajar al mundo para continuar con sus quehaceres de jubilado, sean cuales sean. Lo hace, dice, porque le da paz.

Y a mí, de alguna manera que no sé explicar, también me da paz que lo haga. En esas rutinan aparentemente inútiles, y precisamente por eso utilísimas, se manifiesta el viejo espíritu de Oriente, que sobrevive todavía en medio de la industrialización salvaje del Asia moderna. Es un placer descubrir estos pequeños detalles que me recuerdan la China que vine buscando y que casi siempre olvido entre los pitidos de los coches, la matraca olímpica y los mordiscos implacables del capitalismo.

Aquí dejo unas fotos que le tomé al jubilado mientras concentraba toda su atención en la escritura, como cada día, de su trocito de sutra en la montaña.

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