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Entradas etiquetadas como ‘Taiwán’

Motillos

domingo, abril 26th, 2009

A mis casi 32 años me he hecho escutero, es decir, conductor de escúter (o scooter, como se escribe en inglés). ¿Y qué es una scooter? Pues una de esas motillos zumbonas en forma de cisne postapocalíptico que cruzan las ciudades con un adolescente en la grupa.

Aquí, en Taiwán, son una institución. Desde los 16 a los 100 años –y juro que no es una exageración–, los nativos se trasladan, por muy cerca que quede su destino, a lomos de su motillo. Las hay de todos los tipos, desde las más potentes y tuneadas hasta los deshechos de segunda mano con el cestillo de alambre oxidado colgando, el asiento de escai cuarteado –enseñando la espuma amarilla del interior– y el tapón del depósito a medio enroscar. El número de motos y motillos es aplastantemente superior al de los coches, así que cada semáforo en rojo, especialmente al caer de la tarde, parece un enjambre de abejas sindicalistas a punto de explotar de rabia.

Hablar de motos en Taiwán significa tocar muchos palos: hábitos de conducción, seguridad, complementos –cascos, manoplas, mascarillas, chubasqueros, todo un mundo alucinante de moda y antimoda, de diseño de vanguardia y de paletismo desatado–. No quisiera escribirlo todo junto, porque aburriría al lector –y yo me cansaría, y no es plan propio de un domingo por la mañana–. Quizás más adelante, con fotos encima de la mesa, pueda explicarles con detalle.

El mensaje del post de hoy es mas sencillo: en Taiwán hay muchos motoristas, y entre ellos, sobre una flamante Yamaha Jog de 50 c.c., pequeña y vieja como el poni aquel del zoo de Madrid al que me encantaba subir, voy yo. Y como prueba de la abundancia de motillos, algunas fotos del aparcamiento de mi universidad:

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A ver si me acuerdo de grabar un video del tráfico nocturno.

Presumiendo de alumnos

jueves, febrero 19th, 2009

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Hace unos meses me fui con algunos alumnos a cenar a un restaurante macedonio que acababa de abrir en Taichung. Éramos los siguientes: Ester, Diego, Ofelia, Natalia, Cecilia, Gabriela, Claudia, Rosa, Cristina, Silvia y Héctor, que es el fotógrafo y por eso nunca sale. Y yo, claro. Aquí está el enlace, el blog de Héctor –perdóneme la bizquera (voluntaria) y las greñas–:

http://gn01234321.pixnet.net/blog/post/22074363

El cocinero, que se llama Alexander –”Alexander the Great”, le dije yo para hacer la gracia, y él me la devolvió: “No, Alexander the cook”– está casado con una taiwanesa y abrió el restaurante con su padre, que es el señor de bigote y además fan del Real Madrid. Se come bien, y los dos fueron encantadores durante toda la cena. Además, nos invitaron al postre, que estaba muy bueno. La velada giró alrededor de los siguientes temas:

1. Novios y novias.

2. Tacos taiwaneses (en una de las fotos aparecen todos gesticulando para que no vuelva a repetir en voz alta el palabro que me acaban de enseñar).

3. Dificultad de la gramática española (en eso estuvieron todos de acuerdo, lo pobres).

4. Conveniencia de que me compre una moto y, de hacerlo, de comprar una “de verdad” o una scooter (ganó la moto de verdad porque es más de hombre).

5. Galicia, en particular, la belleza de los habitantes (¿son guapos los gallegos y las gallegas? ¿Qué piensan de Taiwán?, etc.

Me lo pasé muy bien. Estoy haciendo muy buenas migas con mis alumnos. Son muy amables conmigo, y me encanta ver cómo se esfuerzan por hablar español y cómo pierden su miedo y mejoran. Ya sé que lo digo mucho en este blog, pero… Es una maravilla trabajar de profe, aunque a veces pese la lejanía.

 

 

Un dedo de madera

jueves, diciembre 25th, 2008

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Desde hace un par de días tengo un undécimo dedo de madera, con su huella digital correspondiente. Ahí lo tienen, a su izquierda, manchado de tinta roja después de dejar su rastro en un documento.

¿Cómo es que he regresado a los tiempos del lacre y los sellos reales? Pues porque en el Banco Postal de Taiwán, donde tengo –por narices– la cuenta en la que la Universidad ingresa mi salario, no acepta la firma normal como método de reconocimiento. Así que Hugo, un alumno de máster y buen amigo, encargó para mí este nuevo dedo con el que estampar mi aprobación a las idas y venidas de mi dinero.

Supongo que, en el fondo, es igual de segura que una firma hecha a mano. ¿Qué posibilidades hay de reproducir, con todos sus pequeños defectos, sus grietas y poros, un pequeño sello de madera? Imagino que pocas. Y lo espero también: tengo poco dinero, pero no me gustaría nada que alguien con un dedo de madera gemelo del mío se lo llevara todo para pasar un fin de semana loco en Honk Kong.

¿Habrá peritos expertos en reconocer sellos falsos?

Novelas para leer en el tren

viernes, diciembre 12th, 2008

Me he llevado una buena sorpresa hoy al comprobar, leyendo un libro sobre los últimos años de la vida de Marcel Proust –el escritor que más me ha gustado de todos los que he leído jamás–, que ya en su época se distinguía entre la literatura buena y la de digestión rápida para leer en el transporte público –que aporta poco, o nada en ocasiones–, algo de lo que hablaba en la entrada anterior.

Cuenta la anécdota Celeste Albaret,  asistenta de Proust durante más de una década, a raíz de el último encuentro entre éste y el escritor Marcel Prevost, quien, con anterioridad a lo narrado, había escrito un artículo muy malintencionado sobre el autor de En busca del tiempo perdido. Transcribo textualmente:

 

“Cuando volvió, tarde por la noche, a pesar de su agotamiento parecía divertido y de buen humor. Me contó:

–Ah, mi querida Céleste, a quien sabe esperar todo le llega. Esta noche me he divertido. Todo el mundo estaba en la fiesta… Quizá demasiada gente, un poco mezclada. Y mire lo que son las cosas: allí se encontraba el novelista Marcel Prévost, del que le he hablado a menudo. Daba vueltas a mi alrededor. Yo estaba con gente que me hablaba de mis libros y me felicitaba. Él se ha acercado y me ha dicho: “Buenos días, monsieur Proust”. He fingido no verle ni oírle. Ha regresado un poco después: “Mi querido colega…”. Aunque esta vez tampoco me he dado por aludido, ha seguido sin entender. Se ha puesto una tercera vez detrás de mí y me ha dicho: “Querido monsieur Proust, imagínese que, el otro día, nos confundieron”. Entonces, he dado media vuelta y he contestado, con una voz fuerte, para estar seguro de que todo el mundo lo oyera: “¡Sólo coincidimos en las iniciales!”. Después de esto, le aseguro, Céleste, que no le quedarán ganas de venir a saludarme, que es exactamente lo que to quería.

Y añadió riendo:

–Yo no escribo novelas para leer en el tren.”

Desde luego que no las escribió. Toda su obra está en las antípodas de ser esa literatura gruesa y simplona que trata al lector como a un tonto y que es la que más se vende ahora. Al leer a Proust uno casi abandona el cuerpo y entra en un mundo completo en sí mismo, independiente del autor y del lector, que sigue palpitando cuando se cierra el libro. Cuando uno termina, con provecho, la lectura de En busca del tiempo perdido, se conoce mejor a sí mismo –porque parece, lo juro, que Proust te mira dentro y te pone delante lo que encuentra– y tiene una visión más amplia y profunda del espíritu humano. Lo mismito que las novelas de Dan Brown, que no son más que crema pastelera barata para rellenar el tedioso vacío de los aeropuertos o de los viajes mañaneros en el cercanías.

Hay, por supuesto, todo un universo, casi infinito –toda la literatura–, entre Proust y Brown, que es lo mismo que decir entre lo mejor y lo peor. Gracias a dios, hay muchos libros maravillosos que, si no llegan al nivel de Proust y los pocos que están a su altura, aportan también su buena ración de sabiduría. De éstos, la mayoría son mejores para leer en un sofá, tranquilito –eso es leer– que en el metro o en el bus, a trompicones –eso es ausentarse del mundo–. Se pueden practicar las dos cosas, pero conviene, para no llevarse disgustos, saber qué libros pertenecen al silencio y cuáles al traqueteo mundano.

Y, sobre todo, conviene dedicarle más tiempo a la primera forma de lectura que a la segunda. O eso pienso yo.

La subasta

domingo, diciembre 7th, 2008

Hay una actividad que aprendí en International House y que me gusta mucho. Se llama “la subasta”, y suelo utilizarla antes de los exámenes, para repasar gramática de forma lúdica.

Consiste en lo siguiente: divido la clase en grupos de 5 ó 6 alumnos (es que aquí las clases son muy numerosas…) les doy a cada uno, por ejemplo, 5.000 españolines, la moneda de curso legal en mi clase de español. Escribo entonces diez o doce frases incorrectas, intentando abarcar con ellas todos los temas que he explicado en clase. Los alumnos discuten las frases e intentan encontrar los errores. Después empieza la subasta, y cada grupo puja por aquellas frases que cree poder corregir sin problemas. Como es lógico, yo ofrezco un precio de partida y ellos van sobrepujándolo. Por supuesto, quien compra una frase y no la soluciona recibe una penalización.

Pues lo que son las diferencias culturales: el otro día, antes del examen parcial de gramática de segundo curso, preparé una subastita con un poco de todo: ser y estar, tiempos pasados, pronombres personales de complemento directo e indirecto… Explico a los alumnos lo que es una subasta, les reparto las frases y les dejo pensar.

Comienza el juego. Pido 300 españolines como precio de partida por la primera frase. Y en vez de ofrecerme más… ¿no van los muy… taiwaneses y me empiezan a gritar que es muy caro y que me he subido a la parra? ¡Regateando con la gramática y todo!

Quien haya estado en Taiwán –en China es igual, en este caso– sabe que el regateo forma parte de su día a día. A mí es algo que me encanta: me parece justo, y humaniza muchísimo el comercio. Además, es más divertido, y nadie sale realmente perdiendo, porque todo tiene sus límites y suele ser llevado con la máxima cortesía y buen humor. Además, favorece las relaciones, porque permite a los comerciantes mostrar su aprecio a los buenos clientes –o la gente con gracia para convencer–. Yo jamás he tenido problemas con ningún vendedor, y he pasado muy buenos momentos –¿te acuerdas, Crispi, con los bolsos y las maletas en el mercado de la seda?–.

La verdad, me hizo encantó ver que, incluso en un contexto ficticio como es el de la clase, los alumnos echaron mano de su conocimiento inmediato del mundo e intentaron regatear. Por supuesto, nos reímos todos un montón y eso facilitó el desarrollo de la actividad, aunque cuando terminó las subasta uno de los grupos no había pujado por nada… ¿entenderían de qué iba aquello?

Tecnomamones

martes, diciembre 2nd, 2008

Leo un libro espantoso llamado Escribir para niños. La autora es Silvia Adela Kohan, y lo publica la editorial Alba. Es lo peor que he leído sobre el tema: tópico, sobado y, lo que es peor, muy cursi.

Sin embargo, cita una curiosa anécdota sobre Einstein. Parece ser que una madre preocupada le preguntó una vez qué tenía que hacer para que su hijo fuera en el futuro un gran hombre de ciencia, y él contesto que lo único necesario era leerle muchos cuentos.

¿Será apócrifa esta historia? Podría serlo. Sin embargo, le concedo el beneficio de la duda. No porque favorezca mi campo, la literatura, sino porque he observado que las grandes personalidades de la ciencia sienten un gran respeto por las letras y suelen ser grandes lectores.

¿Y por qué, sin embargo, existe entre grises ingenieros aprietatornillos, químicos fabricantes de cremitas y economistas de la lista de la compra una tendencia notable a despreciar las letras? Recuerdo aquel antipático profesor de física que tuve, y que nos repetía hasta la sociedad aquella cantilena de “el que vale, vale, y el que no, a letras”. Sólo consiguió confirmarme en mi vocación y que huyera de su ejemplo.

¿Por qué estos calculines de medio pelo suelen decir con regodeo, cosas como: “es que yo puedo estudiar lo tuyo sin preparación, pero tú lo mío no…”. Claaaro, léase usted a Joyce o a Sófocles sin haber leído nada antes. Y luego me hace un croquis. Para estos individuos la literatura son las estanterías de ofertas del VIPS (donde yo he comprado libros, que no todo es malo en ellas). Ah, y el insoportable Señor de los Anillos, no nos olvidemos de él, libro de cabecera –y único– de un montón de informáticos de vuelo raso.

Ya es hora de reivindicar la nobleza de las letras en este mundo de mercaderes, y decir sin ninguna vergüenza: “señores, lo que hacen ustedes en el metro no es leer, porque nada que valga la pena puede ser leído en el metro sin menoscabo de su comprensión y disfrute. Así que hay dos opciones: o están leyendo basura o se están perdiendo la mitad de lo que leen.” Tal manera de leer, no nos engañemos, es un modo de no pensar, de evadirse, no de profundizar en el espíritu humano, que es de lo que va esto de la literatura en última instancia.

Para leer de verdad, literatura de la buena y disfrutarla, hace falta preparación, y no solamente eso, sino también inteligencia, sensibilidad y cierta fineza de espíritu. Leer –digo de verdad, no leer en el McDonalds– forma el carácter, amplia la mente, fomenta la reflexión y trae hasta nosotros lo mejor de los mejores hombres y mujeres de los siglos pasados. Ya está bien de que los científicos de medio pelo sigan difundiendo por ahí que lo suyo es lo meritorio y lo nuestro bobadas de vagos incapaces de concretar un pensamiento.

Los verdaderos científicos de todas las edades han poseído un espíritu humanista, formado y creativo y por eso han respetado las grandes letras. Están, gracias a dios, en las antípodas de los tecnomamones que consideran que sólo la ciencia y la tecnología aportan algo a este mundo.

Se ve que sus madres les leyeron pocos cuentos cuando eran niños.

Saludo a los seres queridos

domingo, noviembre 30th, 2008

Han sido -están siendo- unos meses duros; negarlo no hará que dejen de estar ahí. Sin embargo, hoy me siento mejor. Como si un tapón hubiera saltado lejos.

He leído mucho, estos dos meses largos que llevo aquí. Y más que nada he hecho algunas relecturas importantes. Entre ellas, las poesías de Emily Dickinson, en la edición antológica y bilingüe de la editorial Hiperión, llamadra Crónica de plata. Ya es la tercera vez que me la leo, y esta autora de Massachusetts no deja nunca de sorprenderme. Hay algo entre inocente y misterioso en su obra, algo que me recuerda al Blake de Canciones de inocencia y experiencia.

Cada noche, antes de leer otros poemas, he releido el primero que recoge la antología de Hiperión, porque expresa perfectamente el amor en la distancia –o así, al menos, lo he interpretado yo, qiuizás a causa de mi situación personal–. Dice el poema:

There is another sky,

Ever serene and fair,

And there is another sunshine,

Though it be darkness there;

Never mind faded forest, Austin,

Never mind sient fields.

Here is a little forest,

Whose leaf is ever green;

Here is a brighter garden,

Where not a frost has been;

In its unfading flowers

I hear the brigh bee hum;

Pritbee, my brother,

Into my garden come!

 

Y traduce Manuel Villar Raso:

 

Hay otro firmamento

Siempre sereno y hermoso,

Y hay otra luz del sol,

Aunque allí esté oscuro;

No te importen los bosques marchitos, Austin,

No te importen los campos silenciosos –

Aquí hay un bosquecillo,

Cuya hoja siempre está verde;

Aquí hay un jardín más brillante,

Que no conoce el hielo;

En sus inmarcesibles flores

Oigo el zumbido de la brillante abeja.

¡Te lo ruego, hermano,

Entra en mi jardín!

 

¿No es eso lo que todos necesitamos que alguien nos diga a veces, cuando nos sentimos a la intemperie, cuando la vida nos azota con sus vientos o nos cubre con su sombra? “Te lo ruego, hermano, entra en mi jardín”. Es cierto que en amor, en el regazo de los seres queridos, está la parte de Paraíso que a todos nos corresponde en esta vida. Y es cierto que allí no hay oscuridad o hielo que nos alcancen. ¿No lo dice Mark Twain a través del epitafio que Adán le escribe a Eva en su divertidísimo libro Diario de Adán y Eva -valga la redundancia-? “Allí donde ella estaba, estaba el paraíso.”

 

Va dedicado a la familia y a los amigos. Ya sabéis que allí donde me encuentre, aunque sea en una isla del Pacífico, tenéis un lugar donde reparar las fuerzas, sea cuando sea.

El efecto tropical

viernes, noviembre 21st, 2008

 

Está costando, esto de adaptarse a Taiwán. Pero si me paro a pensar los motivos de tal dificultad no consigo definirlos con exactidud –algunos sí, ciertamente, pero no son cosa para contarla en este blog-.

 

Sin embargo, acabo de comprender de un fogonazo uno de ellos. Les cuento. Una de las razones de mi aturdimiento a lo largo de estos últimos dos meses ha sido la sensación de que llevo aquí mucho menos tiempo del que en realidad llevo. De repente me sorprendo pensado cosas como la siguiente: “aún no tengo apenas amigos nuevos. Bueno, en realidad acabo de llegar, así que es normal… ¡Dios mío, pero si llevo aquí desde primeros de septiembre!”

 

Quizá las razones de este desfase entre el tiempo real y el psicológico se deban a muchas causas (qué puedo contarles que no dijera mi admiradísimo Marcel Proust, sobre el que estoy leyendo estos días un libro muy interesante del que hablaré pronto en el blog), pero una de ellas, de raíz más física que otra cosa, es, con seguridad, la siguiente: el clima apenas ha cambiado desde que llegué. Quitando los dos tifones, hechos aislados, el calor del ha comenzado a aflojar hace apenas unos días. ¡Hasta el diez de noviembre en camiseta!

 

En mi opinión, que el tiempo se parezca tanto al del verano me ha mantenido psicológicamente atado a esa estación. Es ahora que necesito, de golpe y porrazo, usar un jersey -ligero- cuando asumo físicamente el tiempo que ha pasado y puedo, por fin, ver algunos hechos en perspectiva. Y la verdad, siento la mente más clara y más ágil. Me sentia muy espeso después cinco meses de verano -yo, que siempre he vivido en ciudades con las estaciones muy marcadas-.

 

Más vale tarde que nunca, así que hoy saludo al otoño con una alegría que no sentía desde hacía muchas semanas. Espero que su viento arrastre los pensamientos viejos como si fueran hojas y que su luz, más suave, me permita ver las cosas con otros ojos. ¡Todo cambio trae algo bueno si se sabe esperar y mirar sus efectos! Como dice Marco Aurelio, que siempre me ayuda en los malos momentos, en sus Meditaciones:

 

Conmigo casa todo lo que casa contigo, mundo. Nada me es prematuro ni tardío que sea para ti en sazón. Fruto es para mí todo lo que producen las estaciones, naturaleza. De ti todo, en ti todo, a ti todo.

 

Estupendo, ¿verdad? Si es que lo que no hayan dicho los clásicos… Nada mejor que leerlos cuando uno no se entiende a sí mismo. Si se lee buscando, muy bien, y si se lee por distracción… También: a veces en la evasión se encuentra uno con pistas inesperadas. Esto me recuerda al mayordomo de La piedra lunar, de Wilkie Collins (léanselo ya, por favor) quien, tuviera el problema que tuviera, encontraba la solución en las páginas de Moby Dick, que abría siempre al azar. Como hacen algunos cristianos con la Biblia, vamos.

 

Lo dicho. Disfruten de las estaciones, ustedes que las tienen. Yo pienso aprovechar cada segundo de este  otoño tardío y tardón. Con los nuevos amigos que encuentre, y también con los viejos, como Marco Aurelio y Marcel Proust.

Regreso al futuro

jueves, octubre 23rd, 2008

Llevo bastante tiempo sin escribir, para lo prolífico que suelo ser. Y no es que haya perdido el interés, ni que esté demasiado ocupado como para encargarme de este blog de vez en cuando. La verdadera explicación es que desde que llegué a Taiwán les escribo desde el pasado. Más exactamente desde el año 97 –ni siquiera 1997, no se crean, no hay mil novecientos que valgan–.

¿Por qué?, se preguntarán algunos. Porque el origen del actual calendario taiwanés no comienza el día del –supuesto– nacimiento de Cristo, sino el del nacimiento de la República China, acecido en nuestro 1911, cuando, tras la revolución de Xinhai, el Kuomingtang o partido nacionalista chino derrocó al último emperador de la dinastía manchú Qing –¿recuerdan aquella película de Bertolucci?–.

Ya ven. Después de un mes viendo ir y venir documentos del  97, y diciendo para mis adentros que vaya con el año 1997, que debió de ser un año importantísimo en mi universidad, porque se firmaron muchas cosas, caigo en la cuenta de que el año 97 es este en curso, y vengo y se lo cuento porque me ha hecho gracia.

Así que no se piensen que no escribo: es que mis mensajes tardan en llegar. No en vano tienen que recorrer, al pasito de las cortas patas de las letras de molde, 1911 años, que no son pocos.

Si es que es lo que tiene el nacionalismo, que funda y freunda, y venga y toma y dale con las fechas míticas, patrioticas y demás, y luego no nos entendemos.

A 1 de Brumario, día de la manzana, según el calendario revolucionario iniciado el 22 de septiembre de 1792.

Las dos notitas

lunes, septiembre 29th, 2008

A veces es difícil explicar en un blog, a gente que nunca ha estado en Asia, la relación que se entabla entre profesores y alumnos aquí. Si por un lado los chavales son tímidos, cohibidos, poco participativos, por otro son capaces de ser, a su manera, muy cariñosos.

Estos últimos días he vivido los dos extremos. El lunes, mientras daba clase de gramática a los chicos de segundo, una de las alumnas de la primera fila me pasó una notita con mi nombre. La abrí, y decía lo siguiente: “¿Podría repetir imperativo y indicativo a nosotros?” Ningún problema en hacerlo, por mi parte, excepto por una razón: ni en aquella clase, ni en las dos anteriores, había explicado el uso del imperativo y el indicativo.

Temiendo que el alumno o alumna que escribió la nota se refiriera a otra cosa, pregunté quién era el autor. Pues por mucho que les aseguré que nadie debía sentirse avergonzado por preguntar, que mi trabajo es ayudarles aunque pregunten mil veces, que es imposible aprender sin dudar y sin preguntar, no hubo manera de que me lo dijeran. No tuve más remedio, claro, que seguir con a clase.

Pero si hasta ese extremo pueden llegar a ser tímidos, pueden ser tan majetes que cuesta creerlo. Acabo de abrir mi correo electrónico y me he encontrado con un email de una alumna de la misma clase. Es una muy chiquitita de las que se sienta al final, de las que nunca habla en clase, aunque  hace muy bien los ejercicios. Dice el email:

“Profesor Miguel. Me alegro de ser tu estudiante. Espero que pasemos un maravilloso tiempo. Feliz día del profesor.”

Así, sin venir a cuento. Un regalo inesperado, como son siempre los mejores. Uno llega a un nuevo país, a una nueva ciudad, a un nuevo trabajo, y se encuentra con una clase llena de alumnos que no conoce. Tiene dudas, como no puede ser de otra manera: ¿lo estoy haciendo bien? ¿Entienden lo que les digo? Y de repente, le llega este email, un lunes de tifón, anocheciendo.

Las dudas, claro está, no me las quita, pero me da una moral que no he tenido en semanas.

Con gente así, merece la pena hacer este trabajo.