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La subasta

domingo, diciembre 7th, 2008

Hay una actividad que aprendí en International House y que me gusta mucho. Se llama “la subasta”, y suelo utilizarla antes de los exámenes, para repasar gramática de forma lúdica.

Consiste en lo siguiente: divido la clase en grupos de 5 ó 6 alumnos (es que aquí las clases son muy numerosas…) les doy a cada uno, por ejemplo, 5.000 españolines, la moneda de curso legal en mi clase de español. Escribo entonces diez o doce frases incorrectas, intentando abarcar con ellas todos los temas que he explicado en clase. Los alumnos discuten las frases e intentan encontrar los errores. Después empieza la subasta, y cada grupo puja por aquellas frases que cree poder corregir sin problemas. Como es lógico, yo ofrezco un precio de partida y ellos van sobrepujándolo. Por supuesto, quien compra una frase y no la soluciona recibe una penalización.

Pues lo que son las diferencias culturales: el otro día, antes del examen parcial de gramática de segundo curso, preparé una subastita con un poco de todo: ser y estar, tiempos pasados, pronombres personales de complemento directo e indirecto… Explico a los alumnos lo que es una subasta, les reparto las frases y les dejo pensar.

Comienza el juego. Pido 300 españolines como precio de partida por la primera frase. Y en vez de ofrecerme más… ¿no van los muy… taiwaneses y me empiezan a gritar que es muy caro y que me he subido a la parra? ¡Regateando con la gramática y todo!

Quien haya estado en Taiwán –en China es igual, en este caso– sabe que el regateo forma parte de su día a día. A mí es algo que me encanta: me parece justo, y humaniza muchísimo el comercio. Además, es más divertido, y nadie sale realmente perdiendo, porque todo tiene sus límites y suele ser llevado con la máxima cortesía y buen humor. Además, favorece las relaciones, porque permite a los comerciantes mostrar su aprecio a los buenos clientes –o la gente con gracia para convencer–. Yo jamás he tenido problemas con ningún vendedor, y he pasado muy buenos momentos –¿te acuerdas, Crispi, con los bolsos y las maletas en el mercado de la seda?–.

La verdad, me hizo encantó ver que, incluso en un contexto ficticio como es el de la clase, los alumnos echaron mano de su conocimiento inmediato del mundo e intentaron regatear. Por supuesto, nos reímos todos un montón y eso facilitó el desarrollo de la actividad, aunque cuando terminó las subasta uno de los grupos no había pujado por nada… ¿entenderían de qué iba aquello?

Tecnomamones

martes, diciembre 2nd, 2008

Leo un libro espantoso llamado Escribir para niños. La autora es Silvia Adela Kohan, y lo publica la editorial Alba. Es lo peor que he leído sobre el tema: tópico, sobado y, lo que es peor, muy cursi.

Sin embargo, cita una curiosa anécdota sobre Einstein. Parece ser que una madre preocupada le preguntó una vez qué tenía que hacer para que su hijo fuera en el futuro un gran hombre de ciencia, y él contesto que lo único necesario era leerle muchos cuentos.

¿Será apócrifa esta historia? Podría serlo. Sin embargo, le concedo el beneficio de la duda. No porque favorezca mi campo, la literatura, sino porque he observado que las grandes personalidades de la ciencia sienten un gran respeto por las letras y suelen ser grandes lectores.

¿Y por qué, sin embargo, existe entre grises ingenieros aprietatornillos, químicos fabricantes de cremitas y economistas de la lista de la compra una tendencia notable a despreciar las letras? Recuerdo aquel antipático profesor de física que tuve, y que nos repetía hasta la sociedad aquella cantilena de “el que vale, vale, y el que no, a letras”. Sólo consiguió confirmarme en mi vocación y que huyera de su ejemplo.

¿Por qué estos calculines de medio pelo suelen decir con regodeo, cosas como: “es que yo puedo estudiar lo tuyo sin preparación, pero tú lo mío no…”. Claaaro, léase usted a Joyce o a Sófocles sin haber leído nada antes. Y luego me hace un croquis. Para estos individuos la literatura son las estanterías de ofertas del VIPS (donde yo he comprado libros, que no todo es malo en ellas). Ah, y el insoportable Señor de los Anillos, no nos olvidemos de él, libro de cabecera –y único– de un montón de informáticos de vuelo raso.

Ya es hora de reivindicar la nobleza de las letras en este mundo de mercaderes, y decir sin ninguna vergüenza: “señores, lo que hacen ustedes en el metro no es leer, porque nada que valga la pena puede ser leído en el metro sin menoscabo de su comprensión y disfrute. Así que hay dos opciones: o están leyendo basura o se están perdiendo la mitad de lo que leen.” Tal manera de leer, no nos engañemos, es un modo de no pensar, de evadirse, no de profundizar en el espíritu humano, que es de lo que va esto de la literatura en última instancia.

Para leer de verdad, literatura de la buena y disfrutarla, hace falta preparación, y no solamente eso, sino también inteligencia, sensibilidad y cierta fineza de espíritu. Leer –digo de verdad, no leer en el McDonalds– forma el carácter, amplia la mente, fomenta la reflexión y trae hasta nosotros lo mejor de los mejores hombres y mujeres de los siglos pasados. Ya está bien de que los científicos de medio pelo sigan difundiendo por ahí que lo suyo es lo meritorio y lo nuestro bobadas de vagos incapaces de concretar un pensamiento.

Los verdaderos científicos de todas las edades han poseído un espíritu humanista, formado y creativo y por eso han respetado las grandes letras. Están, gracias a dios, en las antípodas de los tecnomamones que consideran que sólo la ciencia y la tecnología aportan algo a este mundo.

Se ve que sus madres les leyeron pocos cuentos cuando eran niños.

El efecto tropical

viernes, noviembre 21st, 2008

 

Está costando, esto de adaptarse a Taiwán. Pero si me paro a pensar los motivos de tal dificultad no consigo definirlos con exactidud –algunos sí, ciertamente, pero no son cosa para contarla en este blog-.

 

Sin embargo, acabo de comprender de un fogonazo uno de ellos. Les cuento. Una de las razones de mi aturdimiento a lo largo de estos últimos dos meses ha sido la sensación de que llevo aquí mucho menos tiempo del que en realidad llevo. De repente me sorprendo pensado cosas como la siguiente: “aún no tengo apenas amigos nuevos. Bueno, en realidad acabo de llegar, así que es normal… ¡Dios mío, pero si llevo aquí desde primeros de septiembre!”

 

Quizá las razones de este desfase entre el tiempo real y el psicológico se deban a muchas causas (qué puedo contarles que no dijera mi admiradísimo Marcel Proust, sobre el que estoy leyendo estos días un libro muy interesante del que hablaré pronto en el blog), pero una de ellas, de raíz más física que otra cosa, es, con seguridad, la siguiente: el clima apenas ha cambiado desde que llegué. Quitando los dos tifones, hechos aislados, el calor del ha comenzado a aflojar hace apenas unos días. ¡Hasta el diez de noviembre en camiseta!

 

En mi opinión, que el tiempo se parezca tanto al del verano me ha mantenido psicológicamente atado a esa estación. Es ahora que necesito, de golpe y porrazo, usar un jersey -ligero- cuando asumo físicamente el tiempo que ha pasado y puedo, por fin, ver algunos hechos en perspectiva. Y la verdad, siento la mente más clara y más ágil. Me sentia muy espeso después cinco meses de verano -yo, que siempre he vivido en ciudades con las estaciones muy marcadas-.

 

Más vale tarde que nunca, así que hoy saludo al otoño con una alegría que no sentía desde hacía muchas semanas. Espero que su viento arrastre los pensamientos viejos como si fueran hojas y que su luz, más suave, me permita ver las cosas con otros ojos. ¡Todo cambio trae algo bueno si se sabe esperar y mirar sus efectos! Como dice Marco Aurelio, que siempre me ayuda en los malos momentos, en sus Meditaciones:

 

Conmigo casa todo lo que casa contigo, mundo. Nada me es prematuro ni tardío que sea para ti en sazón. Fruto es para mí todo lo que producen las estaciones, naturaleza. De ti todo, en ti todo, a ti todo.

 

Estupendo, ¿verdad? Si es que lo que no hayan dicho los clásicos… Nada mejor que leerlos cuando uno no se entiende a sí mismo. Si se lee buscando, muy bien, y si se lee por distracción… También: a veces en la evasión se encuentra uno con pistas inesperadas. Esto me recuerda al mayordomo de La piedra lunar, de Wilkie Collins (léanselo ya, por favor) quien, tuviera el problema que tuviera, encontraba la solución en las páginas de Moby Dick, que abría siempre al azar. Como hacen algunos cristianos con la Biblia, vamos.

 

Lo dicho. Disfruten de las estaciones, ustedes que las tienen. Yo pienso aprovechar cada segundo de este  otoño tardío y tardón. Con los nuevos amigos que encuentre, y también con los viejos, como Marco Aurelio y Marcel Proust.