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La otra cara de la moneda

viernes, junio 6th, 2008

Gel Martínez nos evía este correo desde Holanda:

“La emigración o ser emigrante no es sólo la definición que nos presenta la RAE. Detrás de cada emigrante hay una historia y un mundo. Ir a pasar unos años a otro país y conocer otras culturas es algo muy enriquecedor, pero si sabes que pronto vas a volver a tu tierra, yo personalmente no lo considero como emigración.

Yo soy hija de emigrantes, pero emigrantes de los que en los años 50, 60 y 70 tuvieron que salir de su tierra, no por el afán de aventura o la necesidad de conocer otras culturas, sino por la ilusión de una vida mejor dada la situación económica y política del país.

En mi caso no tuve ni voz ni voto. Era menor, y de repente me vi en un país extraño en el que adaptarme me costó los mejores años de mi vida. ¡Qué quieres! Soy gallega de pies a cabeza, lo cual conlleva que la morriña forma parte intrínsica de mi ser.

¿Que por qué aún sigo aquí? Yo que se. El libro de la vida no lo escribimos nosotros mismos, aunque nos parezca lo contrario. Mi ilusión fue siempre regresar a mi tierra… pero me adapté, conocí a mi marido (gallego) y al tener una familia propia te planteas las mismas preguntas que antaño hicieron emigrar a nuestros padres y antepones un cierto nivel de bienestar que has conseguido ante la morriña…Pero ésta no te abandona. Es lo que muchos de vosotros comentáis: el olor a lluvia, los bosques, los prados, la gastronomía… nada huele ni sabe como en Galicia. Yo siempre digo que cuando estoy en mi tierra siento las raíces debajo de mis pies, piso en firme, estoy en lo mío. Es una sensación que nunca sentí aquí, a pesar de estar ya adaptada en este país.

Mis padres como “buenos” gallegos también vivieron dominados por la ilusión de volver a su tierra. Y al fin lo consiguieron. Y aquí viene la otra cara de la moneda… Vuelves a tu tierra, cumples el sueño de tu vida, pero eres mayor, te encuentras solo y no puedes evitar el comparar lo que dejas con lo que encuentras a cambio…. y tristemente lo que encuentras, sobre todo a nivel de asuntos sociales, administraciones y burocracia, te deja a veces desolado.

En cierto sentido yo me siento inmensamente rica al conocer dos culturas. No es bueno vivir arraigado en tu propio mundo. Es verdad lo que lees en Sanzijing. Todos somos iguales con diferentes costumbres. En todas partes hay la misma clase de gente y nadie es ni mejor ni peor. Conocer otras costumbres te abre los horizontes.

Al vivir aquí me doy cuenta de que pocas personas conocen mi país. Y cuando estoy en Galicia me pasa lo mismo, me hacen preguntas sobre Holanda como si fuera el fin de la tierra.

Lo que está claro, es que no se puede tener todo, pero escoger tampoco es fácil.

Desde que mis padres retornaron, pensar en la emigración me deja un cierto sabor amargo. Y como las historias suelen repetirse, no puedo dejar de preguntarme qué camino escogeremos nosotros cuando dentro de algunos años nos encontremos ante el mismo dilema: quedar o retornar……..dejar familia a cambio de mitigar morriña, o por el contrario no dejar atras la familia y reconciliarse con la idea de morir con este ansia por la terriña.

En fin, una cosa la tengo muy clara. Hoy, si pudierar escoger, sería por algún tiempo una gallega por el mundo, pero no una emigrante.

Desde Holanda un cordial saludo pars todos los gallegos y gallegas por el mundo”.

Los últimos de América

lunes, mayo 26th, 2008

Formo parte quizás de los últimos emigrados a las américas, allá por los años sesenta (en mi caso 1963) nos fuimos para los distintos países americanos los ” reclamados ” desde el otro lado, casi siempre por los padres,  que desde hacía años  vivían lejos de Galicia.

En el mismo barco que mi madre y yo hicimos el viaje, viajaban gran cantidad de mujeres con hijos y tambien de hijos solos que se reencontrarían en los distintos puertos con sus padres, muchas veces desconocidos por haberlos dejado en la aldea con los abuelos cuando eran solo niños de muy pocos años.

Recuerdo que una mujer en Vigo, ya en el barco se acercó a mi madre y le pidió por favor que cuidara de sus dos nietas que viajaban a Montevideo para ir con los padres que desde hacía años estaban trabajando allí. Mi madre se tomó muy en serio la custodia y no dejaba de preocuparse por ellas en todo momento, cuidaba de que comieran bien, de que no se perdieran en el barco, de que se mejoraran del mareo, y yo como hijo único me sentía un poco celoso de esas dos intrusas que me robaban el cariño de mi madre.

Cada llegada a puerto era todo un acontecimiento, unos bajaban, otros embarcaban, otros salían a conocer la ciudad durante las pocas horas en que el capitan lo permitía, pero los mas nos quedábamos a bordo simplemente por miedo a perdernos en una ciudad que seguramente no entendería nuestra mentalidad de aldeanos.

La llegada a Montevideo fué el final del viaje para nosotros, y en el mismo puerto mi madre hizo entrega de las dos niñas a sus padres que le agradecieron cien veces su interés por ellas.

Pasaron muchos años y allá por los años setenta estando un día en la playa Ramirez, mi madre se acercó a mí y me señaló a dos mujeres que junto a otros familiares estaban tomando el sol unos metros mas allá, ” esas son las dos niñas del barco ” me dijo y sin dudarlo más se fué hacia ellas y les preguntó si la recordaban, yo desde la distandia vi como se abrazaron las tres, y me sumé enseguida a la celebración, el llanto de las tres mujeres acabó por ser uno mas en el afortunado reencuentro playero.

Yo regresé a España en los ochenta y nunca más supe de ellas, pero seguramente habrán hecho lo que la gran mayoría de emigrantes, tener una familia y tirar para adelante en el país que les abrió los brazos y les trató como a uno mas de los suyos.

Desde aquí quiero dar un  saludo y un fuerte abrazo a todos aquellos que como yo y esas dos niñas fuimos ” los últimos de América ”

Roberto Gonzalez.