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Novelas para leer en el tren

viernes, diciembre 12th, 2008

Me he llevado una buena sorpresa hoy al comprobar, leyendo un libro sobre los últimos años de la vida de Marcel Proust –el escritor que más me ha gustado de todos los que he leído jamás–, que ya en su época se distinguía entre la literatura buena y la de digestión rápida para leer en el transporte público –que aporta poco, o nada en ocasiones–, algo de lo que hablaba en la entrada anterior.

Cuenta la anécdota Celeste Albaret,  asistenta de Proust durante más de una década, a raíz de el último encuentro entre éste y el escritor Marcel Prevost, quien, con anterioridad a lo narrado, había escrito un artículo muy malintencionado sobre el autor de En busca del tiempo perdido. Transcribo textualmente:

 

“Cuando volvió, tarde por la noche, a pesar de su agotamiento parecía divertido y de buen humor. Me contó:

–Ah, mi querida Céleste, a quien sabe esperar todo le llega. Esta noche me he divertido. Todo el mundo estaba en la fiesta… Quizá demasiada gente, un poco mezclada. Y mire lo que son las cosas: allí se encontraba el novelista Marcel Prévost, del que le he hablado a menudo. Daba vueltas a mi alrededor. Yo estaba con gente que me hablaba de mis libros y me felicitaba. Él se ha acercado y me ha dicho: “Buenos días, monsieur Proust”. He fingido no verle ni oírle. Ha regresado un poco después: “Mi querido colega…”. Aunque esta vez tampoco me he dado por aludido, ha seguido sin entender. Se ha puesto una tercera vez detrás de mí y me ha dicho: “Querido monsieur Proust, imagínese que, el otro día, nos confundieron”. Entonces, he dado media vuelta y he contestado, con una voz fuerte, para estar seguro de que todo el mundo lo oyera: “¡Sólo coincidimos en las iniciales!”. Después de esto, le aseguro, Céleste, que no le quedarán ganas de venir a saludarme, que es exactamente lo que to quería.

Y añadió riendo:

–Yo no escribo novelas para leer en el tren.”

Desde luego que no las escribió. Toda su obra está en las antípodas de ser esa literatura gruesa y simplona que trata al lector como a un tonto y que es la que más se vende ahora. Al leer a Proust uno casi abandona el cuerpo y entra en un mundo completo en sí mismo, independiente del autor y del lector, que sigue palpitando cuando se cierra el libro. Cuando uno termina, con provecho, la lectura de En busca del tiempo perdido, se conoce mejor a sí mismo –porque parece, lo juro, que Proust te mira dentro y te pone delante lo que encuentra– y tiene una visión más amplia y profunda del espíritu humano. Lo mismito que las novelas de Dan Brown, que no son más que crema pastelera barata para rellenar el tedioso vacío de los aeropuertos o de los viajes mañaneros en el cercanías.

Hay, por supuesto, todo un universo, casi infinito –toda la literatura–, entre Proust y Brown, que es lo mismo que decir entre lo mejor y lo peor. Gracias a dios, hay muchos libros maravillosos que, si no llegan al nivel de Proust y los pocos que están a su altura, aportan también su buena ración de sabiduría. De éstos, la mayoría son mejores para leer en un sofá, tranquilito –eso es leer– que en el metro o en el bus, a trompicones –eso es ausentarse del mundo–. Se pueden practicar las dos cosas, pero conviene, para no llevarse disgustos, saber qué libros pertenecen al silencio y cuáles al traqueteo mundano.

Y, sobre todo, conviene dedicarle más tiempo a la primera forma de lectura que a la segunda. O eso pienso yo.