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La política del hijo único

viernes, mayo 16th, 2008

Una de las caractarísticas de la moderna cultura china que más ha salido a colación a raíz del terrible terremoto de hace unos días es la archifamosa política del hijo único. Muchas familias han perdido entre los escombros a sus únicos descendientes, lo que aumenta, si esto es posible, el dolor de los padres.

La política del hijo único fue puesta en marcha en 1979. Después de que Mao, durante tres décadas, animara a los chinos a tener el mayor número de hijos posible –lo que hizo que los 400 millones de habitantes de 1925 ascendiera a los casi 1.000 de principios de los 80–, el objetivo de tal ley fue conseguir que el desarrollo económico fuera más rápido que el aumento de población en un país acostumbrado a las familias muy numerosas. La ley, que excluía a las minorías étnicas –su población supone menos e un cinco por ciento del total nacional–, castigaba con fuertes multas a las familias que tenían más de un hijo.

¿Cuáles han sido las consecuencias de la ley? Pues demasiado complejas y variadas como para que una persona como yo pueda analizarlas. En su conjunto, y siempre desde el punto de vista gubernamental, la ley ha sido un rotundo éxito. El país es ahora mucho más rico de lo que lo era a finales de la década de los setenta, y es evidente que uno de los factores que ha permitido tal desarrollo ha sido el control de la natalidad.

Sin embargo, también ha provocado situaciones realmente trágicas, la primera de las cuales es el asesinato o abandono de miles de niñas en estos casi treinta años que han pasado desde que la ley se hiciera efectiva. Hace falta explicar determinados aspectos de la cultura china para entender el porqué de esta terrible realidad.

La tradición china contempla el matrimonio como la entrega de la mujer al hombre. Esto responde a la norma de las cuatro obediencias del confucianismo más estricto: el discípulo ha de obedecer al maestro, el hijo al padre, el hermano pequeño al hermano mayor y la mujer al marido. De este modo, la mujer, una vez desposada, pasa a depender directamente de la familia del marido: sus suegros se convierten en sus padres, que tienen un poder absoluto sobre ella. Incluso cuando reza, ha de hacerlo por los ancestros de su esposo, y no por los suyos. Esta forma de pensar, que implica la pérdida de la hija tras su matrimonio, unida a que en el campo se cree que un varón puede ayudar más en el duro trabajo diario, ha fomentado el abandono y muerte de tantas niñas recién nacidas. Hoy por hoy, el desequilibrio entre niños y niñas es patente: en China hay 117 niños por cada 100 niñas, y tales cifras, en un país de 1.300 millones de habitantes, suponen una diferencia abismal entre ambos sexos.

Hoy las tradiciones no son tan estrictas, en parte gracias a la política comunista –que, no lo olvidemos, terminó con costumbres tan sádicas como la de los “pies enanos”–, en parte gracias a la inevitable modernización del país. Además, la ley ha sufrido modificaciones para ajustarse a la realidad social: Actualmente los campesinos pueden tener un segundo hijo si el primero es niña, y los matrimonios compuestos de dos hijos únicos pueden tener también dos vástagos, para paliar la falta de tíos y sobrinos en un país en el que la unidad y el apoyo familiar son las bases indiscutibles de todo el sistema.

Otra de las conscuencias de la política del hijo único es la absoluta planificación de la vida familiar. Si la dedicación de padres y abuelos por el único descendiente de la familia es absoluta hasta que éste se independiza, el hijo, ya adulto, estructura toda su vida alrededor de sus padres. A veces me sorprende la madurez con la que se ven obligados a pensar mis alumnos: todos tienen miedo de que sus padres no tengan, en su ancianidad, lo suficiente para vivir con sus pensiones, vista la gran inflacción que azota la economía nacional, por lo que organizan su futuro en función de las necesidades paternas.

Por último, la ley ha provocado una gran brecha en el modelo familiar de los ricos y los pobres. Los primeros, con medios económicos suficientes para pagar las multas que el partido impone por tener más de un hijo, que oscilan entre 6.000 y 60.000 yuanes (de 600 a 6.000 euros), pasean a sus numerosos hijos por las calles de las ciudades más prósperas. Mientras, las familias medias y pobres centran toda su existencia, como ya he comentado, en la educación de su único descendiente. Últimamente el gobierno ha puesto en marcha una campaña que pretende castigar con diferentes medidas a los altos funcionarios, a los famosos y a los empresarios que hagan oídos sordos de la política del hijo único.

Por lo que dicen algunos expertos, con Cai Fang, de la Academia China de Ciencias Sociales, a la cabeza, en 2013 la población china tocará techo para empezar a descender quince años después, cuando será superada por la india.

Como los medios han repetido a lo largo de todos estos días, la población infantil ha sido la más castigada por el terremoto, que tuvo lugar en pleno horario escolar. Aún son muchos los estudiantes que permanecen debajo de los escombros, y de vez en cuando la televisión china (CCTV) ofrece emocionantes imágenes en las que alguno es rescatado con vida, aunque con el paso de los días se pierda la esperanza de que esto siga ocurriendo.

Por último, querría aprovechar para agradecer a todos los que habéis hecho comentarios a mi entrada sobre el terremoto vuestra preocupación por lo que está pasando aquí. Veo en los periódicos que las noticias vans siendo más escasas, y comprendo que es inevitable, pero me anima mucho ver que la gente sigue con emoción esta gran tragedia. Para todos, un fuerte abrazo desde China.