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Mis amigos y el licor café

lunes, mayo 26th, 2008

Hace un par de semanas me llevé a Santiago y a mi pueblo natal a dos de mis amigos ingleses. Llevábamos esperando meses esta pequeña excursión de fin de semanas y, cuando dejamos Inglaterra, la lluvia caía sin piedad. Al llegar a Coruña nos recibió una temperatura que rozaba los 20 grados y cielos despejados . Lo de que en España hace siempre sol es sólo un tópico, pero esta vez se cumplió.

La primera noche en Santiago decidimos introducir a nuestos amigos en el maravilloso mundo de la cocina gallega. En un céntrico restaurante de la zona vieja, catamos empanada, croquetas, zorza, embutidos y queso. Todo un festín, que acompañamos con un vino de Mencía. Y, para terminar, el que sería el gran rey de la noche compostelana para mis dos amigos ingleses, unos chupitos de licor café.

Tras una visita fugaz a los míos, en la que los visitantes pudieron conocer una típica familia de marineros gallegos y admirar el paisaje que se nos ofrece de las Illas Cíes desde el Alto del Facho, Santiago fue el destino una vez más para la visita obligada a la Catedral.

Hoy en día, semanas después de nuestra pequeña escapada, mis amigos aún recuerdan las playas de mi pueblo y la tranquilidad de sus calles así como el sensacional halo que emerge de la zona vieja compostelana. Sólo he recibido una queja, y esta fue por no haberte traído de vuelta una buena botella de licor café.

Pulpo con alioli

viernes, abril 4th, 2008

Una voz en off mientras en la televisión se veían imágenes de la costa gallega explicaba que el viaje culinario por España había comenzado en Andalucía y tenía como último puerto la costa de nuestra tierra. Con mi taza de té entre las manos me acurruqué en el sillón expectante ante el programa que prometía traerme los aromas del hogar hasta Oxford. Pero enseguida comenzaron mis dudas sobre cómo de real sería la Galicia que la cocinera conductora del programa me iba a mostrar: “Galicia está al noreste de España” fue la frase que me puso en alerta.

A continuación, la cocinera y su compañero de viaje, un personaje que podríamos definir como aventurero (capaz de bucear para coger navajas o de cazar una cabra salvaje en los Picos de Europa) pescaron un par de pulpos e incluso se atrevieron a acompañar a unos percebeiros. Eso si, los marineros que los ayudaron en estas dos faenas se mostraron un tanto reticentes a probar el pulpo con alioli preparado por la cocinera inglesa a pie de playa.  Y es que la comida española les parece a los ingleses un poco sosa (ellos que están acostumbrados a salsas y especias de todas partes del mundo).

Y esa fue la parte del programa más difícil digerir para mi. Ver a la chef preparar un plato de lubina en filetes muy finitos pero crudos, con unas patatas cocidas por encima, alcaparras y una vinagreta con anchoas y muchísimo zumo de limón al tiempo que repetía una y otra vez que este es un plato muy típico de Galicia se me hizo, para que voy a mentir, un poco difícil.

Al final, mi noche de tele me dejó con cierto sentimiento de nostalgia y con el convencimiento de que transmitir nuestras costumbres no es tan fácil como parece y hay que aceptar la idea de que a nosotros nos parece maravilloso quizás es una nimiedad para el otro. A mí el pulpo que pesca mi padre y cocina mi madre me parece el mejor del mundo (pero ¿no decimos esto todos los gallegos?).

Con grelos y albariño, sí

jueves, marzo 27th, 2008

Hacer las maletas y coger un avión el 25 de julio pasado fue fácil, la decisión estaba tomada desde meses atrás. La fecha elegida para cambiar Santiago de Compostela por Oxford también estaba elegida a conciencia. A R. y a mi nos gusta el simbolismo. Ah! R. fue la razón principal de mi mudanza. El resto del empujón vino de la mano del miedo a una vida demasiado cómoda, un trabajo demasiado conocido… y, al fin y al cabo, de un aviso de ‘pepito grillo’: “Ahora o nunca”.

La simetría de las que considero ya mis dos ciudades son claras: Universidad y turismo. Estas dos características me permiten también escuchar castellano en cada rincón de esta ciudad conocida por sus togas, sus bicicletas, sus bibliotecas, su Tolkien, su río, sus remeros…

La asimetría la pone mi vida profesional: de un trabajo en el que mis 10 años de experiencia lo eran todo, a una movilidad laboral que me está enriqueciendo. En poco más de seis meses he tenido tres puestos de trabajo totalmente diferentes, en sectores de lo más distantes, una iniciación al mercado laboral que ya me hubiera gustado encontrar en casa cuando dejé las aulas de la facultad.

A pesar de que había viajado a Inglaterra, y en particular a Oxford, de forma regular durante los dos años anteriores a mi mudanza, no creo que haya nada que te prepare para la inmersión en un país nuevo. Al menos, esa es mi impresión. La expectación, por un lado, y el choque con la realidad de no tener físicamente a amigos y familia a un toque de móvil fueron los territorios en los que me moví durante las primeras semanas en este que ahora ya llamo mi hogar.

Tengo que decir que en este tiempo de adaptación las cosas más tontas me han ayudado a sentirme cerca de casa y de los míos. El título de este comentario lo dice todo: grelos y albariño. Una gallega de Santiago, llegada a Oxford tres años antes que yo, me desveló el nombre de los grelos en inglés (¡quién iba a encontrar este término en los libros de texto!). Tras este hallazgo culinario, R. y yo disfrutamos de un cocido, con grelos y patatas ingleses pero con chorizo y lacón traído de Galicia, al vacío y en maleta. En cuanto al albariño, este es el vino que mis amigos y familia de adopción piden siempre que aparece en las cartas. Creo que es su forma de decirme: “queremos que te sientas en casa”. Y tengo que reconocer que lo consiguen.

Nunca creí que una copa de albariño o unos grelos cocidos pudieran hacerme sonreír como una tonta.