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Diferencias entre China y Occidente

miércoles, mayo 28th, 2008

Yang Liu –en chino el apellido va primero– es una artista China. Nacida en beijing hace 32 años –madre mía, es de mi edad, y la de cosas que ha hecho–, vive en Alemania desde 1990. Estudió en Bristol y en Berlín y se ha convertido en una de las diseñadoras más importantes de China. En el 2004 fundó en Berlín su propia empresa, Yan Liu Design. En su página web, http://www.yangliudesign.com/, podréis encontrar más información y fotografías de algunos de sus diseños, que a mí me parecen muy buenos.

Si hoy traigo a Liu aquí es por una serie de dibujos que hizo hace algunos años para intentar expresar, de manera esquemática, algunas diferencias que ella aprecia entre su país natal y el de acogida. Procuran ser una forma objetiva, y no crítica, de contemplar ambos mundos. De ahí la elección de muñecos como los de las señales de advertencia. A la izquierda, y en azul, dibujó la versión europea de cada concepto. A la derecha, con fondo rojo, la china. Aquí los tenéis:

1. Opinión (creo que los gallegos entramos en el recuadro rojo, si hacemos caso a los tópicos, en general malos consejeros):

1opinion.jpg

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El lejano Occidente

miércoles, abril 23rd, 2008

Me estoy leyendo un libro que os recomiendo. Se llama Nuevas cartas edificantes y curiosas escritas desde el extremo Occidente por ilustrados viajeros chinos durante la Bella Época (André Levy, F.C.E, México, 1991). Es un ensayo entretenidísimo que cuenta los primeros viajes oficiales que chinos cultos hicieron a Europa, buscando soluciones políticas y comerciales a la presión sanguinaria de los países “blancos” sobre las materias primas de Asia y, sobre todo, al problema del opio.
Estos viajeros, entre los que destacan algunos nombres como Yüan Tsu-Tchi o Tang Tingshu, dejan memoria escrita de sus experiencias.
¿Por qué recomiendo el libro? Porque está bien escrito, porque los textos chinos seleccionados son muy entretenidos, y porque nos ilustra sobre cómo vieron la Europa de la segunda mitad del XIX y principios del XX aquellos chinos a los que nosotros también observábamos con curiosidad y cierta distancia. Ahora estamos muy acostumbrados a ellos, que han llenado nuestras calles con sus tiendas y productos, pero imaginaos el revuelo que causarían aquellos primeros chinos que luego inspiraron a Fumanchú y la marca de flanes en polvo de la que se alimentaron nuestros padres. Es muy interesante poder acceder a las descripciones que alguien perteneciente a una cultura tan lejana hace de nuestra forma de vida. Para muestra, un botón:

“En Inglaterra es donde más llueve, todavía más que en Francia, aunque en un mismo día puede haber chubascos y escampar después. Sin embargo, las calles están limpias y las cunetas en buen estado: en cuanto deja de llover, camina uno sin enlodarse ni ensuciarse. Lo único es que en invierno es tal la niebla, que autos y transeúntes chocan: hay que salir tocando una campanilla; para no equivocarse de puerta, también hay que tocar antes de entrar. En esta época muchos se refugian en el extranjero o en su casa de campo, igual que en verano, cuando huyen del calor. (…)
Entre las costumbres occidentales se encuentra el amor a la limpieza. La suciedad es la peor de las cosas. Nadie desordena una mesa ni una habitación, ni usa calzado, ropa o sombrero empolvados; por ello, todos los días lavan la ropa y cambian los cubiertos después de cada alimento, igual que los platos. Consituye una grosería servirse de un plato con los cubiertos del anterior. (…)
Tampoco puede uno entrar a su antojo en la habitación de otra persona. (…) No se entra de sopetón, sino cuando le contestan a uno o le abren.
En los retretes hay un conducto de agua por el que se desalojan las suciedades. Para ello es necesario jalar una cadena y dejar correr el agua; antes que nada, hay que cuidar este punto, o la siguiente persona no dejaría de señalarlo. No está permitido escupir en cualquier lugar: hay que hacerlo en una escupidera. (…)
Como regla general hay que cederle el lugar a las mujeres, ya sea que caminen, se sienten o entren. En un banquete, si hacen como si lo rechazaran a uno, es por temor al vómito o a ser pisoteadas. No hay que hablar de su edad: no responderían (…) Tampoco conviene hablar de excrementos, de las necesidades naturales ni de otras suciedades. Si uno no cubre el piso con alfombras, si no pone mantel a la mesa, si no utiliza platos para los alimentos y si no tiene cortinas en puertas y ventanas, lo critican y ridiculizan.”

 

Y así sigue la cosa. Hablan de la belleza de las mujeres y de los hombres, de las costumbres gastronómicas, del barco, del tren, de los edificios, de la iluminación nocturna; de todo, en fin, y lo hacen casi siempre con gran exactitud. Si a alguien le interesa vernos tal como éramos, a través de los ojos de espectadores absolutamente ajenos a nuestras costumbres, éste es el libro adecuado. Yo me lo estoy pasando en grande.
Ya hablaré más adelante –quizás después de las vacaciones del 1 de mayo– de cómo ven los chinos actuales nuestro idealizado occidente moderno.

 

Un abrazo desde Manchuria.