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Elogio de los palillos

jueves, julio 3rd, 2008

Comía hoy con unas italianas bobas, cuando una de ellas, llevada por la frustración de no poder coger un pedazo de pollo agridulce y viscoso con los palillos, exclamó: “¡A ver si estos chinos se civilizan y empiezan de una vez a usar cuchillo y tenedor!”

No es la primera vez desde que vivo en China que oigo afirmaciones así de categóricas en boca de un extranjero. La vida diaria en este país choca de frente con nuestras costumbre europea: escupitajos, semáforos y pasos de cebra ignorados, uñas del dedo meñique largas y amenazantes… Ya me toca bastante las narices que determinados extranjeros –no pocos, por cierto– juzguen cada pequeño detalle de la cultura china con sus estrechas mentes, y que se interesen tan poco por la idiosincrasia del país –viene solamente a aprender mandarín para medrar antes en el mundo empresarial–. Pero que se metan con los palillos, que son una de las obras cumbres del ingenio humano, que muestran un grado de civilización y refinamiento reservado a los pocos objetos verdaderamente geniales que ha creado el Hombre, me parece una desfachatez.

“Exagerado”, pensarán. Pues no exagero un pelo. ¿Qué sí? Enumeremos sin demora las bondades del palillo:

 

1. Precisión. Es cierto que aprender a manejar los palillos cuesta un poco, pero superado ese pequeño escollo se revelan como instrumentos diabólicamente precisos. ¿Quién puede pinchar un grano de arroz con un tenedor? Con un poco de práctica, es coser y cantar con los palillos.

2. Autonomía. El tenedor, en ocasiones, no es suficiente, y necesita de otro instrumento que retenga los alimentos que han de subir a sus lomos. ¿Quién no ha perseguido durante horas trocitos de comida plato a través, sin conseguir encaramarlo al tenedor? ¿Quién no se ha servido del cuchillo –o del dedillo– para poder llevarse a la boca el último bocado? Con los palillos, sin embargo, el éxito está asegurado.

3. Seguridad. El uso de los palillos cambia radicalmente la manera de cocinar y presentar la comida. En China, el único que corta es el cocinero, que para eso es el profesional. Toda la comida llega troceada al plato. Los torpes –entre los que me cuento– respiran tranquilos. Y los que frecuentan comensales con tendencia a cometer actos violentos, también: con unos palillos es más dificil ejecutar a los compañeros de mesa. Además, con un tenedor, uno se puede pinchar la lengua. Con unos palillos es imposible.

4. Silencio. Con los palillos no se hace ruido ni queriendo. ¿Cuántas veces nos hemos sentado junto a alguien que hace chirriar el cuchillo contra el plato, o que entrechoca los cubiertos como si hubiera una pelea de espadachines? Insoportable, ¿verdad? Regale unos palillos a s vecino de mesa y cambiará su vida.

5. Pulcritud. A la hora de recoger la mesa y de lavar los cacharros, los palillos ganan de nuevo a los cubiertos occidentales. Se recogen en un pispás, se limpian en un periquete y se almacenan mucho mejor.

6. Sencillez de fabricación. ¿No es más fácil hacer unos palillos que un cuchillo y un tenedor? Si usted tiene un pedazo de madera y una navaja, ¿qué terminaría antes?

 

Así que me niego a aceptar la afirmación de la inconsciente de la italiana. De dos objetos, demuestra un mayor grado de civilización el que hace la misma función con mayor sencillez y eficacia. En mi opinión, los palillos gana por goleada. Requieren, cómo no, de un periodo de entrenamiento, pero también el cuchillo y el tenedor presentan tal inconveniente. Lo que pasa es que aprendemos a usarlos de niños y no nos acordamos.

Éste es, en fin, mi elogio de los palillos. ¿Les parece que tengo razón o prefieren pincharse la lengua?

Premios morales

miércoles, julio 2nd, 2008

Si hay algo que me sorprende desde mi llegada a China es el hábito de dar, en premio a ciertos méritos, galardones morales. Aquí en el País del Centro el premio a una buena acción está, en muchas ocasiones, en el reconocimiento de los demás, en el simple hecho de que el resto sepa que lo has hecho bien.

No hablamos, claro está, de la satisfacción pura e ideal de ejercer el bien por el bien, pero aun con todo me parece más loable que nuestra costumbre, cada vez más generalizada, de premiarlo todo con dinero y bienes materiales.

Ejemplos. Aquí los buseros se encargan de la limpieza del autobús que conducen, lo mismo –creo que ya lo he dicho en otra ocasión– que los alumnos son los responsables del mantenimiento del aula donde estudian. Bien. A los autobuses especialmente limpios el Partido Comunista les concede el derecho de llevar, sobre el asiento del conductor, la banderita nacional. Así los viajeros sabrán que el conductor del autobús es una persona responsable, amante del orden y la limpieza, y que se esfuerza por agradar a los usuarios del transporte público.

En occidente a muchos les parecería una mamarrachada, pero para los chinos es algo importante. Yo he visto a alumnos radiantes de felicidad al recibir, por su primer puesto en el concurso universitario de discursos… Un bolígrafo de plástico rosa que se puede comprar en una tienda de veinte duros. ¿Se imaginan a un adolescente español recibiendo del rector semejante nimiedad sin sentir vergüenza antes los pavos de sus compañeros?

Quiero creer que hay –sé que los hay, porque alguno conozco– jóvenes en España que hacen lo que hacen por ética, por superación, por puro gusto de hacer las cosas bien. Pero tengo claro si nuestra sociedad fomenta en su educación esa tendencia positiva o si, más bien, tiende a anularla hasta que en el adulto no queda rastro de ella.

¿Servirá de algo a los chavales chinos una educación como esta cuando den sus primeros pasos en la jungla empresarial en la que se está conviertiendo su nación? ¿Vale de algo creer que el premio de hacer algo bien está precisamente hacerlo bien, en este globo neoliberal que es el mundo moderno?

No tengo respuesta, pero me gustaría que mis alumnos conservaran la inocencia de pensar que sí, aunque sufran más que los cínicos del tanto tienes tanto vales y del por el interés te quiero andrés. Quizá yo sea un poco pardillo, pero creo que mantenerse, en la medida de lo posible, puro de intención a la larga tiene su recompensa. Prefiero un autobús con banderita que uno de esos arrogantes coches de ricos que ya circulan por todas las calles chinas.

El sombrío Pekín preolímpico (versión papel)

martes, julio 1st, 2008

Me pide Carlos Agulló que escriba aquí el artículo que La Voz publicó el sábado pasado en su edición de papel. Dicho y hecho, aquí lo tenéis. ¡Abrazos a todos!

 

 

 

EL SOMBRÍO PEKÍN PREOLÍMPICO

 

Este ha sido un año duro para China: las revueltas en el Tíbet y la mala prensa que generó en Occidente la gestión de la crisis; los supuestos atentados terroristas desarticulados por las fuerzas de seguridad; el terrible terremoto de Sichuan… Y lo que queda aún hasta la clausura de los Juegos. Las autoridades han confirmado la presencia de 100.000 policías y soldados velando por la seguridad de la capital.
A pesar de todo, muchos chinos y todos los extranjeros opinan que la nueva política de visados no está justificada. Se ha convertido el tema de moda: todo el mundo cuenta su experiencia, y el boca a boca es, como siempre, terreno abonado para historias de difícil confirmación en las que extorsión y malos tratos son los elementos principales.
Fue en mayo cuando el gobierno chino anunció la restricción de los permisos de entrada al país. Qing Gang, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, aseguró que se trataba de una medida temporal, pero se ha endurecido con el paso de los meses.
Además, el gobierno apenas ha notificado el cambio de política, y somos muchos los extranjeros que hemos sido víctimas de esta desinformación. El tiempo con el que contamos para registrarnos al regresar a China se ha reducido a veinticuatro horas, y la policía, excesivamente burocratizada y mal pagada, aplica con excesiva flexibilidad un sistema de multas que demasiado a menudo desemboca en chantaje.
El ambiente se ha enrarecido. Todos conocemos casos de personas que han tenido que abandonar el país con precipitación. El New York Times afirma que, desde mayo, el turismo en Pekín ha caído un 14%.
Por si fuera poco, las medidas se han visto acompañadas de un auge del puritanismo: ningún extranjero puede compartir una habitación de hotel con un nativo sin presentar el certificado matrimonial, y las chinas que entran en casa de extranjeros por la noche tienen que firmar y dejar su número de teléfono en portería.
Todo el mundo aquí se hace la misma pregunta: ¿aprovechará el gobierno chino la oportunidad olímpica o seguirá la línea de acción policial y ultra nacionalista que inauguró en mayo? El miedo a la crítica de los demás países, a la pérdida de identidad y a las consecuencias de una política social más abierta y transparente han motivado los últimos pasos en falso del Partido. China tiene el derecho de conservar su identidad en un mundo globalizado, pero no se entiende que la solución pase por controlar con quién duermen sus ciudadanos. Más allá de las consecuencias económicas de las medidas, se echa de menos una visión humanista que enlace esta China moderna con su tradición sin pasar por la represión de las consecuencias de una apertura económica que el propio gobierno promovió en su día y sigue con entusiasmo de recién llegado a la fiesta capitalista.
¿Llegaremos a ver una China en la que el liberalismo y el socialismo se integren en armonía? Difícilmente. Lo único que a estas alturas está claro es que el País del Centro se enfrenta a las Olimpiadas sin pasar por el aro –olímpico– del aumento de las libertades.

Teletransportación

lunes, junio 30th, 2008

Esta mañana he ido al supermercado a hacer la compra. Al ir a pagar, en la cola de la caja, me he puesto detrás de una señora de unos 65 años que llevaba unas pocas cosas en una de esas cestas de plástico que ofrecen, como alternativa al engorroso carro, a los clientes que no quieren comprar mucho. Ha llegado su turno. La mujer ha pasado los productos, ha pagado, y ha recibido la vuelta. Y es ahí donde ha comenzado la odisea.
¿Conocéis esas carteras, tan de señora mayor, con 1.427 compartimentos? Sus dueños, en general mujeres de cierta edad, suelen ser muy aficionados al orden –quizá demasiado–. Tienen varias ranuras para tarjetas de crédito, en fila como soldaditos, un apartado para billetes grandes, otro para billetes pequeños, otro para cuentas y facturas, el de los carnés y tarjetas de la seguridad social, videoclub, etc., y aún queda hueco par las fotos del marido, los hijos y los ahijados, quizás algún perro muerto no hace mucho y un bolsillo con capacidad para 700 euros en monedas de 20 céntimos. Cada vez que alguien con ese modelo de cartera se dispone a pagar, se despliega ante al atónito comprador que lo sigue en la cola –esta vez yo mismo–, un número casi infinito de minúsculas y exactas manipulaciones que tienen como objetivo guardar cada cosa en su sitio. Las manos se mueven como ratoncitos electrónicos, chacachacachá, chacachacachá, y tíquets, billetes, y monedas desaparecen de repente de nuestra vista, dejando solamente una beatífica sensación de pulcritud.
El problema es que en hacerlo se tarda tiempo, y que la mayoría de los usuarios de dichas carteras es incapaz de realizar operaciones tan delicadas mientras camina. Y atasca la cola. Cuando se deciden a marcharse, otras tres personas detrás han terminado de pagar y esperan, hartas, a poder salir del atolladero horroroso de la cola, del emparedamiento entre caja y caja, en un espacio muy pequeño que en los supermercados modernos tiende a estrecharse más y más.
Pues así hizo la señora de 65 esta mañana. Clic, clac, cataclac, sonaban los corchetes de los bolsillos al abrirse y cerrarse, y se mezclaba su sonido con el de los billetes deslizándose suavemente, y con el más áspero del vale que nunca jamás mirará. Luego un tintineo de monedas, un último corchete que se cierra –el corchete-padre, el que clausura el acto– y con un movimiento circular y elegante, ¡plas!, la cartera aterriza en el interior del bolso y la señora se marcha, bamboleante, con su música a otra parte y una bolsita casi vacía en cada mano.
Normalmente me molesta un poco el olímpico pasotismo de la gente que hace esperar a los demás porque sí. Esta mañana me hubiera sucedido si no fuera porque me he sentido transportado a España de nuevo. Como todas, o casi todas las especies humanas que existen en mi país, la de la señora con cartera telescópica existe también en China. Pero semejanza ha sido hoy tan, pero tan intensa, que me he sorprendido cuando la cajera se ha dirigido a mí en mandarín.
Volviendo a casa, despacito y escuchando música, he sido casiatropellado por un amable conductor de coche tuneado –cristales tintados, alerón, y muchos pitidos– y me he sentido de nuevo peatón en la madre patria. Pura teletransportación al borde de la muerte.
Sólo escribo para deciros que sí: somos iguales.

El sombrío Beijing preolímpico

domingo, junio 22nd, 2008

Acabo de regresar de un viaje de trabajo a Beijing. Se celebraba, organizado al alimón por la Consejería de Educación y el Instituto Cervantes, el I encuentro de profesores de español en China. Ha sido realmente interesante, pero de eso hablaré otro día.

Hoy quiero hablar del Beijing preolímpico. No sé, porque era pequeño y además no pisé Barcelona durante el 92, si en España la cercanía de las Olimpiadas nos volvió tan paranoicos, ansiosos e infelices como está volviendo a los Chinos.

Ya he hablado en otra entrada del endurecimiento de los controles del gobierno sobre la población extranjera. Muchas de las visas que hasta este 2008 se expedían con facilidad se han convertido ahora en tesoros inalcanzables, provocando el regreso a casa de muchos de los expats, como se refieren a nosotros en inglés. La policía se pasa las tardes llamando a las puertas de las casas de los extranjeros para comprobar si están registrado, y si sales de China solamente te dan veinticuatro horas para que pases por la comisaría a comunicar que has vuelto.

Pero lo de este fin de semana en Beijing ha sido el colmo. Decenas de historias sobre extranjeros que han tenido que volverse a su casa porque no les han renovado los papeles, sobre noches en el calabozo, sobre el trato descortés y veladamente amenazador de algunos policías (yo mismo lo viví, como ya les conté). Claro que, ¿qué vamos a decir los europeos sobre tolerancia con los inmigrantes? Cuidado, que me desvío.

Pero más desazón me ha provocado, al respecto de la nueva actitud de las autoridades Chinas ante la proximidad de las Olimpiadas, lo que me sucedió al reservar el hotel donde me alojé. Escogí en la página web una habitación individual para tres noches, pero una ventanita emergente me avisó de que no quedaban ya, y que la siguiente opción era una habitación doble con dos camas individuales. El precio subía poco, y acepté la propuesta del recepcionista electrónico.

A los diez minutos recibí un email en inglés de los responsables del hotel, en el que se me decía (traduzco):

 

“Estimado Señor Salas:
Gracias por elegir nuestro Hotel. Ha reservado usted una habitación doble con dos camas individuales. ¿Viene usted solo o acompañado? Le comunicamos que si su acompañante es una ciudadana china tendrán que presentar el certificado de matrimonio. Atentamente Fulanito de Tal”.

 

Así de claro lo piden las autoridades. Un curioso arranque de doble moral para un país en el que la prostitución es una realidad cotidiana, en el que el tráfico de mujeres también lo es (son muy habituales las prostitutas filipinas, por ejemplo, sobre todo en Hong Kong y el resto de las grandes ciudades del sur). Pero resulta que si yo voy a Beijing con una hipotética novia china no puedo dormir con ella, porque está feo eso de las relaciones prematrimoniales. ¿A quién se le ocurre andarse tocando sin el permiso de la Gran Autoridad Moral, el Partido?

Pues vaya con las Olimpiadas, si es para eso para lo que sirven: endurecimiento de las medidas policiales, enrarecimiento del ambiente entre nativos y extranjeros (“Los chinos hacemos estos Juegos para nosotros, nos dan igual los extranjeros”, dijo la responsable de los trámites del visado de la Embajada de China en México al hermano de un amigo mío tras denegarle por tercera vez la visa) y, sobre todo, el auge de la siempre repugnante e hipócrita doble moral, que concentra toda su grandilocuencia farisea en detalles insignificantes para obviar los realmente grandes, como el hecho de que miles de mujeres extranjeras se prostituyan aquí coaccionadas por las mafias nacionales.

No es así la China que yo he vivido hasta el momento, ni la que yo admiro, respeto y quiero. No es la China que deseo para mis compañeros de trabajo y mis alumnos, la que se ganan ellos con esfuerzo y paciencia, la China que se abre a la modernidad sin dejar de ser la China de Confucio, de Lao Tse, de Sun Yat-Sen, Li Bai y Mencio, la China que nos enseñó cartografía, navegación, poesía, pintura, estrategia y tantas otras cosas a los demás pueblos de la Tierra.

Claro que, ¿qué enseñar de la hipocresía un europeo? De la condena de las guerras africanas mientras nosotros fabricamos las bombas que los despedazan, sí podemos dar clase; del respeto sagrado a nuestras soberanías nacionales mientras entramos a saco, de la mano del tío Sam, en países como Afganistán e Irak, también; por supuesto, de la celebración del Día de la Hispanidad mientras empresas españolas vulneran sistemáticamente los derechos de los indígenas; y sobre todo de un estado del bienestar sustentado en la pobreza extrema del Tercer Mundo.

Vuelvo a repetir la frase del Sanzijin, clásico de los tres caracteres, pero esta vez en tono sombrío: bajo las diferencias está el hombre. Si lo bueno, lo sagrado que hay en nosotros, nos iguala, también lo hace lo más oscuro de nuestros corazones.

 

 

El samurai y los libros

sábado, junio 14th, 2008

El ocaso del samurai ((Japón, 2002)), de Yoji Yamada, una película maravillosa, de esas que te reconcilian con el mundo. Inicio de la época Meiji. Japón sufre una profunda transformación que llevará al país a modernizarse. Hablan un samurai pobre y viudo y su hija de diez años, mientras él corta bambú y ella cose a la luz del fuego, poco antes de acostarse.

 

Niña: El maestro dijo: “para gobernar un país de mil carros hay que prestar reverente atención a los negocios y a la sinceridad.”
Samurai: Kayano, ¿estás leyendo las máximas de Confucio? ¿Cuándo empezaste a leerlo?
Niña: A finales del mes pasado. El maestro de la escuela dijo que a partir de ahora las chicas también tendremos que aprender de los libros.
Samurai: eso está muy bien. Recuerdo que cuando era joven las leía una y otra vez. Sigue leyendo.
Niña: Padre, si sigo practicando la costura y llego a hacerlo bien, algún día podré confeccionar kimonos y ropa de verano, ¿verdad?
Samurai: mmmm.
Niña: Pero entonces, ¿de qué me servirá aprender de los libros?
Samurai: Bueno, nunca será tan útil como coser, pero ten en cuenta que estudiar los libros te da el poder de pensar por ti misma, y querrás saber más cosas. Y si piensas en ellas detenidamente llegarás a comprender, y te convertirás en un ser humano más rico. Aunque cambie el mundo, si tienes el poder de pensar siempre podrás sobrevivir de algún modo. Y esto es válido tanto para chicos como para chicas. ¿Me comprendes?
Niña: sí.
Samurai: Venga, sigue leyendo.

 

Los libros dan el poder de pensar, y el poder de pensar ayuda al ser humano a comprender, adaptarse y sobrevivir. ¿Hay mejor definición de la literatura?

 

No os perdáis la película.

Global Galicia, radios y periódicos

viernes, junio 13th, 2008

Parece que la historia de Diego Wang, mi alumno cocinero, ha gustado en Galicia. Es, desde luego, curiosa, y he de decirles que a Diego le ha encantado verse fotografiado, con su nuevo nombre español, en la edición ferrolana de La Voz.

Hoy, cuando volvía a casa después de una jornada agotadora, recibí la llamada de O tren do serán, programa de la Radio Galega: me habían enviado dos emails que ni había visto –el final de curso está siendo frenético– para que hablase de la historia de Diego. Siento no haber avisado en el blog, pero no me ha dado tiempo.

La entrevista ha sido muy simpática, y me han tratado de maravilla. De dos cosas me arrepiento, eso sí: la primera, no haber hablado en galego, aún habiendo estudiado el idioma en la Universidad, por miedo a cometer errores. La segunda, no haber citado Global Galicia, que nos une a tantos gallegos alejados de casa con nuestras familias, amigos y paisanos, y que da a mucha gente la oportunidad de expresar, en un ambiente amistoso y cálido, lo que uno siente cuando su vida se desarrolla lejos de todo lo suyo.

Así que aprovecho para agradecer a Carlos Agulló y a la Voz de Galicia la existencia de nuestro blog colectivo. Me encanta contaros mis andanzas, y me encanta también leer las vuestras. Global Galicia me acerca a mi tierra, y a muchas otras tierras desconocidas para mí, y permite –milagro– que desde ellas lleguen hasta mi puerta voces cercanas y amigas. Además, me divierto un montón leyendo los comentarios, siguiendo las discusiones, y a portando mi granito de arena a este proyecto que está dando que hablar porque lo hace gente que tiene algo que decir.

En fin, que estoy feliz de haberos conocido y de que Global Galicia crezca cada día. Espero que cada vez seamos más y que dure mucho, mucho tiempo.

Un abrazo a todos. Y otro de parte de Diego.

Foto de Diego Wang, mi alumo concinero

viernes, junio 13th, 2008

Queridos amigos:

 

Aquí una foto de Diego Wang, mi alumno cocinero, pasando por el wok los libros de español. La hice para la columna que Beatriz Antón, de La Voz edición Ferrol, dedicó a la futura aventura de mi alumno entre los peroles patrios. Como veréis, Diego tiene un buen sentido del humor. Es un tío grande.

Por cierto, ese que lleva es el pijama en el que me recibe cada mañana para aprender español, no es coña. Algún día hablaré de la falta de pudor de los chinos que, por cierto, a mí me parece maravillosa.

Foto.

 

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El surrealismo en las aulas

miércoles, junio 11th, 2008

El surrealismo ha llegado a las aulas. Acabo de terminar de corregir los exámenes de comprensión auditiva del 4º y último curso. El vídeo hablaba de Nápoles, su historia y su actual situación. He aquí tres preguntas y las respuestas que uno de los alumnos me ha dado:

1. P:¿Qué civilización fundó Nápoles? (Respuesta esperada: los griegos)

R: Napoleón

Quitando el hecho de que se considere a Napoleón una civilización en sí mismo, opinión que compartirían algunos historiadores, es interesante el sentido común del alumno. Napoleón fundó Nápoles, Colón fundó Colonia y Laura Ponte, Pontevedra.

2. P: ¿Qué mar baña las costas napolitanas? (Respuesta esperada: el Mediterráneo)

R: El mar Subterráneo.

El mar Subterráneo es un mar que baña costas sin que nadie se dé cuenta. Lo malo es en verano, porque hay que ser espeleólogo para darse un chapuzón. Hay muchas ciudades bañadas por el mar Subterráneo, como Madrid, La Rioja o Ávila. Lo que pasa es que nadie se da cuenta.

3. P: ¿Cuántos habitantes hay en Nápoles y alrededores? (Respuesta esperada: cinco millones)

R: Cinco mil millones.

Cinco sextas partes de la Humanidad viven en Nápoles y alrededores. Depende de lo que consederemos alrededor de Nápoles: Calcuta, por ejemplo, podría ser un alrededor muy alejado de cualquier otra ciudad. Todo el mundo sabe, por ejemplo, que Galicia son las afueras de Madrid.

Los mil millones que quedan viven en China, que no son alrededores de ningún sitio, sino todo centro.

Si no fuera poco con esto, el otro día fui a darle clase a Diego, mi alumno cocinero. Se había hecho una lista con todo el vocabulario aprendido en las dos clases anteriores. Daba gusto verla: ordenada, limpita, a cuatro colores… La repasé por si se le había escapado alguna letra o acento, pero estaba perfectamente copiada. Excepto en un detalle –pequeño, sí, pero inquietante–: junto a la palabra bed –”cama” en inglés–, no había escrito cama, sino Vulcanita.

¿Cómo ha dado Diego con tal palabra? ¿Ha sido fruto de una casualidad, de una revelación, o ha querido gastarme una broma? Desde que lo leí, estoy desazonado. Es demasiado surrealista, parece una puerta a otras dimensiones.

En fin, les dejo. Es tarde ya y mañana me levanto a las seis de la mañana. Me voy a la vulcanita a tener dulces sueños… O siniestras pesadillas.

Mi alumno el cocinero (cosas veredes…)

lunes, junio 9th, 2008

Tengo alumno nuevo. Llevo con él apenas una semana. Me llamaron del Insitituto Cervantes de Beijing para preguntarme si estaría dispuesto a darle un curso intensivo de 250 horas en apenas seis semanas. Tiene que viajar a España en cuestión de meses. Acepté.

El tío –Allen en inglés, aunque ha elegido Diego como nombre español– es chef en el Shangrilá, uno de los mejores hoteles de Dalian. Allí se encarga del restaurante occidental. Trabaja una media de doce horas al día por una miseria, y está feliz porque va a pasarse un año en España aprendiendo nuevas técnicas.

–¿Dónde? –le pregunto, en inglés, el primer día.

Él intenta responderme, pronunciando, en un idioma que no conoce, una palabra que no tienen ningún sentido para él:

–Abuli –dice. Y añade que cree que es a little famous.

–Ni idea –contesto. Pero Diego parece sorprendido de mi ignorancia. Se acerca al ordenador y me enseña una página web. Miro el nombre: El Bulli.

Así que mi nuevo alumno cocinero, un chaval de 28 años que duerme hacinado en una habitación con otros siete compañeros de trabajo, que gana un sueldo ridículo acambio de su esfuerzo, que nació y vive en un remoto rincón de China, se va a trabajar durante un año a otro rincón perdido del planeta, Cala Montjoi, en Roses, donde –quién lo diría– está el hoy por hoy mejor restaurante del mundo.

Así que dentro de unos meses, cuando un ajetrerado Ferrán Adriá le pida al aprendiz chino no sé qué nuevo y misterioso ingrediente para añadírselo a la cena, Diego contestará con palabras que yo le he enseñado en su cuartito de Manchuria, bebiendo el té que me ofrece cada día a las ocho de la mañana, cuando me lo encuentro en pijama y dispuesto a comerse el mundo.

¿No tiene la vida, en ocasiones, momentos sorprendentes? A mí me divierte un montón la idea de estar enseñándole a un futuro gran cocinero –quizá el primer chino en estudiar en El Bulli, qué se yo– palabras como cazo, espumadera o emplatar, que tan de moda está.

Qué cosas.