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Entradas etiquetadas como ‘Manchuria’

Haga usté el Fagor (historia real sucedida hace unos meses)

Viernes, Septiembre 19th, 2008

Casa nueva. Problemas con la caldera. Llamadas pertinentes.
Oiga usté, es que la casa es nueva y no tengo agua caliente, que ya está bien, siempre igual, en China siempre pasa algo, recién estrenada y todo, y gotea, y qué frío. ¿Por qué aquí no funcionan jamás nada como tiene que funcionar? Chapuceros, ñapas, vale cualquier cosas, mírela usted a ver cuál es el problema ahora mismo… Ah, ¿la caldera está directamente rota? Es que hay que ver, todo de mala calidad, hecho con prisas, ensamblado de cualquier manera para ahorrar costes… ¿Qué dice? ¿Que en la caldera está escrito Xibanya (España)? Eso es imposible, seguro que es alguna marca cutre china, ¿podría decirme el nombre? F…Fa… ¿Cómo dice? ¿Fagor?
Espere que ponga mis palabras en un plato para comérmelas más comodamente. Ustéd tómese su tiempo, que tengo para rato.

Olimpiadas poco olímpicas

Lunes, Septiembre 8th, 2008

Ya estoy en Taiwán. Tengo casa, y hoy he visitado por primera vez mi Universidad.

Sin embargo, no es de mis primeras impresiones como taiwanés de lo que quiero escribir hoy, sino sobre las noticias que me llegan, de aquí y de allá, de diferentes amigos que, desconocidos entre ellos, han vivido en persona las Olimpiadas de Pekín. Es curioso que todos –cinco en total, aunque dos de ellos las vieran juntos– hayan coincidido en su juicio: han sido unos juegos brillantes en lo formal, muy destacados en lo deportivo, y sin embargo, nada, pero nada olímpicos en espíritu.

Y es que parece ser que la actitud del público chino –así en general, se entiende, asumiendo lo arriesgado de las generalizaciones–  ha sido de olímpico desprecio hacia todos aquellos deportistas que no fueran compatriotas. Por lo visto, los estadios, campos y piscinas se atiborraban minutos antes de que los participantes anfitriones lucieran sus habilidades, para vaciarse casi por completo de espectadores nacionales momentos después de que éstos terminaran sus exhibiciones. Insisto, recibo la misma impresión de personas fiables –viven en China y aprecian a sus habitantes– que no se conocen de nada.

Esto es lo malo del nacionalismo a machamartillo: importa nada más lo propio porque la boina tapa el horizonte. Tal comportamiento es irritante siempre, pero en un evento como el olímpico, en el que han de primar la internacionalidad y los vínculos entre patrias y continentes, en el que el protagonista ha de ser el deporte, la superación, el juego limpio y la solidaridad humana, fastidia todavía más que haya gente a la que le importe tres pitos lo de los demás, por bueno que sea lo que tengan que ofrecer.

Si los chinos no se han sentado a admirar a las gimnastas rusas, a los saltadores alemanes, a los fondistas etíopes,  si no les han jaleado en la persecución del lema olímpico –más lejos, más alto, más fuerte–, si solamente han aclamado a sus compatriotas –más nosotros, más nosotros, más nosotros– ¿qué es lo que han aprendido? ¿Qué ha dejado el espíritu olímpico en la capital del Imperio de Centro?

Triste asunto si es cierto lo que mis fuentes me aseguran.

Y ustedes, ¿han oído críticas similares?

¡Hasta luego, Dalian!

Viernes, Septiembre 5th, 2008

Son las seis de la mañana. A las once menos cinco sale mi avión hacia Taipei, capital de Taiwán. Ayer cené con los pocos amigos que ya han regresado: Noda, un japonés indescriptible que aprendió español en Guatemala, karateka y  maestro mío durante estos dos años; David, mi vecino alicantino, y su hermano Antonio, que con sus 20 añitos se ha venido para aquí a estudiar chino; Beate, la lectora de alemán, que pasó seis meses de Erasmus en Santiago –me llama, con su acento duro del este, Mikeliño y siempre me pide que le traiga licor café–; Edna, una sinoamericana de 19 años la mar de simpática, que siempre está llena de heridas en codos y rodillas porque juega al fútbol gaélico; y un servidor.

Faltaban algunos importantes: Luis, que ya se volvió a Madrid, como comenté en las páginas de este blog, y los tres mexicanos: Emiliano –con su chica, Kathleen, de Texas–, Ana, y Miguel. Les eché de menos, sentimiento al que a partir de ahora tendré que acostumbrarme.

Después hice la maleta, me acosté pronto, y esta mañana me he levantado a las cinco para ver el último amanecer. Nada especial –aquí lo bueno son los atardeceres, con ese sol inflamado de rojo intenso consecuencia de la contaminación–, pero, al fin y al cabo, es el útimo amanecer que paso –como residente, porque volveré de visita– en Dalian, la ciudad donde he vivido estos últimos dos años.

¿Qué se puede decir en una situación así? Vosotros, los emigrantes, los que compartís este blog conmigo, sabéis bien de qué hablo. Ha habido de todo, como en botica: buenos y malos momentos, pero el balance es, de largo, positivo. Así que solo queda una palabra: gracias.

Gracias a mis jefes, que me han hecho sentir siempre valorado, y querido. Gracias a César, Yola, Li Ni, Blanca, Teresa, y Susana, mis compañeros de trabajo, que siempre me han echado una mano. Gracias a mis amigos; a mis alumnos, vagos y currantes; los dependientes que han tenido paciencia para comunicarse conmigo por gestos; a las camareras de mis sitios favoritos, que ya saben lo que me gusta y me lo traen sin preguntar; a todos los conductores chinos que frenaron cada vez que, acostumbrado a que el paso de cebra signifique algo, crucé sin mirar; a los cocineros del restaurante budista vegetariano, donde se come carne que no es carne, del pequeño sitio de sushi, de la tasquita de la Fuwuyuen, donde sirven las berenjenas más ricas del mundo; Al bar nepalés, al Makawai, antro oscuro pero entrañable, al Bobo’s, infame centro de reunión de todos los anglosajones del planeta Dalian; gracias a los preciosos árboles y estanques del parque de debajo de mi ventana; a la número 8 de Mu Rong, la mejor masajista de Manchuria; gracias a Dragón, el monitor de mi gimasio, a quien siempre ignoré cortesmente a pesar de su insistencia –cortés también– en desarrollar mis músculos; gracias a Derek McNamara, un guitarrista irlandés y albino que me adoptó la misma noche en que llegué; a Wang Bin, el propietario de mi casa, que ha sido, a despecho de la turbia fama de los chinos en lo tocante al dinero y los negocios, claro como el agua, comprensivo, generoso y confiado; gracias al caos cotidiano, que te hace sentir vivo, que a veces cansa pero otras divierte y estimula; a las porras con leche de soja de los tenderetes mañaneros; a los escupitajos congelados en las gélidas aceras invernales, centelleantes como estrellas; a los perrillos pekineses que pasean sus carnes por los parques, y a los que acaban en un plato; a los pinchos morunos de escorpiones que nunca me atreví a probar, convencido de que un escorpion no muere aunque lo frían; a los mercados de plantas, a los peces de colores; a las acantarillas tapadas con papel rojo los días de boda; a la campana que resuena cada mañana en el templo cercano a mi casa; a las quemas colectivas de dinero amarillo para los parientes muertos; a los ancianos que cada mañana hacen restallar un látigo en el parque para mover su chi –energía vital–, y los que buscan lo mismo en la práctica del elegantísimo taichi; a las encantadoras tiendas de películas piratas, escondidas siempre en las entrañas de algún garage lleno de mugre y de coches destartalados…

Gracias, en fin, a los chinos. Porque mayoritariamente me han tratado bien, porque me han hecho sentir como en casa en un país tan diferenteal mío, por confirmarme, como ya sospechaba, que en cualquier rincón de este gastado planeta hay más gente buena que mala.

Si las conclusiones que puedo sacar son éstas, ¿cómo no afrontar con optimismo mi nueva etapa en Taiwán?

 

Casa Dragón

Lunes, Agosto 25th, 2008

10 de agosto, domingo, 3 de la tarde. Madrid. Acompaño a mi hermana a comprar tabaco. El sol castiga a los poquísimos viandantes que nos encontramos por la calle. Todas las tiendas cerradas a cal y canto. Mala combinación, esa de agosto, domingo y sobremesa, si la intención es comprar algo, aunque sea tabaco: los bares también están cerrados. Caminamos, mirando a derecha e izquierda, hasta que encontramos uno abierto. Casa Dragón, reza el cartel. Yo pienso que es un nombre raro, pero tiene máquina de tabaco. Entramos. Un bar español: media docena de paisanos descamisados, pelo en pecho y Marca en mano, en plena sesión cafetera. Un jamón en la barra, boquerones en vinagre y patatas bravas, serrín y servilletas en el suelo de baldosas mugrientas.

Perfectamente español, si no fuera porque la dueña, que en el momento de entrar nosotros sirve una caña con notable pericia, es perfectamente china, al igual que lo son su hija, que hace los deberes en la barra, y la pequeña bandera de la República Popular que, entre una botella de Soberano y otra de güisqui DYC, ondea al son intermitente de un viejo ventilador con voz de helicóptero.

 

Así son los chinos, y eso explica su inmensa capacidad de adaptación. Conquistada la sociedad española por sus restaurantes y satisfecha la demanda de tiendas de todo a un euro, dan un paso más en el camino de la integración regentando negocios tan típicamente españoles como las tascas. Cambian el nombre para recordar su lejana patria, pero mantienen su ibérico espíritu. Al gusto de los nativos.

No me extrañaría, la verdad, que la mitad de los clientes que agostaban en Casa Dragón movidos por el descanso vacacional de sus taberneros habituales, se queden allí cuando, confiados, éstos vuelvan de su pueblo. La combinación de tasca española y horario chino es tentadora para cualquier amigo del bareo: vinitos y raciones 365 días a año. Y nuestros amigos de ojos rasgados han aplicado la misma fórmula a las castizas tiendas de ultramarinos, antes en extinción y ahora negocios de éxito, haciendo las delicias de los adolescentes botelloneros.

Los chinos vinieron, observaron nuestra cultura, la comprendieron –quizá sin compartir sus presupuestos– y ahora ya no solamente saben hacer arroz tres delicias y pollo con almendras, sino también tinto de verano y tortilla de patata. Y créanme cuando les digo que ninguno de los parroquianos de Casa Dragón tenía cara de estar a disgusto.

Han venido para quedarse, y conocen las reglas tan bien como nosotros.

 

Acupuntura

Sábado, Agosto 23rd, 2008

Escucho en La Rosa de los Vientos, el magnífico programa de radio, que se han publicado recientemente un par de estudios sobre acupuntura en famosas revistas científicas internacionales.
El primero de ellos ha salido esta semana pasada en Archives of Internal Medicine, publicación norteamericana de contrastado prestigio. Habla de un experimento realizado con un montón de gente: 1162 personas adultas, con las que se han realizado casi 10.000 pruebas. Todos padecían un mismo mal relacionado con problemas de espalda. Se les dividió en tres grupos: el primero fue tratado con terapia convencional –medicamentos–, el segundo con acupuntura tradicional china y el tercero con falsa acupuntura. Es decir: pinchaban al tuntún.
El objetivo de la prueba era saber qué porcentaje de cada grupo había experimentado progresos en su dolencia. Los resultados fueron los siguientes:
-Terapia convencional: 29%, con un altísimo índice de efectos secundarios.
-Acupuntura tradicional china: 49%, sin efectos secundarios.
-Falsa acupuntura: 44%, sin efectos secundarios. Los expertos deducen que el mero hecho de clavar agujas activa determinados mecanismos en el sistema nervioso que pueden ser beneficiosos, unidos al efecto placebo.

La segunda prueba a la que hace referencia la noticia fue dada a conocer por The Lancet. Se llevó a cabo en 900 pacientes que sufrían de migrañas. Se hicieron tres grupos de nuevo: acupuntura tradicional china para el primero, acupuntura falsa para el segundo, fármacos contra el dolor para el tercero. Sin más rollos, resultados después de 26 semanas:
-Fármacos: 40% de éxito.
-Acupuntura falsa: 39% de éxito.
-Acupuntura tradicional china: 48 % de éxito.
acupuntura.jpg
Habría que insistir de nuevo en el hecho de que la acupuntura no genera efectos secundarios, y recordar también que los fármacos contra la migraña suprimen el dolor pero normalmente no van a las causas, no terminan con la dolencia, cosa que consigue más a menudo la acupuntura china.
No quiero decir con esto que nos entreguemos a los curanderos o que intentemos curarnos de cáncer tomando una hierba crecida a los pies del Himalaya, pero sí que existen muchas dolencias que se pueden curar con terapias menos agresivas, más sencillas y más baratas. Hay buenos profesionales que se dedican a ellas, y en no pocos países civilizados se ofrecen en la seguridad social. Eso por no hablar de que si comiéramos bien, pero bien de verdad, no esa pseudo dieta mediterránea (la verdadera no la hace en nuestro país ni a mitad de la gente que dice hacerla) que muchas mamás y papás españoles freidores compulsivos de sanjacobos congelados dicen imponer en su casa, necesitaríamos mucha menos asistencia médica.

 

Quizás sea hora de mirar con desprecio ciertas prácticas solamente porque pertenezcan a otras tradiciones o porque se resistan a nuestra limitada visión cientificista. Yo he probado la acupuntura y la homeopatía con resultados excelentes.

 

¿Y ustedes?
Saludos.

Destino Formosa

Jueves, Agosto 21st, 2008

Ya lo sabía desde hace unas semanas, pero desde esta mañana es oficial: el 15 de septiembre me uno a la plantilla de profesores del Departamento de Español de la Universidad de Providence, en Taichung, Taiwán. Una nueva etapa en… ¿un nuevo país? Pues depende de a quién preguntes.

Tras perder la guerra contra el ejército de Mao en el año 1945, Chiang Kai Chek, presidente del Kuomintang (partido nacionalista chino), que dirigía por aquel entonces el País del Centro, se trasladó con su gobierno a la isla de Taiwán, antes Formosa. Desde entonces, la isla ha seguido una evolución política diferente de la de China continental, aunque su sustrato cultural es el mismo.

Taiwán, situado frente a las costas de la provincia china de Fujian, es un lugar fascinante. Poblada por más de 20 millones de habitantes, hasta el sigo XVII su población era, en exclusiva, malayo-polinesia. Llegaron después holandeses y chinos en ese orden, y ya a finales del siglo XIX los japoneses. De clima tropical –la atraviesa el Trópico de Cáncer–, una frondosísima cordillera la recorre de norte a sur. El pico más alto tiene casi 4.000 metros. El 75% de la población se concentra, en la costa oeste, la que mira a China. La costa este, bañada por el Océano Pacífico, tienes unas playas que ni se las imaginan.

Desde allí seguiré escribiendo en este blog, con la ilusión de iniciar esta nueva etapa de mi vida después de dos años maravillosos en Dalian, ciudad que siempre permanecerá en mi corazón y a la que vuelvo el martes que viene para, una vez más, envolver un hogar en papel de periódico y despedirme de queridos amigos que durante estos años han sido para mí una auténtica familia.

Me da pena, cómo no, pero hay que mirar hacia adelante con ilusión y alegría.

¡A Formosa!

Cestas de serpientes

Lunes, Agosto 4th, 2008

Ya estoy en Galicia otra vez, por otros tres días. La aldea por fin. Después de los calores madrileños, agradezco el cielo gris y el fresco del mar –lo siento por los que, después del invierno, sufren un verano sin carácter.

Deshaciendo la maleta me ha dado por pensar cómo han cambiado los equipajes en los últimos años. No solamente los materiales y las formas –la mía la compré baratísima en la Gran Vía el verano pasado, y parece un satélite–, sino lo que metemos en ellas.

Ayer me fui a la cama de cabeza, y ha sido esta mañana cuando me he decidido, con más calma a abrir la maleta. Como siempre, el contenido se había revuelto, pero lo que me ha llamado la atención no han sido las camisetas engurruñadas, sino que dentro había más cables que ropa. ¡El siglo XXI! El cable de recarga del Mp3, el del ordenador, el cargador del móvil y el de la cámara de fotos, el ratón, el del cepillo de dientes –me he enganchado a la higiene bucal motorizada–…

En fin, que mi maleta parecía una cesta llena de serpientes. Si me hubiera puesto a tocar la flauta delante de ella, todos los cables habrían saido despacio, ondulando hipnotizados, amenazándome con sus rectísimos colmillos de enchufe, dispuestos a envenenarme con sus no sé cuántos voltios de veneno eléctrico.

¿Y en sus maletas de emigrantes? ¿Hay ya más cables que chorizos y quesos?

Visones

Martes, Julio 22nd, 2008

Bueno, aquí les dejo un vídeo que muestra algunas fábricas de animales destinados a abrigar personas. Les advierto que he visto varios y este es uno de los peores: despellajan animales mientras están vivos, y luego se les ve moviéndose sin piel. No quiero que luego me digan que soy un bárbaro por no avisar.

 

En cuanto a las condiciones de confinamiento de los visones y zorritos, no son mejores que las de las gallinas que ponen huevos para nosotros, y que las de las vacas paralizadas durante toda su vida para que su carne sea más tierna debido a la anemia y a la inmovilidad. Lo que quiero deciros es: los animales que os coméis, y aquellos que dan la leche y los huevos que llegan a vuestras casa, no viven mejor que estos bisones, y en ocasiones su muerte no es menos cruel que la de los zorritos del vídeo.

 

Mi amiga Nere, que lo está viendo en estos momentos, me pregunta: ¿Y por qué no los matan antes de despellejarlos? Pues por lo mismo que les cortan los picos a las gallinas para que no se maten entre ellas a causa del estrés, en lugar de mejorar sus paupérrimas condiciones de vida, que son las que las llevan a comportamientos agresivos; por lo mismo que a los cerdos les arrancan el rabo para que no se lo arranquen ellos mismos, también a causa del estrés; por lo mismo que la mayoría de los animales usados por la ciencia sufren y mueren en experimentos estúpidos que no aportan nada a la humanidad –he dicho la mayoría, no piensen en niños con cáncer y coballas salvadoras, porque no estoy hablando de eso–.

 

¿Y cuál es la razón? Que el sufrimiento animal no cuenta para nosotros, porque nos creemos superiores, porque nos tragamos el cuento judeocristiano del “creced y dominad la tierra”.

 

La clave la da Peter Singer en su maravilloso libro Liberación Animal: la pregunta que guíe nuestro comportamiento con los animales no debe ser ¿pueden pensar? o ¿pueden amar?, sino ¿pueden sufrir?, y cientos de estudios demuestran la gran similitud que existe entre nuestro sistema nervioso y el suyo. Sí que sufren: pregúntenselo si no a los zorritos de este vídeo, que son, además, de una granja china:

 

http://www.petatv.com/tvpopup/Prefs.asp?video=fur_farm&chgpref=1

 

De regalo, otro en el que se ve a pollos hacinados en jaulas donde no pueden extender sus alas y se rompen las piernas por falta de espacio, y en donde se ve cómo les cortan el pico al entrar en la granja:

 

http://www.petatv.com/tvpopup/Prefs.asp?video=mepkin

 

En la página vídeos de PETA (http://www.petatv.com/) pueden encontrar algunos más.

Los señores del tiempo

Miércoles, Julio 9th, 2008

Nunca en mi vida había visto un junio y un julio como el que estamos viviendo en Dalian. En dos meses hemos tenido, y no exagero, cuatro días de sol. El cielo está siempre gris, la niebla es muy frecuente, y de vez en cuando descargan chaparrones que preocuparían hasta a Noé. El otro día no pude salir a cenar porque no había dónde poner el pie: toda Dalian se había convertido en un charco, como aquella Tenotchtitlán, o como Venecia, pero sin aztecas y sin góndolas.

“Bueno –piensa uno en un primer momento– el clima es así: imprevisible.” Pero es que estamos ya no a cuarenta de mayo, sino de junio, y andamos todavía con el sayo a cuestas. Uno, que es de tendencias apocalípticas, piensa en el cambio climático, en veranos sin sol y en glaciares derretidos, en una nueva Era Glacial provocada por la desaparición de la corriente del Golfo. Pero acabo agradeciendo que no haga el calorazo que hizo el año pasado y sigo con mis clases sin dedicarle más tiempo, porque no pueden descuidarse las obligaciones diarias solamente porque hace un tiempo que no se aclara nadie.

Entonces recuerdo haber leído en alguna parte algo sobre las Olimpiadas y la lluvia. Busco en internet, y bingo: el gobierno chino está manipulando el clima para asegurar el buen tiempo durante los Juegos. Cuentan, para ello, con diferentes métodos.

El primero de ellos es preventivo. Durante los meses previos al evento –es decir, ahora– bombardean las nubes con yoduro de plata. Así aumentan su conversación y provocar lluvias a tutiplén. De este modo consiguen que el aire se limpie –y hace buena falta, porque lo de la contaminación en Beijing va mucho más allá de lo que cualquiera de ustedes pueda imaginar–. Además, la descarga sistemática de lluvias hará, se supone, que durante los Juegos las nubes no den la tabarra.

El segundo de los métodos consiste en bombardear –siempre bombardear– con diatomita las mismas nubes a las que han ordeñado sin piedad durante los meses anteriores. La diatomita es, por lo visto, muy absorbente, y en el caso de que amenace chaparrón servirá para garantizar un espléndido sol sobre los estadios y piscinas de la capital.

La manipulación del clima no es una novedad, pero sí es la primera vez que yo puedo vivirla en directo. No me cabe duda de que el extraño verano dalianés se debe a las mañas climáticas del gobierno, y no puedo evitar sentir ciarta aprensión. Ya les dije que tiendo a ser apocalíptico, y me pregunto si disfrutar de un cielo azul durante las Olimpiadas justifica que andemos zurrándole a las nubes bombazos minerales que cambien sus ritmos, sus ciclos y sus cosas, de las que –lo sé, lo sé– no entiendo nada.

¿De verdad es tan grave que llueva en una maratón o en un partido de fútbol? ¿No ha sucedido ya en otras competiciones mundiales? ¿Están sentando los chinos un peligroso precedente y creando la necesidad –porque es una necesidad creada y boba– de que siempre que haya espectáculos tenga que brillar el sol? ¿Terminará Britney Spears por llevar de gira bombas de diatomita para que ninguna nube gris y cargada de tormentas se cargue, valga la redundancia, sus indispensables conciertos?

Y es que, ¿cómo se atreve el clima a condicionar así nuestras vidas? Tenemos derecho a disfrutar de una maratón a pleno sol. Somos los señores de la creación, al fin y al cabo.

Tiziano Terzani y Caín

Lunes, Julio 7th, 2008

Tiziano Terzani es uno de mis escritores favoritos. Autor de muchos libros maravillosos, solamente dos de ellos se han publicado en España.
Descubrí a Terzani en Italia, cuando él ya estaba muerto y su último libro, Un altro giro di giostra, había vendido ya once ediciones. Leí la contraportada en una de las preciosas librerías de Urbino, ciudad en la que trabajaba como profesor de español: Terzani, florentino, corresponsal del periódico alemán Der Spiegel durante más de treinta años en países asiáticos como China, Japón, Tailanda e India, contaba en él su último gran viaje: el que emprendió, enfermo de cáncer, para encontrar respuestas a su enfermedad más allá de la medicina. Él, todo un experto en Asia, conocedor de sus tradiciones y de su forma de ver el mundo, pero firmemente enraizado en el occidente más abierto y cosmopolita, hijo orgulloso de la Europa del intercambio de culturas, narra el periplo que le lleva desde la clínica especializada en cáncer más prestigiosa de EEUU, en Nueva York, hasta las manos de los curanderos filipinos, pasando por Tíbet, Hong Kong o India.
Todo lo que os diga de este libro es poco. Tanto me impresionó que llegué a España y me puse en contacto con RBA, la editorial que ha publicado Un adivino me dijo y Cartas contra la guerra, para ofrecerme a traducirlo inmediatamente. La editora me contestó que los libros anteriores de Terzani no habían resultado rentables, y que no pensaban publicar los demás. Yo insistí, le hablé de las once ediciones en seis meses, de las organizaciones que, en nombre de Terzani, habían visto la luz en toda Italia para promover la paz mundial y el entendimiento entre culturas, del inconmesurable eco mediático que su muerte tuvo en Italia –hoy por hoy es un autor de culto–. No sirvió de nada.
Hace un mes, gracias a Alessandra y Alessandro, un matrimonio italiano que vive en Dalian, han llegado a mis manos un montón de los libros viejos de Terzani. Llevo ya dos –justamente los dos traducidos al español, que nunca leí porque quería esperar a tenerlos en italiano–, y no no puedo dejar de sorprenderme con cada una de las páginas escritas por él. Tiziano Terzani ha conseguido conjugar como nadie la sabiduría de nuestra propia tradición occidental –ea un buen conocedor de los clásicos, y dominaba cuatro lenguas europeas– con la oriental –hablaba chino perfectamente y pasó treinta años en el continente asiático, procurando conocer cada uno de sus rincones, de sus leyendas, de sus preocupaciones y sueños–. Los capítulos de sus libros son siempre una pregunta abierta y viva, una duda constante, además de un entretenidísimo sucederse de historias, anécdotas y paradojas. Quisiera traduciros todo lo que puso por escrito, pero es imposible, así que quiero destacar dos fragmentos del libro que ahora tengo entre manos, Cartas contra la guerra.
Lettere contro la guerra es la recopilación de las cartas que Terzani, en diálogo epistolar con Oriana Fallaci –periodista, florentina y muerta también ella pero, a diferencia de él, llena de odio– envió a La Stampa, famoso periódico italiano, desde diferentes ciudades en un viaje que, a raíz del 11 de septiembre de 2002 y ya mayor de 60 años, inició para intentar buscar respuestas al nuevo y terrorífico estado del orden mundial.
En el primer párrafo que he seleccionado Terzani discute la división entre “buenos” y “malos” llevada a cabo taxativamente por algunos de los gobiernos occidentales –entre ellos, el nuestro– tras el derrumbamiento de las torres gemelas. Dice:

“El terrorista que ahora viene señalado como el “enemigo” a batir es el millonario saudita que, desde su guarida en las montañas de Afganistán, ordena el ataque contra las Torres Gemelas; es el ingeniero y piloto, islamista fanático, que en nombre de Alá se suicida matando a miles de inocentes; es el muchacho palestino que con una cartera llena hasta arriba de dinamita se vuela en pedazos en medio de una multitud.
Pero debemos aceptar también que para otros el “terrorista” pueda ser el hombre de negocios que llega a un país pobre del Tercer Mundo no con una bomba en la cartera, sino con los planos para la construcción de una fábrica química que, a causa de los riesgos de explosión y contaminación que comporta, jamás podría ser construida en un país rico del Primer Mundo. (…)
Esto no es relativismo. Quiero decir solamente que el terrorismo, como modo de usar la violencia, puede expresarse de varias formas, a veces también económicas, y que será difícil llegar a una definición en común del enemigo.”

 

En el segundo de los párrafos, Terzani habla de un libro que se está leyendo, cuyo autor es Ekkehart Krippendorff. Dice de él:

 

“La fascinante tesis del autor es que la política, en su expresión más noble, nace de la superación de la venganza y que la cultura occidental tiene sus raíces más profundas en algunos mitos, como el de Caín o el de la Erinias, que desde siempre recuerdan al hombre la necesidad de romper el círculo vicioso de la venganza para dar origen a la civilización. Caín mata a su hermano, pero Dios impide a los hombres que venguen a Abel y, después de haber marcado a Caín –una marca que es también una protección– lo condena al exilio donde aquel funda la primera ciudad.”

 

Sin la superación del ansia de venganza no puede existir la civilización. ¿No sería fantástico un Occidente basad0 en el perdón? ¿A quién, sigue reflexionando Terzani, corresponde dar el primer paso? No sé vosotros, pero yo tengo claro quién atacó primero y, sobre todo, quién ataca con más continuidad: el dinero de los ricos –los nuestros y los de otros–, que siempre ansioso por conseguir más dinero, convierte el ochenta por ciento del mundo en Tercero.

 

Ojalá la Europa futura nos dé muchos periodistas como Tiziano Terzani. Periodistas que no teman hacerse las preguntas que todo el mundo evita, que pongan encima de la mesa el dolor de los débiles, y su frustración, y su rabia.

Y ustedes, si tienen la oportunidad, lean a Terzani.