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A Galicia no la quiere nadie

sábado, febrero 28th, 2009

Sobremesa en Taiwán. Remoloneo por los blogs de la Voz de Galicia en busca de alguna noticia sobre las elecciones. Me topo con el blog de Gonzalo Bareño, jefe de sección y redactor de la Voz en Madrid. El último de sus post se titula “A Madrid no le interesa Galicia”. Vaya, me digo –puesto que yo me crié en la vil capital, donde viví hasta terminar el instituto–, esto me interesa, y me sumerjo en la lectura esperando encontrar los resultados de una encuesta hecha entre los madrileños y cuyo resultado sea que el 73 % de la gente de la capital reconoce que nuestra querida Galicia le importa un pepino celta.

Pues qué va. Lo que Gonzalo Bareño resalta en su blog es la poca cobertura de las elecciones gallegas en los medios de comunicación centrales –centralistas, que dirían algunos–. Vamos a ver,  propongo un par de titulares alternativo, como hacía Juanjo Cardenal en los buenos tiempos de Caiga quien Caiga:

 

Titular 1 (el de Bareño):  “A Madrid no le interesa Galicia”.

Titular 2 (el que, en mi opinión, se ajusta más al contenido de la noticia, es decir, el menos sensacionalista):  “Los medios de comunicación de la capital se hace escaso eco de las elecciones gallegas.”

 

Mejor, ¿no? Porque Gonzalo Bareño toma el todo por la parte dos veces en un mismo titular. Analicémosolo:

 

-Bareño dice Madrid. Pero, ¿es Madrid la que no se interesa por Galicia? ¿La ciudad, los ciudadanos? No, son los medios de comunicación. El señor Bareño dice que tampoco ha visto él mucho debate social, si acaso en alguna barra de bar. ¿Cómo se mide eso? ¿Podemos considerar que porque Gonzalo Bareño no ha visto mucho debate social, una ciudad de no sé cuántos millones de habitantes –y eso que no cuento la Comunidad Autónoma– pasa de Galicia? A mí me parece que no son argumentos.

 

-Bareño dice Galicia. Pero, ¿es Galicia lo que no interesa a Madrid –o a sus medios, que es lo único que puede medir el autor del blog–? ¿La Comunidad Autónoma gallega, sus habitantes y sus problemas? No, son las elecciones gallegas, un fenómeno muy concreto.

 

Proponemos, por fin, el tercer titular, que se carga las tintas en el sensacionalismo:

 

Titular 3 (el que no hace concesiones a la información): “Chulapolandia sólo nos quiere por el pulpo á feira”.

 

Una pequeña reflexión sobre los medios. ¿Cuándo se han seguido con interés en los periódicos de Madrid las elecciones de La Rioja, Extremadura, Murcia o Aragón? En la vida. ¿Entonces por qué concentramos ese pasotismo de los medios en el caso de Galicia, haciéndonos eco del lamento ya secular de muchos escritores gallegos que obviaban que también otras partes de España –casi todas– han sido desfavorecidas por la política central?

Y otra pequeña reflexión sobre la gente. ¿Cuándo se ha interesado esta por las elecciones de otras comunidades autónomas? ¿Se siguen en Galicia las elecciones de la Comunidad Valenciana, Andalucía o Castilla-La Macha? ¿Saben la mayoría de los gallegos el nombre del Presidente de las Comunidades Autónomas de Castilla León o de Cantabria? ¿Entonces por qué –me pregunto– deberían los madrileños de a pie discutir las elecciones gallegas, más allá de las más evidentes? Me parece injusto y demagógico.

 

Y además peligroso. Porque a los gallegos que no han salido jamás de Galicia y que no se interesan por lo que pasa fuera –igual que a los toledanos, tarraconenses o cordobeses que no hayan salido nunca de su tierra y que no se preocupen por lo ajeno– les resulta muy fácil creerse, cuando se lo repiten mil veces, que “a Madrid no le interesa Galicia”. Y eso no nos trae más que malentendidos, resentimiento, y poco deseo de aproximar posturas.

 Se queja Gonzalo Barreño de que el “cuidadano medio” de Madrid solamente se preocupa de Galicia cuando algún Prestige salta a las páginas de los periódicos. Pues como pasa con cualquier otra parte de España o del mundo. Los lugares saltan a los periódicos cuando algo grande –por bueno o por malo– pasa en ellos. Así sucedió con el Prestige, y el señor Barreño no debería olvidar la cantidad de “ciudadanos medios” que acudió a Galicia a echar no una, sino sus dos manos. Y entre ellos, madrileños, aunque resulte tan fácil decir que a Madrid no le importe Galicia.

 

La sanidad pública en Madrid

miércoles, octubre 8th, 2008

Sinceramente no sabía si publicar esta contribución porque suena más a queja que a vivencia, así que perdonadme si no cumplo con el objetivo de este blog que es compartir vivencias…

Esta temporada están apareciendo en los periódicos multitud de noticias sobre lo mal que está la situación de los hospitales públicos en Madrid. No sé como será en los sitios donde vivís ahora o donde vivíais en Galicia, pero mientras yo viví allí no había queja. Eso sí, era recomendable (y lo sigue siendo) “tener al médico de mano”, como dice mi madre, para que te dé un volante preferente para el especialista o cuando te vas a su consulta privada te haga el análisis en el ambulatorio. De vez en cuando es recomendable llevarle una botellita de whisky de 12 años o unos puritos. Él te pasará la mano por la espalda y te dirá ¿qué tal estás, Cristi?. Luego tus padres no tendrán mejor ocurrencia que invitarlo a tu boda y ahí te lo encontrarás, en la primera fila. Bueno, al final nada de eso será tan malo, si todos parecen tan contentos con el arreglo. Supongo que ésto no es nada nuevo, porque los pueblos son muy especiales en todos los sentidos…
Lo que nunca me había pasado era ir al médico y que no me mirase ni a la cara, que lleve unos análisis de los que se deduce anemia y me diga que es normal (debe de ser la enfermedad que se lleva esta temporada junto con las botas altas y las faldas escocesas, digo yo…). Y si uno consigue que lo deriven a un especialista, le dicen en el mostrador que están las listas cerradas. Así, no hay listas de espera largas porque la gente que está esperando para entrar no consta en ningún lado.
No sé donde va a terminar el sistema público en Madrid porque la situación es cada vez peor. No tienen dinero ni para suscribir las revistas de las bibliotecas. Se han gastado un dineral en crear una red para hacer suscripciones en conjunto y reducir gastos a los hospitales y ahora parece que la red está en el aire. Los médicos tienen que usar contraseñas piratas de amigos de universidades o entrar por direcciones de redes latinoamericanas destinadas a países pobres o en vías de desarrollo.
Para más INRI, en los últimos meses han abierto 8 hospitales nuevos en la comunidad y su estado y equipamiento dista de ser el deseable. Tengo amigos médicos que dicen que a colegas suyos que trabajan p.e. en el Hospital La Paz le está pagando el sueldo El Corte Inglés (con quien hay una concesión firmada por un tema de ropa) y hace dos semanas una enfermera de otro hospital denunciaba en el periódico que era Caja Madrid la entidad que les pagaba. Por si fuera poco, en La Paz ya les han dicho que a partir de enero van a empezar a despedir a médicos que lleven menos de dos años contratados… y luego hay escasez de facultativos… y dicen que los jóvenes tenemos que emigrar… ¡pues claro!.
Ahora cada vez que el consejero va a algún hospital lo espera el personal y, a veces, algunos pacientes para abuchearlo, pero como parece que lo del abucheo es ilegal, las últimas protestas han sido silenciosas y mímicas (dignas de un oscar, eso sí)… Y lo más indignante es que el consejero diga que la única queja que ha recibido es por una televisión de plasma mal colocada, ay, ay, ay…

Casa Dragón

lunes, agosto 25th, 2008

10 de agosto, domingo, 3 de la tarde. Madrid. Acompaño a mi hermana a comprar tabaco. El sol castiga a los poquísimos viandantes que nos encontramos por la calle. Todas las tiendas cerradas a cal y canto. Mala combinación, esa de agosto, domingo y sobremesa, si la intención es comprar algo, aunque sea tabaco: los bares también están cerrados. Caminamos, mirando a derecha e izquierda, hasta que encontramos uno abierto. Casa Dragón, reza el cartel. Yo pienso que es un nombre raro, pero tiene máquina de tabaco. Entramos. Un bar español: media docena de paisanos descamisados, pelo en pecho y Marca en mano, en plena sesión cafetera. Un jamón en la barra, boquerones en vinagre y patatas bravas, serrín y servilletas en el suelo de baldosas mugrientas.

Perfectamente español, si no fuera porque la dueña, que en el momento de entrar nosotros sirve una caña con notable pericia, es perfectamente china, al igual que lo son su hija, que hace los deberes en la barra, y la pequeña bandera de la República Popular que, entre una botella de Soberano y otra de güisqui DYC, ondea al son intermitente de un viejo ventilador con voz de helicóptero.

 

Así son los chinos, y eso explica su inmensa capacidad de adaptación. Conquistada la sociedad española por sus restaurantes y satisfecha la demanda de tiendas de todo a un euro, dan un paso más en el camino de la integración regentando negocios tan típicamente españoles como las tascas. Cambian el nombre para recordar su lejana patria, pero mantienen su ibérico espíritu. Al gusto de los nativos.

No me extrañaría, la verdad, que la mitad de los clientes que agostaban en Casa Dragón movidos por el descanso vacacional de sus taberneros habituales, se queden allí cuando, confiados, éstos vuelvan de su pueblo. La combinación de tasca española y horario chino es tentadora para cualquier amigo del bareo: vinitos y raciones 365 días a año. Y nuestros amigos de ojos rasgados han aplicado la misma fórmula a las castizas tiendas de ultramarinos, antes en extinción y ahora negocios de éxito, haciendo las delicias de los adolescentes botelloneros.

Los chinos vinieron, observaron nuestra cultura, la comprendieron –quizá sin compartir sus presupuestos– y ahora ya no solamente saben hacer arroz tres delicias y pollo con almendras, sino también tinto de verano y tortilla de patata. Y créanme cuando les digo que ninguno de los parroquianos de Casa Dragón tenía cara de estar a disgusto.

Han venido para quedarse, y conocen las reglas tan bien como nosotros.

 

Productos gallegos en la pradera de San Isidro

miércoles, junio 25th, 2008

Me llamo Cristina, soy de Betanzos (A Coruña) y desde 1999 vivo fuera de Galicia, durante dos años en la siempre inolvidable Salamanca y desde 2001 en la marabunta de Madrid, disfrutando de sus maravillas y odiando sus defectos, supongo que como en todos los sitios.

El 15 de mayo y como cada año, Madrid celebró su San Isidro en la pradera que le da nombre y que reúne puestos y gente de lo más variopinto. Aunque parezca increíble, nunca había ido a esta romería, por coincidir en día laboral o por no animarme a ir sola a semejante fiesta. Sin embargo, este año mi amigo Pepe (también gallego) me animó a ir y echando mano de un día libre nos dispusimos a achicharrarnos y exponernos a ser aplastados por cientos de personas.

No sé si ocurrirá en otras ciudades (supongo que sí) pero aquí siempre hay gente y colas por todos los sitios y para todas las cosas. Para una chica como yo, de pueblo y de lo más tranquila, fue un poco traumático acostumbrarme a este revuelo continuo… En los primeros años me encontraba a mi misma andando apurada hasta los fines de semana cuando iba de paseo, sin motivo alguno. Supongo que las prisas se contagian muy pronto… y San Isidro no iba a ser menos…

La situación era ésta: subimos al metro en un extremo de Madrid y nos bajamos casi en el otro extremo de la línea junto a hordas de gente que salían de cada esquina. Nos dirigimos a la salida y nos fijamos en un cartel que indicaba que no se podía utilizar cualquier salida. La salida A era para salir del metro y la salida B para entrar. Eso y el servicio de limpieza de la capital es lo que más me gusta de aquí y lo que más echo en falta en mi pueblo: capacidad de organización, no sé si por falta de costumbre o de necesidad. En fin…

Una vez que conseguimos llegar a la pradera después de callejear un poquito nos encontramos con un espectáculo dantesco. No sé cómo lo vería Pepe, pero para mí fue impresionante ver las calles atestadas de chulapos por todos los lados (arriba en la pradera, delante de nosotros, detrás…) y de todas las nacionalidades (españoles, chinos, latinoamericanos, rumanos, polacos, etc), junto a una pradera situada detrás de un barrio con edificios altos. Precisamente, otra de las cosas que me gusta de Madrid es lo que decía Ana Belén en la campaña turística de la capital “Si vives en Madrid, eres de Madrid”.

Después de un rato de respirar ese ambiente tan castizo y de ver bailar varias piezas a unos señores de lo más entusiastas, nos decidimos a buscar el puesto de productos gallegos, of course. Vamos, que a Pepe no se le escapa ni una… La idea era comprar algo (pan de Carral, empanada) e irnos a comer a casa, pero cuando llegamos a los puestos (eran 2) nos surgió el dilema existencial de decidir qué apetitoso manjar nos llevaríamos a casa y a cuál renunciaríamos. ¿Por qué nos gustará tanto la comida?. Al final, nos decidimos por el pan de Carral por el cual pagamos, ¡ay!, 6 euros por una bolla “resesa” (revenida se dice aquí). Lo que hacen las ganas de comer cositas de la tierra… y eso que voy de vez en cuando, pero supongo que pasará como con los emigrantes de antaño cuando se emocionaban con las gaitas fuera de su país y eso que a algunos no les gustaba la música folclórica cuando estaban de vuelta en su casa… La moraleja es que en Madrid o en China ¡qué rica sabe una empanada, una tarta de Santiago o una bolla de pan aunque sea de hace dos días… así que ¡Viva Galicia!.

Hasta la próxima a todos.

Empezando a escribir

lunes, mayo 19th, 2008

Mi “historia” con este blog empezó hace ya unos meses cuando, casi por casualidad, me topé con su enlace al entrar en el portal de La Voz para revisar las últimas noticias publicadas de nuestra tierra. La verdad es que desde un principio me sentí atraída a pinchar el link pero por unas cosas o por otras no encontraba el momento. Siempre estaba ahí, esperándome, así que cuando al final entré consiguió engancharme y desde entonces se ha convertido en visita obligada en mis paseos por el ciberespacio.

Lo que más me gustó, cuando entré por primera vez al blog, fue el encontraros a todos y comprobar que había mucha gente con mi misma sensación de morriña y añoranza de la tierra. Es cierto que físicamente no me encuentro tan lejos como algunos de vosotros y por ello me siento muy afortunada, ya que desde Ávila puedo acercarme a nuestra añorada Galicia siempre que necesito reponerme de un ataque repentino de saudade.

Hace unos cuantos años me fui de nuestro terruño en busca de un trabajo mejor y más acorde con mis estudios y después de algún tiempo sobreviviendo en Madrid (porque por mucho que la gente diga que en Madrid se puede vivir, yo siempre afirmaré que se puede trabajar y llevarlo más o menos bien, pero no hay calidad de vida), he fijado mi residencia en Ávila, una ciudad encantadora y que, tal y como dice uno de sus anuncios, “te abre las puertas”. Ya os contaré más cosas sobre mi ciudad adoptiva y lo que hago aquí en otros posts.

¿Por qué Ávila?, os estaréis preguntando. Pues muy sencillo, llegué a Ávila por amor, sí es cierto, aunque suene cursi y ñoño. Junto con el trabajo o los estudios creo que es uno de los grandes motivos por los que la gente decide moverse de un lado a otro. Cuando conocí al que hoy es mi marido lo tuve muy claro y, cual lapa de nuestras playas, me pegué a él para no separarme en la vida, al menos eso espero (mmm, con lo de las lapas me viene a la memoria una de nuestras aventuras en Galicia, aunque ya os contaré el tema de los caramujos, que en Castilla le llaman bígaros, más adelante, porque es increíble lo cerca que estamos -Galicia y Castilla y León- y las diferencias culturales que puede haber entre unos y otros). Mi empeño actual es enseñarle a David todas nuestras costumbres y conseguir que vaya queriendo cada día más la tierra que hace ya unos años me vio nacer y que todos nosotros llevamos grabada a fuego en el corazón.

Hasta ahora el balance es positivo y como he empezado por el estómago creo que vamos ganando puntos para hacerlo gallego de adopción. Al menos no me pone pegas cada vez que me pongo pesada con eso de “es que el pulpo de aquí no es como el de Galicia”, jejeje. Lo tengo negro con eso de que mis principios me prohíben comer pulpo que no sea de la ría, pobriño, hay que ver qué aguante tiene.

Y por hoy creo que es suficiente, ya os iré informando puntualmente de las cosas que suceden por esta zona de España. En mi próxima historia os contaré la que se lió con una carpa de productos típicos de Galicia instalada en una plaza de Ávila.

Bicos e apertas para todos.

‘La colmena’, retrato vivo de la posguerra madrileña

viernes, abril 18th, 2008

hospicio.jpg“No perdamos la perspectiva, yo ya estoy harta de decirlo, es lo único importante”. Así inicia Cela el resultado de los cinco años de trabajo que dedicó a La colmena.

La novela resulta ser un retrato vivo y en movimiento de la mísera sociedad del Madrid de la posguerra, el reflejo de la cotidianidad de la vida, una vida resultado del conglomerado de cientos de vidas que se cruzan, las vidas de unos seres infelices acosados por la pobreza y por el hambre, asfixiados por la urgencia del día a día, cargados de luces y de sombras, incapaces de realizarse como personas, desilusionados, insatisfechos, desamparados, angustiados, resignados, contradictorios, insolidarios, enfermos, víctimas de la inercia, del racionamiento, del estraperlo y del miedo a ser delatados. En fin, unas vidas sin futuro que caminan a salto de mata y a las que, a menudo, la realidad obliga a dejar a un lado compromisos y moralidad.

En el lapso de tres días, don Camilo sitúa el grueso de la acción en el entorno limitado por tres calles céntricas y conocidas, incluso para los no madrileños, como son Fuencarral, San Bernardo y Gran Vía. El devenir de la obra se sitúa en establecimientos que la evolución y el tiempo trasladaron al mundo virtual. Ello no es óbice para que el Madrid de la novela apenas sufriera cambios en la permanente transformación que experimenta la urbe.

Traducida a multitud de idiomas, La colmena es para Cela la “crónica amarga de un tiempo amargo”; para el mundo, un espejo al que asomarse para atisbar el Madrid de aquellos años.

(Imagen del viejo Hospicio madrileño, sito en la calle de Fuencarral, hoy Museo Municipal, procedente del Banco de Imágenes y Sonidos)

La Santa Compaña madrileña

jueves, abril 3rd, 2008

casa.jpg

Vivas en la diáspora o en Galicia, no creas en absoluto que nuestra tierra posee la exclusiva de la Santa Compaña: me aseguran que ha sido vista en varios lugares castellanos, y una villa capitalina que se precie, como es Madrid, no podría existir sin esa regalía.
El Ministerio de Cultura tiene su sede en la Plaza del Rey, número 1, en un precioso y singular edificio del siglo XVI conocido como Casa de las Siete Chimeneas; se llama así porque siete son las chimeneas que coronan su tejado.
 
La casa fue residencia de personajes singulares, de los que el más controvertido resultó ser el marqués de Esquilache, el ministro que Carlos III trajo de Italia y que consiguió unir y amotinar a los madrileños en contra de su empeño por imponer la moda, aunque no se nos esconde el mar de fondo que vivía la sociedad de la época y que es la causa profunda del levantamiento popular. Pero la moradora de la mansión que dejó en los gatos una huella más profunda es una bella dama de tiempos de Felipe II.

Cuéntase de la mujer que era objeto de escándalo a causa de las numerosas visitas que recibía, incluida la del propio monarca. La alarma social debió alcanzar grado tal que el Rey optó por casarla. El destino o quien fuese jugó sus cartas y llevó al marido a la guerra en Flandes, donde falleció. Y nuestra viuda pasó a desarrollar una vida recatada y discreta, tanto que trascurridos unos meses apareció muerta en su lecho.

Narra la leyenda que, después de la hora bruja, la silueta de una hermosa mujer vestida de blanco se deslizaba por el tejado de la Casa de las Siete Chimeneas.

(Fotografía de procedente de Wikipedia)

Breogán y Valle-Inclán en Madrid

jueves, marzo 27th, 2008

breogan.jpg

Mientras camino por la avenida Donostiarra, viene a mi mente aquella cita de la Sonata de Otoño que reza: “Son las palabras espejos mágicos donde […] se aprisiona el recuerdo de lo que otros vieron y nosotros ya no podemos ver por nuestra propia limitación mortal”.

Atravieso sin prisa el puente Calero, sobre la M-30, hoy calle 30. Observo el incesante fluir de automóviles, Las Ventas a tiro de onda y Torrespaña a lo lejos. Sigo avanzando y acabo por desembocar en el parque de Breogán. Heme aquí en una pequeña isla poblada de pinos que quieren trasladarme a la vieja y querida esquina verde que esperan representar y que filtran el aire del entorno. 

Igual que desde la torre que nuestro mitológico padre Breogán construyó en Brigantia podía divisarse Irlanda, desde esta desconocida atalaya madrileña, el visitante puede ver con los ojos del alma —“los siglos no pasan”, pronunció don Ramón— aquella quinta desvencijada próxima a Las Ventas del Espíritu Santo a la que el llamado poeta melenudo se trasladó algún tiempo después de su llegada a Madrid. 

E igual que los bisnietos de Breogán conquistaron Irlanda navegando desde Brigantia, Valle-Inclán, desde esta esquina capitalina, desbordado de libertad, libertad que, en palabras de Gómez de la Serna, le llevó a que “su vida de artista y su hambre fueran santas”; desde esta esquina, digo, conquistó el Olimpo de las Letras

Volver a casa

martes, marzo 25th, 2008

Ahora estaba frente a la ventanilla, donde nada importaba más que los minutos interminables y la persona en cuyas manos se encontraba mi destino. De nada valía mi bolso de diseño, mi pelo recién peinado en una buena peluquería coruñesa o mis joyas. Todos los elementos que me separasen de la mayoría de los compatriotas a los que yo observaba con cierto desdén, desde mi condición de emigrante sentimental venida a más, carecían de importancia en estos momentos.

Me encontraba en la Embajada de los Estados Unidos de América en Madrid, la fecha, 8 de agosto de 2007. Ya habían transcurrido más de 24 horas desde que me había encontrado el infortunio en el aeropuerto de Barajas, donde a pesar de mis esfuerzos para evitar a última hora que la señorita de facturación viese mi tarjeta de residente en mi mano el destino se rió de mí. –¿Mi dirección en Estados Unidos? Sí, sí ya se la digo, deje que guarde esto en la cartera. -No la guarde, no, déjeme ver su tarjeta de residente… Yo sabía que esa tarjeta estaba caducada y que había tenido suerte de haber pasado el control de seguridad de inmigración para llegar al mostrador de facturación, donde solamente quedaba pesar la maleta y recoger la tarjeta del embarque.

Ahora, una empleada impertinente con acento de barrio madrileño, rellenita y con corte de pelo masculino se había empeñado en hacerme difícil el camino de regreso a Filadelfia… Más tarde supe que era una sustituta contratada temporalmente en agosto y que mi justificante de renovación del permiso de residencia era más que suficiente para viajar (Te entiendo, espero que encuentres sentido a tu vida, dejes de tocarle las narices a los que no son como tú y aceptes el mundo en el que nos ha tocado vivir). 

Tengo 28 años, soy gallega (coruñesa) y hace unos 11 que viajo por el mundo. Los puntos clave de mis viajes donde he estudiado o residido han sido por orden cronológico: Madrid, Dublín, Marbella, Aix en Provence, Liverpool, Granada, Milwaukee, Madison, Chicago, Barcelona y Filadelfia, donde actualmente resido. Soy hija de padres divorciados residentes en La Coruña, fui al Colegio Liceo y tuve una insignificante carrera como modelo que culminó y terminó en el programa matutino de María Teresa Campos. Hoy eso queda lejos, soy empresaria, tengo amigos por todo el mundo, hablo muchos idiomas y puedo decir soy un feliz híbrido de raíces claramente gallegas. Creo haber aprendido a vivir “trasterrada”, como menciona Ángeles, aunque la condición de emigrante trae consigo un alto grado de confusión que azota cuando menos te lo esperas. 

-Tienes que irte a la Embajada, hoy de aquí no pasas.  Recibía esta noticia con el ruido de taladro y las cortinas de plástico cubre reformas, la gente y el caos se apoderaban paulatinamente del aeropuerto y de mis oídos mientras me alejaba de allí estupefacta y asustada ante la adversidad que había inundado mi día…el desastre estaba servido.  A ese momento le siguieron otros igual de frustrantes, el calor de Madrid en agosto, la sensación de que todo funciona a medias durante ese mes, la confusión y la desesperación. Personajes que surgieron de la tierra como aquel operario del aeropuerto que por unos minutos se convirtió en mi ángel de la guardia, abriendo puertas de acceso restringido como una bala mientras se unía a mi causa y me hablaba como a una hermana pequeña. 48 horas de soledad, taxis y gastos inesperados, minutos contra reloj, ojos apenados de la gente que escuchaba mi historia con interés, una funcionaria redentora (Débora) que dijo que me ayudaría y que nunca llegaba al trabajo a la hora, un teléfono que tras horas de espera de alguna noticia sonaba con la voz de Débora al otro lado del hilo, sobre el cual me abalanzaba yo bajo la atenta mirada de una recepcionista solidaria. Marines norteamericanos que se saltaban alguna norma para ayudarme a hacer llamadas al exterior, mesas para uno en restaurantes de moda de la Castellana, pelos peinados ya en una peluquería de poca monta, de las que solamente existen dentro de los centros comerciales españoles. 

Delante de aquella ventanilla en la sala de espera en la que ya solamente esperaba yo todo parecía absurdo y disfuncional. Mientras agarraba el sobre cuyo contenido permitiría la conclusión de este viaje cargado de alegrías, emociones, recuerdos, vistas al mar, desengaños y paseos por San Andrés, recordé precisamente en qué consistía volver. Pronto os hablaré de la vida en América, de la crisis económica y de cómo nos afecta a los que no estamos aquí de paso, de cómo se creó Covalingua desde cero, de la importancia del historial de crédito en Estados Unidos, de los retos de un matrimonio bicultural, de cómo nos comportamos los españoles en el exterior y de lo que se os ocurra preguntarme.