La Voz de Galicia lavozdegalicia.es - blogs | Inmobiliaria | Empleo | Mercadillo

Entradas etiquetadas como ‘literatura’

Un descubrimiento

martes, mayo 11th, 2010

Hace tiempo escuché el nombre de Roberto Arlt en un programa de radio que, en su momento,  me pareció anodino. Fue en boca de un periodista chileno, joven, prometedor, que parecía bastante culto. Sin embargo, para mi sorpresa, luego derivó en el periodismo deportivo, donde se desenvuelve con éxito. En todo caso, lo nombró de manera muy elogiosa, como uno de los mejores escritores argentinos. Copié ese nombre y, tiempo después, hice una búsqueda en internet. Me sorprendió que fuera un hombre interesado por Galicia, al punto que escribió un libro  de viajes titulado “Aguafuertes gallegas”, que compré el año pasado en Argentina.  Por cosas de mi trabajo y también por las demandas de mi tesis de doctorado, no lo leí de inmediato. El pasado fin de semana nos pusimos a ojearlo, junto con mi hija. Para ambas, fue todo un descubrimiento, tanto por su forma de escribir como por las remembranzas que nos trajo su lectura.

En ese libro, escrito hace más de sesenta años y cuya tentación de comentarlo en este espacio que nos brinda GaliciaGlobal no puedo evitar,  Arlt descubre paisajes y semblanzas humanas de una Galicia que me llevó a viajar, por un rato,  a través del túnel del tiempo, recordando mi niñez y adolescencia coruñesa. Artl se pasea por todo  y por todo campo de reflexión posible cuando se piensa en Galicia: la campesina gallega, Santiago de Compostela, la vida en Coruña, la Torre de Hércules, lo que llama “fantasmas” en el paisaje gallego, Betanzos, la pesca del pulpo y la fiesta de los “Caneiros”, por citar algunos focos de sus reflexiones.

Me detuve particularmente en lo que le produce la Torre de Hércules, aunque él reconoce que lo deja indiferente. A mí, no  puede dejarme así pues esa Torre fue testigo de muchos de mis pasos y juegos de niña. Un párrafo me pareció particularmente elocuente: “Respaldada por un horizonte iluminado en exceso, su superficie, a contraluz, se recorta oscurecida y geométrica. Atalaya del Mar, la llama Paulo Osorio”.

Ahora, no tengo ya esa Atalaya del Mar alrededor de la cual pasear y observar el mar. En su lugar, vivo en una ciudad que tiene una atalaya geológica, la Cordillera de Los Andes. Espero enviarles, en los próximos días, una foto de estas montañas que ahora me acompañan, con las primeras nieves del otoño.

Novelas para leer en el tren

viernes, diciembre 12th, 2008

Me he llevado una buena sorpresa hoy al comprobar, leyendo un libro sobre los últimos años de la vida de Marcel Proust –el escritor que más me ha gustado de todos los que he leído jamás–, que ya en su época se distinguía entre la literatura buena y la de digestión rápida para leer en el transporte público –que aporta poco, o nada en ocasiones–, algo de lo que hablaba en la entrada anterior.

Cuenta la anécdota Celeste Albaret,  asistenta de Proust durante más de una década, a raíz de el último encuentro entre éste y el escritor Marcel Prevost, quien, con anterioridad a lo narrado, había escrito un artículo muy malintencionado sobre el autor de En busca del tiempo perdido. Transcribo textualmente:

 

“Cuando volvió, tarde por la noche, a pesar de su agotamiento parecía divertido y de buen humor. Me contó:

–Ah, mi querida Céleste, a quien sabe esperar todo le llega. Esta noche me he divertido. Todo el mundo estaba en la fiesta… Quizá demasiada gente, un poco mezclada. Y mire lo que son las cosas: allí se encontraba el novelista Marcel Prévost, del que le he hablado a menudo. Daba vueltas a mi alrededor. Yo estaba con gente que me hablaba de mis libros y me felicitaba. Él se ha acercado y me ha dicho: “Buenos días, monsieur Proust”. He fingido no verle ni oírle. Ha regresado un poco después: “Mi querido colega…”. Aunque esta vez tampoco me he dado por aludido, ha seguido sin entender. Se ha puesto una tercera vez detrás de mí y me ha dicho: “Querido monsieur Proust, imagínese que, el otro día, nos confundieron”. Entonces, he dado media vuelta y he contestado, con una voz fuerte, para estar seguro de que todo el mundo lo oyera: “¡Sólo coincidimos en las iniciales!”. Después de esto, le aseguro, Céleste, que no le quedarán ganas de venir a saludarme, que es exactamente lo que to quería.

Y añadió riendo:

–Yo no escribo novelas para leer en el tren.”

Desde luego que no las escribió. Toda su obra está en las antípodas de ser esa literatura gruesa y simplona que trata al lector como a un tonto y que es la que más se vende ahora. Al leer a Proust uno casi abandona el cuerpo y entra en un mundo completo en sí mismo, independiente del autor y del lector, que sigue palpitando cuando se cierra el libro. Cuando uno termina, con provecho, la lectura de En busca del tiempo perdido, se conoce mejor a sí mismo –porque parece, lo juro, que Proust te mira dentro y te pone delante lo que encuentra– y tiene una visión más amplia y profunda del espíritu humano. Lo mismito que las novelas de Dan Brown, que no son más que crema pastelera barata para rellenar el tedioso vacío de los aeropuertos o de los viajes mañaneros en el cercanías.

Hay, por supuesto, todo un universo, casi infinito –toda la literatura–, entre Proust y Brown, que es lo mismo que decir entre lo mejor y lo peor. Gracias a dios, hay muchos libros maravillosos que, si no llegan al nivel de Proust y los pocos que están a su altura, aportan también su buena ración de sabiduría. De éstos, la mayoría son mejores para leer en un sofá, tranquilito –eso es leer– que en el metro o en el bus, a trompicones –eso es ausentarse del mundo–. Se pueden practicar las dos cosas, pero conviene, para no llevarse disgustos, saber qué libros pertenecen al silencio y cuáles al traqueteo mundano.

Y, sobre todo, conviene dedicarle más tiempo a la primera forma de lectura que a la segunda. O eso pienso yo.

Tecnomamones

martes, diciembre 2nd, 2008

Leo un libro espantoso llamado Escribir para niños. La autora es Silvia Adela Kohan, y lo publica la editorial Alba. Es lo peor que he leído sobre el tema: tópico, sobado y, lo que es peor, muy cursi.

Sin embargo, cita una curiosa anécdota sobre Einstein. Parece ser que una madre preocupada le preguntó una vez qué tenía que hacer para que su hijo fuera en el futuro un gran hombre de ciencia, y él contesto que lo único necesario era leerle muchos cuentos.

¿Será apócrifa esta historia? Podría serlo. Sin embargo, le concedo el beneficio de la duda. No porque favorezca mi campo, la literatura, sino porque he observado que las grandes personalidades de la ciencia sienten un gran respeto por las letras y suelen ser grandes lectores.

¿Y por qué, sin embargo, existe entre grises ingenieros aprietatornillos, químicos fabricantes de cremitas y economistas de la lista de la compra una tendencia notable a despreciar las letras? Recuerdo aquel antipático profesor de física que tuve, y que nos repetía hasta la sociedad aquella cantilena de “el que vale, vale, y el que no, a letras”. Sólo consiguió confirmarme en mi vocación y que huyera de su ejemplo.

¿Por qué estos calculines de medio pelo suelen decir con regodeo, cosas como: “es que yo puedo estudiar lo tuyo sin preparación, pero tú lo mío no…”. Claaaro, léase usted a Joyce o a Sófocles sin haber leído nada antes. Y luego me hace un croquis. Para estos individuos la literatura son las estanterías de ofertas del VIPS (donde yo he comprado libros, que no todo es malo en ellas). Ah, y el insoportable Señor de los Anillos, no nos olvidemos de él, libro de cabecera –y único– de un montón de informáticos de vuelo raso.

Ya es hora de reivindicar la nobleza de las letras en este mundo de mercaderes, y decir sin ninguna vergüenza: “señores, lo que hacen ustedes en el metro no es leer, porque nada que valga la pena puede ser leído en el metro sin menoscabo de su comprensión y disfrute. Así que hay dos opciones: o están leyendo basura o se están perdiendo la mitad de lo que leen.” Tal manera de leer, no nos engañemos, es un modo de no pensar, de evadirse, no de profundizar en el espíritu humano, que es de lo que va esto de la literatura en última instancia.

Para leer de verdad, literatura de la buena y disfrutarla, hace falta preparación, y no solamente eso, sino también inteligencia, sensibilidad y cierta fineza de espíritu. Leer –digo de verdad, no leer en el McDonalds– forma el carácter, amplia la mente, fomenta la reflexión y trae hasta nosotros lo mejor de los mejores hombres y mujeres de los siglos pasados. Ya está bien de que los científicos de medio pelo sigan difundiendo por ahí que lo suyo es lo meritorio y lo nuestro bobadas de vagos incapaces de concretar un pensamiento.

Los verdaderos científicos de todas las edades han poseído un espíritu humanista, formado y creativo y por eso han respetado las grandes letras. Están, gracias a dios, en las antípodas de los tecnomamones que consideran que sólo la ciencia y la tecnología aportan algo a este mundo.

Se ve que sus madres les leyeron pocos cuentos cuando eran niños.

Saludo a los seres queridos

domingo, noviembre 30th, 2008

Han sido -están siendo- unos meses duros; negarlo no hará que dejen de estar ahí. Sin embargo, hoy me siento mejor. Como si un tapón hubiera saltado lejos.

He leído mucho, estos dos meses largos que llevo aquí. Y más que nada he hecho algunas relecturas importantes. Entre ellas, las poesías de Emily Dickinson, en la edición antológica y bilingüe de la editorial Hiperión, llamadra Crónica de plata. Ya es la tercera vez que me la leo, y esta autora de Massachusetts no deja nunca de sorprenderme. Hay algo entre inocente y misterioso en su obra, algo que me recuerda al Blake de Canciones de inocencia y experiencia.

Cada noche, antes de leer otros poemas, he releido el primero que recoge la antología de Hiperión, porque expresa perfectamente el amor en la distancia –o así, al menos, lo he interpretado yo, qiuizás a causa de mi situación personal–. Dice el poema:

There is another sky,

Ever serene and fair,

And there is another sunshine,

Though it be darkness there;

Never mind faded forest, Austin,

Never mind sient fields.

Here is a little forest,

Whose leaf is ever green;

Here is a brighter garden,

Where not a frost has been;

In its unfading flowers

I hear the brigh bee hum;

Pritbee, my brother,

Into my garden come!

 

Y traduce Manuel Villar Raso:

 

Hay otro firmamento

Siempre sereno y hermoso,

Y hay otra luz del sol,

Aunque allí esté oscuro;

No te importen los bosques marchitos, Austin,

No te importen los campos silenciosos –

Aquí hay un bosquecillo,

Cuya hoja siempre está verde;

Aquí hay un jardín más brillante,

Que no conoce el hielo;

En sus inmarcesibles flores

Oigo el zumbido de la brillante abeja.

¡Te lo ruego, hermano,

Entra en mi jardín!

 

¿No es eso lo que todos necesitamos que alguien nos diga a veces, cuando nos sentimos a la intemperie, cuando la vida nos azota con sus vientos o nos cubre con su sombra? “Te lo ruego, hermano, entra en mi jardín”. Es cierto que en amor, en el regazo de los seres queridos, está la parte de Paraíso que a todos nos corresponde en esta vida. Y es cierto que allí no hay oscuridad o hielo que nos alcancen. ¿No lo dice Mark Twain a través del epitafio que Adán le escribe a Eva en su divertidísimo libro Diario de Adán y Eva -valga la redundancia-? “Allí donde ella estaba, estaba el paraíso.”

 

Va dedicado a la familia y a los amigos. Ya sabéis que allí donde me encuentre, aunque sea en una isla del Pacífico, tenéis un lugar donde reparar las fuerzas, sea cuando sea.

El efecto tropical

viernes, noviembre 21st, 2008

 

Está costando, esto de adaptarse a Taiwán. Pero si me paro a pensar los motivos de tal dificultad no consigo definirlos con exactidud –algunos sí, ciertamente, pero no son cosa para contarla en este blog-.

 

Sin embargo, acabo de comprender de un fogonazo uno de ellos. Les cuento. Una de las razones de mi aturdimiento a lo largo de estos últimos dos meses ha sido la sensación de que llevo aquí mucho menos tiempo del que en realidad llevo. De repente me sorprendo pensado cosas como la siguiente: “aún no tengo apenas amigos nuevos. Bueno, en realidad acabo de llegar, así que es normal… ¡Dios mío, pero si llevo aquí desde primeros de septiembre!”

 

Quizá las razones de este desfase entre el tiempo real y el psicológico se deban a muchas causas (qué puedo contarles que no dijera mi admiradísimo Marcel Proust, sobre el que estoy leyendo estos días un libro muy interesante del que hablaré pronto en el blog), pero una de ellas, de raíz más física que otra cosa, es, con seguridad, la siguiente: el clima apenas ha cambiado desde que llegué. Quitando los dos tifones, hechos aislados, el calor del ha comenzado a aflojar hace apenas unos días. ¡Hasta el diez de noviembre en camiseta!

 

En mi opinión, que el tiempo se parezca tanto al del verano me ha mantenido psicológicamente atado a esa estación. Es ahora que necesito, de golpe y porrazo, usar un jersey -ligero- cuando asumo físicamente el tiempo que ha pasado y puedo, por fin, ver algunos hechos en perspectiva. Y la verdad, siento la mente más clara y más ágil. Me sentia muy espeso después cinco meses de verano -yo, que siempre he vivido en ciudades con las estaciones muy marcadas-.

 

Más vale tarde que nunca, así que hoy saludo al otoño con una alegría que no sentía desde hacía muchas semanas. Espero que su viento arrastre los pensamientos viejos como si fueran hojas y que su luz, más suave, me permita ver las cosas con otros ojos. ¡Todo cambio trae algo bueno si se sabe esperar y mirar sus efectos! Como dice Marco Aurelio, que siempre me ayuda en los malos momentos, en sus Meditaciones:

 

Conmigo casa todo lo que casa contigo, mundo. Nada me es prematuro ni tardío que sea para ti en sazón. Fruto es para mí todo lo que producen las estaciones, naturaleza. De ti todo, en ti todo, a ti todo.

 

Estupendo, ¿verdad? Si es que lo que no hayan dicho los clásicos… Nada mejor que leerlos cuando uno no se entiende a sí mismo. Si se lee buscando, muy bien, y si se lee por distracción… También: a veces en la evasión se encuentra uno con pistas inesperadas. Esto me recuerda al mayordomo de La piedra lunar, de Wilkie Collins (léanselo ya, por favor) quien, tuviera el problema que tuviera, encontraba la solución en las páginas de Moby Dick, que abría siempre al azar. Como hacen algunos cristianos con la Biblia, vamos.

 

Lo dicho. Disfruten de las estaciones, ustedes que las tienen. Yo pienso aprovechar cada segundo de este  otoño tardío y tardón. Con los nuevos amigos que encuentre, y también con los viejos, como Marco Aurelio y Marcel Proust.

Más sabiduría del Sanzijing

viernes, mayo 9th, 2008

Ya terminé el Sanzijing, y ha merecido la pena. Los principios morales del confucianismo son muy interesantes, aunque mi debilidad sigue siendo el taoísmo. Una de las frases que más me ha gustado es de Confucio mismo: “Estudiar sin reflexionar genera confusión. Reflexionar sin estudiar es fuente de desvaríos.”
Era un hombre observador, este Confucio. La primera parte de la frase es clara: todos nos hemos chapado la lección de naturales o de historia sin entender n-a-d-a de lo que decía. Ni una línea. ¿Cuál era el resultado? Que en cuanto una palabra de la larga cadena memorizada nos fallaba, allá iba el resto detrás, y acabábamos poniendo el aparato de Golgi en la falda de un volcán o a Gengis Khan en la batalla del Ebro.
En cuanto a la segunda parte, ¿quién no recuerda los domingos de resaca, hablando por hablar, que no pescábamos nuestros ideas inteligentes ni con trueiro, a pesar de que nos parecieran auténticas obras maestras de la lógica? Pues eso, puro desvarío.
Otra de las aportaciones interesantes de la moral confuciana es la de otorgar, por los méritos obtenidos por alguien, títulos a sus antepasados, y no a sus descendientes. Poco que decir de la sabiduría y la justicia de tal costumbre, excepto que nos hubiéramos ahorrado muchos privilegios injustos.
Por último, una frase de esas para leerla despacio, pero que da en el clavo, también de Confucio en persona:

“Quien quiera ser virtuoso y se aparte del estudio, desembocará en la estupidez. Quien quiera ser un hombre de ciencia sin estudiar, caerá en la incertidumbre. Quien pretenda ser sincero y no preste atención al estudio, acabará teniendo malas intenciones. Quien desee ser recto, pero no estudie, se volverá un temerario. Quien aspire al valor, pero no se dedique al estudio, acabará envuelto en el desorden. Aquel que ame la perseverancia pero no ame el estudio, caerá en el fanatismo.”

Atención, en particular, a la última, que alguno de esos perseverantes que no estudian existen entre nuestros políticos. Propongo que la lectura del Sanzijing se vuelva obligatoria en nuestra enseñanza secundaria, en lugar de aceptar que autores que hablen de patrias, etnias y guerras gloriosas pululen por los libros de texto. ¿Qué les parece la idea?

El juez Di

miércoles, mayo 7th, 2008

mahjoong-736402.jpg

Estoy leyéndome Los asesinos de campana china, quinto volumen de los que Robert Van Gulik escribió sobre las aventuras del juez Di.
El autor, nacido en 1910 y fallecido en 1967, fue secretario de la legación de Asuntos Exteriores de Holanda en Japón y Corea, entre otros destinos. Enamorado de China y considerado un eminente sinólogo, realizó diversos trabajos sobre arte y cultura asiática –destaca entre todos La vida sexual en la antigua China, publicado en España por Siruela y convertido en un libro de referencia–.
Sin embargo es más conocido por su producción estrictamente literaria. Basándose en la figura histórica del juez Di Jen Djieh (630-700 d.c, dinastía Ming, un poquito antes de que los árabes llegaran a la Península Ibérica, es decir, hace muuuucho tiempo), y permitiéndose algún que otro desliz histórico de poca importancia, escribió numerosas novelas de misterio. Hasta ahora he leído cinco de ellas: Tres cuentos Chinos, El monasterio maldito, El biombo lacado –la primera que leí-, Los misterios del lago asesino y Los asesinos de la campana china, que es el que me tiene en ascuas.
Los relatos de Van Gulik son literatura directa, intuitiva, pura narración. El autor se detiene poco en las descripciones, y forma los personajes con tres o cuatro rasgos que estos mantienen a lo largo de todas las novelas de manera inamovible. De poca hondura pero mucha efectividad, las tramas enganchan desde el primer momento. La ambientación, dados los conocimientos del autor sobre la época, es muy sugerente.
Es una combinación agradable para quien quiera entretenerse: personajes sencillos de los que siempre sabes qué esperar; tramas que mantienen bien la tensión sin llegar a complicarse nunca demasiado y buena ambientación.
Además, leyéndolos he aprendido cosas interesantes, como la manía que les tenían los confucianos puros, orgullosos de seguir una tradición netamente china, a los budistas, por aquel entonces meros advenedizos, seguidores de una moda extranjera que son descritos como místicos alucinados fuera de toda mesura o maleantes que ocultan bajo sus hábitos intenciones poco edificantes (en dos de los relatos son directamente los malos). El juez Di siempre observa, consternado, cómo los hombres de negro, como los llama, van acaparando influencia en la corte.
Por último anotar que acompañan al texto las ilustraciones del propio autor, esquemáticas pero muy curiosas. Los dos dibujos de esta entrada pertenecen a los libros.
Si les apetece literatura entretenida, sin pretensiones, novela histórica de calidad –en estos tiempos aciagos para el género– mezclada con tramas detectivescas, encontrarán en las obras de Van Gulik lo que están buscando.
Muy, pero que muy recomendable. Háganme caso y viajen al Celeste Imperio de la mano de un escritor holandés. Por cierto, están todos en la editorial Edhasa. ¡Disfrútenlos!

El lejano Occidente

miércoles, abril 23rd, 2008

Me estoy leyendo un libro que os recomiendo. Se llama Nuevas cartas edificantes y curiosas escritas desde el extremo Occidente por ilustrados viajeros chinos durante la Bella Época (André Levy, F.C.E, México, 1991). Es un ensayo entretenidísimo que cuenta los primeros viajes oficiales que chinos cultos hicieron a Europa, buscando soluciones políticas y comerciales a la presión sanguinaria de los países “blancos” sobre las materias primas de Asia y, sobre todo, al problema del opio.
Estos viajeros, entre los que destacan algunos nombres como Yüan Tsu-Tchi o Tang Tingshu, dejan memoria escrita de sus experiencias.
¿Por qué recomiendo el libro? Porque está bien escrito, porque los textos chinos seleccionados son muy entretenidos, y porque nos ilustra sobre cómo vieron la Europa de la segunda mitad del XIX y principios del XX aquellos chinos a los que nosotros también observábamos con curiosidad y cierta distancia. Ahora estamos muy acostumbrados a ellos, que han llenado nuestras calles con sus tiendas y productos, pero imaginaos el revuelo que causarían aquellos primeros chinos que luego inspiraron a Fumanchú y la marca de flanes en polvo de la que se alimentaron nuestros padres. Es muy interesante poder acceder a las descripciones que alguien perteneciente a una cultura tan lejana hace de nuestra forma de vida. Para muestra, un botón:

“En Inglaterra es donde más llueve, todavía más que en Francia, aunque en un mismo día puede haber chubascos y escampar después. Sin embargo, las calles están limpias y las cunetas en buen estado: en cuanto deja de llover, camina uno sin enlodarse ni ensuciarse. Lo único es que en invierno es tal la niebla, que autos y transeúntes chocan: hay que salir tocando una campanilla; para no equivocarse de puerta, también hay que tocar antes de entrar. En esta época muchos se refugian en el extranjero o en su casa de campo, igual que en verano, cuando huyen del calor. (…)
Entre las costumbres occidentales se encuentra el amor a la limpieza. La suciedad es la peor de las cosas. Nadie desordena una mesa ni una habitación, ni usa calzado, ropa o sombrero empolvados; por ello, todos los días lavan la ropa y cambian los cubiertos después de cada alimento, igual que los platos. Consituye una grosería servirse de un plato con los cubiertos del anterior. (…)
Tampoco puede uno entrar a su antojo en la habitación de otra persona. (…) No se entra de sopetón, sino cuando le contestan a uno o le abren.
En los retretes hay un conducto de agua por el que se desalojan las suciedades. Para ello es necesario jalar una cadena y dejar correr el agua; antes que nada, hay que cuidar este punto, o la siguiente persona no dejaría de señalarlo. No está permitido escupir en cualquier lugar: hay que hacerlo en una escupidera. (…)
Como regla general hay que cederle el lugar a las mujeres, ya sea que caminen, se sienten o entren. En un banquete, si hacen como si lo rechazaran a uno, es por temor al vómito o a ser pisoteadas. No hay que hablar de su edad: no responderían (…) Tampoco conviene hablar de excrementos, de las necesidades naturales ni de otras suciedades. Si uno no cubre el piso con alfombras, si no pone mantel a la mesa, si no utiliza platos para los alimentos y si no tiene cortinas en puertas y ventanas, lo critican y ridiculizan.”

 

Y así sigue la cosa. Hablan de la belleza de las mujeres y de los hombres, de las costumbres gastronómicas, del barco, del tren, de los edificios, de la iluminación nocturna; de todo, en fin, y lo hacen casi siempre con gran exactitud. Si a alguien le interesa vernos tal como éramos, a través de los ojos de espectadores absolutamente ajenos a nuestras costumbres, éste es el libro adecuado. Yo me lo estoy pasando en grande.
Ya hablaré más adelante –quizás después de las vacaciones del 1 de mayo– de cómo ven los chinos actuales nuestro idealizado occidente moderno.

 

Un abrazo desde Manchuria.

Los alumnos chinos y el azar

sábado, abril 19th, 2008

Tras cuatro semestres enseñando expresión escrita en China he de afirmar que ser profesor en este país es fácil. Los alumnos son aplicados, obedientes y bien dispuestos. Sin embargo, tienen un pequeño punto débil: les aterroriza improvisar en el aula. Cualquiera que conozca la facilidad con la que los chinos se echan a cantar o hablar en público sin reparos se extrañará ante este hecho, pero para los alumnos chinos el aula es un espacio de estudio y sacrificio y no de esparcimiento (aunque los teléfonos móviles estén poniendo en crisis esta forma de comportamiento).
Uno de los métodos que prefiero a la hora de hacer escribir a mis alumnos es introducir en los requisitos de la redacción elementos que ellos no hayan podido prever antes de comenzar el ejercicio. De este modo, los estudiantes se ven en la obligación de echar un pulso con la lengua española y solamente cuentan con los recursos que les proporcionan sus capacidades lingüística, por un lado, y creativa, por otro. Al ejercicio de escritura se le añade el ejercicio de improvisación.

Una de mis actividades favoritas se llama “el poema de las siete palabras.” Cada alumno ha de utilizar una cuartilla en blanco y escribir una palabra en ella. Una vez hecho esto, pasan el papel a su compañero de la derecha, quien ha de escribir otra palabra sobre la hoja. El procedimiento se repite hasta que en cada cuartilla haya escritas siete palabras. Entonces, por última vez, los papeles se pasan una vez más a la derecha.
De este modo, cada alumno tiene en su poder, al terminar, una hoja con siete palabras que no ha escrito. Una vez que han buscado los significados de las que les resulten desconocidas, cada uno procederá a escribir un poema que incluya todas y cada una de las palabras que le han tocado en suerte. Para ilustrar el ejercicio descrito, expondré algunos ejemplos escritos por mis alumnos hace unos meses:

Poema de Agustín
Palabras: olivo, paloma, matar, edificio, odio, desayunar, muerte.
El edificio cayó cuando pasé a su lado, me mataron. / La muerte se me llevó la vida al otro mundo. / No tengo odio pero lo que me molesta es que no puedo desayunar más. / Porque el desayuno de mi madre es suculento… / Ojalá un día una paloma con la rama de olivo venga, / me dirija a mi propia casa de nuevo, / no sufra la vida triste en el infierno.

Poema de Gracia
Palabras: hermoso, joven, libro, chino, mirar, silla, competencia.
Los pétalos están cayendo, / volando en la lluvia y el viento. / ¿Quién todavía recuerda la competencia entre las flores / en primavera? / Al oír la lluvia caer en la ventana, / una joven hermosa mira hacia fuera, / deja el libro antiguo chino, / se levanta de la silla / y sale con una azada para flores y un paraguas, / también un suspiro suave de tristeza.

Poema de Lola
Palabras: ecuador, casa, bailar, pluma, rabo, ocho, estrella
El ecuador divide la tierra en dos hemisferios, / pero el amor los une. / La inundación convierte todas las casas en ruinas, / pero el amor las reconstruye. / Con el amor el bailarín puede bailar / la mejor danza en el peor escenario. / Con el amor el escritor puede escribir / el mejor artículo con la peor pluma. / Sin el amor todos los animales perderían sus rabos. / Sin el amor todas las estrellas desaparecerían / y yo creo que todo el mundo está de acuerdo / con estas ocho oraciones.

Poema de Rocío
Palabras: Finlandia, estrella, lotería, luna, enfermedad, cielo, morir.
Finlandia, mi patria. / Es para mí una lotería / poder ver tu cielo / tan azul y limpio, / con las estrellas, / con la luna. / Sin enfermedad, me moriré / en paz / recordando mi patria.

Poema de Marcela
Palabras: Mágico, matar, árbol, amor, lenguado, imaginación, saltar
Un árbol y un lenguado se enamoran. / Es un lenguado mágico. / Ama al árbol por su cuerpo recto, / por sus hojas verdes. / Es un árbol guapo / pero es ciego, no tiene ojos / ¡qué pena! / Menos mal que tiene mucha imaginación: / imagina la cara del lenguado, / imagina su piel, / imagina su cola y aleta. / Sin embargo / no pueden tocarse / no pueden besarse. / Un día / el lenguado decidió hacer algo para su novio. / Él saltó sobre el mar / y voló hacia el árbol. / Sí, el se suicidó / y murió en los brazos de su novio. / Antes de dejar de respirar / el lenguado dio sus ojos al árbol / como último regalo.

poema de Penélope
Palabras: Lujo, aprender, cerdo, bien, árbol, flor, lugar
Agradezco a mis padres que no me hayan criado / como a un cerdo. / ¡Huy! ¿Qué sería de mí si fuera un cerdo? / No podría aprender –eso está bien. / No podría oler las flores –eso también está bien. / No podría entender qué bonito lugar es el mundo –está bien. / Lo importante es que no podría trepara a un árbol / porque es un lujo con las piernas cortitas de un cerdo. / Pero lo puedo hacer fácilmente / porque soy un mono orgulloso.

Poema de Santiago
Palabras: Suiza, elegante, antigüedad, lápiz, sobre, nieve, abuela
En la antigüedad suiza / vivieron muchas personas extraordinarias, / sobre todo una elegante abuela / que con sus lápices de nieve / pintó un país bonito: /Suiza.

 

¿Qué les parecen? Cada vez que hago esta actividad la empiezo pensando que va a resultar demasiado difícil para los estudiantes, y cada vez me sorprendo, al corregir, de la capacidad lingüística que han adquirido en tan poco tiempo. Piensen que estos poemas los escribieron en noviembre, apenas un año después de haber comenzado a estudiar español. Y no solamente tienen una buena comprensión de la lengua, sino que además demuestran un gran sentido del humor. ¿Qué me dicen de la elegante abuela de Suiza, del mono orgulloso que agradece no haber sido criado como un cerdo, o del muerto que echa de menos los desayunos de su madre? Por no hablar de los ecos clásicos del poema de Gracia, que demuestra tener grandes dotes para la lírica.

Soy un afortunado. Cada vez me lo paso mejor en mi trabajo.

La sabiduría del Sanzijing: reflexiones sobre patrias

viernes, abril 11th, 2008

Estoy leyendo el Sanzijing –Clásico de los tres caracteres, significa–, que es un libro escrito por Wan Yinglin durante la dinastía Song del Sur (1127-1279). La intención del autor fue la de reunir en un breve texto la filosofía educativa de la corriente neoconfucianista, además de nociones de historia china.

 

El neoconfucianismo convirtió en una de sus discusiones centrales la de la bondad innata de los seres humanos, y fueron muchos los filósofos que ofrecieron sus propuestas: el ser humanos es bueno en esencia, o es malo, o no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. Wang Yinglin se decanta por la primera posibilidad, la del optimismo: somos buenos, sí, desde nuestro nacimiento, pero la falta de educación, dice, puede hacernos olvidar la bondad de nuestra primera naturaleza. Todo su pensamiento al respecto se resume en la primera frase del manual. Tengamos en cuenta que eran frases diseñadas para que los niños las repitieran en alto hasta memorizarlas, y que, aprendidas en la más tierna infancia, formaban parte del bagaje cultural del individuo para siempre jamás. Dice:

 

“Los seres humanos en su origen son de una naturaleza esencialmente buena. Esta naturaleza nos acerca. Las costumbres nos separan.”

 

Sencillo: somos bondadosos, y esta naturaleza nos une: no hay pues, diferencias entre los seres humanos. Son las costumbres, buenas o malas, las que crean las divisiones, las que nos hacen diferentes unos de otros. Es decir, no nos distingue el dinero, o la clase social, o las fronteras, sino las acciones virtuosas o viciadas.

 

(más…)