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Notas desde Kerala, India (II)

jueves, abril 24th, 2008

viaje-a-la-india-076_.jpgEl segundo incidente tuvo lugar ayer cuando nuestro conductor se presentó en nuestra casa a recogernos para iniciar un largo viaje ¡tarde y con el depósito vacío! Su camioneta recorrió tan sólo 500 metros antes de detenerse precisamente en un punto sin visibilidad de una curva peligrosa. ¡No hay problema señora, dos minutos*! Esas fueron sus palabras minutos antes de desaparecer ladeando la cabeza en señal de reafirmación. Nos dejó totalmente al borde de la carretera en la curva peligrosa con un niño de dos años para subirse a su camioneta de nuevo e intentar encender el coche una y otra vez, desesperadamente, esperando el ruido repentino del motor que como por arte de magia se pondría en marcha.

 Finalmente el motor arranca e inicia su camino a la gasolinera con aire triunfante; mirándonos como buscando un gesto de aprobación. Segundos después el motor vuelve a apagarse y ahora él, desprovisto de otros recursos, intenta aprovechar el descenso para poner el coche en punto muerto y alargar así su trayectoria.  Arjun, Shivani, Andrew y yo lo observamos todo desde el borde de la carretera. El tráfico incesante y cercano nos impide ponernos a salvo pues no es posible cruzar la carretera ni moverse sin sufrir otro riesgo mayor. Permanecemos ahí de pie, cual bolos en una bolera, viendo como todo se aproxima (coches, camionetas, motocicletas, autobuses cargados de gente que viaja apelotonada) y deseando que nada nos golpee. La manera de tomar las curvas de los autobuses públicos hizo que temiese de nuevo por nuestras vidas.

 Estamos en el Sur de la India, en el estado de Kerala. Una sociedad con un alto sentido de la comunidad donde cada persona parece tener la necesidad y el derecho de enterarse de todo lo que pasa, evaluarlo y juzgarlo. Los asuntos suelen resolverse en las calles entre la gente. En ocasiones la gente parece autogobernarse  imponiendo sus propias leyes y tomando medidas para mostrar su desaprobación con una iniciativa. Por ejemplo, el marido de Elizabeth compró un terreno sin “consultar” a los locales cerca de unas plantaciones de té y no le dieron necesariamente la bienvenida. Cuando llegamos a su nueva finca de las montañas, descubrimos que todos los costosos postes y las vallas que había colocado habían sido golpeados y derribados. Raj me explicó cómo este hecho viene a ejemplificar un poco la manera en que suceden las cosas aquí. Si mi amigo Raj, pequeño empresario, hubiese pagado un pequeño soborno para comprar su protección nada de esto habría pasado.  Llevo menos de una semana aquí y ya he visitado un orfanato, un sastre de blusas para saris, un centro comercial de lujo, un mercado local, las montañas, las plantaciones de té, un puesto de venta de cocos en una isla de los canales (que nos bebimos mientras contemplábamos la puesta de sol desde un lugar privilegiado del planeta), un aseo público al borde de la carretera, un hogar familiar, un hotel malo, un hotel lujoso, un centro de tratamientos de Ayurveda donde dos mujeres aplicaron técnicas de masaje ancestrales utilizando aceites terapéuticos para luego aclararme y bañarme como si tuviese dos años otra vez. He visto un elefante dando un paseo, he dormido en una auténtica antigüedad de cama, he probado la comida, experimentado olores nuevos, ahuyentado a los cuervos de mi plato de comida ¡me encanta la India!

* en la India dos minutos suelen significar 20, 10 suelen ser entre 30-45, y así sucesivamente…

(En la imagen Raj observando los destrozos de su propiedad)

Notas desde Kerala, India

martes, abril 22nd, 2008

viaje-a-la-india-1241.jpgHan pasado cinco noches y todavía siento el jet-lag. Me acuesto alrededor de medianoche, a las 3 de la madrugada me despierto, tanto que no consigo reconciliar el sueño. Dormir nunca ha sido un problema para mí, duermo como un bebé así que me veo forzada a ingerir un par de pastillas de vez en cuando que me ayuden a  atravesar las largas noches del sur de la India.

Sentada en la cama con mí portátil intento conectarme al mundo que conozco, oigo cantos religiosos nocturnos a lo lejos procedentes del templo más cercano, que envuelven mi cuarto como una banda sonora.  Me encuentro en un orfanato en las montañas – dos horas al norte de la ciudad de Cochin – en la casa de los directores del centro; una pareja de mediana edad viviendo en su oasis de intelectualidad.  Ella es profesora en la universidad, él parece haber llevado una vida política, de la que se ha retirado pero no por completo, decido no indagar demasiado en su actividad actual por miedo a caer en la indiscreción. Parecen gente respetada y respetable. Yo nunca los olvidaré.  

Guardo mucha esperanza por la raza humana cada vez que viajo. La mayor parte de las almas con las que me he cruzado hasta el momento han sido amables, exceptuando tal vez la del conductor del mini-bus que me recogió en la puerta de mi casa para trasladarme al aeropuerto de JFK. Procedente probablemente de alguna localidad del centro del estado de Nueva Jersey, este sujeto presentaba una barba mal cortada, el pelo largo en la nuca, los pantalones vaqueros de corte desfasado, las botas, la camiseta blanca, la gorra de la compañía de transporte,  aliento a tabaco, una voz molesta que utilizaba a gritos y un gusto por el café de gasolinera. Aún peor resultaba su necesidad de hablar y hablar de cosas intranscendentes. Sufrimos todos; particularmente el pobre abuelo emplazado – me atrevo a decir que por su adorable nuera – en el asiento del copiloto. Cabe   mencionar el alto grado de xenofobia que lo caracterizada, y que él mismo se encargaba de promulgar con incesantes comentarios cargados de ignorancia hacia los allí asistentes.

Transcurridas dos horas de atasco y cantinela, el ramo de flores marchitas de este autobús estaba compuesto por el abuelo anglo, un señor hindú hombre de familia que acudía a Newark a recoger a su mujer y a sus hijas (a quienes no veía desde hacia dos años), una pareja de turistas argentinos y yo, una joven galleguiña de A Coruña. El despacho de pasajeros tuvo lugar según el orden de preferencia del conductor y claramente, el hablar español con mis amigos argentinos me puso en desventaja pues a pesar de haber pasado por nuestra terminal primero, fuimos los últimos en ser despachados y por poco perdemos el avión.   

¡Qué diferente al servicio que he estado recibiendo desde que aterricé en la India! Nuestro conductor ha sido tan amable, tan dispuesto, tan humilde, tan risueño…y tan despistado y soñador que casi nos matamos ¡en dos ocasiones!  La primera vez ocurrió cerca del aeropuerto, al poco tiempo de habernos instalado en su todoterreno, atropellando a un señor que viajaba en una motocicleta sin casco y con un niño, también sin casco. El ruido de los frenos, la aproximación irremediable, el sonido reiterante del impacto, cierro los ojos y prolongo el momento de abrirlos por miedo a la imagen que iba a contemplar. Nos hemos parado. Dentro del vehículo todos estamos bien (creo), afuera, dos cuerpos yacen en la carretera.  De pronto, más de una docena de hombres se acercan y golpean las ventanillas de nuestro coche con tanta fuerza que empiezan a balancearnos, hablando a gritos en un idioma que ninguno de nosotros entiende, cruzo miradas con ojos oscuros y penetrantes y cargados de emoción mientras el miedo se instala en todo mi cuerpo. [Continuará] P.d.: el hombre y el niño salieron ilesos del accidente.