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Atentados en Bombay: todos temblamos en India

viernes, noviembre 28th, 2008

Acabábamos de celebrar el tan americano Acción de Gracias cuando empezamos a hablar de cuál sería la estación de tren más cercana al aeropuerto internacional de Bombay. Richard, el padre de mi compañera de cuarto estadounidense, había estado de visita y su vuelo de vuelta a Pensilvanya era este viernes. Justo entonces Nishant recibió una llamada. Sus padres le dijeron que había habido varias explosiones en la ciudad.

 No le dimos mayor importancia. En India es muy frecuente ver revueltas y pequeños atentados. No sería la primera vez que se nos prohíbe salir del campus porque un grupo hindú radical ha decidido aterrorizar a la gente de las grandes ciudades.

 Generalmente estos grupos se manifiestan en contra del gobierno defendiendo su postura comunista, como los naxalitas en el estado de Chhattisgarh, o reclaman lo que ellos consideran el derecho de un estado a estar formado única y exclusivamente por personas del lugar, rechazando a todos los inmigrantes tanto de otras regiones de la India como de otros países. Esto último es lo que ocurre con el grupo radical hindú Shiv Shena en el estado de Maharashtra, del cual Bombay es la capital.

 Por eso, porque tras un año y medio en la India estos actos ya se ven como algo normal, mis amigos y yo continuamos con la velada de Acción de Gracias. Sin embargo esta vez no era lo de siempre. No eran los miembros de Shiv Sena ni su método.

 A la una de la mañana alguien tocó en la puerta de mi habitación. Era Ingeborg, de Noruega, quien me había despertado para decirme que el hotel Taj Mahal había sido tomado por terroristas. No podía ser cierto. Siempre habíamos pensado y sentido que estos grupos radicales no atacaban directamente a extranjeros porque globalizar el asunto no les traería más que problemas. Hasta ahora. El hecho de que en los hoteles hayan retenido a americanos y británicos y que en el tan famoso restaurante Leopold’s se presentasen unos cuantos hombres armados que asesinaron a al menos diez personas nos ha hecho temblar a todos.

 Todo el día de ayer los alrededor de 300 estudiantes, profesores y trabajadores del colegio hemos estado pegados al ordenador, a la radio y a la televisión esperando obtener noticias de lo que estaba pasando a menos de 200 km. No era raro ver a alguien llorando ante la incertidumbre de no saber cuán seguro es este lugar, ante la confusión de ver entre llamas y granadas la ciudad en la que tantos momentos hemos pasado o ante el sobrecogimiento de haber perdido a algún familiar o amigo.

 A estas horas (0:10 en India) nada está claro aún. Según indican los periódicos indios muchos de los terroristas merodean por las afueras de la ciudad con la intención de huir a otras localidades de la zona así que a nosotros no nos queda otra que tranquilizarnos e irnos a dormir confiando en que serán capturados antes de llegar a otras ciudades. Lo que sí está claro es que Richard tendrá que esperar unos días más para volver a casa.

Notas desde Kerala, India (II)

jueves, abril 24th, 2008

viaje-a-la-india-076_.jpgEl segundo incidente tuvo lugar ayer cuando nuestro conductor se presentó en nuestra casa a recogernos para iniciar un largo viaje ¡tarde y con el depósito vacío! Su camioneta recorrió tan sólo 500 metros antes de detenerse precisamente en un punto sin visibilidad de una curva peligrosa. ¡No hay problema señora, dos minutos*! Esas fueron sus palabras minutos antes de desaparecer ladeando la cabeza en señal de reafirmación. Nos dejó totalmente al borde de la carretera en la curva peligrosa con un niño de dos años para subirse a su camioneta de nuevo e intentar encender el coche una y otra vez, desesperadamente, esperando el ruido repentino del motor que como por arte de magia se pondría en marcha.

 Finalmente el motor arranca e inicia su camino a la gasolinera con aire triunfante; mirándonos como buscando un gesto de aprobación. Segundos después el motor vuelve a apagarse y ahora él, desprovisto de otros recursos, intenta aprovechar el descenso para poner el coche en punto muerto y alargar así su trayectoria.  Arjun, Shivani, Andrew y yo lo observamos todo desde el borde de la carretera. El tráfico incesante y cercano nos impide ponernos a salvo pues no es posible cruzar la carretera ni moverse sin sufrir otro riesgo mayor. Permanecemos ahí de pie, cual bolos en una bolera, viendo como todo se aproxima (coches, camionetas, motocicletas, autobuses cargados de gente que viaja apelotonada) y deseando que nada nos golpee. La manera de tomar las curvas de los autobuses públicos hizo que temiese de nuevo por nuestras vidas.

 Estamos en el Sur de la India, en el estado de Kerala. Una sociedad con un alto sentido de la comunidad donde cada persona parece tener la necesidad y el derecho de enterarse de todo lo que pasa, evaluarlo y juzgarlo. Los asuntos suelen resolverse en las calles entre la gente. En ocasiones la gente parece autogobernarse  imponiendo sus propias leyes y tomando medidas para mostrar su desaprobación con una iniciativa. Por ejemplo, el marido de Elizabeth compró un terreno sin “consultar” a los locales cerca de unas plantaciones de té y no le dieron necesariamente la bienvenida. Cuando llegamos a su nueva finca de las montañas, descubrimos que todos los costosos postes y las vallas que había colocado habían sido golpeados y derribados. Raj me explicó cómo este hecho viene a ejemplificar un poco la manera en que suceden las cosas aquí. Si mi amigo Raj, pequeño empresario, hubiese pagado un pequeño soborno para comprar su protección nada de esto habría pasado.  Llevo menos de una semana aquí y ya he visitado un orfanato, un sastre de blusas para saris, un centro comercial de lujo, un mercado local, las montañas, las plantaciones de té, un puesto de venta de cocos en una isla de los canales (que nos bebimos mientras contemplábamos la puesta de sol desde un lugar privilegiado del planeta), un aseo público al borde de la carretera, un hogar familiar, un hotel malo, un hotel lujoso, un centro de tratamientos de Ayurveda donde dos mujeres aplicaron técnicas de masaje ancestrales utilizando aceites terapéuticos para luego aclararme y bañarme como si tuviese dos años otra vez. He visto un elefante dando un paseo, he dormido en una auténtica antigüedad de cama, he probado la comida, experimentado olores nuevos, ahuyentado a los cuervos de mi plato de comida ¡me encanta la India!

* en la India dos minutos suelen significar 20, 10 suelen ser entre 30-45, y así sucesivamente…

(En la imagen Raj observando los destrozos de su propiedad)

Notas desde Kerala, India

martes, abril 22nd, 2008

viaje-a-la-india-1241.jpgHan pasado cinco noches y todavía siento el jet-lag. Me acuesto alrededor de medianoche, a las 3 de la madrugada me despierto, tanto que no consigo reconciliar el sueño. Dormir nunca ha sido un problema para mí, duermo como un bebé así que me veo forzada a ingerir un par de pastillas de vez en cuando que me ayuden a  atravesar las largas noches del sur de la India.

Sentada en la cama con mí portátil intento conectarme al mundo que conozco, oigo cantos religiosos nocturnos a lo lejos procedentes del templo más cercano, que envuelven mi cuarto como una banda sonora.  Me encuentro en un orfanato en las montañas – dos horas al norte de la ciudad de Cochin – en la casa de los directores del centro; una pareja de mediana edad viviendo en su oasis de intelectualidad.  Ella es profesora en la universidad, él parece haber llevado una vida política, de la que se ha retirado pero no por completo, decido no indagar demasiado en su actividad actual por miedo a caer en la indiscreción. Parecen gente respetada y respetable. Yo nunca los olvidaré.  

Guardo mucha esperanza por la raza humana cada vez que viajo. La mayor parte de las almas con las que me he cruzado hasta el momento han sido amables, exceptuando tal vez la del conductor del mini-bus que me recogió en la puerta de mi casa para trasladarme al aeropuerto de JFK. Procedente probablemente de alguna localidad del centro del estado de Nueva Jersey, este sujeto presentaba una barba mal cortada, el pelo largo en la nuca, los pantalones vaqueros de corte desfasado, las botas, la camiseta blanca, la gorra de la compañía de transporte,  aliento a tabaco, una voz molesta que utilizaba a gritos y un gusto por el café de gasolinera. Aún peor resultaba su necesidad de hablar y hablar de cosas intranscendentes. Sufrimos todos; particularmente el pobre abuelo emplazado – me atrevo a decir que por su adorable nuera – en el asiento del copiloto. Cabe   mencionar el alto grado de xenofobia que lo caracterizada, y que él mismo se encargaba de promulgar con incesantes comentarios cargados de ignorancia hacia los allí asistentes.

Transcurridas dos horas de atasco y cantinela, el ramo de flores marchitas de este autobús estaba compuesto por el abuelo anglo, un señor hindú hombre de familia que acudía a Newark a recoger a su mujer y a sus hijas (a quienes no veía desde hacia dos años), una pareja de turistas argentinos y yo, una joven galleguiña de A Coruña. El despacho de pasajeros tuvo lugar según el orden de preferencia del conductor y claramente, el hablar español con mis amigos argentinos me puso en desventaja pues a pesar de haber pasado por nuestra terminal primero, fuimos los últimos en ser despachados y por poco perdemos el avión.   

¡Qué diferente al servicio que he estado recibiendo desde que aterricé en la India! Nuestro conductor ha sido tan amable, tan dispuesto, tan humilde, tan risueño…y tan despistado y soñador que casi nos matamos ¡en dos ocasiones!  La primera vez ocurrió cerca del aeropuerto, al poco tiempo de habernos instalado en su todoterreno, atropellando a un señor que viajaba en una motocicleta sin casco y con un niño, también sin casco. El ruido de los frenos, la aproximación irremediable, el sonido reiterante del impacto, cierro los ojos y prolongo el momento de abrirlos por miedo a la imagen que iba a contemplar. Nos hemos parado. Dentro del vehículo todos estamos bien (creo), afuera, dos cuerpos yacen en la carretera.  De pronto, más de una docena de hombres se acercan y golpean las ventanillas de nuestro coche con tanta fuerza que empiezan a balancearnos, hablando a gritos en un idioma que ninguno de nosotros entiende, cruzo miradas con ojos oscuros y penetrantes y cargados de emoción mientras el miedo se instala en todo mi cuerpo. [Continuará] P.d.: el hombre y el niño salieron ilesos del accidente.  

Abuelita dime tú

martes, marzo 18th, 2008

Bueno, bueno, ¡a ver cómo nos vuelves! Mira que me han dicho que el chico que fue antes que tu, ¡vino vestido con faldas!”

Las frases de las abuelas se quedan grabadas en lo más hondo de nuestras mentes y salen a relucir en los momentos más inesperados (sí, sí, igual que la morriña por sus croquetas y sus cocidos).

El otro día andando por el estado de Kerala esa frase se vino a mi cabeza mientras, sentada en una choza, un camarero indio nos servía con una sonrisa y unas cuantas palabras en hindi los zumos más extraños pero refrescantes que he visto en mi vida. Enfrente de nosotros un grupo de extranjeros vestidos con ropas (aún) occidentales tan sencillas como unos vaqueros y una camisa se colocaban las gafas de sol y se alarmaban poniendo caras de ¡¿cómo hago yo esto, me voy a manchar mis pantalones?! cuando descubrieron que en medio de la calle había un charco lleno de barro, plásticos, piedras, lagartijas, niños despeinados, moscas y Krishna sabe qué más. Pero lo hicieron, con más arte que nadie, y nosotros seguimos a lo nuestro probando nuevas especialidades como aquel ‘Kerala Earthquake Milkshake’ que pintaba bien.

Unos días después, tras demasiados batidos y experimentos, otro lugar nos esperaba: la capital del estado, así que allí acabamos, una noche en un restaurante europeo de estos en los que la música, los sofás, los cuadros y las mesas, además de la gente, hace que uno se sienta como en uno de los lugares más chic de Londres o Bruselas. ¿Y a quienes nos encontramos allí? Sí señores, han adivinado. Pero esta vez no entraron con  gafas de sol, camisas y zapatos, no, no, no. Como buenos exploradores de India se habían hecho con las blusas gigantes de estampados y los pantalones Alí Babá naranjas y verdes. ¡Menudo cambio! Los zapatos eran chancletas, el bolso una mochila y el teléfono móvil un libro que hablaba sobre cómo abrir los chakras mediante el yoga.

Ahora no me extraña que mi abuela me dijese eso. Si estas cosas pasan en una semana… ¡qué será de mi después de dos años!