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Un mar de referencias

domingo, abril 6th, 2008

Tengo que agradecer a este blog el reencuentro con ciertas referencias que, con el correr de los años, se me habían ido como escapando entre los dedos. Este blog, definitivamente, y para todos los que andamos dispersos por el mundo, gatilla la emoción. Viví mi niñez y adolescencia en Coruña, y es efectivo que padezco de “morriña gastronómica”, como bien dice Claudia en su entrada, desde Argelia. Cuando era niña, odiaba el caldo gallego. Ahora, ¡que no daría por un tazón! Somos bien contradictorios los humanos.

Pero no sólo de añoranzas culinarias vivimos los gallegos. En otra entrada se habla de los acantilados y de los océanos. Me he puesto a recordar mis paseos a la Torre de Hércules, a fines de los años sesenta y principios de los setenta. Nuestra torre, dicho sea de paso y en aquellos años, no era estaba tan glamorosa como ahora y menos, no se le ocurría a nadie postularla como “patrimonio de la humanidad”. Era una torre que estaba ahí, simpática, rodeada de campos con vacas, pero sin constituir un centro de especial atención para nadie. Sin embargo, mi niñez está entrelazada indisolublemente a esa torre a la que, pasados los años, veo que se le ha hecho justicia y hoy corona todo un parque que sirve de solaz y recreación a miles de coruñeses. En aquellos años, y digamos las cosas como son, Coruña le daba la espalda al mar. Era una ciudad como encogida en torno a los Cantones. Hoy, menos mal, es otra cosa y todos los que la visitan, la alaban.

No creo que no haya gallego que no tenga grabado a fuego, en el centro de su mente, la figura de un hórreo. Nadie, según creo recordar, lo ha comentado hasta ahora. El hórreo y el cruceiro son artefactos indisolublemente unidos a nuestras aldeas y campos y no me cabe duda de que, al momento de yo mencionarlo en este blog, muchos de vosotros cerráis los ojos y los rememoráis con vuestra memoria. Yo me he traído mi hórreo chiquito y lo tengo coronando una esquina de mi escritorio de trabajo.

Es cierto que España es más que flamenco y toros. Sin embargo, mi niñez gallega estuvo marcada por lo que yo pienso ahora que era una trilogía esperpéntica: flamenco, que era el folklore oficial; toros y más toros y fùtbol. En aquellos años sesenteros, no había más que un canal y las tardes sabatinas y buena parte del domingo veían las pantallas inundadas de fútbol mientras los parroquianos se instalaban en los bares a fumar y a jugar al mus. No era un panorama muy alentador para una niña de ocho años. Le he declarado la guerra a esta trilogía y debo reconocer que el fútbol me produce alergia.

Y, para terminar por ahora con las referencias a las que este blog me remite de manera inexcusable, no puedo dejar de mencionar a la “piolla”, esa lluvia fina que ya lo creo que moja. Mis recuerdos están indisolublemente unidos a la imagen de la lluvia menudita trás las ventanas, esa lluvia que antaño nos parecía fastidiosa y que prometía arruinar los juegos infantiles. Sin embargo, ante la amenaza de sequía que ya parece ser una epidemia mundial, y que no sólo afectará a Chile, ¡cuánto daríamos por recuperar esa lluvia persistente! 

Luego, hay todo un tema con eso de los olores. Cuando viajo, desde el lejano Chile hasta Galicia, nada más pisar el aeropuero de Santiago de Compostela algo muy familiar inunda mis narices.  No sé bien lo que es: mezcla de pasto, de lluvia, de cocimientos… Siempre le comento a mis hijos que el contraste con Santiago de Chile es demasiado grande. Esta ciudad, que me acoge ya por veintidós años, siempre me parece inodora e insípida. Sin embargo, el olor que me invade cuando llego a Galicia es un olor muy particular, es un olor que me dice que estoy en casa.