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La fiebre amarilla

lunes, mayo 19th, 2008

En Dalian somos pocos extranjeros occidentales y salimos por los mismos lugares. Nos conocemos, al menos de cara, prácticamente todos, aunque parezca mentira. Así que la vida nocturna, que frecuento poco, no es la que correspondería a una ciudad de 6.000.000 de habitantes.

Los extranjeros en china pueden dividirse en tres grupos: los que trabajan para empresas extranjeras, los docentes y los estudiantes de mandarín. Hay, sin embargo, una frontera más sutil y trascendente que divide la población masculina de inmigrantes occidentales en dos grandes grupos: los “sanos” y los infectados de fiebre amarilla, que es como llamamos entre nosotros a la obsesión que sienten algunos por las mujeres del extremo oriente –chinas, japonesas, coreanas–.

Quizás no sea el más indicado para hablar, dado que mi novia es taiwanesa, pero lo mío no es fiebre amarilla: la conocí en España, mientras ella estudiaba español. No es lo mismo que te gusten las chicas asiáticas –una más que las demás, en mi caso– que mudarse a Asia porque quieres, sí o sí, una novia oriental. Los bares de Dalian, y de las demás ciudades chinas, me temo, están llenas de hombres “blancos” en busca de chicas “amarillas” (no saben, por cierto, lo blancas que son muchas chinas, pero eso es cosa de otro artículo).

Pues hace pocos días viví un caso extremo de fiebre amarilla. Acaba de llegar a mi universidad Paul, un nuevo profesor de inglés. Australiano, sesentón, me contó que se había casado hacía treinta años con una vietnamita de la que se separó no sé cuándo. Ha tenido dos hijos con ella, que deja ahora en Australia para venirse a Dalian detrás de una mujer china veinticinco años más joven que él (“qué quieres –me dijo –me van las asiáticas”). Vive con ella y su hija en un hotel mientras buscan casa, y así es como vinieron a ver la mía que, por cierto, no les gustó nada.

El caso es que mientras estaban aquí y yo les explicaba lo bueno y lo malo del apartamento, me di cuenta de que ella apenas habla inglés. “¿Cómo os comunicáis?” –le pregunté a Paul, sorprendido, pues sé que él tampoco sabe chino. Entonces sacó un traductor electrónico del bolsillo y me dijo: “con esto. Cuando su hija está presente, nos ayuda, porque sabe un poco más de inglés que ella.”

Tendríais que haberlos visto, intentando discutir si el piso era o no adecuado con gestos, algunas palabras en inglés y otras en chino y con aquella maquinita que es, sin duda alguna, el mejor amigo del matrimonio. En ese momento me asaltaron muchas dudas: ¿cómo será su día a día? ¿Conseguirán apañarse siempre? ¿Puede uno llegar a conocer de verdad a una persona a la que no entiende? ¿Y a quererla?

Ah, eso es meterse en aguas revueltas. ¿Quién soy yo para juzgar a nadie? Si ellos están contentos así, no seré yo quien diga que están locos, aunque lo parezcan. Estoy seguro de que acabarán aprendiendo nuevas lenguas, y de que cada vez les resultará más fácil eso de comprenderse. El esfuerzo es grande, qué duda cabe, pero ¿quién dice que es bueno entender todas y cada una de las palabras que no dice nuestra pareja?

Además, no me digan que no resulta simpático imaginárselos cada noche en la cama, buscando en la maquinita palabras tiernas para decírselas antes de dormir.

Ver para creer.