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El esloveno, ese idioma diabólico

jueves, abril 10th, 2008

Cuando alguien me contacta para hacerme preguntas sobre Eslovenia, las dos más frecuentes son: “¿Cómo es la policía?” y “¿Cómo es el idioma?”. Así que hoy empezaré por la segunda. Todo idioma tiene complicaciones a la hora de estudiarlo. Es un proceso largo que requiere paciencia y muchos codos, horas de estudio y de conversación llenas de frustración cuando no conseguimos pronunciar o recordar las palabras. La mayor parte de los españoles tuvimos experiencias con las lenguas inglesa, francesa o incluso el alemán, cuyas estructuras, aunque diferentes, no dejan de guardar cierta semejanza con nuestra lengua materna. El problema viene cuando salimos del grupo de las lenguas románicas y germánicas y penetramos en la jungla misteriosa que son las lenguas eslavas. Es un mundo de fonemas desconocidos, escrituras imposibles y sonidos que desafían a la razón. Dicen que el esloveno es una de las lenguas más complicadas que existen en Europa, pero en el vocabulario gallego la palabra “imposible” no tiene cabida.
Los primeros días en Eslovenia me defendí hablando en inglés, pero mi orgullo no me permitió quedarme estancada y decidí plantarle a este complicado reto. Acudí a una academia donde me prometieron que empezarían desde cero y donde compartiría clase con gente en la misma situación. Así pues, los alumnos formamos una sopa de nacionalidades con ingredientes austríacos, griegos y jordanos. Nos entendíamos en inglés, pero la profesora no lo hablaba bien. Dicen que la mejor manera de aprender un idioma es lanzarse a la calle e intentar conversar con la primera persona que veamos. Yo digo que la mejor manera es buscarse un profesor que sea capaz de explicarnos las cosas en un idioma que no sea el que estemos aprendiendo. Porque durante dos meses apenas pasamos de la lección cuatro, cuando el libro tenía veinte. Fue una pérdida de tiempo y dinero. La estudiante jordana quedó en “buenos días”; la griega, que era estudiante de ópera, se pasaba las clases practicando alemán con la vienesa y hablando de los conciertos que iba a dar en la Filarmónica. Y yo me quedaba al margen, intentando hacerle entender a la profesora que los euros invertidos no estaban dando su fruto. Harta de intentos decidí aprenderlo por mi cuenta, con resultados más satisfactorios. El esloveno ya no tiene secretos para mí. Pero lo que nunca desaparecerá, lo que siempre quedará en mi forma de hablar será el acento, un acento que, misteriosamente, hace que la gente me empiece a hablar en italiano. Porque para un esloveno, el español y el italiano vienen siendo la misma lengua.

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